a. Un sistema creado por el capital y para mayor gloria del capital

Hay que situar la actual crisis en el contexto del presente ciclo económico. Este ciclo nace de la aspiración de aumentar los beneficios del capital: éste solamente maximiza sus beneficios cuando instala sus plantas de producción en los lugares con salarios más bajos y menores coberturas sociales y que están más próximas a las fuentes de materias primas. Dado que, la llamada "era del petróleo barato" se prolongó hasta 2006 era posible trasladar las mercancías de un lugar a otro del planeta estableciendo cadenas de suministros en los lugares más alejados del planeta. Los beneficios iban a parar a las sedes de los consorcios multinacionales.

Esto implicaba la aparición de una irreprimible tendencia a la deslocalización industrial: esto es, al traslado de las empresas, hasta los años 90, instaladas en el Norte, hacia el Sur primero y hacia el Este después. Países como China se han convertido en virtud de esta tendencia en verdaderos centros mundiales de producción de manufacturas gracias a una mano de obra fronteriza con la esclavitud, con salarios de hambre y coberturas sociales mínimas.

Pero este fenómeno de optimización de los beneficios del capital no podía aplicarse a todas las actividades industriales. Algunas empresas, por sus características, eran de imposible deslocalización: actividades de hostelería, trabajos agrícolas y construcción. Para optimizar los beneficios en esa dirección se recurrió a la inmigración masiva, es decir, el desplazamiento de ingentes masas de población desde el Sur y el Este hacia el Norte.

Así pues, la globalización es una autopista de doble dirección ideada para optimizar solamente los beneficios del capital. Una autopista con dos direcciones: deslocalización e inmigración.

Si se aspira a desarticular la globalización y a preparar el advenimiento de un mundo post-globalizado, necesariamente las dos direcciones de trabajo son: relocalización empresarial, esto es, reindustrialización de los países europeos y contención de la inmigración, seguida de inversión del fenómeno mediante repatriaciones, a fin de restablecer la normalidad en el mercado de trabajo.

b. El ciclo del capital: de la producción a la financiarización

Nos encontramos en la fase senil del capitalismo. Los economistas Kondratieff y Schumpeter analizaron los ciclos del capitalismo atribuyéndolas una duración de entre 40 y 60 años. Cada uno de estos ciclos está dividido en dos fases: una ascendente en la que el eje de la actividad es la industria y la producción de bienes. En esta fase se introducen nuevas tecnologías y son períodos de renovación y progreso constante. Eso hace que las empresas deban atender a ingentes inversiones para poder afrontar la competencia. Por eso el precio final de los productos tiende a encarecerse. En un momento dado, esta fase ya no puede mantenerse: las empresas deben recurrir al endeudamiento masivo. También los individuos y las familias tienden a endeudarse al resultar los precios inaccesibles para sus ingresos. Se entra entonces en la fase descendente del ciclo. El capital pasa entonces a ser progresivamente un medio especulativo en lugar de una inversión necesaria para el trabajo. En esta segunda fase la rentabilidad del capital aumenta desproporcionadamente gracias a la especulación. Se generan así "burbujas" gracias a las que el capital aumenta rápidamente sus dividendos.

Pero este ritmo es absolutamente insoportable para los mercados, para las naciones y para las familias: la aparición de "burbujas" especulativas tiende a encarecer extraordinariamente los precios de los productos y atrae más capital en la creencia de que especulando en esa dirección generará más y más beneficios. En un momento dado, el volumen de todas estas burbujas es tal que inevitablemente van estallando una tras otras. En ese momento se producen fenómenos de sobreproducción que desembocan en cierres de empresas, eliminación de puestos de trabajo, ralentización de la actividad industrial y repliegue absoluto del consumo y, finalmente en un proceso deflacionista.

Cuando se ha llegado a ese momento, la característica dominante que presenta el sistema económico es la inestabilidad que redunda sobre todo en perjuicio de las clases más desfavorecidas. Por eso decimos que la crisis económica, termina convirtiéndose en crisis social afectando a la mayor parte de la población y si ésta se prolonga, inevitablemente, acarrea convulsiones políticas… que contribuyen todavía más a agravar los efectos perniciosos de la crisis económica y a prolongarla.

