Infokrisis.- En los capiteles de la Catedral de Barcelona se encuentra plasmada la leyenda del Árbol Seco, una de las más hermosas y elocuentes leyendas gibelinas que dice mucho sobre el espíritu con el que se constuyó la Catedral y que, por sí misma, autorizan a un hombre sin fe, a visitarla y sentirse como en su propia morada. En esta parte hemos utilizado como material algunas leyendas tradicionales barcelonesas cuyo origen se remonta al Renacimiento.


El misterio de la Catedral de Barcelona
Primera Parte
Capítulo VIII
El Árbol de la Vida y el Árbol Seco

 

En otro tiempo existió la sorprendente costumbre de plantar un pino ante el presbiterio de la Seo el día 1º de mayo. Debió ser hacia mediados del siglo XVIII cuando la práctica se extinguió en las convulsiones político-sociales que sacudieron a la ciudad y ante el evidente aroma de paganismo que destilaba. El encaje con el tema católico se realizaba apelando a la leyenda de Santiago y a su primera prédica. Pero no era una cruz de pino lo que se rememoraba, sino, más bien, al símbolo del Arbol.

Otra tradición de la vecina Iglesia del Pino tiene mucha relación con todo esto. Existía en la plaza del Pino un extraño personaje que apenas lograba hablar; sus entrecortadas frases no eran comprendidas por nadie y cuando alguien lograba entender algo, se trataba solo de incongruencias. Cuando murió lo enterraron ante la iglesia. A los pocos días surgió incontenible un árbol frondosísimo que daría nombre al lugar situado frente al templo gótico de Nuestra Señora, la plaza del Pino. En sus ramas podían leerse las mismas frases incoherentes que pronunciaba el fallecido. Los ciudadanos, intrigados, cavaron hasta dar con las raíces del árbol: éstas salía de la boca del extraño personaje allí enterrado, "en el principio era el Verbo". Cuenta otra leyenda que un soldado francés clavó su bayoneta en las raíces de este pino y el árbol se secó...

La primera parte de esta leyenda es la continuación, apenas alterada, de la leyenda del Arbol Seco y de la peripecia de Set que no es sino una versión gibelina de la Leyenda Aurea que ya hemos referido. Set, al regresar a su hogar, encontró muerto a su padre y colocó, tal como le indicara el ángel custodio del Paraíso, los tres esquejes del Arbol Seco en la boca del cadáver, bajo la lengua. Luego lo enterró. Estas ramas reverdecieron y se mantuvieron en vigor hasta que con ellas se construyó la cruz en la que sufrió pasión y muerte Nuestro Señor. De ellas nació un cedro (de copa triangular, elevación, esquema de la notación hermética del fuego), un ciprés (verticalidad pura, resurrección, puente entre lo humano que pugna por elevarse a lo divino) y una palmera (multiplicación, lo divino se proyecta sobre lo contingente, su color, una vez seca, remite al Oro).

Algo parecido se cuenta en la leyenda de San Cristóbal, representada en la clave de bóveda de la capilla de San Raimundo de Peñafort, el cual clavó su bastón en tierra y éste floreció. Los romanos lo ataron a una columna y le clavaron 400 flechas, una de las cuales se desvió, dejando ciego al Rey. El Santo le dijo: "Si mañana cuando haya muerto, untas tus ojos con polvo de la tierra, verás". La rama seca que florece es fuente de virtudes. Y esto mismo puede verse en otra imposta del claustro catedralicio. El cadáver de Adán aparece descarnado con las tres ramas del árbol bendito surgiendo de sus mandíbulas. Evidentemente la leyenda de la Iglesia del Pino y el capitel del claustro aluden al mismo tema y entroncan, de nuevo, con el hermetismo medieval, con el tema Imperial de trasfondo. [Foto 23.- ADAN MUERTO, SOSTIENE ENTRE SUS LABIOS LAS TRES RAMAS DEL ARBOL SECO]

Deberemos de tratar las tres variantes del tema de manera unitaria, pues cada una supone la parte disgregada del todo originario. El extraño hombre de hablares incomprensibles de la Iglesia del Pino, alude al lenguaje de los hermetistas, cerrado para todo aquel que no comparte sus claves. Nuestro alquimista habla el lenguaje de la Naturaleza. Cuando muere su Ego, despierta algo más profundo en él, algo que asciende desde la tierra negra hasta los cielos; busca elevación, trascendencia; los lemas incomprensibles que aparecen en sus hojas son los símbolos herméticos, indicando que la vigorización del árbol no es sino una consecuencia del Arte y, el hecho de que clave sus raíces en la boca, hace de él un resultado de la intervención del Verbo, el Logos, un principio trascendente, en definitiva.

