a. El choque histórico Tierra-Mar en el ciclo de la modernidad

El análisis geopolítico parte de la base de un enfrentamiento casi metafísico entre potencias continentales y potencias oceánicas. Las primeras estarían predispuestas a atribuir la primacía al Estado, desembocarían en sistemas en los que se confía en el Estado para resolver los conflictos de los pueblos, a diferencia de las potencias marítimas que concederían la primacía el comercio. Este esquema que tiene en la antigüedad su climax en el enfrentamiento Roma-Cartago, se reprodujo durante la Guerra Fría en el choque entre los EEUU (potencia naval-comercial) y las URSS (potencia continental-estatalista). El eje angosajón que prolongó luego su existencia, ya como potencia hegemónica, impulsó por su misma naturaleza marítima, el sistema globalizado que mejor convenía a sus intereses. Ahora bien, a partir de 1989-91, el problema geopolítico mundial consistía en que los EEUU debían dilatar demasiado su expansión marítimo-comercial y afrontar la "colonización comercial" de un parcela de la Tierra excesivamente grande: el continente euro-asiático, de Finisterre a Hong-Kong y de Ceylán a Narkik. Ya no se trata pues del enfrentamiento de una potencia naval contra otra terrestre, sino del choque entre una potencia naval y varias terrestres. Los estrategas norteamericanos han calibrado que la victoria para ellos es posible a costa de controlar las fuentes energéticas y las reservas mundiales de petróleo.

El problema geopolítico de la modernidad consiste en la imposibilidad  por parte de los EEUU de controlar espacios geopolíticos tan complejos y diversos y afrontar a actores que tienen las reservas mundiales más próximas a sus bases, mientras que el carácter "insular" del mundo anglosajón y su alejamiento de las principales fuentes energéticas fragiliza su estructura imperial y la hace imposible de mantener. Si tenemos en cuenta que el despliegue para la intervención en Afganistán duró aproximadamente mes y medio y la que precedió a la invasión de Irak se prolongó durante un trimestre, entenderemos la fragilidad de una situación en la que los pozos de petróleo del Caspio están a pocas jornadas de marcha de los T-72 rusos y que los pozos de Arabia Saudí y el Golfo Pérsico están solo a algo más de distancia de Moscú, incomparable con la que separa esos objetivos energéticos de Washington.

Por amplia que sea la presencia de los marines en Eurasia nunca se eliminará el handicap decisivo de la distancia con la capital "imperial" y de una excesiva dilatación de sus líneas de aprovisionamiento y suministro. A la hora de realizar un análisis de este tipo es preciso no perder de vista la noción de "espacio geopolítico", aquel sobre el cual se puede operar de manera efectiva: Alejandro Magno no lo entendió y llegó a las puertas de la India construyendo un Imperio efímero que no le sobrevivió a causa de haber rebasado con creces el "espacio geopolítico" de Hélade. Por el contrario, Julio César intuyó esta noción haciendo estableciendo para el Imperio un espacio que se reducía a los contornos del Mediterráneo y a los territorios anexos. Roma jamás tuvo excesivo interés en controlar, ni la cornisa cantábrica ibérica, ni las islas Británicas, ni los territorios situados más allá de las Galias, con considerar que estaban demasiado alejados de la capital imperial. Los EEUU, desconociendo la noción de "espacio geopolítico" afrontarán en el primer cuarto del siglo XXI una situación insostenible.

b. ¿Desplazamiento del eje del comercio hacia el Pacífico?