La tendencia general de los economistas es a admitir que en la actualidad nos encontramos en la fase descendente del ciclo económico abierto tras la primera crisis del petróleo en 1973 a raíz de la Tercera Guerra Árabe-Israelí. Esta crisis tuvo su continuación en la crisis petrolera de 1979, salpicó a los países del Tercer Mundo especialmente durante la primera mitad de la década de los 80 en forma de exceso de endeudamiento, pasó a ser una crisis bursátil que generó un aumento de las tasas de interés en 1987, una recesión en los EEUU iniciada en 1991 y el primer gran sobresalto asiático que llegó con la crisis en 1997 de la que Japón todavía no se ha recuperado. Poco después estallados los valores punto.com (2001) y así hasta llegar a los primeros despuntes del estallido final en el verano de 2007.

Ningún economista duda -salvo los que cobran del gobierno Zapatero- que la actual crisis es la más grave que padece la economía mundial desde la de 1929-30.

c. La locura productiva amenaza para la vida

El gran drama de nuestro tiempo y lo que lo convierten en un tiempo verdaderamente odioso es que todas las actividades humanas y el propio destino de lo humano están a merced del capital. Se desregulan las actividades económicas para beneficiar al capital con la excusa de que así se beneficiarán las poblaciones. Pero es falso: para que alguien gane, otros tienen que perder. Ganan los grandes consorcios, pierden las poblaciones. Contra mayor es el afán de lucro y usura de las mega corporaciones financieras, más pierden los pueblos.

Desde la postguerra la vida en Europa y en los EEUU se ha convertido en la actividad de productores alienados por el trabajo e integrados por el consumo. El aumento de enfermedades mentales y depresiones tiene su origen en la confusión que sufre en ciudadano por su papel en la sociedad: ignora el valor y la utilidad de su trabajo, vive permanentemente ante la tensión de salarios limitados y la ofertad extraordinaria del consumo al que sólo tiene acceso mediante el recurso al crédito. La vida de las clases trabajadoras ya no les pertenece, es una vida puesta al servicio de las instituciones de crédito: una vida hipotecada.

A esto hay que añadir problemas sanitarios derivados de actividades lucrativas pero peligrosas y contaminantes: hoy más que nunca aparecen dolencias cardíacas por los ritmos de vida y de trabajo y por el modelo alimentario llegado de los EEUU, hoy más que nunca los residuos químicos generan tumores y cánceres, esterilidad y enfermedades degenerativas. Aún no se han cuantificado los problemas generados por alimentos cada vez más atractivos pero con menores cualidades nutricionales. Tampoco se ha comprobado el impacto de los transgénicos, a pesar de saberse que todo lo que se dijo para justificar su lanzamiento (inmunes a plagas, optimizados para mejorar las cosechas, más nutritivos), eran puras falacias propias de mercachifles.

Sin olvidar que los vertidos de CO2 sobre la atmósfera, la contaminación sistemática de acuíferos, el agotamiento de tierras a causa de su sobreexplotación y la superanbundancia de fertilizantes, la contaminación de los mares, las talas de bosques tropicales, todo esto contribuye a aproximarnos al caos ecológico con paso firme, tan decidido como irresponsable.

Hasta ahora el capitalismo era una máquina generadora de desigualdades, a partir de ahora, el problema es que el capitalismo se ha convertido en un peligro y empieza a vislumbrarse que las leyes del mercado y la desregularización de las economías, así como la subordinación de la política a la economía, son una amenaza para la vida misma en el planeta. Ya no se trata pues de rechazar un sistema de producción de bienes y de distribución de la riqueza fundamentalmente injusto, sino que se trata, sobre todo de rechazar un sistema que ha terminado siendo incompatible con la vida.

d. El capital amenaza a los pueblos

El capitalismo en su actual configuración es el gran enemigo de los pueblos. Cualquier iniciativa política de los gobiernos se adopta solamente si contribuye a aumentar los beneficios del capital. La "santa alianza" de la modernidad es el pacto entre la clase política y los consorcios industriales y bancarios para mantener un simulacro de democracia que permita ofrecer un espejismo de "participación" y de "libertad", cuando en realidad existe un consenso para mantener el actual status cueste lo que cueste. Las normas adoptadas por los gobiernos para salir de la actual crisis son elocuentes y demuestran sin ninguna dificultad la existencia de esta "santa alianza" a la que se han sumado los consorcios mediáticos: apoyo a la banca y apoyo a los constructores, los dos sectores que, al menos en España, han sido responsables de que la crisis hundiera sus garras en España con particular virulencia.

