Infokrisis.- A pesar de que sea un capítulo prácticamente desconocido de nuestra historia en el que el franquismo no insistió por varios motivos (primero por la condena de Maurras por parte de la Santa Sede y la colocación de varios de sus libros en el índice y luego por la victoria aliada y la condena de prisión a perpetuidad para el fundador de Action Française) el caso es que el pensamiento de Maurras si influyó fuera de Francia de manera decisiva en la evolución de la derecha monárquica (y no solo de ese sector politico, sino que también el regionalismo catalanista experimentó decisivamente su influencia) fue precisamente en España.

b. Penetración maurrasiana en España

Que nosotros sepamos el historiador González Cuevas ha sido quien ha explotado este filón de manera sistemática y a él tenemos necesariamente que referirnos en especial a sus dos estudios de título significativo: el artículo titulado Charles Maurras y España, publicado en Hispania: Revista española de Historia, nº 54, y el artículo titulado Maurras en Cataluña, publicado en el nº 85 de la revista Razón Española. Ambos artículos son esenciales para establecer los vínculos del pensamiento maurrasiano  a este lado de los Pirineos.

Debemos recordar que esta insistencia en Maurras se debe a nuestro objeto de estudio: la derecha fascista española. Al igual que en Francia, Maurras puede ser considerado como proto-fascista y una parte sustancial de sus discípulos a partir de mediados de los años 20 empezó a escorarse hacia los movimientos fascistas en una tendencia que duraría los quince años siguientes. Para ellos el maurrasianismo fue un momento en su evolución política, un momento esencial pero provisional que preludió su adhesion al fascismo. En España, como veremos, ocurrió otro tanto.

En ambos países existían restos de la nobleza que alimentaban que se encontraban vinculados al antiguo regimen y a modelos aconómicos agrícolas y pre-industriales. En tanto que tradicionalistas y legitimistas, eran monárquicos y se oponían a los procesos de modernizacion. Maurras daba a estos sectores un pensamiento orgánico y sistemático lo suficientemente brillante como para que fue asumido también por elites intelectuales que se identificaban con los sectores de la aristocracia tradicionalista, a través de los cuales ésta se expresaba.

En algún momento, hacia principios del siglo XX, Maurras albergó la ambición de “exportar” su sistema e incluso darle una dimension europea. Había escrito: “Europa es un edificio geográfico e histórico que no resulta temerario considerar un gran bien. Es de interés de la humanidad mantenerlo y defenderlo”. Pero las reservas de Maurras hacia el Europa germáncia y hacia el mundo anglosajón eran insalvables, así que prefirió referirse en años sucesivos a la “latinidad”. Y en esa latinidad entraba España. La latinidad sería la heredera del mundo greco-latino, compartía la común fe católica y era aquel conjunto de naciones que se regían por un sistema monárquico.

Maurras deparaba una particular simpatía a Cánovas del Castillo del que González Cuevas dice que consideraba superior a Bismarck. Cuando Maura ascendió a la dirección del conservadurismo, Maurras multipló elogios a su favor, y con un valor añadido: Maura era un firme partidario de la descentralización administrative, alg uqe encajaba con la perspectiva regionalista de Maurras. Éste llamó a Maura “ilustre campeón del regionalismo”. Sin embargo, en ambos politicos españoles, Maurras encontró un fallo: eran, más o menos, liberales y no advertían los riesgos del sistema parlamentario.

El hecho de que hasta 1935 no se tradujera ninguna de las obras de Maurras al castellano no debe engañarnos: su obra era conocida en nuestro país desde finales del siglo XIX. Periodistas e intelectuales españoles, incluso politicos monárquicos y tradicionalistas, lo seguían con fruición, estaban suscritos al semanario Action Française e incluso habían viajado o residido en París y pudieron conocer personalmente al “maître”.

Se ha discutido sobre si, a parte de “Azorín” (José Martínez Ruiz), hubo algún otro español que estuviera íntimamente familiarizado con Maurras y mantuviera contactos con él antes de 1931. La respuesta que nos da González Cuevas escarvando en memorias de distintos politicos de la derecha es que sí: referencias no faltan, muchas de ellas, como mínimo tan conocidas como Azorín. Éste, por lo demás, militaba en el conservadurismo y en el regeneracionismo español propio del 98, pero se mostraba partidario de políticas autoritarias y en absoluto liberales. Rechazaba el pragmatismo de Cánovas del Castillo y era consciente de que hacía falta forjar una ideología similar a la Action Française que pudiera ser asumida por los intelectuales y lograr la hegemonía en este terreno. Durante la I Guerra Mundial, Azorín fue corresponsal en París y allí empezó a familiarizarse con los ideales maurrasianos e incluso pudo entrevistarse en varias ocasiones con él a quien definió como “luchador pertinaz”.

