Uno de los cosmistas rusos más conocidos fue el físico ruso Konstantin Tsiolkovski, pionero de la astronáutica soviética. En 1903 escribió su obra La exploración del espacio cósmico por medio de los motores a reacción, primera obra científica en la que se anticipaba la posibilidad de viajar al espacio exterior mediante chetes. Sus intuiciones solamente pudieron llevarse a la práctica sesenta años después: sustitución de combustibles sólidos por líquidos, relación entre la masa de los cohetes y las posibilidades de abandonar la gravedad mediante una fórmula física, cohetes por fases, cabinas presurizadas dentro de las naves, giroscopios para el control de la altitud, formas de proteger a a los astronautas de la aceleración, etc. Tsiolkovski construyó el primer túnel aerodinámico para dirigiles y diseñó el primero de estas aeronaves. El título de una de sus obras en las que definió la importancia y posibilidades de realizar exploraciones interplanetarias sobre bases científicas, es significativo: Filosofía Cósmica. En 1919 ingresó en la Academia Socialista de Ciencias. Tsiolkovski fue uno de los cosmistas más famosos de su tiempo y la puesta en órbita del Sputnik 1 y del primer astronauta, Yuri Gagarin, se debió a sus cálculos y teorías. Gracias al cosmismo, los principios sobre los que se desarrollo la cosmonáutica soviética fueron completamente diferentes de los que nacieron en Alemania en el entorno de Werner von Braun que, finalmente, lograron colocar un hombre en la Luna.

Con Tsiolkovsky, el cosmismo deja de ser solamente una forma de filosofía particular para convertirse en una teoría científica. Es su “filosofía cósmica”, el cosmos es algo vivo y sensible: es materia, pero no sólo materia inerte, sino materia que tiene conciencia de ser tal. Su visión del mundo sostenía que la materia del cosmos es andrógina: masculina y femenina a la vez, es un compuesto inerte y material (“uno”), pero también sensible (“una”). Y toda la materia del cosmos forma una “unidad”. Tsiolkovsky había llegado al “en to pan” (todo en uno) de la filosofía hermética alejandrina a través del cosmismo de Fiodorov. El cosmos es, a la postre, una unidad orgánica y sensible.

El ser humano, por tanto, no es un proyecto acabo sino en constante evolución, de la misma forma que el ser humano actual es un ser a medio camino entre la animalidad y la excepcionalidad. Así pues el ser humano no es algo concluido, sino un “proyecto” que solamente se realizará por completo cuando logre entender su relación con la Tierra y adueñarse, por tanto, de ella. En ese momento, el ser humano tendrá la posibilidad de empezar a abordar su tarea “cósmica”. Esa etapa supondrá la madurez de la humanidad. De ahí que Tsiolkovsky dijera: “La Tierra es la cuna del hombre, el cosmos es su casa”. Así pues, el papel de la ciencia es la mejora de la evolución de la humanidad y la construcción de una sociedad más justa.

Tsiolkovsky desalló sus fórmulas y sus visiones sobre el futuro de la astronáutica no como ciencia pura, sino como instrumentos científicos al servicios de la filosofía cosmista. Para él, la exploración del espacio exterior, no era solamente una apasionante aventura científica, sino la aplicación de una filosofía en la que encontraba sus razones últimas. Lo sorprendente del pensamiento de Tsiolkovsky es que supone el último eco en el que la ciencia no tenía razón de ser en sí misma, sino era como aplicación técnica de una filosofía. A ese estadio, en Occidente, se le considera “pre-científico” y propio de épocas “pre-modernas”. En el fondo, en este terreno, el cosmismo es un eco remoto y ya casi irreconocible de las antiguas doctrinas tradicionales que dieron vida a la astrología, la magia, la alquimia, etc., antes de que nacieran la astronomía, la física  o la química, ciencias, en definitiva, que aparecen sobre las bases de las antiguas tradiciones y conocimientos específicos.

El padre de la cosmonáutica soviética aceptaba la doctrina de Fiodorov según la cual “La Tierra no es sólo un cuerpo cósmico pasivo que recibe la influencia del cosmos, sino que, por ser parte del cosmos, participa activamente en la vida del mismo, en su evolución”. Así pues, el ser humano está implicado en un sistema de equilirios en el planeta tierra, tanto en su superficie (lo que le interesaba a Vernadski), como en el mundo subterráneo (que cautivaba al siniestro Bogdanov), como en el espacio (que seducía a Tsiolkovsky). Por ello el hombre es una entidad de “naturaleza cósmica”. Salir al cosmos, al espacio exterior y conquistarlo es, pues, un síntoma de evolución. El cosmos es, además, en esta concepción, sinónimo de perfección. Tiolkovski había escrito: “en el cosmos sólo existe verdad, perfección, poder y satisfacción, dejando para lo demás tan poco, que se puede considerar como una minúscula mota de polvo negro sobre una hoja de papel blanco”. Explorar el cosmos es, pues, empararse de esta perfección, actividad que solamente podía estar en condiciones de realizar un “hombre nuevo”.

