La eterna Juventud en la Catedral de Barcelona

Publicado: Lunes, 29 de Junio de 2009 10:24 por Ernesto Milá en ESOTERISMO

Infokrisis.- Rescatamos el último capítulo de una obra escrita hace 20 años y que desde entonces ha permanecido en un cajón. Se trata simplemente de un trabajo monográfico sobre el simbolismo hermético de la catedral de Barcelona, del que presentamos a continuación el último capítulo sobre la Edad de Oro y la Juventud. El estilo empleado es el propio de esto trabajos sobre hermerismo de lo que Fulcanelli marcó en sus obras.

 

El misterio de la Catedral de Barcelona

Conclusión
La Edad de Oro y la Juventud

 

No es por casualidad que hayamos traído a colación la historia de Santa Eulalia en el último capítulo de esta pequeña obra. La Santa es habitualmente representada con los rasgos de una muchacha excepcionalmente joven. Esta es una de las muchas ocasiones en que el tema de la juventud se filtra en las leyendas y los símbolos de nuestra Catedral. Una vieja leyenda setecentista, por ejemplo, cuenta que existió una campana en la Seo barcelonesa cuyo sonido era singularmente claro y armonioso. Nadie sabe por qué los barceloneses de entonces la llamaron "Honorata"; si se cree saber, en cambio, que fue construida en la placeta de Junqueras, más o menos, en el lugar ocupado actualmente por la Plaza de Urquinaona. Dice la tradición que la campana entró en la ciudad por la Puerta del Angel y fue llevada hasta la confluencia con la calle Condal. Pero allí las fuerzas flaquearon y la campana -de más de tres toneladas de peso- quedó clavada en el suelo. En 1545 doscientos dos jóvenes barceloneses pidieron llevarla consiguiendo situarla al pié del campanario ochavado de San Ivo, que hacía poco que se había coronado. Treinta parejas de bueyes e ingeniosos juegos de poleas y polipastos, alzaron la campana casi a la altura de su emplazamiento; pero hubo un momento en que bestias y hombres, agotados, no alcanzaban a llevar la campana a la altura requerida. Fue un joven barcelonés el que dio con la solución, tan simple como todo lo que vale la pena en la vida: bastó con mojar las cuerdas para que el cáñamo se encogiera y la campana subiera sin más ayuda los pocos metros que faltaban...

No es la única tradición en la que la Seo barcelonesa se acerca al tema de la juventud. Si iniciábamos la primera parte de esta obra hablando del desaparecido convento de Santa Caterina, volvemos ahora a referirnos a la Santa, una de las patronas de la Juventud, junto al Apóstol San Andrés y a San Nicolás de Bari. Este último está presente en la clave de bóveda de una capilla lateral, mientras que puede verse a San Andrés en el pórtico principal de la Catedral, junto al resto de discípulos de Cristo y, así mismo, en la clave de bóveda de otra capilla, ostentando siempre su cruz en forma de X.

Santa Caterina tenía 19 años, era huérfana e hija de reyes; como en el caso de Santa Eulalia, el Emperador la quiso seducir ofreciéndole matrimonio que, por supuesto, rechazó. Alimentada en su encierro por una paloma blanca, sus suplicios tienen igual sentido simbólico que los de la Santa barcelonesa. Sometida al tormento de la rueda -ésta se rompió hiriendo a sus torturadores- y decapitada luego, su cuello manó leche. La imagen de la Santa está presente en la clave de bóveda de la capilla consagrada a San Marcos y al gremio de zapateros. Una ves más, bajo la imagen de los suplicios se evocan operaciones herméticas muy concretas. El llamado "fuego de rueda", es una técnica de los alquimistas consistente en cocer en el atanor, durante largo tiempo, el huevo filosofal a temperatura constante. Esta operación permite alcanzar la "obra al blanco", el "albedo", evidenciado en la leyenda de la Santa con el símbolo de la cabeza cortada que destila leche. Cuando se alcanza esta fase se está próximo a la regeneración del cuerpo y a la eterna juventud que otorga a la Santa el patronazgo de la adolescencia junto a San Andrés (martirizado, como la joven Eulalia, en un aspa, X, notación alquímica del crisol) y San Nicolás (su nombre en griego, deriva de "piedra").

