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Infokrisis.- Se conocen suficientemente las tesis de Max Weber sobre la ética protestante y el espíritu del capitalismo (1) que apenas tienen importancia para nuestro país como no sea por la vía de la negación. Dado que a este lado de los Pirineos el calvinismo apenas suscitó interés salvo en círculos muy restringidos a los que la Inquisición disuadió de cualquier tentación de organizarse, no apareció esa ética que en Centroeuropa y en EEUU encontró su meca.

Dos éticas, protestante y católica, frente al capitalismo

Weber parte de la observación de que la estructura religiosa de una sociedad afecta profundamente a sus comportamientos sociales  y, a partir de ahí explica que el capitalismo ha arraigado mejor en unos países que en otros, constata que es allí en donde el protestantismo cuajó en donde mejor arrancaron las economías capitalistas más frenéticas. Ética del trabajo y del esfuerzo como forma de pagar nuestros pecados, ética de la austeridad y del rigorismo moral, convicción a fin de cuentas de que Dios toca a sus elegidos con la fortuna material y la riqueza cuando siguen esa vía. Tales son las ideas de Weber en este terreno.

Esta tesis se adapta como un guante a las fases iniciales del nacimiento del capitalismo, pero diría mucho menos sobre las fases posteriores de su desarrollo y, a decir verdad, estaría en franca contradicción con el consumismo que apareció en los años veinte y treinta y que se exasperó a partir de los años 50 y en nuestro país una década después. Y si intentamos adaptar la tesis de Weber a nuestro país tan sólo servirá para explicar porqué llegamos tarde al arranque el capitalismo pero en absoluto para explicar la fisonomía capitalista de nuestra sociedad que, a todas luces, tiene en el catolicismo a su única componente religiosa. Dicho de otra manera: la cuestión a plantear es ésta: ¿cómo influyó el catolicismo en el desarrollo del capitalismo español? Porque, este es el hecho inicial constatado por Weber, toda estructura religiosa de una sociedad determina la fisonomía de la estructura económica de esa misma sociedad.

El único punto que posibilita arrancar una discusión sobre este tema es la diferencia entre las dos éticas, la protestante y la católica. Se conviene que la ética protestante supone una relación individual y personalizada con Dios (a partir del “libre examen” de los textos bíblicos y de la interpretación que cada uno le dé), mientras que la católica implica una aceptación colectiva de los principios enunciados por la Iglesia a la que se reconoce “autoridad”. Es lo que va de un sistema individualista y liberal a un sistema autoritario y jerarquizado de creencias. En el protestantismo no existe jerarquía, la función del “pastor” es, como máximo orientar a los fieles y presidir su asamblea, mucho más que guiar y establecer normativas. En el catolicismo, en cambio, todo está jerarquizado, regulado y sometido a normas emanadas por la cúspide vaticana. La jerarquía católica dice lo que es justo y necesario, establece el patrón de normalidad y el modelo a rechazar. No fomenta la iniciativa individual que podría ser peligrosa para su sistema de creencias y, por tanto, en su interior solamente han destacado como grandes capitalistas aquellos que experimentaban una sensación extrema de pecado y culpa, convencidos de que solamente el sufrimiento y el trabajo a este lado de la existencia conseguirán redimir la falta originaria. Pero siempre, en el catolicismo, se ha tratado de excepciones; la regla ha sido muy diferente.

De la sociedad trifuncional al consumismo

En efecto, en los estatutos de los gremios y de las corporaciones de los oficios medievales que subsistieron en todo su esplendor hasta la Revolución Francesa y en España hasta el trienio liberal, prolongando su presencia incluso hasta los años 60 del siglo XX, estuvo siempre presente una componente de austeridad pero también de moderación en el comportamiento. El artesano afiliado a los gremios trabajaba para vivir honesta y dignamente, no para amasar riquezas. Le bastaba obtener unos medios que garantizasen su dignidad, la de sus aprendices y de su familia, y ello le bastaba para seguir el mandamiento bíblico de “trabajarás con el sudor de tu frente”. No existió jamás en el gremialismo europeo la obsesión por el trabajo como apareció en el siglo XVI con la reforma protestante en Europa Central. Es significativo, por ejemplo, que en el Reino Unido, tras la escisión anglicana, los gremios siguieron siendo católicos y que, incluso en el área del Sacro Imperio tuvieron una alta componente católica hasta su desaparición de sus últimos restos en el marasmo de la II Guerra Mundial.

