Infokrisis.- En la derecha, ya desde principios de siglo se había producido una fractura importante en función de la actitud a adoptar frente al liberalismo: a se aceptaba o se rechaza, pero si se aceptaba había que aceptar también todo lo que caminaba con él: democracia inorgánica, renuncia a la defensa de la monarquía tradicional y todo, a la postre, quedaba como un intento de mejorar el país, garantizando la propiedad privada y poco más. Se trataba, a decir verdad, de una forma de pragmatismo que aludía a la “accidentalidad de la forma del Estado”, discusión que en aquellos momentos estaba en su cénit (no se trataba de que la Iglesia reconociera solamente una forma de Estado que se adaptara a la defensa de sus contenidos, sino que cualquier forma de Estado, especialmente el liberal, podía realizar esas políticas con tan sólo proponérselo). Gil Robles, inicialmente carlista, reconocía la imposibilidad práctica de proceder a una restauración y, por tanto, creía que la defensa de la institución monárquica durante la II República solamente conduciría a la marginación de quienes lo propusieran. Él por su parte, no estaba dispuesto a hacer de la cuestión monárquica una cuestión de principios –a pesar de ser monárquico- sino que proponía una aceptación del republicanismo para salvar lo salvable: la propiedad próvida y la seguridad de la Iglesia. En torno a Gil Robles y a Herrera Oria se concentró ese conglomerado de derecha liberal que primero fue Acción Popular y luego fue la CEDA. Pero el campo monárquico antiliberal también se organizó.

En enero de 1933, tres líderes de la derecha monárquica que ya habían colaborado en el marco de Acción Española, fundaron un nuevo partido político, Renovación Española, que tendría a gala confesar su predisposición monárquica y alardear de su fidelidad al rey exiliado. Uno de ellos era Ramiro de Maeztu. Curtido inicialmente en el periodismo de izquierdas, formó con Azorín y Baroja el llamado Grupo de los 3, uno de los puntales de la Generación del 98. Hasta principios de los años 20 no rectificó sus posiciones políticas que progresivamente se fueron caracterizando por una desconfianza hacia el liberalismo y una adhesión al catolicismo. Enviado por la dictadura como embajador en Argentina allí conoció a Zacarías de Vizcarra, clérigo vasco residente en Argentina y que realmente es el inventor del término “hispanidad” en contraposición al término “raza” (el 12 de octubre era hasta entonces “el día de la raza”, a partir de la influencia de Vizcarra va ganando el término hispanidad que encuentra en Maeztu a su principal propagandista.

Maeztu se había interesado especialmente por el estudio de la decadencia española y por su remedio que para él no es otro que el retorno a los orígenes de la tradición católica y de la idea de hispanidad como fuerza civilizadora. Colaborador de Acción Española de la que fue su director, mantuvo contactos con los integralistas portugueses de Antonio Sardinha y finalmente publicó Defensa de la Hispanidad en 1934 cuando ya era diputado de Renovación Española por Guipúzcoa. La idea central de Maeztu es los países de habla española contiene valores propios en función de los cuales puede desarrollarse una comunidad cultural alternativa a las culturas anglosajona o francesa. De ahí saldría la idea de reconstrucción imperial, “en sentido espiritual”, cuando resurgiera el antiguo “ímpetu hispánico”. El libro debía de haber sido la primera entrega de un trilogía de la que las otras dos serían la Defensa del Espíritu (que finalmente escribió a pesar de que se perdieron algunos fragmentos durante su detención por milicianos del Frente Popular) y la Defensa de la Monarquía (que no llegó a escribir). Estos tres, precisamente, serían los pilares del pensamiento de Maeztu. A poco de iniciar la guerra fue fusilado en Aravaca. A nuestro entender, la obra de Maeztu es el último gran intento de revisar la idea de España y encontrar un sentido a nuestra historia.

