A finales de 1979 en uno de mis habituales viajes a París, Delle Chiaie me llevó a la oficina de una agencia de comunicación gestionada por miembros de Forces Nouvelles, en la rue Malakov a dos pasos de la Avenue de la Grand Armée. Se estaba elaborando en aquel momento el primer número de la revista Confidentiel, subtitulada “política, estrategia, conflictos”. Se trataba de una revista de unas 100 páginas en formato holandés a dos columnas abundamentemente ilustrada y con una cuidada maquetación, dedicada al análisis político internacional. En una estancia de la oficina se situaba la redacción y los archivos de esta publicación que salió trimestralmente durante tres años en cuatro ediciones nacionales, francésa, italiana, española y argentina. Oficialmente la revista estaba publicada por el IREP, Instituto de Investigaciones y Estudios Políticos, presidido por Sixto Enrique de Borbón-Parma. En abril de 1980 salió el primer número de la edición española de la que yo era el responsable.

Hay situar esta iniciativa en el contexto que le era propio: la red de relaciones internacionales constituida en aquel momento era, ante todo, una red informal de relaciones basadas en experiencias y colaboraciones pasadas formada en torno a un grupo relativamente reducido de personas que mantenían lazos y vínculos comunes desde algo más de un década. No era solamente una estructura militante, sino también y sobre todo una red de relaciones informales que cristalizaba en determinados momentos y para determinadas acciones. Su gestación había sido larga y, en realidad, sumaba distintas redes.

En 1972 se estableció una especie de “comité de patronato”, lo que llamábamos “el presídium”, formado por cuatro “históricos”: el coronel SS Otto Skorzeny que había liberado a Mussolini de la prisión del Gran Sasso y tenido un papel relevante en las operaciones especiales del III Reich, Radu Ghenea exiliado rumano residente en España y jefe de la Guardia de Hierro Rumana, el comandante Junio Valerio Borghese, exiliado entonces en España después de verse obligado a emprender el camino del exilio tras un intento abortado de golpe de Estado en Italia y, finalmente, Leo Negrelli, antiguo embajador de la Italia fascista en Lisboa, residente en Madrid. Con estas cuatro personalidades lo que intentábamos era establecer un vínculo entre la “vieja generación” y la “nueva generación” de militantes.

El problema es que la “vieja generación” empezaba a ser demasiado vieja... Con una diferencia de dos años, los cuatro personajes históricos fallecieron de muerte natural. En esa misma época falleció también Roma, Julius Evola. Hubo un momento en el que nos sentimos solos. La diferencia entre estos históricos y otros, era que los cuatro miembros del “presídium” conservaban un indudable atractivo romántico para unos jóvenes como nosotros. No eran vedettes interesadas en contarnos lo que habían hecho o dejado de hacer en la Cota X del Frente Y, sino que se trataba de gente que blomeaba con nosotros, nos ilustraba con sus comentarios sobre la actualidad política y, sobre todo, nos enseñaba. Los cuatro eran personajes de una lucidez y de un carisma ausente por completo en nuestra desgraciada época. Era la voz de la historia la que oíamos a través suyo. Nunca ninguno de ellos habló excathedra. Nunca argumentaron sus canas ni sus cicatrices para imponerse. Como la antigua máxima taoístas “actuaban sin actuar”, su mera presencia era un incentivo para nosotros, un ejemplo a imitar. Observábamos cada gesto, recordábamos cada frase que habían pronunciado, los mirábamos con admiración y respeto y si nos hubieran ordenado arrojarnos por un precipicio seguramente lo habrímos hecho sin dudar. Se nos antojaban como personajes nietzscheanos: nos era imposible medirlos en términos de bondad o maldad, para nosotros eran “grandes”, incomparablemente grandes en relación a la clase política del tardofranquismo en donde ya se adivinaban los rasgos de oportunismo que se evidenciarían sin duda apenas dos años después, que se nos antojaban "pequeños" sino miserables. Siempre nos indujeron a intentar “hacer política”, nunca testimonialismo, no nos dieron jamás grades parrafadas teóricas, ni arengas huecas: simplemente nos sugerían ideas, nos explicaban mecanismos de la política internacional, nos enseñaban aspectos de lo humano que ellos conocían tan bien y que nuestra juventud todavía nos había impedido percibir. Sus gestos nunca fueron imperiosos, pero inducían a seguirlos hasta la muerte. Pudimos entender porque muchos murieron al lado del coronel Skorzeny y del comandante Borghese, había algo en ellos de la grandeza pasada de los condotieros renacentistas. ¿Cómo diablos no íbamos a considera su ejemplo? Lamentablemente, cuando apenas los habíamos conocido, ya debíamos asistir a sus entierros…

