En defensa de nuestra identidad: corridas de toros (I de II)

Publicado: Martes, 19 de Enero de 2010 08:01 por Ernesto Milá en CULTURA

Infokrisis.- No es, sin duda por casualidad que el símbolo de “lo español” sea la silueta del toro de Osborne. Y sin embargo la abusivamente llamada “fiesta nacional”, está presente también en otros países. En Portugal, por ejemplo. Y en todo el Mediodía francés. ¿Cómo podría extrañarnos? Hubo un tiempo en que en toda Europa se realizaban rituales similares.
 
Lo que vamos a defender en este artículo es que la fiesta de los toros es una parte esencial de nuestra identidad. Que la fiesta nacional es un rito de origen religioso. Que la fiesta nacional deriva de prácticas rituales de la casta guerrera. Y, finalmente (en un próximo artículo), que en la historia de España, se tiene constancia del toreo desde el siglo XII y que siempre han sido los personajes más conflictivos de nuestra historia –ayer el conde de Aranda, creador de una masonería independiente en España y hoy ZP, ayer Fernando VII y casi todos los borbones y hoy Carod-Rovira- quienes se han opuesto a las corridas de toros.

Sirva este artículo, pues, como voz en defensa de la “fiesta”.

Estar en el “mundo moderno” y ser del “mundo moderno”

Practicado el exorcismo ritual, añado: “soy español –mire usted por donde- y me gustan las corridas de toros”. Lo gracioso del caso es que las mejores “faenas” en el sentido alegórico, se las he visto a hacer a camaradas y las faenas taurinas, por paradójico que pueda parecer, las he visto en Nimes de Provenza y una de las más memorables en el festival taurino de mayo del 99 a un torero francés, Stephan Fernández Meca. Y aunque el “Olé” en francés, en toda la Camargue y en Las Landes, suena con otro acento, hay en el Mediodía francés tanta afición como en España, lo que demuestra que, lejos de ser “español” o “andaluz”, es europeo.

De ahí que mi razonamiento sea: en la medida en que un sistema de identidades se basa en tres niveles (la patria, la tierra natal o “patria chica” y Europa), tiene narices que en las tres el noble arte del toreo esté presente. Por que el toreo está presente en Catalunya, en el País Vasco y en cualquier otro lugar de la Península. Su radio de acción abarca hasta el mediodía francés pero hay algo en los toros que fascina en Europa. No lo tenía muy claro hasta que un día, Alain de Benoist en un restaurante taurino en Barcelona, me dio la clave mientras se zampaba una tabla de fiambres: “Las corridas de toros están en el mundo moderno, pero no son del mundo moderno”. Y siguió con su morcón de Ávila… Los intelectuales son así, incluso en comiendo y bebiendo, te aclaran problemas. A partir de aquí era fácil elaborar una línea de comprensión sobre el fenómeno taurino.

Para los que tenemos cierta tendencia a valorar la Tradición por encima de cualquier otra cosa, la cuestión está muy clara. Lo que es “tradicional” ha existido siempre, lo que es “moderno” ha aparecido solamente en un período reciente, ¿hemos de pensar que toda la humanidad ha estado antes equivocada? Si algo es tradicional, es esencial –necesario para la vida-; si algo es “moderno”, es accidental –la vida puede desarrollarse sin eso 1y es posible prescindir de ello. Las sociedades han prescindido en la mayor parte de su historia del bidé, sin ir más lejos, pero siempre han tenido ritos. Los ritos unen a las comunidades, las afianzan, les dan un sentido y forman la expresión más auténtica de los pueblos, a través de los cuales cristaliza su identidad. Los toros son un rito. Solamente es espectáculo muy en segundo plano.

Los toros como ritual y sus huevos…

Un rito es una “operación mágica”, a través del cual se hace posible aquello que desafía a las leyes de la física. La transubstanciación generada  durante la misa, por ejemplo. Una liturgia es la forma en la que se desarrolla un rito. Rito y liturgia suelen referirse hoy al cristianismo pero, en realidad, todo movimiento religioso o con una base religiosa (del latín “religare”, volver a unir, ¿el qué? Lo físico con lo metafísico, tal es la esencia del fenómeno religioso) dispone de un ritual y de una liturgia propia.

Digámoslo ya: el origen del toreo es el viejo paganismo europeo. Su origen no es, pues, crueldad, ni violencia gratuita contra un animal indefenso, ganas de putearlo y hacerlo sufrir… sino la traslación de una visión del mundo de origen muy remoto, muy anterior al nacimiento de “lo español” y, esto es lo importante, que estuvo presente en todo nuestro ámbito étnico, antropológico y cultural. El rito de enfrentarse a un toro se encuentra a partir de la Edad del Bronce presente en muchos lugares de Europa, distantes de nuestra tierra.