Ramiro de Maeztu era el gigante intelectual de Renovación Española, mientras que Antonio Goicoechea fue su jefe político y Calvo Sotelo su líder carismático. Diputado maurista en varias legislaturas, fue miembro de la Unión Patriótica y luego de Acción Nacional para separarse y fundar Renovación Española. En febrero de 1936 perdería el acta de diputado y en los primeros días de la guerra civil marchó con Sainz Rodríguez a Roma para solicitar ayuda del régimen italiano. Tras firmar un llamamiento para la restauración de la monarquía en España en 1943 abandonó la actividad política siendo presidente de varios bancos públicos.

El tercer promotor de Renovación Española, Pedro Sainz Rodríguez era un intelectual brillante y excepcionalmente bien relacionado: fue amigo de Franco, pero también del conde de Romanones lo que le permitió jugar un papel importante en los primeros días del nuevo régimen. Junto con Calvo Sotelo impulsó la creación del Bloque Nacional (intento de aglutinar a los albiñanistas, a tradicionalistas y a Renovación Española) y contribuyó activamente al movimiento golpista asegurando el contacto con el general Sanjurjo. Ministro de Educación Nacional en el primer gobierno de Franco, fue el impulsor del Bachillerato implícito en el plan de educación por él creado que mantuvo su vigencia durante décadas. Sin embargo, en 1941 fue cesado, no regresando hasta 1969 tiempo en el cual residió en Estoril como consejero de Don Juan de Borbón.

Renovación Española fue un partido parlamentario durante el tiempo que duró la República, minoritario en relación a la derecha sociológica representada por la CEDA, carecieron de base popular amplia pero estuvieron suficientemente representados en colegios profesionales y entre la patronal. Calvo Sotelo, percibiendo la realidad del panorama monárquico en ese tiempo, fue el principal impulsor de un acercamiento a los carlistas: éstos disponían de muchísimos menos medios económicos, pero de un mayor arraigo popular en determinados zonas y se encontraban en ese momento, gracias a la infatigable tarea de Fal Conde, en franca (e inesperada) expansión en Andalucía, siendo como siempre habían sido una fuerza de gran arraigo en Navarra, País Vasco y Valencia y con fuerte presencia en la montaña catalana y en Castilla. De todas formas, a pesar del establecimiento en 1933 de una oficina electoral común, TYRE, Tradición y Renovación Española, lo cierto es que Calvo Sotelo, a pesar de su extraordinario prestigio en las filas monárquicas, nunca pudo superar completamente las reservas históricas que los carlistas mostraban en relación a los alfonsinos. En realidad, esta maniobra tuvo como resultado el desgaste de los carlistas divididos en dos tendencias: la de Fal Conde contraria a cualquier colaboración y la del conde de Rodezno favorable a un entendimiento rápido con los alfonsinos.

Mejor le iba a los “accidentalistas” de Acción Popular que ante las elecciones de 1933 se había coaligado con la Derecha Regionalista Valenciana y la Agrupación Regionalista de Santander, amén de otros pequeños partidos localistas, formando la Confederación Española de Derecha Autónomas. Si victoria electoral no consiguió que Alcalá Zamora nombrara a Gil Robles para formar gobierno y la CEDA tuvo que conformarse con apoyar a los radicales de Lerroux. Esta colaboración generó problemas en el interior de la CEDA y resucitó el proyecto de Calvo Sotelo de unir a todas las fuerzas que no aceptaban la II República. Esta operación que llevaría a la constitución del Bloque Nacional no puede decirse que triunfara completamente. Los falangistas, después de rechazar la entrada de Calvo Sotelo en su partido, hicieron oídos sordos al llamamiento y en varias ocasiones, tanto en Arriba (semanario de Falange) como en distintos discursos y ante el mismo Tribunal Popular de Alicante, José Antonio, explicó sus razones para negarse a esta colaboración.

