Infokrisis.- Tras los atentados del 11-S, los equipos de guerra psicológica activados lograron que calase hondo en el cerebro de la población la idea de que existía un conflicto entre la ciudadela occidental de la tolerancia y la democracia y esos fanáticos religiosos musulmanes cuyo centro radicaba en Afganistán. Se trataba de una idea completamente falsa “por que el centro del conflicto es Arabia Saudita, no Afganistán (o Palestina)”, tal como explicaba Michael T. Klare en un artículo publicado en The Nation el 8 de noviembre de 2001. El analista norteamericano acertaba plenamente.

Resulta evidente que el mecanismo militar americano no se puso en marcha para derrocar al régimen talibán, sólo por que no respetaba los derechos humanos o por que daba cobijo a los presuntos terroristas de Bin Laden, proclamados sin pruebas que hubiera aceptado ningún tribunal, como único responsable de los atentados del 11-S. Existían dos objetivos. Hemos creído identificar uno de ellos (la aproximación a las fuentes energéticas del Caspio), pero aun hay otro: Arabia Saudí. Es extremadamente fácil entender lo que estaba ocurriendo.

Herbert Feis era en 1945 un oscuro asesor del Departamento de Estado que en esa época trabajaba sobre un informe elaborado por Defensa según el cual el petróleo importado por EE.UU. desde Venezuela y México, unido al que extraía de su propio territorio, no bastaría para abastecer el país en los años siguientes. Feis se preguntaba una y otra vez cómo salir de este callejón sin salida estratégico; analizando unos informes técnicos del Departamento de Estado comprobó que la única zona en la que EE.UU. podía garantizar durante décadas el suministro de petróleo era en Arabia Saudí que albergaba las mayores reservas conocidas sin explotar en aquella época. Pero no todo estaba tan claro: los informes de diplomáticos norteamericanos dudaban que la estabilidad política del país pudiera prolongarse en las décadas siguientes, por tanto, ofrecieron su colaboración para garantizar la peremnidad de la monarquía saudí a cambio de la garantía en el suministro petrolífero. Se aprovechó el desplazamiento de Franklin Roosevelt a la Conferencia de Yalta (con Stalin y Churchill) para organizar un encuentro con el rey Idn Saud en Suez. Allí se intuye que el acuerdo quedó oficializado, por que el hecho es que ningún documento de lo que se dijo ha salido a la superficie. Este convenio de “petróleo por apoyo político” sigue en vigor en nuestros días. Y la presencia de Bin Laden corría el riesgo de trastocar la situación. Mientras el Reino Unido mantuvo su despligue militar en todo el mundo, sus tropas estaban presentes en esa región, pero cuando el gobierno inglés decretó en 1971 el abandono de todas sus bases “al Este de Suez”, EE.UU. asumió más directamente la protección del país.

En la actualidad la ARAMCO (Compañía Árabe Americana de Petróleo) controla las extracciones de crudo saudí y una sexta parte de las necesidades americanas quedan cubiertas, pero el crecimiento económico plantean nuevos retos para la economía americana.

Por otra parte, a partir de 1989 algo empezó a cambiar en Arabia Saudí. Dos hechos merecen ser recordados. Saddam Husein invadió Kuwait y unió sus propias reservas a las del país conquistado. Además se aproximó peligrosamente a Arabia Saudí. Por otra parte, la guerra de Afganistán había generado la formación de una especie de “legión árabe” procedente de todo el Islam, que combatió a los soviéticos; 8 de cada 10 combatientes extranjeros, eran saudíes. Bin Laden era uno de ellos.

