Infokrisis.- Con lo dicho hasta aquí resulta evidente que, dentro de la IC los partidos comunistas locales eran meras piezas que aceptaban disciplinadamente las decisiones emanadas del centro moscovita sin pestañear. Hacerlo hubiera supuesto, no solamente que verían cortados los cuantiosos fondos que recibían de Moscú, sino que, a partir de las primeras purgas, una caida en desgracia de sus dirigentes, podia suponer, acto seguido, una eliminación física de los mismos.

El papel de los partidos comunistas

Pero si los PPCC nacionales eran satelites disciplinados de la IC, ésta a su vez tenía su centro de gravedad en el Kremlim. Ya incluso en los tres primeros congresos de la IC con Lenin vivo, el peso del Partido bolchevique ruso era determinante. Stalin, con su formulación de la teoría del “socialismo en un solo país”, aumentó todavía mas la dependencia de los Partidos Comunistas de todo el mundo que bajo su mando y hasta el final del regimen no fueron nada más que peones de la política exterior soviética y para cumplir ese papel recibían subvenciones y formación de dirigentes.

Nunca ha existido dependencia tan extrema de unos partidos politicos a un centro de gravedad radicado en el extranjero que la que se dió entre los PPCC y Moscú.

Durante años, los comunistas alemanas, por ejemplo, habían rechazado la idea de un “frente popular” con los que ellos llamaban “socialfascistas” (la socialdemocracia). En la “Historia del Partido Bolchevique” de Daniel Broué, se explica que “el partido comunista alemán no es la organización de los obreros alemanes dispuestos a preparar la transformación del régimen, a pesar de que estos sean o hayan sido en su mayoría miembros de él; de hecho, constituye una organización de propaganda en manos de la burocracia estatal rusa, ésta es la razón de que sus errores puedan explicarse con facilidad (…). De forma más general, está claro que los intereses de la burocracia de Estado rusa, no coinciden con los de los obreros alemanes. Lo que para estos tiene un interés vital es detener a la reacción fascista o militar: para el Estado ruso, lo importante es sencillamente impedir que Alemania, sea cual fuere su régimen interior, se vuelva contra Rusia al aliarse con Francia (…). La «defensa de la URSS» exige la búsqueda de aliados en los países capitalistas: los partidos comunistas de cada país subordinan toda su acción a este imperativo y abandonan toda política de clase basada en el análisis de las relaciones sociales para servir exclusivamente como punto de apoyo a la diplomacia rusa”.

El propio Dimitrov, líder de la Internacional, será todavía más explícito en 1937 al afirmar que: «La línea histórica de demarcación entre las fuerzas del fascismo, de la guerra y del capitalismo por un lado y las fuerzas de la paz, la democracia y el socialismo por otro, viene dada cada vez más claramente por la actitud hacia la Unión Soviética y no la actitud formal que se adopta hacia el poder soviético en general, sino la que se adopta ante una Unión Soviética que ha proseguido su existencia real desde hace casi treinta años, luchando infatigablemente». A partir de ese momento, la razón de ser de los partidos comunistas no es la lucha por el comunismo, sino el apoyo a los esfuerzos de la diplomacia soviética y del Ejército Rojo.

Tras la disolución de la Komintern en 1943, cuando los aliados lo exigieron a la URSS a cambio de enviar ayuda military en la guerra contra el III Reich, los Partidos Comunistas de Europa Occidental seguirán existiendo hasta 1989 cuando cae el Muro de Berlín, casi medio siglo después, como opciones aparentemente independientes de Moscú, opciones políticas de la clase obrera y de los intelectuales inspirados en el marxismo… cuando en realidad no eran nada más (ni nada menos) que quintacolumnas de la política exterior soviética (y solamente eso). De hecho, lo que hacía que un partido comunista fuera considerado amigo o enemigo de Moscú lo daba su actitud en relación a la política exterior del Kremlin. Tras la disolución de la IC las relaciones con Moscú prosiguieron discretamente. Hoy sabemos que, aun a pesar de abjurar públicamente de su sovietismo, tanto Carrillo como Dolores Ibarruri, llevaban a la URSS en el corazón e incluso los países del Este siguieron financiando al PCE hasta el mismo momento del desmantelamiento del bloque soviético. El más “liberal” de todos estos regímenes, el de Ceaucescu, siguió subvencionando al PCE hasta el momento en que su líder fue fusilado tras la revuelta palaciega el día de navidad de 1989.

