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Infokrisis.- El autor de estas líneas tiene en su poder una foto (la que acompaña este artículo) de sí mismo a la dulce edad de cuatro años, vestido para cantar “caramelles” y, por supuesto, provisto de la tradicional  faixa y  de la no menos consabida barretina catalana. La foto tiene su gracia porque en aquella edad me dejé vestir así simplemente porque sabía que así acompañaría al primer amor de mi vida, cuyo nombre  ni recuerdo y cuyo rostro conservo solamente a través de  otras fotos. La barretina es uno de los signos de identidad de Catalunya y yo ,como catalán, en las profundidades del franquismo, allí por 1956, me fotografié, rubito como era, ejerciendo de catalán.  A partir de ahí todo se hizo cuesta arriba...

Poco después los escolapios glosaron en mi primer año en el Colegio de las Escuelas Pías de la calle Balmes, a la virgen negra de Montserrat. Nos explicaron a nosotros, pobres ingenuos, que los africanitos tenían mucha fe en aquella imagen pues, no en vano, era la “única” virgen negra… Luego, todo este mundo patriótico y regionalista empezó a caérseme encima cuando supe que, por lo menos, en Censtochowa (Polonia) había otra virgen con idénticos atributos de color. Y peor fue cuando me enteré que entre los varios cientos de tallas de color, en Madrid, dos vírgenes negras competían con la solitaria "moreneta" de Montserrat, la virgen de Atocha una de ellas. Hoy sé que hay varios cientos de vírgenes negras, algo que jamás perdonaré a los escolapios. Me lo ocultaron durante más de diez años. El "mestre Coll", profesor de música del Col, incluso me seleccionó como "escolanet" y candidato a cantar en la Escolanía de Montserrat. No había una "virgen negra", había cientos. Me indujeron a que lo creyera y cuando descubrí que me la habían metido doblada, supe que había algo en el catalanismo que a fuerza de deformar la realidad, inducía a la duda sistemática y cartesiana.

Pero siempre, pensé, me quedaría la barretina.

A decir verdad, la barretina es una especie de calcetín de lana que si se luce con gracia hasta tiene la virtud de quedar estética. A mí me quedaba bien cuando acompañaba al primer amor de mi vida, amor puro e ingenuo, único, a cantar caramelles. Para quien no lo sepa, haya perdido sus raíces o sea de más allá del Ebro, le diré que las caramelles son canciones populares, siempre ingenuas, que se cantan en Pascua  Florida por grupos de chicos jóvenes que recorren las calles acompañados de instrumentos musicales de “la terra” (el cèrcol, rigo rago, el regue-rec, el cataclinc, els bastonets, la xifra o el picanya que tampoco está mal o la gralla que no puede faltar). La gracia es que los jóvenes, mientras cantan, elevan una cesta con un bastón [véase en la foto el palo situado a la derecha] y el (o la)  destinataria de la caramella, introduce un regalo. Somos del Penedés en donde ya de esta costumbre no queda ni el folre [forro], por mucho que lograra sobrevivir al franquismo (estoy hablando de 1956) pero, desde luego no sobrevivió a la transición ni a 30 años de 5% de comisión. Después, cuando estaba más formadito como adolescente, en Sant Juliá de Vilatorta, volví a cantar las caramelles justo el día en que fui consciente de que lo mío con las mujeres iba a ser duro y largo. Allí, en efecto, conocí a la primera ricahembra de ojos profundos que hoy, cuarenta y tantos años después sigue conservándolos intactos y extremadamente expresivos, eso sí, con cuarenta quilos de más.

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Debí de superar la adolescencia, la juventud y lanzarme en plancha en la madurez bien llevada y en las canas que denotan serenidad, para saber que las caramelles eran un antiguo rito pagano que, en primavera, cantaba la resurrección de la naturaleza. Dar la noticia mediante las canciones cantadas de casa en casa, era hacerse acreedor de butifarras y demás derivados del cerdo. Era la gula, el indicativo de que Doña Cuaresma había acabado su reinado. Ese mismo día la madrina nos regalaba la “mona”, hoy un pastel insulso y remilgado y ayer austero, circular y con el huevo duro en el centro, símbolo de toda generación. La sociedad tradicional en Catalunya sobrevivió al franquismo pero no ha podido sobrevivir a la Generalitat. Por lo que recuerdo, las caramelles que cantábamos eran del tipo pedo-caca-culo, burlonas, satíricas, tirando a guarras, pero eso sí, dotadas de una ingenuidad desaparecida hoy.