Análogamente, la Capilla de la Madre de Dios de Montserrat, anteriormente dedicada a Santa Agnes, está coronada por la clave de bóveda que nos muestra a esta santa de apenas trece años en el momento de su martirio. A esa edad se convirtió al cristianismo y, como en el caso de Eulalia, el Cónsul romano se enamoró de ella; Agnes lo rechazó. Llevada a un burdel y expuesta en su desnudez ante los ojos lúbricos de los paganos, el Cielo quiso que el cabello le creciera hasta cubrirla. El hecho fue tenido como milagroso y el burdel transformado en casa de oración. Cuando el cónsul acudió a comprobar la veracidad de los rumores sobre el hecho, la luz que irradiaba el corazón de Agnes lo cegó y murió. Y es que el Santuario del Corazón, purificado y renovado, desprende tal luminosidad que abrasa al "Hombre Viejo".

Idéntico tema de la juventud triunfadora sobre el mal  -representado, esta vez, por el dragón- se repite en la clave de bóveda de la Capilla de la Madre de Dios del Pilar, antes dedicada a Santa Margarita, cuyos atributos son la cruz y el libro. Hija de paganos, su niñera la introdujo en la fe cristiana. A los 15 años, el gobernador romano quiso tomarla como esposa, pero ella se resistió y sufrió martirio. Un dragón amenazó devorarla, y al igual que Santa Marta, se libró con la señal de la cruz. Tragada luego por la fiera, salió de sus entrañas enarbolando nuevamente la cruz; por eso la tradición quiere que la Santa se invoque en las situaciones difíciles. El diablo volvió a tentarla con forma de hombre peludo  -otra vez la misma imagen presente en los frisos del pórtico de San Ivo-, pero se libró. Martirizada con fuego y agua fría, salió reforzada en su fe. Como otros muchos santos, fue, finalmente, decapitada. En la clave de bóveda se la representa con perlas, símbolos de pureza. Una vez más estamos ante la perífrasis simbólica de un martirio que no es sino la descripción de un proceso hermético de realización interior. A la victoria sobre el dragón, sucede la purificación del Santuario de la Cabeza.

Cuando estábamos a punto de dar por concluida esta obra, caímos en la cuenta de que faltaba hablar de la disposición de ánimo con que el alquimista debe iniciar sus trabajos. Esa actitud es la misma que la demostrada por nuestra amada hija cuando vio, en el Templete de San Jaime del claustro, el huevo bailando sobre las aguas. Nos llamó la atención la extraordinaria pureza de corazón con la que contemplaba la escena. Entendimos súbitamente por qué Cristo quiso rodearse de niños, por qué dijo que quien no fuera como ellos no tendría acceso al Reino de los Cielos y por qué alabó en sus bienaventuranzas a los "mendicantes de espíritu" (ya que no pobres). Entendimos también aquellas líneas que dedicó von Eckartshausen a todos los buscadores: "¿En qué consiste el órgano de la verdad? ¿Qué es la capacidad de verdad en el hombre? Respondo: es la simplicidad de corazón; la simplicidad coloca al corazón en una situación conveniente para recibir con pureza el rayo de la razón; y éste organiza al corazón para la recepción de la luz". La Juventud es el estado físico que equivale en el plano interior, a la simplicidad de espíritu, y en el plano cósmico a la Edad de Oro.

La Edad de Oro fue considerada en el mundo clásico, el período de plenitud del ser. La primera característica que enumera Hesíodo de la Edad de Oro es la juventud, "la vejez miserable no existía", escribe en "Los Trabajos y los Días". Aquel tiempo de plenitud espiritual aparece reflejado en otras tradiciones con las mismas características, incluso en el período cristiano. San Brandán, en el curso de su navegación llega a una "Isla Bienaventurada" en donde sus moradores viven una eterna juventud. La tradición china nos muestra otro ejemplo de una isla, Kuchea, poblada por "hombres trascendentes con rasgos de niños".

El lenguaje chino permite otra generalización interesante. En algunos dialectos la palabra "tse" quiere decir tanto "norte" como "joven". Habitualmente, todos las tierras paradisíacas relacionadas con el inicio de los tiempos y la Edad de Oro, están situadas en el Norte, esto es, en el Polo. Hiperbórea -el continente situado en el extremo septentrional del globo según la tradición griega- es el ejemplo que nos ofrece el mundo clásico: situada en el extremo Norte, allí reinaba la eterna juventud.