Durante la Guerra Fría los partidos comunistas occidentales jugaron un papel particularmente odioso. No solamente callaron ante las masacres de obreros en Berlín, Hungría, Polonia o Praga, sino que siguieron fielmente siendo los perros fieles de Moscú incluso hasta un tiempo aun reciente en el cual un movimiento pacifista clamó contra el despliegue de los misiles tácticos americanos en Alemania y contra la entrada de España en la OTAN. Lo primero daba superioridad estratégica a la OTAN en Europa Central, lo segundo le daba profundidad. Ambas opciones suponían un menoscabo a la estrategia soviética. Los eslóganes pacifistas de la época no podían olvidar que en aquel momento existía una confrontación Este-Oeste y que todo lo que supusiera debilitar al Oeste era un apoyo estratégico al Este. Sin embargo, las posiciones de unos y otros eran discutibles.

Si bien la opción soviética parecía absolutamente rechazable en tanto que identificaba comunismo con el gobierno dictatorial que imperaba en el Este, si era cierto que esta opción contemplaba el apoyo a una potencia continental frente a la potencia atlantista que no era, en la práctica, sino una proyección de Washington. Y Washington se identificaba con la libertad de opinión, la democracia y el progreso. El drama radicaba en que la primera opción era moral, política y socialmente intolerable, a pesar de que su diagnóstico geopolítico fuera acertado. La segunda opción, la atlantista, condenaba geopolíticamente a Europa a ser la punta avanzada de los intereses americanos y, desde luego, la zona que más daños sufriría en una confrontación “caliente” con el Este… pero su superioridad, política y económica era incuestionable.

Sin embargo, desde el primer cuarto del siglo XX apareció en Rusia había aparecido una línea geopolítica que intentaba conciliar los intereses de Europa y los de la propia URSS y que tuvo un peso excepcional en las decisiones de Stalin en política exterior.

La línea geopolítica ruso-alemana

El Gran Duque Nikolai Sergievich Trubetskoi, filólogo y lingüista, era también cabeza más visible de un grupo de geopolíticos entre los que destacaban P.N. Savitski, geógrafo y economista, G.V. Florovski, historiador y teólogo, G.V. Vernadski, historiador y geopolítico, etc. Frente a ellos se encontraba el general Karl Haushofer máximo impulsor de la geopolítica en el lado alemán. Durante los años 20, en el curso de intercambios epistolares, reuniones formales e informales, ambos grupos llegaron a la conclusión de que era necesario lo que llamaban “gran alianza geopolítica euroasiática” o también “Eje Alemania-Rusia-Japón”.

Ambos grupos estaban en contacto permanente, a pesar de los recelos que inspiraban en sus respectivos países. Con su trabajo aislaron los elementos comunes que estaban en el trasfondo de la historia de Europa en los últimos 1500 años. Analizaron la idea imperial romana en la que percibieron su dimensión geopolítica. Examinaron detenidamente como la idea imperial romana logró pervivir en Bizancio y a través del Sacro Imperio Romano-Germánico. Mientras que Haushofer (que fue Embajador alemán en Japón) ponía especial énfasis en el papel geopolítico nipón en el que advertía una determinación a ser actor protagonista de los desarrollos políticos en Asia, los rusos enfatizaron el papel de Gengis-Khan y las características de su imperio terrestre. Haushofer creó una Escuela Geopolítica en la Universidad de Munich y escribió diversas obras que popularizaron sus ideas y le dieron cierta relevancia entre un sector de dirigentes nacionalsocialistas a través de su “Revista de Geopolítica” y del manifiesto “Exodo hacia Oriente”.