El Islam seguido en Arabí Saudí es una variante local muy particular, el wahabbismo. Los wahabbitas, sectarios del Islam, proponen la estricta observancia de los preceptos coránicos, los cuales deben seguirse al pie de la letra. Uno de ellos es la prohibición a que tropas infieles campen en la tierra más sagrada del Islam, Arabia, en donde se encuentran las ciudades de La Meca y Medina que pisó el Profeta. Cuando en 1989, los americanos reunieron tropas para atacar a Saddan Husein, muchos wahabbitas saudíes que habían luchado en la “legión árabe” en Afganistán protestaron. Pero la situación interior de Arabia Saudí es pésima: de entre todos los países del mundo, posiblemente es el que tiene los derechos humanos y democráticos más conculcados. No existe parlamento, ni partidos políticos, ni mucho menos libertad de prensa e información. El petróleo ha generado una corrupción inimaginable a la que se une la crueldad y siniestra eficacia de unas fuerzas de seguridad –la Guardia Nacional Arabe Saudí- entrenadas por EE.UU.

Llegó el año decisivo: 1979. Las tropas soviéticas penetran en Afganistán y los EE.UU. vuelven la espalda al régimen del Sha, facilitando el ascenso al poder del Imán Jomeini. Ese mismo año se produjo una revuelta islámica en La Meca, que fue ahogada en sangre. Carter, habitualmente tan pacifista, lanzó una seria advertencia a los que se sentían tentados de desestabilizar Arabia Saudí: “Cualquier amenaza a los intereses vitales norteamericanos será respondido por la fuerza”, era el núcleo central de lo que se ha conocido como la “Doctrina Carter”. La consecuencia de esta doctrina fue la formación de una Fuerza de Despliegue Rápido acuartelada en los EE.UU. pero con capacidad para desplegarse en horas en Oriente Medio. Tal como recuerda Michel Klare: “Carter también desplegó buques de guerra en el Golfo y arregló que las fuerzas estadounidenses pudieran hacer uso periódicamente de bases militares en Bahrein, en Diego García (bajo control británico en el Indico), Omán y Arabia Saudí. Todas estas bases fueron empleadas entre 1990 y 1991 durante la Guerra del Golfo y se están usando hoy en día”.

Cuando Rusia invadió Afganistán, EE.UU. creyó amenazada su privilegiada situación en la zona y apoyó por todos los medios a la guerrilla afgana. Los saudíes apoyaron estas acciones y permitieron que jóvenes voluntarios lucharan junto a los muyahidines afganos. Para colmo, como recuerda Michael Klare: “Carter añadió un importante codicilo a su doctrina: EE.UU. no permitiría que el régimen saudí fuera derrocado por disidentes internos, como ocurrió con Irán”. Reagan centuplicó estos apoyos y finalmente Afganistán terminó convirtiéndose en el Vietnam de la URSS. Para entonces ya había estallado la Segunda Guerra del Golfo.

Las unidades militares americanas se establecieron en Arabia y no la abandonaron tras el final de los combates. De hecho, los aviones que frecuentemente bombardean Iraq y patrullan constantemente en la zona de exclusión, despegan desde bases saudíes.

Y es en este contexto en el que aparece el proyecto político de Bin Laden que tiene mucho más que ver con Arabia Saudí que con Afganistán. Por que los objetivos confesados de Bin Laden son dos:

-  expulsar a los infieles de Arabia Saudí y

-  derrocar al régimen que ha permitido su presencia y con sus costumbres corruptas y depravadas ha pervertido al Islam.

En estos dos puntos se encierra el proyecto político de Bin Laden y lo esencial de su confrontación con EE.UU.

Que el proyecto tenía –y tiene- seguidores lo demuestra el hecho de que 100 de los 150 presos de Al Qaeda en Guantánamo son saudíes. Así mismo, las acciones terroristas de Bin Laden demuestran sin equívoco posible su opción antiamericana. Michael Klare dice con razón: “La actual guerra no comenzó el 11 de septiembre. Hasta donde podemos decir, comenzó en 1993 con el primer ataque al World Trade Center. Luego en 1995 con el ataque contra la Guardia Nacional Arabe Saudí de 1995 en RIAD, y con la explosión en 1996 de las torres de Khobar, en las afueras de Dahran. A eso siguieron los atentados contra las embajadas americanas de Kenia y Tanzania y, más recientemente, el ataque contra el USS Cole”. En todos estos casos se trata de atentados contra los intereses de los EE.UU. y de la monarquía saudí, su principal aliado en la zona.

