La transición termina el 23-F de 1981. Esa fecha se cierra un ciclo iniciado el 20-N de 1975, cinco años y tres que solamente una mitología servil e imaginativa ha conseguido transformar de lo que fue el realidad, católico y frecuentemente construido a base de engaños a casi todos, en un “cambio modélico” envidiado en todo el mundo. La ultraderecha se convirtió con demasiada frecuencia en “protagonista” de la transición. En todos los fenómenos sociales tiene que aparecer una figura que polarice todas las hostilidades y en función de la cual, todo el resto se siendo identificado al combatirla. La ultraderecha ocupó ese triste papel y ofreció a todo el sector que iba desde la derecha liberal y el franquismo sociológico hasta las marginalidades varias de la extrema-izquierda, una imagen frecuentemente odiosa que justificaba el “a por ellos que son pocos e hijoputas…” que, en buena medida, fue el verdadero motor de la transición.
 
La ultraderecha, a diferencia de cualquier otra fuerza política, no ha eludido su relación con la violencia. Un tipo pacífico y tranquilo como yo, amante de la vida en la montaña, de los deportes que solamente a mí me pudieran suponer un riesgo y un chorro adrenalínico bombeado en la sangre, a pesar de disponer de una formación intelectual correcta, y catalán educado en el "parlem-hi" (hablemos como forma de resolver los problemas por vía del diálogo) frecuentemente me había visto envuelto en episodios problemáticos y, para colmo, así que pueden imaginar lo  que pasaba por la cabeza de un chaval recién superada la adolescencia, sin ningún tipo de educación política, con un uniforme recién estrenado y un orador fogoso que le explicaba que había que hacer algo para salvar a la patria.

Lo más habitual en la ultraderecha ha sido el que sus bases carecieron casi siempre de educación política, algo que emanaba de sus direcciones. Éstas anteponían sus “fidelidades ideológicas” a cualquier otra consideración. No habían leído, sin duda, "El Ocaso de las ideologías" escrito por uno de los nuestros, Fernández de la Mora. Si eran falangistas, les resultaba imposible pensar en un partido con tendencias en la que los falangistas ocuparan un ala con identidad bien definida. Y si eran católicos y piñaristas, por definición, les era imposible colaborar con alguien que no hiciera de una percepción integrista y ultramontana de la fe, el eje de su participación política; ya me lo dijo Blas cuando me expulsó del partido: “Te falta la fe necesaria para nuestra lucha política”…(y a él seguramente también, pues no en vano disolvió el partido a la primera que sus esperanzas y fes se vieron decepcionadas). Si eran franquistas con cierto grado de sensibilidad política al estilo de Fernández de la Mora, no terminaban de verse en la misma tribuna de los oradores con un Blas del que nunca estaban seguros de lo que iba a decir. Entre Blas y Fraga, la derecha franquista optó por Fraga sin dudarlo. Gentes habitualmente maduras, con un pasado político preñado de responsabilidades de gobierno y que sabían de la vida, no podían por menos que deplorar la presencia de formaciones paramilitares presididas por banderas al viento, desfilar esforzándose malamente en mantener el paso, y a oradores que no terminaban de advertir que España estaba cambiando y que había que anticiparse a los cambios en nombre del futuro y no del pasado reciente.
 
Blas –y, por extensión toda Fuerza Nueva- les reprochaba a todos estos franquistas moderados el que sus ambiciones  fueran excesivas y  se recalcaba que detrás tenían poco apoyo consistente. Fernández de la Mora solamente pudo agrupar a unos cuantos cientos de jóvenes en su Unión Nacional Española, la mayoría de los cuales en los meses siguientes terminarían integrándose en Fuerza Nueva o directamente en AP. Era posible que también hubiera algo de razón en ello. Pero el tiempo nuevo que se aproximaba no estaba hecho ya de masas oceánicas expresando adhesiones inquebrantables y entusiasmos épicos, sino por votantes. Poco importaba que en la Plaza de Oriente llegara a haber en 1978 y 1979 mas de medio millón de franquistas entusiastas… si no existía partido alguno capaz de capturar esa corriente de rechazo al caos de la transición. Puedo asegurar que no fue sino hasta el asesinato de Miguel Ángel Blanco cuando en España tuvieron lugar manifestaciones como la de aquellos 20-N. En los medios ultras, el optimismo expandido por El Alcázar, llevaba a una curiosa escalada: en 1978 ya se dijo que los manifestantes llegaban a un millón… así que en el 79 debían ser “algo más de un millón”, realmente poco, porque en 1980 ya habían pasado a ser millón y medio, o como tituló El Alcázar, “la manifestación mas grande jamás contada”. En 1979, había gente que ocupaba, no sólo la Plaza de Oriente, sino la del Teatro y las calles adyacentes. Pero ¿cómo unos oradores instalados en la incomprensión política sobre lo que estaba sucediendo podían aprovechar aquella corriente de entusiasmo? Era imposible por tres motivos: El Alcázar y la Confederación de Combatientes, por algún motivo, seguían sosteniendo que aquellas eran “movilizaciones patrióticas” y en absoluto políticas. Particularmente deletérea fue el papel jugado por El Alcázar en aquel período. Creo haber escrito en algún lugar que si leías El Alcázar había que comprar algún que otro diario para saber qué estaba pasando en la calle pues el grado de desinformación y los desenfoques palmarios que difundía este diario eran de una magnitud desconocida en los anales del periodismo a esta parte de la Vía Láctea.