En realidad Haushofer, era el inspirador de una tendencia del NSDAP (pero que no se circunscribía solamente a este partido sino que abarcaba a los sectores de la “revolución conservadora”) que anteponía la unidad de las fronteras geográficas a la unidad de la “sangre y el suelo”. Para Haushofer el racismo germánico carecía de sentido y no pasaba de ser un mito utópico y romántico. Así mismo para los geopolíticos rusos adoptaban idénticos parámetros: el paneslavismo que suponía una subordinación al elemento étnico-racial, era sustituido por el eurasismo que gravitaba en torno al concepto “suelo”.

El trabajo de estos dos grupos fue extraordinariamente relevante para el desarrollo de la geopolítica que, hasta ese momento, había sido teorizada casi exclusivamente por ingleses y que servía a los intereses del imperialismo británico. A partir de aquí existen dos concepciones geopolíticas: la “continental” y la “oceánica”. La primera fue sostenida por el grupo alemán y por los exiliados rusos que hemos citado.

Los presupuestos de la geopolítica

Se suele atribuir al inglés Hilford McKinder el padrinazgo de la “geografía política” y al sueco Rudolf Kjellen quien utilizó por primera vez el nombre de “geopolítica”, el nacimiento de esta ciencia, una rama de las ciencias políticas, que estudia el impacto de los accidentes geográficos en la historia y en los azares políticos de los pueblos. Pero fue, desde luego, el General Karl Haushoffer quien, logró darle un rango universitario en los años 20. A Haushoffer se deben los primeros mapas en los que, además de los detalles geográficos, se incluyen signos y dibujos que aportan más datos sobre la población y la economía de las zonas geográficas. Haushoffer y sus colaboradores a través de la Revista de Geopolítica abordaron el estudio de la historia de la humanidad en la clave de su ciencia y llegaron a parecidas conclusiones a las de McKinder y Kjellen. Todos estos nombres establecieron las leyes objetivas que rigen la geopolítica en un trabajo que puede considerarse portentoso, por que a sus conocimientos profundos de geografía añadían un extenso saber histórico y etnológico.

El punto de partida de esta escuela geopolítica es la antítesis entre las civilizaciones que dan más importancia a su expansión terrestre sobre la marítima y aquellos otros que hacen justamente lo contrario. Esto determina “enfoques terrestres” y “enfoques marítimos” que repercuten en la psicología, las orientaciones, las instituciones y las estructuras de los distintos pueblos.

El análisis histórico llevó a los geopolíticos de los años 20 y 30 a conclusiones sólidamente establecidas: en la historia antigua ya aparecieron estas contradicciones entre ambos enfoques. La Grecia Clásica los registró en la oposición entre Atenas (potencia marítima) y Esparta (potencia terrestre). La antítesis volvió a repetirse entre Cartago y Roma. En tiempos recientes resurgió en la rivalidad entre Inglaterra y las potencias continentales (especialmente Francia y Alemania). La última reedición de este conflicto histórico fue la lucha entre EEUU y la URSS durante la “guerra fría”.

Los geopolíticos afirmaban que las potencias marítimas han vivido siempre del comercio y han hecho de la economía su destino. No es raro que cualquier otro elemento haya girado en torno a esa, para ellos, única realidad. Esto se ha traducido en una primacía de la economía sobre la política y en la formación de democracias comerciales en las cuales el bien común se reducía al progreso económico. Cartago llevó sus elefantes a las puertas de Roma para que la herencia de Fenicia siguiera viva y pudiera monopolizar el comercio mediterráneo. Hace ciento cincuenta años, el Ejército Colonial Inglés estaba allí donde lo requerían las necesidades de la Compañía de Indias, verdadera médula del Imperio Británico. Y por eso mismo no puede extrañar que hoy los marines norteamericanos estén cerca de los yacimientos petrolíferos de todo el mundo…

