Taras congénitas de la extrema-derecha española (II de II)

Publicado: Martes, 01 de Septiembre de 2009 11:15 por Ernesto Milá en ORIENTACIONES

Infokrisis.- En la segunda parte de este pequeño artículo abordamos algunas "ligerezas" ideológicas que han caracterizado a la extrema-derecha española de ayer y de hoy. Se trata de un análisis somero, especialmente sobre los "añadidos" españoles a la doctrina fascista en el período histórico y en nuestros días. Los paralelismos pueden resultar sorprendentes. Los resultados, también.

La cuestión de las originalidades ideológicas

La lectura de buena parte de los artículos de las primeras revistas jonsistas o falangistas genera una increíble tristeza: artículos políticamente inservibles en el semanario "FE" (toda una serie sobre las ruinas romanas que ocupaba 2 páginas enteras en un revista de pocas páginas), consignas antisemitas casi primarias en "Libertad", los "Protocolos de los Sabios de Sión" publicados por Onésimo como primer libro, justo en los mismos momentos en que se confirmaba lo apócrifo del libro, las consignas exaltadas pero ingenuas y exóticas de "La Conquista del Estado" y de "JONS" loando a la "Alemania de Hitler, a la Italia de Mussolini y a la Rusia de Stalin", la justificación del mismo término "nacional-sindicalismo" como una forma de cristalización de la estrategia irrealizable de "nacionalización de las masas sindicalistas", etc., podían lograr la adhesión de jóvenes que veían en el estilo y en los rituales de la falange las pistas de lo que a ellos les exaltaba: el "fascismo español".

La ficción en la que Ramiro Ledesma se movía era la de que podía influir en la CNT con menos de un centenar de jóvenes, de los cuales muy pocos eran trabajadores manuales. Si tenemos en cuenta que en aquel momento la CNT tenía en torno a 1.200.000 afiliados, la desproporción está clara. Eso le convenció de dar a sus iniciativas una especie de orientación de "izquierda nacional"… que jamás tuvo la más mínima repercusión y que nunca fue tomada en serio ni por sindicalistas, ni por intelectuales, ni por gentes de izquierdas.

Además, las consignas sobre Hitler, Mussolini y Stalin solamente podían entenderse después de leer las publicaciones jonsistas, y especialmente las dos disgresiones de Ramiro Ledesma sobre "El destino de las Juventudes de Europa" y el "Discurso a las Juventudes de España", obras que tuvo una difusión mínima en la pre-guerra. En general, tales consignas se tomaron como puras "provocaciones" y, como tales, jamás lograron arrastrar adhesiones.

Luego vino el segundo error: seguramente la definición ideológica como "nacional-sindicalismo" traducía perfectamente la estrategia adoptada por Ramiro -"nacionalizar a las masas de la CNT"- estrategia, que hemos descrito como "irrealizable" a la vista de la desproporción de esfuerzas y de la falta de experiencia sindical de los jóvenes militantes que llegaron al "fascismo español". ¿Cómo podía despegar un "nacional-sindicalismo" sin "sindicalistas nacionales"? Se entiende perfectamente el interés de José Antonio en cerrar un acuerdo con Pestaña…

El nacional-socialismo alemán se llamó así por otras causas y no por mera estrategia: desde siempre en el área germánica había existido un "socialismo no marxista". En los últimos 10 años del siglo XIX, irrumpieron en el movimiento völkisch, tendencias "socialistas". En Alemania, en aquella época, el "socialismo" estaba entendido por parte de la población, en especial a través del movimiento de los Wandervogel como la "comunidad del pueblo", las "experiencias comunes", etc. Por eso se adoptó la idea "socialista"… que encajaba en Alemania en aquel momento.

En España, asumir el sindicalismo como ideología evidenciaba, paradójicamente, una ignorancia total de lo que era, precisamente, el sindicalismo: un movimiento reivindicativo de la clase obrera… que aspiraba a desarrollarse solamente en el terreno laboral. Seguramente nadie entre los fundadores de la Falange, ni el propio Ramiro, habían leído el "¿Qué hacer?" de Lenin ni estaban familiarizados con el sindicalismo. Su formación en este terreno debió reducirse en el mejor de los casos al descubrimiento del sindicalismo soreliano y de su mito sobre la "huelga general" que no eran precisamente los textos más habitualmente utilizados por los cenetistas españoles que preferían referirse a los textos clásicos del anarquismo, antes que al "sindicalismo revolucionario" soreliano.