Las referencias a la figura de Calvo Sotelo que pueden encontrarse en las Obras Completas de José Antonio dejan traslucir cierto resentimiento y una indisimulada antipatía profesada por el hijo del dictador al que fuera exministro de su padre. Dice por ejemplo ante el Tribunal Popular: Calvo Sotelo (…) era fogoso, tenía una oratoria confusa, se le disparaban torrentes de palabras que algunas veces hasta llegaban a perder el sentido. Calvo Sotelo iba diciendo por ahí: "No hay más que dos fuerzas nacionales, Falange Española y los hombres del Bloque Nacional." Entonces yo le contesté con una coz, con una cosa durísima que se encuentra en uno de esos pasquines en letras grandes que veréis a la cabeza de todos los números de nuestro periódico ¿Por qué no deja en paz a la Falange? Su elogio nos hace la misma gracia que ese refrán de: "El hombre y el oso cuanto más feos más hermosos." Que nos llamen feos no nos importa, pero que nos empareje con el oso...". Y en el semanario Arriba había publicado antes: “Sentimos comunicar a nuestros lectores que la fornida masa de cemento presentada al mundo, hace meses, con el sonoro nombre de Bloque Nacional, empieza a presentar impresionantes resquebrajaduras (…) En el fondo, el Bloque quedó reducido a una incómoda invasión, por parte del señor Calvo Sotelo, de las jefaturas desempeñadas por dos personas tan irreprochablemente prudentes y correctas como el señor Goicoechea y el conde de Rodezno. Singularmente por la proximidad, el primero era quien con más elegante discreción soportaba los empellones de impaciente ex desterrado de París. Pero si el señor Goicoechea no era capaz de provocar desagradablemente una cuestión de límites, en las filas de Renovación Española, especialmente en su juventud, la tirantez ha llegado a términos de rompimiento”. Los argumentos de José Antonio y de la Falange contra el Bloque Nacional y contra Renovación Española eran bastante simples: la Falange no era monárquica y, en cambio, si era revolucionaria. Sin embargo, lo cierto es que cuando se fundó la falange en 1933, una parte sustancial de su impulso procedía de los medios monárquicos que estaban presentes en el nuevo partido a través del Marqués de Eliseda, su financiador inicial y al mismo tiempo, junto con José Antonio Primo de Rivera, ambos diputados por la Unión Monárquica, luego por Rada y Arredondo, también monárquicos y corporativistas y posteriormente con Juan Antonio Ansaldo, notorio alfonsino y jefe de las milicias falangistas. Salvo Rada, el resto pasaron a Renovación Española, lo que evidencia que entre la Falange y Renovación Española existió cierto trasiego de militancia. Así mismo, tras las elecciones de febrero de 1934 se inició una corriente de tránsito de las Juventudes de Acción Popular a la Falange, cuando aquellas, como le ocurría a Renovación Española ya estaban muy “fascistizadas”. El hecho de que los líderes de la Falange colaboraran con artículos en la revista Acción Española, cuya vinculación con Renovación Española era demasiado evidente como para poderse negar, evidencia que la divisoria entre falangismo y derecha monárquica no estaba todo lo claro que los falangistas deseaban demostrar en sus proclamas revolucionarias. Así mismo, el hecho de que Sainz Rodríguez, ante la falta de una base militante agresiva y combativa, pensara en Falange Española como sustitutivo, ofreciendo su apoyo económico, es también significativo. O que el precursor de Falange, Ramiro Ledesma, luego coaligado con el partido, fuera también auxiliado económicamente por gente de Renovación Española después de romper con José Antonio Primo de Rivera.

Fuera del “perjuicio monárquico”, al que cabe vez los propios alfonsinos atribuían menor importancia, el aspecto exterior de los rituales de Renovación Española, el contenido de los discursos de Calvo Soteno, el énfasis creciente puesto en el corporativismo y cada vez más vencido, no tanto por Maurras como por el Estado Corporativo italiano, indica que entre 1934 y 1936 existió un “corrimiento” de las influencias políticas. De iniciarse la república con un pequeño grupo de fascistas en 1931 –La Conquista del Estado-, crecer luego entre 1933 y 34 en el entorno de Falange Española, a partir de ese momento, primero Renovación Española y luego las Juventudes de Acción Popular asumen cada vez más valores del fascismo español hasta el punto de que son precisamente los hombres de este partido –y no los falangistas o los de la CEDA- quienes una vez estallada la sublevación militar, corren a entrevistarse con las máximas jerarquías del fascismo italiano para recabar su apoyo.