En cuanto a las potencias terrestres siempre han atribuido una preponderancia a la política sobre la economía. Inevitablemente derivan en formas institucionales que atribuyen al Estado un papel por encima de cualquier otro elemento, incluida la economía. Todo se sacrifica en aras de que el Estado pueda cumplir su “misión”. Y esta dependerá del contexto histórico: Catón, tras mostrar unos higos frescos ante el Senado Romano y explica que han sido traídos de Cartago, explica que los adoradores de la Gran Diosa, no tienen lugar en la romanidad y llama, contra cualquier criterio de oportunidad política o económica a la destrucción de la ciudad de Tania y Astarthé. Antes, para Esparta lo único que contaba era la firmeza y decisión del ejército. Dos mil quinientos años después la URSS seguirá las mismas pautas aun corriendo el riesgo de sacrificar el bienestar de la población a las necesidades armamentísticas. Y es que en las potencias terrestres el Estado lo es todo y está por encima de los súbditos. Desde este punto de vista, resulta curioso, reconocer que, tanto el régimen stalinista, como el nazi, aun tratándose de ideologías completamente diferentes coincidían en atribuir al Estado la máxima prioridad. No en vano, ambas eran formas de potencias terrestres. Por su parte, los “aliados occidentales”, particularmente Inglaterra y EEUU tras la retórica de la defensa de la democracia, en realidad, lo que estaban afirmando era la prioridad del librecomercio.

A partir de este sencillo criterio, los geopolíticos desarrollaron un pensamiento que justifica todos los movimientos de las superpotencias durante la Guerra Fría y en los episodios que han seguido.

Dos líneas geopolíticas en el nazismo y el estalismo

De no haber existido la teorización de McKinder, probablemente, el Imperio Inglés hubiera tenido otra fisonomía. De hecho, la expansión que planificó la Inglaterra Victoriana y las guerras en las que se comprometió se adaptaban perfectamente a las doctrinas del fundador de la geopolítica. Inglaterra, a lo largo de todo el siglo XIX basó su política en impedir la formación de un eje eurasiático París – Berlín – Moscú, impidiendo a Rusia el acceso a los mares cálidos del sur y basando su poder en una flota capaz de llegar a cualquier teatro de operaciones en el plazo más breve posible.

En las dos guerra mundiales los ingleses acudieron a los pueblos que tenían sometidos para reclutar tropas indígenas que les ayudaran en su lucha. Por su parte, durante la Segunda Guerra Mundial, los alemanes y japoneses pusieron particular énfasis en proclamar la liberación de los pueblos sometidos al yugo colonial inglés. No era extraño que los movimientos anticolonialistas de los años 30 y 40 tuvieran frecuentemente un carácter filofascista, desde el Movimiento Nacionalista Revolucionario de Víctor Paz Estensoro en Bolivia, hasta el BAAS Sirio, pasando por el movimiento anticolonialista hindú de Subba Chandra Bosse.

Cuando terminó la contienda, tal como previera Oswald Spengler en Años Decisivos, las colonias pidieron su emancipación pretextando haber ayudado a la lucha contra el Eje o bien dando vida a fuertes movimientos nacionalistas. Para colmo, Moscú supo explotar la doctrina de la “liberación nacional” en beneficio propio: mientras los países del Tercer Mundo permanecieron ligados a metrópolis coloniales, resultaba difícil que los comunistas estuvieran en situación preponderante, pero, una vez lograda la independencia, Moscú se lanzó a la conquista de los nuevos Estados.