Hijo de una familia conservadora perteneciente a la burguesía acomodada, en su juventud tuvo veleidades krausistas y anarquistas e incluso colaborará con Blasco Ibáñez. Medio republicano, medio anarquista, colaboró en periódicos lerrouxistas, era lo que podría ser considerado en la época un progresista virado a la izquierda. Sin embargo en 1905 empieza a colaborar en ABC, conoce a Maura y a De la Cierva y se instala en pleno conservadurismo. Más tarde, se negó a aceptar cargo alguno de la dictadira primoriverista. Huyó del Madrid republicano al estallar la Guerra Civil y resibió en Francia durante la contienda regresando solo una vez acabada esta gracias a la amistad con Serrano Suñer. Nunca fue un militante político pero sí un intelectual conservador y, como tal, Maurras le facilitó el entramado ideológico que daría coherencia a su pensamiento. Hubo otros que antes y después de Azorín llegaron a similares conclusiones, especialmente en Cataluña. De hecha, la influencia de Maurras en Cataluña presizaría de un estudio pormenorizado que terminaría siendo extraordinariamente intenso.

La perspectiva regionalista que apareció en Cataluña encajaba perfectamente con el proyecto maurrasiano antijacobino y antirrevolucinario. Hoy se suele olvidar que los orígenes del regionalismo catalán y vasco eran ultraconsevadores y amanaban de un sector de las burguesía locales acomodadas y católicas. Incluso es su tendencia al proteccionismo económico que ya se había evidenciado en Cataluña desde el período de Espartero sintonizata también con el pensamiento maurrasiano. Maurras no hubiera tenido nada en contra de la obra de Torras I Bages, Obispo de Vic y uno de los motores de arranque del regionalismo catalán. Torras, como Maurras, admiraba al conde de Maistre y a Hipólito Taine: sus fuentes eran las mismas. Además –y esto es extremadamente importante- Torras era antiliberal y se oponía el Estado Español en el que veía al liberalismo en acción. Uno de los discípulos de Torras, Sardá i Salvany escribió una obra con el título suficientemente significativo de El Liberalismo es pecado. Otro de sus émulos, Verdaguer i Callís era admirador, no solo de Maurrás, sino también de Maurice Barrés, otro de los intelectuales conservadores franceses seguidor de Taine y de Renan. Barrés jamás se adhirió a Action Française (nunca quiso apoyar a la monarquía) pero siempre mostró, hasta su muerte, simpatías por la causa maurrasiana. Verdaguer i Callís hacia escrito: “el parlamentarismo no nos detendrá. Ha aparecido la idea que ha de matarlo, el regionalismo”. Maurras no habría dicho otra cosa.

Ahora bien, el regionalismo catalán dispone en el último cuarto del siglo XIX de muchos autores e intelecturales pero no sera sino hasta la llegada de Prat de la Riba cuando adquiera un pensamiento homogéneo. Y la influencia de Maurras sobre Prat de la Riba es demasiado evidente para poder negarse. Parece contradictorio -y de hecho lo sería de no recordarse que la derecha, inicialmente fue monárquica y que, como tal, defendía los fueros regionales otorgados por el antiguo regimen- que el nacionalismo francés al descender al sur de los Pirineos, inicialmente no fuera asumido por el nacionalismo español de derechas… sino que influyera decididamente sobre el regionalismo catalanista. Y, sin embargo, así fue: Maurras podia ser leído por los reginalistas catalanes sin que les chirriara en la medida en que era antijacobino y foralista.

La similitud entre el pensamiento de Maurras y el de Prat de la Riba no se escapó al historiado catalanista Rovira Virgili quien escribirá: «En algunos momentos Prat recuerda a los polemistas franceses de la derecha religiosa y política, y nos parece estar leyendo a Veuillot o a Maurras». 
Y, a la inversa, también en Francia algunos maurrasianos agudos como Robert Brasillach nacido en Perpignan y Maurice Bardèche, su cuñado, en su libro sobre la guerra civil española consideraron –exajeradamente- a la Lliga de Catalunya como “monárquica, casi al estilo maurrasiano”.

