Infokrisis.- ¿Es el patriotismo una bandera de combate? Entre los supervivientes de la extrema-derecha, el patriotismo es la única referencia común a la docena y media de siglas y a los casi 200 blogs que encarnan estas ideas en plena modernidad. Cuando, hace una semana sacábamos a colación nuestra teoría de los “tres sectores” en los que está dividido el área ultra (la azul, la identitaria y la católica) se nos olvidó decir que el patriotismo era, al menos en principio, el denominador común. Ahora solamente queremos añadir algunas variaciones sobre este tema.

1. Un problema de definición

Es evidente que el problema de esta área política es su misma definición. De hecho, pocos se reconocen como “de extrema-derecha”, casi ninguno acepta que se le llame “ultra”. “Identitario” es una palabra que, en principio, debería extender a algo positivo el eje político fundamental de este otro sector, la lucha contra la inmigración masiva y la pérdida de identidad de los pueblos de Europa. Y en cuanto a los “católicos” es evidente que los partidarios de esta religión tienen comportamientos políticos muy distintos que varían desde la extrema-izquierda guerrillera hasta la ultra-derecha montaraz. Con los falangistas ocurre otro tanto, como máximo aludir a esta categoría, indicaría a los que hacen del pensamiento de José Antonio Primo, el eje de su ideología. Pero es evidente que términos como “ultras”, “extrema-derecha”, “azules”, “católicos”, “identitarios” no sirven para definir exactamente al “área” ni mucho menos para darle personalidad.

Así mismo, los neologismos nacidos en los últimos treinta años han contribuido a aumentar la confusión: “nacional-populares”, “social-patriotas”, “social-cristianos”, “nacional-revolucionarios”, son nombres que definen pocos contenidos exactos y que, como máximo, son convenciones adoptadas por los grupos concretos que los han asumido, para resumir su enfoque de los problemas, pero, a decir verdad, fuera de los altos muros de estos grupos, nadie es capaz de acotar exactamente en qué consiste tal o cual planteamiento ideológico. ¿Qué es un “nacional-revolucionario”? ¿Es lo mismo que la “izquierda nacional” o es una forma que tienen algunos nacional-socialistas de eludir esta catalogación y asumir otra menos comprometida? En cuanto a los “social-cristianos”, calificación que utiliza AES, haría falta conocer en qué consiste su “doctrina social” para establecer si le cuadra o no el nombre. En lo que se refiere a “nacional-populares” o “populistas” ocurre tres cuartos de lo mismo en un país en el que el calificativo de “popular” está íntimamente ligado al PP.

Debo reconocer que he tenido algunos experiencias casi traumáticas en esto de los nombre (aunque no estemos en las “Ultramemorias”, vale la pena sacarlo aquí a colación). No utilizo el nombre “nacional-populares” o “populistas” desde que oí a Martín Beaumont dar una conferencia en una universidad de verano de DN sobre este tema. Si era aquello –“dar la razón al pueblo”- yo, desde luego, estaba en otra onda. Lo mismo me ha pasado con el término “nacional-revolucionario” que desde hace más de 25 años no utilizo cuyos contenidos varían según el interlocutor. Lo mismo me ha ocurrido con términos como “izquierda nacional”: algunos consideran que han inventado la pólvora utilizándolo, cuando el FSR ya se definía así hace 45 años. No hay nada nuevo bajo el sol, claro, pero en esta área, el sol es turbio e ilumina poco.

Si queremos aludir al “área”, es inútil fijarnos en neologismos y palabras-paradigma. Llevan directamente a errores de percepción. Vale la pena fijarnos solamente en los contenidos para intentar establecer a qué tipología política, unánimemente aceptada por politólogos y analistas, pudiera corresponder. Y aquí aparece el gran problema.

2. El patriotismo como elemento de reconocimiento del "área"

Un análisis más o menos detallado de las principales componentes organizativas del “área” (excluidos, naturalmente, rarezas y exotismos unipersonales) indica que el “patriotismo” es el elemento último de reconocimiento y el verdadero polo de agregación de este sector político. El “área” sería aquel sector político que vive con singular intensidad el patriotismo y, a partir de ahí, de esa base común, le superponen una serie de elementos añadidos: el falangismo, el catolicismo o el elemento identitario.

