Ahora os pareceré increíblemente utópico, tanto como aquellos que, a principios del siglo, preveían que para hacer funcionar las fábricas, no se necesitarían más máquinas pesadas de vapor que suministrasen energía a las máquinas, pero de simples enchufes eléctricos incorporadas en las paredes. Tan utópico como aquellos que creían que algo más pesado que el aire podía volar, que el papel-carbón pudiera ser reemplazado por las fotocopiadoras, que el Comunismo era solucionable en el liberalismo, y que la primera religión en Francia podría ser tal vez un día el islam.

La característica principal de la historia, es que ella misma es más surrealista que la ciencia ficción. Sobre el torrente de la historia, lo impensable es posible. Me explico. Los historiadores del futuro, digamos del año 3000, considerarían posiblemente que el mayor suceso del siglo XX, no habría sido la Primera o la Segunda Guerra Mundial, ni el comunismo y su final, ni la aviación, ni el automóvil, pero la metamorfosis -palabra más impactante que "revolución"  -de las civilizaciones humanas debido al hecho de la conjunción de la ingeniería biológica y de la informática. 

La tecnociencia es un factor histórico de una dimensión suprema. Rompe la baraja. Incluso aquellas de la geopolítica y de las capacidades genéticas innatas de los pueblos. Afecta a la espiritualidad y transforma los contenidos de la religión y de la filosofía. 

Sin entrar en detalles, sabemos actualmente que 1°) la potencia de los ordenadores se centuplicará, o incluso más desde ahora al 2020; 2°) Se establecen algunos puentes entre la ingeniería genética y la informática; 3°) La capacidad de modificación sobre el genoma (humanos, animales, plantas) sigue una progresión geométrica. 

No, nosotros no iremos a las estrellas, no colonizaremos otros planetas, u otros sistemas solares (de hecho, ¿Para qué sirve esto?, pero legaremos lo superior, y en la mayor cantidad posible: modificaremos al hombre interior. Dicho de otro modo, esto es el fin del humanismo. En bio-informática, todo corre el riesgo de hacerse posible. Desde la fabricación de quimeras (híbridos hombres-ainimales), hasta el hombre biónico (el hombre asistido por ordenador, HOA), pasando, en masa, por: la eugenesia positiva (fabricación de humanos especializados, hiperinteligentes, hiper-resistentes, hiper-guerreros, o de muy larga longevidad, etc., a elegir); clones, fabricación de híbridos medicinales suministradores de órganos o de genes de emergencia, nacimientos sin embarazos en incubadores con esporádicas programaciones fetales (granjas de cría humanas), creación de ordenadores biológicos hasta nanotecnología dotada de metainteligencia y metasensibilidad, androides del mismo tipo. Etc 


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Desde esta perspectiva, la noción de "raza" se arriesga a explotar o implosionar, a merced de los manipuladores. De hecho, el robot biotrónico X-27 de la firma Typhoone, comercializado en el año 2037, ¿De qué raza es? ¿Blanco, Negro, Asiático? No, es de la raza X-27. ¿Es esto un "hombre"? No, diréis. ¿Qué es? ¿Qué es, entonces? No se sabe. Lo que sí se sabe, es que, como había predicho Michel Foucault, el humanismo se hundirá y la noción misma de "hombre" se relativizará. Esta perturbación será un maelstrom respecto del cual la revolución neolítica y la revolución industrial habrían sido unos bailes provincianos y la revolución francesa ni siquiera un hecho.

Por primera vez en la historia humana, los discursos, sean filosóficos, metafísicos o epistemológicos, no aportarán explicaciones que tengan en cuenta o definan la acción.