Pero el Arbol de la vida vuelve a secarse cuando Cristo muere en la cruz, símbolo hermético de los cuatro elementos; la fijación al instrumento de tormento, mediante cada uno de los clavos, indica estagnación, castigo y mortificación de quien ha sido atrapado por el mundo del devenir concebido como alternancia y combinación del Fuego, la Tierra, el Agua y el Aire. Ante esto, la espiritualidad se retrae y el árbol vuelve a secarse. Pero se trata solo de un percance temporal; el Arbol sigue sin extinguirse; seco, más no muerto. Entonces la leyenda adopta un giro inesperado: no es la resurrección de Cristo la que entrañará la resurrección del Arbol, sino la llegada del Emperador de Occidente para celebrar la misa bajo sus ramas. Tal es el tema gibelino del Imperio. En el siglo XIV, Belibaste y los cátaros supervivientes, estaban convencidos que ese Rey era el de Aragón que, finalmente, entraría a caballo en la Basílica de San Pedro y derribaría su altar; se trataba, evidentemente, de una adulteración del tema imperial gibelino.

El término Occidente, deriva de Occidio-occidionis, muerte, matanza, carnicería. El Emperador que llega de allí, procede del país de los muertos; él es un "re-nacido", aquel que ha pasado por el proceso iniciático -muerte del "hombre viejo", "nacimiento del hombre nuevo"-, la calidad regia lo asimila al Sol y al Oro. No es el Sacerdote -aquel que oficia de mediador entre el cielo y la tierra- quien está llamado a cantar la misa bajo las ramas del Arbol Seco, sino el Rey, no mediador, sino reflejo de la divinidad misma. La investigación histórica debería analizar las relaciones de la Corona de Aragón con el Sacro Imperio y, en particular, con los Hohenstaufen, para quienes se elaboró esta leyenda y otras similares, especialmente referidas a Federico Barbarroja. La dinastía Hohenstaufen y los grandes gibelinos sostenían la unidad del poder espiritual y del temporal en la persona del Emperador, mientras, el Papado defendía la división de poderes y, consiguientemente, la primacía del poder espiritual, representado por el Vaticano y el clero, sobre el poder imperial encarnado en la figura de los emperadores. Los primeros apelaban a Abraham, los segundos a una tradición más antigua y próxima a los orígenes, la de Melkisedek, príncipe de Salem, Rey de Paz y Señor de Justicia, a la vez Rey, Sacerdote y Profeta y del que el culto a los Reyes Magos supondría una división del personaje en tres figuras, igualmente regias. Nosotros sostenemos que el gibelinismo contó con fuertes alianzas en la Cataluña Medieval, tal como puede destilarse de algunas leyendas de nuestra Seo que evidencian sin ningún género de dudas, que el Imperio contaba con apoyos en amplios sectores de la población barcelonesa  -fundamentalmente entre las hermandades gremiales y, acaso, entre algunos miembros de la aristocracia guerrera-, formando una resistencia activa y persistente.

La primera capilla situada después del baptisterio de la Seo se encuentra bajo la advocación de San Marcos, patrón del gremio de zapateros que en 1683 donó los retablos que allí se encuentran. Bajo esta capilla se encuentra el baptisterio paleo-cristiano, inicialmente con forma de cruz griega (símbolo de los cuatro elementos) que luego fue transformado en octogonal (símbolo de perfección por su proximidad formal al círculo). En los laterales de la Capilla de San Marcos, a la altura de la nave se muestra la figura del misterioso Melkisedek, símbolo gibelino por excelencia de la iniciación real. En el otro extremo puede verse a Abraham, símbolo de la iniciación sacerdotal. En el tema bíblico, Melkisedek, rey de Salem, Señor de Paz y de Justicia, a la vez Rey, Sacerdote y Profeta, consagra a Abraham. Luego, la iniciación según Melkisedek es superior y anterior a la iniciación de Abraham. La consagración Real es, pues, superior, a la Sacerdotal. La institución Imperial, superior al Papado. [Foto 24.- SOBRE LAS ESCALERAS DE ACCESO AL PALAU REIAL, LA PEQUEÑA VENTANA ROMÁNICA POR LA QUE HUYÓ EL CONSELLER EN CAP]

