Los hay que salen del armario para afirmar su propia sexualidad. Y otros que, más bien, deberíamos acomodarmos en su interior para hacer otro tanto, aunque sólo fuera por que seguimos un camino opuesto a los primeros.

Hubo un tiempo en el que la homosexualidad era denostada y perseguida. Ni nosotros, heterosexuales del siglo XXI, fuimos responsables de aquel ostracismo, ni tenemos ahora por qué pagar las culpas de otros. Hoy no hace falta afirmar la legitimidad de la sexualidad gay por que se encuentra plenamente reconocida: quien desea salir del armario ya no tiene miedo a ser estigmatizado. Lo cual es justo y necesario; pero nuestro deber y salvación es que lo "normal" siga siendo normal, por la misma eterna ley -que diría Dylan- por la que el presente de hoy, es pasado, mañana.

De seguir como hasta ahora en la velocidad en el cambio de la percepción sobre la sexualidad, corremos el riesgo de que lo que hasta ahora era "normal", excluido de lo "políticamente correcto", pase a ser anómalo y lo que hasta ahora se ha considerado "anómalo" sea la única realidad concebible. Y, ni tanto, ni tan calvo.

En el "armario" hay cadáveres guardados y secretos que se tienen por inconfesables. Salir del armario, en el argot gay, es dejar atrás todo eso y confesar abiertamente la propia sexualidad. Como si a alguien debiera interesarle las filias o fobias sexuales de tal o cual fulano. De ahí que algunos gays sostengan que "salir del armario" va mucho más allá de lo personal y reviste un carácter ético-político definido como "progresista". Es posible, pero los contenidos de la palabra "progre" son tan ambiguos como el sexo de los ángeles. En general, ser "progre", es ser "de izquierda". Y ser de izquierda es hacer todo lo contrario que hace la derecha, menos en el terreno económico, en donde un buen "izquierdista progre" quiere lo mismo que un buen "derechista regre", a saber, forrarse. No sigamos con esta digresión que podría llevarnos a derroteros muy alejados de la ebanistería. Por que la cosa va de armarios. El armario, según la mitología gay, oculta la identidad sexual de alguien; abandonarlo implica hacerla pública.

¿Y qué implica entrar dentro del armario? Salvaguardar de las miradas ajenas la propia intimidad. Yo lo hago. No me gusta que la vecina del tercero -esa bruja- esté pendiente -sé que lo está- de cuando hago el amor con mi mujer; ni mucho menos me gustaría aparecer en tal o cual portada de una revista explicando mi opción sexual. No señor. Fuera cual fuera. Lo privado es privado y cuando se hace público, deja de ser privado. Entonces, no es nada. Ningún guión exige realizar un streeptease ético-erótico. Dentro del armario está la propia intimidad. Fuera de él, la pecera, el Gran Hermano. Lo siento: estoy mejor dentro del armario (también los heterosexuales tenemos nuestro armarito); es así como afirmo un gran valor ético-político, además de erótico: el derecho a la propia identidad y a la intimidad. Manifiesto, en definitiva, pudor. Se ha olvidado y denostado la noción de pudor.

Lo que pasa es que los hay exhibicionistas. Si no dicen lo que llevan dentro, revientan. Allá ellos. También los hay que se sienten forzados por la presión del ambiente: ¿si todos salen del armario por qué no tú? "Puesto que no es pecado ser rinoceronte..." que diría Ionesco. Algunos, no es que tengan muchas ganas de salir del armario, pero los "colegas" los sacan con forceps y palanqueta. Luego, pasa lo que pasa cuando uno no está muy convencido de lo que hace: que viene el llanto y el crujir de dientes. Como algunos de los rostros de portada de la revista "Zero" de los que al cabo de unas semanas sabemos que están de baja por depresión o han pedido la excedencia de tal o cual cuerpo o instituto armado.

Decía que, entrando en el armario, afirmamos nuestro derecho a la intimidad. La sexualidad -lo he dicho antes- es polimorfa, nadie puede decir de esta agua no beberé. En el sexo cabe casi todo. Es íntimo, pero no puede excluirse el exhibicionismo. Es dulce, pero también brutal; es la caricia y el látigo, la seda y el cuero. La mirada casta y esos mismos ojos que lanzan un reclamo desvergonzado. Es cosa de dos, pero también hay cabida para los múltiplos y para los números impares. Heterosexual impenitente, ignoro si un día, un brusco cambio hormonal me llevará por otros derroteros. Cosas más sorprendentes se han visto y tengo contabilizados varios casos de cambio imprevisto de afinidades eróticas de una a otra acera, y viceversa; así que ya me dirán. Pues bien, todo esto, incluso el morbo exhibicionista de buscar hacer el amor en lugares en donde corremos el riesgo de ser descubiertos, todo esto pertenece a lo privado y se inserta, puertas para adentro, en el armario. Me interesa sólo a mí y a mi partener.