¿Podeos imaginar la credibilidad del Marqués de Estella o de los sofisticados intelectuales que le rodeaban autodefiniéndose como "sindicalistas"? Realmente, la dirección de Falange Española, tanto de la madrileña como de la sevillana, no daba el perfil sindicalista, sino que era más bien su negación. Debió llegar Hedilla para que ese perfil quedara reforzado pero, aún así, la influencia del nacional-sindicalismo entre los trabajadores muy nula y así seguiría hasta que la guerra lo cambiara todo.

Los fascismos europeos crecieron más o menos según que sus representantes nacionales se identificaran más o menos con las características sociológicas de su área de influencia: Codreanu asume los rasgos religiosos compartidos por buena parte de la población rumana de la época; el fascismo italiano nace de los campos y adopta la camisa de los campesinos del sur; el nazismo asume el factor racial presente en la Alemania de la época y el antisemitismo que estaba ampliamente extendido. Por el contrario, el fascismo inglés de Mosley es una mera copia de lo ya existente, casi hollywoodiense, el fascismo francés (acaso el más sólido, en lo ideológico) oscila entre la copia servil y la búsqueda intelectual demasiado sofisticada para llegar a las masas. Se entiende que unos despegaran y otros no. De entre todos los fascismos europeos, el español es, sin duda, el que tuvo un vuelo más bajo hasta el 18 de julio de 1936.

La percepción de las "originalidades ideológicas" que hemos traído a colación nos confirman en que:

1) Un movimiento político solamente puede despegar cuando logra cristalizar el "zeitgeist", el espíritu de su tiempo, en unas consignas y líneas doctrinales que están ya, implícitamente, en la mentalidad de las masas o bien que son el producto de un trauma reciente. El movimiento solamente tiene que encarnar lo que sienten las masas para que estas lo sigan.

2) Con estrategias irrealizables y con consignas paradójicas, lo único que se logra es realizar una construcción teórico-política separada de la realidad y sin posibilidades de influir en ella.

3) Los movimientos políticos para despegar deben tener cierta coherencia: lo que dicen debe de estar en consonancia con su imagen, lo que enarbolan como consignas debe ser lo que atrae a sus militantes, sus revistas deben estar adaptadas para atraer a determinados sectores sociales. En el fascismo español lamentablemente, no encontramos mucho de todo esto, sin duda porque sus fundadores eran demasiado jóvenes y, a la postre, solamente atraían a otros más jóvenes que ellos.

De la posguerra a 2009

Si estos eran los problemas del "fascismo histórico" español, lo que ocurrió después del 18 de julio de 1936 fue una debacle que todavía hoy prosigue. Nuestra tesis es que ninguno de los problemas actuales de la extrema-derecha española (hoy no cabe hablar de neo-fascismo, y visto lo visto, los rasgos del "área" si merecen alguna calificación en la que pueda reconocerse es la de "extrema-derecha") son nuevos: estuvieron presentes en el "fascismo histórico" español y no son hoy más que una prolongación. De ahí precisamente la necesidad de asumir la "autonomía histórica", esto es, la reivindicación de que para llevar a cabo una lucha política en la actualidad, no es preciso tener un referente histórico concreto, sino más bien ser independiente y distante de cualquiera de ellos.

El 18 de julio de 1936 supuso una convulsión para toda la sociedad española y, por supuesto, para el "fascismo español" que, en la práctica desapareció: unos muertos en los campos de batalla, otros fusilados y otros sumergidos por la marea de los nuevos afiliados. La "falange histórica" termina ahí y lo que nace, a partir de ese momento, es la "falange franquista" o la "falange de Franco", salvo el pequeño grupo de Hedilla que intentará mantener la llama de la falange originaria sin resultado. Luego, a partir de los años 40 aparecerán los "falangistas disidentes" (aunque la calificación aparece sólo 25 años después, a finales de los 60).

El franquismo organizó un sistema en base a unos parámetros extraídos de la doctrina falangista: unos sindicatos verticales, un partido único, unas estructuras representativas en función de la familia, el municipio y el sindicato, a los que Franco añadió un futuro monárquico y rebajo la retórica anticapitalista de los primeros tiempos.

