Infokrisis.- El cimborrio de la Catedral (construido en los últimos años del siglo XIX), así como las dos torres, remiten al visitante al tema del ternario. Diversas tradiciones locales aluden a "los tres clavos de Cristo", pero el misterio es mucho más profundo y la enseñanza mucho más completa. Temas estos que nos sirven para repasar algunos de los fundamentos de la ciencia hermética que alternamos con leyendas barcelonesas y con datos históricos sobre la construcción de la Catedral.

 

 

El Misterio de la Catedral de Barcelona
Primera Parte
Capítulo III
EL MISTERIO DEL TERNARIO:
El cimborrio y los campanarios



En la cúspide del cimborrio construido hace menos de un siglo, se situó la estatua de Santa Elena, madre de Constantino -el Emperador que bajo el signo de la cruz, venció a Magencio en puente Milvio- y Emperatriz a su vez. Manuel Girona, cuya generosidad financió la construcción del cimborrio y la fachada, tuvo particular devoción por esta Santa, hasta el punto de situar su cripta funeraria en la capilla del claustro dedicada a ella y a San Matías. La capilla central del ábside está, igualmente, dedicada a Santa Elena y al Arcángel San Gabriel y allí también estuvo el Santo Cristo de Lepanto hasta poco antes de la Guerra Civil. Santa Elena recuperó la Vera Cruz, tallada -como veremos al comentar la Leyenda Aurea- de una de las tres ramas del Arbol del Bien y del Mal. No es raro que Barcelona, cuya basílica está consagrada a la Santa Cruz, deparase un culto particular a Santa Elena y la situara lo más cerca del cielo, donde la cruz apareció a Constantino, su hijo. No muy lejos de la Ciudad Condal, en el Museo Provincial de Valencia, se exhibe un retablo del Siglo XVI, en el que Santa Elena prueba las virtudes de la Cruz sanando a un enfermo.

Ya hemos significado que Barcelona poseyó tres catedrales y este número aparece de nuevo honrando a la Seo barcelonesa. Tres son, en efecto, los templos que están consagrados a la Santa Cruz en todo el orbe cristiano. Una es la Basílica de la Santa Croce de Roma, la otra la iglesia de la Santa Cruz de Jerusalén y la hermosa catedral de Barcelona; las tres son centro y faro de la cristiandad. Por eso antaño existía una vieja tradición repetida cada noche del Jueves Santo. A medianoche se ponía en marcha una extraña procesión cuyo recorrido se limitaba al perímetro exterior del templo. En primera fila, un relicario conteniendo una espina de la corona de Cristo presidía el cortejo; luego, ya en el interior de la catedral, se depositaba el relicario sobre el altar mayor donde permanecía para su culto durante todo el Viernes Santo. El canónigo que presidía la procesión era llamado "dormitolas" y tras el relicario otros clérigos llevaban tres velones de cera verde, dos encendidos y el tercero apagado. Cada vela simbolizaba una de las tres basílicas consagradas a la Santa Cruz; la apagada se identificaba con la de Jerusalén, ocupada por los infieles e inhabilitada para expandir su luz en la cristiandad.

La procesión en cuestión se nos presenta, más como un rito solar, que como una piadosa muestra de fe. La corona de Cristo, una de cuyas espinas se encuentra en la Seo barcelonesa, fue trenzada con ramas de acacia, árbol masónico y prenda de resurrección. Sus temibles espinas y la dureza de su madera, contrastan con su delicado perfume; en otro tiempo se tuvo a la acacia por incorruptible y, por tanto, de la misma naturaleza que el Sol y el Oro. Cuando Cristo es representado en la cruz coronado de espinas, son muchos los artistas e imagineros que trazan tan dolorosa corona de modo irradiante.