Pero esto desplaza el problema a otros horizontes: hay distintos conceptos de patriotismo y distintas formas de entenderlo. En principio, se tiende a confundir “patria” con “nación”, conceptos que no solamente no son lo mismo, sino que, hasta cierto punto son contrarios. Lo que hoy es la “nación”, ayer era el “reino”, si éste estaba ligado a la hegemonía de la aristocracia, la nación está vinculado históricamente al ascenso de la burguesía. La “nación” es un hecho que históricamente se afirma con la revolución francesa y con la inmediatamente anterior emancipación de las colonias de Nueva Inglaterra que dará origen a los EEUU. La “nación” es, pues, algo relativamente reciente que pertenece al ciclo de la “historia moderna”. Si bien, el concepto de “nación” se utilizaba ya en período romano (derivado de “natio”, el lugar donde se nace), tenía también un contenido étnico (conocida es la famosa frase d Varrón: “Son muchas las naciones que habían los diversos lugares de Europa”, Europae loca multae incolunt nationes). También para los romanos, una cosa eran las “nationes” y otras la “civiltas” o ciudadanía romana. Hasta la revolución francesa el término “nación” se siguió empleando en una acepción étnica: naciones eran las partes de un Reino o de un Imperio. Todo esto tiene poco sentido hoy: a efectos políticos, en España, “nación” es lo que dice la constitución española de 1978 por la que nos regimos. En su Artículo 3 se responde al marco de aplicación: la “Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles”. Así pues, para los redactores de la constitución “nación” y “patria” es lo mismo. Más adelante, en cambio, se reconoce la diferencia entre nación, nacionalidades y regiones, cuando se dice que la constitución “reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas”. Pero la constitución es una norma para hacer posible la convivencia, lo que no implica necesariamente que sus contenidos sean “rigurosos”, sino sólo que son “oportunos” para alcanzar el fin propuesto.
 
La patria, sin embargo, es otra cosa. La “patria” es la “tierra de los padres”. En otros países europeos se utiliza el término “patria carnal” para designar el lugar donde se ha nacido, o, aunque no se haya nacido allí, el lugar donde uno se siente ligado por vínculos afectivos o culturales. Así como “nación” tenía, inicialmente, con Roma, un sentido exterior a la “Civilta romana”, el término patria estaba asumido sin reservas. De hecho, el concepto de “patria” nos ha sido legado por Roma y, por tanto, solamente está presente en el mundo derivado de la cultura-greco-latina. El concepto está ausente del mundo anglosajón que prefiere utilizar la idea de “country” que, equivaldría más a la de “país”.

Los tratadistas políticos han especulado en voluminosos trabajos sobre estos conceptos excitando al aburrimiento y manteniendo la confusión. Cada escuela tiene su forma de ver las cosas y, poco importa a nuestros efectos. La extrema-derecha, y es ahí a donde queremos llegar, no distingue exactamente entre “nación”, “nacionalidad”, “patria”, si bien considera al “país” como una calificación con poca vibración y mucho equívoco sostenida por la izquierda.

En tanto que “extrema-derecha”, este sector vive y afirma el patriotismo con singular intensidad, con la misma que es capaz de transformar el sentimiento de pertenencia a una nación en “nacionalismo”, esto es, afirmación intensa de los valores nacionales sean cuales sean.

Los problemas se multiplican porque:

1) Es preciso definir los contenidos del “nacionalismo”: ¿Cuál es el destino y la misión histórica de una nación? Es evidente que este concepto varía de un período de tiempo a otro: la misión de la España Imperial de 1492 al siglo XVIII es muy diferente al regeneracionismo que aparece en la crisis finisecular del XIX y, por supuesto, no puede ser el mismo que debería ser definido en la actualidad.

2) Establecer cómo conviven “nación” y “nacionalidades”
(y en este sentido los partidos nacionalistas periféricos han actuado exactamente igual que la extrema-derecha confundiendo también, sólo que deliberadamente, “nación” y “nacionalidad” y haciendo extensiva  aquella a  unidades a las que sólo le correspondería ésta).

3) Para colmo, el proceso de Unidad Europea (que no es sino la reconstrucción del espacio originario ocupado por los pueblos indoeuropeos) crea otro estadio. Ya no existen solamente las naciones-Estado, ni solamente las nacionalidades-regiones, sino la Unión Europa. Existen tres niveles de definición de nuestro origen personal: somos “ciudadanos” españoles, somos europeos y hemos nacido en alguna nacionalidad o región del Estado Español.

Los contenidos del nacionalismo o del patriotismo español (vamos a aceptar que nacionalismo y patriotismo sean lo mismo –que no lo son- simplemente para no introducir más elementos que no harían sino complicar la exposición) están hoy mal definidos. Nadie se ha preocupado de poner al día los contenidos de ese nacionalismo. Desde el 98 la reflexión sobre la misión y el destino de España se ha detenido y no existen pensadores de altura, ni una sola escuela de pensamiento que haya estado en condiciones de definir estos dos puntos esenciales sobre los que se asienta la idea de “Nación”. Para los pensadores católicos, España y la nación española están íntimamente vinculados a la defensa de la catolicidad… pero lo que fue en un tiempo, ya no puede ser hoy por motivos todos de peso: el propio Vaticano no está para admitir estos planteamientos, la Iglesia ha perdido fuelle en los últimos siglos y el catolicismo español es, sin duda, hoy, uno de los más débiles de Europa.

En la extrema-derecha, atribuir a Catalunya, Euskalherria o Galiza, el título de “nacionalidad” es casi una herejía… por mucho que sea la constitución quien lo atribuye y que, al menos en este punto, no va del todo desencaminada. Al no ser capaces de distinguir las sutilezas semánticas y los contenidos distintos de “nación” y “nacionalidad”, la adhesión extrema a la primera desliza casi necesariamente a una rechazo, no menos extremo, a la segunda.

