Uno de los aspectos más curiosos y que, de haber sido conocido, habría dado lugar a todo tipo de comentarios, fueron las relaciones del Frente de la Juventud con la “revolución islámica” del ayatollah Ruhola Jomeini. La cosa es todavía más chusca si tenemos en cuenta que el último jefe de la Savak, la policía secreta del Sha de Persia, había venido a España cuando todavía Pepe de las Heras y Juan Ignacio eran dirigentes de Fuerza Nueva, entrevistándose con ellos y, por supuesto, con Blas Piñar buscando apoyos para su tambaleante régimen. Pocos meses después sería fusilado por los islamistas triunfantes.

Desde que a principios de los años 70, el coronel Gadaffi había llegado al poder en Libia multiplicando sus declaraciones antinorteamericanas y difundiendo su Libro Verde a través de la embajada de ese país, habíamos podido observar dos elementos que considerábamos interesantes: su inequívoca posición antinorteamericana y la imposibilidad de reducir el modelo identitario islámico al marxismo. No es raro que a partir de 1973 todo lo que oliera a islamismo fuera considerado, más o menos, como algo nuestro o al menos algo con lo que podíamos y debíamos solidarizarnos en la “lucha común” contra los EEUU y la URSS, en defensa de la “libertad de nuestros pueblos”.

A esto se añadían elementos históricos que venían de lejos o de no tan lejos. La posición pro-islámica había sido ya ensayada por las potencias del eje con la loable intención de crear problemas en las colonias británicas y francesas durante la Segunda Guerra Mundial. Expontáneamente, en algunos países árabes surgieron partidos a lo largo de los años treinta que, de alguna manera, eran la traducción a sus sociedades nacionales de las experiencias del fascismo europeo. Uno de ellos, el Baas, extendido a Libia, Siria, Irak e Irán, estuvo en el poder con Saddam Hussein hasta que fue desalojado por los marines y, más que por ellos, por los misiles lanzados a 600 km de distancia. En plena guerra mundial, el Gran Mufti de Jerusalen encontró asiento en la mesa vegetariana de Hitler y, en general, los dirigentes nazis multiplicaron sus declaraciones de amistad y simpatía hacia la causa árabe. Aun antes de la creación de Palestina, judíos y árabes se llevaban a la greña y el antisemitismo hitleriano era la invitación más explícita para que los dirigentes árabes intuyeran que ahí había un aliado seguro. Esto, por lo que se refiere a la historia.

Luego está lo que ocurrió tras la Segunda Guerra Mundial. Existe una famosa foto del coronel Gamal Adbel Nasser inaugurando la sede del Movimiento Social Italiano en El Cairo, brazo en alto, tras un gigantesco retrato de Mussolini, cuando ya era presidente de la República Árabe Unida (efímera unión de Egipto y Siria, tras la desastrosa intervención anglo-francesa en Suéz). Por lo demás, algunos soldados perdidos alemanes e italianos, terminaron entrenando a los ejércitos de aquellos países e incluso hasta el “Septiembre Negro” de 1973, hubo en Al-Assifa, el grupo armado de Al-Fatah, ex combatientes de la República Social Italiana que instruyeron a la guerrilla palestina. El coronel SS Otto Skorzeny, desde su sombrío despacho de la calle de la Montera, dirigía una agencia de “trabajos especiales” que tuvo entre sus clientes preferenciales a varios países árabes. Por su parte, Gadaffi, desde el primer momento, tuvo amistades entre los medios neofascistas italianos. El propio Delle Chiaie, durante su estancia en España, mantuvo estrechos contactos con los representantes de la causa palestina, habitualmente estudiantes residentes en España, uno de los cuales me presentó en el remoto 1973. Se trataba de un estudiante de medicina de la Facultad de Barcelona, un palestino con aspecto híbrido de mediterráneo y nórdico que nunca antes hubiera asociado a aquel pueblo. Desde algún “piso franco” editaban el boletín ciclostilado “Al Assifa” que distribuían entre las varias decenas de estudiantes palestinos y entre los que como yo aspirábamos a ser investidos oficialmente con la categoría de “simpatizantes de la causa palestina”. Años después, en Iberoamérica, ya en los años 80, conocí a varios representantes palestinso en distintos países, alguno de ellos, alemán de pasado incierto. Otros árabes y palestinos odiaban a los norteamericanos (que consideraban como una prolongación del Estado de Israel) tanto como al marxismo y todo eso, sumado, parecía situarnos en la misma línea.