En otros contextos culturales no tendríamos ninguna dificultad en encontrar seriado este mismo dato. Los chiitas esperan la llegada del XIIº Imán, el "Imán Oculto", "polo de los polos", que tendrá los rasgos de un joven de belleza sobrenatural. Esta tradición deriva probablemente de otra anterior, la que define el reino iranio de Yima como un lugar en el que "no había vejez ni muerte (...) Padre e hijo parecían tener quince años". El "Zend Avesta", libro sagrado de la tradición irania, sitúa el reino de Yima en el Norte, lugar de juventud y trascendencia. Todos estos elementos son interesantes en su calidad de mitos, pero también contienen una enseñanza aplicable al proceso de realización del ser.

Una iniciación consiste en el acto de introducir al sujeto en un sendero de trascendencia que regenera su vida. Existe un "antes" y un "después" de la ceremonia iniciática; antes, el sujeto era considerado como un ser incompleto, limitado y en una situación similar a la vejez, al margen de su edad biológica real. A lo largo de las anteriores páginas, hemos aludido en varias ocasiones a este tema; el "hombre viejo", queda renovado mediante la ceremonia iniciática y se convierte en un hombre nacido a una nueva realidad, un "hombre nuevo", un re-nacido.

En el momento en que los francmasones son iniciados en el grado de Aprendiz, el primero de su jerarquía iniciática, reciben el nombre "Hijos de la Viuda", aludiendo al hijo que portaba en sus entrañas Balkis, la reina de Saba, fecundada por Hiram, el arquitecto. El rey Salomón, celoso de Hirám ordenó su muerte. Por eso los francmasones, herederos del arquitecto y fundidor se dan a sí mismos el nombre de "Hijos de la Viuda".

Antes que ellos, los templarios -que algunas obediencias sitúan en el origen de la francmasonería- fueron acusados de "quemar recién nacidos". Sus verdugos confundieron -o quisieron confundir- el mito con la realidad. La ceremonia de iniciación al capítulo secreto de la Orden recibía el nombre de "Baphomet" -nombre que la inquisición consideraba erróneamente como el de un ídolo demoníaco-; hay que descomponer esta palabra en "baphos", bautismo en griego y "metheos", fuego, para comprender el significado de la ceremonia: un "bautismo por el fuego", similar al dispensado por el Espíritu Santo, que posó "lenguas de fuego" sobre las cabezas de los apóstoles. El hecho de que se tratara de un bautismo (sólo se bautiza a los niños) y que fuera realizado mediante el "fuego" (esto es, a través del "espíritu") hizo que los inquisidores, tomando la alegoría por realidad, creyeran que los templarios quemaban a recién nacidos.

Idéntica confusión entre mito y realidad produjo la perdición de los judíos. Hasta un tiempo relativamente reciente se creía que los judíos, en las proximidades de la fiesta del Pesaj, secuestraban y torturaban a recién nacidos. En 1928, incluso, en Massena, estado de Nueva York, el rabino de la localidad fue interrogado tras la desaparición de un niño; éste fue encontrado, tiempo después, perdido en un bosque cercano y sólo el feliz hallazgo calmó a los antisemitas. Nicolás II, a finales del siglo pasado culpó oficialmente a los judíos de otro asesinato ritual, sin que nada pudiera demostrarse. Encontramos casos parecidos a partir del siglo XII, algunos de los cuales posiblemente fueran ciertos, pero sobre la mayoría persiste la duda. Una vieja leyenda urbana barcelonesa es significativa al respecto. Los judíos del Call (barrio judío de Barcelona situada en la parte noroeste de la ciudad antigua) asesinaron a Mauret, un niño, crucificándolo. Cuando lanzaron su sangre a las aguas, éstas se tiñeron de rojo. El niño, al decir del relato, fue santificado. Se trata, evidentemente de una leyenda hermética. No existen huellas de un culto a Sant Mauret en la Ciudad Condal, sin embargo, la leyenda, efectivamente circuló. Ya hemos visto por que el nombre de "Mauret" es sospechoso; en España, desde la Edad Media, los nombres cuya etimología se asocia a los "moros" están relacionados con lugares de magia y brujería. Mauret es pues un mago o un hermetista. Su crucifixión y muerte implican una ceremonia iniciática: ser crucificado equivale al "coagula" alquímico, la fijación en la cruz de los cuatro elementos (fuego, tierra, agua y aire), es decir, la obtención del dominio sobre ellos. La muestra de que la operación ha tenido éxito es que la sangre renovada de nuestro "Mauret" (en catalán, diminutivo de "moro") adquiere el carácter de una "tintura" que enrojece las aguas (en términos herméticos, dignifica el espíritu y otorga la mestría).

