En todos los medios, la falsedad y los sofismas están muy extendidos. Se finge creer que aquello a lo que hemos llegado hoy no tiene nada de excpcional y que Francia ha sido siempre un país de mezcla étnica. Salvo que, con raras excepciones, luego de la alta Edad Media, se trata siempre de pueblos antropológicamente y culturalmente europeos. 

Después de los años sesenta, estamos experimentando la llegada masiva de poblaciones étnico-biológicamente alógenas provenientes de África y de Asia. Como siempre, la ideología dominante censura el hecho étnico, el hecho antropológico, y considera de forma perversa que todos los inmigrantes son iguales.

Las cifras hablan por sí solas. En 1990, según el INSEE, el 12% de los matrimonios fueron mixtos, con un miembro "extranjero", es decir, el 95% magrebís o africanos. No se contabilizan de este porcentaje los no-europeos de nacionalidad francesa, evidentemente, ni las parejas de hecho. Se puede, según los cálculos del demógrafo americano Stanley J. Howard, doblarlas: " Hoy en Francia, las uniones interraciales representan aproximadamente un 20 % de las uniones. Es decir, cinco veces más que en nuestro país. " (en Race Survey in Modern France, National Public University of Oregon Review, n°852, diciembre 1998).  

He aquí algunas estadísticas llamativas, que obtuve del INED pero que no se hallan en la prensa, excepto en aquella que se jacta del inmigracionismo: una tercera parte de los niños que nacen tienen un pariente o abuelo inmigrante, y en una cuarta parte se trata de un africano, de un magrebí o de un asiático. Los padres alógenos nacionalizados no figuran evidentemente en lo que se declara.

En 1987, 42000 personas procedentes del Tercer Mundo han adquirido la nacionalidad francesa y 75000 por año a partir de 1993, cifra en constante aumento. Limitándonos a los matrimonios oficiales, un magrebí de cada diez (proporción enorme) se casa con una europea y -solamente- una magrebí de cada cuatro se casa con un europeo. Incluso si -evidentemente- " una pareja mixta de cada diez rompe en cinco años", según el sociólogo Gérard Neyrand, la descendencia tiene lugar.  

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En nuestra sociedad este concepto de mestizaje supone el rol de valor cardinal. Se extiende incluso a todas las actividades humanas: músicas fusionadas, fusión de culturas, fusión en la cocina, etc. El mestizaje, en todos los campos, se supone superior, por un reduccionismo dogmático, a aquel con el que se designa de "pureza" o de "obsesión por la pureza". Ya en estos tiempos, el izquierdista de moda, Guy Hocquenghem publicó un libro titulado La belleza de la raza mestiza. Pero todos los psicólogos y todos los etnólogos saben que los individuos y las poblaciones mestizas sufren de inestabilidades y de crisis interiores de identidad. 

Por otro lado, como se señala en otra parte, es erróneo pensar que la mezcla étnica o racial son el futuro del mundo. Solamente Europa (mucho más que los Estados Unidos) se encuentra al final del siglo XX enfrentando el fenómeno. El etnólogo americano Stanley J. Stuart destacó en su ensayo Racial Patterns of Latin America que las poblaciones que son psicológicamente más inestables se encuentran en América del Sur, en el Magreb, en medio Oriente, zonas de fuerte mezcla racial. 

La mezcla étnica y/o racial, tan exaltada por la ideología dominante, como la proximidad demasiado acentuada de poblaciones diferentes conducen siempre al mismo conflicto endémico, como se ve en la África negra, en la India, en los Balcanes, en el Líbano, etc. Stuart destaca también que nunca en la historia una afiliación política férrea e integradora ha podido superar las diferencias antropológicas y étnicas y tener éxito en un "mestizaje político-cultural armónica".

Hay otra realidad que la ideología dominante su guarda muy bien de mostrar. En todos los países que heredan un mestizaje estructural, como en América latina, la estratificación social se instaura en la sociedad de un modo implacable. El grado más alto se alcanza en Haití y en Brasil donde el color de la piel se corresponde exactamente con la posición social. Sociedad mestiza, sociedad racista y racialmente jerarquizada.

¿Es este el modelo que desean los republicanos?

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En la prensa popular de amplia difusión, la apología de los beneficios del mestizaje se entrecruza con júbilo y desinformación. En un largo dossier de la revista Quo (agosto de 1999) dedicado a la cuestión en la que la tendencia ideológica es difícil de adivinar, y con importantes sofismas, se muestra el mosaico étnico de Francia y la necesidad imperiosa de hacerla crecer, se podría leer, sin aspavientos: " ¿Creéis ser vosotros Normandos,  Solognes o Lorrain de pura cepa? ¡Craso error! Nosotros somos sangre mezclada. ¡Lo demostramos! "  Luego continúa un artículo desprovisto de todo rigor histórico donde se mete en el mismo saco a las inmigraciones célticas del siglo VIII A.C, a las belgas e italianas del siglo XIX y a las afromagrebís de hoy en día. En los Estados Unidos, al menos, incluso los antirracistas reconocen la particularidad racial y etnográfica respecto de los flujos inmigratorios. En Francia, país impregnado de dogmatismo sofista, el simple sentido común fracasa ante la pasión de la ideología y del etnomasoquismo.

El mito del "melting-pot" resulta muy afirmada en Europa a pesar de la evidencia y la experiencia, mucho más que en los países anglosajones, ellos mucho más pragmáticos. La ideología francesa, estructurada mucho más que la americana debido a la frenesí de la religión del pueblo, y de la celebración del caos étnico, ha contagiado desgraciadamente a sus vecinos europeos. Incluso los alemanes, terriblemente complejos, se apresuran a adoptar el derecho del suelo.

Pero los pueblos de Francia, de los cuales se burla la Francia más profunda, son bastante extraños a esta ideología de Estado y cosmopolita que subsiste en ellos. En todas las regiones, las migraciones de otros europeos no han tenido realmente problemas y las mezclas se produjeron al final de la primera generación.

Es de destacar que la integración a través de la escuela se ha llevado a cabo sin dificultad y sin ninguna excesiva criminalidad de los jóvenes inmigrantes. Los italianos en Lorraine, los polacos en el norte, los holandeses en le Poitou-Charentes, etc.. La integración ha sido espontánea. No fue por una ideológica "adhesión a un modelo republicano entonces poderoso"; tampoco por un "amor a la nación francesa": pero sobre todo simplemente por una proximidad étnica natural. Nada que ver con los inmigrantes afromagrebíes con respecto de los cuales la distancia étnica es demasiado grande.

Es en consecuencia una falsedad pretender que Francia haya sido siempre un país de mezclas y de mestizajes. Se trata mayoritariamente de mezclas inter-europeas

(c) Por el texto: Guillaume Faye

(c) Por la Edición Francesa: Editions de l'Aencre

(c) Por la traducción castellana: Miguel Ángel Fernández

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