Enfrentando este desafío, que toca al orden fundamental de lo vivo, que el mito griego de Prometeo había previsto, como Goethe, en su alegoría del Fausto, todas las filosofías, todas las metafísicas se desploman. El hombre se automodifica. Entra en contacto con el orden vital. Se erige en sustituto de Dios, maestro creador y organizador del universo. Martin Heidegger, él también, en su texto Frage über die Technik (La cuestión de la técnica), había predicho que la técnica iba a ser una auténtica "racionalización del mundo" y enseñó que el hombre y sobre todo la civilización greco-europea que dio lugar a esta tecnociencia, podría ser cualificado con el concepto presocrático de deinotatos, "lo que hay de más peligroso". La alegoría judía medieval del Golem, esta muñeca que toma vida y se enoja, constituye también una significativa previsión de lo que nos sucede. Esta alegoría pretende poner al hombre en guardia respecto de "no buscar la imitación de Dios" substituyéndolo como creador de la materia viviente. 
En efecto, las teologías judías, cristianas o musulmanes, parten del principio que el mundo es "creado" y separado, al contrario que el panteísmo, lo sagrado y lo profano. El hombre, en su actividad terrestre, el trabajo, pareciéndose al profano, no puede en ningún caso sustituir la acción creativa divina, ni modificar la naturaleza, obra de Dios. Para el judeo-cristianismo, el hombre puede dominarla y utilizarla como siendo inquilino, pero ciertamente no para recrear -como hará la ingeniería genética- otra naturaleza, una meta-naturaleza partiendo de la naturaleza original. En la concepción judeo-cristiana, las manipulaciones genéticas vuelven todas simplemente para repetir -aún más grave- el pecado original de Adán: el apropiamiento del conocimiento divino con el objetivo de competir él mismo con Dios, y para así negar su existencia. Es comprometerse, por el peor de los pecados, aquel del orgullo, una verdadera OPA hostil a Dios.        

El desencadenamiento previsible de las biotecnologías -que ningún "comité ético" sabría parar a escala planetaria -alcanza a esta paradoja filosófica de la asunción misma del hombre, a través de su potencia tecnocientífica, alcanza el humanismo griego y aquel del Renacimiento, y vuelve para abolir al hombre mismo y para poner punto y final al humanismo, que será en consecuencia destruido. Se trata del "retorno dialéctico" del cual hablaron justamente Hegel y Marx, y ¿No es vanidoso oponerse a él?

Las biotecnologías que vendrán, aliadas a la centuplicación de la potencia informática, van a igualmente pulverizar todas las nociones éticas. El antropocentrismo -producto del teocentrismo- de las visiones del mundo monoteístas no tendrá más razón de ser. Como lo vio Baudrillard, la genética y la informática distienden igualmente el naturalismo y la noción misma de naturaleza, pues relacionado con esto último aparece una naturaleza virtual (informática) y una meta-naturaleza (biológica), que además podrán tener la oportunidad de fusionarse.

Toda nuestra percepción de lo real, heredado del cristianismo y de el aristotelismo, va a ser alterado. Las "marionetas" de la caverna de Platón (ta aggalmata) no volverán a ser ilusiones, sueños despiertos (phantasmoï), pero alcanzarán el estatuto de presencia, de para-realidad.  

Por otro lado, este advenimiento, este desencadenamiento de la bioinformática, es conforme a las concepciones del mundo del paganismo más arcaico, como yo he intentado demostrar en mi ensayo El Arquefuturismo. En estas concepciones, el hombre es ya considerado como divino. Dios está en todas partes y en ninguna. Solamente existe el cosmos y todo es sagrado. El mundo no ha sido jamás creado por un Ser supremo, es increado, el es el mismo el Ser supremo. Desde que no existe un dominio profano, no puede existir profanadores ni profanaciones. En el chamanismo, el hombre adora los animales y se transforma, por la magia, en lobo, en búho, en serpiente, en animales míticos. Lo humano no es consustancialmente diferente al reino animal, como sucede en el augistianismo y el judeocristianismo. 

Como ya he mencionado en otra ocasión, la biología venidera introducirá el retorno de la magia. La manipulación mágica de lo vivo, su transformación, no es considerada como perversa en el antiguo paganismo chamánico de África, del Tibet, de la India o de los países celtas. La bioinformática reintroduce la sensibilidad mágica y confronta la visión naturalista y humanista, teo-antropocéntrica y racional del mundo.

Increíble paradoja: ésta es la consecuencia tecnocientífica del racionalismo griego anti-mágico que, veinticinco siglos más tarde, restablece la visión mágica del mundo. Retorno dialéctico, allí de nuevo...

