Infokriskis.- Mi padre se acordaba perfectamente del día en que Gravril Prinzip asesinó en Sarajevo al archiduque Francisco José. Mi madre recordaba a la perfección el día en que las tropas de Franco entraron en Barcelona. Yo recuerdo entre brumas los días de la “crisis de los mísiles” de Cuba y, con mucha más nitidez, el día en que mataron a Kennedy. Es frecuente que un brusco episodio cree tal impacto en nuestro cerebro que toda la zona que lo rodea permanezca iluminada por el recuerdo durante años. Recuerdo incluso la manta que cubría la cama cuando mi madre me comunicó que habían matado a Kennedy. Recuerdo la luz del faro de Vilanova que iba y venía irremediablemente mientras mi padre y mi tío discutían sobre la crisis de los misiles de Cuba. El aroma de la sopa de tomillo que cenamos, los ojos de un gato brillando en la oscuridad mientras que dirigía a la cama y pensaba sobre lo que implicaría un conflicto atómico.

Así mismo, creo que nos será muy difícil olvidar lo que hicimos aquel martes 11 de septiembre. En Cataluña era fiesta; no se esperaba que acudiera mucha gente a la celebración festiva en Sant Boi, pero tradicionalmente esa fecha estaba marcada por el recuerdo de la caída de Barcelona en manos de las tropas borbónicas ese mismo día de 1714. Otro 11 de septiembre, el de 1973, fue la fecha elegida por el ejército chileno para apartar a la Unidad Popular del poder. Y esto evoca directamente lo que ocurrió el 11 de septiembre de 2001. Por que también se trató de un Golpe de Estado, sólo que en esta ocasión de dimensiones planetarias.

El origen de nuestra reflexión fue el hecho de que durante varias horas permanecimos pegados a los televisores, vimos la catástrofe terrorista más importante de la historia. Sin embargo no vimos ni un solo muerto. Ciertamente, me quedé pegado al televisor desde que un querido amigo me llamó por teléfono indicándome lo que había pasado a los pocos minutos de tenerse noticias de que el primer avión se había estrellado contra la Torre Sur del WTC. Luego todo ocurrió como si se tratara de un espectáculo. En los 20 minutos que mediaron entre el primer y el segundo impacto, todas las cadenas de TV del planeta se conectaron con Nueva York y los televisores de todo el mundo tuvieron ocasión de presenciar en directo el segundo impacto. Si los dos impactos hubieran sido simultáneos, quizás ni una sola imagen hubiera podido quedar del episodio. Tan solo se hubieran visto los edificios incendiados o desplomándose.

Era imposible sustraerse a aquellas imágenes que sugerían ira e indignación. Durante horas, cientos de millones de telespectadores permanecieron pegados a los televisores, recibiendo las informaciones y reivindicaciones tendenciosas y manifiestamente falsas que acompañaban a las imágenes.

De repente me di cuenta de lo que estaba ocurriendo: estábamos asistiendo a una inmensa operación de guerra psicológica. Si no hubiera sido así, las cosas se hubieran desarrollado de otra manera: alguna cámara hubiera aparecido por la zona fotografiando o filmando cuerpos destrozados, cadáveres en las calles, pero no había nada de todo eso. En lugar de ello, al cabo de 60 minutos se podían ver filmaciones en directo presuntamente realizadas en los territorios palestinos ocupados por Israel, en donde un pequeño grupo de niños y alguna mujer, celebraban jubilosamente el crimen. Esto unido a la reivindicación falsa del FDLP, implicaba que se inducía a la población a atribuir una responsabilidad musulmana a estas acciones. Baste decir ahora que en las 10 horas posteriores a los atentados, la información vertida estuvo completamente tamizada. Era imposible que esto se hubiera producido de haberse tratado de atentando inesperados. En ese caso la información hubiera llegado de otra manera: mucho más tosca. Pero no: la información buscaba suscitar un impulso a la venganza; se intentaba por todos los medios que la sensación de miedo que podía generar la aparición de cadáveres masacrados, restos humanos calcinados o el estado de cuerpos estrellados contra la calzada. Venganza si, miedo no. Tal era el objetivo de la campaña de guerra psicológica iniciada en ese momento y que en los días siguientes alcanzaría su mas alta cota con la imagen de Bush arengando a los equipos de ayuda con un bombero sexagenario al lado o loando a los “héroes del Vuelo 93”.