¿Hay que concluir, por ello, que Bin Laden, en un nuevo paso al frente, ordenó los atentados del 11-S? Las policías de todo el mundo y los servicios de información saben bien que una técnica habitualmente utilizada consiste en no perseguir con excesiva saña a un grupo terrorista que va ejecutando pequeñas acciones, por que siempre habrá ocasión de realizar una grande que se le pueda atribuir. El viejo refranero español dice aquello de que “quien hace un cesto hace ciento”. Y en efecto, si un terrorista comete pequeños atentados durante meses y, bruscamente, alguien comete uno gigantesco y lo firma con la sigla utilizada por el otro, ¿quién va a creer que aquel que es capaz de cometer pequeños atentados no va a cometer un de mayor envergadura?

En 1973, miembros de la Logia Masónica P-2 y de los servicios de inteligencia italianos, contactaron con dos pequeños grupos neofascistas de Toscana y Milán. Les animaron a que cometieran atentados en sedes de izquierda. Les dieron dinero y medios. Y ellos lo hicieron. Inopinadamente, en 1974, los mismos que les habían apoyado durante más de año y medio, les sugirieron que fueran a entrenarse a los Abruzzos, lugar donde no habrían policías. Y ellos lo hicieron. Estando en la montaña, muy cerca del lugar en donde estaban acampados estalló una bomba en el interior del tren Italicus. La policía, inmediatamente, logró una foto robot del terrorista. Se correspondía con uno de los que estaban acampados. Un miembro de los carabinieri lo abatió con un rifle dotado de mira telescópica. Lamentablemente para los manipuladores, el muerto tenía un aspecto completamente diferente al que tenía en la foto. En efecto, durante varias semanas se había dejado crecer la barba. Este pequeño detalle no fue advertido por los servicios secretos que planificaron la operación y desbarató la operación. En cuando al otro grupo, también acampado en la montaña, sus miembros lograron huir gracias a la confidencia de un oficial de los servicios secretos. Estos fueron presentados como autores de la masacre: gente que había cometido decenas de pequeños atentados, muy bien podían ejecutar uno de mayor envergadura... Podríamos referir otros muchos casos similares, incluso en nuestro país. Pues bien, otro tanto pasó con Bin Laden.

Las acciones terroristas cometidas por el saudí fueron inmediatamente asumidas, estratégicamente tenían sentido, implicaban un desgaste del adversario, sin quemar excesivos peones. Y, por lo demás, estaban estudiadas para provocar reacciones débiles, en absoluto para poner en pie de guerra a la opinión pública americana. Por lo demás, siempre existirá la sospecha de cuál es el verdadero sentir de Bin Laden, cuestión que será planteada en otro lugar del presente estudio.

ASIA CENTRAL EN LA ENCRUCIJADA

La geopolítica enseña que el destino de los pueblos está íntimamente ligado a la geografía de los países que habitan y a los recursos que se albergan bajo su suelo. El azar fatalmente ha impuesto un dramático destino a la zona del Caspio desde que se realizaron prospecciones petrolíferas en el propio mar interior y en las repúblicas bañadas por sus aguas. Kuirguizia, Kazajastán, Uzbekistán, Tadzikistan y Turkmenistán, albergan juntas las terceras reservas petrolíferas más importantes del mundo. Retengan estos nombres por que, en las próximas décadas van a suministrar noticias a las primeras páginas de los diarios. Tadzikistán –un Estado prácticamente islámico- alberga las segundas mayores reservas mundiales de gas. Turkmenistán y Kazajastán albergan dos y tres zonas petrolíferas y éste último, además dispone de ingentes reservas de gas y plata.