¿Qué tiene el toro para que sea el centro de un ritual? Los testículos y la cornamenta ¿qué va a ser, sino? Mirad los huevos de un toro colgando y ya me diréis sino es el símbolo de la virilidad. Mirad su cuello y no os extrañará que sea el símbolo de la fuerza. Mirad sus cuernos y veréis en ellos el símbolo de la agresividad y del ataque. Ved como carga un toro contra un caballo y veréis fuerza y potencia.

En la antigua Roma, los iniciados en los misterios de Mitra, habitualmente legionarios romanos, en el momento de su iniciación en la cofradía, se situaba en una cámara oscura sobre la cual en otra sala era degollado un toro cuya sangre caía sobre el aspirante a recibir la iniciación. Era un rito de transferencia a través de la sangre por el cual la agresividad y el valor del toro pasaban al guerrero. Decía la leyenda de Mitra que éste dios venció a un toro cabalgando sobre él, cuando Mitra apuñaló al toro, su sangre cayó sobre la tierra y la fructificó (nuevo símbolo sexual, la sangre del toro, a modo de semen, fecunda a la madre tierra) de ahí que en sus representaciones iconográficas la escena de la muerte del toro mitraico en el lugar donde cae su sangre, aparecen espigas.

Hay que recordar que el mitraismo fue la religión mistérica rival del cristianismo que, en cierta medida incorporó sus temas. Uno de los grandes estudiosos del mitraismo fue Julius Evola y a sus artículos y estudios remitimos a ellos para mayores aclaraciones. Quede constancia de que la religión que ejecutaba a un toro fue la de las legiones romanas y que, antes de que el mitraismo irrumpiera en Roma, ya en el Circo, no sólo los gladiadores, sino los hijos de las familias patricias romanas (la casta guerrera) luchaban contra los uros (el toro que en otro tiempo pobló toda Europa) y lo consideraban el mayor honor en tiempos de paz.

Antes, en el mundo griego, los pueblos mediterráneos cretenses y minoicos ya “jugaban” con toros y se arriesgaban a cogerlos por los cuernos o saltar sobre ellos. Esa tradición, casi sin alteraciones ha llegado hasta nuestros días en el rito portugués de “Os forçados”, en el cual, un grupo de jóvenes se sitúa delante del toro; van provistos de un gorro frigio –el gorro de los iniciados con el que se representa a Mitra- y se sitúan ante el toro, aguantando su ataque frontar a manos descubiertas e inmovilizándolo. La tradición nos habla en el presente con ecos del ayer.

Luego, cuando irrumpieron los pueblos indo-arios, dorios y aqueos, estas tradiciones prosiguieron. La muerte del toro en el laberinto de Dédalo es otro episodio que recuerda la perennidad del mito de la muerte del toro. Estamos hablando, pues, de algo que “nos pertenece”, que pertenece a nuestro patrimonio antropológico y cultural, a nuestra identidad y que, de paso, mira por donde, es una tradición europea.
Pequeña historia del toreo

La esencia del rito taurino

Todo rito tiene un significado deliberado. En los ritos de tránsito, se amputa al adolescente de una parte de su anatomía (normalmente el prepucio o se le realiza una escarificación o un tatuaje), se le lanza a una “aventura iniciática” y, cuando ha regresado, ya se le considera “hombre”, se integra en la hermandad de los hombres y se aleja del mundo de la madre. Ayer lo hacían en las civilizaciones tradicionales: al niño africano ve como le cortan el prepucio y debe adentrarse luego en la selva para cazar a algún animal totémico. Hoy lo hacen los skins (el rapado del pelo es su “mutilación” y con la “aventura iniciática” en el estadio de fútbol contra la hinchada rival). Ya lo decía Julio Caro Baroja: “cuando se cierran las puertas a lo iniciático, lo iniciático entra por la ventana”.

¿Cuál es la función del rito taurino? Inicialmente, en las civilizaciones antiguas, el mitraismo nos ha dado la clave: muerte del toro y renacimiento del guerrero convertido en miembro de la cofradía mitraica. En el toreo actual la clave iniciática se ha perdido. El toro sigue muriendo pero el torero ignora explícitamente el por qué. Aunque no todo el sentido del rito se ha perdido.
 