Es importante recordar que el papel de los gremios en las culturas indo-europeas fue el de encuadrar a la “función productiva”, tercera pata de una estructura social completada por la “función guerrera” y la “función sacerdotal”: hombres para defender a la comunidad que agrupaba a las personalidades dadas a la acción, hombres para orar por la comunidad para personalidades dadas a la contemplación y hombres para producir bienes para la comunidad dados al trabajo sobre la materia.

En realidad, debemos entender el capitalismo como una anomalía que apareció a finales de la edad media en este universo orgánico, jerárquico y trifuncional. En esa época, cuando se inició el comercio con Oriente, aparecieron un tipo de persona que estaba fuera de la disciplina de cualquiera de estos tres estamentos: el comerciante. Este se había especializado en traer mercancías de la Oriente para venderlos en Europa Occidental y fue capaz de generar un excedente de capital sin medida ni límite, y, por supuesto, sin la imposición moral del gremialismo.

En el momento en que la figura del comerciante se interrelacionó con la del banquero (habitualmente judíos, genéticamente especializados en la especulación y el préstamo con usura dado que el católico lo tenía prohibido), se sentaron las bases para la futura eclosión del capitalismo. Y ese proceso se dio también en las sociedades no calvinistas de la Europa del Sur y del Oeste y explica parte de las acumulaciones de capital anteriores al siglo XVIII en nuestro país.

El “rentista” producto de nuestra historia patria

Cuando se empieza a producir la decadencia del Imperio Español, aparecen fenómenos extraños y casi diríamos enfermizos en nuestro arte: de un lado irrumpe la arquitectura barroca que en España adopta unas formas excepcionalmente retorcidas y complejas; por otro la poesía cultera de Góngora que traslada a la literatura esta misma complicación. El barroco termina siendo yeso cubierto de purpurina –esto es, pobreza de materiales encubierta por formas complejas-, una especie de quiero y no puedo, un estar a la altura del lujo y de la riqueza muy por encima de las propias posibilidades.

Por entonces España ha tenido también una alteración sociológica. Aparece la figura del rentista, habitualmente un noble que percibe rentas de sus amplias posesiones agrícolas. No trabaja, ni siquiera organiza el trabajo, ni planifica la producción, ni se responsabiliza de ella, simplemente se limita una vez al año a percibir las rentas productos del trabajo de otros realizado sobre los territorios de su propiedad. En realidad, éste mismo sistema estaba en vigor en la misma época en toda Europa, pero con una pequeña diferencia: la nobleza española era extraordinariamente más numerosa que la de cualquier otro país europeo. Esto se debió a dos fenómenos complementarios: de un lado los ocho siglos de Reconquista, prolijos en hechos heroicos que tuvieron como contrapartida la concesión de títulos de nobleza y la superposición posterior de la nobleza del blasón a esta nobleza de la sangre, es decir, de los títulos nobiliarios concedidos alegremente en los años de la decadencia imperial y posteriormente con la llegada de los borbones, para mostrar agradecimiento a los cortesanos sin que mediara acción heroica alguna.

En tanto que rentistas, esta ingente masa de títulos nobiliarios, llevaron una vida completamente ociosa sin preocuparse ni por la producción, ni por la ordenación de los cultivos, ni por la administración de los tierras, sino solamente ocupados a llevar un ritmo de vida improductivo sostenido por... las rentas. Cuando en el siglo XIX y XX, los volúmenes de estas rentas fueron descendiendo, esa nobleza siguió subsistiendo vendiendo lotes de tierra según las necesidades de su economía, proceso que todavía sigue hoy en algunas zonas de la España rural.

La figura del rentista es importante porque su figura iba acompañada de una serie de seudo-valores: es una persona que goza de “prestigio” (no trabaja, no se esfuerza, tiene veinticuatro horas del día para disponer de su tiempo a su libre antojo, dispone de una vida social extremadamente rica y diversificada), tiene “posesiones” (una casa o un palacio que destilan riqueza, ostentación, dispone de criados y sirvientes uniformados que, incluso, en algunos casos, caminan por las calles ostentando en sus vestidos las iniciales de su señor como forma extrema de ostentación), dedica buena parte de su tiempo a los “juegos” causando admiración general por sus vestidos extremadamente cuidados y sus habilidades y, finalmente, tiene, en conjunto, una “imagen” extraordinariamente atractiva y atrayente. Se le puede ver en las fiestas comunitarias, presidiéndolas, se prodiga en general mucho más en los ambientes populares que cualquier otra nobleza europea, mucho más reducida y extremadamente elitista.