Es cierto que el Bloque Nacional no satisfizo todas las esperanzas puestas en el proyecto. A pesar de ser Calvo Sotelo la cabeza visible, lo cierto es que el proyecto había sido pergueñado por Pedro Sainz Rodríguez con el visto bueno de Goicoechea. Contrariamente a lo que decía José Antonio Primo de Rivera, no era para menoscabar ningún liderazgo sino para lograr una máxima eficacia de los monárquicos en su oposición a la República. La idea no solamente era reunir en una sola fuerza política a todos los monárquicos, sino romper la CEDA y atraerse a los diputados monárquicos que pudieran quedar en esa formación así como a una parte sustancial del electorado. Es significativo que uno de los grupos que aceptaron formar parte del Bloque fuera el Partido Nacionalista y su servicio de orden, los Legionarios de España que, en rigor puede considerarse como el primer partido de la derecha fascista española.

Era fácil intuir los motivos de esa estrategia de aproximación entre los monárquicos. A poco de instaurarse la República, cuando ya empieza la quema de conventos en mayo de 1931, los monárquicos no sueñan más que con conspirar y crear un orden nuevo por la vía golpista. Pero en 1931 siempre existía la posibilidad de que, finalmente, por vía electoral, la derecha alcanzara el poder y procediera a una “reordenación” de la República sin el recurso al pronunciamiento militar. De 1933 a febrero de 1936 esta línea república fracasa en medio de un clima de agitación siempre creciente. De ahí que, cuando se convocan las elecciones de 1936 y el Bloque Nacional se presenta cuando la conspiración está en marcha. La idea del Bloque Nacional, a fin de cuentas, no suponía nada más que la creación de una estructura político-civil de apoyo a la insurrección que ya estaba perfilando.

Los resultados en las elecciones de 1933 eran muy elocuentes sobre cómo se distribuían las fuerzas: CEDA 115 escaños, Comunión Tradicionalista 20, Renovación Española 14, Falange Española 1. Sin embargo en febrero de 1933 la situación se había modificado: CEDA 101 escaños, Bloque Nacional 10, Comunión Tradicionalista 15, Falange Española 0. Sin embargo, la opinión unánime entre los historiadores es que en estas elecciones el fraude fue masivo en ambas direcciones, con lo que poco importa el número de diputados exacto de cada una de ellas, sino más bien habría que atender a la importancia activista de estos grupos. Las milicias tradicionalistas, mayoritarias entre las fuerzas de derechas, se habían ido formando clandestinamente en Italia, los falangistas iniciaron a partir de febrero un crecimiento a pesar de entrar en la clandestinidad poco después, pero beneficiados por su aspecto típicamente fascista que había atraído hasta ese momento a mucha gente a las JAP. Al quedar derrotado Gil Robles, parte de su militancia joven se fue disolviendo incorporada en parte de Falange, en parte a Renovación Española y en parte al tradicionalismo.

Claro está que había discrepancias. La jefatura suprema del carlismo recaía en Alfonso Carlos que era contrario a la unificación de las corrientes monárquicas. Alfonso Carlos había reorganizado el carlismo y creado la Comunión Tradicionalista en ese momento dirigida por el conde de Rodezno partidario de la aproximación a los alfonsinos, pero éste fracasó en el intento y Afonso Carlos disolvió la Junta Suprema de la Comunión. A partir de ese momento el carlismo se orienta hacia la conspiración y entonces cuando discretamente cientos de carlistas son enviados a Italia para recibir adiestramiento paramilitar y reforzar el Requeté (milicia carlista). Para colmo de males un sector minoritario del carlismo denunció la legitimidad de ambas corrientes –la Alfonsina y la tradicionalista- proponiendo a través de la revista El Cruzado Español y actuando como con el nombre de Núcleo de la Lealtad, una sucesión por vía femenina (ya que Alfonso Carlos tenía 82 años y no tenía descendencia masculina) en la persona de la hija mayor de Alfonso Carlos. Éste desautorizó la operación y designó como regente a su sobrino Javier de Borbón-Parma.