En la apolillada cartilla militar se evaluaba el "valor" del soldado e, inevitablemente, un escribiente esforzado escribía "Se le supone". La sexualidad también es algo que se supone íntima. Algo íntimo es algo resguardado de la luz pública. Por eso entro en el armario, cuando otros salen y es allí -al resguardo del ojo público- donde afirmo mi identidad... heterosexual. Hagan como yo, defiendan su intimidad entre la carpintería de un armario discreto, espacioso y bien acondicionado

A todo esto ¿qué es la normalidad?


Resulta arriesgado definir un estándar de normalidad. Cada momento histórico ha tenido el suyo. Es posible que Aquiles se beneficiara de Patroclo o que algunos de los filósofos clásicos hicieran otro tanto con sus discípulos. Aquellos eran tiempos míticos o situados veinticinco siglos para atrás en la historia. También es cierto que hubo un estadio de la civilización en la que el canibalismo era casi universal, lo cual no es el mejor argumento para justificar su vigencia en nuestra huxleyana era de progreso cybernético. Cada momento histórico ha tenido su paradigma de normalidad. Cada momento, menos el nuestro donde la velocidad de los cambios es tal que, a la sociedad le resulta imposible consensuar algún tipo de criterio de normalidad estable. Y sin embargo, es preciso restablecerlo o, de lo contrario, la ausencia de estándares implicará, a la postre, la ausencia de norma moral y la imposibilidad de definir criterios éticos, más allá de las zarandajas progres.

Ya que resulta imposible establecer un criterio de normalidad utilizando parámetros culturales, en la medida en que son estos precisamente los que mutan a mayor velocidad; ya que es imposible aludir a criterios religiosos en una sociedad que vive de espaldas a la religiosidad tradicional pero sumergida en la superstición; en la medida en que resulta imposible utilizar criterios jurídicos para establecer patrones de normalidad... nos veremos obligados a utilizar criterios que aludan a lo más auténtico de la naturaleza humana: su sustrato biológico. Es decir, su animalidad, en el buen sentido, claro está. Por que todos, usted y yo y, sobre todo la vecina del quinto, somos naturalezas con una componente animal, esto es, biológica.

A fin de cuentas somos mamíferos superiores. Tenemos un cuerpo físico que es la joya de la evolución, dotado de unas células nerviosas interrelacionadas en nuestro cerebro que generan el pensamiento lógico y nos dan conciencia de nosotros mismos. Desde Darwin y desde la primera etiqueta del Anís del Mono, nos sabemos pertenecientes a una especie biológica desarrollada de la que puede decirse, con Nietzsche que "Hemos recorrido el camino entre el gusano y el hombre y aún queda en nosotros mucho de gusano". Pues bien, utilicemos esta naturaleza biológica para iniciar el largo viaje en busca de la normalidad.

Tampoco es tan difícil imaginar la normalidad: chico conoce chica; chico se acuesta con chica (o viceversa que tanto monta); chico y chica gozan juntos; con esa o con otra pareja, chico o chica, tienen descendencia. En este guión están contenidos los dos elementos básicos del estándar de normalidad: instinto del placer e instinto de la reproducción. Ambos insertos en nuestra naturaleza animal. Lo que nos diferencia de los mamíferos superiores hacia abajo es que tenemos conciencia de nosotros mismos. Eso y que, la sexualidad humana tiene tres elementos que lo diferencian de otras especies animales: una parte del eros anida en el corazón, otra en el cerebro, y otra en las vísceras. Estos tres elementos no están presentes en la misma medida, ni siquiera es necesario que estén presentes los tres. Puede haber sexo sin amor o sexo sin erotismo. Y, por supuesto, puede existir amor con el erotismo más cerebral y menos tributario de las vísceras. El instinto del eros nos envuelve y paradójicamente está irremisiblemente unido al thanatos.

