a. El papel de las potencias regionales como sustitutos del Imperio

Desde los años de Lydon Jhonson al frente de la presidencia de los EEUU y, posteriormente, bajo Richard Nixon, una idea fue cobrando cuerpo entre los estrategas norteamericanos: a la vista de la oposición interior que suscitaba la Guerra del Vietnam y al tradicional aislacionismo norteamericano, debería ser posible actuar en distintas partes del mundo mediante "gendarmes", es decir, mediante países interpuestos que siguieran las directrices del "imperio" y fueran ellas las que sofocaran los incendios regionales. Gobiernos como el militar de Brasil, como el Sha de Persia, como el Suharto en Indonesia, como los gobiernos sudafricanos, debían realizar un papel similar al de los "foederati" en el antiguo Imperio Romano: combatir contra los enemigos de Roma en las regiones de su influencia.

Con el paso de los años éste sistema de alianzas fue cayendo: primero, el Sha de Persia no pudo soportar la embestida de los ayatollahs, luego los militares brasileños se vieron forzados a abandonar el gobierno en 1984, Indonesia se vio presa de una inestabilidad interior que la inhabilitó para jugar papel alguno internacional y que concluyó en 1998 con la dimisión de Suharto después de más de 30 años de ejercicio del poder. El final del régimen del apartheid en Sudáfrica, sumió a este país es en una situación incontrolable cada vez más dramática.

En estos momentos, EEUU sigue manteniendo la teoría de los "regímenes preferenciales": Marruecos en el Norte de África y, a partir, de esa fase mantener el control de la Franja del Shäel, Polonia y Chequia en el Este de Europa, los países de la Commonwealth, especialmente India en la zona del Indico y en el sur de Asia… pero se trata de potencias regionales poco eficaces y seguras.

La realidad es que las naciones que cuentan (China, India, Irán, Brasil, etc.) tienen otros planes y no están dispuestas en este momento a asociarse como "foederati" de un "imperio" que se muestra como decadente y de futuro incierto. Estas potencias optan, más bien, por convertirse en potencias regionales con aspiraciones de liderar sus regiones respectivas dentro de un mundo multipolar.

b. El mundo islámico frente a Israel


Oriente Medio sigue albergando el dudoso honor de ser una de las zonas más calientes del planeta durante los últimos 60 años. Esta conflictualidad arranca de la creación del Estado de Israel en 1948. Desde entonces se ha generado una tensión permanente, cuatro guerras árabe-israelíes y dos intifadas. El resultado de toda esta tensión acumulada ha sido la polarización de las posiciones en dos ejes: Israel-EEUU y Palestina-Islam. El papel de los EEUU en el conflicto deriva de tres hechos: el peso de la comunidad judía dentro de los EEUU, la necesidad de los EEUU de contar con un "gendarme regional", a la sazón, Israel, con capacidad para ser una base en un hipotético conflicto por el control de las reservas petroleras de Oriente Medio, y, finalmente, el mesianismo propio de los EEUU que, culturalmente, enlaza con el mesianismo judío y les hace "pueblos hermanos", tal como sostienen los fundamentalistas cristianos (EEUU pueblo elegido de la modernidad, Israel pueblo elegido de la antigüedad).

En el fondo del conflicto lo que subyace es la imposibilidad de coexistencia de dos pueblos sobre una misma tierra, a lo que se une la peliaguda cuestión del control de los acuíferos de Gaza y Cisjordania y de las Fuentes del Jordán que abastecen de agua el desierto de Neguev y permiten la colonización judía. El conflicto se agrave todavía más a tenor de que Israel es la única potencia nuclear en la zona y se ha negado a firmar cualquier acuerdo sobre limitación de armas nucleares.

Si el conflicto de Palestina se ha mostrado insoluble a lo largo de más de sesenta años, se ha debido especialmente a que cada parte cree tener detrás de sí la potencia suficiente como para derrotar a la otra: los EEUU tras Israel y el mundo islámico tras Palestina. Eso y, cierto maximalismo a la hora de la negociación por ambas partes desde 1946, ha enquistado el conflicto cuya resolución hoy no se percibe. Además, detrás del conflicto subyace el elemento irracional en la medida en que la clave de bóveda de la crisis permanente es el control de la ciudad de Jerusalén de especial relieve para judíos e islamistas.

No habrá paz en Oriente Medio mientras persista un orden multipolar que precisa de la pieza israelita para estar contar con una base próxima a las reservas petrolíferas de la zona. Ni habrá paz mientras la irracionalidad fundamentalista convierta al conflicto en una especie de lucha cósmica de potencias divinas y demoníacas.

Europa no tiene nada que ganar en este conflicto y, no solamente debe de abstenerse de apoyar a una u otra parte, sino que debe lograr que el resto de potencias se inhiban y sean los propios protagonistas quienes, faltos de otros apoyos exteriores, buscan una solución a sus problemas. El problema de Palestina no es un problema de "terrorismo internacional", ni puede ser un pulso con el sionismo internacional: son los habitantes de Palestina quienes deben tener la responsabilidad de decidir su futuro.