Lo que está en juego no es sólo la posesión de estas gigantescas reservas petrolíferas, sino los canales de conducción del crudo a zonas marítimas. En este sentido existen tres proyectos para trazar oleoductos:

- El que conduce el petróleo hasta Irán y de ahí al Golfo Pérsico. Este país ha firmado acuerdos con Turkmenistán para el suministro de gas natural al norte del país a través de un gaseoducto de 287 km. El proyecto fue vetado por EE.UU. Coste: 2000 millones de dólares.

- El que conduce a Rusia de Tendiz a Novorossisk. Su construcción ha sido momentáneamente suspendida a causa de los conflictos locales y de la guerra de Chechenia

- El financiado por EE.UU. que discurre por Azerbaiján y Georgia hasta Turquía. Su objetivo es evitar la zona del Golfo Pérsico, con un trazado de 2000 km. Coste: 4.000 millones de dólares.

Todos estos trazados cruzan zonas extremadamente inestables y resultan inviables sin una presencia militar capaz de proteger la integridad de las instalaciones y de intervenir inmediatamente en caso de bruscos cambios de situación. La crisis de Afganistán ha ofrecido una oportunidad inesperada para acercar las bases militares americanas a esta zona.

Ciertamente no está claro cual será el desenlace de este conflicto; a pesar de desplegar ingentes medios de intervención y control, un oleoducto es siempre una instalación extremadamente frágil, especialmente cuando prolonga su trazado a lo largo de cientos de kilómetros.

Además no hay que olvidar que todo esto está ocurriendo en una zona tradicionalmente de influencia rusa. En tanto se ha producido la quiebra de la URSS y el vacío de poder del período Eltsin, Rusia ha quedado disminuida como potencia; pero frecuentemente se olvida que se trata de una situación coyuntural y que Rusia sigue teniendo las condiciones objetivas necesarias para volver a ser una superpotencia en décadas venideras. Y Rusia, en cualquier caso, está mejor situada que cualquier otra superpotencia para acceder a los yacimientos del Caspio que hasta los años 90 le pertenecieron en el marco de la URSS.

Las nuevas repúblicas exsoviéticas del Caspio, tienen un poderío militar muy disminuido. De todas ellas Uzbekistán  es la que cuenta con unas fuerzas armadas mejor dotadas (20.000 soldados, 180 tanques y 80 aviones de combate). Cualquiera de los países que, en la misma zona, se consideran como soportes del terrorismo (Siria, Iraq e Irán), cuentan con fuerzas militares muchísimo más fuertes y en condiciones de aplastar a estas pequeñas repúblicas ricas en petróleo. La estructuración de una alianza regional –Socios por la Paz- formada por Azerbaiján, Georgia, Uzbekistán, Kazajastán y Turkmenistán, enlazada con la OTAN, no ha mejorado excesivamente la situación.

No hay que olvidar que en estas repúblicas el Islam es la religión mayoritario y en el caso de Tadzikistán, se trata de un Islam emocionalmente próximo a los talibanes y en donde se han refugiado buena parte de los “estudiantes islámicos” que huyeron al iniciarse los bombardeos americanos.

De hecho, Bin Laden también se movía con criterios geopolíticos. Si el eje de su proyecto apuntaba a Arabia Saudí, también existió un proyecto regional avalado por Bin Laden y el Mullah Omar que contemplaba la creación de un “espacio islámico unificado” formado por Afganistán, Uzbekistán, Kirguistán y Tadzikistán. Evidentemente, este proyecto es inviable dadas las circunstancias que siguieron al 11-S, pero no quiere decir que no haya generado adhesiones entre el Islam de la zona. Y, por lo demás, es aún pronto para saber cuál es la nueva correlación de fuerzas que seguirá a la campaña de bombardeos sobre Afganistán.

Pero si aun es pronto para saber como evolucionarán los acontecimientos al detalle, hemos creído poder establecer los móviles geoestratégicos que llevaron a utilizar los atentados del 11 de septiembre como “casus belli” y, por tanto, creemos que hemos señalado el área donde anidan los cerebros criminales que los idearon.

© Ernest Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.es  http://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen

Comentarios  Ir a formulario