En los ritos muerte-resurrección, siempre se produce una transmutación: la cualidad de la víctima propiciatoria se traslada al oficiante, esto es, al torero. Al igual que en la muerte de Cristo hay unas etapas detalladas en los misterios del rosario, también en la muerte sacrificial del toro existe el mismo proceso: tres tercios, banderillas, varas y espada. El tres es el número de la fiesta de los toros: tres tercios, tres miembros de la cuadrilla, tres pares de banderillas, y un largo etcétera. Quien esté tentado por investigar en esa dirección, le recomiendo la lectura de la primera obra de Fernando Sánchez-Dragó, “Gárgoris y Habidis” en donde se detalla todo  esto.

Algunos toreros –en realidad muchos- han sido extremadamente religiosos. Siempre, antes de ir a la plaza, en el hotel, han rezado sus oraciones. Las han vuelto a repetir en la plaza antes del paseíllo. Lo sagrado no se ha retirado completamente de las plazas de toros, simplemente se ha alterado como el Dies Natalis Solis Invictus, la fiesta de Mitra, se transformó en la Fiesta de Navidad, natalicio de Jesús.

Un rito no apto para almas sensibles


¿Qué es un símbolo? Un símbolo es la expresión sensible de una idea. La idea de la agresividad y de la virilidad, por ejemplo, se expresó a través del símbolo del toro en todas las civilizaciones tradicionales (del toro o de sus avatares: el uro, el búfalo, etc.). En las civilizaciones tradicionales, la ética del guerrero sintetizaba: “Más enemigos, más honor”, esto es, matar a una hormiga tras “dura lucha” no aporta honor, matar al más fiero de los guerreros, en cambio, sí. Matar a un toro que es, a la postre el símbolo de la virilidad guerrera, es el límite al que puede otro guerrero puede aspirar.

Las civilizaciones tradicionales indo-europeas son “estamentales” y “trifuncionales” (Dumezil lo demostró hasta la saciedad). Están organizadas en función de un principio psicológico: hay caracteres distintos y no se puede pedir a todos las mismas aptitudes y esfuerzos; existen fundamentalmente tres tipos psicológicos de caracteres. Existe gente más dotada para la meditación y la contemplación (en las sociedades tradicionales hay constancia de “órdenes religiosas” desde el segundo milenio antes de Cristo en Egipto y antes en Sumer). Existe, así mismo, gente más dotada para la acción (las “órdenes militares” que en mi opinión fueron las primeras en constituirse porque desde que el primer homínido bajó del árbol fue preciso dotarse de armas para defenderse) y, finalmente, gente más dotada para manufacturas (“gremios” cuyos miembros trabajaban con sus manos). Los ritos de cada estamento son distintos y quienes pueden “entender” la liturgia de cada rito son aquellos a quienes su psicología le hace tender hacia una de las tres formas de psicología: función productiva, función sacerdotal y función guerrera. Meditación, acción y creación son las tres vías de acceso a la realización personal de los hombres en las civilizaciones tradicionales.

El arte del toreo hasta las puertas de la modernidad siempre ha sido patrimonio de la casta guerrera. No es por casualidad que la “religión” de las legiones romanas fuera el mithraismo que situaba la muerte de un toro en su centro, ni que hasta principios del siglo XVIII se toreara solamente a caballo –hoy rejoneo-. El uso del caballo y el hacer la guerra sobre el corcel era patrimonio de la casta guerrera y, por tanto, de la aristocracia.

¿Os imagináis a un legionario del Tercio o a cualquiera de los que se han alistado voluntarios en las COE rechazar el toreo porque el “toro sufre”? Quien lleva en su sangre el combate, el enfrentamiento, la prueba de fuego, el choque de voluntades, la exaltación de la acción, no puede sino amar el toreo; es normal. Por lo mismo, quienes pertenezcan a otros grupos psicológicos o estamentos (de hecho, la gran pregunta que plantea las doctrinas tradicionales es ¿quién soy yo? ¿qué llevo dentro? ¿para qué sirvo?) tengan reacciones diferentes ante el toreo. Por eso hay taurinos y anti-taurinos y por eso los argumentos de unos y otros tienen poco que ver con la racionalidad, sino más bien con su espíritu profundo y con su ser más íntimo.

El juego del amor y de la muerte

Quizás la mejor película de Almodóvar (y en mi opinión la única que no merece ser tirada al basurero) es “Matador”, una verdadera reflexión sobre el amor sexual y la muerte, con un fondo argumental mucho más profundo e interesante que cualquier otra de sus fatuas películas posteriores. El tema de “Matador” es la fascinación que el torero experimenta por la muerte (que no es muy diferente de la que se deja traslucir  en el Tercio con aquello del “novio de la muerte”) y la mujer asesina –una encantadora Assumpta Serna- que relaciona orgasmo sexual con muerte. Algo de todo esto está presente en el toreo.