Hubo más anécdotas, como la de aquel militante de CEDADE, enamorado de los cohetes desde mediados de los años 60, a la vista de que el pomposamente llamado por el franquismo “Campo de Lanzamientos Aeroespaciales” situado en las inmediaciones de Arenosilla (Huelva) no le daba cancha, terminó en distintos países árabes con los planos de sus cohetes bajo el brazo, recalando finalmente en el Irak donde un comprensivo Saddam Hussein le dio un puesto clave en el perfeccionamiento de sus misiles que remedaban a los Sam VII. Omar Silva, otro de los personajes que más vinculación tuvieron con la causa palestina, tanto en España como en su país natal, Brasil, fue durante muchos años redactor de la revista Fuerza Nueva en donde publicó una curiosa serie de artículos titulada “Hablan las Estatuas”, cuyas fotos realizaba “Alberto Santos”, alias utilizado por un exiliado argentino de la Tacuara [ver sobre esta organización lo publicado en Infokrisis, que no es poco].

También se contaba (y se sigue contando de manera recurrente en los medios ultras) desde finales de los años 60, que un belga, antiguo militante de Jeune Europe de Thiriart y suscriptor de su revista La Nation Européenne, había caído al frente de un comando de Al Assifa luchando por la causa palestina. Por cierto que el corresponsal en Argel de La Nation Européenne se convirtió dos décadas después en el hombre de Saddam Hussein en Francia, gestionando el programa “petróleo por alimentos” y, posteriormente, tras la invasión norteamericana, fue el hombre de la insurgencia basista en Europa Occidental cuyas actividades va difundiendo desde Internet. Nunca he podido aclarar si la historia de este belga, Roger Coudroy, es cierta o se trata de un “mito”. Todas las fuentes que hablan del “primer europeo caído junto a la resistencia palestina”, parten de Thiriart y ni siquiera hay unanimidad. Se cuenta también que a Coudroy se le disparó su arma y murió, o que murió accidentalmente en un entrenamiento. O que era agente del Mosad y lo mataron los propios palestinos… Lo realmente extraño es que ni la familia, ni los compañeros de armas de Coudroy, lo recuerden en lugar alguno y la mayor parte de las 231 referencias que aparecen en Internet, reproduzcan textualmente y con pocas variaciones lo que ya escribió Thiriart en “La Nation Européenne”. Y, para colmo, en el libro “Israel’s secret Wars: a history of Israel’s intelligence services” (no particularmente favorable a Israel) de Ian Black, Coudroy aparece como agente del Mosad infiltrado en filas palestinas… En cuanto a su libro “J’ai vécu la résistance palestinienne” de 87 páginas, es la única referencia de la familiaridad de Coudroy con la resistencia palestina… si bien también es cierto que podría haber sido elaborado como la “tarjera de presentación” para facilitar la penetración en un medio concreto. Conociendo a Thiriart, hábil propagandista, es muy posible que tomara al caso de Roger Coudroy y lo publicitara en su revista, dando por sentado su familiaridad con los ideales antisionistas y propalestinos… En cualquier caso de las 231 referencias a Roger Coudroy encontradas en Google, más de 200 parten del “testimonio único” (y, por tanto, “testimonio nulo”) que dio Thiriart. El resto son referencias bibliográficas del libro en el que está recogido el artículo de Coudroy, depositado en media docena de bibliotecas de países árabes… A pesar de que los sectores más marginales de la ultra española (y europea) han enarbolado habitualmente el nombre de Roger Coudroy, lo cierto es que el personaje está envuelto en el mayor de los misterios y un mínimo respeto al “principio de prudencia” debería haber evitado que fuera presentado como “camarada caído en defensa de la causa palestina”… que equivalía a incitar a otros a que siguieran el mismo –problemático- camino. No existen ni testimonios de sus familiares, ni de sus camaradas, ni de otros miembros del comando palestino al frente del cual, como sostenía Thiriart, cayó.

