En estos momentos le resulta imposible al gobierno conocer exactamente el número de no europeos presentes en Francia ya que ha roto el termómetro: los servicios estadísticos no tienen el derecho de formular preguntas sobre los orígenes de los habitantes. La característica de una época de declive es enmascarar precisamente ese declive, censurar a los que anuncian la catástrofe. O bien negar las cifras -lo que ya no es posible-, o bien, de manera cada vez más frecuente, se pretende que este maelström étnico y demográfico no es peligroso, que provoca miedos injustificados, "fantasmas". Por dejadez intelectualista, se niega la realidad, o más bien sus consecuencias.

"Los psiquiatras coinciden en estimar que se tiene miedo de aquello que no se conoce" escribe Véziane de Vézin (La Figaró, 01/04/1999). Lo que, en realidad, hacen esos psiquiatras es exorcizar la realidad; hasta el momento en que lo real atrape a todo el mundo. La misma Véziane de Vézin deplora las "imposibilidades fijadas por el INSEE para conocer exactamente el origen de las personas en el curso de los censos".

La doctrina oficial es pues que el gobierno y sobre todo el pueblo no deben conocer las cifras reales de la inmigración ni la amplitud de la colonización étnica. Desgraciadamente para ellos, el espectáculo de la calle, de la salida de las escuelas, de las tasas de criminalidad entre los inmigrantes informa al pueblo mucho de manera mucho más certera que las intenciones tranquilizadoras de la clase político-mediática. Esta susurra: "Controlamos la situación. La policía vigila. La integración se produce, por las buenas o por las malas, pero se produce. Todo va bien. Los flujos están controlados". Desgraciadamente, todo esto es falso. Una colonización salvaje está en curso. Estamos en Roma en el siglo III y no lo sabemos aún. En el curso del censo de población de 1999, el INSEE ha optado por excluir a los inmigrantes.Fue excluido del formulario de preguntas la relativa al origen étnico y a la religión. Se contentaron con una "encuesta asociada", sobre el origen de los padres sondeando solamente a una persona sobre cien y por departamento. Max Clos escribía en Le Figaro (05/03/1999): "Un sociólogo ha explicado que atraer la atención sobre los caracteres étnicos o religiosos de una ciudad corre el riesgo de provocar reacciones racistas. La población podría están tentada de relacionar la población de origen magrebí o africano con la inseguridad". Como si "la población" no se diera cuenta por sí misma de la realidad que corre en las calles… Otro bonito ejemplo del desprecio hacia el pueblo y del desprecio a la famosa transparencia democrática por el poder.

Para que el enfermo no conozca si está con fiebre se opta por romper el termómetro. Ya que el poder niega que la inmigración sea un cataclismo social y sea en realidad una colonización de población, hace como si la inmigración no existiera. Esta maquinación sería incomprensible en los países anglosajones, donde no existe tal tabú étnico y donde todos los censos precisan cuidadosamente el origen nacional y racial y la pertenencia religiosa de los individuos.

Michèle Tribalat, director de investigaciones del Instituto Nacional de Estudios Demográficos, que protestaba contra esta censura, se ha visto acusado de "deriva extremista" porque pensaba que era necesario conocer el número aproximado de magrebís y africanos que viven en Francia. Explicaba ingenuamente, a pesar de no tener nada de cripto-fascista, que "sin embargo, es el único medio de poder aprehender los guetos en algunos barrios, poder estudiar las eventuales discriminaciones en el empleo o en cualquier otra actividad". Bueno… esta alma cándida anti-racista termina siendo considerado como racista simplemente porque quiere "saber".

Hervé Le Bras, demógrafo próximo a Claude Allègre ha acusado al FINED de "deriva derechista", mientras que el Instituto está formado notoriamente por investigadores de izquierda. Ha denunciado "un riesgo de discriminación en el censo si se tienen en cuenta los orígenes étnicos". La falsa moral se superpone siempre a la realidad.