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En Alemania, país de todos los tabúes ideológicos, un filósofo, Peter Sloterdijk, ha provocado un escándalo al posicionarse como "posthumanista", luego de una conferencia sobre las biotecnologías en Elmau. La revista Der Spiegel, para criticarlo, lo tituló así "Un proyecto genético: el Superhombre", adornado de estatuas de Breker, uno de los escultores del IIIer Reich. De hecho, para Stolerdijk, que no se atreve a ir más allá de su pensamiento, el humanismo ha fracasado en domesticar a la especie humana y en construir una modernidad satisfactoria; las biotecnologías, entre otras, podrán entonces  "ir hacia una reforma de las cualidades de la especie".  Ya no habrá reparo en hablar de "una tecnología antropológica, incluyendo una planificación explícita de las características humanas". Retomemos las tesis eugenistas de Carrel y de Rostand (que hablaban entonces por hablar porque en su época las tecnologías del genoma no existían), Sloterdijk se pregunta " si toda la especie humana no pasará de un fatalismo del nacimiento a un nacimiento a elección y a una selección prenatal". Toda la especie humana, lo dudo, pero ¿Por qué no una parte de  ellas? Para el, las biotecnologías permitieron "nuevas posibilidades de optimización y de selección de la especie" bastante más eficaces que las inmemoriales prácticas sociales (matrimonio, educación, castas, clases, etc). La indignación mediática de los alemanes se explica por el hecho evidente de remitirse en origen al humanismo que retoma de la concepción del mundo nacional-socialista y sobre todo porque los poderes hitlerianos practicaron la eugenesia -como por cierto los Americanos, y los escandinavos en la misma época. Pero se olvida que la eugenesia nacional-socialista no reposa más que sobre la vieja técnica de los matrimonios preferentes y de la selección fenotípica de los padres, una práctica corriente por ejemplo en numerosas familias asiáticas o indias. Pero allí se trata de otra cosa bien diferente. Las biotecnologías van a permitir una eugenesia que no va a reposar más sobre la lenta selección familiar, pero será endógena e inmediata. En una sola generación, se modificará el patrimonio genético de todo un linaje, a través de al intermediación de una técnica de "ataque directo" al genoma.

Peter Sloterdijk destroza a los bien-pensantes de lo políticamente correcto, cuando, en una entrevista en el semanario Focus, se pregunta si ha llegado la época "de intensificar el combate de los grandes criadores de hombres contra los pequeños criadores (los sacerdotes y maestros de Nietzsche) y el combate de los humanistas y de los super-humanistas, de los amigos del hombre y los amigos del superhombre".

Se sitúa sobre los pasos del pensamiento inegualitario del superhumanismo nietscheano, y vislumbra así implícitamente un "hombre natural" y un "superhombre", fabricado, que será de algún modo el Hijo del Hombre, pero que le será superior. Se piensa irresistiblemente en la muerte del Padre... Soñemos un poco: este superhombre, asistido de algunos androides biónicos, no sólo podrá servir de "padre", el hombre natural, pero crear a su vez un super-superhombre. Esto constituye una espiral sin fin, vertiginosa, que ofrece la tentación de las biotecnologías durante el siglo XXI.

Una cosa está clara: durante el momento mismo en el que la ideología igualitaria reina dominando en los espíritus, está condenado por los hechos, tanto en la economía como en la biotecnología. La tecnociencia condena el igualitarismo y todos los fundamentos del judeocristianismo. La aventura comenzada con Galileo continúa y se acelera..."Y sin embargo se mueve! "

Se estaría tentado de citar la frase del matemático Ian Malcolm sobre la novela de Michael Crighton, Jurassic Park: "Dios ha creado los dinosaurios. Dios ha matado a los dinosaurios. Dios ha creado al hombre. Dios ha matado al hombre. El hombre ha recreado a los dinosaurios. Los dinosaurios han matado al hombre".

