Infokrisis.- [artículo escrito en 1994] En otro tiempo incontestable, el psicoanálisis sufre hoy ataques  por todos los frentes. Se duda de su eficacia terapéutica, se  cuestionan sus bases e incluso se pone en entredicho la  estabilidad mental de su fundador y de muchos de sus exponentes.  Cuando se ha cumplido un centenario desde los primeros trabajos  de Freud, es lícito preguntarse que queda de la psiquiatría  freudiana y de sus continuadores... pero ello implica realizar  una excursión por un terreno resbaladizo en el que frecuentemente  se cae en lo paranormal.

EL PUNTO DE PARTIDA DEL PSICOANALISIS: UNA RAYA DE COCAINA

El 2 de junio de 1884 un hombre escribía a su novia: "...si te  atreves, veremos quién es el más fuerte, una dulce chiquilla que  no come lo necesario o un hombretón fogoso que lleva cocaína en  el cuerpo". El autor de la carta era Sigmund Freud que a  continuación añadía: "En mi última depresión seria tomé de nuevo  la cocaína y una pequeña dosis me llevó a las alturas de manera  prodigiosa"; la frase bien parece un slogan publicitario del  Cartel de Medellín...

Es importante subrayar que este párrafo no tiene nada que ver con  el interés médico-científico de Freud por la cocaína: refleja  solo una adicción viciosa. En 1886 el doctor Erlenmayer, definió  a la cocaína como "el tercer azote de la humanidad", después del  alcohol y la morfina. Cuando Freud experimentaba con cocaína, otros muchos científicos ya habían dictaminado lo  peligroso de esta droga y estudiado sus efectos nocivos sobre el  organismo.

La fijación de Freud por la cocaína y su afición a ingerirla es  significativa en más de un aspecto. Hace falta considerar el  poder afrodisíaco de esta droga para advertir que ya, desde su  juventud, el factor erótico tenía un peso anómalo en su ecuación  personal. La cocaína efectivamente, no es solo un tonificante  muscular, el sector que activa con más violencia y de manera más  compulsiva es la imaginación erótica.

El flujo de sugerencias e imágenes eróticas que invaden el  cerebro son el principal elemento creador de adicción. Y en Freud  esto no fue diferente. Sin embargo, Freud intentó durante unos  años edificar una teoría médica, acaso para justificar su  adicción, afirmando contra toda lógica que la cocaína curaba  distintos tipos de enfermedades, desde la morfinomanía, hasta el  dolor de estómago, pasando por las enfermedades cardíacas y las  manías depresivas.

Es innegable que Freud, a lo largo de toda su vida, fue un  paciente y minucioso observador de sí mismo: lo que valía para  él, aquello que le atraía, tendía a generalizarlo hasta alcanzar  valor para los demás. No es de extrañar que, sobre esta base tan  poco científica, estableciera la sexualidad como nudo de todos  los conflictos de la psique.

Probablemente si la cocaína no hubiera estimulado la mentalidad  erótica de Freud como solo esta droga puede hacerlo, el  psicoanálisis no hubiera colocado tanto énfasis en la sexualidad.  De ahí que el episodio de la cocaína no sea un mero accidente en el freudismo, sino la primera piedra sobre la que se edificó  luego todo el sistema.

La adicción a cualquier droga, después de ser abandonada, crea  siempre un vacío que ya nada puede colmar jamás. Freud intentó  olvidar este episodio volcándose en una nueva dirección -la  psiquiatría analítica- pero sus contenidos denotan que, efectivamente, nunca terminó de superar el recuerdo de sus  excesos cocaínicos.

FREUD EL HIPNOTIZADOR

El nacimiento de la terapia psicoanalítica debe también mucho al  fracaso de Freud como hipnotizador. En la última década del siglo  XIX, famosos psiquiatras como Charcot (de quien Freud se decía  discípulo y con quien trabajó en la siniestra clínica parisina de la Salpetriere para enfermos mentales), Bernheim, Liebeault o  Breuler, utilizaban la hipnosis para curar ciertas depresiones y  afecciones histéricas. Freud fue uno de ellos.

Aprendió la técnica del propio Charcot, pero hacia 1890 empezó a  convencerse de que jamás sobresaldría como hipnotizador. No es  que dudara en aquel momento de la eficacia de la hipnosis, era  que carecía de cualidades de hipnotizador. Se terminó convenciendo cuando, tras la preparación previa, con el consabido  péndulo moviéndose ante los ojos de una paciente, le ordenó que  se durmiera; por fin, sentenció imperioso: "Ya está dormida". La  muchacha, sin inmutarse abrió los ojos: "No, doctor; no me he dormido".