Una colonización "por lo bajo", muy diferente del antiguo colonialismo europeo

No soy yo quien ha inventado el término "colonización", diciendo que no se trata de una inmigración en el sentido clásico sino de una ocupación definitiva de nuestro suelo por masas que se desplazan por razones económicas pero también por motivos políticos y étnicos de conquista. Existen analistas lúcidos que perciben el problema. Jean-Claude Barreau, por ejemplo (en De l'islam et du monde moderne y La France va-t-elle disparaître?) recuerda que todos estos inmigrantes, legales o clandestinos, que llegan a Europa y se reproducen conservan sus costumbres, su religión, su lengua y la memoria histórica, "no son inmigrantes sino colonos". Christian Jelen en Les casseurs de la République mantiene el mismo planteamiento. Ninguno, desgraciadamente aborda el problema absolutamente central del "caos étnico", mucho más importante que el del "consenso republicano", del que hablaré en uno de los capítulos de este ensayo. Pero, finalmente, algunos tienen el valor de dar la voz de alarma: nos están colonizando. Thierry Desjardin, amigo de Chirac, poco sospechoso de racismo, escribía en su Lettre au Président à propos de l'immigration, que fue cuidadosamente ocultada por los medios de comunicación de masas bienpensantes: "Este "jodido" problema va a ser el problema esencial de los próximos años, no hay que hacerse muchas ilusiones: hay decenas de millones de pobres gentes en el Tercer Mundo que van a preferir correr el riesgo de venir a nuestra casa antes que morirse de hambre en la suya".

Frente a este problema, los partidos mayoritarios han propuesto "ayudar" a los países exportadores de inmigrantes para que estén en condiciones de retenerlos en su territorio. ¡Aquí está la contradicción!: para regular los flujos migratorios, algunos bienpensantes proponen utilizar el arma económica del neocoloniamo, que ellos denostaban hace algunos años.

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Retorno del garrote: Europa está en estos momentos colonizada por aquellos que ella había colonizado antes. Pero las dos colonizaciones son de una naturaleza diametralmente opuesta. El colonialismo europeo era una "colonización por lo alto"; nuestra colonización por el Tercer Mundo es una "colonización por lo bajo". El colonialismo europeo había sido una empresa de civilización, la colonización de Europa es una empresa de descivilización.

Es preciso inicialmente acabar con el sacrosanto cliché según el cual el colonialismo europeo habría sido un "pillaje", un pecado histórico, una empresa de destrucción de "culturas eminentes", etc. En realidad, el colonialismo europeo ha sido beneficioso para el Tercer Mundo y su balance ha sido negativo para Europa.

Con esa ligereza y ese angelismo propio de la mentalidad europea, acentuados por la mística del Progreso y de la Misión Civilizadora, como Prometeo hemos dado el fuego a pueblos que no lo poseían. No hemos destruido en absoluto culturas tal como pretenden los defensores, en el fondo rousseaunianos y adeptos al mito del buen salvaje y del etnopluralismo, sean de izquierdas o de derechas. Tras el paso de los europeos, las culturas árabes, indias, chinas, africanas, etc. ¿han sido arrasadas? En absoluto. Siguen siendo vivaces y mucho menos occidentalizadas y americanizadas que las desgraciadas culturas europeas.

El colonialismo europeo no nos ha reportado ningún beneficio económico en relación a sus costes. Se ha hablado de "pillaje", de explotación de sus materias primas: pero estos pueblos eran incapaces técnicamente de explotarlas ellos mismos. Hoy, por ejemplo, las royalties giradas a todos los países petroleros del Tercer Mundo descansan completamente sobre la capacidad, el trabajo, las inversiones de europeos y americanos. Lo que les ofrecemos es una renta.

De forma general, la pauperización de los países del Sur no es una consecuencia del colonialismo o del neocolonialismo sino de su inmensa incapacidad para asumir su destino, incluso cuando poseen inmensas fuentes de recursos naturales. En otro tiempo llegué a pensar que el colonialismo europeo era cínicamente responsable, a causa de una tendencia al beneficio y a la explotación, de la depauperación del Tercer Mundo. Era una visión intelectualista que he abandonado.