Todo esto debilitó extraordinariamente a Inglaterra que vio como en el plazo de 15 años, entre 1948 y 1963 perdía la casi totalidad de su imperio colonial. En el mismo tiempo, Francia perdió Indochina y Argelia; Bélgica dio la independencia al Congo. En 1968, a la vista de la debilidad del poder colonial y de lo caro de mantener ejércitos en latitudes extremadamente alejadas, los ingleses decidieron retirarse de sus posiciones al Este de Suez. Conservarían las colonias, pero sin bases militares y si estas existían las alquilarían a los EEUU De hecho, en ese tiempo, el poder oceánico norteamericano ya había sustituido al inglés.

La clave de ese poder radicaba en su privilegiada situación geográfica. Al abrigo de los ataques exteriores, el territorio de los EEUU permaneció ajeno a los dos conflictos mundiales. No solamente se convirtió en lo que Churchill llamó la “el arsenal de la democracia”, sino que, además de facilitar armas, bagajes y hombres, mantuvo su territorio al margen de los destrozos de ambos conflictos. La producción industrial del período bélico produjo un crecimiento extraordinario de la economía norteamericana que, al término de la Segunda Guerra Mundial, se permitió financiar la reconstrucción de Europa, obteniendo extraordinarias ventajas comerciales y arancelarias ampliando las ya obtenidas al término de la Primera Guerra Mundial. Antes de este conflicto, los mercados europeos permanecían protegidos por arenceles que gravaban las importaciones norteamericanas. Tras ambos conflictos, EEUU se convirtió en líder en esos mismos mercados. Las dos guerras mundiales resultaron a la postre extraordinariamente rentables para EEUU que perdió un número limitado de soldados, vio su territorio metropolitano indemne y, finalmente, se convirtió en una potencia económico-militar que jamás habría sido sin su implicación en esos conflictos.

Es indudable que la Segunda Guerra Mundial hubiera tenido otras características si los geopolíticos alemanes y rusos de los años 20 y 30 hubieran sido escuchados por sus respectivos gobiernos. De hecho algunos sectores del stalinismo y del nazismo asumieron sus ideas; pero no todos.

Se tiene tendencia a pensar que ambos regímenes, en tanto que totalitarios, tenían un criterio único y monolítico sobre todos los problemas. Y no era así. El pacto germano-soviético fue el síntoma de que la línea geopolítica prevaleció en un momento dado, pero el ataque alemán a Rusia –denostado por Borman, Ribentrop y otros jerarcas nazis- indica que existieron diferentes enfoques en el régimen nazi. En cuanto a los disidentes del partido nazi, el Frente Negro de Strasser y los “revolucionarios conservadores” como Jünger o Moeller van den Bruck, los “nacional-bolcheviques” como Nietkisch, figuraban entre los partidarios de la entente con el Este.

En el interior de la URSS, desde los primeros momentos de la revolución bolchevique –que fue facilitada por Alemania con el fin de debilitar a Rusia y poder retirar tropas del frente oriental y lanzarlas contra los aliados occidentales- existió siempre una corriente favorable a una entente con Alemania, gobernase quien gobernase. Eran criterios geopolíticos los que se imponían, los cuales prevalecieron por encima de los criterios ideológicos. Si partimos de esto es mucho más fácilmente comprensible toda la problemática que hemos abordado sobre la línea de la IC en relación a Alemania: debilitamiento de la República de Weimar especialmente en el momento en que a su frente se encontraban líderes partidarios del acercamiento a Francia e Inglaterra y favorecimiento de las Corrientes que abogaban por un acercamiento de Alemania a la URSS. Es en este concepto en el que hay que encuadrar los elogios de Radeck a Schlageter o la libertad concedida por Hitler a Dimitrov.

Este mismo esquema no se ha utilizado en Occidente para dar un sentido a las purgas stalinistas contra la “oposición de izquierdas” y contra el mariscal Tujachevzky y los medios militares más ideologizados. Ya hemos aludido a que la purga en el ejército rojo se debió al interés de Stalin de cortar cualquier oposición… al pacto germano soviético que en esos momentos se estaba negociando. En cuanto a los procesos de Moscú presididos por Vishinsky se trataba de reprimir a la “oposición de izquierdas”… o a sus restos o, major dicho, a los que podían resucitarla en algún momento. Trotsky ya estaba en ese momento exiliado y proponía un antifascismo militante que excluía en la práctica cualquier tentativa de cooperación geopolítica con Alemania.