Buena parte de la historia europea medieval está protagonizada por una dramática lucha entre Imperio y Papado, entre nobleza y sacerdocio. Y en Barcelona no podía ser de otra manera ¿Cómo interpretar sino la leyenda de aquel obispo que se empeñó en que su escudo figurase en la Catedral ante la resuelta negativa de los Consellers? Tal oposición llevó al Consell de Cent a retirar su apoyo a las obras y detenerlas hasta que el obispo en cuestión murió. Solo entonces, tras rascarse el escudo, prosiguió la construcción. ¿O cómo interpretar aquella otra leyenda que opone el Consell de Cent a las ingerencias inquisitoriales a través de un gracioso episodio? En efecto, el Consell y sus prohombres, tenían un banco en el coro de la Seo que nadie más podía ocupar; en el curso de una celebración, los inquisidores -máximos guardianes de la fe y custodios de la ortodoxia papal- usurparon dichos bancos y no consintieron abandonarlos. Los prohombres esperaron hasta que las campanas llamaran a la consagración para que los inquisidores se arrodillaran y entonces los prohombres ocuparon sus sitiales. Enfurecidos, pidieron la cabeza del Conseller en Cap que dió con sus huesos en las mazmorras del Palau Reial; se le facilitó la fuga, a través de una ventana que va a dar a la Plaza del Rei, encima de la puerta situada junto a la capilla de Santa Agueda. Esta ventana aun existe; se trata de una ventana románica construida en la remodelación que sufrió el lugar en el siglo XI, cegada con posterioridad y que no hace muchos años ha sido restaurada tal como puede verse hoy.

Pero esta lucha no fue solo legendaria, sino que, demasiado frecuentemente pasó a los hechos. En el 1044, el obispo Guislabert y de su sobrino, Udalard, se enfrentaron al Conde de Barcelona por una cuestión de competencias. Los partidarios del obispo apedrearon el palacio condal desde el campanario de la Seo. La lucha terminó con la victoria del Conde tras la intervención del enérgico obispo Oliba. Los historiadores sostienen que si Oliba dió la razón al Conde Ramón Berenguer fue, arrancando de éste, la promesa de apoyo para la construcción de una nueva catedral. Se tiene a Oliba -monje constructor- por padre de la Seo Románica. Por nuestra parte vemos en el episodio, uno de los muchos altercados entre dos concepciones del poder. Un siglo después, en todo Occidente, este enfrentamiento se reproduciría constantemente: Imperio contra Papado.

Los enemigos del Imperio también generaron distintos ciclos legendarios de los que aun hay constancia. Una leyenda anti-gibelina nos habla del te deum que se ofreció en la Basílica tras la tercera invasión musulmana. Un obispo, de nombre Federico, estaba junto al Rey del cual no consta dato anexo alguno. La nobleza, amparada en la Reina -y por tanto, en la óptica medieval, carente de virilidad y de legitimidad para su autoridad; no olvidemos que la leyenda glosa el papel sacerdotal y denigra a la casta guerrera y al rey- conspiraba contra el monarca. La gran fiesta que siguió tuvo lugar en el interior de la Seo; llevaron a la nave un gran pez pero ningún caballero era capaz de trocearlo. El obispo Federico pidió la espada al rey y cortó la cabeza del pez, despiezándolo luego sin dificultad: "Si queréis cortar algo, partirle la cabeza", proclamó. Los nobles levantiscos mataron en ese momento a Federico. Aquí es el Rey quien, por el acto de entregar la espada a un clérigo, cede con ella la esencia de su poder y se coloca bajo su protección . Los demás aspectos tienden a subrayar las virtudes y habilidades del clero en contraposición a la nobleza feudal. Una leyenda relativamente similar y conteniendo un evidente mensaje iniciático desfigurado que circulaba por la ciudad de Barcelona, es la del "caballero del pez", avatar del "Rey Pescador". La leyenda dice que a la llegada del rey a Barcelona, unos pescadores le ofrecieron el producto de su trabajo. Un caballero invitado al banquete comió tantos peces que el rey enfadado le dijo que para mantener su nobleza debía matar tantos moros como peces había comido. Así lo hizo el caballero que cumplió con creces, mato muchos más moros de los peces que había comido: siete viejos, siete jóvenes y siete maduros, 21 en total, número arcano. Por eso el rey concedió al caballero el derecho a ostentar siete peces en su escudo.