Pero no lo duden: ese día no hubo nada espontáneo en la información que llegaba de América. Como tampoco fue casual el que en los días siguientes el número de víctimas alcanzara la espectacular cifra de 35.000. Es decir, 10 veces más de la cifra que luego resultó ser cierta. Era importante que el drama alcanzara unas dimensiones colosales o, de lo contrario, hubiera corrido el riesgo de olvidarse con celeridad. Era imposible que al día siguiente de los atentados, las servicios policiales no tuvieran una idea siquiera aproximada del número de víctimas. Se exageró hasta la saciedad para permitir una represalia no menos exagerada. Una civilización como la americana tan preocupada por la “cantidad” (René Guenon dijo de ella que era el arquetipo del “reino de la cantidad”) necesariamente precisaba cifras espectaculares de víctimas.

El hecho de que los atentados tuvieran lugar en el territorio americano, en lugar de en una Embajada remota o en una base militar ignota, contribuía a generar la impresión de que América estaba amenazada. Esa sensación se acentuó hinchando artificialmente el número de víctimas. Contra más altas fueran, más se aventaba el deseo de venganza.

Seis horas después del atentado, en varios foros de discusión a través de Internet lancé cuatro ideas:

-          El atentado parecía una provocación tras la cual era extremadamente fácil intuir la presencia de servicios de inteligencia. Se trataba de una conspiración.

-          No existía ningún grupo terrorista islámico capaz de llevar a cabo una acción similar como se nos quería hacer creer. Se trataba de una operación de guerra psicológica.

-          Las represalias contribuirían a aumentar la presencia americana en las zonas petrolíferas de Oriente Medio y a reforzar la posición de EE.UU. en el mundo: Se trataba de un golpe de Estado planetario.

-          Inmediatamente se designaría a un chivo expiatorio, un Nazareno que cargara con la cruz de la represalia. Se trataba de construir un falso culpable.

En los cuatro meses siguientes, he tenido ocasión de ir reforzando esas primeras intuiciones y añadiendo otras.

I.¿POR QUÉ FUE UN GOLPE DE ESTADO?

Un golpe de Estado es una iniciativa tendente a hacerse con el poder de manera brutal y por medios ilegales. No debe necesariamente estar protagonizada por una fuerza militar, si bien, siempre su concurso es necesario. En cualquier tipo de golpe de Estado, el papel del ejército se reduce al momento táctico mismo de la puesta en marcha del mecanismo de fuerza para acabar con un gobierno concreto. Acabado el hecho mismo del golpe, antes o después, el poder capturado por los militares es cedido a los civiles y/o compartido con ellos.

Los golpes de Estado no tienen necesariamente que ser similares al de Franco el 18 de julio de 1936 o al de Pinochet el 11 de septiembre de 1973. Estos serían golpes de Estado a los que habría que añadir el calificativo de “militares”. Pero luego están aquellos otros en los que el estamento militar se limita a aumentar su peso específico dentro del engranaje de poder, de manera desmesurada en relación al papel que le otorgan los mecanismos constitucionales. Los ministros siguen siendo civiles, el presidente no varía, pero las FF.AA. se convierten en la columna vertebral del régimen con prioridad en relación al resto de fuerzas políticas y sociales. El caso de Fujimori a este respecto es significativo. Alcanzó el poder ganando unas elecciones y, posteriormente, con la excusa de la lucha contra la guerrilla de Sendero Luminoso, marginó a la oposición, a su propio partido y a cualquier institución constitucional, apoyándose sólo en las FF.AA. No era una dictadura “militar”, pero si una dictadura. No es el único caso en la historia moderna. Los países árabes han dado múltiples ejemplos de “dictadores populistas”, desde Nasser hasta Saddam Husein, en los que el estamento militar ha provocado el movimiento que ha instalado en el poder al dictador, pero éste ha formado un gobierno mayoritariamente civil.