Finalmente, Europa sigue generando rechazo en parte de la extrema-derecha. En este terreno se confunde el rechazo a la burocracia de Bruselas, a la falta de proyecto para “hacer Europa”, con la necesidad de Europa que subyace desde el punto de vista geopolítico, económico, energético e histórico. Una cosa es “Europa” y otra muy distintas la “Unión Europea”.

Valga todo esto para decir que el “patriotismo” de la extrema-derecha es excepcionalmente complejo porque no está bien definido. Cabría decir que la extrema-derecha española no ha tenido el valor del pueblo alemán que entre las estrofas de su himno colocó el “Alemania sobre todos” como forma casi taquigráfica de definir su patriotismo. ¿Qué es pues el patriotismo para la extrema-derecha? Lo mismo que el nacionalismo. Y ¿qué es el nacionalismo para la extrema-derecha? El “España sobre todos”.

3. Los problemas del patriotismo español


La extrema derecha tiende a pensar que solamente en sus filas existen verdaderos patriotas. Si fuera así, y a la vista de las dimensiones de este sector político, habría que pensar que es de por sí milagrosa la existencia misma de España en la actualidad. Con los 75.000 votos que han conseguido las 7 formaciones de extrema-derecha, es evidente que no se sostiene una Nación. Así pues, deberá haber “patriotas” en otras partes del espectro político.

De hecho, la “nación” y la “patria” son temas que pueden utilizarse políticamente pero con ciertas limitaciones: son “cosa de todos”, por tanto, es peligroso utilizarlas como bandera de un sector político y, mucho más, si es hiperminoritario. A nadie se le escapa que decir que solamente hay patriotas en la extrema-derecha es una enormidad: los hay en el PP (que no ha dudado en salir con banderas españolas a las calles) y los hay en el PSOE (de hecho, el felipismo celebró en 1992 los mayores fastos de exaltación nacionalista con tres eventos: Expo-Sevilla, las Olimpiadas y el Centenario del Descubrimiento). Y es normal que así sea. A fin de cuentas la “nación” y la “patria”, como decía, son cosa de todos. Si se convierten en “bandera” de una parte, mal asunto. Y mucho peor, si esta parte es minoritaria.

Durante los primeros años de la transición, la Confederación de Combatientes, distinguía entre “temas políticos” y “temas patrióticos” y afirmaba que determinadas conmemoraciones debían realizarse con criterios no políticos. Así, por ejemplo, el 12 de Octubre sería un día “patriótico”, no político, en tanto que lo que se reivindica es la afirmación comunitaria de una nación. Diferente es que se proponga la adhesión al concepto que tal o cual fuerza política se hace de esa nación, con lo cual el concepto para a ser político y se configura como punto del programa de un partido.
 
Así pues, el problema de fondo deriva de que la extrema-derecha asume el patriotismo con singular intensidad, mientras que otras fuerzas políticas lo hacen de manera más tibia. Esto se complica todavía más dado el particular sistema político español que, hasta ahora, ha hecho que los gobiernos de centro-derecha y centro-izquierda que no disponían del apoyo de una mayoría absoluta, debieran contar con el voto de minorías parlamentarias. Hasta ahora, el PNV, ERC, CiU, etc, formaciones nacional-regionalistas han dado su apoyo a cambio de obtener prebendas para sus autonomías. Esto ha dado la sensación de que “España se rompía”. De hecho llevamos 30 años con el “España se rompe”, desgarrado por los tirones de los nacionalismos periféricos.

A esto se une, además, que estos partidos nacionalistas periféricos tienen, como formas de nacionalismo que son, contenidos emotivos y sentimentales, esto es irracionales, en las que lo visceral ocupa un factor importante y, en el caso del PNV, incluso lo tribal. La endeblez de ERC, por ejemplo, partido que nunca ha tenido fuerza social relevante en Catalunya en los últimos 30 años, pero que se ha visto favorecido unas veces y perjudicado otras, por las oscilaciones del electorado, dirigido por una clique de inmaduros, aventureros y, frecuentemente, de obtusos, ha multiplicado insultos y ofensas a la nación española. La tendencia de todo este nacionalismo es culpar a España de cualquier cosa e imponer una falsificación de la historia que es lacerante para el sentido común. Y todo esto apoyado por los presupuestos públicos de sus autonomías respectivas, pues, no en vano, los partidos nacionalistas lo que hacen desde el poder es nacionalismo.

Todos estos insultos a España y a los españoles, llegados de la miseria intelectual del nacionalismo, cuatro pitos en partidos de fútbol en donde lo importante es pitar a algo que se mueva, han sido tomados por la extrema-derecha española como ofensas y han responsabilizado de ellos a “catalanes” y “vascos”. El desenfoque es evidente. A partir de ese momento, quien no manifestaba idéntica beligerancia en defensa de España, era considerado, como “tibio”, “traidor” o simplemente “vendido”.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com

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