En cierta ocasión volviendo de Madrid a Barcelona, me encontré en la carretera con un gigantesco embotellamiento, sirenas de policía, ambulancias y bomberos.  Hacía menos de 10 minutos que había saltado por aires el restaurante El Descanso, en lo que constituyó el primer y único atentado islamista cometido en nuestro país. Llamé a la redacción. No había nadie y todavia no eran las 23:00 horas. La noticia no apareció al día siguiente sino al otro a pesar de que la explosión había tenido lugar a las 22:30… Y eso que el terrorismo era el fenómeno al que recurría habitualmente el diario para componer sus titulares de primera página. De hecho, si querías publicar algún artículo en El Alcázar, bastaba con enviar alguno que tratara del terrorismo. Yo mismo logré varias terceras páginas (las más leídas) a costa de despotricar sobre tal o cual atentado. Debió ser en 1979, recuerdo un titular de El Alcázar maravilloso, a seis columnas y a grandes caracteres: “Los comunistas asesinan a 12 personas”… luego, en letra muy pequeña, casi invisible, se leía “Nuevo atentado de la guerrilla filipina. Izquierdo trabajaba así y nadie le reprochaba nada a pesar de que El Alcázar fue el principal elemento de desinformación política que proyectó su sombra sobre la ultraderecha.

Ni en las columnas semanales de Fuerza Nueva, ni en las diarias de El Alcázar se explicaron jamás las dos alternativas de aquel momento: o prepararse para las elecciones democráticas o para el golpe de Estado. En lugar de eso, todo se quedó en una defensa del pasado, en una denuncia del presente y en agitar amenazas  y miedos al futuro… pero nunca, absolutamente nunca, nada sobre cómo modificar el futuro, ni siquiera sobre cómo insertarse en ese futuro.

Pero hubo algo más peligroso y oscuro. Antonio Izquierdo era amigo íntimo del entonces ministro del interior, Rodolfo Martín Villa. Ambos habían compartido vida bajo las lonas del Frente de Juventudes. Izquierdo había hecho una modesta carrera en la Cadena de Prensa del Movimiento, formada por una cuarentena de cabeceras diarias vinculadas al régimen. Era la “prensa oficial” y, por tanto, la menos leída. Como último director de Arriba, Izquierdo había logrado sumirla en una absoluta inanidad de lectores. No debñia vender más de 1.000 ó 2.000 ejemplares y el resto hasta 5.000 eran suscripciones a instancias oficiales. Y, sin embargo, Arriba, la histórica cabecera falangista que ostentaba el yugo y las flechas, era el “buque insígnea” de todo este grupo de prensa subvencionado por el régimen, con menos ventas de los que merecían la calidad de algunos colaboradores (en mi casa se compraba el vespertino La Prensa de esa misma cadena, solamente por la gratificante lectura diaria de la columna de Carmen Kurtz), pero en línea con lo que es una prensa oficial y frecuentemente pelotillera con el poder. Cuando durante la transición se disolvió todo este entremado de prensa, Izquierdo quedó en paro y terminó haciéndose cargo de El Alcázar. Y en mi opinión -y sobre la base de algún dato que me pasarón otros y sobre comentarios que me realizo el propio Izquierdo años después- siguió manteniendo la amistad con Martín Villa, sólo que éste ya había dejado de ser una "joven promesa de provincias" para pasar a ser Ministro del Interior en la capital. Y es por aquí por donde se deslizaron las confusiones, los malentendidos, las sospechas y, acaso, las traiciones.