No es esta la línea mayoritaria del falangismo de la postguerra (falangismo franquista, no se olvide), sino la falange "disidente". Los errores siguieron presentes: para diferenciarse del "oficialismo", los "disidentes" que en los primeros años de la postguerra se habían alineado incondicionalmente a favor de las potencias del Eje, luego pasaron a insistir en la temática "social": en el sindicalismo. El peso del "sindicalismo" cada vez tuvo más fuerza entre los falangistas "disidentes"… aun cuando seguían sin tener una base obrera que permitiera desarrollarlo.

La exasperación de esta tendencia ocurrió en plena transición en el obrerismo de la Falange Auténtica (favorecido por la actividad sindical de Pedro Conde en la FASA Renault de Valladolid, que, por lo demás, fue flor de un día) y por la exótica doctrina de los Círculos José Antonio según la cual "el partido es la correa de transmisión del sindicato", verdadera inversión de la teoría leninista, sin, por supuesto, aplicación práctica y que solamente podía asumirse como boutade sin calcular exactamente sus implicaciones. Durante la transición, entre 1976 y 1979, la Falange Auténtica no consiguió estabilizar un sindicato digno de tal nombre y su "obrerismo" quedó como una buena intención sin cristalización tangible. En cuando a los Círculos José Antonio, simplemente, como era de esperar a la vista de las extrañas teorías políticas que manejaban, completamente fuera de la realidad, se fueron extinguiendo poco a poco.

Las "originalidades" del "fascismo español" de la pre-guerra siguieron estando presentes en la transición e incluso en la actualidad. Es más, los impulsos "unitarios" que se produjeron, surgieron, como en 1934 entre las JONS y la FE, como una respuesta a la crisis y a la evidente grupuscularización, no como un impulso para convertirse en un gran partido. El episodio volvió a repetirse en los años 80, cuando los Círculos José Antonio ya son inviables y van a converger con una FE-JONS en pérdida de vigor, o cuando veinte años después FE(i), muy desgastada, se integra en FE-JONS, o en la actualidad, cuando tras un rosario de escisiones desde finales de los 90, los supervivientes, conscientes de sus minúsculas dimensiones, tienden de nuevo a converger. La constante histórica desde 1934, ha sido el generar uniones para evitar desapariciones. De no haberse aproximado a FE, Ramiro era consciente de que no podría superar jamás los 200-250 activistas que le rodeaban. Pero, una vez dentro, y dado que el pacto había sido superficial, se produjo la ruptura. Parece como si en los últimos  30 años, este proceso, fotocopiado, se hubiera repetido hasta la saciedad.

Sin embargo, la desaparición de Fuerza Nueva y la pérdida de vigor de Falange, hizo en los años 80 que aparecieran espacios nuevos en el área ultra. Históricamente, los grupos "nacional-revolucionarios" que aparecieron entonces cultivaban una no disimulada simpatía hacia Ramiro Ledesma y lo siguieron cayendo en errores parecidos. El activismo desenfrenado, por ejemplo, la resolución de todos los problemas políticos mediante el recurso a la movilización callejera y al activismo frenético, verdadero trabajo de Sísifo, carente por completo de un diseño estratégico: las sobredosis tácticas, sin línea estratégica, se contrarrestan.

Esos sectores resucitaron la idea de una "izquierda nacional", logrando exactamente los mismos resultados que las JONS de la pre-guerra: agrupar a no más de 200-250 activistas en permanente renovación, sin alcanzar ningún peso político en ningún lugar de España, en ningún momento. Ya era ocioso recurrir a la "Alemania de Hitler, la Rusia de Stalin, etc.", por tanto se recurrió a exotismos diversos: aparecieron corrientes "nacional-anarquistas", "nacional-comunistas", "nacional-bolcheviques", todas con el mismo éxito, con aspiraciones a la sofisticación intelectual que apenas dejaban encubrir una pobreza teórica y una ignorancia de las constantes y las leyes de la política, simplemente pavorosa.