El ser humano sabe que busca el orgasmo, a diferencia del animal que lo ignora. Y sabe también que en el momento del orgasmo se produce una abolición de las fronteras del yo con el no-yo, el suelo falta bajo los pies, nos situamos en el límite extremo del agotamiento físico. Ese es el objetivo de la unión sexual. No albergamos la menor duda de que, en función del polimorfismo sexual, las formas de alcanzar el orgasmo pueden ser diversas e incluso sorprendentes: los hay que lo obtienen a través del dolor y, para otros, la ternura es el único camino; y, por supuesto, existe el orgasmo homosexual y el orgasmo heterosexual. Así pues, a fin de cuentas, a primera vista, no existe nada que, esencialmente sea diferente, en el terreno del placer entre una relación heterosexual y otra homosexual.

Cabría, eso sí, a segunda vista, no olvidar que las posibilidades de placer de la pareja heterosexual son mayores. Falta algo en el partener masculino que si está presente en el femenino: en su oquedad anal no existe una particular acumulación de terminales nerviosas, ni nada parecido al clítoris femenino. Dejando aparte que la funcionalidad de la vagina es recibir al pene y sólo en unas cuantas ocasiones en la vida servirá de autopista de salida para el feto. No puede decirse lo mismo del ano que precisa una lubrificación artificial, a diferencia de la vagina que se lubrifica por sí misma indicando con ello, además, el grado de disponibilidad y satisfacción de la mujer para el acto. Ciertamente, el orgasmo de la mujer es clitórico y no vaginal, algo de lo que las feministas de los sesenta ya se encargaron de recordar hasta la saciedad: para obtener placer, la mujer no precisa de la penetración... lo cual no quita que la relación de una mujer suela ser (excepciones, claro está, no faltan) más gratificante con un hombre que con un pulgar. Además, el aparato sexual femenino es un entorno "acogedor y amigable" para el pene y es la fricción la que le provoca el placer y esta fricción es tanto más agradable contra más lubrificado está. Así mismo, el varón no extrae ningún placer del clítoris. O quizás si: el placer de ver a su compañera excitada y gozando. Hay también en ello un placer mental. Somos humanos, ¡que le vamos a hacer!

La naturaleza humana ha dotado al aparato sexual femenino de una extraordinaria duplicidad: sirve para su propio placer (en el clítoris) y da, al mismo tiempo placer (en la vagina). En el varón, ambas funciones están concentradas en el pene: el pene da placer (aunque el orgasmo sea clitórico) y, al mismo tiempo, en él, se focaliza el inicio del propio orgasmo.

Claro está que el amante tiene a su disposición recursos eróticos diversos: su boca, sus dedos y, en el fondo, la totalidad de su cuerpo puede ser utilizado para dar y recibir placer... pero unas partes están más adaptadas que otras. Los pezones femeninos, por ejemplo, habitualmente de mayor tamaño, tienen una superior capacidad para la excitación que los pezones masculinos, aun a pesar de que buena parte del erotismo gay se centre precisamente en ellos.

Ciertamente, en esto del placer existe una innegable componente mental. Una querida amiga, por ejemplo, cree en la capacidad orgásmica del dedo gordo del pie. Se lo juro. Lo acaricia con sus labios como otras se llevan otra parte indudablemente mucho más sensible de la anatomía masculina. Al principio me extrañó, pero luego hube de concluir que si, que cierto gustirrinín, si da. Por lo mismo, me resulta imposible pensar que durante milenios el mundo gay haya realizado las mismas prácticas eróticas sin que les hayan procurado un razonable nivel de gozo. Ahora bien, nos parece incuestionable el hecho de que el cuerpo de la mujer y el del hombre están modelados por millones de años de evolución para complementarse en el placer y adaptarse íntegramente uno al otro.

A los gays no les gusta excesivamente que se recuerde en ambientes heteros que la forma más habitual de obtener placer para ellos sea recurriendo a la penetración anal. En las 777 páginas de su  "Diccionario de cultura homosexual, gay y lesbiana", Albert Mira pasa de soslayo términos como "penetración anal", "orgasmo", "sodomía" y resulta evidente que faltan entradas de conceptos relativos a la forma gay de concebir el placer. Pero el ano, triste es recordarlo para algunos, no está hecho para la penetración de algo, sino para la salida de heces fecales; caca, vamos. Si hubiera sido diseñado para aquel fin, la lubrificación vendría incorporada. Y no. Las fábricas de vaselina son hoy un valor en alza.