El colonialismo ha girado contra nosotros como un boomerang. Hemos fallado, no por afán de lucro, sino por ingenuidad, universalismo, por exceso de generosidad más planteada, queriendo exporta por todas partes nuestra civilización hacia pueblos que no podían adoptarla. Ofreciendo nuestras técnicas sanitaria, hemos logrado que descendiera la tasa de mortalidad y hemos conseguido que la demografía de esos países estallara. Hemos aportado nuestras tecnologías, les hemos construido sus infraestructuras. Fue un grave error que hoy estamos pagando. Volveré más adelante sobre este punto: el error del europeo es ese gusto por las donaciones que se explica a la vez mediante la ideología caritativa cristiana y por su naturaleza propio del ingenuo que no alberga desconfianza. Los antiguos pueblos colonizados, con raras excepciones, nunca han realizado ningún reconocimiento a las aportaciones del colonialismo europeo.

El interés puesto por los franceses en Argelia, por ejemplo, no estaba motivada por un deseo de explotación ("hacer sudar al burnous"), sino por la ingenua voluntad de "exportar la civilización". El Bachaga Boualem lo ha reconocido. Escuelas, dispensarios, maternidades, cultivos de amplios territorios agrícolas que los indígenas eran incapaces de explotar, infraestructuras: todas estas difíciles empresas no sólo no han destruido la cultura de estos pueblos, sino que les han puesto el pie en el estribo, han dinamizado su demografía y les han dado acceso a la técnica europea. Hoy, los graves desórdenes que agitan Argelia se deben únicamente a su propia responsabilidad. Este país, como tantos otros, es constantemente asistido financieramente por Europa, de la misma forma que alegremente asistimos económicamente a la comunidad argelina instalada en Francia. De todos estos países afro-magrebíes que hemos tenido la desgracia de colonizar "por lo alto", aquellos a los que hemos aportado más beneficios, no hemos recogido más que resentimiento y odio. Funcionan según la mentalidad de la muerte del padre.

Y ahora nos colonizan "por lo bajo". Su llegada masiva  es para nosotros un factor global de debilitamiento y servidumbre, mientras que nosotros hemos sido para ellos un factor de reforzamiento a largo plazo. Para nosotros la mala conciencia y la culpabilización, para ellos la buena conciencia y la des-responsabilización.

Pero los europeos son responsables de los que les sucede. Nos hemos equivocado al creer en una civilización universal y querer convertirlos masivamente a nuestras visiones del mundo. Los romanos cometieron el mismo error. Terminaron por ser sumergidos por aquellos a los que quisieron romanizar. Es la tragedia de todo universalismo. Hoy, pagamos nuestros propios errores: les dejamos invadirnos, creyendo que nos aportarán sus dones, mientras que no nos traen más que sus propios desórdenes. La ligereza prometeica aliada con la caridad cristiana, tal es la tragedia del espíritu europeo. Médicos sin Fronteras, el "derecho de ingerencia", Amnesty International son ilustraciones de esta continuación del catastrófico colonialismo europeo. Se interesan antes por la suerte de los otros que por la suya propia. Se ha olvidado aquel proverbio medieval: "golpea al villano y te ungirá; unge al villano y te golpeará".

El inmigracionismo de los politicastros

Más aún que los gobiernos de derechas que, siendo Giscard presidente y Chirac primer ministro, inventaron el catastrófico concepto de "reagrupación familiar", los gobiernos de izquierda dan muestras de un verdadero frenesí inmigracionista. Sin que ningún motivo serio pueda ser invocado, el ministro de Interior, Jean-Pierre Chevènement deseó, en 1999, ¡elevar de 50.000 a 200.000 el número de visados concedidos anualmente para los argelinos¡ Se sabe que en su inmensa mayoría jamás vuelven a residir en su país de origen. Así se organiza a sabiendas el hecho de que Francia se haya convertido en el vertedero de África del Norte.

El 8 de julio de 1999, el mismo Chevènement, en un decreto discreto, ha facilitado y extendido la reagrupación familias, es decir la llegada a Francia de familias extranjeras para residir.  Incluso Claude Coasguen, una de las figuras de pro de la Democracia Liberal, ha calificado a esta medida de "irresponsable y que suscitará numerosos fraudes", mientras se faciliten las condiciones para obtener una tarjeta de residente. Este diputado parisino prosigue: "Ya han aparecido problemas con los ilegales, nosotros vamos ahora a generar problemas con los extranjeros con papeles" (Le Figaro, 11/07/1999). Además, adoleciendo de falta de medios y de efectivos suplementarios, la Oficina de Migraciones Internacionales se muestra incapaz de controlar seriamente las entradas. Jean-Pierre Chevènement, violando el artículo 45 de la ley que lleva su nombre, rechazó publicar el número de cartas de residencia entregadas a extranjeros en los años 1997 y 1998… empleando una vez más la conocida técnica de romper el termómetro antes que reconocer la existencia de la enfermedad.