Negrelli, Ghenea y algunos otros, solían reunirse en las viejas oficinas de Fuerza Nueva en la calle Velazquez una vez a la semana. Aquel ambiente no le gustaba mucho a Skorzeny,  un hombre esencialmente práctico, y en cuanto a Borghese se encontraba en situación de clandestinidad en nuestro país, a pesar de que pudo entrevistarse con Franco. Aquel local era a menudo frecuentado por jóvenes diferentes a nosotros: no tenían gran voluntad de intervenir en política y buscaban solamente la compañía de gente notable a los que requrían para que les explicaran andanzas de otro tiempo… A ellos, que la historia les traía al fresco y vivían en el presente.

En torno a este “presídium” se realizó uno de los intentos más interesantes de cristalizar lo que luego se llamaría a nivel mediático “internacional negra”. Existían otros canales.

En los años 50 y 60, la Delegación Exterior del Frente de Juventudes (a no confundir con el Frente de la Juventud) convocaba cursos de verano a los que invitaba a delegados de otros países o a jóvenes españoles que habían emigrado al extranjero y aspiraban a seguir vinculados a la organización. En esas reuniones veraniegas, habitualmente realizadas en cómodos paradores de montaña o en albergues del Frente de Juventudes habían asistido falangistas bolivianos y libaneses, franceses de Jeune Nation, argentinos de la Tacuara, italianos del MSI y de los distintos grupos juveniles periféricos, chilenos, venezolanos, cubanos, suecos, alemanes, austríacos, etc. Se trataba de reuniones estivales y no existía la intención de constituir ninguna organización estable, ni nada parecido a lo que luego se conocería como “Internacional Negra”, pero aquellos congresos facilitaron el que gentes de muy distintos países se conocieran y colaboraran entre sí fuera del marco del Frente de Juventudes. En aquellas reuniones, Stefano della Chiaie ya era un habitual cuando se había configurado como fidelísimo del Comandante Borghese.

En los años 60 apareció la primera red intereuropea que actuaba como un partido supranacional, Joven Europa, fundado por el belga Jean Thiriart. En Madrid estableció su sede a dos pasos de la Puerta del Sol y a él afluyeron unas cuantas decenas de estudiantes falangistas que buscaban “algo más” que el pensamiento joseantoniano que ya entonces se adivinaba con olor a naftalina. Hubo en sus filas periodistas madrileños, médicos zaragozanos y corresponsables de primera fila en la época y todo ello quedó bajo el mando de Pedro Vallés, un cántabro que travó buena amistad con Thiriart y con el que contacté hacia 1969, cuando todavía los antiguos de Jeune Europe seguían “conspirando” en el marco de la revista La Nation Europeenne. La organización de Thiriart cubrió buena parte de Europa Occidental e incluso tuvo contactos en algunos países del Este bajo la órbita de Moscú. La sección italiana fue particularmente importante, dirigida por Claudio Mutti y Claudio Orsi. Los franceses eran en su inmensa mayoría estudiantes, muchos miembros de la Federation d’Etudiant Nationalistes en la que hicieron sus primeras armas los que menos de diez años después impulsaron la Nouvelle Droite. También en Suiza hubo un grupo de Jeune Europe dirigido por un personaje interesante, Roland Gueisaz. El grupo portugués estuvo dirigido por Zarco Moniz Ferreira. La organización de Thiriart no resistió algunos reveses y problemas internos y hacia 1967 ya estaba reconvertida en la publicación La Nation Europeenne, en la que Thiriart inició una evolución ideológica que le ocuparía los veinte años siguientes. Aunque el grupo de Thiriart no pudiera mantener una estructura orgánica, también sirvió para que gente de distintos países estableciera vínculos de amistad y camaradería que sobrevivieron a la organización, constituyendo otra red de relaciones.