Sí, porque El Alcázar, increíble e invariablemente, en momentos de tensión solía tirar balones fuera y terminaba  planteando salidas políticas a la ultraderecha que beneficiaban sobre todo a UCD o a AP. En las elecciones de 1979, por ejemplo, era evidente que Blas Piñar subiría en votos y que saldría elegido diputado por Madrid. Pues bien, hasta el último momento, El Alcázar mantuvo la ficción de que era posible una entente desde Alianza Popular a la Unión Nacional 18 de julio, ticket electoral formado por Falange Española de las JONS, el Partido Nacional Sindicalista de Diego Márquez y Fuerza Nueva, cuyo nombre ya de por sí generaba una irremediable tortícolis a la vista de que aquella referencia del calendario que incluia en su nombre ya decía muy poco a los españoles de 1979. Hasta última hora, Cruz Martínez Esteruelas ofició de corre-ve-y-dile entre Fraga y Blas… afortunadamente algo no estaba muy claro, así que la Unión Nacional decidió tener preparadas las listas por si, como ocurrió, a última hora, poco antes de cerrarse el plazo de admisión para las candidaturas, Alianza Popular se echaba atrás, como de hecho así ocurrió. Seguramente artimañas de este tipo debió aprenderlas Fraga en Londres, comprobando que,  a fin de cuentas, no eran tan ajenas a las prácticas del funcionariado franquista. En las elecciones a procuradores en Cortes por el “tercio familiar” se habían visto cosas parecidas y en las elecciones a “enlaces sindicales” la triquiñuela, como el valor al soldado, se le suponía.

Poco antes del 20-N, el 11 de noviembre de 1978, había salido a la superficie la noticia de la detención del comandante Ricardo Sáez de Ynestrillas y del teniente coronel Antonio Tejero Molina. Parece que habían realizado algunos comentarios sobre la posibilidad de dar un golpe de Estado. A eso se le llamó la “Operación Galaxia”. No parece que detrás hubiera nada importante y lo más probable era que estos militares hubieran resultado detenidos para dar ejemplo a otros golpistas que figuraban como nombres ilustres en el escalafón y que, todavía no habían dado que hablar. Los dos interesados sostuvieron siempre que se trató de una “conversación de café”. Antes, Tejero se había hecho significar por revelarse contra la indiferencia general con la que eran considerados los asesinatos de sus Guardias Civiles en el País Vasco. A partir del “Caso Galaxia”, la peculiar fisonomía de Tejero, con sus grandes mostachos bajo el tricornio de charol, alta estatura, hicieron de él el Guardia Civil más conocido de toda España (dato importante de retener por la importancia que tiene y que, a menudo, no ha sido valorado en toda su magnitud). Tejero era fácilmente reconocible desde el momento en que se veía por primera vez su imagen.

Aquel 20-N resultó sorprendente que ninguno de los oradores, ni mucho menos El Alcázar, mencionaran absolutamente para nada a los dos militares presos, a pesar de que en ese momento proseguía su arresto. Y aquella omisión no dejaba de ser extraño. Nosotros mismos, los militantes del Frente de la Juventud, distribuimos varios miles de panfletos en la Plaza de Oriente pidiendo la libertad de Tejero e Ynestrillas, sin embargo desde la tribuna de oradores existió una absoluta omisión que no podía ser el resultado ni de la casualidad ni de desconocimiento de su situación de arrestados. Al acabar el acto seguía distribuyendo las octavillas cuando me invadió la sensación indeleble de que algún sector de la extrema-derecha estaba pactando con el ministerio del interior. Y el nexo solamente podía establecerse a partir de Antonio Izquierdo. Años después, cuando regresé del exilio y conocí a Izquierdo advertí sin ninguna dificultad que era capaz de eso y de mucho más. Era fácil suponer que Interior habría hecho llegar a los organizadores del 20-N la necesidad de que no hablaran sobre el golpismo. Más de 500.000 personas gritando “Ejército al poder” hubieran sido una imagen demasiado amarga para UCD y la exteriorización de que no eran exiguas minorías las que reclamaban la intervención militar para atajar el desmadre de la transición, sino masas populares que podrían generar un “efecto contagio” en la opinión pública. Era importante para la culminación final de la transición demostrar que el golpismo era un fenómeno aislado de cualquier movimiento de masas  y que afectaba solamente a unos pocos cientos de lunáticos. Nosotros mismos habíamos visto como nuestros gritos de solidaridad con Ynestrillas y Tejero eran sistemáticamente acallados por la tribuna y cubiertos con el grito de “Franco, Franco” con la misma entonación y brío que cuando empezó el "aislamiento internacional".