Como digo, de las caramelles no queda ni el “folre”. Afortunadamente la barretina goza de buena salud.

Para un nacionalista catalán la barretina es signo primigenio de identidad. Si la barretina no se lleva empotrada en la cabeza, se lleva, al menos, grabada a fuego en el corazón. Yo tengo lo mía, la que lucí en 1956, figurando entre mis tesoros familiares (junto a un documento por el que mi tatarabuelo, indiano él, compraba tres esclavos en Cuba). De casta le viene al galgo. Y sin embargo nada tan universal, y, por tanto, tan poco catalán, como la barretina.

Lo entendí el día en que, mirando la enciclopedia del arte que mi padre había comprado vi a una figura masculina cabalgando un toro, mejor dicho apuñalando a un toro y luciendo la barretina. Yo, en aquel momento, estaba buscando simplemente esa estatuaria clásica despendolada que empezaba a indicarme –tenía ocho años– que entre hombres y mujeres existía una sutil diferencia en la parte genital y pectoral y que había algo que me atraía de las formas femeninas, aunque no tenñía muy claro qué era. Y lo que encontré fue el gorro frigio que más tarde volvería a ver como atributo de los revolucionarios franceses de 1789. No vale la pena engañarse: nuestra barretina es el gorro frigio de los "guillotinistas" franceses y el tocado de los iniciados mitríacos.

Joan Amadés, para colmo, me confirmó en lo que sospechaba: que lo que vale la pena de Catalunya es lo que es universal o, como mínimo, mediterráneo. En una librería de remate, en plena calle Condal (¿qué mejor nombre para una calle barcelonesa?) adquirí un volumen del etnógrafo catalán titulado, justamente, La Barretina. Esta obra resultó ser un facsímil del mismo ejemplar que fue publicado por el autor en 1956 (año en el que yo me desgañitaba con las caramelles en la Pascua Florida) y tirado, indicaba la edición, en 125 ejemplares. Es decir, que una obra catalana, escrita en catalán y sobre etnografía catalana, pudo publicarse en lo más oscuro del franquismo -1956, repito, cuando todavía seguías las restricciones eléctricas, los cupones de racionamiento y la huelga de tranvías se estrenó violentamente– pero sus impulsores consideraron que con 125 ejemplares tenían suficiente… y seguramente sobró alguno.

Amadés es probablemente una de las personalidades más vigorosas de la cultura catalana del siglo XX. Sobre Catalunya no se sabe nada más que lo él supo. Reconstruyó una tradición antropológica y cultural y lo hizo sin subvenciones, ni parabienes oficiales. Lo hizo, simplemente, porque amaba su Tierra. Y además, era lo suficientemente sincero como para no engañar con maximalismos exclusivistas y con grandezas inconmensurables. En sus escritos, siempre, está presente una frescura y una ingenuidad que hoy ya ha desparecido en las filas regionalistas.

Me leí en una tarde la obra de Amades. Valía la pena. Sin duda, nunca nadie ha escrito 78 páginas tan intensas y profundas sobre la barretina catalana. Mi barretina. Todo lo que pueda decirse sobre la barretina si no está en las páginas de Amades es que es falso y si está ¿para qué repetirlo de nuevo? En cuestión de antropología catalana, Amades lo es todo. A él se lo debemos todo en cuestión de barretinas.

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Sin prejuicio de que la barretina tuviera una antigüedad mucho mayor, es hacia el siglo XIV cuando consta que los catalanes se tocaban la cabeza con ella gracias a una cita de Bernet Metge en Lo Somni que indica incluso su color: “vermell”, rojo. Juan de Austria, gobernador de Catalunya, keynesiano ante litteram, fijó los precios para evitar subidas del mercado y estableció que las barretinas traídas de Nápoles, de tafetán, debían costar no más de 7 sueldos, la misma ordenanza alude también a barretinas de seda y de “llana enfortida”, lo que indica que la prenda servía igual para un roto que para un descosido.

Fijada su antigüedad, valdrá la pena decir algo sobre la fácil etimología del término. Barretina deriva de barret, sombrero y, éste a su vez de birrus que en castellano ha dado origen a birrete y en catalán ha terminado por definir a esta prenda con forma de bolsa o mejor de manga, cerrada por un extremo. Birrus, a su vez, indica en latín, y según el eminente etimólogo Meyer-Lübke, rojo o bermellón… elemento importante éste, pues el nombre no deriva de la forma ni de la función sino del color, lo que indica que éste era el verdaderamente importante y lo que imprimía carácter.