Los motivos por los que se da un golpe de Estado son múltiples. El asesinato de Kennedy en 1963 tuvo múltiples desembocaduras, pero sin duda la más importante fue la absurda guerra del Vietnam que sólo benefició al “complejo militar-industrial” que mantuvo a Lyndon Jhonson como Presidente en tanto que estaba más implicado en sus intereses armamentistas.

Hay golpe de Estado cuando la normalidad constitucional es abolida y sustituida por una excepcionalidad generada artificialmente. La hipótesis que sostiene este libro es que el 11 de septiembre de 2001 EE.UU. vivió un golpe de Estado. Los intereses del consorcio militar-industrial impusieron:

-          una guerra en Afganistán,

-          la aproximación a las rutas del petróleo Caspio,

-          mejorar las posiciones para el futuro enfrentamiento con China, y

-          estimular la fabricación de las nuevas armas previstas en la llamada “Doctrina Rumsfeld”.

Siendo estas las razones “estratégicas”, no eran los únicos intereses a defender. Existían otros, fundamentalmente tres:

-          entrega al Presidente de plenos poderes para llevar la guerra allí donde lo estime oportuno.

-          preparar mecanismos legislativos para frenar motines y movimientos de protesta en el interior de los EE.UU.: la llamada “Ley Patriótica” que autoriza la detención de extranjeros sin orden judicial y las intervenciones telefónicos contra ciudadanos americanos. 337 congresistas votan a favor de la ley 82 en contra, su impulsor es el fiscal general Ashcroft.

-          limitar la libertad de circulación de ideas e información en Internet, autorizando la intervención sistemática de correos electrónicos e información contenida en los servidores.

El arsenal de medidas aprobadas cuando las cenizas del WTC todavía humeaban y los hechos que se han ido sucediendo a continuación, no dejan lugar a dudas: el 11 de septiembre, el pueblo americano asistió a un golpe de Estado contra sus libertades y su constitución.

¿POR QUÉ SE TRATO DE UNA CONSPIRACIÓN?

No basta con decir que nuestro “fino olfato” nos indica que los atentados fueron el resultado de una conspiración. Podríamos aludir, como de hecho haremos en las páginas que seguirán, a extrañas maniobras realizadas antes y después de los atentados con la intención de “crear” culpables y presentarlos a la opinión pública como tales. Hablaremos de falsificación de vídeos y daremos una coartada. Pero hace falta aportar alguna prueba concreta. Y la más elocuente de todas ellas es afirmar que el presidente Bush mintió desde el primer momento, cuando afirmó haberse enterado de los atentados al entrar en la Escuela Booker, en Sarasota, donde aquella mañana tenía un pequeño acto protocolario.

Una periodista de Associated Press, Sonya Ross, acompañaba a Bush en el viaje que había emprendido a Florida esa mañana del 11 de septiembre. Sonya se enteró del impacto del primer avión sobre el WTC cuando se encontraba en la puerta de la Escuela Booker en Sarasota esperando a la comitiva presidencial. Aprovechó la presencia del séquito de Bush para preguntar particulares del atentado, no en vano, el presidente está siempre acompañado de un equipo  dirigido por Andrew Card que recibe, filtra, resume y sirve a su jefe las informaciones de carácter urgente. Y el atentado lo era. Los periodistas Illarion Bykov y Jared Israel que han investigado este tema explican que “Los miembros de este grupo de apoyo poseen el mejor equipo de comunicaciones del mundo. Mantienen contacto, o pueden establecerlo rápidamente, con el gabinete de Bush, el Centro de Mando Militar Nacional del Pentágono, la Administración Federal de Aviación y los agentes del Servicio Secreto que han quedado a la zaga en la Casa Blanca”. Todo esto es para afirmar que si la periodista Ross conoció la noticia del atentado justo cuando Bush se acercaba a la escuela en donde se encontraba ella, lo más lógico es pensar que el Presidente ya estaba informado, siquiera con unos minutos de anticipación.