Sin embargo, el Ministerio de Asuntos Sociales ha publicado una cifra: de junio a diciembre de 1997, se ha constatado un alza del 37% de las cartas de residencia entregadas. A los inmigrantes clandestinos, casi inexpulsables se añade el flujo de verdaderas y falsas reagrupaciones familiares, los seudo-refugiados políticos y los flujos de estudiantes. Así, por efecto acumulado de las entradas clandestinas, de las entradas legales y de los nacimientos, la masa de población afro-magrebí (de los que todos los jóvenes resultarán un día naturalizados) crece a considerable velocidad.

¿Cuál es la motivación de los socialistas para animar y acelerar esta política suicida? Primeramente el dogma cosmopolita y universalista de la República Francesa, inspirado en el eslogan: "Todo hombre tiene dos patrias, la suya y Francia". Señalemos la ingenua creencia del PS de que los inmigrados serán sus electores y que les permitirán permanecer eternamente en el poder. Mientras que el día en que los inmigrantes voten en masa, lo harán por sus propios partidos y a sus propios líderes, probablemente islamistas.

Es preciso hablar también de esta especie de vértigo moral que embarga al político de izquierdas: para obtener el marchamo de antirracista y humanista (ya que no quiere ser tildado de social u obrerista y aún menos de "populista"), debe imperativamente favorecer la inmigración. Se aferra al dogma de "la inmigración, una oportunidad para Francia"… ¿Lo sigue creyendo?

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Hasta los años 70, parecía creer que los inmigrantes no eran más que una mano de obra de apoyo que no permanecería mucho tiempo y "volvería a su país" una vez hubiera hecho algo de fortuna. Raymond Barre inventó la angélica y tecnocrática idea de la "ayuda al retorno". Se les paga para que regresen. Luego, se encuentra interesante la idea de "co-desarrollo": gracias a nuestras ayudas masivas y a nuestros préstamos, creamos empleo en los países exportadores de inmigrantes, a fin de anclarlos allí. Durante el tiempo en el que pertenecí a la Nouvelle Droite sucumbí a esta ilusión. Lamentablemente, la idea del retorno, tanto como la del co-desarrollo, sin impracticables económica y psicológicamente. Primeramente, porque no se puede "ayudar" eternamente, asistir a un país mediante préstamos (jamás reembolsados= para que artificialmente cree empleos; luego porque los inmigrantes no quieren en ningún caso retornos a su país. Piensan como colonizadores en establecer definitivamente a sus familias. La mayoría de los que han percibido las ayudas al retorno han regresado de nuevo a Francia.

Aprovechan la extraordinaria debilidad de los gobiernos europeos, culpabilizados y acomplejados, para instalarse con toda impunidad. La reagrupación familiar de Giscard es el ejemplo incluso de una medida humanitaria poco reflexiva; y, sin embargo, éste último denunciaba algunos años después en Le Figaro Magazine una "invasión" ¡que él mismo había programado! Ante el revuelo provocado por sus manifestaciones, el antiguo presidente se perdió en confusas justificaciones. Al igual que más tarde Chirac -que, por su parte, había defendido la reagrupación familiar mientras fue Primer ministro- con su famosa frasecita sobre "los ruidos y los olores" de los inmigrantes. Tal pusilanimidad deja perplejos.