Esa etimología permite rastrear como llegó a la civilización medieval. El birrus, en Roma, era una especie de capa roja dotada de una capucha, finalmente, la capucha se independizó del resto de la pieza y el nombre de la prenda pasó solamente a determinar la capucha. Pero, andando etimologías, todavía puede viajarse más atrás en el tiempo y establecer que el término latino birrus deriva del griego pyr, equivalente a fuego. Así pues, debemos ver en la barretina algo que, originariamente, estuvo ligado al fuego. Seguramente es por esto que en el Rosellón, en los valles de Andorra y en el Urgell, no se habla de “la barretina”, sino “del barretí” atribuyéndole un “sexo” masculino, el mismo precisamente que el del fuego.

Así pues barretina define a un tipo específico de tocado, mientras que barret es el sustantivo propio de cualquier prenda que se lleve en la cabeza. También aquí la etimología puede ser utilizada como recurso: el barret es, generalmente, una barretina modificada, a la que se le colocado algún tipo de visera. De ahí que lo que en castellano se conoce como sombrero, en catalán antiguo fuera barret amb ales o en mallorquíno barret amb ventalla, por no hablar del barret amb orelles, en valenciá.

Por cierto, en toda la cuenca mediterránea aparecen nombres similares: en Niza es el barretú, en casi toda Italia hay rastros de berretta o berreto, en el Mediodía de Francia no hay dificultad en encontrar el barretín,  y el barro aplicados a las gorras infantiles, incluso alejados de la luz y del sol mediterráneos en los Alpes Grisones y en Engadine, la Suiza romanche, aparecen también barreta y barretin para describir a lo que es una simple boina. O en Tolosa donde se decía de los orgullosos y altivos que “no te puedes fiar de ellos más que de un hombre con barreto” (plus fier que un home de barreto). En la Gascuña y en el Bearn, también a la boina se le conoce como “berreta” y en toda Italia, desde el Friuli hasta Cerdeña y del Piamonte hasta Sicilia, la barretina (o derivados) aparecen en términos como barete, baretine, baretone, baretate, baretute , barreta, barreto, bertone, berrita demostrando la innata creatividad itálica, capaz de multiplicar ad infinitum el número de barretinas tanto como las variedades de pastas cocidas.

Esta excursión por las etimologías nos ha permitido también introducirnos en el “área geográfica” de expansión de la barretina que en la romanidad fue todo el Mediterráneo. En realidad, la expansión de la barretina se realiza en aquella época y quizás antes, cuando los marineros griegos empezaron a cruzar todo el  Mare Nostrum. Era Eduard Toda, diplomático y compañero de correrías infantiles en Reus junto a su amigo del alma Antoni Gaudí, viajero impenitente que llegó a disfrazarse de faraón en Egipto, masón de tomo y lomo, quien fue el primero en darse cuenta de que en todos los puertos mediterráneos y en todas las zonas costeras existía algo parecido a la barretina: siempre roja o bermellón, siempre con forma de bolsa, de entre dos y seis palmos de longitud y ocasionalmente provisto de una borla en el punto de encuentro de las tramas de la lana y cierre de la bolsa. Eduard Toda indicaba además, y la precisión es importante, que solamente en la orilla norte del Mediterráneo existieron o existen barretinas. Poco o nada en el sur. De hecho, a partir de Valencia ya es difícil encontrarlas, aunque se tiene la convicción (gracias a un Atlas del siglo XVI) que se utilizó hasta Cádiz. Nada, desde luego, en el Plus Ultra, esto es, al otro lado del Estrecho. En el Este hay rastros de barretina hasta Istria y Dalmacia y desaparece más allá del Adriático. También se le encuentra en algunas zonas del Norte de Portugal.

Esto define un espacio geográfico que, aparentemente y en parte coincide con el ámbito de expansión de la Corona de Aragón. Aunque no siempre. Las amplias barretinas utilizadas por los “forçados” portugueses, largas y con borla, en sus espectaculares suertes ante los astados, se dan sobre el Atlántico, donde Catalunya no tuvo nada que ver. La cosa es más complicada de lo que parece y todo induce a pensar que la superposición entre el área de expansión marítima de la Corona de Aragón y el área de utilización de la barretina sean casuales. Y si fuera de esta zona de expansión también se utilizaba la barretina era simplemente porque era anterior a la existencia de los Condados Catalanes.