La figura del aristócrata rentista se complementa con la de la estructura religiosa que destila jerarquía. El Papa ordena a los cardenales, estos tienen prelación sobre los obispos y los monseñores y estos, a su vez, sobre los sacerdotes diocesanos y, paralelamente, las órdenes religiosas están igualmente estructuradas jerárquicamente. La jerarquía es el rasgo de las sociedades españolas incluso durante los siglos de la decadencia.

Sociedades católicas y consumismo

Y en lo que se refiere a las artes, nada que ver el desarrollo casi hipertrófico de las artes en la Europa Católica como la austeridad propia de la Europa Protestante. En realidad el protestantismo realiza una primera laicización de la sociedad europea concentrando su esfuerzo en la palabra el pastor en la asamblea de los fieles, mientras que el catolicismo desarrolla una liturgia extremadamente florida que sugiere una tendencia a lo suprasensible, precisa de ornamentos para expresar sus dogmas, adorna sus centros de culto con metales preciosos y demás formas de arte sagrado que intentan expresar la grandeza de lo divino y dar a la “casa de Dios” el aspecto que debe corresponder por la grandeza del Altísimo.

Finalmente, todo esto determina un ethos comunitario en el catolicismo, mientras que el protestantismo favorece la exasperación de formas individualistas.

Y es así, sobre estas características como se explica el hecho de que las sociedades protestantes y calvinistas hayan sido extremadamente diestras en arrancar el sistema capitalista y obtener de él el máximo de beneficios… mientras que las sociedades católicas –y la española más que ninguna otra- quedaban atrás y solamente alcanzaron en rigor un nivel de vida similar, cuando irrumpió la “sociedad de consumo” ya en el siglo XX.

Efectivamente, dadas las características del catolicismo, difícilmente podía alumbrar una sistema de tipo capitalista (lo que, como hemos dicho no excluía el que algunas personalidades torturadas por la idea del pecado original y la redención mediante la expiación de la culpa, vieran en el trabajo un camino) pero sí en cambio eran el campo mejor abonado para el crecimiento rápido –casi diríamos instantáneo- de la sociedad de consumo.

En la sociedad de consumo percibimos, laicizadas, todas las “virtudes” presentes en la sociedad católica de la decadencia española: poseer es símbolo de “prestigio” social, ya no se trata de “ser” sino de “parecer”, y para ello se recurren a la “posesión” de signos externos de riqueza que, en su conjunto, ofrecen una imagen de la persona, teniendo en cuenta que la imagen es un reflejo de la persona y no la persona en sí misma. ¿Qué es el consumidor moderno sino un receptáculo de todos estos seudo-valores? La idea del “qué dirán” presente ya en la literatura –por tanto en la sociedad- española del siglo XVII y XVIII pasa a ser la doctrina del consumidor español del siglo XX.

Para colmo, la estructura jerárquica de la Iglesia Católica había calado profundamente en la sociedad española a diferencia de las sociedades protestantes. Esta noción explica el porqué en los EEUU se invierten muchos más recursos en publicidad que en España. En efecto, mientras que en EEUU costaba arrancar al consumidor target de la ideología de la austeridad que acompaña al calvinismo, en España ha bastado siempre con que los llamados “líderes de opinión” (individuos considerados como imágenes para la sociedad) usaran determinados bienes de consumo para que estos fueran inmediatamente anhelados por el resto de la sociedad. Era el resultado de una sociedad jerarquizada habituada a seguir e imitar a quien se sitúa en la cúspide.

Mientras que las sociedades protestantes y calvinistas son “esencialistas”, las sociedades católicas son “esteticistas”, tal como hemos visto al aludir al desarrollo desigual de las artes en ambas doctrinas. Las sociedades esteticistas, al evolucionar, se pierden en los escaparates de consumo; mientras que las esencialistas atienden solamente a sus necesidades y a satisfacerlas, las esencialistas para satisfacerlas miran a la cúspide de la pirámide social e intentan imitarlas.

Por eso, en las sociedades católicas como la española es donde el consumismo se ha extendido como un reguero de pólvora en el momento en que se han dado las condiciones adecuadas para ello (en los años 60). A la inversa, las sociedades protestantes les ha costado menos llegar al capitalismo que al consumismo: lo han logrado a fuerza de habituar al ciudadano a consumir mediante sobredosis de publicidad.