Los escritores herméticos representan a quien ha logrado extraer la "piedra filosofal" con la imagen de un niño o un adolescente. Abundan los grabados para demostrarlo: la XV figura del Libro de Lambsprinck muestra a un "nuevo Hijo" coronado de oro; en la II Clave de la "Filosofía Hermética" de Basilio Valentino, Hermes, representado por un joven coronado, está revestido con los atributos del triunfo alquímico. Así mismo, la quinta lámina del "Atalanta Fugiens" de Michel Maier muestra un embrión en el vientre de su madre, premonición del futuro nacimiento.

La consumación de la obra alquímica está reputada de ofrecer la "eterna juventud". Sus textos hablan de una misteriosa "fuente" que prolonga la vida en un estado joven y vigoroso para quien consiga descubrirla y beber de sus aguas. El famoso pintor Hieronimus Bosco en su retablo "El Jardín de las Delicias", representa esta fuente y "Cilyani", autor alquímico del siglo XIX, nos dice que se trata de la "fuente de Cadmo". Hay que entender por "fuente" al propio espíritu, el cual purificado, se convierte en germen del estado de eterna felicidad interior, comparable al Edén.

Aun es posible realizar otra asimilación entre la juventud, la fuente y el Edén: el símbolo del Grial.

Entre 1180 y el 1230, como respondiendo a una influencia subterránea oculta durante muchos años, de manera simultánea aparecieron en todo Occidente una multitud de leyendas relacionadas con la búsqueda del Grial. Época de las cruzadas, del auge de los templarios, el período de los grandes Emperadores del Sacro Imperio y de la síntesis espiritual del tomismo, en solo unos pocos años los textos de Chretien de Troyes, Robert de Boron, Massenier, Wolfram von Eschembarch, von der Tumlim, Gerbert de Montreuil, y algún otro autor anónimo, respondiendo sin duda a una consigna, se sitúan en la base del último gran despertar de la Tradición Occidental. El tema central es la búsqueda del Grial.

Tallado de una esmeralda caída de la frente de Lucifer, fue utilizado como copa en la Ultima Cena y luego en la cruz recogió la última sangre de Cristo. Recuperada por José de Arimatea, una saga de reyes-sacerdotes la custodió en un castillo. Pero uno de estos reyes resulta herido y el Grial se pierde. Deberán llegar Arturo y sus caballeros para acometer su búsqueda. Solo tres lo alcanzarán: Galahad, hijo de Lanzarote, el "caballero perfecto", Bors, el "caballero humilde" que regresa con él a Camelot y, finalmente, Perceval, llamado el "tonto perfecto" por su inocencia y juventud.

Una de las virtudes que dispensa el Grial es la "salud", entendida tanto en un sentido de salvación espiritual, salud física y juventud interior. Wolfram escribió: "el Grial infunde al hombre tal vigor que sus huesos y carne encuentran súbitamente su juventud". De los tres caballeros que lo conquistan, solo uno nos interesa a efectos de nuestro análisis; Perzeval, en efecto, es representado en los relatos del Grial, como un adolescente que apenas conoce el miedo -como el héroe nórdico-germánico Sigfrido, otro arquetipo heroico de la juventud- simple y sencillo de costumbres; caballero santo, vagará durante 5 años en busca de la Copa y conseguirá curar con su virtud al Rey Herido. Tras aproximarse al Grial y cosechar un primer fracaso, acomete de nuevo la aventura y lo obtiene al responder a la pregunta fatídica formulada por el Rey Herido "¿A quién sirve el Grial?", "A vos" responde Parzeval.

