Infokrisis.- Por mi parte, he comprobado que la importancia de Evola radica en la formación del carácter y de la personalidad, de eso que los alemanes llaman “welstanschaaung”, concepción del mundo. Nunca he creído que el tradicionalismo evoliano pudiera llevarse a la práctica en un mundo moderno situado en las antípodas de esa concepción, pero siempre he creído que solamente hombres dotados de los valores del khsatrya son los mejor preparados para afrontar las destrucciones que tenemos ante la vista y que en estos mismos momentos se están sucediendo ante nuestros ojos. Dicho de otra manera: el guerrero de siempre es el hombre del mañana.

 

Evola murió en 1973 y por esas fechas, también desapareció Adriano Romualdi, apenas llegado a la treintena en un accidente de automóvil; era sin duda la personalidad más cualificada para proseguir la obra de Evola. Desde entonces, se ha escrito mucho sobre Evola, y no siempre todo lo publicado a estado a la altura de la obra del “maestro”. ¿Qué hubiera dicho en torno a la revolución informática? Ciertamente, el último capítulo del Rivolta, sobre “Americanismo y bolchevismo” es de una lucidez desconocida porque anticipa en medio siglo lo que ocurrirá en Europa: se instalará la época del hombre masa, del último hombre, que será una síntesis del homo oeconomicus capitalista y de la despersonalización propia del marxismo. ¿Qué habría opinado Evola del giro adoptado por el Islam? ¿Y sobre el problema migratorio? Siempre he pensado que hace falta actualizar la obra de Evola en un momento en el que la aceleración de la historia abre nuevas vías para la superación del nihilismo. Pero esta es otra historia.

 

Decía que, exactamente en los mismos años en los que descubría a Evola, también leía los primeros textos de la “nueva derecha”. Para colmo, en esos mismos años, frecuentaba ambientes de izquierdas, mucho más que de derechas (lo que se explica simplemente por la masiva presencia del marxismo entre la juventud en los últimos siete años de franquismo) y me había familiarizado con toda la literatura que acompañó a la contestación: desde la beat-generation, Bourroughs, Ferlingueti, Ginsberg, y sobre todo Kerouac, los situacionistas, Debord y Vaneigen y, por supuesto, Herbert Marcursse. La experiencia del Ché en Bolivia ejerció sobre mí en esos años una singular atracción. En 1977 ya me había vacunado contra todo esto. Pero estas lecturas hicieron que demorara algunos años el apurar más intensamente los textos de la nouvelle droite francesa.

 

En aquella época, como consecuencia del “cientifismo marxista” todos los que nos situábamos en otro campo doctrinal, aspirábamos a tener una fundamentación “científica” para nuestras posiciones. Y en eso llegó la nueva derecha francesa, rescató los textos de Jacques Monod y éste nos dijo que los principios de la genética clásica y de la genética molecular estaban en contradicción con las doctrinas marxistas. Así podía explicarse el affaire Lysenko y el que determinados ámbitos científicos escapaban a la interpretación marxista. Fue una revelación y la confirmación de que el marxismo solamente estaba cubierto de una patina de cientificismo. Aunque no pertenecieran a la nueva derecha, en aquel momento, leí también la obra de Jules Monerot, Sociología de la Revolución y, el que me pareció mucho más esclarecedor: La Contrarrevolución de Thomas Molnar. Ya tenía una base lo suficientemente sólida como para rechazar al marxismo con conocimiento de causa. No daba crédito al hecho de que buena parte de mi generación –y entre ellos muchos amigos y amigas íntimas- estaban en esos momentos militando en el marxismo. Eso se debía, no tanto a las calidades doctrinales del marxismo –y mucho menos del leninismo, que hoy, examinados a 40 años de distancia hacen reír- sino a su superioridad técnica en los métodos de difusión.

 

Della Chiaie fue de los que me introdujeron en la temática de la “guerra revolucionaria” que luego fui estudiando por mi cuenta. De esa época derivó una convicción: el destino de la lucha política depende del método utilizado. A fin de cuentas, los problemas que derivan de intentar trasladar una teoría a la práctica, son esencialmente problemas técnicos, de metodología. El primer “libro” que escribí se llamaba precisamente “Minimanual de Lucha Politica” y apenas se imprimieron cinco o seis ejemplares fotocopiados (cada uno de los cuales dio lugar a más juegos de fotocopias y así hasta hace unos años cuando en Zaragoza un amigo me dijo que disponía de un ejemplar). Fue de las calidades de aquella obra escriba con apenas 23 años, lo cierto es que en ese momento yo tenía muy claro ya que una cosa era la doctrina política, otra muy diferente el programa político y otra más diferente aún la estrategia a seguir para ponerlo en práctica. La estrategia podía cambiar en función de las condiciones objetivas, el programa se podía ir modificando siempre atento a proyectar una doctrina sobre la sociedad mediante propuestas concretas. La doctrina era lo único inalterable. Y, para mí esa doctrina tenía dos aspectos: un aspecto interiorizado –la “concepción del mundo”- y un aspecto exterior –“el análisis de la realidad”- para lo primero la obra de Evola era de excepcional calidad y, por sí misma, bastaba sin necesidad de añadidos: era una obra coherente y total. En cuanto a lo segundo, opté por la nueva derecha y, creo que no me equivoqué. Desde hace 45 años, Alain de Benoist y sus colaboradores van viviseccionando la cultura de su tiempo, proponiendo modelos, analizando fenómenos, estableciendo pautas y ayudando a separar el grano de la paja.