Los dos periodistas citados rescataron un informe de John Cochran, de la cadena ABC TV que viajaba con el presidente. En la mañana del martes informó: “El presidente salió de la suite de su hotel esta mañana y cuando se disponía a marcharse, los periodistas vieron al jefe de personal de la Casa Blanca, Andy Card, susurrarle algo al oído. Uno de ellos preguntó al presidente: “¿Se ha enterado de lo que está sucediendo en Nueva York?”. Dijo que sí, y agregó que algo haría al respecto más tarde. Su primera actividad consiste en una visita de alrededor de media hora a una escuela primaria de Sarasota, Florida”. Así pues, la información llegó a Bush justo cuando abandonaba el hotel por boca de Andy Card. Cochran explica que Bush no hizo ningún comentario. Se limitó a decir que más tarde haría una declaración.

Hay que tener en cuenta la declaración de otro personaje, habitualmente bien informado, el vicepresidente Dick Cheney. Se trata de una declaración casual, casi de un error, a partir del cual puede inferirse que Bush estaba informado del ataque antes de visitar la Escuela. Entrevistado por el periodista Tim Russert sobre el trayecto del vuelo 77 de la American Airlines que impactó sobre el Pentágono, contestó:

“Cheney: Lo más que puedo decirle es que se dirigía, inicialmente, hacia la Casa Blanca y...

Russert: ¿Realmente llegó a circonvolucionar sobre la Casa Blanca?

Cheney: No, pero se dirigió a ella. El Servicio Secreto tiene un acuerdo con la Administración Federal de Aviación. Estaban en comunicación permanente después de que el WTC...

Russert: ¿Lo seguían por radar?

Cheney: Si...”

De estas declaraciones se deduce que Cheney estaba informado por el Servicio Secreto y éste ya estaba estaba en contacto con la Administración Federal de Aviación. Ambas instituciones están en contacto cuando se produce alguna incidencia grave en la aviación. A partir del primer ataque contra el WTC, esta comunicación se convirtió en permanente durante ese día. El desvío de un avión civil de su ruta habitual y su entrada en la zona urbana de Nueva York, implicaban que los radares de la Administración Federal de Aviación ya habían detectado el desvío y... necesariamente, lo habrían comunicado al Servicio Secreto y a las demás entidades de Seguridad.

El primer impacto tuvo lugar a las 8:46 de la mañana. La Administración Federal de Aviación reconoce que a las 8:20 “sospechaba” que el vuelo había sido secuestrado. Se supo tres días después que la AFA notificó “a las 8:40 al Sector de Defensa Aérea del Nordeste (NEADS), el sistema militar de protección civil, que el vuelo 11 había sido secuestrado” (Newday, 23.09.01). Esta dato indica que, como mínimo, unos pocos minutos (o segundos) después, el Servicio Secreto ya estaba informado de la anomalía. Así pues, el Servicio Secreto ya seguía el tema cuando se produjo el primer impacto a las 8:46. La información al presidente debió llegarle instantáneamente: no se trataba de un secuestro en un lugar alejado del mundo, sino sobre el cielo de Nueva York, de un avión americano, con pasajeros americanos y que, finalmente se había estrellado contra el edificio más emblemático de la ciudad. Es imposible pensar que la noticia pudo retrasarse ni siquiera unos pocos minutos en llegar a Bush.

La mitología del 11-S creó inicialmente la leyenda de que el presidente se enteró del atentado en la Escuela Booker. Luego se corrigió sensiblemente esta versión y se afirmó que se había enterado cuando entraba en la misma o bien cuando salía del hotel. Era inevitable que así fuera por que algunos periodistas fueron testigos; en cualquier caso la noticia era la misma: “se está desarrollando un ataque terrorista sobre el suelo de los EE.UU.”.

