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Infokrisis.- He vuelto al Park Güell al que, en buena medida le dediqué un libro –Gaudí y la masonería- cuya tesis central es que Gaudí plasmó en dicha conjunto su “testamento ideológico”. Hoy me mantengo todavía en esa tesis, a pesar de que siento que la brecha que me separa del gaudinismo se va ampliando cada vez más. No estoy de acuerdo con Eugenio D’Ors en su crítica al modernismo, cuando dice aquello de que se trató de una “sublime anormalidad”, de hecho fue una anormalidad a secas a la que se podrían añadir algunos epítetos poco caritativos para sus máximos exponentes, pero que, en cualquier caso, son complementarios: kisch, insensato, patético, grotesco, y así sucesivamente, sin necesidad de cargar las tintas, pero esos motivos vegetales de piedra y aquellos otros esgrafiados vegetales clamaban al cielo en su época y están excluidos de por vida del paraíso de la estética.

Fue una suerte que el modernismo en Barcelona apenas constituyera una moda pasajera que se extinguió en el tránsito entre dos siglos. A decir verdad, apenas cautivó a unas pocas docenas de burgueses encopetados con ansias de mecenazgo y de lucir palmito con la moda del momento sin importar cual fuera. Más suerte aun fue que Gaudí –para quien el modernismo apenas fue un paréntesis en su obra- no tuviera epígonos y quedara como un punto y aparte en la historia de la arquitectura. Hasta Jujol –quien mejor comprendió la estética del arquitecto- era capaz de saltar al clasicismo a poco que se lo sugirieran (ahí su Senatus et Populusque Barcinona inscrito en la fuente que todavía luce hoy en el centro de la Plaza de España).

Se ha dicho por activa y pasiva que Gaudí “imitaba a la naturaleza”. No lo dudo, a la vista de lo visto, pero por eso mismo creo que lo único que consiguió fue una pobre imitación distanciada años luz del modelo original y excesivamente retorcida sino abrakadabrante. Puesto a imitar a la naturaleza ahí está la simplicidad de los jardines japoneses que destilan el mismo producto que envasa la naturaleza: serenidad y recogimiento. Nada hay en Gaudí –y especialmente en el Park Güell- que apunte a en esa dirección, sino más bien en la diametralmente opuesta. Acaso es que la naturaleza no pueda imitarse y que, como el titán clásico, quien lo intenta toma la dirección que dice “fracaso”.

Estaba paseando por los “viaductos” del Park Güell cuando bruscamente he advertido que los motivos decorativos eran groseros, ásperos, bruscos, como diseñados a brochazos, con trazos gruesos, vastos y deslabazados. Las piedras encajan con algo tan poco natural como son paletadas de cemento (su mecenas, Güell, hizo su fortuna con el cemento portland, como Bill Gates la acrecienta hoy byte sobre byte), siempre en permanente restauración y con riesgo de desprenderse ante la cámara del turista de turno. Las formas que resultan de piedras sin desbastar agregadas con paletadas de portland dar lugar a formas inarmónicas, desordenadas, a ratos groseras y, a poco que uno se recupera de la primera sorpresa, feas en definitiva.

Me recuerdan a aquella pizzería que se encuentra en Roma justo frente a la salida de los Museos Vaticanos. Allí, el turista tiene la ocasión de comer las peores pizzas del mundo: una pasta alisada cubierta de lo que algún romano me definió como “cacca”. La filosofía del pizzero, sin embargo, era mas que razonable e irreprochablemente realista: dado que la inmensa mayoría de turistas jamás volverán en su vida a los museos vaticanos, poco importa que se lleven una deplorable impresión de lo que acaban de comer. Otro tanto ocurre con los turistas que vienen de Japón (y, sorprendentemente, cada vez más de China): jamás volverán y cuando vuelquen la memoria de su cámara digital en el ordenador, ya será tarde para percibir la fealdad inherente a la mayor parte del Park Güell.

La naturaleza ni se aproxima a como la muestra Gaudí. Incluso en los parajes más miserables y pobres en vistas estéticas se percibe una grandeza que está ausente por completo en el tristes remedos realizados por Gaudí. Evola, manejando la “nueva objetividad” de Guyau, nos decía que la naturaleza es libre porque no precisa de nada ni de nadie, no ha sido hecha para que la podemos disfrutar, sino que es independiente de nuestras necesidad y de nuestra presencia. Las formas gaudinianas del Park Güell precisan, en primer lugar, restauraciones constantes; cuando no se desprende un pedrusco en un lugar, unas lluvias generan un corrimiento de tierras en otro; si no se riegan, la vegetación se seca (no en vano justo al lado se encuentra la “Montaña Pelada”). Ayer el buen burgués catalán visitaba la zona entreviendo lo que debía ser una urbanización para bolsillos notables y títulos nobiliarios comprados al peso; hoy, turistas inexpresivos son los visitantes habituales que fotografían sin ver y acumulan polvo en sus chancletas sin entender de qué va todo aquello, pero conscientes de que les tiene que gustar porque están educados en el “todo vale” y aceptan acríticamente todo lo que la Guía Michelín a la japonesa les indica como “bueno y digno de visitarse”.

Hoy he caído en la cuenta de que el Park Güell es el símbolo del fracaso gaudiniano a la hora de imitar a la naturaleza. Item más: una muestra locura liberada que alguien tuvo la mala pata de considerar “libre creatividad”, cuando apenas era una muestra de neurosis y locura por parte de Gaudí y de snobismo por parte del mecenas Güell.