Hay que seguir a Amades en este tema para entender que los daos que aporta son esenciales para comprender la naturaleza del problema. Después de leerlo se tiene la sensación de que la barretina es tan catalana como la ley de la gravedad o como el pino mediterráneo: están en Catalunya, pero también en cualquier otro lugar.

Los pueblos antiguos de Asia Menor utilizaban un tocado de forma cónica que aparece en numerosas esculturas y punturas, algunas de las cuales parecen estar describiendo a las actuales barretinas por su extraordinaria similitud. También en Karnac, en el antiguo Egipto y en Tebas, aparecen bajo relieves y pinturas en las que los esclavos prisioneros llevan unos capirotes puntiagudos a modo d cucurucho que los arqueólogos consideran parientes cercanos de la barretina hacia en 1.400 antes de nuestra era, es decir, hace la friolera de 3.500 años. En el famoso Obelisco Asirio de mármol negro, depositado en el British Museum hemos visto escenas de manumisión a Asiria de los pueblos tributarios. Los esclavos de Senaquerib iban tocados con este mismo capirote. Citando estos datos, Amades, menciona expresamente a Brunet i Ballet –quizás como para quitarse de encima responsabilidades– cuando éste afirma que “entre los pueblos mediterráneos que tomaron parte en la conquista de Egipto había catalanes que llevaban barretina”. Los prisioneros representados en el Obelisco Asirio, como por arte de magia, se han transformado en improbables catalanes por la magia del arte de su tocado. Como para disculparlo (Amades era antes antropólogo y folklorista que nacionalista), escribe que “el señor Brunet escribió su trabajo cuando los estudios prehistóricos en nuestra casa estaban casi vírgenes y era viable su suposición”, todo para desmentir luego al “señor Brunet”: “según la opinión de la prehistoria actual, no podían existir catalanes entre las gentes mediterraneas que tomaron parte en el fracasado intento de conquista de Egipto”. Verdad histórica restituida, pues.

Otros como Pella i Forgas ha creído que si en Catalunya ha sobrevivido la barretina mejor que en otros lugares (llegan incluso del mar a la Catalunya interior, profunda y hecha de reciedumbres y fortalezas plurimilenarias) se debió a que en aquella santa tierra hubo una influencia semita muy antigua y de intensidad muy superior a lo que se viene considerando. Catalunya sería pues para Pella i Forgas una sucursal de Fenicia y de ahí derivarían todos los rasgos del carácter catalán empezando por su espíritu comercial. El viajante de comercio catalán no sería sino el descendiente del fenicio cargado de telas que surcaba el Mediterráneo en todas dirección. Y también al ethos fenicio debería de atribuirse ese carácter catalán ahorrativo. Amades que cita también a Pella i Forgas, lo disculpa, casi dándose por ofendido: “No tenemos datos de que nuestro pueblo hubiera recibido ninguna influencia de razas de Asia Menor”.

Y después de esta última frase, Amades pone punto y aparte empezando el párrafo siguiente con la verdad unánimemente admitida:  “La opinión generalmente aceptada cree que la barretina es descendiente del antiguo gorro frigio”. Bingo. Ahora ya estamos bien situados.

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Contrariamente a lo que se tiene tendencia a pensar, el gorro frigio no era solamente un “gorro”, sino una prenda que cubría hombros y espalda fijada al cuerpo a través de cintas que se ataban bajo la barba. El hecho de que terminara en punta hacía que siempre, ésta cayera hacia delante dándole esa forma particular que está presente en los gorros frigios que acompañan a las escenas del sacrificio del toro en los cultos mitríacos. Pero hubo un antes de Mitra. El dios romano Mitra, de hecho, procedía de Persia, donde se encuentra el origen de este culto que no sería sino una derivación del zoroastrismo, culto solar por excelencia.

Es fácil realizar una analogía que lo explica todo. Un tocado de color rojo, ligeramente caído sobre la frente, es asimilable a la cresta del gallo, el animal que saluda el nacimiento del sol. De ahí que, el gorro frigio haya pasado a ser en la historia de las religiones, el “gorro de los iniciados”, aquellos que reciben mediante el acto de la iniciación, el “poder solar” que les permite recorrer el tránsito del mundo físico al metafísico. Así pues, su origen era fundamentalmente sagrado. La cosa continúa no sin cierto dramatismo en el culto a Cibeles, madre de toda una escuela de misterios.