Contrariamente a lo que la mitología oficial del 11-S ha explicado, no es cierto que los servicios de seguridad  no hubieran contemplado la hipótesis de un ataque aéreo sobre los centros vitales de la administración. El Time Magazine informó sobre los “juegos de guerra” de los agentes de protección presidencial que habían estudiado la posibilidad de que un avión comercial cargado de explosivos se desviara de su ruta poco antes de aterrizar en el aeropuerto de Washington y se estrellara contra la Casa Blanca. Así pues, existía un protocolo de reacción inmediata ante esta eventualidad. Ahora bien, en todo esto hay varios elementos que no concuerdan: aceptando que el Servicio Secreto garantiza la protección presidencial eficazmente y sin olvidar que, ya desde el primer ataque, era evidente que se trataba de una situación anómala extremadamente grave que apuntaba contra la figura presidencial como indicaba que un avión entrara se dirigiera a la Casa Blanca, entonces ¿por qué el Servicio Secreto no anuló inmediatamente la visita protocolaria y desde todo punto de vista innecesaria y colocó al presidente en un refugio fuera del alcance del público y de cualquier otro avión que pudiera localizar a la comitiva presidencial y estrellarse contra ella. Por que es rigurosamente cierto que la visita a la Escuela Booker se había comunicado públicamente y no era ningún secreto. Esto sin olvidar que la Escuela en cuestión se encuentra a 8 km del aeropuerto local, lo que aumentaba el peligro, tal como se sabía en los “juegos de guerra” realizados por el Servicio Secreto.

Vale la pena establecer las conclusiones a las que llegaron Bykov e Israel:

“Dada la obligación del Servicio Secreto de proteger al Presidente;

Dada la comunicación permanente del Servicio Secreto con la AFA y, en consecuencia, su conocimiento de que un avión había sido secuestrado y a continuación estrellado contra el WTC.

Dada la potencial amenaza de muerte para el presidente Bush si éste hacía acto de presencia un lugar público, según se había programado y había sido anunciado el día anterior y era conocido por todos en la región...

Existe una sola explicación para el hecho de que el Servicio Secreto permitiera al presidente Bush afrontar el riesgo mortal de concurrir a la Escuela Booker en la mañana del 11 de septiembre.

George Wallace Bush conocía los planes para el 11 de septiembre. Y porque conocía tales planes, sabía que nadie iba a atacar la Escuela Booker”.

A esto habría que añadir que la visión dramática de un Bush convulsionado por el atentado, dando la noticia del atentado a la nación y rodeado de niños. Pero esta es otra historia que forma parte de la “guerra psicológica”. 

III. ¿POR QUÉ FUE UNA OPERACIÓN DE GUERRA PSICOLÓGICA?

La guerra psicológica es el conjunto de operaciones tendentes a conquistar o destruir el cerebro y la voluntad de las poblaciones. Al igual que la guerra convencional implica la conquista de un territorio, la guerra psicológica pretende conquistar los cerebros de los habitantes y no sólo del enemigo, sino también el de la propia población del país interesado en afrontar operaciones de guerra psicológica.

Recordemos la imagen de Bush en la Escuela Booker, dando la noticia del ataque contra el WTC. Imaginemos esa misma noticia dada en un ambiente frío, una oficina o bien en el curso de una de las habituales ruedas de prensa. Hubiera faltado dramatismo, vinculación con las masas. En cambio, ante un auditorio formado por niños, padres de alumnos, profesores, por la “América profunda”, ese mismo comunicado se convertía en una formidable arma de guerra psicológica: “El presidente junto a su pueblo, da una noticia dramática y promete hacer algo. No puede mentir por que está cerca de la gente”. Por eso se eligió un colegio para dar la noticia. No se trataba de una casualidad. En este asunto las casualidades son tantas que es impensable que alguien no se preocupara de articularlas.

Pero eso ocurría el mismo día “D”. En los meses anteriores se habían generado noticias que preparaban psicológicamente para que los hechos del día 11 de septiembre. Ese mismo día, las imágenes de las torres gemelas, servidas obsesivamente a los televisores de todo el mundo, con comentarios filtrados paulatinamente sobre el origen de atentado contribuyeron a configurar en la mentalidad de las masas la idea de la culpabilidad islámica. Se indujo la idea de que, al tratarse del mayor crimen cometido hasta ahora por el terrorismo, debía ser contestado con medios extraordinarios que iban más allá de los admitidos por un Estado de Derecho y de la justicia democrática.