El stalinismo, por su parte, no hizo gala de un antifascismo efectivo hasta que los tanques alemanes iniciaron la “Operación Barbarroja”. Incluso durante la Guerra Civil Española la actitud del gobierno de la URSS consistió en apoyar a la República para ganar influencia en España (especialmente en caso de que la victoria hubiera sonreído a este bando) y restársela a Francia e Inglaterra, pero no apoyar hasta el extremo de empeorar las relaciones con Alemania e Italia. Sólo cien días después de iniciado el conflicto, la URSS –miembro, no se olvide, del Comité de no-Intervención- envió los primeros cargamentos de ayuda a España, cuando Alemania e Italia venían haciéndolo desde el 18 de Julio.

Por otra parte, para Stalin se trataba de no perder peso en el movimiento comunista internacional: y para eso era necesario que, de alguna manera, estuviera presente en España. Eso, o de lo contrario, los partidos comunistas de todo el mundo no hubieran entendido la actitud del Kremlim, que, por otra parte, cuando se produjo la llegada de voluntarios internacionales vio que era el momento de ajustar cuentas con disidentes trotskystas y anarcosindicalistas. Si Stalin participó en la Guerra de España de manera limitada –especialmente mediante el envoi de consejeros militares y de la NKVD- fue también porque en esos momentos se estaban produciendo las purgas y la acusación que pesaba contra los acusados era la de ser “agentes fascistas”… hubiera sido difícil dar credibilidad a esas purgas inhibiéndose del conflicto en España.

El Kremlim optó por una política de equilibrios: ayudar a la República para prolongar la Guerra (Stalin calculaba que mientras Alemania e Italia mantuvieran la Guerra en España no estarían en condiciones de afrontar más aventuras bélicas en otros escenarios), para disponer de un satelite en Europa Occidental (la Francia del Frente Popular y la Inglaterra liberal se habían inhibido del conficto –aparte de unos aviones viejos y desarmados que envió León Blum en los primeros días- lo que daba a la URSS la calidad de “primer apoyo para la República) y sin tensar excesivamente las relaciones con Alemania (con quien Stalin a partir de 1933  intentó siempre mantener una alianza estratégica).

A partir de la firma del acuerdo germano-soviético los partidos comunistas de Europa defendieron una línea pacifista y antimilitarista que contribuía a reforzar la posición alemana especialmente a partir del 3 de septiembre de 1939 cuando Francia y el Reino Unido declararon la guerra a Alemania. Los comunistas no participaron en movimientos de resistencia antifascista en los países ocupados hasta que no se produjo la invasión alemana en Rusia y, por lo demás, esta línea no era mas que la prolongación de la adoptada por el partido comunista alemán –el más importante de Europa Occidental- que la situó en segundo plano en relación a la lucha contra el “social-fascismo” (la socialdemocracia).

Hoy se sabe que desde 1923, la Internacional prohibió las actividades insurreccionales en la Alemania nazi y a partir de 1937 dejó de estar interesado en crear obstáculos al III Reich en política interior. La existencia de dos líneas geopolíticas paralelas en Moscú y Berlín no ha sido completamente estudiada por los historiadores, a pesar de que contribuye a explicar hechos inexplicables que se han atribuido a la “paranoia” y “megalomanía” de Hitler y Stalin.