Estas redes habían sido constituidas por generaciones de militantes, anterior a la nuestra. Nosotros también tuvimos la ocasión, a finales de los 60, cuando apenas éramos unos críajos, de contactar con gente de nuestra edad en otros países. Yo establecí en aquellos años una buena amistad con un estudiante de Ordre Nouveau que antes había pertenecido a Occident, en Nantes y que era oriundo de Perpignan, Yves Bataille. Bataille, por su parte, contactaría con los italianos de Lotta di Popolo y formaría una sección paralela en Francia (Lutte du Peuple) que a su vez logró extenderla entre disidentes de las juventudes del NPD, formando Sache des Volkes. Nosotros les apoyamos en España con el grupo Europa Joven (que nada tenía que ver con Thiriart, sino que era mera sigla de fortuna). Este grupo estaba próximo de otro que operaba desde Niza formado en torno a Michel Schneider un antiguo miembro del Mouvement Jeune Revolution que publiaba unos interesantes Cahiers del Centro de Documentación Política y Universitaria. Habitualmente nos reuníamos en Girona, en Toulouse, en Bayona, intercambiábamos información, consignas y contactos.

Antes de que los medios descubrieran que la estructura propia de la monernidad eran las “redes”, nosotros ya trabajábamos en función de ese concepto. Yo mismo, al iniciar mi exilio, debí en una primera fase, cuando me encontraba todavía en España, recurrir a una “red histórica” para proveerme de nueva documentación; luego me integré en París en  la red de Delle Chiaie, más tarde trabajé con la agencia de prensa AFIPE y con los redactores de Confidentiel; cuando cruzamos el charco y empezamos a trabajar políticamente en Iberoamérica, nos beneficiamos de la red de contactos fraguados en las reuniones del Frente de la Juventud y, finalmente, durante mi período de clandestinidad en París, me apoyé solamente en mis propios contactos. Este tipo de estructura facilitaba la penetración capital en los ambientes más inverosímiles, intercambios de información y datos entre países muy lejanos, y también de documentación y medios.

El grupo Confidentiel, en realidad, el IREP, era otra de estas redes que se beneficiaba de la existencia de una revista extremadamente bien hecha tanto en forma como en contenido. El hecho de que existieran cuatro ediciones nacionales facilitaba los contactos y los desplazamientos y el hecho de que se tratara, aparentemente de una revista y no de un partido, favorecía el que se pudiera llegar a cualquier instancia con su tarjeta de visita.

Todo este coglomerado aparentemente confuso, muy bien definido para nosotros, pero que para los medios y para los servicios de seguridad del Estado, constituía una trama opaca y extremadamente difícil de penetrar a la vista de los años de conocimiento que unían a unos y otros de sus miembros. A finales de los 70 y principios de los 80, todo este ambiente estaba en efervescencia, cada parte de cada red estaba operando en su área de influencia. Seguian los contactos y, de paso, se teorizaba una estrategia internacional. Uno de los foros que facilitaban el intercambio de ideas y la cristalización de esa estrategia fue la revista Confidentiel.