En tanto que terminal de la función digestiva, realizada, habitualmente, una vez al día, no parece que el ano sea un canal particularmente adecuado para el placer, pero esta modalidad erótica ha estado unido tan íntimamente a las prácticas gays que, frecuentemente sus miembros han sido calificados de "sodomitas", calificativo que rechazan como el mayor de los oprobios. Y sin embargo, me da la sensación de que no existe una relación gay intensa, sin penetración anal. Que se lo digan a Dalí cuando intentó penetrarlo Lorca.

Está claro que en el erotismo heterosexual también existe penetración anal, pero no es la habitual. La mujer suele ser reacia a esta práctica y cuando la acepta, no le proporciona ningún placer físico; como máximo lo hace para acceder al deseo de su partener o bien por curiosidad, solamente en unos pocos casos, experimenta un placer morboso y cerebral. El hombre, por el contrario, siente cierta atracción por esta práctica como forma de erotismo morboso en la que pone la mujer a su servicio, una fantasía sexual masculina tan discutible como recurrente.

En el caso de las relaciones heterosexuales, la penetración anal suele ser la excepción (de la misma forma que algunas mujeres se sienten atraídas ocasionalmente por el morbo de penetrar a sus compañeros con consoladores); cuando se convierte en obsesiva y en la única forma concebible para el varón heterosexual de obtener placer, lo mejor es seguir el camino que conduce al consultorio del sexólogo o, directamente, del psiquiatra. ¿Por qué? Cuando la penetración anal se convierte en el único recurso erótico (como puede ocurrir en otros casos con el sadomasoquismo, el exhibicionismo, la zoofilia, el triadismo, y cualquier otra variante), especialmente en una práctica como ésta en la que la mujer no recibe placer, entonces es que algo no funciona en el cerebro del sujeto. Por que en esto del sexo debe existir cierto grado de consenso entre las partes, y ambas, o se ponen de acuerdo en las formas de erotismo que les reportan placer, o la relación se convierte en un infierno o lo que es peor, algo que sólo satisface a una de las partes.

Literalmente, los "sodomitas" son los habitantes de Sodoma. La primera vez que vi esa palabra fue en el título de un libro: "Sodomitas", lo firmaba Mauricio Carlavilla y denunciaba una conspiración de homosexuales en las Naciones Unidas. Carlavilla era, evidentemente, un exagerado, pero no iba desencaminado: los ambientes gay de cierto nivel son los primeros en reconocer que en la sede de las NNUU en Nueva York los homosexuales ligan más y mejor que en cualquier otro lugar de la ciudad de los rascacielos. Pero el caso es que los sodomitas bíblicos fueron castigados por Yahvé y ni siquiera las súplicas y el regateo de Lot sobre el número de justos mínimos para salvar la ciudad, evitaron el diluvio de fuego hollywoodyano final. El nombre de la ciudad ha pasado a ser sinónimo de perversión y penetración anal. También de zoofilia, que tampoco está mal. Resumiendo: que desde Lot y la destrucción de Sodoma, dar por el culo, forma poco refinada pero no menos auténtica de aludir a la penetración anal, además de ser una guarrada, ha sido considerado un "pecado nefando".

Tenemos pues un primer estándar de normalidad: en el centro se encuentra la pareja heterosexual cuyos cuerpos son complementarios y han sido modelados, como hemos dicho, por miles de años de evolución. El principio del placer ha definido el primer punto de ese estándar. En el centro del centro, se encuentra la pareja heterosexual y algo más alejado del centro, todas las modalidades que quiera, empezando por la pareja homosexual: también busca el placer, pero... para obtenerlo deben recurrir a prácticas eróticas para las que deben recurrir a "ayudas": dilatadores, lubrificantes.

Segundo instinto de la naturaleza animal: la supervivencia de la especie. La finalidad de toda especie es sobrevivir y lo consigue adaptándose al medio y ejerciendo la función reproductora. El sexo garantiza la reproducción. No todo acto sexual está orientado hacia la reproducción, pero no hay reproducción posible sin sexualidad.

Está claro que también aquí, la ciencia introduce un elemento de corrección (fecundación in vitro), pero esto no es lo que nos interesa en este momento; en el fondo, las formas de concepción en las que participe alguna técnica artificial de fecundación, no son "anormales", simplemente son más o menos "excéntricas" en relación a la indiscutible normalidad: hombre fecunda mujer; mujer pare hijo. La perpetuación de la especie queda asegurada mediante esta dinámica.