Durante todo un ciclo histórico, hasta el siglo XV, el eje del comercio mundial y, por tanto, el centro de la política mundial era el Mediterráneo en las proximidades de cuyas orillas tuvieron lugar los grandes enfrentamientos decisivos para la humanidad. A partir del siglo XV, ese escenario se desplaza hacia el océano Atlántico Norte a cuyas orillas tienen acceso los países más desarrollados. Ese ciclo dura hasta 1973, a partir del cierre del canal de Suéz, cuando se evidencia que la ruta estratégica esencial para la humanidad que conduce el petróleo del Golfo Pérsico a Europa Occidental y hacia los EEUU, discurre necesariamente bordeando las costas de Sudáfrica, esto es, ampliando la importancia geopolítica de la totalidad del Atlántico. Sin embargo, a partir de 1989, con la globalización como escenario, se constata que la diferencial demográfica y poblacional, así como el traslado de las plantas de producción del Primer Mundo hacia China y los "dragones asiáticos", está desplazando el eje del comercio mundial del océano Atlántico al océano Pacífico. A esto se une otro fenómeno: el desigual desarrollo industrial de los EEUU que, a partir de la irrupción de la era de la informática, hace del Oeste de los EEUU uno de los centro tecnológicos más activos. Se constituye así un "arco del Pacífico" que va desde California a Japón, de Japón a las costas del mar de la China y de ahí a Indochina, en donde se acumulan grandes contingentes de población (luego, de consumidores), recursos naturales y potencia industrial.

Si bien es cierto que el eje de la actividad económica mundial se está desplazando de Esta a Oeste, hasta tener en las orillas del Pacífico su eje central, no es menos cierto que todo lo que rodea a este océano es problemático: el arco del Pacífico está, así mismo, sometido a zonas tectónicas de ruptura, los países asiáticos distan mucho de ser una balsa de aceite y China tiene una cita ineludible con formas democráticas de organización o bien, cuando la burguesía local haya crecido lo suficiente, el Partido Comunista se verá imposible para controlar la disidencia, las revueltas en las nacionalidades (especialmente de la etnia uigur), y, especialmente, las revueltas sociales. Por otra parte, es pronto para decir como terminará la polémica entre las dos Coreas cada vez mas rearmadas y cómo saldrá el Japón de una crisis económica que ya dura 10 años.

Por otra parte, el Pacífico encierra cuatro sectores completamente diferentes: la diagonal anglosajona de California y Australia y la diagonal amarillo-andina de Tokio a Valparaíso, completamente diferentes desde el punto de vista antropológico, existiendo en medio un amplio espacio de navegación vacío, pero excesivamente dilatado para poder ser controlado por una sola potencia naval, especialmente cuando en el momento de escribir estas líneas los chinos están priorizando sus fuerzas navales.

De ahí que, desde el punto de vista geopolítico parezca excesivo afirmar que los EEUU afrontan mejor que cualquier otro país el desplazamiento de la economía mundial al Pacífico. Más parece que si fue el Atlántico el océano que propulsó a los EEUU como potencia hegemónica mundial, la correlación de fuerzas no le es tan favorable en el Pacífico en donde encontrará flotas rusos y chinos que accederán a alta mar con facilidad en lugar de las dificultades que la marina rusa encontraba para acceder al Atlántico.

c. Las fuerzas en conflicto en Eurasia

Mientras Europa se sienta "protegida" por los EEUU, en lugar de reconocer en el espacio Ruso-siberiano, un aliado natural del Viejo Continente, Europa no jugará un papel político internacional de ninguna magnitud. Los dirigentes europeos, presos de los esquemas ya superados que datan de la Guerra Fría, han confiado su defensa a una potencia exterior, inhibiéndose del mantenimiento de unas Fuerzas Armadas en condiciones de garantizar la independencia y la autonomía europeas. De hecho, el servilismo con que unidades militares europeas acuden al llamamiento del "imperio" en conflictos que no tienen nada que ver con los intereses de Europa (Afganistán e Irak), y las facilidades de los gobiernos de Chequia y Polonia para la instalación en su territorio de baterías y dispositivos que forman parte del "escudo antimisiles" apuntado contra Rusia, son indicativo del nivel de renuncia de los dirigentes europeos a asegurar su propia defensa, esto es a disponer de un papel en la escena geopolítica mundial como potencias que cuentan.