Según el Frankfurter Allgemeine Zeitung, Sloterdijk llama a todos simplemente al fin de la "hipermoral", que reina en las sociedades occidentales. Nosotros rememoramos el mito de Prometeo, que en mi opinión ilumina el sentido de toda la civilización europea. Prometeo da el fuego a los hombres y, como castigo, los diosos celosos lo encadenan y un buitre le devora el hígado. El fuego: su dominio. La lucha del hombre griego contra los dioses, contra sus propios dioses, con el objetivo de transformarse el mismo en dios, o más bien en superhombre.

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Hará falta tiempo para que esta metamorfosis civilizacional (que los autores visionarios como Philip K. Dick fueron culpables de prever) tenga lugar, como ha hecho falta tiempo para que la electricidad se instalase en las granjas de Francia, que el fax (el "belinografo" del siglo XXI, aliado de la fotografía y del telégrafo) se impusiese o que el teléfono móvil se generalizase a máxima velocidad en los años noventa, luego de que fuese inventado en 1915 por un tal Amédée Méchin y utilizado por la artillería francesa para ajustar sus tiros durante las encarnizadas ofensivas de 1916-1918. Del mismo modo, la televisión, inventado en los años veinte, no se generalizó a gran velocidad hasta los años sesenta. El "tiempo de latencia" de la tecnociencia es larga, como toda incubación, pero luego se percibe una aceleración de las aplicaciones. Toda va a ir muy rápido, desde el comienzo del siglo XXI. 

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¿Pero en qué podrá la ingeniería genética entrar en nuestra temática sobre la colonización de Europa? Pues en que ella va rápidamente proporcionar los instrumentos artificiales para compensar y enderezar nuestra declinación demográfica y biológica. No nos atreveremos quizá a utilizarlas. Pero en todo caso existirán. 

Porque las soluciones naturalistas ya no son suficientes, ¿No será necesario contenerlos en detrimento de los procesos tecnológicos? ¿No es esto según la lógica del prometeísmo de la civilización europea, que consiste en tomar la vida y el destino a cuenta de uno mismo y quitarlas de las manos de los dioses? Bien entendido, los regímenes actuales, inmersos en el antropocentrismo y el humanitarismo antiguo, rechazarían hoy tales bosquejos de solución, considerándolos de modo comprensible (desde su punto de vista) como diabólicos. Pero, atendiendo a la presión de las circunstancias, los viejos prejuicios antropomaníacos pueden cambiar. La barbarie de hoy será probablemente la civilización de mañana como fue la de ayer, se podría responder de una manera muy arqueofuturista. 

La tecnociencia puede aportar dos clases de remedios artificiales a una declinación natural de la civilización europea y de su germen.

1°) Los nacimientos artificiales por incubadoras (sin embarazo) que permitirán enderezar la natalidad de una manera artificial ;

2°) La eugenesia positiva, aliada con la ingeniería genética y la "neo-informática" que permitirán el emerger de una nueva élite, en las que las capacidades globales compensarán la ley del número de las poblaciones demográficamente amenazadas.

Esta teoría, la dejo a vuestra perspicacia. Puede ser que sea acusado de loco, como Julio Verne, cuando predijo los submarinos y los aviones, o que mis temas no tengan más interés que los sueños de la ciencia-ficción, dignos de Philip K. Dick, de Barjavel o de Lovecraft. Pero ojo: también puede ser que no.

DE GAULLE Y LA INMIGRACIÓN

Otro de los argumentos contra la inmigración citados por Alain Peyrefitte en C'était De Gaulle, en el que el general ha podido declarar: "Respecto del plan étnico, conviene limitar el flujo de los Mediterráneos y de los orientales, que después de medio siglo han modificado profundamente la composición de la población francesa. Sin llegar a utilizar, como en Estados Unidos, el sistema rígido de cuotas, es deseable consentir la prioridad a las naturalizaciones nórdicas (belgas, luxemburgueses, suizos, holandeses, daneses, ingleses, alemanes, etc) " (junio 1945, citado por Philippe Alméras, en Retour sur le siècle, Les Cahiers de Jalle, Boston y Paris, 1999, p. 101).

(c) Por el texto: Guillaume Faye

(c) Por la Edición Francesa: Editions de l'Aencre

(c) Por la traducción castellana: Miguel Ángel Fernández

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