¿Cuál era nuestro análisis en la época? Relativamente simple de exponer. Desde hacía veinte años existía una discrepancia fundamental entre el Coronel Skorzeny y otros ex combatientes alemanes e italianos. Algunos, como el Klaus Altman sostenían la imposibilidad de seguir luchando en Europa a favor de unos ideales anticapitalistas y anticomunistas que intentaran abordar una lucha contra la hegemonía mundial de los EEUU y de la URSS. Altman sostenía que la situación geopolítica de Europa, ocupada y dividida, teatro principal de un enfrentamiento entre el Este y el Oeste en caso de que la Guerra Fría hubiera pasado a ser “caliente”, impedía que en el continente se pudiera afrontar una lucha con garantías de éxito. Skorzeny, por el contrario, creía que siempre era posible trabajar en Europa, si bien era preciso hacerlo con prudencia y generando una estructura clandestina y de información capaz de jugar con ventaja. El comandante Borghese era de la misma opinión.

Pero entre 1973 y 1977 ocurrieron muchas cosas en Europa (cayeron los regímenes de Portugal, Grecia y España) y sobre países como Francia e Italia se abatió una oleada de represión que liquido a organizaciones enteras y envió a cientos de militantes a la cárcel. Además se unía una ofensiva general de la extrema-izquierda que no dudaba en disprar contra nuestros militantes e incluso quemarlos dentro de sus hogares a ellos y a sus familias (tal como ocurrió en Italia). Además, la actividad de los servicios de inteligencia, tendía a realizar provocaciones que recaían directamente sobre militantes de la ultraderecha europea y en esas condiciones era muy difícil, sino imposible, realizar una lucha política con mínimas garantías de éxito.

En 1977 conseguimos reconstruir una estrategia internacional. Si bien en Europa se había vuelto imposible trabajar, en otras zonas geográficas si existía una situación mucho más favorable. En dos en zonas geográficas en concreto disponíamos de muy buenos contacto. Uno era en Iberoamérica en donde amigos nuestros, miembros de algunas de las redes que hemos definido, estaban en el poder o próximos al poder en Chile, Argentina, Brasil, Bolivia, varios países centroamericanos, Uruguay y Venezuela. Así mismo en África había cuajado otra red formada en torno a un ex diputado del parlamento portugués como representante de las colonias, de raza negra, Antonio Batica, había constituido en torno suya a la Organización África Libre que agrupaba a guerrillas anticomunistas del continente africano, entre otras a la Unión Nacional para la Independencia Total de Angola (UNITA) o a los llamados Soldados de la Oposición Argelina. Esta red, a su vez, había colaborado con otra que funcionaba desde Lisboa, la agencia de prensa Aginter-Press formada por franceses exiliados de Argelia. Tras la Revolución de los Claveles, los miembros de Aginter-Press pasaron a Madrid y con ellos hubo oportunidad de colaborar en la constitución del Ejército de Liberación de Portugal, entre cuyos miembros fundadores, por lo demás, se encontraba un miembro de la redacción de Confidentiel. Algunos miembros del grupo internacional permencieron durante algunos meses en Angola instruyendo y colaborando con las guerrillas de UNITA en el cerco de Lobito y en la lucha contra los cubanos y alemanes del Este que apoyaban a la guerrilla procomunista del MPLA.

Este cuadro de contactos en Iberoamérica y África, eran suficientes como para poder establecer una estrategia internacional. Se trataba de mantenerse a la defensiva en Europa, mejorando posiciones en Iberoamérica y África de tal manera que estuviéramos en condiciones de establecer “santuarios” en estas zonas y, al mismo tiempo, las bases para generar los medios económicos que nos permitirían más adelante “retornar a Europa”.

En función de esa estrategia fue por lo que intervenimos directamente en algunos países iberoamericanos, centroamericanos y africanos entre 1975 y 1985.

Cuando salté por la ventana an junio de 1980, lo que tenía en mente era integrarme directamente en estas redes en las que confiaba mucho más que en el destino de la ultraderecha española.

© Ernesto Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar procedencia.

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