 

Cuando en 1978 leí por primera vez Vû de droite, aquel grueso volumen se convirtió en un pozo de informaciones y referencial culturales. Era fácil, a partir de los artículos de Benoist interesarse, por ejemplo, por la etología y las ciencias del comportamiento, desde entonces y hasta que traduje una de sus últimas obras, Mañana, el Decrecimiento, la obra de Benoist me ha parecido siempre una especie de fichero de consulta rápida para saber de qué van las tendencias de la modernidad que, progresivamente, se van apisonando unas a otras. Y eso es muy bueno porque lo Benoist y sus compañeros hacen es difundir ideas previamente tamizadas para gente como yo que tenemos suficiente inquietud cultural como para interesarnos por las corrientes de pensamiento de nuestra época.

 

Evola, mientras vivió, mantuvo relaciones cordiales con la revista Nouvelle Ecole y con el propio Benoist. De todas formas no puede decirse que éste tenga mucho de “tradicionalista”. Ahora bien, ambos esquemas de pensamiento se complementan hasta cierto sentido. El gran vacío de la nueva derecha es la falta de una “práctica” y su gran debilidad el tender a una acumulación constante de conocimientos que si bien sirven para “entender el siglo” también es cierto que pueden hipertrofiarse en forma de un “culturalismo” erudito y pedante. Quien intentó, de forma más o menos afortunada esta síntesis entre una y otra corriente fue Guillaume Faye en su famosa obra El Arqueofuturismo.

 

Los trabajos que Faye publica entre 1998 y 2004, son de una lucidez excepcional y pueden asumirse sin el más mínimo reparo. Como nadie es perfecto, será en 2007 cuando publicará su polémica obra La question juive que le reportará odios seculares y enemistades rotundas incluso de gente que hasta ese momento había compartido su obra sin fisuras. Pero el Faye que va de El Arqueofuturismo hasta Le coup d’Etat mundial, essai sur le Nouvel imperialisme américain, pasando especialmente por La Colonisation de l’Europe y en segundo lugar por Pourquoi nous combattons y Avant-Guerre, pueden ser considerados como una síntesis inestimable entre las ideas de la nueva derecha y las de Evola, centradas especialmente en el problema de la alteración del sustrato étnico de Europa.

 

La idea esencial de Faye se resume en el título de la primera obra de este ciclo: el Arqueofuturismo, un intento de reconciliación entre Evola y Marinetti, entre la tradición absoluta y el futurismo más incendiario y descabellado. Faye nos dice: en momentos de crisis como estos, es preciso tener una anclaje profundo (las raíces profundas nunca se hielan decía Tolkien) y una referencia situada en el momento en el que nuestros pueblos eran más fieles a sus orígenes, en la Tradición, y al mismo tiempo, asumir como propios e incompatibles con el sistema actual, los descubrimientos técnicos más avanzados aportados por las ciencias de vanguardia. Lo “futurista” iría al encuentro de lo “arqueo”.

 

Faye, sin duda, ha estado atento a las mejores obras de los comienzos de la new age, a Fritjof Capra y a Marilyn Fergusson y, en cualquier caso, acepta que la modernidad ha impuesto un “cambio de paradigma”: el paradigma mecanicista surgido de Bacon-Descartes-Newton ya no se tiene en pie, ha sido derribado por la física de vanguardia, por astrofísica y por el estudio de lo inmensamente grande (las trayectoria de las galaxias) y de lo inmensamente pequeño (las partículas subatómicas). La fuerza con la Faye plantea en su obra la situación, los desafíos del tiempo nuevo y el cambio de modelo de civilización, son un grito al compromiso en defensa de Europa. Para colmo, Faye sitúa el problema de la inmigración en el lugar que le corresponde, no hay en él rastros de racismo, sino la convicción de que los europeos estamos comprometidos en una lucha en defensa de nuestra identidad. Identidad, tal es la noción nueva a retener: los rasgos de un pueblo que hay que mantener y preservar y que hoy están amenazados por los grandes movimientos migratorios generados por la globalización cuyo efecto inmediato es una desfiguración de la base étnica europea y, por tanto, de la civilización misma de Europa.

 

El “progresista” es el pim-pam-pum de Faye: en sus obras, el progresista queda identificado como el peor tipo de imbécil, el imbécil con ideas propias. El etnomasoquismo y xenofilia son los dos rasgos más repulsivos de la progresía moderna de la que la UNESCO y el zapaterismo son su quintaesencia.

 

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Tales son mis fuentes doctrinales. No soy de aquellos que dicen “estos son mis principios y si no le gustan, tengo otros”. Evola para la concepción del mundo, la nueva derecha para el análisis de la realidad en cada momento, Faye como síntesis entre ambas posiciones y como defensor del concepto de Identidad.

 

La lucha política y las opiniones políticas tienen una relación con todo esto y se basa, fundamentalmente, en tener claro un proyecto político y las formas de llevarlo a la práctica. A fin de cuentas una “revolución” no es sino un fin en sí mismo, sino un medio para alcanzar un fin: la transformación de la sociedad en función de los principios defendidos por una opción política concreta. Mientras que la doctrina es el terreno de la realización interior, la política es el arte de lo posible. Y lo que es posible y lo que es imposible lo define la estrategia. Tiene gracia que contra más pequeño es un subgrupúsculo, más dogmático y revolucionario aspira a ser… Y siempre ocurre lo mismo: revolucionario no es quien se proclama más veces en menos tiempo como tal, sino el que idea un plan viable para llevar su proyecto a la realidad. A eso, algún dogmático acomplejado y acobardado en su chiringuito del tres al cuarto, aislado de todo y de todos, dirá que esto que planteo es un “aquí vale todo” y hablará, exagerando, de “ultrapragmatismo”, defendiendo una hiperideologización de la lucha política… Bien, cada cual está en su derecho de hacer todo lo que estime necesario para que su trabajo sea completamente estéril.


© Ernesto Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.eshttp://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen.

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