Desde lo alto del Park se ve toda Barcelona y especialmente los edificios notables que van surgiendo aquí y allí. Es imposible evitar reconocer a primera vista la Sagrada Familia y lamentar el verla convertida en una acumulación de piedra artificial. Hubo un tiempo en el que Dalí pudo hablar de la “verticalidad de las catedrales góticas” remachando, arrastrando y prolongando hasta la exasperaciónn las erres y aludiendo luego a las torres de la Sagrada Familia. Eran los años 50 y apenas estaba concluido el ábside, la fachada del Nacimiento y poco más. A la vista de la lentitud de la obra, mi padre, una y otra vez me comentaba que ni él ni yo veríamos acabado el Templo que tardaría, según estimaciones de la época, otros 150 años en concluirse. La informática desmintió estas pesimistas previsiones y a partir de finales de los 60 arrancaron las torres del Pórtico de la Pasión. Bueno, ya no eran cuatro torres verticales y extremadamente estilizados, sino ocho, casi reproducidas por gemación a partir de las primeras. Pero la verticalidad se mantenía.

Fue un buen asunto: los amantes de las aristas y de la piedra apenas desvastada tenían el Pórtico de la Pasión para recrearse, luego ilustrado por Subirats que si algo fue, fue fiel al espíritu de Gaudí (de hecho, él mismo nació nueve meses después de morir el arquitecto con lo de emblemático tiene un azar así). Si el Pórtico de la Pasión ha suscitado severas críticas, no es a Subirats a quien corresponde recibirlas, sino al propio Gaudí, en calidad de maestro armero, pues, no en vano, el Pórtico está siendo lo que Gaudí quiso que fuera. Harina de otro costal es que el efecto estético sea convincente o contribuya a aumentar la sensación de pastiche estético del conjunto. En cuanto a los amantes de la “arquitectura comestible” a la que se refirió Gaudí, para ellos es el Pórtico del Nacimiento en donde el Gaudí más auténtico y maduro se manifiesta sin complejos y de manera abrumadora para quien contempla un conjunto de símbolos que desde las dos tortugas que sostienen las columnas del pórtico, hasta el árbol de la vida, para mayor INRI pintado de verde y poblado de unos chillones palomos blancos, corona el lugar y aumenta la sensación de que si lo kisch está en algún lugar, es ahí, mucho más que en aquellos motivos decorativos valencianos hechos a base de pechinas de crustaceo y araldit de las que por cierto en el Museo Marés de la Ciudad Condal se encuentra una muestra que sólo verla de lejos abotarga los sentidos y produce una extraña sensación de inquietud. ¡Cómo diablos es posible tan pésimo gusto!

Sí, porque el problema de la Sagrada Familia no es el ábside neogótico, ni la cripta que Gaudí ni construyó ni diseñó pero sí modificó y enmendó, ni tampoco los machones del ábside que, más que palmas de olivo, parecen plumas de avestruz, ni siquiera el cuerpo de las torres en donde aparece una influencia modernista que desaparece en los remates puramente surrealistas, aumentando esa sensación de pastiche que el propio Subirats me reconoció tras confesar que no, que la Sagrada Familia no era precisamente lo mejor de Gaudí.

Lo peor de todo esto es que las obras no han concluido aún.

Ya desde el Park Güell se percibe como las torres iniciales más las cuatro construidas con posterioridad, van progresivamente siendo asfixiadas por el mazacote de agregados compuesto por la cúpula del ábside y la cobertura de la nave central que se rematará con otras ocho torres más altas aún y con un cimborrio central, aun más elevado, de esos que se suelen tildar de “kolossales” cuando no hay otra palabra para describirlo y dejan boquiabiertos no tanto por su calidad como por su “masividad”.  El palabro sugeriría una masa de piedras y una construcción maciza, no precisamente estética ni mucho menos estilizada. Esa es la idea que sustituye a la de “verticalidad”, precisamente: “masividad” es lo que me sugiere la Sagrada Familia hoy. Y tengo para mí que aquello terminará siendo considerado como una de las “siete desgracias del mundo”. Sin contar, por supuesto, que el pórtico principal, tal como nos lo muestran las proyecciones informáticas es, sencillamente de juzgado de guardia, sino de paredón y ejecución sumaria.

Mi padre me transmitió el amor por la arquitectura de Gaudí y yo, al menos en esto, un buen hijo, admiré durante años al arquitecto hasta que un día percibí su obra como una pobre, impotente y frustrada imitación de la naturaleza o si se quiere como un ejercicio de imaginación enfermizo y titánico. Hijo de mi padre, pero más hijo de la verdad y amando a mi padre como un hijo puede amarlo, lamentablemente en esto debo desdecirle. Si un día me fije en la arquitectura de Gaudí y de dediqué tres libros (de los que uno, Gaudí y la masonería, está ciertamente “trabajado”) fue por mi padre. Sé que jamás me hubiera reprochado disentir en él de esto.

Y en todo esto me reafirmo hoy, con mis 58 años recién cumplidos, cuando he vuelto a visitar estos parajes extraños y frustrados, bajo un sol de plomo, entre bandas de música brasileira, percusión rumana y miles de turistas homogeneizados cámara digital en ristre. Ante la presunta “estatua de la lavandera (acaso la peor muestra de la estatuaria europea, véase la foto) situada como cariátide de uno de los viaductos situados a la izquierda de la Sala Hipóstila, no he podido por menos que esbozar una sonrisa. A veces hay muñecos de nieve que salen mejor.  Los artistas de principios de siglo, desmereciendo el arte estereotipado, decían aquello de que “si sale con barba, San Antón, y si no La Purísima Concepción”. No me extraña que Rojo Albarán en sus disquisiciones sobre el Park Güell haya querido ver en “la lavandera” de Gaudí a una sacerdotisa egipcia. Por el mismo precio podía haber sido una botella de Coca-Cola casualmente surgida de un agregado de piedra y portland.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es - http://infokrisis.blogia.com - Prohibida la reproducción sin indicar origen.

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