Este hecho es igualmente significativo en el nacimiento del  psicoanálisis. El hipnotizador consigue resultados solo con  individuos altamente sugestionables y cuando es capaz de imponer  su personalidad a la del hipnotizado. Freud carecía de esta  capacidad. Charcot, en cambio no. Casi nadie dudó en su tiempo  que, Charcot era capaz de hipnotizar con suma facilidad a todo  tipo de  pacientes y en ese estado les ordenaba que olvidaran  síntomas de sus enfermedades; una vez regresados del trance éstos  parecían haber mejorado su salud. Por el contrario, podía  infundir síntomas histéricos a pacientes que jamás habían estado  aquejados por esta enfermedad.

Todo esto no se situaba precisamente dentro de las coordenadas  positivistas y científicas que dominaron la evolución del saber  entre finales del siglo XIX y principios del XX. Más parecen  propias de un espectáculo de variedades.

FREUD Y FLIESS: LA KHABALA NUMERICA

El psicoanálisis tuvo mucho más contactos con lo irracional.  Wilhem Fliess, amigo íntimo de Freud, frenólogo, tenía ciertos  conocimientos de khábala hebrea, en particular, estaba obsesionado por la numerología y supo transmitir esta obsesión al  propio Freud, hasta bien entrada la madurez. Este, inducido por  Fliess, creyó hasta 1920  que la vida del hombre se gobernaba por  ciclos de 28 días en la mujer y de 23 días en el varón. Las relaciones hombre-mujer estarían marcadas por las cifras 5 (28 -  23) y 51 (28 + 23).

Fliess, como Freud, eran judíos. Como se sabe la khábala (=  tradición) es el compendio de esoterismo hebreo que atribuye gran  importancia a la numerología. Cada letra del alfabeto hebreo  tiene un valor numérico y la suma de las letras de una palabra da  una cifra concreta. Puede darse el caso de palabras con distinto  significado, cuyo valor numérico sea el mismo: se dice entonces  que ambas palabras contienen conceptos identificables. La khábala  floreció en el judaísmo medieval y lo que se encuentra en tándem  Fliess-Freud es un eco remoto y cortado de todo contacto con la  tradición hebrea.

Pero hay otro eco, igualmente lejano, del hebraísmo en la obra de  Freud. Nos referimos a los sueños. El hebraísmo, ya desde los  tiempos bíblicos, había hecho de la interpretación de los sueños  una especialidad sacerdotal. Existía toda una codificación de los  distintos tipos de sueños, que se suponía albergaban contenidos  premonitorios.

Todas las civilizaciones tradicionales insistieron en el análisis  de los sueños: era en el sueño, cuando el espíritu se liberaba  espontáneamente de la cárcel de la materia y  volaba solo. Esta  experiencia incondicionada, estaba más allá del espacio y del  tiempo, por tanto, podía ser utilizado con fines paranormales: adivinación, videncia, etc. siempre dentro de un contexto  sagrado: era el sacerdote, quien interpretaba el sueño, no un profano.

Freud, lo que hace, es abordar el estudio de los sueños desde una  perspectiva laica y pansexual. Los reflejos del sueño, no serán  otros que los que deriven de la líbido, condicionante universal,  no tendrán ningún poder premonitorio, sino que serán un reflejo  de los bajos fondos de la psique, que sacarían a la superficie y  permitían intuir lo que el paciente, inconscientemente, se negaba  a revelar a su psicoanalista.

CONSCIENTE Y SUBCONSCIENTE: LA ESPADA ROTA Y EL REINO DE NEPTUNO

El gran mérito de Freud consistió en enunciar, en un momento en  el que el materialismo y el positivismo inundaban todos los  aspectos del universo científico, la existencia de una región  inferior a la conciencia ordinaria pero que influye en ésta, el  "subconsciente" y lo condiciona.

La idea de esta región situada por debajo de la conciencia  ordinaria no era de Freud, si bien la popularizó él. En el remoto  pasado védico, los sabios hindúes ya habían teorizado sobre la  diferencia entre "samskara" y "vasana". El mundo clásico greco- latino aludió a las "oscuras profundidades del reino de Neptuno  en donde moran terribles monstruos", aludiendo al subconsciente o  inconsciente. En los relatos graélicos y en las sagas nórdicas se  aludía a la enigmática presencia de espadas rotas que el héroe  debe unir, haciendo referencia a las dos partes de la conciencia  que debe unificar y sacar a la superficie.

En un período más reciente, desde Gustav le Bon hasta von Hartman  aludieron a un mismo orden de ideas. El propio Franz Messmer que  hizo furor a principios del siglo XIX con su teoría sobre el  magnetismo animal y sus capacidades como hipnotizador, pueden ser  considerados como redescubridores de esta dicotomía entre  conciencia ordinaria y subconsciente.