Tsiolkovski fue contemporáneo de Fiodorov y asumió la totalidad de sus ideas. En este sentido tuvo algo de místico (es decir, de pensamiento pre-científico y pre-racionalista), pero también era lo suficientemente inteligente, imaginativo y dotado del espíritu cientófico como para llevar sus intuiciones a las abstracciones matemáticas y a las ecuaciones. A fin de cuentas, la filosofía de Fiodorov implicaba un evolucionismo extremo en el que todo está en constante movimiento y progreso y en el que incluso lo inanimado encierra en sí mismo la posibilidad de albergar cierto tipo de sensibilidad y la materia inanimada puede, por lo mismo, tener vida en estado de latencia que antes o después podrá manifestarse. Fiodorov sostenía –y Tsiolkovwky lo asumía- que la evolución no era solamente un proceso biológico de escalada hacia estadios superiores de organización de la materia, sino que incluso la sociología demostraba que también en ese terreno se tendía a formas “ascendentes” de organización social, en el límite de las cuales se situaría la “comunidad de bienes”. Al llegar a ese nivel, el ser humano “administraría la Tierra” y eso le generaría la posibilidad de saltar al espacio exterior y colonizar el cosmos. La ciencia y la técnica, para Tsiolkovski, eran los recursos necesario para abordar el progreso. En este sentido la polémica sobre la neutralidad de la ciencia, Tsiolkovski y los cosmistas la cerraban diciendo que la ciencia no puede ser neutral, no puede ser utilizada tanto para el “bien” como para el “mal”, sino que solamente puede conducir al “bien” en tanto que este “bien” se identifica con el “progreso” de la humanidad. Tsiolkovski aceptaba también la tesis de Fiodorov de que la ciencia, en el límite, debía garantizar la inmortalidad y su victoria sobre la muerte debía ser algo más que un hito científico para convertirse en el signo inequívoco de que la ciencia humana había evolucionado hasta convertirse en algo, en realidad, superior a la ciencia o bien en el instrumento a través del cual la humanidad se diviniza, pues la esencia de lo divino es la superación de la muerte. Probablemente, las ideas de Tsiolkovski eran menos inquietantes que las de Bogdanov y su afición siniestra por las transfusiones de sangre o su admiración enfermiza por unos “marcianos” deformes y dotados de los rasgos que habitualmente se han concedido a Satán y al infienro, pero no eran esencialmente diferentes. No es raro, pues, que ambos terminaran en el partido bolchevique. Por si hubiera alguna duda, el propio Tsiolkovski lo había confesado explícitamente: “por naturaleza o por carácter, soy revolucionario y comunista. [creo en] los beneficios de la comuna en el sentido amplio de esta palabra”.

A pesar de la poca simpatía que Lenin tenía hacia el cosmismo y hacia los “constructores de Dios”, la capacidad científica de Tsiolkovsi, hizo que ya en vida de Lenin éste lo situara bajo la protección del Estado. Más tarde, Stalin reconoció oficialmente su aportación a la ciencia soviética y sus consignas y frases fueron convertidas en eslóganes del régimen. Éste celebró el setenta aniversario del viejo profesor homenajeándolo y concediéndose la orden de la Bandera Roja del Trabajo. Tsiolkovsky murió cosmista y bolchevique.