La calidad trascendente y suprahumana del monarca queda patente en otra leyenda Catedralicia que aprovecha la figura del Príncipe de Viana. Este era descendiente, por línea materna, de la realeza francesa, reputada de tener el don divino de curar ciertas enfermedades por imposición de manos. Henry Bloch en su libro "Les Rois Thaumaturgues" explica detalladamente esta costumbre que se dió también en otras casas reales europeas y entre los faraones y que en Francia subsistió incluso hasta Luis XVI, limitada a sanar de migrañas. Tal era el resto del poder divino implícito en la sangre de los reyes y que mostraba hasta qué punto la ceremonia de consagración, según la orden de Melkisedek, no era solo un ritual vacío y simbólico, sino una operación mágica. Por esta razón el Príncipe de Viana era considerado santo por el pueblo de Barcelona que lo llamó "el bienaventurado Carlos" y cuya imagen instaló en la segunda capilla del claustro de la Seu, saliendo de Santa Lucía, para ser objeto de culto, como abogado contra todas las enfermedades. Esa capilla, por cierto, es contigua a la que recibía el nombre, hasta primeros del siglo presente, de "Casa dels Gats", por que allí se albergaban los gatos vagabundos que llegaban a la Seo. El inicio de esta tradición es la fortuna que una dama donó a su gato y que debía administrar la canonjía.

Juan II, padre del príncipe, fue coronado a los sesenta años, cuando sus facultades estaban muy disminuidas. Su primera esposa, madre del Príncipe Carlos, Blanca de Navarra, tenía sangre francesa y falleció pronto. Casado en segundas nupcias con Juana Enríquez, de este matrimonio nacería Fernando el Católico, llamado a casarse con Isabel de Castilla el 10 de marzo de 1452 y obrar la unidad de los territorios peninsulares. Juan II despreciaba a su hijo, su estilo de vida, sus amores y enfermedades -había adquirido "fiebres malignas" durante su estancia en la Corte de Nápoles- y no dudó en encarcelarlo en dos ocasiones,  instigado por Juana Enríquez.

Se dice que cuando su malhadada madrastra fue a la Seo tras entrar en Barcelona al frente de sus tropas, las cuerdas de las campanas se rompieron cinco veces para impedir que anunciaran la ocasión y en el curso de la ceremonia cayó una de las dos columnas sobre las que se sostenía el velo que cubría al oficiante. Alusiones herméticas excesivamente tenues como para que podamos integrarlas en la exégesis simbólica de nuestra Seo y de las que nos limitamos a dar cumplida constancia.

Los cronistas de la época, haciéndose eco de la voz pública, llamaban a Juan II "ipse Nerone neronios", "más malvado que Nerón" y el refranero lo apodó "Joan doneta" que ha quedado como ominoso calificativo para aquellos maridos poco enérgicos que frecuentemente se dejan dominar por su mujer. La presión del pueblo barcelonés en favor del príncipe de Viana forzó a liberarlo, sin que nadie pudiera evitar que muriera prematuramente. Y es, a partir de ese momento, aprovechando sus demostradas dotes taumatúrgicos, que se empezó a tejer la leyenda del Príncipe Santo. Su nombre se incluyó en la relación de Santos que se recitaba al hacer un pregón público, junto a San Jorge y Santa María. El Conde de Pallars, comandante en jefe de las fuerzas catalanas que luchaban contra Juana Enriquez, en carta dirigida a los consellers barceloneses, explicaba que su ejército cobraba renovados bríos cuando desde lo alto de las nubes, el bienaventurado Carlos, les animaba al combate. Se dice que Juan II, de cacería con otros cortesanos, se separó de ellos y encontrose en un lugar para él desconocido. Un pastor le indicó como salir del arenal; pero fue así como siguiendo sus instrucciones, el rey se introdujo, más y más, en un terreno inhóspito e insalubre, agotando sus últimas fuerzas; medio muerto, fue encontrado por sus tropas, días después, falleciendo al punto. El pueblo de Barcelona no tuvo la menor duda que aquel pastor era el espíritu del Príncipe de Viana, que había regresado para vengarse. El lugar donde ocurrieron estos hechos, próximo a la desembocadura del Llobregat, fue llamado hasta hace poco, la Olla del Rey.

Carlos, el amado Príncipe de Viana, fue enterrado en Poblet y las monjas de Valldoncella obtuvieron autorización para quedarse con un brazo como reliquia. Colocado en un relicario, sobresalía solo la mano reputada de curar las enfermedades de la visión. Hay que decir que Juan II, ascendió al trono medio ciego, su ceguera encontraba contrapartida en la capacidad sanadora de su hijo, antítesis de él hasta ese punto.