Otros muchos intelectuales catalanes de la época (Jaume Bofill, entre otros) pudieron hablar del “catalanismo integral” de Prat como traslación del “nacionalismo integral” maurrasiano. Las fuentes doctrinales de Prat eran, de nuevo, las mismas que las de Maurras: Fustel, Taine, Comté, Renan, de Maistre… La vision que Prat tenía de la nación era identical a la de Maurras: una “comunidad natural, anterior y superior a la voluntad de los hombres”. Y, por lo demás, ambos fueron antiparlamentarios hasta el punto de que la crítica que realiza Prat del sistema de partidos parece calcado del de Maurras. También en lo que se refiere a la organización del Estado, ambos eran corporativistas. El único punto de discrepancia sería, naturalmente, la monarquía. Prat no era monárquico, pero, a fin de cuentas, Maurras consideraba la monarquía como algo esencial en Francia, pero opinaba que cada país debía deducir el sistema que más se adaptara a su realidad y a sus circunstancias históricas. En el fondo, como recuerda González Cuevas, Prat no hacía de la monarquía un problema capital, lo consideraba como extremadamente secundario: lo importante no era el sistema de gobierno sino las libertades regionales: la república francesa había demostrado asfixiarlas, mientras que la monarquía respetó los fueros regionales. En una concesión a Maurras, Prat elogió y se identificó con la “monarquía tradicional” de Jaume I y Pere III e incluso, más adelante, en algún momento, quiso ver en Alfonso XIII un valedor del regionalismo.

El conservadurismo catalán y el maurismo pactaron un proyecto regeneracionista para España (que Víctor Alba estudia concienzudamente en su obra La Derecha Española) que en Cataluña se concretó en la formación de la “Mancomunitat” en 1813 de la que Prat sería presidente y que solamente sería abolida bajo la dictadura de Primo de Rivera.

Cuando el pensamiento de Prat de la Riba cristaliza especialmente en la Lliga de Catalunya, su máximo dirigente, Francesc Cambó estará más influido aun por Maurras y, no solo por él, sino por los lugares comunes del pensamiento conservador de la época: Fustel, Barrés, Taine… El drama de Cambó consistió en que durante toda su vida fue un nacionalista liberal que quiso compatibiliar ambos sistemas. Si los últimos años en la vida de un hombre resumen su orientación definitiva, cabe decir que Cambó finalmente se decantó por el franquismo durante la guerra civil escorándose, pues, hacia el nacionalismo y alejándose del liberalismo.

Cambó multiplica sus elogios a Maurras: reconoce su superioridad intellectual y su espíritu aristocrático (lo que era importante porque ese elogio es el que se repetía más frecuentemente prodigado al conde de Güell financiador en esa época del regionalismo catalanista). Además, Cambó estaba familiarizado con la obra de otro de los pesos pesados de Action Française, León Daudet. A pesar de ser un liberal en el carácter, Cambó abominaba del liberalismo jacobino e igualitario que había destruido “la vida orgánica de los pueblos”. Para Cambó, si había que votar, debía votarse corporativamente. Utilizando la paradoja decía: «El sufragio inorgánico es conservador (…) nunca dá entrada a las minorías que son las que lleva en sí el germen de las grades transformaciones». Como Prat, Cambó no era monárquico, si bien nadie duda que prefería la monarquía a la república y que su concepto de monarquía era como federadora de las distintas nacionalidades del Estado.

Los casos de Prat y de Cambó no son excepciones dentro del regionalismo catalanista. Si bien es cierto que no todos los miembros de la Lliga Regionalista estaban influidos por Maurras, si es cierto que sus dirigentes más activos solían conocer su obra y leerla asiduamente.

El caso de Joan Estelrich confirma la tesis que aspiramos a presentar en este artículo, a saber: que el fascismo español de derechas fue extremadamente influyente y que tuvo a Maurras entre sus inspiradores. Estelrich, en efecto, es el gran maurrasiano catalán. Director de la Fundación Bernat Metge (que publicó, dato significativo, los clásicos griegos y romanos en catalán) fue uno de los más próximos colaboradores de Cambó. Como otros muchos regionalistas catalanes y vascos de primera hora, Estelrich había sido tradicionalista y colaboró con distintas revistas integristas. Durante una visita a París en 1919 conoció a Maurras y se sintió cautivado por su obra, reconociéndose en sus temas de descentralización, admiración por el mundo clásico y carácter natural y orgánico de la nación.