Este carácter solar y luminoso es reforzado por las tres velas de la procesión. Su color verde es también un dato importante; evoca el reino vegetal, y por tanto la vida. En la edad media se solía representar la cruz en tonos verdosos, indicando la capacidad regeneradora del sacrificio de Cristo. También era verde la esmeralda desprendida de la frente de Lucifer con la que se talló el Grial; Tal es la primera interferencia con la alquimia. El Grial y la Piedra Filosofal tienen en común el dar acceso a la inmortalidad. Y si el Grial está tallado sobre una esmeralda verde, la piedra filosofal ha derivado del León Verde del que el gran Lulio dice que su sangre es el oro de los filósofos y por tanto en él se encuentra la resolución de las contradicciones y la reintegración en la Unidad primordial. Pero este "león verde", no es todavía el "león rojo", aquel cuyo color evidencia un estado superior y concluyente de la obra; el "león verde" es, antes bien, una fase primera en la que el adepto ha conseguido aislar el fuego secreto que mora en él, pero aun no le ha dado suficiente empuje ni vigor; la presencia de la tonalidad verdosa en el matraz le indica que el camino es correcto y su práctica justa. Por ello, otro maestro del Arte, Basilio Valentino dice que "la naturaleza se sirve del verde para todas las cosas que el arte trabaja, ya que el arte debe imitar a la naturaleza. Este fuego es el que se resuelve los contrarios. De él se dice que es árido pero que hace llover, que es húmedo pero que siempre deseca". Helvetius añade, enigmático como siempre, que el "León Verde" es fusible como la cera e identifica con él, el fuego secreto de los alquimistas.

Quizás haga falta recordar que uno de los primeros versos de la Tabla Esmeraldina dice que "Todas las cosas vinieron y vienen del Uno, por mediación del Uno, así todas las cosas han nacido de esta cosa única y por adaptación". La unidad proyectada sobre el mundo se convierte en dualidad y contradicción permanente, hombre-mujer, positivo-negativo, sol-luna, oro-plata; debía de llegar el tres para recuperar el equilibrio y expresar la posibilidad de reintegración en el estado primordial y edénico anterior a la Caída. Si el Uno representa la unidad metafísica y el dos la dualidad contingente, el tres, su suma, indicará la combinación de uno y otro principio, esto es, lo contingente que pretende reintegrarse en lo trascendente. No es raro, pues, que, de los tres velones de la antigua procesión barcelonesa, uno permaneciera siempre apagado, pues no en vano la dualidad carece de luz propia. De ahí la importancia simbólica dada por el cristianismo a este tema y el gran misterio que encierra la Trinidad, un misterio que difícilmente están en condiciones de explicar la mayoría de nuestros clérigos. La espina de acacia es el símbolo del hombre renovado, irradiando luz, ascendido a la calidad áurea por la consumación de sus trabajos de Hércules; ese hombre que ha logrado desplazar el centro de su ser a la dimensión superior de la trascendencia y puede ser llamado con propiedad, alquimista.

Existe otra tradición que relaciona el número tres con los campanarios de la Catedral. Estos tienen idéntica altura -poca más de 50 metros- y representan las dos columnas del Templo de Salomón, Jakin y Boaz, respectivamente el campanario de San Ivo y la Torre del Seny de les Hores, campanarios Norte y Sur respectivamente. Dice la tradición que el maestro de obras desconocido, olvidó proyectar los campanarios; al darse cuenta de su error, viajó a Alemania y Francia para pedir consejo a otros constructores a fin de completar su catedral.

El simbolismo de los campanarios es netamente ascensional, quieren significar la proyección vertical del Templo y las dos columnas del antiguo templo de Salomón. Los campanarios de la Catedral de Barcelona tienen planta octogonal -como las pequeñas torres de Santa María del Mar- en la medida en que el octógono es una figura de transición entre el cuadrado y el círculo, procede del segundo, pero tiende a la perfección del primero y, por tanto, conviene, al simbolismo ascensional. Sobre ellas están colocadas las campanas; hechas de bronce, pretenden algo más que llamar a los fieles a los oficios sagrados o avisar de catástrofes. Estas son utilidades añadidas, pero no la intención que llevó a los constructores a situarlas en las cúspides de sus edificaciones. El tañido de la campana genera vibraciones que alejan los malos espíritus. Por eso se quiere que suenen cuando ha fallecido alguien, en la creencia de que alejan al Maligno del alma del difunto. Por eso mismo, tienen grabadas frases y palabras sagradas que transmiten su contenido a través de sus vibraciones sonoras. Por eso también el rito de consagración de una campana, su bautizo y colocación, era para la Iglesia tradicional, una compleja ceremonia sometida a una reglamentación particularmente estricta. La ceremonia tenía como finalidad sacralizar el tañido de la campana. Se la bautizaba para exorcizarla de los malos espíritus. Se le daba el nombre que convenía a la naturaleza de su sonido, por que se la consideraba un ser vivo capaz, por su solo poder, de ahuyentar al Maligno.