Aunque los antitaurinos lo cuestionen, son constantes las declaraciones de toreros, novilleros y rejoneadores que afirman “amar al toro”. Son muchos también quienes han expresado que durante la faena experimentan un placer similar al orgasmo. Los códigos sexuales aparecen en múltiples facetas del toreo. Se diría que el diseño de los pantalones del torero (la taleguilla) está ideado para que a cada pase, el lomo del astado friccione el pene del torero, así que no es rara esa sensación de excitación que han reconocido muchos toreros, ¿pura física? Hay algo más.

Otros toreros han resaltado que, de la misma forma, que algunos ritos religiosos implican un período de ayuno y abstinencia, ellos se abstienen de tener prácticas sexuales, incluso de masturbarse. Uno de ellos –posiblemente fuera Paco Camino, disculpad si me equivoco- decía que “el toro lo sabe” (como la mujer cuyo marido se ha ido con una amante y sin pruebas objetivas, sino por puro instinto “sabe” que ha sido engañada). El toro es el partener simbólico del torero, sin el toro, como sin la mujer, no habría posibilidades de amar y morir en el orgasmo.

Otros toreros como Manolete estuvieron fascinados literalmente por la muerte. Mataban al toro pero intuían que ellos estaban vivos y regenerados por la muerte del morlaco. Es sorprendente también que otros toreros (Dominguín) tuvieran relaciones sexuales compulsivas – no fue el único- como si hubieran desatado mediante el rito, una fuerza profunda que eran incapaces de controlar.

A partir de todo esto, extraña menos el amor con el que el torero habla del toro, y la relación con la muerte que casi resulta de la misma intensidad como la pareja que yaciendo en el acto sexual grita palabras en pleno éxtasis amoroso: “mátame”, “Me muero”, “Me matas”… Por eso, podemos afirmar que en el acto del amor está presente esa dualidad “vida – muerte”. Finalmente, la crisis del orgasmo es esa sensación de que el suelo falta bajo los pies, de abandono total, a lo que sigue la quietud, el reposo… como el de la muerte.

Esas mismas sensaciones son las que “poseen” al torero en la plaza: también él quiere vencer al toro, como el amante quiere dejar rendida a su compañera; en las grandes faenas en el ruedo, siempre se tiene la sensación indeleble de que no es el consciente ni la racionalidad lo que guía la muleta del torero, sino que éste se encuentra en un estado de éxtasis profundo. El rito termina, como  en el acto del amor carnal, con la muerte del toro (o del torero).

Las razones de los antitaurinos

Nunca he entendido la obsesión de los antitaurinos, ni mucho menos la forma de expresarse, pero no me cabe la menor duda de que tiene mucho que ver con todo esto. ¿Cómo interpretar el que Alaska no hace mucho, posara con toda su humanidad celulítica desparramada y retocada con sobredosis de Photoshop, con unas banderillas en la espalda en un posado antitaurino? ¿Qué pensar de los PETA norteamericanos protestando contra las corridas de toros desnudos? ¿O de otros antitaurinos apareciendo en el ruedo durante una corrida en el lugar más adecuado para que nadie les haga caso exponiéndose a las iras de gente que ha pagado para ver un espectáculo y que unos intemperantes importunan?

Todas estas actitudes tienen una impronta psicológica y a la vez sexual: son formas de protesta que solamente pueden ser ejercidas por masoquistas. El masoquista, en general, tiene un complejo de culpabilidad que, una vez sublimado, le hace amar su autodestrucción. No es mi problema analizar a los antitaurinos, pero me da la sensación de que muchos de ellos están como las maracas de Machín. Por eso los “taurinos” tienden a reírse y despreciar estas protestas, ante lo evidente del desorden mental de quienes gritan al público: “Asesinos, asesinos”…

Por otra parte, los toros pueden gustar o no, incluso puede ser comprensible que alguien haga de lo antitaurino una “cruzada”… pero, a partir de determinados límites y formas de expresarla, la protesta se convierte en algo extremadamente ilustrativo sobre la psicología profunda de quien la ejerce: masoquismo, exhibicionismo, animalismo, carencias afectivas, frustraciones personales, traumas, depresiones, desengaños…

Por tanto, no me pidan que me tome muy en serio los argumentos antitaurinos: ¿qué el toro sufre? Igual es verdad, serán los veterinarios quienes se pronuncien, pero su sufrimiento no será en ningún caso como el de un ser humano, por algo tan simple como que el toro carece de principio de la personalidad, mientras que el ser humano tiene sentido de su propia existencia (de hecho la “humanidad” empieza a partir de que un homínido tomara conciencia de sí mismo) y de su presencia. Me resulta incomprensible que alguien iguale el sufrimiento de un ser humano al de un animal.