Ahora bien, el concepto freudiano adolece en un aspecto  fundamental: Freud considera solo los aspectos negativos de una  componente "infernal" en la mentalidad humana, en absoluto de una  componente "divina". Freud solo se fija en lo que está "por  debajo" de la conciencia ordinaria, nunca en lo que puede estas  "por encima" de la misma.

De la misma forma que la personalidad humana puede sufrir dos  tipos de disolución -en el seno de la masa o disolverse en el  curso de una experiencia mística disolución "hacia abajo" una y  "disolución por arriba", la otra-, también la conciencia  ordinaria puede ser trascendida. El hombre así considerado, desde  el punto de vista freudiano, es un hombre roto, lejos de una  integridad totalizadora, amputado de toda aspiración hacia la trascendencia que es considerada como una neurosis.

EL SEXO COMO FUENTE DE NEUROSIS

El aspecto más extremista de la teoría psicoanalítica es  precisamente el percibir en la sexualidad el origen de toda  neurosis, y más específicamente en la sexualidad infantil.

"El  niño tiene un deseo innato de tener relación sexual con su madre,  pero se siente amenazado en la ejecución de estos deseos por el  padre, que parece tener derechos de prioridad sobre la madre. El  niño desarrolla ansiedades de castración al darse cuenta de que  su hermana no posee un pene, el maravilloso juguete que tanto  significa para él y su miedo agravado le hace rendirse y  "reprimir" todos esos deseos inconvenientes, que viven, como en  el famoso Complejo de Edipo, en el subconsciente, promocionando  toda suerte de terribles síntomas en la vida posterior". Tal es  el resumen que el profesor Eysenk hace de la médula de la teoría  freudiana.

Solamente la historia de la cultura occidental ha alcanzado un  grado tal de aberración, cuando Lutero definió el alma humana  como un burro que no importa si es montado por

Dios o por el  Diablo... Cualquier persona de espíritu sano que sienta por sus  padres y hermanos un normal y natural amor desinteresado y puro,  puede percibir en las teorías de Freud un aroma insano y  enfermizo y si escarba un poco más y comprueba la ausencia  absoluta de pruebas científicas que demuestren tales  perversiones, no dudará en atribuir a una mente enferma tales  enunciados: de la misma forma que el GULAG estaba en Marx, la  enfermedad mental anidaba en Freud.

LA EXTRAÑA SECTA DEL DOCTOR FREUD

Llama la atención, desde el primer momento, que el freudismo  buscó organizarse en la Asociación Psicoanalítica de Viena,  primero y luego en la Asociación Psicoanalítica Internacional. En  ambos casos, estuvo presente un aroma sectario.

La secta del doctor Freud, como cualquier otra secta 1) rendía  fidelidad acrítica al "gurú", 2) se creía detentadora absoluta de  la "verdad" ("Estamos en posesión de la verdad; tanto ahora como  hace 15 años". Freud), 3) toda desviación de la verdad oficial establecida por el "gurú" era castigada con la expulsión y el  ostracismo (casos de Adler, Rank, Jung), 4) la secta tiene sus  propias joyas y signos de reconocimiento: una entalladura griega  antigua, en un anillo de oro distribuidos por el propio Freud a  los más fieles, y 5) la secta tiene su "capítulo secreto":  compuesto por psiquiatras psicoanalizados por el propio Freud,  quien impuso el carácter secreto de este "comité".

¿Se trataba o  no de una secta?

Solamente ha existido una secta en este siglo que pudiera ser  similar en su actuar a la organizada por el doctor Freud: el  movimiento surrealista cuyo interés y puntos de contacto con el  psicoanálisis son evidentes. Constituido en torno a André Bretón,  Louis Aragon, Paul Eluard, etc. tuvo su papa -el propio Bretón-,  su libro sagrado (los distintos manifiestos surrealistas), sus  sacerdotes (los poetas, escritores, pintores y cineastas, sus  damas inspiradoras (Lou Salomé en el psicoanálisis y Gala en el  surrealismo), sus disidentes (el propio Dalí entre otros), sus  contactos con el universo paranormal (en el surrealismo abundaron  tarotistas, ocultistas, libros escritos en estado de trance,  etc.).

Si las similitudes entre freudismo y surrealismo son, al menos a  nivel formal, evidentes, hay que reconocer en beneficio de éste  último, que nunca pretendió aureolarse de aspiraciones  cientificistas, ni pretendió ser redentor de almas sufrientes.    