En 1926 fue reeditado el libro La investigación del cosmos con aparatos a reacción y en 1927 y 1929, fueron publicados los libros El cohete cósmico y Los trenes-cohetes cósmicos, escritos por Tsiolkovski, alcanzando siempre tiradas superiores a los 40.000 ejemplares. La sociedad soviética de la época experimentó, pues, una especie de interés irrefrenable por la cosmonáutica todavía balbuciente y en estadio de mera teoría. Se crearon grupos de amantes del espacio exterior, de aficionados a la astronomía que veía un cosmos al otro lado de sus ópticas que consideraban como nuestro “hábitat futuro”. Surgió también un estusiasmo creciente en los medios científicos al percibir que la exploración del espacio exterior era aceptada por el régimen soviético y no existiría contradicción –al menos en ese terreno- entre los principios del marxismo-leninismo y las ciencias aplicadas. Luego, cuando se produjo en escándalo Lysenko, cuando la genética clásica entró en contradicción con el marxismo, se vio que un científico que investigara en áreas conflictivas podía terminar en el universo concentracionario soviético. Aparecieron entonces las figuras de Kondratiuk (que en 1929 publicó un libro de título evolados: La conquista de los espacios interplanetarios en el que diseñó de manera extremadamente precisa el sistema hoy utilizado de “cohete por fases” y estableció que la Luna sería la “etapa previa” a la conquista del espacio). Más joven que él, Alexandr Chizhevski, científico, filósofo cosmista y bolchevique demostró la influencia del sol en la biosfera y en el ser humano en un intento de confirmar  la intuición de Fiodorov de que “el Todo influye en todo”, una visión holística –hoy aceptaba, por lo demás- en el que cualquier repercusión negativa en el medio ambiente, influye también negativamente en la totalidad de la vida humana y en el que la búsqueda de “equilibrios cósmicos” es esencial para garantizar la “evolución de la especie humana”. La tesis de Chizhevski era importante también por que tendía a demostrar que el “cosmos” influye en cada uno de nosotros.

Koroliov, no pudo evitar tener en un momento de su vida (en 1938) problemas con el régimen y resultó condenado a 10 años de prisión. Sin embargo, en julio de 1940 envió una larga carta a Stalin en la que explicaba que había sido víctima de un complot que pretendía impedir la continuación de sus trabajos sobre motores a reacción. Liberado en 1944 y recibido por Stalin, se convirtió en el director de la industria soviética de cohetes, siendo completamente rehabilitado en 1957 tras la puesta en órbita del Sputnik. Hoy está enterrado en las muerallas del Kremlim como máximo gesto de reconocimiento del régimen soviético.

El Sputnik 1 y la hazaña de Yuri Gagarin, primer astronauta que salió al espacio exterior, son hijos directos de estas concepciones cosmistas que demuestran que esta corriente filosófica no se había agotado sino que permanecía viva y en el tiempo. No en vano, el primer satélite artificial Sputnik se lanzó el 4 de octubre de 1957, cuarenta años después de que los bolcheviques asaltaran el Palacio de Invierno. Tsiolvoksy lo había previsto en su obra Sueños de la Tierra y el Cielo. De apenas 83 kilos y dotado de dos transmisores de racio, envio información sobre las concentraciones de electrones, temperatura y presión de la ionosfera. Sputnik significa: “compañero de viaje”, esto es, “satélite”. Su forma era esférica (a pesar de que el primer diseño era cónico, por algún motivo, se modificó: ¿acaso inspirado en la consideración platónica de que la esfera es el cuerpo sólido más perfecto –y, por tanto, en la filosofía cosmita, el más “digno” de penetrar en el espacio exterior, puro y virginal- en la medida en que todos los puntos de su superficie tienen la misma distancia del centro y que éste es a la vez, uno e infinito, pues no en vano de él parten los infinitos radios que constituyen la superficie de la esfera?). Pero hasta llegar al Sputnik, toda la industria aeroespacial soviética parecía dirigida por cosmistas y ordenada según los principios de la filosofía de Fiodorov. Es significativo, por otra parte, que el primer astronauta, Yuri Gagarin, estuviera lejanamente emparentado con Fiodorov, el cual era hijo de Fiodorov Pavel Ivanovich Gagarin.

Se ha señalado así mismo que los cosmistas atribuyeron particular importancia a las virtudes éticas y morales de los primeros astronautas. Así como en los EEUU se tendió solamente a elegir como astronautas a pilotos de pruebas, algunos de los cuales –como es el caso de Neil Amstrong, primer hombre que pisó la luna, era, lo que humanamente se puede definir como un verdadero patán y que se limitó a repetir las frases que le habían sido escritas para pronunciar cuando pisó el satélite, siendo el resto de conversaciones que no se llegaron a difundir, con su compañero, con la cápsula que orbitaba en torno a la luna y con la NASA, instrascendentes (sobre perritos calientes y asadores de carne)- a militares que encarnaban en sí mismos las cualidades cosmistas. Esto se debía, como hemos dicho, a la intuición de que un espacio “puro” solamente puede ser invadido por quienes sintonizan con él, esto es, cosmonautas igualmente “puros”. Así mismo, como en las doctrinas ocultistas que veremos a continuación, cada astronauta, tenía a su “doble” y Titov era el “doble” de Gagarin. En ambos casos se trató de fervientes y abnegados comunistas con un compotamiento ético, político y social, ejemplar. Gagarin murió en accidente de aviación, pero Titov, al desplomarse la URSS abandonó sus cargos políticos en el Ejército Soviético y en 1999 fue elegido miembro de la Duma por el Partido Comunista.