A pesar de la poca relación entre el tema del Grial y la tradición católica, es significativo que ambas hagan del estado de infancia una cualidad imprescindible para aproximarse a la experiencia trascendente y llegar a Cristo.

Los Evangelios no ahorran alusiones a la necesidad de un estado de infancia para alcanzar la conciencia crístico. Los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas son pródigos en este tipo de referencias. "Dejad que los niños vengan a mí" dice el Cristo y también "El que no reciba el reino de Dios como un niño pequeño no entrará en él". San Mateo repite textualmente la frase. Incluso el Antiguo Testamento tiene algunas referencias a la juventud: "El cordero y el lobo serán guardados juntos por un niño en el Paraíso", dice Isaías (XI: 6). La misma iconografía católica reconoce la virtud del estado de infancia en las figuras de los ángeles representados siempre con rasgos puros y etéreos de la pubertad.

Ya que hemos empezado con Hesiodo, sigamos el camino trazado por él en "Los Trabajos y los días". Allí, el autor clásico nos presenta un cuadro mítico para explicar la decadencia de la humanidad. A la Edad de Oro seguirán otras tres de decadencia progresiva, en las que se acorta cada vez más la vida de los hombres. En efecto, las edades de Plata (edad de los sacerdotes), de Bronce (edad de los guerreros) y de Hierro (edad de la confusión y el caos, la actual), siguen a la Edad de Oro (edad de la espiritualidad pura). En cada etapa la brecha entre el hombre y la trascendencia aumenta.

Hesiodo nos dice que los dioses para dar una esperanza a los hombres crearon una "raza de Héroes", capaces de ofrecer a los hombres de la Edad de Hierro una vía de reintegración en el estado primordial de la edad de oro. A través de un esfuerzo personal y de una búsqueda individualizada, afrontando la vida como una prueba, el Héroe clásico podía alcanzar un estado idéntico al de los hombres de la Edad de Oro. No se garantizaba el éxito de la aventura; unos triunfaban -como Hércules- y otros muchos fracasan (como varios argonautas compañeros de Jasón o héroes griegos muertos ante las murallas de Troya). El héroe siempre es presentado con los rasgos de un joven de vigor y fuerza inagotables.

El descenso de la Edad de Oro a la Edad del Hierro, último de los períodos de la decadencia, produce, como hemos visto, un acortamiento de la vida humana. El tema está presente en todas las mitologías. Los Vedas aluden al "Toro del Dharma" que en cada una de las cuatro edades va perdiendo una pata; en la Edad de Oro se mantiene sobre las cuatro, en la de Plata con tres, luego, en la de Bronce con dos y en la de Hierro -el Kali-Yuga, edad oscura, de la tradición hindú- con solo una. Esto indica una situación de inestabilidad creciente y una reducción en la duración de los tiempos, según la proporción 4, 3, 2, 1, cuya suma nos da el 10, límite de duración de un ciclo completo. En la tradición hebrea encontramos análogos retazos de la misma sabiduría; la Biblia pone especial énfasis en mostrar la edad de los patriarcas. Así, por ejemplo, Adán viviría 930 años, su hijo Seth 912, Enós, 905, hasta llegar a Abrahám cuya vida se extinguió a los 175 años. Después del episodio de la Torre de Babel, la vida humana sufrió una drástica reducción y tras el episodio de Esaú y Jacob, la edad media de los patriarcas pasa a ser similar a la actual. En el Libro de Daniel se habla de la visión de una estatua con la cabeza de oro, el torso de plata, las piernas de bronce y los pies de barro.

Pero en todas estas tradiciones se contempla la posibilidad de superar el pobre destino de la muerte y la extinción. Es universal la creencia que tras un período de decadencia absoluta, cuando se ha alcanzado el límite de las desintegraciones, se producirá una recuperación brusca y al caos más absoluto será sucedido por un nuevo ciclo áureo. El universo absorberá las partes impuras y reaparecerá el estado edénico primordial.

