a. Del proteccionismo al neoliberalismo. De Keynes a Hayek.

A partir de los años 30 dos escuelas económicas chocaron para modelar el mundo: de un lado los discípulos de Keynes que proclamaban la necesidad de una intervención del Estado para regular la vida económica de los pueblos y de otro la escuela del economista austríaco Friedrich Hayek, discípulo de Ferdinand von Mises, que consideraban que la característica del "socialismo" era el intervencionismo económico y que solamente una economía absolutamente desregularizada y abandonada a los vaivenes del "mercado" podría generar, efectivamente, riqueza.

En los años de la postguerra, era necesario abordar la reconstrucción de Europa por vía de la planificación económica y la regularización del mercado. Esta política dio excelentes resultados entre 1945 y 1975, los llamados "30 años gloriosos". Sin embargo, la primera crisis energética y la planificación que había sido necesaria para salir de la postguerra y que habían creado un sector estatal hipertrófico y poco ágil, con decenas de normas para regular los mercados, llevaron al traste al sistema económico keynesiano, el cual, a partir de la segunda mitad de los años 70 entró en crisis.

El péndulo pasó al otro extremo: de la economía regularizada a la economía desregularizada. De Keynes a Hayek. El tránsito resultó traumático y de esta polémica entre dos líneas económicas, la victoria de las desregulación a ultranza y de la liberalización de los mercados, se encuentran los fundamentos económicos de la globalización, que no es más que el liberalismo a ultranza y a escala universal.

El keynesismo implicaba: proteccionismo económico, esto es, aranceles, un sector público de dimensiones considerables y unas reglas del juego que limitaban el libremercado. El sistema de Hayek, por el contrario, implicaba la privatización de cualquier empresa en propiedad del Estado, la abolición del sistema de aranceles y de cualquier otro elemento que pudiera limitar la libertad de los capitales y el tráfico de mercancías.

b. Hayek aplicado por Margaret Tatcher y Ronald Reagan

Hasta mediados de los años 70, la escuela de Hayek -y el propio Hayek- estaban considerados como unos excéntricos ultraliberales. Hayek simplificaba cualquier problema en función de su esquema extremadamente simple: ¿alguien predica algún tipo de limitación al libremercado por razonable que parezca? No importa, si pone límites al mercado es un "socialista", por mucho que figure bajo siglas conservadoras. El mismo conservadurismo europeo era, según este criterio, "socialista", pues no en vano se había preocupado de proteger sus mercados interiores en la postguerra.

Por increíble que parezca, la doctrina de Hayek, excepcionalmente simple y somera, fue asumida por Margaret Tatcher que subió al poder en 1979. La Tatcher subió al poder con la promesa de invertir el declive económico del Reino Unido, algo que solamente podría hacer reduciendo el papel del Estado en la economía. Inició una política de privatizaciones que en 1984 le costó la huelga de más de un año proclamada por el Sindicato de Mineros. La victoria que logró sobre los sindicatos y la intervención en las Malvinas, acarrearon un extraordinario prestigio de la Tatcher entre los liberales de todo el mundo. Cuando Ronald Reagan subió al poder en EEUU lo hizo con un programa similar al de la Tatcher y, desde ese momento, ambos se preocuparon de desregularizar las economías de sus respectivos países y presionar para que otros hicieran lo mismo.

El resultado fue que, a partir de 1984, las "privatizaciones" se convirtieron en una moda en todo el mundo. Los aparentes éxitos económicos y la victoria del eje anglosajón en la Guerra Fría, parecieron darles la razón y, sobre estos éxitos y sobre la victoria en la Guerra de Kuwait se construyó la teoría del "fin de la historia": la derrota del comunismo hacía que un solo sistema económico, el de mercado, y una forma política, la democracia, fueran posibles y admisibles. A partir de ahora, los pueblos dejarían de enfrentarse y se entraría en una feliz época "sin historia", sin conflictos, ni guerras, en la que la economía y el mercado, por sí mismos, generarían una situación idílica.

c. La ideología neoliberal dominante en la globalización: Nuevo Siglo Americano y fin de la historia.

Cuando la Tatcher termina su mandato en 1991, el Reino Unido no es más que un apéndice de la política exterior norteamericana. Se puede hablar de un eje anglo-sajón e incluso de que el Reino Unido tenga un pie en Europa y otro en EEUU, pero, en realidad, quien marca los ritmos es el gobierno americano, siendo Londres un mero auxiliar o si se quiere un excelente peón de brega, subordinado y sumiso, tal como demostraría luego Anthony Blair en las guerras de Afganistán e Irak.