El esquema general de la guerra psicológica viene definido por 4 fases. El desarrollo de estas fases culmina con la conquista del objetivo propuesto. A este objetivo se llega mediante un conjunto de operaciones (estrategia), cada una de las cuales (tácticas) permite dar pasos hacia él. El esquema que presentamos a continuación es el seguido por el genial (en el sentido diabólico) planificador de los atentados del 11 de septiembre:

ESQUEMA GENERAL DE OPERACIONES

-          Creación del problema: en los meses anteriores al atentado se crearon las bases del mito: Bin Laden. El 11 de septiembre ese mito pasó a ser una amenaza ciega.

-          Extremización del problema: en los días siguientes al atentado, el problema se magnificó. Se evitó que la opinión pública apelara a la mesura, la razón y la objetividad para valorar serenamente lo que había pasado.

-          Solución del problema: el Presidente Bush envió a Afganistán sus aviones para solventar la crisis, dejando creer que todos los problemas de terrorismo acabarían con la caída del régimen talibán y la captura de Bin Laden.

-          Mantenimiento del riesgo: pero el enemigo es taimado y acecha en la sombra, sin duda se reorganizará, pero la sociedad americana estará en perpetua tensión para evitar la coagulación de la nueva amenaza.

Objetivos:

-          Lograr que la opinión pública aceptara la intervención militar en Oriente Medio: el pueblo americano, especialmente después de Vietnam, es contrario a participar en aventuras exteriores, toda la operación de guerra psicológica tendía a que abandonara esa actitud y aprobara la gestión de su presidente..

Estrategia:

-          Generar en la población una sensación de cólera y venganza, sobre el trasfondo de un miedo y la sensación de que solo una acción militar puede conjurarlo.

Tácticas:

-          Imágenes sin muertos: aparecen desde el primer momento. En el mundo de lo audiovisual, era necesario extasiar a las masas ante los televisores, pero no asustarles hasta el punto de que el miedo inhibiera el apoyo a cualquier respuesta agresiva.

-          Datos dramáticos: En los días siguientes se insistió en las llamadas realizadas por los pasajeros a sus familias y, especialmente, se aludió a los “héroes del vuelo 93” que, según la mitología del 11-S “se enfrentaron a sus secuestradores”. Se intentaba por todos los medios generar una corriente emotiva y sentimental hacia la actitud de los pasajeros que reforzaría los ideales patrióticos de la población.

-          Revelación de proyectos terroristas: Desde el primer se empezaron a desarticular presuntas “células dormidas” de Al Qaeda en todo el mundo acusados de los más truculentos proyectos terroristas, incluida la voladura de la catedral de Estrasburgo. Todos los grupos musulmanes, sin excepción, desarticulados tras el 11-S eran acusados –con informaciones procedentes de la CIA o el FBI- de preparar crueles atentados... pero ninguno consiguió llevar estos actos a la práctica.

-          Reiteración de imágenes: Nuestra sociedad está habituada a ver imágenes. Si estas imágenes se repiten obsesivamente se logra un efecto multiplicador. Durante casi 8 horas los televisores de todo el mundo repitieron las imágenes servidas desde Nueva York. Siempre las mismas, con pocas variaciones; eran innecesariamente monótonas a menos que se quisiera obtener un efecto acumulativo. Las nuevas imágenes se servían con cuentagotas para asegurar que los televidentes seguían atentos a la pantalla con la esperanza de poder ver novedades.

-          Alteración del número de víctimas: El baile de cifras que finalmente se ha estabilizado en torno a los 3500, llegó el 12 de septiembre a la cifra de 10.000, el 14 alcanzó su techo de 30.000 muertos y a partir de entonces fue progresivamente descendiendo a medida en que era innecesaria la exageración ya que la USAF estaba bombardeando Afganistán.