Con este episodio termina prácticamente la historia del Reino de Aragón y de la sociedad medieval; lo que habrá a partir de ese momento es un nuevo período caracterizado por la nivelación general de la sociedad, la centralización del poder y la reducción de los fueros y de los privilegios de los cuerpos sociales intermedios, de los que el gremialismo será, sin duda, quien sufrirá más atroces consecuencias. Lo que estaba en juego en la antítesis entre Carlos, Príncipe de Viana, y su padre "Juan donetas", era una concepción orgánica, descentralizadora, piramidal y foral del poder, en cuya cúspide se encontraba un hombre amado por los dioses y de cualidades paranormales, superior a los hombres, y que, por este hecho, merecía detentar la más alta autoridad, y aquel otro poder, de carácter jurídico-administrativo, nivelador y, progresivamente absolutista, que solo extraía legitimación del prelado que lo consagraba, es decir, de la autoridad sacerdotal. En ocasiones el mito se vuelve historia y la historia se transforma en símbolo. "Joan donetes" no es solo el rey tiranizado por su esposa, sino también el monarca al servicio del principio lunar y sacerdotal, asimilado a lo femenino.

Frente a la posibilidad de un poder así concebido, se alzó la idea Imperial.

El Imperio era la traslación de la idea de Orden al dominio geo-político y a la organización social; al hombre trascendente que ha logrado realizar el tránsito entre el mundo del Devenir y el del Ser, corresponde la estructura Imperial que ha llevado el Orden donde antes solo había Caos. Los trovadores, los Fieles de Amor, las corrientes místicas y rosacrucianas, las hermandades gremiales, las órdenes militares, algunas órdenes ascéticas, se sentían co-partícipes de una realidad más alta, identificada con la catolicidad, asimilada a la idea Imperial. Y con todas sus fuerzas proclamaron su fe en las leyendas y en las piedras, tanto como en sus opciones políticas. Todas ellas, sin excepción sufrieron los rigores de una Iglesia -es decir, de un poder sacerdotal- que carecía de luz propia y que, como el resplandor de la luna, tenía su origen fuera de sí; la iglesia contó con la complicidad de los poderes que se oponían al status feudal, en especial, las monarquías nacionales, entonces emergentes. Fueron estas monarquías las que abolieron las órdenes militares, persiguieron a los gremios, quemaron a los disidentes, condenaron el Noble Arte de la Alquimia y derogaron los privilegios a las instituciones feudales. El trabajo de nivelación de las monarquías nacionales, culminó con el absolutismo y éste generó, necesariamente, una reacción en sentido opuesto a finales del siglo XVIII. Pero cuando esto ocurría, el gibelinismo y lo que cabalgaba con él, hacía tres centurias que había sido derrotado.

Así murió el mundo tradicional aquel en el que la Alquimia encontraba su lugar natural. Hoy subsiste como corriente subterránea, opuesta en su espíritu a la modernidad. Y aún hoy, muchos son los Artistas que han encendido sus hornos y molido el mineral; "están" en el mundo moderno, pero no "sin" del mundo moderno, su lugar es el mundo de la Tradición.

El lector, al haber llegado a esté parágrafo, puede pensar que hemos escamoteado la razón de ser fundamental de este estudio; no es así, desde luego. Los acontecimientos políticos e históricos adquieren muy frecuentemente el nivel de símbolos esclarecedores de contenidos más profundos. La historia trágica del príncipe de Viana, prefigura ya los no menos trágicos episodios de 1714 y el derrumbe que se presentía desde principios del siglo XIV -desde la caída del templarismo, en concreto- de la humanidad medieval y de todo un sistema orgánico de concebir la vida, el Estado y las relaciones sociales. La "gran política" de la que hablara Nietzsche, tiene, en cierta forma, mucho que ver con la alquimia, pues a ella le compete, en nuestro desgraciado tiempo, transformar las relaciones de poder e invertir las tendencias cinéticas de las masas abocadas siempre hacia una más y más profunda degradación, paralelo a la desintegración progresiva del sistema nacido al morir la humanidad medieval. En los muros de la Seo late todavía el espíritu del Príncipe de Viana, el espíritu de una época noble, el último intento histórico de reconstruir en plena Edad Media, un nuevo período áureo. Honor a quienes alzaron las Catedrales, honor a la nobleza que los protegió, honor a los gremios barceloneses que nunca dudaron en tomar las armas para defender sus fueros con la misma decisión que empuñaban sus instrumentos de trabajo para construir sus Templos. Honor, en definitiva, a la idea Imperial. Vergüenza y abominación para quienes, haciendo la obra del diablo, zaparon el último gran despertar de Occidente.

(c) Ernesto Milá - infokrisis - infokrisis@yahoo.es - http://infokrisis.blogia.com - Prohibida la reproducción total o parcial de este texto

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