Así mismo, en el seno del régimen nazi y del stalinista, existían los enfoques opuestos a las líneas defendidas por los partidarios del enfoque “terrestre”. En efecto, en la Rusia Soviética existían partidarios de la alianza con el mundo anglosajón (el mismo Lenin veía en los EEUU un modelo a seguir), mientras que en la Alemania Nazi, la excusa del anticomunismo se traducía en una voluntad geopolítica de aliarse con Inglaterra y expanderse hacia el Este (línea seguida entre otros por el Almirante Canaris –que de paso, según se ha demostrado, era agente inglés, y de Rudolf Hess quien voló a Inglaterra para solicitar un acuerdo que permitiera atacar a Rusia. La realidad era que las ideas paneslavistas y pangermanistas, basadas sobre el elemento “sangre” impedían la concretización de un eje Berlín-Moscú que hubiera asegurado la hegemonía de un bloque “terrestre” frente al mundo “oceánico” anglosajón.

El eje Berlín - Moscú –que hubiera necesariamente implicado a Francia, constituía una pesadilla para el mundo anglosajón. Así, cuando Hitler atacó a Polonia, seguro de que Rusia no se vería amenazada, se encontró con que el ataque constituyó una excusa por parte de Inglaterra para declarar la guerra. Inglaterra arrastró a Francia en la aventura, mientras que a su vez, Inglaterra estaba empujado a hacerlo por parte de los EEUU que veían en un Nuevo conflicto bélico la solución para reactivar la economía, paralizada desde 1929 y que el New Deal de Roosevelt no había conseguido hacer funcionar normalmente.

En la práctica el Pacto Germano-Soviético había desencadenado todo el proceso, mucho más que el ataque a Polonia. Hitler había demostrado en sus seis primeros años de gobierno una voluntad de construir un espacio centro-europeo de influencia germánica que no suponía una amenaza para el Reino Unido. El mismo Pacto Germano-Soviético llegó en un momento en el que Alemania no manifestaba reivindicaciones sobre Francia. Cuando estalló la guerra –no hay que olvidar que la II Guerra Mundial tuvo su origen en la reivindicación alemana de un corredor que uniera Prusia al resto de Alemania y que resulta incomprensible que Francia y Alemania se pusieran de parte de Polonia en lo que era un conflicto localizado que no debía necesariamente desembocar en una guerra mundial- los alemanes vieron, ante todo, una posibilidad de desquite contra Francia por la victoria de ésta en la Primera Guerra Mundial y las duras condiciones impuestas sobre todo por el vecino país en la Paz de Versalles. Hoy los historiadores no dudan que el ejército alemán pudo aniquilar completamente al grueso de las tropas inglesas que se retiraban en Dunkerke y, sin embargo, les permitió una retirada más o menos ordenada. Pocos meses después la aviación inglesa destruía a la flota francesa en los puertos del norte de África en un ataque que cercenaba para siempre las aspiraciones hegemónicas francesas en los mares. Estos hechos no pueden explicarse sin tener en cuenta la lucha larvada que aparecía en una y otra parte entre contrarios a la política de alianzas llevada hasta ese momento.

Cuando se produjo el ataque alemán a la URSS, el III Reich cometió el mayor error de su historia: de un lado inició una guerra en dos frentes, contraria a cualquier criterio de optimización estratégica; de otro, en su locura expansionista, Hitler creyó que con sus propias fuerzas, Alemania estaba en condiciones de forjar un bloque continental. Hitler inició la guerra contra la URSS sin plantearse los objetivos finales; un general alemán de la época se preguntaba si la misión de sus tropas era perseguir a los rusos hasta Vladivostok. Stalin se vio obligado a pactar con el mundo anglosajón, que, hasta ese momento (y, posteriormente, después de la guerra) lo consideraba como su enemigo natural. En Alemania, la lucha entre los “ideólogos” y los “geopolíticos” se había saldado con la Victoria de los primeros: la URSS, para ellos, no era el “aliado geopolítico”, sino el “enemigo ideológico” y había que aniquilarla…