El origen de la sociedad de consumo

Vale la pena recordar el origen de la sociedad de consumo para situar un poco mejor la cuestión. Con el siglo XX nacieron dos fenómenos que deberían cambiar la faz de la Tierra: el fordismo y el taylorismo. El fordismo consistía simplemente en el abaratamiento de los costes de producción y en la transformación del proletariado de trabajadores alienados en consumidores integrados mediante el aumento del salario. A su vez, el taylorismo suponía una optimización al máximo de los movimientos y de los gestos de los trabajadores, calculando la duración media de cada uno de ellos, simplificándolos y racionalizándolos para que en el mismo tiempo lograron una máxima productividad. Estos dos fenómenos, favorecieron el que al estallar la I Guerra Mundial pudieran producirse grandes cantidades de armamento y equipo para los combatientes. Al acabar el conflicto, las plantas de producción seguían en pie, pero debían dedicarse a la producción para usos civiles. Pronto estuvo claro que el consumo interior constituía un mercado insuficiente para absorber los bienes producidos, y esto forzó a recurrir a la exportación, pero pronto se hizo evidente que ni siquiera así se podían absorber las enormes cantidades de bienes producidos y eso fue lo que forzó a modificar el modo de vida de las poblaciones y llevó a la sociedad de consumo. Los dos instrumentos básicos para esta transformación fueron el marketing y la publicidad y el enemigo era la sociedad tradicional que no soportó más de 20 años en ataque (los que mediaron entre 1919 y 1939).

Antes de iniciar la II Guerra Mundial, el consumismo ya había irrumpido en EEUU y en los países más avanzados de Europa. En España apenas había despuntado. La Guerra Civil interrumpió el tímido proceso hacia el consumismo; luego, la miseria de la postguerra y el aislamiento internacional que se prolongó hasta 1956 no fueron los terrenos más abonados para establecer una verdadera sociedad de consumo: todavía existían las restricciones de energía y las cartillas de racionamiento.

Fue a partir de principios de los años 60 cuando aparecieron masivamente los productos de consumo, vehículos, electrodomésticos, vestido, etc, en número suficiente como para estimular su compra sin que aparecieran problemas de desabastecimiento. Pero en España el afán de “propiedad” de nuevos objetos alcanzó a sectores que habían estado ausentes en la fiebre del consumo generada en otros países europeos. En efecto, mientras que en el Reino Unido en 1980 solamente el 21,2% de las viviendas era de propiedad privada y el 78,8% de titularidad pública, en España el 93,3% era privado y el 6,7% público. En lo relativo a las viviendas de alquiler en ese mismo período, mientras que en Alemania el parque era del 58% en España apenas llegaba al 12%.

Es fácil interpretar esta tendencia en el contexto que hemos definido anteriormente: si la sociedad española tenía una conciencia jerárquica traspasada por el catolicismo y tendía a imitar los comportamientos de quien se encontraba en la cúspide de la jerarquía, estaba claro que los bienes inmuebles eran la forma de propiedad que caracterizaba a esa cúspide. De hecho pueden encontrarse también rastros en la exagerada eclosión de la burbuja inmobiliaria en el período 1995-2007.

Así mismo, el desprecio por el trabajo manual que fue una de las características de la aristocracia española desde los grandes Austrias. Ese mismo desprecio se daba en Europa, pero, como ya hemos dicho, la aristocracia española tenía un carácter hipertrófico. Y esto ha llegado también hasta nuestros días en el ideal del “pelotazo” y en la búsqueda de un rápido enriquecimiento mediante el recurso a la economía especulativa. El “rentista” de ayer es el especulador de hoy: casi un ideal colectivo en España. ¿Y la economía productiva? En ningún país como en el nuestro se ha producido un descrédito y una desprotección por parte de las autoridades a la economía productiva. Es todo un país hoy el que parece decir: “¿Trabajar? ¿Para qué?”.

El pueblo español procedió al “consumo por imitación” y lo hizo de manera colectiva, como se hacen las cosas en toda sociedad de origen católico. El resultado ha sido deletéreo: no quedan rastros de la sociedad tradicional; el catolicismo, después de proporcionar el esquema de fondo para la orgía consumista en los años 60, fue decayendo a partir de entonces y hoy apenas tiene influencia social salvo en zonas rurales. La trampa consistía en que el consumo de bienes materiales arrastra hacia la materia y la materia aleja del espíritu, por tanto una sociedad consumista es, casi necesariamente, una sociedad volcada hacia lo contingente. El catolicismo hizo el trabajo sucio, adecuó mentalmente a nuestro pueblo para asumir el consumismo y cuando éste irrumpió, ese mismo pueblo dio la espalda a la religión tradicional.

(1)    Max Weber, Ética protestante y espíritu del capitalismo, Fondo de Cultura Económica, México 2003.

© Ernesto Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.eshttp://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen.

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