Incluso el cristianismo considera esta posibilidad bajo la forma de la "segunda venida de Cristo", la "era del Paráclito" a la que aludió Joaquín de Fiore, el místico y profeta medieval intérprete del Apocalipsis. Anunciado por las trompetas de ángeles y arcángeles, el concepto católico de renovación del Cosmos tiene también equivalente en la tradición clásica. Virgilio, en "Las Bucólicas", anuncia que el nacimiento de un niño providencial llevará al mundo de la Edad de Hierro a la de Oro. Ese Niño, para nosotros, es Jesús, el que, como la Piedra transmutadora de Plomo en Oro, nació en la oscuridad, en el seno de una caverna y bajo el signo de la estrella.

En un lugar privilegiado de la Catedral de Barcelona, en la nave lateral derecha, a la altura del coro, se encuentra la Capilla de San Raimundo de Peñafort. Antes del traslado de los restos del Patrón de los Abogados estaba consagrada a San Cristóbal. La clave de bóveda de dicha capilla muestra aun a San Cristóbal. El Santo no supone más que una leve alteración del eterno tema clásico del titán Atlas aquel que cargaba sobre sus espaldas el globo terráqueo. Cristóbal, el cananeo, era, como Atlas, un gigante que toda su vida había ansiado ponerse a las órdenes del Señor más grande del Universo. En el palacio de un Rey cristiano, observó como el monarca se santiguaba al oír el nombre del diablo y se hizo servidor del Maligno a quien creía el más poderoso. Lo abandonó cuando, llegando a una población, vieron la cruz de piedra, y el demonio huyó. Entonces supo que Cristo era más poderoso y decidió buscarlo, pero en vano. Un ermitaño le recomendó el ayuno y la ayuda a los débiles. Cristóbal así lo hizo. Un día, un
Niño le pidió que le transportara a la otra ribera de un río. A medida que Cristóbal se internaba en las aguas, notaba como el peso del Niño aumentaba más y más. Era Jesús que llevaba sobre sus hombros la carga de todos los pecados del mundo. Esos "pecados" tienen la densidad, opacidad y pesadez del plomo, oscurecen nuestra naturaleza trascendente y le privan de manifestar su verdadera faz. Pero, en el Niño se encuentra el germen del Oro.

Próximo a la capilla de Santa Lucía se encuentra el arcosolio funerario que alberga los restos de un joven juglar, Mosén Borra. Una vieja leyenda catedralicia nos explica que había nacido en el seno de una familia pobre, pero su padre, consiguió aproximarse a la cámara real e intercambiarlo por el hijo del Rey, cuando aún era muy niño. Devenido pobre juglar, Mosén Borra, el monarca verdadero, ignoraba su auténtica naturaleza, la regia, áurea y solar y había asumido aquella situada en las antípodas; en la jerarquía de las cortes medievales, el número uno era el rey y el último, su juglar, considerado como la inversión del primero, de la misma forma que el plomo es oro invertido y toda la luminosidad que hay en uno se transforma en negrura y pesadez en el otro. Borra quiere decir cordero y su raíz, bor-, se encuentra en la palabra boreal; en el fondo se trata de una reiteración: el "cordero" es Aries, primer signo del Zodíaco, el jefe de la manada que indica la dirección a seguir, el Norte, boreas, marcada por la estrella polar. La tumba de mosén Borra, el juglar que ignoraba su noble origen, se encuentra hoy junto a la capilla de Santa Lucía, en el claustro. En este sepulcro se lee la siguiente inscripción: "Hic jacet dominus Borra, miles gloriosus  - Facta fuit sepultura ista anno Domini MCCCXXIII".

La leyenda de mosén Borra es el símbolo de todos nosotros: alejados de nuestro origen tras la caída adámica, nos queda la esperanza de descubrir nuestras raíces trascendentes. El devenir del Mundo, como la caja de Pandora, tras haber arrojado todos los horrores del universo, solo ha dejado en el fondo la esperanza: y esa esperanza tiene un nombre en todas las tradiciones; se llama juventud y es un estado interior...

Sólo conocen ese estado quienes forman parte de la Ekklesia -literalmente "asamblea de los que han sido puesto aparte"- y digan, con Alfonso X, el Rey Sabio, "por bienaventurado se debe tener todo home que pueda construir iglesia". Aquellos, en definitiva, que hayan completado su templo interior, nacidos, con ello, a la nueva vida.

(c) Ernesto Milà - infokrisis - http://infokrisis.blogia.com - Prohibida la reproducción de este texto sin indicar procedencia,

 

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