Lo más sorprendente es que en el momento de escribir estas líneas ningún gobernante haya declarado lo que resulta más evidente: que esta es la crisis de la globalización, que se ha generado a causa de las insensatas políticas que acompañan a la globalización (deslocalización e inmigración) y que la única forma de salir de ella de manera duradera y para siempre, es desmantelando esa locomotora que es la globalización y que circula a la velocidad de un AVE contra un muro de hormigón armado.

Cuando se produce una crisis económica de estas características es evidente que hay que tirar por la borda aquellos elementos y prácticas que la han generado. En esta crisis ningún miembro de la clase política europea o americana se ha atrevido a expresar que si la infección de los activos contaminados generados en EEUU ha podido circular libremente de bolsa en bolsa por todo el mundo es gracias a la libre circulación de capitales y que, por tanto, la primera medida es gravar esos tránsito con presiones impositivas suficientes como para desmotivarlas. Así mismo, tanto en Europa como en EEUU, la banda y las instituciones financieras han tenido una responsabilidad absoluta en la concesión de créditos fáciles de los que podía dudarse que se cobraran algún día. Era evidente que el dinero obtenido por actividades fraudulentas, usurarias o simplemente ilegales (narcotráfico, especulaciones mafiosas) iba a parar a los "paraísos fiscales", sin embargo, el G-20 se negó a adoptar medidas en relación a estos agujeros de dinero negro. Tampoco existen garantías de que los nuevos productos financieros que vayan apareciendo en las bolsas mundiales estén a cubierto de la actuación de aventureros económicos o de especuladores sin escrúpulos.

En definitiva, hoy más que nunca, el capitalismo actúa contra los pueblos, amparado en una clase política que ha conseguido degenerar el concepto de democracia instaurando en la práctica un escuálido régimen que, por una parte es una plutocracia (poder del dinero) y, por otra, una partidocracia (poder de los partidos).

e. No hay futuro para el capitalismo porque no hay futuro para la globalización

En 1929, desde el punto de vista económico, solamente contaban Europa, EEUU y algunas zonas muy reducidas de Iberoamérica (Argentina) y de Asia (Japón). La crisis de 1929 era forzosamente limitada al ámbito de instauración del capitalismo más avanzado. Hoy, la globalización ha hecho que la crisis económica tenga unas dimensiones mundiales: es la gran crisis de la globalización.

Lo que se ha producido es una gigantesca acumulación de capital que cada vez está en posesión de menos manos. El fenómeno ya había sido previsto por algunos economistas a mediados del siglo XIX que no habían estado en condiciones de contestar a la cuestión final: ¿qué ocurriría cuando el capital estuviera concentrado en manos de unos pocos cientos de financieros y los procesos de concentración posteriores fueran difícilmente imaginables? ¿Qué dinero podría utilizar el resto de la población para hacer frente a sus gastos habituales en la vida cotidiana? Falta poco para llegar a esos niveles de concentración de capital. Por el momento vale la pena recordar que un tercio de la producción mundial está concentrada en menos de 200 consorcios. Las operaciones realizadas por los 10 bancos mayores de Nueva York superan a toda la renta nacional de los EEUU… El ritmo incesante de fusiones, absorciones y OPAs, contribuyen a reducir cada vez más el número de empresas que cuentan y, dado que el capital a su disposición es mayor que el de muchos Estados, pueden establecer sus reglas de juego por encima de los mecanismos de control democrático.

Un sistema económico así concebido es inviable: no sólo porque enriquece cada vez más a una minoría en detrimento de la inmensa mayoría, sino porque genera una situación de inestabilidad al hacer que los capitales migren de un lado a otro del planeta en busca de los mayores beneficios puntuales y generando momentos de prosperidad en unas zonas que serán seguidos por ciclos de sequedad económica y ausencia de inversiones. Además expolia el medio ambiente más allá del límite de sostenibilidad con el cinismo de llamar a ese proceso "desarrollo sostenible".

La globalización es una tormenta de verano que aparece en la historia de la humanidad con una fugacidad y una violencia inusitadas, pero breve y que desaparecerá dejando atrás solamente un rastro de destrozos. Apenas 20 años ha durado el sistema globalizado, los suficientes como para la cita con su crisis terminal. Ahora bien: con la globalización caerán muchas cosas. Caerán las clases políticas que lo han hecho posible, caerá un modelo de producción y de consumo, caerán unas leyes del mercado tenidas como mitos intocables, caerá un modelo económico y será preciso reestructurar la economía mundial de arriba abajo.

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