"El gobierno, de hecho, ha abandonado toda pretensión de regular los flujos migratorios, en beneficios de la mera gestión de los recién llegados, aparecidos fuera de cualquier voluntad política", escribe Ivan Rioufol (Le Figaro, 01/04/1999). Sin embargo, en la mayor parte de los países del mundo, las medidas de control de la inmigración son por todas partes mucho más duras que las medidas pretendidamente "fascistas" preconizadas por el Front National. Los inmigrantes no son considerados como colonos definitivos, ni como huéspedes refugiados acogidos en nombre de la religión de los derechos humanos, sino como visitantes provisionales. La mayor parte de los países del mundo consideran que su homogeneidad étnica es su bien más preciado; sus leyes sobre la inmigración no contravienen en nada al derecho internacional público y nadie les acusaría de practicar la "preferencia nacional" y las expulsiones de los clandestinos. Mientras que si un país europeo practicara claramente estas medidas, sería, por una especie de discriminación moral, situado al margen de la humanidad. 

La derecha, por su parte, copada por el fatalismo y la demagogia, admite las cosas como hechos consumados, algo que para ella resulta una tradición, maquillando las dimisiones como si se tratara de victorias. Charles Pasqua, devolviendo su banda de ministro del interior, se decía partidario en mayo de 1999 de la regularización masiva de clandestinos. François Bayrou, en agosto de 1999 defendía un "nuevo humanismo integral" según la expresión temerosa de la peor de las lenguas de algodón, mientras que Nicolás Sarzoky, recuperando una fórmula de los trotskistas de SOS Racismo, tras hacerse heraldo de una "derecha moderada y generosa", lanzaba la idea de "una Francia multicolor, la de los franceses diversos, múltiples, diferentes". Europa tiene el deber de ser una "tierra de acogida", deber que escapa a los demás pueblos. Armados de mucho más buen sentido que los europeos, los demás países del mundo saben perfectamente que las sociedades multi-etnicas y multi-raciales poseen problemas insuperables. Ante un aumento inquietante de la inmigración asiática, el gobierno de Arabia Saudí "ha reforzado la política de "saudización" de los empleos, que consiste en despedir al 90% de los extranjeros […] y reemplazarlos por saudíes. El sector privado, por su parte, ha sido obligado a seguir esta tendencia. El personal de cada empresa debe comprender más del 80% de suadíes" (Al Quds Al-Arabi, 14/01/1999). Amnesty International no ha tenido nada que decir, como tampoco este editorial del Soleil, diario de Dakar, bajo la pluma de Ousmane Sembé (05/06/1998): "las es expulsiones de clandestinos que viven sobre la carne del país no tienen nada que ver con ningún debate moral, sino sólo con la aplicación de las leyes ". En toda África, negra o magrebí, la inmigración masiva y definitiva es impensable. En la inmensa mayoría de los países musulmanes, la unión de una mahometana con un europeo -incluso sin casamiento- es prácticamente imposible. Ninguna alma cándida, política o intelectual, en Occidente, lo lamenta. En Irán, los matrimonios mixtos están prohibidos: la situación de colonización étnica masiva que sufre hoy Europa parecería impensable en cualquier otra parte del mundo. Europa aparece así, en el mundo entero, como una tierra abierta, cuya clase política admite casi unánimemente que las reglas de preservación territorial no se apliquen a su continente.

El círculo vicioso de las regularizaciones

Las oleadas de regularizaciones de clandestinos a las que ceden los países europeos, bajo presión de los lobis inmigracionistas y para evitar las acusaciones de "racismo", ni siquiera permiten "blanquear" -y no se trata de un nuevo de palabras- las cifras de alógenos. Son una señal para los innumerables candidatos a la inmigración en Europa y son también una bomba aspiradora suplementaria. Las regularizaciones, como un círculo vicioso, animan y aumentan aún la llegada de nuevos clandestinos que, a su vez, pedirán ser regularizados. Georges Tapinos, profesor en la IEP de París señala: "La inmigración irregular es un fenómeno continuo y dinámico, que no se detendrá bajo pretexto de que las regularizaciones. En los EEUU, tres millones de ilegales han sido regularizados en 1986 y hoy (1999) se estima que el número de ilegales vuelve a ser de tres millones".