Finalmente, a fin de distanciarse de otros sectores de la ultraderecha (inútil el tratar de distanciarse, por ejemplo, de las juventudes del Frente Nacional piñarista (1986-1995) o de sus secuelas, simplemente porque apenas tenían presencia social), se descubrió el término "socialismo" para autodefinirse, sin caer en la cuenta de que cada día, en cada medio de comunicación, en cada página, la palabra "socialismo" estaba vinculada a una sigla (PSOE) y a unos rostros (Felipe, ZP). Tratar de convencer a la opinión pública español de que el "socialismo" que se defendía era "verdadero socialismo" era intentar vaciar el mar con un cubito playero: algo en lo que ya cayeron los falangistas disidentes de Pedro Conde, cuando les resultó completamente inútil, tras tres años de activismo desenfrenado deslindar la "falange disidente" de la "falange franquista".

Las autodefiniciones como "socialistas" no iban a tener más credibilidad que José Antonio (marqués de Estella y abogado refinado) o Ramiro Ledesma (licenciado en filosofía y letras) pudieron tener en su tiempo definiéndose como "sindicalistas", frente a una CNT con 1.200.000 afiliados y estando presente en todas las luchas sindicales de la pre-guerra.

Por lo demás, con esto del "socialismo" ocurrió como con el "descubrimiento" de Action Française en los años 30. En efecto, si la adaptación doctrinal de Maurras aparece en España cuando en Francia ya está en crisis, en España, el término "socialismo", aplicado a sectores de la extrema-derecha, llega cuando en otros países está más que superado. En 1968 oímos hablar por primera del grupo francés "Socialismo Europeen" y de la revista del mismo nombre… que se extinguieron sin pena ni gloria en los años siguientes. Cuando en 1993 aparecen en España grupos "fachas" que se reclaman del "socialismo", no hacen más que seguir la "tradición" de los 35 años de retraso en la llegada de doctrinas francesas.

Es lo que ocurre con las "originalidades", que generan "autosatisfacción", pero no hacen avanzar, ni permiten establecer estrategias: una vez repuestos de la sorpresa inicial, la sociedad deja de prestar atención a las "originalidades": "¿sindicalistas? Vale, son los fascistas de José Antonio y Ramiro", "¿Socialistas? Vale, son los fachas". Decididamente, no hay nada nuevo bajo el sol.

Una sola conclusión

Cuando en 1996, Laureano planteó la tesis de la "autonomía histórica", lo hizo de manera teórica: era preciso romper a nivel ideológico y estético con las corrientes fascistas de los años 30 y reconocer que una lucha política en la modernidad no puede inspirarse en el próximo pasado, pero le faltó definir otro punto de ruptura: porque era, sobre todo, imprescindible romper con las líneas organizativas y con las prácticas políticas del "fascismo español". Estas prácticas erróneas estaban mucho más implícitas en los movimientos del "área" a partir de los años 60, que los planteamientos ideológicos que, en realidad, interesaban a muy pocos. Era la práctica y el análisis político lo que eran necesarios reconstruir, una vez se tuviera un programa político y una justa línea estratégica. Y en eso estamos.

Aun hoy, continuamente, los errores del período histórico se reproducen. Aun hoy no existe una voluntad clara de asumir la "autonomía histórica" como única vía concebible y realista. Aún hoy, día tras día, se repiten excentricidades, originalidades, planteamientos paradójicos y, por tanto, incomprensibles.

Identificar los problemas es el primer paso para resolverlos. En estas páginas creemos haber contribuido algo a esta tarea. En síntesis lo que queremos expresar es que si la ultraderecha quiere alcanzar un nivel de eficacia razonable, similar al de otras opciones europeas, debe dejar de ser ultraderecha para convertirse en otra cosa. Contra más próximo se esté del cliché de ultraderecha que se hace la sociedad, menos se conseguirá despegar.

Tiene gracias que los 45.000 votos obtenidos por Falange Española en las elecciones de febrero de 1934 sean prácticamente los mismos en términos numéricos de las distintas candidaturas ultras obtenidas en las pasadas elecciones europeas. También en 1934 existía una crisis de la que ni Ramiro ni José Antonio, a fin de cuentas, supieron sacar partido para despegar. Tres cuartos de siglo después, todo sigue igual.

© Ernesto Milà - Infokrisis - Infokrisis@yahoo.es - http://infokrisis.globia.com - Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen

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