En otras latitudes, era relativamente frecuente que las torres se realizaran de manera independiente al resto del edificio. En ocasiones, como en la construcción de Chartres, la edificación se iniciaba por las torres; al ser más altas, y por tanto, más pesadas, los arquitectos cuidaban separarlas de la bóveda o bien las situaban a modo de contrafuerte. En Barcelona no ocurre así, ni tampoco en otras muestras del gótico mediterráneo; las torres están integradas en el conjunto, no tocan tierra y se alzan en puntos laterales de la bóveda que han sido previamente reforzados. Otro tanto ocurre con el cimborrio. Pues bien, los campanarios y el cimborrio, evocan deliberadamente en la Seo los clavos que martirizaron a Cristo.

Los tres clavos fijan el Espíritu al Mundo (representado por el centro de la cruz griega de la que cada brazo simboliza uno de los elementos). Uno de los lemas de la ciencia hermética recomienda "espiritualizar la materia y coagular el espíritu", aludiendo al eterno trabajo de depuración de toda la ganga que contiene el mineral y que no es apta para unirse con el Azufre. Esto solo puede operarse dentro del receptáculo que constituye nuestro cuerpo físico.

Quizás sea este el lugar adecuado insistir sobre los dos rostros del noble arte de la alquimia: de un lado, sobre una serie de minerales que los libros canónicos consideran próximos al oro y, de otro, sobre el propio alquimista. Estas dos facetas de la alquimia son inseparables y a nuestro juicio encierran el mayor misterio del Arte desvelado en la séptima plancha del "Liber Mutus", aquella en la que Saturno aparece devorando a su hijo en medio de un brasero, mientras que en la parte inferior pueden verse los dos operadores, hombre y mujer, concentrados ante el atanor. La alquimia amputada de su parte operativa se convierte en mística y si, por el contrario, se le restan los aspectos de trabajo del alquimista sobre sí mismo no pasa de ser metalurgia supersticiosa. [Foto 8.- LA VII PLANCHA DEL "MUTUS LIBER"].

La coagulación del espíritu y la espiritualización de la materia encuentran su reflejo más sublime en las formas del arte gótico. De un lado, las altas torres son el símbolo consumado de lo que, siendo materia, se eleva hasta más allá de los registros humanos; pero esas descomunales verticalidades han nacido de la horizontalidad de un plano. El maestro de obras no tenía -como veremos- más que trazar tres figuras en el suelo consagrado para diseñar su catedral. Se trataba, efectivamente, de coagular el espíritu, atrapar las corrientes telúricas que fluían bajo la superficie de la tierra y limitar el espacio sagrado, puesto al servicio de la verticalidad. Las dos torres y el cimborrio de la catedral son buena muestra de la voluntad ascensional que querían estimular los maestros de obras. [Foto 9.- LOS CAMPANARIOS DE LA CATEDRAL, JAKIN Y BOAZ, TORRE DE SANT IVO Y TORRE DE LAS HORAS, CUANDO AUN NO EXISTIA EL CIMBORRIO]

En el otro extremo, bajo el suelo de la catedral, fluye lo que se ha llamado "el riu de Sota" o "riu de Santa Eulalia", corriente telúrica que recorre las interioridades del Táber; los romanos advirtieron su presencia por vez primera y fue en las proximidades de la catedral, a menos de cincuenta metros del ábside donde ubicaron su templo. Tanto el templo paleocristiano que existió primero, como el románico que se alzó en las inmediaciones del año 1.000, o el gótico actual, compartieron siempre un espacio común como queriendo no separarse de la fuente de vida que discurre entre las entrañas del Táber.

Entre todos los lugares sagrados de la catedral, la cripta conteniendo los restos de Santa Eulalia, sumida en las entrañas de la tierra, parece querer estar más próxima a la fuerza telúrica emanada por el río subterráneo que lleva su nombre. Es también el lugar más alejado de los campanarios y del cimborrio que, por lo demás, está aproximadamente situado sobre el punto en torno al cual han pivotado los tres templos allí emplazados. Bajo la estatua de Santa Elena se encuentra el punto central de la espiritualidad barcelonesa.

(c) Ernesto Milá - infokrisis - infokrisis@yahoo.es - http://infokrisis.blogia.com - Prohibida la reproducción total o parcial de este texto

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