¿REALMENTE CURA EL PSICOANALISIS? EFECTO PLACEBO Y EFECTO DOLEBO

El profesor Eysenk en su libro "Decadencia y caída del Imperio  Freudiano" recuerda las características del paciente ideal: “Preferentemente debería ser joven, bien educado, no demasiado  seriamente enfermo y razonablemente rico...", aun así no se le  garantiza, ni el tiempo que va a durar el tratamiento, ni si va a  dar resultado. Si finalmente el paciente se cura es por obra del  psicoanálisis, si persiste en su patología es que no ha alcanzado  a saber explicar en qué consiste su problema. Ahora bien, cuando  en medicina un tratamiento fracasa es que la teoría sobre la que  se basa es incorrecta; Freud insiste en que un tratamiento puede  no funcionar -por motivos desconocidos- aunque la teoría sea  correcta. Por el contrario, no duda en descalificar tratamientos alternativos que tienen éxito en pacientes sobre los que el  psicoanálisis ha fracasado, en tanto que se basan en "teorías  erróneas".

Así por ejemplo el psiquiatra freudiano que trate un caso de  agorafobia se preocupará por conocer el origen del mal e  interminablemente obligará al paciente a que se explaye sobre los  más nimios recuerdos de su infancia con la esperanza de poder  encontrar una pista que le permita comprender las motivaciones  profundas. Aun en el caso -estadísticamente no muy alto- que  consiguiera conocer el origen infantil de la fobia, no se asegura  que la psiquiatría analítica pudiera curarlo. Un psicólogo no  freudiano, conductivista, se limitaría a acompañar al paciente al  campo y, por mucho que sea su inquietud inicial, le conminará a  que siga allí; hasta que el terror a los espacios abiertos se  disipe por sí mismo y el paciente comprueba -a la fuerza- que  nada debe temer. El adiestramiento basado en la educación, es  anatemizado por los freudianos. En efecto, es más simple, menos  costoso para el paciente y aporta menos beneficios al terapeuta...

Sin embargo, es cierto que algunos pacientes del psicoanálisis se  curan. Esto no demuestra en absoluto la bondad de la teoría.  Generalmente los pacientes acuden a un psiquiatra cuando ya están  muy destrozados por la enfermedad; en ese momento ya existen  pocas posibilidades de que puedan empeorar más. Por otra parte,  es cierto que un porcentaje alto de neurosis se curan por sí  mismas después de hacer crisis, sin ayuda de nadie. En el resto,  entra en juego el llamado efecto placebo: es decir, un tratamiento que no aporta nada, absolutamente inocuo pero que al  infundir confianza en el paciente, contribuye a sanarlo de sus  males, al menos temporalmente. El psiquiatra, como cualquier  persona aun carente de titulación académica, pero que sepa  escuchar pacientemente, ofrece un punto de apoyo sobre el que  propulsar el "efecto placebo".

Ahora bien, también se ha estudiado, el efecto contrario, lo que  podríamos llamar "efecto dolebo". Algunas terapias hacen más mal  que bien. Obsérvese sino el siguiente relato que tiene como  protagonistas al propio Freud y a una de sus pacientes más  famosas "Dora", entresacado del libro de Janet Malcom "El  psicoanálisis, profesión imposible": "Freud trató a Dora como un  adversario mortal. La acorraló a gritos, la puso trampas, la  empujó hasta los rincones del estudio, la bombardeó con sus  interpretaciones, no le dio cuartel, fue tan intratable, a su  manera, como cualquier miembro del siniestro círculo familiar de  la enferma, fue demasiado lejos y finalmente la echó" (...) "Dora  la dijo que había sufrido un ataque de apendicitis. El Freud lo  negó bruscamente y perentoriamente decidió que la apendicitis  había sido, en realidad, una preñez histérica que expresaba sus  inconscientes fantasías sexuales".

Dora era Ida Bauer, apenas tenía 18 años, era inteligente y  hermosa, sufría desmayos, catarros y pérdida ocasional de voz, y  otros trastornos. A Freud le importó poco el cuadro médico de la  joven, muy sensible por lo demás, ni siquiera se tomó la molestia de proceder a un reconocimiento médico clásico. Puede suponerse  el trauma que representó para la muchacha el encontrarse sola,  encerrada y sin posibilidad de abandonar la sala, con un sujeto  que la acosaba con obscenidades, gratuitas por lo demás. A las  pocas semanas Dora abandonó el tratamiento en el mismo estado en  que llegó.

No ha sido el único caso. Frecuentemente los psiquiatras inducen  en los pacientes el tipo de respuestas que quieren obtener: los  psiquiatras freudianos obtienen de sus pacientes "sueños  freudianos", los psiquiatras "junguianos", obtienen sueños  "junguianos"; los pacientes, poco a poco, a lo largo de los  extensos tratamientos, cotejan las preguntas y los comentarios  realizados por sus terapeutas y, en muchos casos, suelen dar aquellas respuestas que los psiquiatras esperan obtener de ellos.  Solo así logran evitar el acoso y eludir terrenos que les parecen  insoportables. A partir de aquí, a la dolencia específica del  paciente se añade una preocupación suplementaria: el evitar el  asedio del psiquiatra. No es raro que pacientes que han llegado  en momentos en los que se enfermedad remitía, hayan vuelto a  recaer en las más profundas depresiones.