Lo que se dirimió en la guerra entre Irán e Irak de 1980 a 1988 tenía como único objetivo afirmar a una sola potencia regional. El régimen irakí tenía la aquiescencia de Occidente a la vista de su carácter laico y del rechazo que provocaba en la opinión pública las masas iraníes fanatizadas por los ayatolahs. Sin embargo, tras la guerra se puso de manifiesto la voluntad de Saddam Husein de erigirse en potencia regional con dos aspectos que resultaban preocupantes: era consciente de que la clave del proyecto era el control sobre las reservas petrolíferas de la zona y era enemigo del Estado del Israel. Esto impidió que los EEUU siguieran con Irak la misma política que habían seguido con Arabia Saudí: protección y seguridad a cambio de petróleo.

A raíz de la invasión norteamericana de Irak, el régimen iraní concentró esfuerzos para convertirse en una potencia regional y empezó a actuar como tal. A pesar de que la constitución iraní defina al país como un Estado Islámico y, por tanto, integrado dentro de la idea de umma musulmana, lo cierto es que, de la misma forma que la URSS utilizó el comunismo como soporte ideológico para su proyecto expansionista, Irán utiliza el Islam con la misma intención, aspirando a liderar el mundo árabe y a transformarse en gran potencia regional.

c. El coloso indio

A partir de 2000, el papel de la India ha ido creciendo en la escena regional. El famoso "efecto 2000" hizo que, ante la imposibilidad de los programadores de los EEUU para resolver los conflictos que se auguraban en el momento del tránsito de 1999 a 2000 en los equipos informáticos, tuvieran que "subcontratar" a programadores hindúes. A partir de entonces Bangalore se convirtió en la meca mundial del software a precio de saldo. La militarización y nuclearización de la India y su permanente conflicto con su rival histórico Pakistán, no deben hacer olvidar el hecho esencial: india, como China, son potencias en estado de formación, sometidos a fuertes tensiones internas propias de países que aspiran a ser potencias regionales, en los que una minoría de la población ha alcanzado un nivel de vida similar al norteamericano en el siglo XXI, mientras que una parte notable de la población sigue estancado en niveles de vida medievales o pre-medievales. Así mismo, si la cuestión social está atenuada por el apego a la tradición que todavía se vive en India (y, en menor medida en China a causa de la Revolución Cultural que borró los rastros de tradición en aquel país), el problema religioso está vivo y activo. Una minoría de la población india es de religión islámica y cada vez con más frecuencia aparecen chispazos entre ambas comunidades.

El riesgo de conflicto armado con Pakistán por la región de Cachemira, es recurrente y se reaviva cada cierto tiempo. Hasta ahora los inversores y la patronal de ambos países han conseguido evitar que el choque pasara a la fase "caliente", pero es difícil establecer cuánto tiempo pasará antes del nuevo repunte de la tensión.

Hay que tener en cuenta que un choque indio-pakistaní (con los EEUU tras el primero y China tras el segundo contendiente) podría arrasar completamente la zona de conflicto. India aspira a ser una potencia regional en el Sur de Asia en condiciones de controlar todo el comercio del Indico (y, por tanto, tener también las llaves de la ruta del petróleo y del comercio marítimo de China hacia Europa).

d. Los problemas de Iberoamérica


Con una democracia mal asentada y con una irreprimible tendencia a caer en la corrupción y en los escándalos, Iberoamérica sigue siendo un continente inexplicablemente balcanizado a pesar de hablar una misma lengua (los pasos dados en Brasil para que todos sus habitantes hablen castellano son significativos). Al Sur de Rio Grande, Mexico podría aspirar a ser una potencia regional pero dos factores juegan en detrimento a esta legítima aspiración: la proximidad con los EEUU que taponan cualquier ascenso de México en la escena internacional y una absoluta inseguridad interior, desempleo, deuda externa, extrema pobreza, analfabetismo y desnutrición infantil en algunas zonas. Mientras México no sea capaz de atajar la influencia de los carteles de la delincuencia, aumentar el nivel de vida de su población y establecer un Estado fuerte, no podrá jugar un papel relevante en la zona salvo en la hipótesis de desplome del Estado Federal Norteamericano.

El subcontinente está parcelado en tres zonas: Brasil que sigue aspirante al papel de superpotencia regional y que, para alcanzarlo suele actuar conjuntamente con Chile (constituyendo así, en la práctica, un "espacio transoceánico" que según la escuela geopolítica es fuente de poder). En su contra juega el factor étnico que hace de Brasil un conjunto inestable, en el que una parte importante de su población está más preocupada por samba, la liga de fútbol o de boleyplaya que del futuro de su país. A favor juegan sus dimensiones, reservas energéticas y el contar con una élite cultural y tecnológica.

La segunda zona sería Argentina país que cuenta así mismo con espacio, reservas y nivel científico y cultural. Sus handicaps son la inigualable miseria de su clase política y el situarse geopolíticamente cogida en una pinza por la alianza chileno-brasileira.

