Por tanto la riqueza racial o biológica de la humanidad debe ser reconocida como un factor positivo. Lamentablemente debido a los dogmas actuales, se han paralizado los estudios de antropología que habían mostrado grandes avances durante el siglo XIX. La genética contemporánea confirma por tanto la importancia de la herencia de los pueblos, como los estudios respecto de la transmisión del SIDA y de las enfermedades virales, que son diferentes dependiendo de las zonas antropológicas.

Las diferencias considerables de comportamiento entre los grupos humanos no pueden ser explicados por un azar respecto del medio, sino que por una herencia de tipo colectiva. La prueba de esto es que, transplantados sobre otro continente, en otra sociedad, estos grupos conservan una especificidad. Los negros americanos, los asio-americanos, y los euro-americanos no tienen en absoluto los mismos comportamientos sociales. A pesar de todos los esfuerzos de la sociedad americana para homogeneizar las costumbres.

El "racismo" -sería necesario por otra parte decir la alterofilia- no nace en ningún caso de el reconocimiento de las especificidades biológicas colectivas innatas, pero de su negación y de la mezcla forzada de zócalos diferentes sobre un mismo territorio.

El historiador egipcio Mohamed Fawzi en sus estudio sobre las poblaciones de Egipto aparecido en 1964 (Egyptian Peoples, Lawcester) escribe: " La ruptura entre la civilización faraónica y la civilización alejandrina, luego entre esta última y la civilización árabe y musulmana se explica en primer lugar por las mermas de población. Son las disposiciones hereditarias de los pueblos que en lo sucesivo han dominado Egipto que han conformado las formas del Estado y de la sociedad. Estas disposiciones son en parte genéticas y no pueden explicarse por los meros azares históricos o económicos como pretenden los marxistas ". En esa época, Egipto estaba bajo la influencia de la Unión Soviética. Fawti debió publicar su libro en Londres.

Aceptar las diferencias biológicas innatas entre las familias humanas no tiene nada de discriminador. Alain de Benoist ha explicado perfectamente en numerosos textos que el racismo, comprendido en su sentido actual de "pecado", está producido precisamente por el rechazo de reconocer las divergencias raciológicas de la humanidad; que el odio hacia el otro procede del rechazo a admitir su especificidad y de su voluntad de asimilarlos, en el fantasma de la reducción a lo "mismo".

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El caos étnico es una desgraciada cosa para Europa, como para todos los pueblos. Se supone que el hombre es un zombi desconectado de las leyes de la vida, que puede mezclarse sin importar cómo, según el dogma de la ideología igualitaria.

Existe una alquimia biológica humana. Se sabe que algunas mezclas no sirven para nada, ya que son incompatibles y demasiado extrañas, y que otras son positivas, porque están más próximas. Pero los estudios de antropología biológica están hoy prohibidas, en función del principio de que toda verdad subversiva debe ser reprimida. Como lo explicó en el siglo pasado Erwin Levy en una obra contra el marxismo (The Lacks of Internationalism, UPC Press, Chicago 1898) : " El efecto perverso del internacionalismo, considerado como doctrina política, es la de no reconocer más la dimensión biológica, religiosa y racial a los pueblos humanos, y por consiguiente de empobrecerlos. Esto que se reconoce para los árboles, los caballos, los múltiples organismos vivientes, esta diversidad de capacidades heredadas, se le rechaza respecto de nuestra especie. Sin embargo, el Talmud enseña que Dios creó a los hombres profundamente diferentes y que se trataba de un regalo que les había dado. El castigo divino, esto es Babel, la mezcla caótica de los pueblos, de las razas, de las lenguas.[...] La concepción hebraica del mundo y de la vida reposa sobre la idea de que todos los pueblos no son hermanos y solidarios, sino vitalmente diferentes, que no se les puede mezclar y que un pueblo humano único es imposible. No se puede abolir o mezclar las naciones sin grandes perjuicios ".

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Es conocido el eslogan: " el hombre es un animal, cierto, pero no animal". No. El hombre es un animal y nada más que un animal. La negación del hecho racial está llevado a cabo por las élites intelectuales occidentales que están confundidas respecto del mundo de lo vivo y que, en virtud de una larga tradición gnóstica (la misma que lleva a negar la evolución filogenética) considera al ser humano como una especie única, formado en bloque, por encima del reino animal y desprovisto de sus leyes.

El hecho de creer que el hombre "no es más que un animal" es una consecuencia de los dogmas religiosos de lo más diverso y de una espiritualidad mal comprendida, dualista y maniquea, que relega la dimensión biológica a un estatus inferior. El hombre, hijo de Dios, posee en sí mismo una "parcela divina". Estando aislado del resto de la naturaleza. Esto pertenece al pensamiento mágico.

Igualmente, hace falta que retorne la noción de imperativo territorial (aunque los pueblos europeos no son menos sensibles que otros), tal y como lo había defendido Robert Ardrey, Konrad Lorenz y Irenaüs Eibl-Eibelsfeldt. Incluso si un pueblo se desmembra por la conquista, debe conservar una base, una madre-patria, sin que su savia cultural se seque luego de bastantes generaciones. ¿Existe un "pueblo" americano, australiano, neozelandés? No estoy seguro. Al contrario, a pesar de las diásporas y de las conquistas, existe sin duda un pueblo árabe, un pueblo chino, un pueblo hindú. Y todo ellos simplemente porque son conscientes de poseer un espacio vital de implantación heredada, una patria-madre, un territorio de origen y de posterior declive. Esperemos que los europeos del futuro retengan la lección : el vínculo más o menos débil entre la consaguinidad global y la territorialidad es uno de los factores centrales de la historia, un factor arcaico, que la modernidad no ha podido y no podrá abolir, y que el futuro, a pesar o a causa de las comunicaciones mundiales, no hará más que fortalecer.
 
(c) Por el texto: Guillaume Faye

(c) Por la Edición Francesa: Editions de l'Aencre

(c) Por la traducción castellana: Miguel Ángel Fernández

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