El psiquiatra es humano y nada más que humano, los hay alegres y  que irradian bondad, los hay amargados y rasgos crispados; parece  demostrado que un psiquiatra abierto, afable y simpático ayuda  mucho más a la curación del paciente, que otro psiquiatra  distante, aburrido y frío. Esto debería bastar para dudar de la  oportunidad del método freudiano: no es la teoría lo que sana,  sino el contacto humano, es decir, no es el título académico,  sino la calidad humana, lo que puede curar (efecto placebo) o representar un mal mayor (efecto dolebo).

PSICOANALISIS Y JUDAISMO                                

A poco de iniciar su andadura, la Sociedad Psicoanalítica de  Viena cayó en la cuenta de que estaba formada casi exclusivamente  por judíos; hasta el punto de que el propio Freud en carta a uno  de sus primeros discípulos Karl Abraham, escribió: "Nuestros camaradas arios nos son indispensables para que el psicoanálisis  no sucumba al antisemitismo".

Pero en las décadas siguientes la presencia de judíos, siguió  siendo anómala en relación al porcentaje de población de esta  raza. Según Fulles Torrey en "La muerte de la psiquiatría", el  50% de los psiquiatras son judíos. Existen otras dos áreas en  donde la proporción de judíos es anómala, especialmente en el  mundo anglosajón: entre los humoristas y entre los  revolucionarios de izquierda. Buena parte de las huestes maoístas, trotskistas y anarquistas que impulsaron la revolución  de mayo del 68 en París, la nueva izquierda americana, son  nombres judíos; otro tanto puede decirse de la mayoría de líderes  de la hoy semidesmantelada, pero en otro tiempo, fuerte y activa  IV Internacional trotskista. En cuanto a los humoristas, desde  Woody Allen, hasta los hermanos Marx, pasando por Mel Brooks o  Louis de Funes, Jerry Lewis, son algunos entre las docenas los  judíos que nos han hecho sonreír o reír a carcajadas.

¿Tiene esto algún significado? contrariamente a lo que piensan  los antisemitas, el judío revolucionario, o el judío provisto de  un humor ácido y corrosivo, o el mismo psiquiatra freudiano, no  suelen ser individuos que frecuenten la sinagoga; es decir, no se  trata de judíos religiosos, sino laicos que han abandonado su  tradición secular. Carlos Marx fue uno de ellos, como también el  doctor Freud y una abrumadora mayoría de miembros de la  Asociación Psicoanalítica de Viena: Adler, Rank, Nelken,  Ferenczi, Stekel, Abraham, etc.

La segregación del judío se produjo a lo largo de la historia por  motivos religiosos; él mismo, para preservar su integridad e  identidad, se refugió en la sinagoga y en su tradición. Pero en  el caso del judaísmo, el factor religioso iba íntimamente ligado  al factor racial; de tal forma que el alejamiento de la tradición  secular, el abandono de la sinagoga, creaba al judío un problema  añadido: seguía siendo judío (al menos en sus caracteres  raciales), pero no gozaba de la protección, física y/o  psicológica de la sinagoga. Y esté problema estaba muy acentuado  en Europa Central durante el siglo pasado hasta la caída del  nazismo.

No es de extrañar pues que judíos, alejados de su tradición  figuren en las vanguardias más disolventes de la política, la  cultura, e incluso la medicina. Alejados de su tradición, no les  queda más remedio, para sobrevivir, que demoler los residuos que  pudieran quedar en la sociedad burguesa. Esto hace que hayan  figurado en las vanguardias más radicales y subversivas. Harina  de otro costal es intuir su tal actitud es un mecanismo psicológico inconsciente de autodefensa, o bien una toma de  postura deliberada. Existen escritos del propio Freud en defensa  de la primera posibilidad; los nazis, por el contrario, creyeron  en la segunda; se sabe el horror que siguió.

CARL GUSTAV JUNG: PSICOANALISIS "ARIO"

Freud consciente de que el psicoanálisis corría el riesgo de ser  identificado con el judaísmo, no dudó en ofrecer la presidencia  de la Asociación Psicoanalítica Internacioanal al "Sigfrido  suizo", alto, rubio, bien parecido, con rasgos germánicos e inteligencia aguzada: Carl Gustav Jung.

No pasó mucho tiempo sin que Jung y Freud terminarán por pelearse  con la misma virulencia con la que otros disidentes anteriores  habían abandonado la secta del doctor Freud: Rank y Adler, ambos,  por lo demás, judíos.