Al estallar la guerra civil, Estelrich se encargo de dirigir la propaganda franquista en la Europa no fascista y colaboró especialmente en Francia con Maurras a través de la revista “Occident” en la que colaboraron Drieu la Rochelle, Bernard Fay, Daudet, Claudel, el propio Maurras, junto a Unamuno, Ortega y Gasset, Zuloaga y Menéndez Pidal. El Manifiesto a los Intelectuales Españoles que suscribieron todos los intelectuales franceses vinculados a Action Française, o que habían estado o que simpatizaban con ella, fue el gran logro de esta cooperación. Estelrich, además, escribió la introducción a la obra de Maurras sobre la guerra de España y desempeñó hasta su muerte en 1956 importantes cargos en la propaganda franquista, el último de los cuales fue ser el delegado de España en la UNESCO.

Jaume Bofill fue otro miembro de la Lliga ganado para el maurrasismo. También era de origen carlista y en su juventud había leído a los clásicos de la derecha, Maurras entre ellos. Miembro de la Lliga, terminó separándose de ella y fundando una agrupación que bautizaría en 1922 con el significativo nombre de “Acción Catalana” que recordaba excesivamente a la “Acción Francesa” de Maurras.

Manuel Brunet, que sería editorialista de La Veu de Catalunya, portavoz de la Lliga, pasó del marxismo al conservadurismo católico y, como tal, sufrió también el influjo de Maurras a quien definió como “un monumento a la inteligencia”.

Josep Pla, sin duda el major prosista que haya dado jamás la lengua catalana, con su ironía particular demuestra haber conocido perfectamente la obra de Maurras y, no sólo eso, sino haber compartido sus postulados en su madurez. Gracias a Pla sabemos que en las tertulias intelectuales barcelonesas de los años 20 y 30 se hacía constante allusion a Maurras y que muchos intelectuales y artistas atalanes de esa época estaban suscritos al semanario de Maurras (Manel Hugué, Joan Creixells, Pere Rahola, Quim Borralleres, Enric Jardí). Pla en los años previos a la guerra civil fue evolucionando hasta un conservadurismo que le llevó –como otros muchos catalanistas- a colaborar en el esfuerzo bélico del franquismo. Pla, además, sentía especial predilección por Daudet.

Como se sabe, durante la Primera Guerra Mundial, varios miles de catalanes se alistaron en las filas del ejército francés (hasta el punto de que en los años 20 se produjo en Cataluña una epidemia de morfinómanos, la mayoría antiguos combatientes catalanes heridos en el frente del Marne a los que se había suministrado morfina para aliviar sus dolores) algo que no escapó a los elogios de Maurras. Esto hizo que los vínculos de Maurras con Catalunya se estrecharan todavía más. Maurras elogió, por ejemplo, al poeta Josep Maria Junoy, uno de los “francófilos” más activos durante el conflicto, con el que pudo reunirse en 1919 y al que prodigó elogios al retornar, recuperando de paso lo esencial de sus tesis. Cuando el Vaticano excomulgó a Maurras, Junoy –y otros catalanistas católicos como Miquel d’Esplugues, unos de los clérigos más influyentes en el entorno regionalista, o el canónigo Cardó, o el propio Joan Creixells- atenuaron su maurrasianismo y, en el caso de Cardó, lo condenaron.

González Cuevas alude a dos “representantes del nacionalismo catalán radical”: Josep Vicenç Foix y Josep Carbonell, como extremadamente influidos por el maurrasianismo. Ambos reconocerán en sus escritos el tributo que le debían a Maurras. Ambos participaron en la revista “Monitor” que incluía a disidentes de la Lliga y decepcionados con la política de Cambó. Carbonell –cuenta González Cuevas- “acusaba a Cambó de no haber entendido la novedad del fascismo y de no plantearse su adaptación a la realidad catalana”. En “Monitor” se empieza ya a entrever la influencia creciente del fascismo en los círculos regionalistas y antiliberales, solo que se consideraba –no sin razón- a Maurras como proto-fascista. Es en este entorno de “Monitor” en donde el regionalismo de Cambó empieza a transformarse en nacionalismo independentista… aunque matizado. Se aspira al “equilibrio político peninsular” y, lo que lo hace más próximo al fascismo italiano, se aspira al “Imperio”. Cada “nacionalidad ibérica” intentará extenderse hacia un horizonte geográfico: Catalunya por el Mediterráneo, Andalucía hacia el Sur, Portugal por el Atlántico, Castilla en Hispanoamérica. A esto lo definen como “movimiento patriótico romano”. Maurras les había dado la primera inspiración (la “latinidad”), Mussolini el impulso imperio. Carbonell y Foix, como no podia ser de otra manera, se adhirieron a Acción Catalana en cuyo boletín publicaron algunos artículos, comentarios y menciones a sus homólogos franceses.