De todas formas, en Europa Occidental, antes o después deberá dedicarse un presupuesto aceptable de defensa a la vista de la conflictividad interior que registran las masas ingentes de inmigrantes magrebíes que se han ido instalando en los últimos treinta años. Pero esta situación de atomización del continente (que la UE dista mucho de haber superado) le impedirá jugar a Europa un papel en la escena mundial en los próximos años.
Rusia, reconstruida y con ganas de hacer pagar las humillaciones sufridas en el período 1989-2006, se está rearmando y reconstruyendo su poder interior y preparando su nueva proyección exterior. En el primer frente, la destrucción de la oligarquía generada con las privatizaciones y los negocios mafiosos que afloraron durante la perestroika, es garantía de la recuperación de confianza de un país que, a partir de ahora, va a dedicar todo su poder a reconstruir el espacio de lo que antiguamente fue la URSS. Y eso no va a realizarse sin tensiones internacionales, especialmente porque los EEUU prevén que si su presencia es proscrita de los antiguas repúblicas del sur de la URSS, quedará fuera del acceso a la cuenca petrolera del Caspio. Rusia, en estos momentos, carece de un plan geopolítico de hegemonía mundial y tan sólo aspira a garantizar la estabilizad de Eurasia.

Para ello debe contar con el entendimiento con la otra gran potencia Euroasiática: China. A pesar del crecimiento espectacular del PIB en los últimos veinte años, China es todavía un país con amplias zonas y cientos de millones de ciudadanos anclados en el subdesarrollo, con unas infraestructuras, en buena medida, primitivas e insuficientes y, especialmente con unos sistemas de organización social situados entre el mandarinato y el stalinismo. Se suele olvidar que China es el último país del mundo en el que el partido dicta despóticamente las reglas. Incluso hoy, para acceder a la élite de "millonarios", es preciso pertenecer al partido, el cual mantiene una presencia en la sociedad similar a la descrita por el Gran Hermano en la novela de Orwell 1984. El "primer mundo" existe solamente en China en las grandes ciudades de la costa del Pacífico. Es inevitable que, antes o después, aparezca en China una burguesía ciudadana que rebase las posibilidades de integración del Partido Comunista y que reivindique formas democráticas de organización. Al mismo tiempo, las masas chinas no pueden estar permanente sometidas a ritmos infernales de trabajo, sin apenas coberturas sociales, con una sanidad deficiente, con infraestructuras insuficientes y con salarios al borde de la depauperación. La enormidad de las dimensiones de China hace que todo allí sea gigantesco: la pobreza, las necesidades del desarrollo y, especialmente, los riesgos a afrontar, riesgo de guerra social, riesgo de convulsiones pre-democráticas y riesgo de recesión económica que implica un retorno de los inmigrantes interiores al campo que abandonaron en los años de progreso desmesurado.

El tercer elemento presente en Eurasia es el islamismo. A pesar de su identidad religiosa, el "creciente islámico" que alcanza desde las costas del Atlas hasta Filipinas, podría jugar un papel importante en el futuro tan sólo si tuviera un sustrato étnico unificado que aceptara una única política. Pero el mundo islámico está fracturado y su importancia deriva simplemente de que sobre su territorio se encuentran las reservas de petróleo más importantes. El mundo islámico está dividido entre las potencias del Magreb de un lado, Turquía y el espacio turcófono de otro (que abarca territorios situados en las exrepúblicas soviéticas de mayoría islámica y en el Este y Sur Este de China), la zona de Oriente Media fracturada a su vez entre sunnitas y chiítas y el Islam del Este y del Sudeste Asiático. Sin olvidar el islam africano despreciado por el islam árabe y que juega un papel importante en África Negra.

En conclusión: tres de los cuatro actores principales en Eurasia (la UE, China Rusia) están a favor de un mundo multipolar. Dos (Rusia y China) mantienen una decidida postura contraria a la intervención norteamericana en Eurasia. Una (el mundo árabe) tiene una actitud ambigua: enfrentada a EEUU por una parte, por otra los EEUU sobreviven gracias al petróleo del Golfo Pérsico y Arabia Saudí). De estas cuatro "patas" dos son débiles interiormente (el mundo islámico y la Unión Europea) y los otros dos son Estados típicamente continentales fuertes. Eurasia, por todo esto, demasiado diversa, demasiado amplia como para que pueda aludirse a ella como una totalidad orgánica o con posibilidades de estructurarse como tal (error de los intelectuales "euroasistas"), como para que no aparezcan los conflictos en este inmenso espacio continental.