En cuanto a los países andinos, paradójicamente están siguiendo en mayor o menor medida las directrices políticas emanadas de Venezuela. La idea "bolivariana", como todo mito colectivo, tiene capacidad de atracción, a condición de no olvidar su naturaleza: la voluntad de Chávez de convertir a su país en potencia regional y no el mesianismo indigenista que se le pretende atribuir. Las soflamas de Chávez y todas sus aparentes excentricidades no tienen más que un objetivo: crear en torno suyo un polo de agregación de todos los gobiernos indigenistas o de izquierdas interesados en emanciparse de la tutela del "imperio". Mientras los pozos de petróleo sigan fluyendo crudo este proyecto tendrá cuerpo y solidez. A favor suyo juega el sentimiento antiyanqui anidado en el subconsciente colectivo sudamericano, que ha permitido que durante cincuenta años el castrismo no haya encontrado nunca grandes oposiciones en Iberoamérica, especialmente tras la renuncia del régimen de exportar la guerrilla; el riesgo de desplome de los EEUU que le impedirá ejercer como "gendarme" del mundo y, por tanto, intervenir en Venezuela (mayor proveedor mundial de petróleo a los EEUU). En contra del proyecto chavista juegan los nacionalismos propios de cada nación andina que el recurso al "bolivarismo" no consigue desterrar, así como el "monocultivo económico" venezolano. Las reservas de crudo venezolano, estimadas en 2009 en 172.000 millones de barriles (en torno a un 34% de las reservas mundiales y quinto mayor productor mundial) no durarán siempre (se estima que más allá de 2025 la disminución de la extracción en Venezuela será notable y se agotará totalmente en el 2040; por otra parte, la extracción del petróleo venezolano es más costosa: de 7 a 10$, frente al de Oriente Medio, 2$ y al ruso 5$).

e. China y su cita con la desestalinización


El crecimiento económico chino y su espectacularidad han hecho momentáneamente olvidar que aquel país es el último país en el que los principios del stalinismo siguen vigentes. Así mismo es el país del mundo que con su miserable sistema de coberturas sociales, con sus salarios de hambre y sus ritmo aberrantes de trabajo ha dado alas a la globalización y ha permitido la deslocalización de miles y miles de empresas a aquellos horizontes privilegiados para la rapacidad del capitalismo y que, paradójicamente, se dicen "socialistas y científicos".

En realidad, el progreso chino abarca solamente las grandes ciudades pero, en el interior del país, la pobreza, la debilidad en las infraestructuras, la falta de servicios sanitarios, la corrupción, la omnipresencia del partido comunista (la mayoría de "millonarios" son afiliados al partido o de lo contrario jamás habrían logrado contar con una posición preponderante en sus sectores económicos), la falta de libertades políticas, el déficit creciente en seguridad, contrastan con las aspiraciones china a derrotar a los EEUU en la carrera económica. Desde los años 60, el Estado Mayor del Ejército Popular de Liberación Chino sostiene la ineluctabilidad del conflicto con los EEUU. China todavía no está preparada y, por tanto, aplaza el momento del enfrentamiento decisivo: en realidad, atraer a toda la producción mundial de manufacturas hacia China supone condicionar el futuro y restar capacidad industrial al "primer mundo" y, especialmente, a los EEUU. Comprar deuda pública norteamericana supone, así mismo, tender la mano y demostrar buena voluntad momentánea. Pero China, para todo aquel que haya pasado por el país, se haya comunicado con la población y haya podido ver los informativos es: una sociedad militarizada, convencida de que el futuro de la humanidad es el socialismo y que éste será extendido por el Ejército de Liberación Popular Chino.

China ha entendido que el hueso duro de roer es Rusia. La extrema violencia con la que Rusia contestó a las reivindicaciones chinas por los territorios al Este del Usuri y del rio Amur que culminaron en enfrentamientos violentos que costaron muchas bajas a ambas partes en 1969, no dejaban lugar a dudas: Rusia sería a partir de los años 90 el "enemigo segundario" y mientras la República Popular China no tuviera acumulación militar suficiente de fuerzas, había que practicar la política de la amistad y de la mano tendida hacia EEUU.

A lo largo de los últimos años, China ha descubierto que existía otro enemigo: el "enemigo interior" constituido por las importantes comunidades uigures del Turkestán chino de confesión islámica. No es que esta comunidad en sí misma pueda constituir un factor de desestabilización, pero sí que puede ser espoleada especialmente desde los EEUU como factor de desestabilización interna. No es que los EEUU vayan a atizar directamente una revuelta uigur, es que pueden hacerlo por medio de Turquía, aspirante también a convertirse en potencia regional para lo cual utiliza como excusa la existencia de un espacio turcófono que abarca también al Turkestán chino. La geoeconomía no es ajena a este conflicto: el Turkestán Chino (rebautizado como "Xinjiang" a partir de 1884 con su incorporación al Imperio Chino) alberga sobre su territorio un tercio de las reservas chinas de petróleo y dos tercios de las reservas de carbón, demasiado importantes si China quiere acceder a un posición hegemónica (o de Turquía si quiere aspirar a ser una potencia regional).

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