Al estallar la guerra civil, Cambó y la mayoría de dirigentes de la Lliga se decantaron por el bando franquista. Eso reavivó la colaboración con Maurras, quien en Francia había celebrado la sublevación. Uno de sus hombres de confianza, Maxime Real del Sartre visitó en varias ocasiones durante el conflicto, España y se preocupó de reclutar voluntarios para combatir en el bando franquista, la Legión de Juana de Arco. Más adelante, cuando sería liberado de prisión, el propio Maurras –como hemos visto- se entrevistó con Franco recomendándole “comprensión” hacia Catalunya e instauración de una “monarquía tradicional” bajo cuyo manto se resolviera el problema apelando al foralismo carlista. Cuando, en 1945 Maurras fue juzgado como "colaboracionista" (lo sorprendente es que Maurras nunca había llamado a colaborar con los alemanes a causa de su nacionalismo y de su antigermanismo) y condenado a cadena perpecua, Cambó, Brunet y D’Ors siguieron elogiándolo. Pla y D’Ors no dudaron en escribir elogios fúnebres cuando falleció en 1956.

Pero si en Catalunya fue donde el maurrasianismo alcanzó más influencia, también algunos intelectuales catalanes se convirtieron en sus promotores en el resto del Estado. Las posiciones políticas de Eugenio d’Ors, por ejemplo, testimonian por sí mismas, como un sector del catalanismo, no solamente miraba con buenos ojos el pensamiento de Maurras, sino que en el momento de la guerra civil estuvieron dispuestos a comprometerse con la causa franquista precisamente por coherencia con sus principios politicos asumidos al conocer la obra del pensador francés. La otra tesis que defendemos en este estudio es que Maurras contribuyó, años después de su muerte, a dar forma al Estado franquista y es evidente que quienes redactaron la Ley Orgánica del Estado estaban familiarizados con él.

D’Ors, para González Cuevas, es el gran introductory de Maurras en España y si tenemos en cuenta que las orientaciones culturales de los primeros momentos del franquismo se deben precisamente a D’Ors, pore se camino puede deducirse la impronta maurrasiana en el franquismo.

En su juventud, D’Ors pasó algunos años en París. Allí leyó a Maurras y Barrés, pero también a Sorel y tuvo contacto con estudiantes de Acción Francesa. Volvió de París convertido al clasicismo, lo que le condujo al “novecentismo” como respuesta al “modernismo”. D’Ors aceptaba la tesis maurrasiana de una contradicción entre latinidad y germanismo, es decir, orden, armonía, racionalidad, frente a emotividad, romanticismo y apasionamiento. D’Ors tachó a la poesía de Maragall y a la arquitectura de Gaudí de “sublimes anormalidades”. Era cuestión de modas. El modernismo que había sido hegemónico en Catalunya en  las últimas décadas del siglo XIX y los primeros años del XX, había remitido (una ciudad como Barcelona, replete de edificios gaudinianos hubiera sido, propiamente, una pesadilla. El reflujo del modernismo hizo que aflorara el fenómeno novecentista y uno  de sus puntos de apoyo es precisamente Maurras y Barrés. En su manifiesto estético-teatral, La Ben Plantada, D’Ors evidenciaría la influencia maurrasiana. Hay que recordar que en esa obra –influida por El Jardín de Berenice de Barrés- intenta definir “lo catalán” y su personaje central, “Teresa”, es símbolo de la tradición catalana: orden y armonía. En un momento dado, “Teresa” dirá: “Yo no he venido a instaurar una nueva ley, sino a restaurar la ley antigua!”

D’Ors compartía con Cambó la idea de que Catalunya era la “parte seria de España” y que le correspondía, por tanto, el llevar las riendas del país. Eso implicaba alcanzar una hegemonía politica de Catalunya en el reto del Estado. Al mismo tiempo, D’Ors como Maurras experimentaban simpatías no disimuladas hacia la izquierda social no marxista: Sorel y Proudhom y los distintos experimentos sindicalistas y nacionalistas que fueron apareciendo en Francia en esos años. La bestia negra era para D’Ors, el liberalismo.