Sin embargo estos conflictos, son habituales entre naciones. A lo largo de los años 60 y 70, Rusia y China estuvieron en varias ocasiones el filo del conflicto armado por los territorios situados al Este del río Usuri, sin embargo, hoy son aliados. Europa debería participar también en esta alianza estratégica, a condición de emanciparse definitivamente de la tutela norteamericana.

d. La necesidad de una alianza Madrid-París-Berlín-Moscú

Desde el siglo XIX los estrategas anglosajones han experimentado terror ante la posibilidad de un eje continental euro-ruso que equivaldría a vedarles su presencia en el espacio euroasiático. En la actualidad, esa estrategia sigue todavía en vigor y tiene éxito a causa de la dejadez, la apatía y la ignorancia histórica de la clase política europea. Sin embargo, la perspectiva de un acuerdo euro-ruso es hoy más necesaria que nunca.

Una vez concluida la Guerra Fría y retornada Rusia a una situación de "normalidad", han desaparecido los condicionantes ideológicos que impedían un estrechamiento de las relaciones entre Europa y Rusia. Hoy, a pesar de la desaparición del Pacto de Varsovia, a pesar de la reiterada evidencia de que Rusia no alberga intenciones ofensivas o ambiciones territoriales sobre Europa, los EEUU han seguido manteniendo a la OTAN como alianza anti-rusa, han aprovechado los años de debilidad de Rusia para ampliar la OTAN a los países del Este y aún hoy los mísiles balísticos norteamericanos siguen apuntando contra 200 ciudades rusas. Los EEUU saben perfectamente que un acuerdo euro-ruso supondría que los marines desembarcados en Normandía en junio de 1945 deberían de reembarcar para no volver a poner jamás la bota en Europa.

A lo largo del siglo XIX y durante el siglo XX (especialmente en los momentos que precedieron al estallido de las dos guerras mundiales) el mundo anglosajón se preocupó de evitar que Francia, Alemania y Rusia llegaran a acuerdos de cooperación y firmaran tratados de paz. Eso permitió el estallido de dos guerras mundiales y la destrucción de Europa cuyo primer beneficiario fueron los EEUU que en 1945 estuvieron ya en condiciones de competir por la hegemonía mundial.

No fue sino hasta 1951 cuando el Tratado de Roma fue el primer síntoma de que la situación había cambiado: el primitivo Mercado Común se organizó en base al acuerdo franco-alemán, constituido a partir de entonces como el "núcleo duro" de lo que luego sería la UE. En aquellos años de la Guerra Fría, España estaba incorporada de facto al dispositivo militar norteamericano por vía de los acuerdos firmados entre Eisenhower y Franco. Fue a partir de 1985 cuando España entró de pleno derecho en la OTAN, aportando "profundidad" a la Alianza Atlántica. Seguía el enfrentamiento secular con la URSS. Sin embargo, a partir de 1989, con la Caída del Muro de Berlín, era posible plasmar por primera vez un eje euro-ruso.

No es por casualidad, ni por un prurito nacionalista que aludamos al eje geopolítico necesario para el futuro como un eje que incluya Madrid - París - Berlín - Moscú. Ya no se trata de dar "profundidad" a la OTAN, sino de priorizar el papel de España en un futuro orden multipolar en el que la fachada atlántica de la Penínsuma Ibérica, unido al sistema de archipiélagos anclados en la ruta del Petróleo (Canarias y Azores), el control sobre el estrecho de Gibraltar y la situación geopolítica de España tiendan a resaltar el papel de la Península Ibérica como puente hacia Centro y Suramérica.

Al mismo tiempo, España tiene, por su configuración y por su historia, rasgos que corresponden a una potencia oceánica. Así mismo, es la frontera sur de Europa, lindante con el mundo islámico del Magreb. Si el entendimiento entre la UE y Rusia es importante porque supondrá el reencuentro histórico de pueblos provistos del mismo bagaje antropológico y cultural, también es importante porque Europa está tecnológica, científica y culturalmente desarrollada, pero sufre una crisis demográfica que precisa renovación genética. Así mismo, el hecho de que Rusia posea recursos energéticos de grandes magnitudes posibilita el que el espacio Euro-Ruso pueda jugar un papel en el futuro, a condición de desembarazarse de la globalización, independizarse de las finanzas anglo-sajonas y asumir un destino histórico y geopolítico capaz de establecer un orden mundial multipolar.

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