En todo este ambiente la revista Acción Española parecía ser la opción más consecuente y por ahí fue por donde se redoblaron los esfuerzos para una reaproximación entre los distintos sectores dinásticos. Tanto Acción Española como Calvo Sotelo fueron partidarios de presentar a Don Juan de Borbón, tercer hijo de Alfonso XIII, como la encarnación de esta alternativa, ya que sus dos hermanos mayores Alfonso y Jaime habían renunciado a la corona por distintos motivos (el primero por su matrimonio morganático y el segundo al ser sordomudo). Sin embargo, Alfonso XIII desde el exilio se negó a abdicar en su hijo y bastante le costó a Goicoechea mantener la fidelidad alfonsina de Renovación Española. Sin embargo, el proyecto de unificación de las dos ramas monárquicas en la persona de Don Juan de Borbón siguió viva a través de las columnas de Acción Española, de los diarios La Época y La Nación y, especialmente a través de Calvo Sotelo y el Bloque Nacional. El propio Don Juan a través de Eugenio Vegas Latapie fue convencido para lanzar una carta, inspirada especialmente por Maeztu en la que reconocía su tributo doctrinal al carlismo y, lo que era más importante, asumir la ideología de Acción Española… esto es, la doctrina maurrasiana aplicada a España, decididamente antiliberal.

Tras el pacto entre la derecha “accidentalista” de Gil Robles y los radicales de Lerroux, algunos diputados de la CEDA se pasaron a Renovación Española (Francisco Roa y Víctor Lis), mientras que José María Valiente,  jefe nacional de las JAP se pasaba al requeté carlista. Cuando se llega a las elecciones de febrero de 1936, el Bloque Nacional no tiene más remedio que unirse a la CEDA para presentar candidaturas únicas. Los propios falangistas fueron consultados para integrarse en estas listas, pero las exigencias de José Antonio Primo de Rivera fueron tales que excedían con mucho el margen de maniobra que había recibido Gil Robles de su partido. Reconocida la derrota de la derecha –con aroma de pucherazo y con miles de irregularidades- ya no quedaba más vía que el golpismo. Los carlistas se retiraron del Bloque Nacional el 16 de abril y concentraron sus esfuerzos en la sublevación, cuando el diario del bloque, La Nación ya había sido asaltado en marzo por las milicias frentepopulistas y nunca más volvería a aparecer. Dado que Goicoechea se había quedado sin escaño parlamentario, Calvo Sotelo habló en nombre de carlistas y alfonsinos hasta su asesinato y cuando ya estaba visiblemente escorado hacia el fascismo. En este clima la organización de Renovación Española estaba en crisis y apenas podía hacer gran cosa fuera de la dinámica parlamentaria. En 22 de abril se reunión su dirección por última vez antes del estallido de la guerra civil. No fue una reunión agradable: había deudas pendientes de pago y la militancia se estaba radicalizando de día en día, unos hacia el carlismo y otros hacia la Falange que crecerían como la espuma en las semanas previas al golpe militar y en los primeros meses de guerra civil.  