Izquierdo era uno de esos personajes, muy habituales en el antiguo régimen, que por una parte habían asumido mentalmente -quizás por oportunismo, quizás por lavado de cerebro, quizás por que no tenían otras inquietudes intelectuales, esto es, por conformismo, o incluso es posible que por identidad-  los valores que habían recibido en los muy oficiales campamentos del Frente de Juventudes durante sus años de formación, luego habían emprendido una carrera funcionarial al servicio del franquismo y terminaron haciendo cualquier cosa que pudiera favorecer y mejorar su situación personal, algo muy comprensible por lo demás, pero que les sumía frecuentemente en pozos de contradicciones sin fondo y  perseguidos por la sombra de la traición hacia el ambiente del que sentían formarse parte. Terminaron jugando con dos barajas: con la de sus antiguos camaradas devenidos figuras prominentes de la transición y con sus antiguos camaradas que permanecían en las trincheras del antiguo régimen, a pesar de que carecían de la inteligencia y el maquiavelismo suficientes como para asumir ese rol.  Quisieron servir a ambos, unos por que les pagaban y otros por fidelidades ideológicas pasadas. Al final lograron quedar mal con casi todos: los unos les consideraron gentes que se vendían baratas y los otros simplemente los tuvieron como chorizos. Ese tipo de gente ambigua por definición son los elementos que los servicios de inteligencia colocan en los puestos centrales de una conspiración: demasiado ambiciosos para negarse a figurar en una trama golpista, eran también demasiado ciegos como para identificar su orientación, su motor y dónde se situaba su núcleo. Así se hizo la "trama civil" del 20-N.

En la ultraderecha de la época, cuando aparecía un galón y no digamos un entorchado, inmediatamente se le consideraba como un golpetero de pro., de la misma forma, como ya he dicho, que cuando aparecía un norteamericano se le tenía como agente de la CIA que venía a “ayudar”. La ultraderecha se declaraba golpista sin ambages, esto es, sin rodeos., en un momento en que los "ambages" empezaban a ser lo más frecuente en la clase política. El problema es que concebían el golpe como una operación exclusivamente militar, en la que los militares debían tener la iniciativa, la preeminencia y la voluntad. No se concebía que en una red golpista participaran civiles, ni mucho menos que existiera un debate entre unos y otros sobre estrategia y tácticas golpistas. Cualquier tenientillo o capitancete del montón, incluso sargentos chusqueros, eran tratados en la ultra como si capitanes generales y usías varios. Podría contar anécdotas de este tipo hasta la saciedad. Había ultras que literalmente hubieran estado dispuestos a pagar por dejarse fotografiar junto a un tenientillo recién salido de la academia y no digamos junto a un oficil con fajín de Estado Mayor. El militar siempre ocupaba el sitial de honor en las recepciones y cenas con ultras. Sus palabras, aunque apenas comentara el último derby regional de fútbol Yeclano-Orihuela, eran escuchadas con un silencio casi religioso y una reverencia que inducían al respeto ante un poder inefable y metafísico. Lo mismo ocurría con los Guardias Civiles que llegaban del País Vasco e incluso con algunos comisarios de policía que se movían en los medios ultras, especialmente en Madrid (pero no sólo en la Villa y Corte).

Todo este clima acrítico facilitaba el que militares, guardias civiles y policías tuvieran las puertas abiertas de la ultraderecha para lo que quisieran. Muchos de estos funcionarios no estaban frecuentando esos ambientes para engordar sus egos o sentirse queridos, sino simplemente porque se lo habían ordenado sus superioes a fin de controlar el golpismo en la extrema-derecha, intuir sus límites, sus sectores más comprometidos y los lugares y personas a través de las que podía generarse una ósmosis entre el sector militar golpetero y el sector civil de admiradores incondicionales.

Digámoslo ya: el golpismo estuvo controlado casi por completo desde el primer momento de la transición. Salvo un grupo extremadamente reducido de militares formados en torno al Coronel San Martín, el resto de redes golpistas, desde el principio mismo de la transición, estuvieron bajo control. El golpismo, en realidad, jamás fue un peligro real para la transición que no tenía más riesgo que el desplomarse víctima de sus propios errores, ambigüedades y oportunismos. De hecho, si el 23-F fue algo, no fue más que un golpe de Estado promovido por el CESID y… desarticulado por el mismo CESID fiel a la estrategia que indica que para cazar a un conejo –a la sazón, para desarticular un movimiento golpista- hace falta que éste salga de su madriguera. Y en el centro de esta conspiración se situó el Comandante Cortina, verdero cerebro de toda la operación. Si la democracia española debe a alguien su supervivencia, e incluso si la monarquía sienta  todavía sus posaderas en el mismo trono, se debe a la eficacia conspirativa del comandante de infantería José Luis Cortina. Años después sabría algunos datos más sobre Cortina a través de Manolo Vázquez Montalbán que tuvo a bien unirnos en un libro de entrevistas titulado “Almuerzos con gente inquietante”. Pero esta es, como siempre, otra historia.

© Ernesto Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar procedencia.

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