A partir de 1992 se empieza a formar en los EEUU un nuevo "grupo ideológico" que es también una comunidad de intereses económicos. Aparece el fenómeno que se ha dado en llamar neoconservadurismo (los neocon), tras la derrota de Bush frente a Clinton. Esta ideología proclama en voz alta y sin complejos la existencia de los EEUU como imperio universal, matiza, en un guiño al "cinturón de la Biblia" (los grupos religiosos conservadores del centro este y centro sur de los EEUU) que el destino de los EEUU está unido a la suerte del Estado de Israel. Coagulados en el Proyecto Nuevo Siglo Americano y en otros think-tanks, explican que la globalización es la panacea universal pero que está amenazada por peligros. El primero de todos ellos es esa noción vaga y difusa de "terrorismo internacional" y que, precisamente, por ellos, los EEUU -en tanto que potencia hegemónica- deben liderar una coalición mundial destinada a luchar contra el terrorismo.

d. El neoliberalismo más agresivo: Bush y la "logia"

Inspirados en los años de presidencia de Reagan, en formación durante la administración del primer Bush, creciendo durante los años de Clinton, los neoconservadores tuvieron su momento de gloria durante el primer mandato de George W. Bush y fueron capaces de desencadenar las guerras de agresión de Afganistán e Irak: se les conoció entonces en los medios de Washington como "la logia". Todos sus exponentes tenían características similares: en los años 60 eran antiguos izquierdistas, frecuentemente trotskistas, todos eran discípulos del filósofo y politólogo Leo Strauss, todos pertenecían al Consejo de Relaciones Exteriores (CFR), el más influyente organismo privado norteamericano, todos se habían implicado en la gran industria y en los intereses del complejo militar-petrolero-industrial y buena parte eran de ascendencia judía y estaban implicados en la defensa del Estado de Israel.

Tenían muy poco que ver con el otro sector de la intelligentsia norteamericana: el sector polarizado por Brzezinsky y la Comisión Trilateral y que representaba los intereses del capitalismo tradicional norteamericano, el de las grandes dinastías económicas y de los grandes consorcios multinacionales.

Ambos sectores estaban de acuerdo en asegurar para EEUU el control de las fuentes petroleras de Oriente Medio, era conscientes de que la escasez de petróleo modificaría el escenario mundial y que en la segunda década del milenio, tanto Rusia como China estarían en condiciones de disputar la hegemonía mundial a los EEUU. Había pues que moverse con rapidez. Por eso se creó el fantasma del "terrorismo internacional", utilizando como cabeza visible a un ex colaborador de la CIA, Bin Laden, cuya misión era crear los "casus belli" para justificar la intervención de los EEUU en cualquier escenario del planeta.

e. La crisis económica es la crisis de la globalización

Los estrategas del Nuevo Orden Mundial impulsaban la libre circulación de capitales en la medida en que el esfuerza para mantener la hegemonía mundial suponía una pesada carga para la administración americana. Se trataba de atraer capitales a las bolsas de los EEUU para asegurar el consumo interior. La teoría oficial era que, al existir dinero de todo el mundo invertido en todo el mundo, cualquier gran guerra como las del pasado era impensable porque todos perderían al ser el mundo económicamente interdependiente. Pero todo esto saltó por los aires al desencadenarse la crisis de las subprimes en junio de 2007.

Las autoridades económicas norteamericanas habían permitido que se difundieran por todo el mundo productos económicos que, detrás de nombres rimbombantes, se encubrían títulos completamente insolventes que, a partir del sistema financiera anglosajón, contaminaron a todo el planeta. No es que hubiera fallado una parte del sistema: es que el centro del sistema -los EEUU- habían demostrado una inmensa frivolidad, un afán de lucro insaciable y una irresponsabilidad en la gestión impropia.

En realidad, lo que afloraba detrás del primer síntoma de crisis económica que alumbró con las subprimes era:

-    Que la deuda pública de los EEUU va diariamente en aumento y que supone la mayor deuda en la historia de la humanidad y hace inviable la existencia de los EEUU como nación a corto plazo.

-    Que para evitar el desplome de la economía norteamericana se sostenía la tesis de que esta economía era el "motor de la economía mundial" y, por ello, todas las economías y capitales procedentes de cualquier parte del mundo debían acudir en su ayuda.

-    Que la economía desregularizada y dejada en manos de la libertad del mercado, equivalía a dejarla en manos de especuladores, estafadores, irresponsables y aventureros.

-    Que, a partir de ese sobresalto, las economías mundiales iban a tratar de minimizar la compra de deuda pública estadounidense, ante la fragilidad de la economía norteamericana y ante la imposibilidad de cubrir la deuda pública generada.

-    Que el dólar, aún siendo todavía una moneda internacional de intercambios, estaba sobreevaluada y que el sistema económico mundial generado en Bretton Woods era ya completamente inoperante. Era necesario pues adoptar otras monedas de cambio.

-    Que el dólar desde 1973 ya no estaba respaldado por el patrón oro ni por nada tangible, y, por tanto, era difícil calcular el valor real del dólar, pero, en cualquier caso, es muy inferior a su valor de cambio.

Y en estas circunstancias resulta evidente que si la globalización se apoyó y se promocionó a partir de los EEUU, ésta crisis económica que se desencadenó fundamentalmente como una crisis específicamente norteamericana y que, en una segunda fase, contaminó a todo el mundo, inhabilita a los EEUU para seguir liderando la globalización. Si a estos añadimos que esta crisis se ha generado precisamente por la desregulación de los circuitos económicos internacionales que han permitido la multiplicación de los "paraísos fiscales", refugio de dinero negro y si tenemos, finalmente, en cuenta que la globalización ha generado dos efectos peligrosos (la deslocalización industrial y la inmigración masiva, ambos para optimizar los beneficios del capital), se entenderá que consideremos a esta crisis como la crisis de la globalización: su primera prueba de fuego que ha resultado demoledora para sus argumentos. Ahora no queda más que dar marcha atrás.

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