El mito explica que Cibeles, deslumbrante y cautivadora atrajo los amores de Attis, pastorcillo de Frigia que utilizaba el gorro de los pastores de esa comarca de Asia Menor.

Atis fue castigado por esos amores. Simplemente enloqueció, sentando el precedente de todo varón que convierte a una ricahembra en objeto de su obsesión. Y puestos a hacer locuras, simplemente se castró. En Roma, las fiestas en honor a Cibeles alcanzaron las más altas cotas de desmadre obligando al Senado a tomar medidas. Los sacerdotes de Atis (los “coribantes”, se autoflegalaban con látigos hechos con tiras de piel de cabrito, alcanzaban un estado de éxtasis salvaje, en el curso del cual, frecuentemente, se castraban rememorando al semidios frigio.

Cibeles no era más que otra prefiguración simbólica de la “madre tierra”. Su nombre deriva del griego, Kybélé, “la del pelo”… Y, ya se sabe que donde hay pelo hay alegría; de ahí que el gorro frigio fuera uno de sus atributos. La diosa pertenecía al ramo de las antiguas diosas mediterráneas, desde la Gea hasta la Rea minoica, diosas telúricas y ginecocráticas, diosas de ordeno y mando, de sociedades matrilineales y de sometenimiento de la virilidad al eterno femenino. Diosa de cavernas, bosques y montañas, deidad de vida, muerte y resurrección, pero también de las murallas (de ahí que se la represente en algunas ocasiones con una corona con murallas, véase el símbolo de la República Italiana, por ejemplo), señora de las bestias y Gran Madre neolítica…

Muchas democracias han tomado a Cibeles como símbolo y han colocado su imagen o simplemente el gorro que “la del pelo” lleva asociado en sus escudos nacionales. Es evidente que se ha producido una caída en el nivel simbólico: el gorro frigio que rememoraba al gallo compañero eterno del Sol y su anunciante, esto es, reflejo de una voluntad metafísica de trascendencia se ha transformado en un mero reclamo publicitario de “la libertad”. El símbolo está presente en las iconografías de las dos primeras revoluciones burguesas: la americana y la francesa.

En esta óptica casi banal, el gorro frigio representaría la libertad y su color rojo, simplemente, la sangre que se está dispuesto a derramar para obtenerla. La Gran Madre se ha transformado en la Marianne de la República francesa, pues, no en vano se decía que el gorro frigio era utilizado por los esclavos libertos en la República Romana. Es significativo igualmente que se la represente de cuerpo entero con un timón, un saco de trigo medio derramado… símbolos del comercio, lo único que interesaba a las burguesías revolucionarias de finales del XVII. Hay que atribuir buena parte de este disparate simbólico a la masonería que, a fin de cuentas, era la expresión organizada en esa época de la burguesía revolucionaria. Cuando Eugene Delacroix pinta en 1830 su famoso cuadro “La libertad guiando al pueblo en las barricadas”, asocia definitivamente el poder republicano y laico a una imagen concreta: la Marianne revolucionaria, “la pelos”, cubierta por el gorro frigio. Hoy ha sobrevivido a cinco Repúblicas.

Afortunadamente, otra línea emanada de Persia dio origen a otro ramillete de cultos, contrarios radicalmente al de Cibeles y sus castrati, el de Mitra. Si el primero fue telúrico y ginecocrático, el segundo fue viril y patriarcal, solar, a fin de cuentas. Y esto enlazaba mejor con el gorro frio, verdadera cresta del gallo solar. Se sabe perfectamente cómo se extendió el culto mitríaco a toda la Europa Romana: a través de los legionarios que tuvieron conocimiento de él en las campañas de Oriente y que luego fueron trasladados a otras latitudes o fijados sobre un terreno en el momento de su licenciamineto, cuando el Estado les atribuyó por los servicios prestados, lotes de tierra. De ahí que se asocie continuamente el culto a Mitra con las legiones, esto es con un culto guerrero.