En el centro del estándar de normalidad está la pareja heterosexual que decide (o no) tener un hijo. Y los tiene de forma natural, colocando el semen donde nos enseñan desde niños que hay que colocarlo con toda aquella coña de los ejemplos sobre la polinización de las flores y tal. En la naturaleza reina la ley de la perfección: sólo sobreviven los nacidos en pleno uso de sus facultades, el resto mueren. Afortunadamente, esto que es normal en la naturaleza animal, ha sido modificado por la civilización. El mero hecho de nacer implica la adquisición de unos derechos y una dignidad. Contra más débil es un recién nacido, más protección precisa. La civilización es civilización por que asegura (o debería hacerlo) el derecho de los débiles a la supervivencia. Así mismo, la ciencia y el progreso (progreso no es lo mismo que progresismo y progreso científico, casi diríamos que es lo inverso de progresismo fatuo) ofrecen la posibilidad a parejas con problemas de esterilidad de tener acceso a la descendencia. Así pues, la normalidad de un hombre y una mujer que se unen para tener hijos, tiene también distintos grados de excentricidad: en el límite se encuentra la adopción, una institución que ya existía en las antigüedades clásicas.

La adopción por parte de parejas heterosexuales desemboca en una forma casi idéntica a la descendencia obtenida mediante la  unión sexual... pero no es lo mismo: el código genético de los padres persiste en los hijos cuando estos son biológicos, pero está completamente ausente en los casos de adopción. Y esto tiene importancia: los padres biológicos se reconocen en los hijos, incluso físicamente; hoy se tiene la sospecha de que en los genes se transmiten algo más que las capacidades biológicas. Y hay algo que es muy elocuente: los padres que quieren serlo recurren a la unión sexual como procedimiento "normal". Cuando este falla, recurren a otros, el último de los cuales suele ser la adopción. Es decir, que la propia dinámica social se encarga de establecer jerarquías de normalidad y grados de proximidad con el estándar. El recurso a los artificios científicos para acceder a la paternidad es la ultima ratio para quienes experimentan el instinto de prolongar la especie.

A partir de aquí, cuando se introducen elementos diversos (familias monoparentales, familias homosexuales) lo que estamos haciendo es alejarnos del estándar de "normalidad". Una mujer soltera que desea tener hijos realiza su instinto maternal. No es una "familia" en sentido estricto, pero si es un proyecto personal que parte de un instinto natural. Así mismo, una pareja gay, experimenta la necesidad de entregarse el uno al otro, de dar y recibir placer, sólo que con otros de su propio sexo. Está presente cierta instintividad, educada en forma de deseo, pero en la medida en que la relación está inhabilitada para "fructificar" en forma de familia, está algo más alejada del paradigma de "normalidad" que las familias monoparentales y, desde luego, mucho más que la familia heterosexual.

Damos mucha importancia a la procreación por que a través suyo se plasma el instinto de supervivencia de la especie. Si hoy estamos preocupados por la desaparición de las ballenas o del tigre africano, ¿cómo no vamos a estar preocupados por la supervivencia de nuestra propia especie? Esta posibilidad marca la diferencia y la superioridad de la pareja heterosexual en relación a la homosexual y la sitúa, necesaria e indiscutiblemente.

Estándar de normalidad: 1) pareja heterosexual unida por lazos afectivos, pragmáticos, eróticos y 2) que cumple su función de perpetuar la especie mediante la procreación. Si los progres hubieran entendido la noción de "jerarquía" comprenderían que el "centro del centro" define un centro de normalidad y los distintos escalones de alejamiento de ese centro, son distintos niveles de alejamiento de ese centro de normalidad. La homosexualidad, se mire por donde se mire, supone un peldaño distante de ese centro, fuera en cualquier caso, del mismo. Salvo que, como hacen algunos representantes extremos del mundo gay organizado, la "alternativa gay" constituya un nuevo estándar de normalidad y los gays no tengan nada que aprender del mundo heterosexual. Cosa dudosa en extremo.

Estamos hablando de "pareja" y de "sexo".  Pero al llegar aquí, vale la pena realizar un alto en el camino, refrescarnos y prepararnos para entrar en otro derrotero íntimamente ligado a éste: la historia de la pareja desde 1789 hasta nuestros días.

(c) Ernesto Milá - PYRE - infokrisis - http://infokrisis.blogia.com - infokrisis@yahoo.es - Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen.

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