Como ya he explicado más arriba, la delincuencia caprichosa va acompañada de actos de agresión y de hostilidad de carácter racista. Se intenta dhacernos creer que, como en los Estados Unidos, la criminalidad importante de las "poblaciones de color" daña primeramente a estas poblaciones, y que ellos son las primeras víctimas. Y de nuevo, las proposiciones de los sociólogos de ideas huecas son desmentidos por las constataciones de los sociólogos sobre el terreno. Desde 1996 a 1998, las víctimas de la delincuencia de procedencia extranjera fueron un 80% más que de los "Franceses de origen", según una investigación respecto de la criminalidad en Europa del Board of Sociological Survey de Londres (Agosto 1999). En Gran Bretaña, la tasa es "solamente" del 50%.  

En la región de París, según las fuentes discretas de la prefectura de policía, el 50% de los autores de agresión violentos son los extranjeros clandestinos.

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La tarde del 3 de septiembre de 1999, en el A86, a la altura de Colombes, unos jóvenes afromagrebís se encontraron libres respecto de los siguientes actos: después de haber bloqueado el carril derecho mediante el empleo de bloques, se elevaron sobre un puente peatonal que sobresale sobre la autopista. Dejaron que se soltase, a la altura del parabrisas, una masa metálica suspendida por una cuerda, mientras lanzaban proyectiles mortíferas, entre ellos una lavadora, sobre los vehículos. Estos "incivismos" no eran otra cosa que intentos de matar. Por suerte, la masacre no tuvo lugar y sólo hubo que lamentar daños materiales en 14 vehículos. Es bastante evidente que esta criminalidad no está motivada por el lucro, sino por el deseo de hacer daño y de matar. Se trata única y exclusivamente de actos de guerrillas.

En las "ciudades de riesgo", después de los policías, los bomberos, los conductores de bus, en síntesis, todos los representantes de los servicios públicos franceses se llega ahora hasta las oficinas postales y a los carteros. Las oficinas postales son los últimos símbolos del Estado de Derecho que quedan aún, e incluso frecuentemente, los últimos lugares abiertos luego de que cierre el conjunto de los comercios. Sin embargo, después de 1998, se nota por todas parte un recrudecimiento en los ataques en las oficinas postales, del mismo modo que agresiones de carteros por las bandas étnicas. Ellos son incordiados de forma gratuita, se les desposee de su dinero y de todos los documentos bancarios que transportan. Durante el primer trimestre de 1999, el servicio de correos ha puesto de relieve la existencia de 170 agresiones únicamente en el departamento de Seine Saint-Denis, más de uno por día. La distribución del correo está cada vez menos asegurado. Lo que duele a los habitantes de las ciudades es que no se haya podido prevenir a los "jóvenes" de los cuales su nivel intelectual -es cierto- demasiado poco desarrollado.

Medida propuesta por el ministerio del interior: no proteger a los carteros o hacer reinar el orden (demasiado peligroso), pero " reclutar a los carteros "de procedencia ciudadana"" (Le Parisien, 15/09/1999). Dicho de otro modo, los beurs y los negros. El mismo razonamiento que para los "auxiliares de seguridad" artificialmente adjuntados a la policía nacional, casi todos descendientes de la inmigración, y de los que la eficacia queda aún por demostrar... El Estado republicano, transgrediendo sus propios principios, practica en consecuencia el reclutamiento étnico y reconoce que el problema es racial. Admite que un cartero magrebí o negro corre menos riesgo que uno Europeo.

Es en consecuencia reconocido implícitamente este hecho general. las familias magrebís o africanas no son en las ciudades y su entorno, víctimas de la violencia; solamente los europeos lo sufren.

Se replica que no hay todavía, entre las víctimas cotidianas, un cierto número de Africanos o de Magrebís. Si, pero en este caso, se trata casi siempre de reyertas entre traficantes o bandas étnicas por el control de un territorio. El enemigo común, contra el cual se reagrupa si es necesario es efectivamente el europeo.

(c) Por el texto: Guillaume Faye

(c) Por la Edición Francesa: Editions de l'Aencre

(c) Por la traducción castellana: Miguel Ángel Fernández

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