Los pactos de ayuda suscritos con la Italia fascista en 1934 por ambas ramas monárquicas dieron su resultado especialmente con el carlismo que en 1936 había permitido a Manuel Fal Conde el disponer de un “ejército popular” con capacidad para movilizar miles de combatientes en Navarra, Castilla y Andalucía, encuadrados por militares retirados y cuyo delegado nacional era Zamanillo y su inspector nacional, el general Varela. Sin embargo, Renovación Española no desapareció en el marasmo de la guerra civil. Sus dirigentes, políticos relevantes, personalidades del mundo de la industria y de la alta política, constituyeron lo esencial de la clase política del primer gobierno franquista. No estuvieron en condiciones de movilizar grandes masas militantes, sin embargo, en los primeros días de la guerra aparecieron los “boinas verdes” en Somosierra dirigidos por los hermanos Miralles, mientras que en Bugos 200 albiñanistas contribuyeron a la victoria del pronunciamiento militar. Carlos Miralles recibió directamente la orden del General Mola de garantizar el dominio del paso estratégico de Somosierra y el día 17 de julio, 14 de sus hombres ya forman guardia en la entrada del túnel. El 19 se produjeron los primeros enfrentamientos armados con milicianos republicanos y las primeras bajas. Miralles consiguió reunir a 100 efectivos madrileños, con 30 falangistas burgaleses y 12 guardias civiles que se ve forzado a dispersar a aldeas vecinas para defender la posición de tal manera que cuando los milicianos atacan masivamente el túnel este solamente está defendido por 47 hombres. En el curso de la lucha morirá Carlos Miralles y fusilados sus hombres.

Si bien Renovación Española jugará un papel extremadamente relevante en el gobierno franquista, sus milicias prácticamente desaparecieron. Apenas fue posible organizar dos tercios, el Cid y el Calvo Sotelo, formados por albiñanistas y algonsinos, que no contaron con más de 280 efectivos de los cuales 60 murieron en combate y otros 100 resultaron heridos en Villarreal de Alada, en el Monte San Pedro en Vizcaya y en Espinosa de los Monteros. Los supervivientes fueron agregados al Tercio de la Virgen Blanca. En cambio, los carlistas que sí habían participado masivamente en apoyo de la sublevación militar con sus 15.000 requetés y una reserva de 5.000 más, apenas tuvieron peso político en los gobiernos franquistas, exceptuando en el Ministerio de Justicia que siempre recayó en alguna personalidad del carlismo, empezando por el conde de Rodezno. Renovación Española se autodisolvió en los primeros meses de la guerra civil, no participando por tanto en el Decreto de Unificación que, en la práctica, afectó solamente a carlistas y falangistas.

Desde los orígenes de la II República el diario La Nación había labrado una red de amistades y complicidades con el “fascismo español”  puede considerarse que este diario supuso uno de los vehículos de la fascistización de la derecha monárquica. El diario había sido fundado en 1925 para apoyar a la Unión Patriótica de Primo de Rivera. Al caer la dictadura se convirtió en portavoz de la Unión Monárquica y siempre rechazó al régimen republicano. Uno de sus directores, Manuel Delgado Barreto, no se olvide, tras ser director de La Nación, pasó a encabezar la dirección de El Fascio que debía haber sido un semanario de orientación fascista cuando ya se interesaba por la experiencia italiana. También vale la pena recordar que ese primer número de El Fascio se imprimió en los talleres de La Nación. Delgado Barreto, luego miembro de Renovación Española fue otro de los canales a través de los cuales se operó la transformación de los “fascistizados” de ese partido en “fascistas de derecha”. Fue desde las columnas de La Nación desde donde se elogió la fundación de Falange Española, reproduciendo íntegramente el discurso de Primo de Rivera en el Teatro de la Comedia de Madrid. Así, a la largo de la II República, La Nación siguió siendo un diario monárquico, paro que concedía una extraordinaria importancia al fascismo hasta el punto de identificarse con sus postulados. Por el contrario, en las columnas del diario se atacaba constantemente a la figura de Gil Robles de la que se decía que sería el artífice de la derrota de las fuerzas nacionales mediante la división que imponía y los impedimentos para la presentación de una candidatura contrarrevolucionaria en las elecciones de 1936. Se trató de un diario extremadamente bien hecho, que utilizó frecuentemente el color y las tipografías llamativas –hoy se las llamaría “sensacionalistas”- que desapareció el 13 de marzo de 1936 cuando sus talleres fueron incendiados como represalia por el atentado fallido contra el socialista Giménez de Asúa.

© Ernest Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es - http://infokrisis.blogia.com - Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen.

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