Si la figura de Jung viene al caso no es solo por que  representara el contrapunto "ario" que Freud deseaba encontrar  para parar los golpes antisemitas que podía recibir su  movimiento, sino porque Jung, manifestó siempre un particular  interés por las doctrinas esotéricas y ocultistas. Sus libros  sobre la alquimia o el taoísmo rescataron del olvido un precioso  material procedente de fuentes tradicionales, mucho más valioso  que las interpretaciones a que lo somete.

Pero, aparte de esto, Jung fue siempre ajeno al espíritu de las  tradiciones que examinaba. De hecho, estuvo más cerca del  ocultismo que de otra cosa: él mismo solía utilizar la oui-ja y  participar en sesiones espiritistas, pero, en lo esencial,  manifestó una incomprensión similar a la de Freud, por las  doctrinas esotéricas en las que tanto se interesó.

Jung atenuó la importancia de la sexualidad en los procesos  psicológicos, enunció la teoría de un inconsciente colectivo en  donde anidarían los arquetipos que se manifestaban en las distintas experiencias místicas y esotéricas, y a través de las  cuales explicaba la similitud de experiencias paranormales en  personas que no tenían nada que ver entre sí.

Dado que Jung representaba el contrapunto "ario" al psicoanálisis  judío, su obra fue apreciada en ciertos medios del régimen nazi,  e incluso, él mismo, parece que en algún momento albergó  simpatías hacia Hitler.

WILHEM REICH, DEL ANTIFASCISMO A LOS OVNIS PASANDO POR LA PSIQUIATRIA

Durante un tiempo fue frecuente que los psicoanalistas terminaran  ante el juzgado de guardia: Ernest Jones, introductor del  psicoanálisis en EEUU fue denunciado por intentarse sobrepasar  sexualmente con una paciente. También en los EE.UU., Wilhem Reich, psicoanalista de origen alemán emigrado, murió en 1956  de  un derrame cerebral en la cárcel, donde se encontraba después de  haber sido condenado por un tribunal.

En la Alemania previa al advenimiento del nazismo, Reich había  sido una personalidad excepcional su libro "Psicología de masas  del fascismo" dio una respuesta, desde la izquierda intelectual a  la explicación del triunfo del nazismo que trascendía con mucho los esquemas propios de la ideología marxista. Reich, fue el  primero en reconocer que muchos proletarios habían contribuido al  ascenso del nazismo, creyó ver en el nazismo, no tanto la  dominación de una clase sobre otra, sino de un tipo de represión  sexual sobre la libertad de la líbido.

La Asociación de Psicoanálisis Social creada por Reich llevó el  psicoanálisis a la clase obrera. Freud mismo había escrito que  "la terapia psicoanalítica no era alcanzable para los pobres"  debido a sus altos costos.

Sin embargo, la llegada de Reich a EE.UU. hizo que cambiara el objeto de sus investigaciones. Por de pronto se sintió atraído  por los OVNIS y por un espacio poco claro entre la mística y la  sexualidad. Algunos de los rasgos de su personalidad en los últimos años de su vida demuestran desequilibrios psíquicos  profundos.

Reich en los últimos 15 años de su vida desarrolló toda una  teoría sobre los OVNIS; sus herederos han preferido cubrir un  tupido velo sobre la última etapa de evolución de su pensamiento,  especialmente entre 1942 y 1957. De todas formas existen  artículos y rastros que permiten reconstruirlo.

Al llegar a EEUU Reich se radicó en Maine creando la comunidad  que llamó "Orgonon". Luego veremos el porqué del nombre. Todo se  inició en 1952 cuando algunos miembros de la comunidad afirmaron  haber visto "platillos volantes". Poco a poco fue obsesionándose  con la idea de la presencia de naves extraterrestres que  supuestamente observaban a la comunidad de "Orgonon". El las  llamaba "EA" iniciales de las palabras "Energía" y "Alpha"; sus  tripulantes eran llamados CORE, siglas de "Cosmic Orgone  Engineering".

Llegó a obsesionarse con la idea de que algunas estrellas eran,  en realidad, naves extraterrestres situadas sobre la comunidad de  "Orgonon" para vigilarla; construyo un "cloudbuster", más  adelante denominado "cañón espacial", que disiparía la energía orgónica negativa -DOR- liberada por las naves extraterrestres y  causante de las enfermedades del hombre. Estaba convencido que  gracias a este instrumento había logrado debilitar algunas "luces  azules" estacionadas sobre Orgonon.

Por lo demás la presencia de naves extraterrestres en nuestro  planeta estaría dictada por su necesidad de cargarse aquí de  energía orgónica positiva (OR) y desprenderse de la negativa  (DOR) en forma de polvo negro que provocaría una lluvia y la consiguiente nausea, cianosis y malestar general.