Y por lo demás hay una noción que está por encima de la extensión del humanismo a los animales: la noción de jerarquía. Lo metafísico es superior a lo físico. El sufrimiento del toro, en caso de poder definirse así, sería algo físico. El arte del toreo posee, en cambio, como todo lo que es iniciático, identitario y tradicional, una metafísica que está por encima.

(c) Ernesto Milà - infokrisis - infokrisis@yahoo.es - http://infokrisis.blogia.com - Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen.

COMENTARIOS

      Tras la lectura de este excelente artículo creo que no estaría de más recordar algo que en su día escribimos:

      "En los mitos y leyendas de las diferentes tradiciones de los pueblos indoeuropeos siempre fue un tema recurrente el de la lucha de dioses o héroes contra titanes, gigantes, ciertos animales y todo tipo de monstruos.  Lucha que simbolizaba el enfrentamiento cósmico del Espíritu contra la Materia o la disputa que en el interior del hombre acaecía entre las fuerzas que tienden a llevarlo hacia lo alto y las que pretenden arrastrarlo hacia lo bajo.

      En Persia, un pueblo indoeuropeo como el iranio representó esta lid metafísica enfrentando al dios-héroe solar Mitra y al toro. El toro adquiría el papel de las  pasiones, de los bajos instintos, de la sensualidad y de la animalidad que impiden el triunfo y el imperio de la esencia divina que anida en el interior del ser humano. De este duelo mitológico salió victorioso el dios que, al matar al toro, hizo que la Luz se impusiera sobre las Tinieblas."

      Asimismo, en relación a la afirmación de Milà sobre lo enraizado de las corridas de toros en tierras como Vasconia y Cataluña, también hace un tiempo decíamos que:

     "Las fiestas taurinas están tan vetustamente arraigadas en Cataluña como en el resto de España. No olvidemos la multitud de municipios catalanes donde se celebran, en sus fiestas mayores, ´correbous´ (encierros) o tradiciones como la del toro ´embolat´ (con fuego en la punta de los cuernos gracias a una resina que se les coloca allí y que es encendida). Asimismo, anteriormente a la inmigración que llegó a Cataluña masivamente durante los años ´50 y ´60 de la pasada centuria nos encontramos con el hecho de que durante el primer tercio de dicho siglo XX Barcelona era la capital mundial del toreo, con tres plazas de toros, simultáneamente, a pleno funcionamieno y registrando llenos de asistencia: la de la Monumental, la de las Arenas y otra situada en la C/ Industria. Se toreaba, en ellas, en sesiones de mañana y tarde los domingos, jueves y, en determinadas épocas del año, se añadían (si la memoria no me falla) los lunes y, en ciertas festividades, el resto de días de la semana. Hablo de una época en que los únicos inmigrantes que había en nuestra Cataluña eran los murcianos que habían llegado a principios del citado siglo. Y, más todavía, si nos remontamos más allá en el tiempo a épocas en que absolutamente toda la población de Cataluña era, desde tiempos más que remotos, autóctona podríamos recordar que alguna revuelta popular de aquéllas conocidas como ´bullangues´ (o bullangas) arrancaron desde la plaza de toros que se hallaba situada, más o menos, donde hoy se encuentra el Passeig de Colom (Paseo de Colón), cerca del barrio de la Barceloneta. Estoy hablando del año 1.835 y estoy hablando de que tras acabar una corrida de toros en una plaza atestada de público éste salió enfierecido y empezó a incendiar conventos (el de Sta. Catalina entre otros) e iglesias a mansalva. Estas bullangas solían mezclar indignación por los precios del pan con un anticlericalismo azuzado por las logias masónicas y carbonarias que tantos seguidores tenían en la Barcelona de entonces. En el caso de ésta de 1.830 se hizo correr la voz de que unas monjas habían envenenado a unos niños con caramelos…

     Si me ha bailado algún dato se puede subsanar y obtener toda esta información consultando (para lo comentado de Barcelona como capital mundial del toreo) el libro “Los catalanes en la guerra de España”, de José María Jordana y editado por Acervo y (para lo de las bullangas) el libro “Misterios de Barcelona”, de Ernesto Milà y editado por PYRE."

Eduard Alcántara

 

 

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