Cuando las riendas de la Lliga fueron a parar a Puig I Cadafalch, D’Ors se vio hostilizado y excluido trasladándose a Madrid en donde prosiguió, ya en los medios de comunicación madrileños, difundiendo las tesis de Maurras. Tales tales llamaron la atencion de gentes procedentes de la derecha monárquica que, además eran, especialmente, antiliberales. José María Salaberría fue uno de ellos.

Salaberría fue uno de los regeneracionistas que utilizaron la prensa diaria para difundir sus ideas. Su obra “Vieja España (Impresión de Castilla”)" reagrupa los artículos que publicó en 1906 en El Imparcial. Nietzsche le inspiró y Maurras de dio coherencia. Él mismo reconoce que, a partir de 1914 sufrió la infliencia maurrasiana desembocando en un tradicionalismo nacionalista. Durante los primeros años del franquismo, Salaberría fue uno de sus propagandistas. Jamás militó enpartido político alguno pero aportó sus ideas al conservadurismo que más tarde daría lugar a la “derecha fascista española”.

En tanto que Maurras preconizaba una monarquía tradicional, era normal que los sectores del tradicionalismo carlista se fijaran en su obra y la consideraran como fuente habitual de inspiración. La diferencia de Maurras en relación a otros pensadores monárquicos radica en que él consiguió influir en sectores más amplios e incluso sectores que no eran monárquicos. Víctor Pradera estaba suscrito al semanario de Maurras. Este discípulo de Vázquez de Mella percibía una sintonía completa con Maurras: foralismo, monarquismo legitimista, antiliberalismo y reconocimirnto del papel del catolicismo, consideración de la patria como un hecho natural. Lo mismo opinaba Salvador Minguijón, otro de los ideólogos del carlismo.

Sin embargo, la influencia de Maurras fue mucho más allá de los círculos carlistas. Antonio Maura conocía perfectamente sus doctrinas e incluso mantendrá correspondencia con Maurras. Antonio Goicoechea, entonces jefe de las Juventudes Mauristas, experimentó la misma sensación de proximidad al fundador de Acción Francesa

Cuando se produjo la condena de Maurras por parte del Vaticano, parte de la derecha se alarmó, pero otros –como Álvaro Alcalá Galiano, mayordomo de Alfonso XIII que luego asesinado por las huestes de Santiago Carrillo en Paracuellos del Jarama (“memoria histórica” obliga) en su calidad de redactor de Acción Española- lejos de aceptar la excomunión acusaron al Vaticano de “traicionar a unos de sus grandes defensores”.

No fue lo normal. La condena vaticana, en aquella época, dañó irremisiblemente la difusión del pensamiento maurrasiano en España. El sacerdote Carles Cardó i Sanjoan, por ejemplo, difusor de la doctrina democristiana en Catalunya y muy familiarizado con el pensamiento de Maurras, realizó una crítica a Maurras desde la ortodoxia vaticana. Vio en él a un “naturalista pagano”, un racionalista que concebía el mundo a la manera mecanicista sin percibir la intervención de Dios en lugar alguno. Cardó, familiarizado con Maritain fue uno de los fundadores de la Unió Democrática de Catalunya y su obra puede ser considerada como la vertiende liberal del oblispo Torras I Bages.

Personajes notables de la España del primer tercio de siglo, aun sin compartir las ideas maurrasianas, incluso criticándolas a menudo, demostraban por este mismo hecho que el pensamiento de Charles Maurras era muy conocido en las elites intelectuales españolas de la época, especialmente entre las que dominaban el francés. Ortega y Gasset, en tanto que liberal, por supuesto no podia reconocerse en la obra de Maurras, sin embargo, es significativo que la criticara con cierta frecuencia. Otro tanto sucedería con Manuel Azaña que reconocería su talla intellectual. Pero es, naturalmente, Miguel de Unamuno quien critica más duramente el compendio maurrasiano  incompatible con sus sentimientos antimonárquicos. Unamuno residió durante la dictadura de Primo de Rivera en París y, como era casi obligatorio para un intellectual residente en Francia, hubo de conocer la obra de Maurras. No le gusto ni su monarquismo ni su neotradicionalismo y mucho menos el que, sin ser católico, Maurras quisiera aprovechar el catolicismo francés para reordenar Francia. Definió la obra de Maurras como “carne podrida procedente del matadero del difunto conde José de Maistre”… lo cual quiere decir que lo conocía suficientemente o al menos había intentado informarse sobre él. Maurras era una “parada y fonda” imprescindible para cualquier intellectual español que se preciara de serlo en la España del primer tercio del siglo XX.

© Ernest Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es - http://infokrisis.blogia.com - Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen.

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