En tiempos de Constantino, el mitraismo y el cristianismo se disputaban la primacía espiritual en Roma. Finalmente, el Galileo logró destruir los altares paganos e interrumpir la tarea de repaganización de la romanidad con el Emperador Juliano quien con propiedad puede ser llamado “el último romano”. He hablado con tradicionalistas italianos que me han asegurado con una seriedad pasmosa que el culto a Mitra había sobrevivido en la clandestinadad y que si quería inciarme salía barato. No lo creo. Al menos no creo que haya sobrevivido como tal. Sí, en cambio, creo que la fiesta del toreo, hasta el siglo XVIII aristocrática y realizada siempre sobre montura, por tanto, propia solamente de la nobleza, como si se tratara de una montería a la peninsular, hay algo que pertenece al antiguo mitraismo. Ya he recordado que, no en vano, los forçados portugueses, portan el gorro frigio en su suerte que, a fin de cuentas, no es más que un “coger el toro por los cuernos” y que, seguramente es el último reflejo de las hermandades mitríacas en las que todo el grupo actuaba como un solo hombre… Como los admirados  forçados portugueses.

Por otra parte, las relaciones del torero con el toro denotan que van más allá del espectáculo. Existe en el arte del toreo algo tremendamente sexual. Lo han dicho muchos toreros, algunos de los cuales han confesado haberse corrido entre pase y pase. Otros te cuentan que el toro “sabe” si has estado con una mujer la noche anterior. Y más de uno y más de veintiuno han ejercido de tronchamozas obsesivos en todas las camas que se les han presentado. Sin olvidar, claro está, el atractivo que pueda tener para algunos el traje de luces de mitad para abajo. Esta misma interpretación enlaza con la escuela psiquiátrica que ve en el gorro frigio un simple símbolo fálico: está en la cabeza, tiene forma de pinganillo flácido y para colmo es rojo color de la excitación, la sexualidad y el polvo del siglo. El hecho de quien cabalga al toro, en los antiguos cultos mitríacos, porte gorro frigio y al mismo tiempo asesta puñaladas al astado hasta desangrarlo, indicaría una forma de penetración virtual. Por esto mismo, también habrá quien se crea autorizado a ver en la barretina una especie de preservativo gigantesco apto sólo para cipotones XXL.

Pero todo esto ya está fuera de lugar. Demasiadas elucubraciones para tan poca épica. Sea como fuere el gorro frigio fue adoptado por las cofradías de marineros del Mediterráneo acaso porque ya era atributo propio desde la más remota antigüedad o porque se vieran reforzadas por las fratrias mitríacas, o por ambos motivos o incluso simplemente por puro pragmatismo. En Catalunya, las relaciones comerciales fluidas a través del cauce del Llobregat, facilitaron el comercio entre la costa y el interior y, por tanto, la transmisión de objetos que resultaban prácticos, baratos, fáciles de reproducir y cómodos de llevar (los mozos de cuerda –“bastaixos de capçana”– llevaron hasta el primer tercio del siglo XX largas barretinas de cuatro y seis palmos, que les servían para amortiguar la carga que llevaban en su espalda y así puede vérseles en uno de los forjados medievales de la puerta de Santa María del Mar [la “catedral del mar” o la “sede de la peixetería”, la iglesia de los maestros constructores de Barcelona]).

El hecho de que la barretina se transmitiera en Catalunya desde la costa al interior garantizó mucho mejor su subsistencia (las poblaciones del interior suelen ser más conservadoras que las de la costa) y de ahí que un símbolo casi universal, haya pasado a ser exaltado como reflejo de la catalanidad y cimera de la identidad catalana. No había para tanto. Nuestras pesquisas siguiendo la barretina, el barrus romano, el gorro de los coribantes iniciados en los misterios de Atis y Cibeles, la firmeza de los frates mitríacos y la luz originario de la Persia indo-aria,  nos han dado la ocasión de repasar, no tanto la historia de Catalunya o la identidad catalana como la de una raza y de un pueblo por encima de fronteras nacionales y autonómicas, que quiso emular al  gallo y vincular su propia vida a la del Sol.

Y luego siempre persiste esa sensación de que el gorro frigio nos quiere decir algo mágico que parece haberse perdido en la modernidad. No en vano, los pitufos, esos dibujos animados que remedan a los genios del bosque del viejo paganismo, van tocados con el gorro frigio, a pesar de que él sea blanco y ellos azul cobalto… Es como si nos llegara de la antigüedad el reflejo remoto proyectado sobre un prisma que casi impide reconocer la luz originaria.

Yo por mi parte, me puse faixa y barretina en el lejano 1956 y  acompañé a los que eran como yo a cantar caramellas, en la Pascua Florida, justamente en el mismo día en que los iniciados en los misterios de Atis y Cibeles celebraban sus fiestas portando esos mismos gorros en el Equinoccio de Primavera. Estas son mis raíces, paganas, por supuesto.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen


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