La cosmonáutica soviética encontró a Tsiolkovski como a su genial inspirador y teórico, pero otros muchos cosmistas participaron de ella y fue otro cosmista, Serguei Pavlovich Koroliov quien llevó el proyecto a la práctica. Koroliov seleccionó personalmente a la primera generación de cosmonautas soviéticos. Les decía: “Nuestro interés en el conocimiento del Universo no es un objetivo en sí mismo. No hay conocimiento por el placer del conocimiento. Nosotros nos introduciremos en el cosmos para estudiar mejor el pasado y el presente de nuestro planeta, para prever su futuro. Nosotros queremos poner los recursos y posibilidades del cosmos al servicio del ser humano, investigar otros cuerpos celestes, y sí las circunstancias lo exigen, estar preparados para poblar otros planetas”, y terminaba su arenga citando a su mentor: “Como dijo Tsiolkovskii, la conquista del cosmos nos promete montañas de pan …”.

Inicialmente, Koroliov solamente aspiraba a construir aviones a reacción hasta que conoció a Tsiolkovsky. Él mismo explica el encuentro: “como ya he dicho, tuvo una gran influencia sobre mí, [y] decidí construir sólo cohetes. Konstantin Eduardovich nos asombró, ya entonces, a todos con su fe en la posibilidad de la navegación cósmica. Cuando nos separamos yo me fui con un sólo pensamiento: volar hacia las estrellas. Con un gran respeto recuerdo al segundo de mis maestros, quien también tuvo una gran influencia sobre mí, me refiero a Fridrij Arturovich Tsander. Nunca olvidaremos sus palabras: “¡Viva el trabajo para los viajes interplanetarios al servicio de toda la humanidad! ¡Cada vez más y más alto, hacia las estrellas!”. Tsander, por supuesto, también era cosmista, fue el primero en diseñar motores de cohetes capaces de navegar por el espacio exterior. Cosmista, fue al mismo tiempo, un fervoroso comunista que se entrevistó con Lenin a quien interesó en las posibilidades de la exploración del espacio exterior y del que recibió apoyo para sus trabajos que luego, Stalin amplificó.

El hecho de que la estación espacial inicialmente soviética y luego rusa, llevara el nombre de Mir no es tampoco inocente o casual.  En lengua rusa MIR significa mundo, comunidad campesina, paz, sociedad humana, tranquilidad, silencio, conceptos todos ellos que engarzar directamente con el nudo de la filosofía cosmista. Es significativo que cuando la segunda tripulación de la MIR reemplazó a la primera, el 8 de febrero de 1987, éstos se encontraran en la estación el pan y la sal, símbolo de bienvenida en las tradiciones campesinas. Así mismo, resulto extraordinariamente significativo el que a partir de 1987 la estación espacial “se abriera” a otras nacionalidades, como si el primer intento de colonizar de manera estable el espacio exterior (la duración de la estación espacial MIR fue de 13 años y a partir de 1987 fue permanentemente ocupada por astronautas) no fuera competencia solamente de una nacionalidad (la soviética), sino de toda la humanidad con astronautas aportados por la Agencia Espacial Europea o por la NASA. Este programa “humanista” alcanzó su clímax cuando llegó a la estación MIR el primer cosmonauta afgano, Abdul Mohamed, quien al llegar a la estación abrazó el Corán y entonó una plegaria. También se incorporó durante algunos días, de manera simbólica un cosmonauta japonés, Toehiro Akiyami e incluso el español Pedro Duque participó en la coordinación de algunas de estas misiones desde la tierra.

Pero cuando esto ocurría, las ideas cosmistas apenas se conocían ya en Moscú. El régimen bolchevique había caído. La URSS había entrado en un proceso de “americanización” que duró desde 1986 hasta 1999, había perdido en poco tiempo las tradiciones culturales y filosóficas. La inteligentsia rusa dejó de mirar hacia sus propias fuentes y prefirió abrirse a “occidente”. El cosmismo resultó olvidado. Sin embargo, la doctrina cosmista encontró algunos reflejos en la ideología humanista y universalista de la UNESCO que, por lo demás, más conocida en Occidente, fue la que alimentó la transformación de la Estación Espacial MIR, en Estación Espacial Internacional. Por lo demás, tampoco había tantas diferencias… En Occidente, las mismas ideas cosmistas se habían difundido por otros canales.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahho.es – http://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este artículo sin indicar origen

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