En 1956 es condenado a dos años de cárcel por tráfico ilegal de  "acumuladores de energía orgónica" que consideraba el único  remedio contra el cáncer... Murió en la penitenciaría de  Willisburg el 3 de noviembre de 1957. En la última fase de su  vida Reich había abandonado la práctica psiquiátrica y proyectaba  un nuevo culto basado en la eugenesia y denominado "Hijos del  Porvenir"; una parte de sus seguidores renunciaron a sus  extravagantes teorías enunciadas tras su llegada a EE.UU.,  mientras que otros asumieron todos los contenidos, incluidos los  ufológicos.

La "teoría orgónica" habla de que una parte del universo está  compuesto por "materia orgónica" que se manifiesta en nosotros en  el momento de las relaciones sexuales. Contra más acumulación de  "orgón" haya, más posibilidad tendremos de llevar una vida equilibrada. De aquí que Reich y discípulos vendieran -y vendan  todavía- "acumuladores" de energía orgónica, cuya  comercialización fue causa de las desgracias de Reich.

Woody Allen satirizó la imagen de Wilhem Reich en la figura del  científico loco de su película "Todo lo que usted quiere saber  sobre el sexo y no se atreve a preguntar".

LOU ANDREAS SALOME: LA DEVORADORA DE GENIOS

En la historia de la psiquiatría encontramos pocos personajes que  en su vida no estrictamente profesional resulten atractivos. Pero  si hay uno es curioso que se trate de una mujer. En efecto, Lou  Andreas Salomé, no solo fue una mujer tan inteligente como hermosa, puede ser considerada una verdadera "grouppie" en el  círculo psicoanalítico de Viena y, en cierta forma, su musa  inspiradora.

Se trataba de una mujer excepcional y no es raro que cautivara a  Freud. Antes Federico Nietzsche se había enamorado locamente de  ella, antes lo había hecho el filósofo positivista Paul Ree y  después sería el poeta alemán Reiner Maria Rilke el que se dejó seducir por esta mujer procedente de Rusia.

Su nombre era Lou Salomé, el apellido Andreas procedía de su  marido, con el que casó a los treinta  años, un médico de aspecto  "bajo y grotesco", nacido en la Batavia (Malasia), de madre  malaya, y  casada con un noble persa. Con estos antecedentes, a nadie le puede extrañar que, de regreso a Alemania, le  concedieran la titularidad de una cátedra de orientalismo en  Berlín.

"Herr" Andreas   jamás mantuvo relaciones sexuales con su mujer,  su declaración de amor consistió en clavarse un cuchillo en el  pecho... mantuvieron su extraña pareja durante 40 años. El doctor  Andreas estaba particularmente interesado en la medicina oriental  y los amigos de la pareja atribuyeron la extraña eterna juventud  de Lou a los conocimientos de su marido sobre esoterismo y  medicinas alternativas. Sus colegas siempre afirmaron que  realizaba en su casa "estudios ocultos". El vecindario de la  ciudad de Gottingen la llamaba "la bruja de Bamberg" (colina  próxima a su residencia).

Se aproximó a Nietzsche, con apenas 20 años, más interesada por  su pensamiento que por su persona en sí. Pero el filósofo  solitario se sintió irresistiblemente atraído por la joven, como  no podía ser de otra manera. El teórico de la voluntad de poder y  del superhombre, el iconoclasta misógino, no dudó sin embargo en  fotografiarse, junto a Paul Ree, tirando de un carro sobre el que  se encontraba, látigo en mano, Lou Salomé. Y sin embargo, este  hombre, sometido al eterno femenino fue el que escribió "¿Vas con  mujeres? no olvides el látigo".

Al ser rechazado por Lou, Nietzsche, se encerró durante un mes en  febrero de 1883, en pocos días sublimó su frustración escribiendo  "Así hablaba Zarathustra", poema más que filosofía y mística  mucho más que método. Sus biógrafos no dudan que Lou  Andreas Salomé constituyó la experiencia sentimental más intensa  de Nietzsche y tuvo importancia decisiva, tanto a la hora de  escribir el "Zarathustra", como en su descenso por los abismos de  la locura.

Lou Salome conoció a los más importantes sociólogos, poetas y  escritores de su tiempo. Participó en sus reuniones  frecuentemente como la única mujer. Muchos de ellos eran  atractivos y su inteligencia privilegiada. Nietzsche terminó  escribiendo que Lou sufría "atrofia sexual"; su fuero interno era  completamente inaccesible, se dijo que era "hermafrodita,  insensible y frígida" y sus biógrafos coinciden en que antes de  conocer a su marido -no precisamente el más atractivo de sus  pretendientes, solo el más misterioso- "le faltaba calor y vida  en el rostro". Durante sus 43 años de matrimonio su marido nunca  la poseyó, si bien es cierto que tampoco jamás la perdió.