Las "regularizaciones" son una terrible regalo a los inmigrantes alógenos. En noviembre de 1998, picado por el mosquito del humanitarismo, el gobierno italiano decidió regularizar a 38.000 clandestinos. Se produjo entonces un flujo increíble de clandestinos que vivían en Francia hacia Italia beneficiados por la posibilidad de circular libremente por el espacio Shengen europeo. Pero fue también un estímulo, por el efecto de boca a oreja o del "teléfono árabe", para todos los que vienen de Pakistán, de Marruecos y de África negra… Las "regularizaciones" lanzan un mensaje al mundo entero: "Europa es Eldorado, Podéis venir, no hay problemas".

Dicho de otra manera, las regularizaciones, contrariamente al objetivo buscado, no hacen descender el número de ilegales, sino que, simplemente, lo aumental. Según dos mecanismo: nuevos ilegales son incitados a la partida a causa de la mansedumbre de los países de acogida; y las regularizaciones forman "comunidades de acogida seguras" para sus compatriotas.

En 1997, según una estimación del Ministerio del Interior, 100.000 extranjeros en situación irregular vivían en Francia. Habida cuenta de la minimización de los datos estadísticos conflictivos, esta cifra puede multiplicarse fácilmente por dos. En el momento en que se aplicaron las medidas Jospin-Chevènement que supusieron la regularización masiva de finales de 1998, 143.000 ilegales decidieron "salir del armario". Se notará que los 43.000 cuya legalización fue rechazada continuaron viviendo en Francia tranquilamente sin ningún riesgo de expulsión. Circulares administrativas (ilegales) prohibían en efecto la detención de los rechazados. Ya, en 1982, 132.000 habían sido realizadas sobre las 145.000 presentadas. Fue la primera y la última vez..

Las regularizaciones de la última ola Jospin vienen en su mayor parte de África y del Magreb. Se experimentó un crecimiento de los asiáticos (8.000 chinos, 1.700 procedentes de Sri Lanka, 1.900 filipinos, 1.500 paquistaníes) que no procedían de antiguas colonias francesas. Los flujos de entrada se mundializan. Los únicos regularizados de origen europeo eran 190 rusos.

Uno de los criterios del 75% de las regularizaciones de clandestinos ha sido la "presencia de lazos familiares en Francia", lo que ha favorecido a los magrebís y a los negros africanos: así los miembros (verdaderos o presuntos) de familias de inmigrantes legales que residentes en Francia tienen todo el interés en venir e instalarse clandestinamente. Esta noción de "lazo familiar" es, por otra parte, muy elástico. En torno a 20.000 ilegales han sido regularizados porque eran padres de hijos nacidos en Francia y, por tanto, franceses; 10.000 por que se habían casado con una persona en situación regular (sin que el matrimonio fuera rechazado), etc. 16.500 eran "solteros" y han sido regularizados por que "tenían un trabajo regular". Dicho de otra manera: un "trabajo negro regular"… La ley, bonita muchacha, es cada vez violada con más frecuencia.

Un ciudadano musulmán de Malí que llega clandestinamente a Francia con dos concubinas y seis hijos y "esposa" a una tercera mujer (regularizada o francesa), teniendo con ella varios hijos, será beneficiario de importantes ayudas familiares y será finalmente regularizado ya que su "esposa" está legalizada y que sus hijos tenidos con ella son franceses en virtud del derecho de suelo.

Una pareja procedente de Sri-Lanka o marroquí que llega clandestinamente a Francia con tres hijos y que tiene otro más (ya francés) recibirá un subsidio familiar, cobrará la "renta de inserción", escolarizará gratuitamente a sus hijos y tendrá todas las posibilidades de ser finalmente regularizada.

La bomba aspiradora funciona a pleno rendimiento. Resulta inútil precisas que estas regularizaciones, operadas por circulares administrativas, son ilegales y antidemocráticas, ya que constituyen medidas arbitrarias que derogan la ley querida por el "pueblo francés". Al igual que son resulta ilegal y antidemocrático el rechazo a la expulsión de los clandestinos, con mas razón cuando se ha producido la comisión de un delito que concluye en una condena penal. La voluntad general es abiertamente vulnerada y befada en nombre de los habituales y fofos criterios humanitaristas. Pero ¿durante cuánto tiempo seguirá siendo esa la famosa "voluntad general"? Simple: hasta que las minorías se conviertan en mayoría.

(c) Guillaume Faye

(c) Editions de L'Aencre

(c) Por la traducción Ernest Milà

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