El mundo soviético estuvo fracturado interiormente casi desde sus mismos orígenes. Ya hemos aludido a la importancia de los geopolíticos rusos en los años 20 y 30. También hemos dicho que se trataba de zaristas exilados en Francia, ¿cómo influyeron en el stalinismo? A través de la GRU. En efecto, el GRU, los servicios de inteligencia del Ejército Rojo, albergaron en sus filas, a antiguos oficiales zaristas pasados a las filas bolcheviques. Fue gracias al GRU que pudo firmarse el Pacto Germano-Soviético y quien impulsó la primera purga de la vieja guardia leninista que, casi desde el principio de la revolución, había tenido una orientación favorable a Inglaterra y EEUU que se tradujo en términos prácticos en una mejora de relaciones con estos países e incluso en cierta colaboración económica. Si no se recurre a la explicación geopolítica, resulta imposible entender las distintas purgas stalinistas que no fueron sino la eliminación progresiva de las distintas corrientes que, aun siendo comunistas tenían una orientación política favorable a los intereses anglosajones. Stalin, finalmente, debió pactar en Yalta con los adversarios declarados de “eurasia”, es decir de la idea que defendía: Inglaterra y EEUU. Y, a partir de ahí, comenzó la Guerra Fría.

Un resumen y una conclusión

No existió un “idilio” entre Hitler y Stalin, existieron, eso sí, chispazos de cooperación entre ambos regímenes (pacto germano-soviético), solidaridades recíprocas (Radeck por Schlageter, Hitler liberando a Dimitrov) y algunas acciones tácticas comunes (huelgas de los transportes berlineses dirigidas por el KPD y el NSDAP). Contrariamente a lo que suele pensarse, tanto el campo soviético como el III Reich no eran monolíticos. En su interior bullían muchas tendencias contrapuestas.

En tanto que regímenes autoritarios, en general estas tendencias fueron reprimidas y aplastadas en beneficio de la línea official. Hay que reconocer, sin embargo, que el stalinismo actuó de manera mucho más contundente contra su “oposición interior”. Stalin, en diversos momentos, apunto contra los más variados enemigos en los que percibía especialmente oposición a su política del “socialismo en un solo país”. Con Stalin los intereses del comunismo terminan por identificarse solamente con los de la URSS y en el límite, con su propio liderazgo personal de tal manera que todos los que realizaban alguna objeción por pequeña que fuera terminaban siendo reprimidos. Su novedad consistió en que no solamente desaparecieron los disidentes, sino los funcionarios que reprimieron a los disidentes hasta el punto de que hoy se ignora el destino de muchos de ellos.

En la Alemania nacionalsocialista, en cambio, esta repression aun existiendo no fue tan tenaz e incluso, Haushoffer gozó de crédito y confianza oficial hasta el atentado del 20 de junio de 1944 y otro de los funcionarios del partido contrarios a la intervención contra la URSS, Martín Bormann (que era mucho más que el gris funcionario que fue presentado por los aliados en la postguerra, no se olvide que su pasado fue activista hasta el punto de participar en la ejecución del traidor que había vendido a los franceses a Schlageter y que siempre fue partidario de una entente con el Este) ocupó hasta el ultimo momento un cargo de maxima responsabilidad en el gobierno del Reich.

Ambos países terminaron enfrentándose, de no haberlo hecho, de haber existido verdaderamente un “idilio” entre Hitler y Stalin, no habría existido la II Guerra Mundial (el conflicto con Polonia habría quedado como un conflicto localizado), ni se hubiera generado una alianza contra natura entre los países liberales y la URSS, jamás hubiera tenido lugar la Guerra Fría y muy probablemente el mapa de Europa se habría simplificado. A decir verdad, es possible que de no haberse producido la II Guerra Mundial y el formidable choque entre el III Reich y la URSS, incluso el capitalismo hubiera desaparecido o nunca hubiera alcanzado el nivel globalizador que tiene ahora.

© Ernesto Milà – infoKrisis - infokrisis@yahoo.es - http://infokrisis.blogia.com - Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen.

Comentarios  Ir a formulario