-          Distribución de rumores y noticias falsas: especialmente en las primeras horas se asistió a una distribución de rumores falsos que se prolongó durante los cinco días posteriores al atentado. Rumores sobre la autoría de los atentados, rumores sobre el número de aviones secuestrados, rumores sobre si habían estallado bombas en el edificio del Congreso, rumores sobre aviones comerciales derribados dramáticamente antes de estrellarse contra sus objetivos, rumores sobre células dormidas que acechaban en la sombra, rumores sobre detenciones, arrestos, sobre si Bin Laden tenía o no armas de destrucción masiva. Era muy difícil distinguir entre el rumor y la realidad y, por tanto, el rumor era fuente difusora de miedo. Resulta imposible hacer un recuento total de este tipo de informaciones interesadas, buena parte de las cuales irán apareciendo en las páginas que siguen.

-          La creación de un culpable: era preciso darle un rostro al terror; no hay guerra sin un enemigo con rostro característico. Y ese enemigo fue Bin Laden; hubiera sido más difícil con el Mullah Omar del que sólo existía una foto extremadamente borrosa. La función de ese rostro es simplemente concentrar en sus facciones todo el odio y el deseo de venganza. La lucha contra el enemigo es más eficaz cuando se convierte en una persecución a un rostro. Si el rostro está en Afganistán se invade Afganistán. Si se sospecha que ha pasado a Iraq, los cañones se desvían hacia allí. Si tiene aliados en Filipinas, se invaden las islas...

-          Planteamientos maniqueos: La Alianza de Norte representa a los afganos demócratas; los talibanes, por el contrario, son solo bestias sedientas de sangre; los americanos son ingenuos, bondadosos, sinceros y valientes, Bin Laden y los hombres de Al Qaeda son taimados, asesinos y atacan solo por la espalda; tales son los planteamientos básicos que indicaban los rasgos de cada campo. Era fácil optar por unos y rechazar los otros. Afganistán es uno de los países más pobres del mundo y, al mismo tiempo, figura entre los más destruidos; para colmo las peculiaridades del régimen talibán, les convertían en algo particularmente odioso. Sin embargo, la Alianza del Norte –que compartía los mismos puntos de vista religiosos e idénticas tradiciones antropológicas- era tratada como la “esperanza democrática” del país. Dos pesos, dos medidas. La falta de habilidad y tacto diplomático del régimen afgano, su tosquedad, la ausencia de cuadros políticos capacitados, sus escasos recursos económicos, la guerra civil localizada en el Norte, las destrucciones producto de 20 años de guerra que lo habían empobrecido, hacían de Afganistán la pieza más débil de toda la región: un país que podía quebrarse con poco esfuerzo. A diferencia de Irak, apoyado por China, y con una mayor capacidad de respuesta en todos los terrenos. Afganistán era el enemigo ideal para obtener una victoria rápida y decisiva que garantizase la presencia en la zona.

-          El resultado: generación de una psicosis. Todo lo anterior tenía como resultado la aparición de un estado de ánimo en el pueblo americano que percibía un peligro difuso venido del mundo árabe capaz de restarle la sensación de seguridad y crear caos. Se generaba artificialmente la sensación de “nosotros o ellos”. O acaban con Bin Laden y los talibán, o bien nuevos actos de terrorismo nuclear y biológico acabarán con la civilización americana.

-          EE.UU. ungido por Dios para repartir justicia infinita: Para combatir a esta barbarie solamente un país ungido por Dios podía liderar una coalición antiterrorista. Esta idea había sido ya defendida por Georg Bush al término de la Segunda Guerra del Golfo cuando presentó a EE.UU. como la única nación capaz de liderar el Nuevo Orden Mundial; la idea siguió diez años después defendida por su hijo. Y, la prueba de que este conjunto de tácticas dio buen resultado, fue que nadie ha osado discutir ninguna de las posiciones de EE.UU. y que incluso la oposición interior ha sido –al menos momentáneamente- casi completamente acallada.

 

© Ernest Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.es  http://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen

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