Una personalidad así es lógico que se sintiera atraída por el  psicoanálisis ya desde sus albores: como otros muchos psiquiatras  de ayer y de hoy, como el propio Freud, la reflexión  psicoanalítica constituía un intento de conocerse a sí misma y de  dar respuestas a los porqués de su comportamiento.

CONCLUSION: EL PSIQUIATRA COMO INVERSION DEL SACERDOTE

Algunos datos elegidos al azar sobre la historia del  psicoanálisis son escalofriantes. Los primeros psiquiatras no  dudaban que una de las causas principales de la locura era la  masturbación. Rush, uno de los fundadores de la psiquiatría  norteamericana, utilizaba un sillón giratorio como instrumento  terapéutico para "descongestionar la sangre en el cerebro". Es  significativo que más del 50% de los pacientes que utilizan el  psicoanálisis, abandonen el tratamiento prematuramente: no solo  los altos costos de las sesiones les inducen a ello, sino también  el no experimentar mejoría alguna. El profesor Hans J. Eysenck,  después de examinar 10.000 expedientes de enfermos mentales que  pasaron por la consulta de algún psicoanalista, debió reconocer  que no había ¡absolutamente ninguna prueba de que mejorasen tras  el tratamiento! En efecto, la proporción de curaciones era la  misma que la que se daba entre los mismos enfermos que habían  sanado espontáneamente, sin ayuda de la terapia.

Para colmo, los principales usuarios de la terapia psicoanalítica  en Inglaterra  son, en un 50% personas relacionadas con el  ambiente psicoanalítico, tales como otros psiquiatras, sus  enfermeros, ayudantes y sus familiares, es decir gente que  "necesita creer" en el psicoanálisis porque de él dependen sus  ingresos y su vida cotidiana. En universidades españolas en donde  algunas cátedras vitalicias están ocupadas por psiquiatras  freudianos y se sigue enseñando freudismo cuándo las nuevas  corrientes psiquiátricas lo han sumergido de forma total y para  siempre.

El famoso psicoanalista Cesare Musatti, italiano de origen judío, en su libro "Todos somos neuróticos" -título, por lo demás,  abusivo- a la pregunta de "Pero usted ¿le promete al paciente que  lo curará?", responde "¿Yo? ¡Ni hablar! Sería un imperdonable error técnico..." y luego pasa a aceptar la similitud entre el  psiquiatra y el sacerdote. En otra parte del libro describe sus  propios ataques de paranoia y hacia el final nos cuenta el caso  de un psiquiatra milanés que había creado una asociación para  atender a los suicidas frustrados. Un buen día, sin motivo  aparente, se tiró por la ventana y murió en el acto...

Todo esto contribuye a reforzar la sensación, subjetiva, si se  quiere, pero no por ello menos sentida, de que el psiquiatra al  estar en contacto con la locura, más que cualquier otra  profesión, termina sucumbiendo a la locura, al igual que el  bombero tiene más posibilidades de resultar quemado que un  vendedor de barquillos.

Se suele considerar que el psiquiatra ha sustituido al confesor,  al sacerdote y director espiritual, en su tarea de "escuchar".  Existe cierta similitud entre una y otra actividad, pero solo a  costa de realizar algunas precisiones.

El sacerdote no deja ver su rostro en la penumbra del  confesionario; el paciente tampoco puede ver a su psicoanalista  situado tras el canapé; pero a partir de aquí todo
son  divergencias: el psiquiatra apenas habla, solo lo suficiente para  aclarar algún aspecto de la exposición del paciente, el  sacerdote, por el contrario, aconseja, reflexiona, indica el  camino a seguir, en absoluto permanece pasivo; no es solo confesor, es también "director espiritual"; no apela al  subconsciente, sino a un estadio más profundo de la personalidad, al Alma.

El sacerdote es un mediador -en la palabra "pontífice", pontifex,  hacedor de puentes se evidencia más todavía este carácter- entre  el sujeto y el dios: le enseña el camino a seguir para  transcender del mundo físico al metafísico; el psicoanalista  busca solo la salud mental del paciente, no le preocupa su alma  y, de hecho, ni siquiera cree que exista. Y así sucesivamente...

Entre el psiquiatra y el sacerdote, existe cierta relación: uno  es el reflejo especular del otro; y si bien, en toda imagen  reflejada podemos encontrar similitud, una será la inversión de  la otra. El psiquiatra es la inversión del sacerdote, como lo  sagrado lo es de lo profano. La simbología tradicional considera  a Satanás como "el mico de Dios", esto es, el imitador por  excelencia. Pues bien, algo de todo esto hay en el freudismo.

© Ernest Milà – infoKrisis – infoKrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen

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