Todo esto alcanzó tal intensidad que hacia 1984, cuando había conocido a Xavier Vinader e incluso mantenido una relación correcta a pesar del pasado imperfecto que nos desunía, éste me presentó a un periodista norteamericano llegado a estos pagos para realizar un libro sobre la extrema-derecha y el islamismo. En esa época, la ultra de por aquí multiplicaba todavía sus soflamas a favor de la revolución islámica y Jomeini seguía siendo la bestia negra de los EEUU. La intención de escribir este libro por parte de un periodista norteamericano, era indicio de que las relaciones entre islamistas y ultras, se veía en la época como algo inquietante.

No era para tanto. Habitualmente se trataba de contactos esporádicos, sin mucho calado, que unían más bien a personas que se caían bien de uno y otro lado, que de una corriente organizada y estructurada. En algunos, esta simpatía hacia lo árabe tenía aspectos aún más problemáticos. Una de las corrientes de pensamiento de la ultra es la “tradicionalista” (a no confundir con el “tradicionalismo carlista”). Esta tendencia hacía de Julius Evola y René Guenon sus máximas referencias ideológicas. En realidad, Evola había penetrado en España de la mano del que fuera primer delegado de CEDADE en Madrid, Antonio Medrano, que escribió un largo artículo sobre este autor en uno de los boletines de esta organización hacia 1971. Yo, por mi parte, recibía los catálogos de libros de distribuidoras neofascistas italianas y había visto que las obras de Evola gozaban de un singular predicamento. Además, algunos títulos eran, de por sí, suficientemente evocadores: “Los hombes y las ruinas”, “Revuelta contra el mundo moderno”, y, cómo no, “Metafísica del Sexo”. Así que los pedí. Poco después, editoriales de primera línea, empezaron a publicar algunas obras “técnicas” de Evola. Plaza & Janés lanzó “El misterio del Grial” y Martínez Roca “La Tradición Hermética”. Isidro Palacios, que en esa época había sustituido a Antonio Medrano al frente de CEDADE de Madrid, publicaba en 1974 la primera revista de orientación evoliana (“Ruta Solar” que luego, claro, demandada por una agencia de viajes, debió cambiar el nombre por “Graal”). En general, los “tradicionalistas” en sentido evoliano –entre los que me incluyo- nos damos una primera sobredosis de los textos escritos por el autor de referencia y luego pedimos más. La lectura de Evola lleva inevitablemente a Guénon, sin embargo entre los dos hay grandes diferencias. Guénon habla habitualmente excathedra. Evola, en cambio, no. Guénon desde su juventud hasta su muerte en los años 50 en El Cairo con chilaba y asistido por un marabú, dio piruetas ideológicas casi circenses; Evola, en cambio siguió una línea de evolución que se inició con las vanguardias artísticas y terminó con la redacción de “Cabalgar el Tigre”, en el que llega a las mismas posiciones de su juventud, eso sí, avaladas con cuarenta años de experiencia.

Al hablar excathedra, Guénon ha logrado desviar a la vía muerta a cientos de jóvenes militantes, algunos de los cuales se han orientado hacia el cristianismo ortodoxo, otros hacia la masonería, otros hacia el islam, otros hacia el ocultismo, otros se han hecho sedevacantistas, otros lefevrianos y algún que otro, ha visto en el Vaticano la luz… todos ellos, porque Guénon, en algún momento de su vida ha considerado a cada una de estas instituciones como “referencias”. Así pues cada cual, para seguir la vía que deseaba, ha encontrado en la obra de Guénon la casuística apropiada para avalar su opción. En alguna delegación de CEDADE, a lo largo de los años 80, se terminó uniendo una admiración que era, inicialmente política hacia las revoluciones islámicas, a las sugestiones generadas tras una lectura rápida de la obra de René Guénon. Y unas cuantas decenas se hicieron islamistas. Éramos pocos y pario la burra. Hasta aquí no hay nada raro, porque otras decenas nos orientamos hacia el budismo y los que sobrevivimos terminamos tirando hacia su expresión más sencilla, acaso por huida de todos los aditamentos accesorios impuestos por doctrinas que llegaban acompañadas por formas antropológicas tibetanas o hindúes.

En todo ese tiempo, se había operado un salto de cualidad: de una simpatía política se había pasado a una identidad ideológica en la medida en que al asumir el islamismo como religión, lo que se asumía también era un concepto político-religioso. Esto era solamente una excentricidad más de la extrema-derecha local, y así siguió siéndolo mientras los centros islámicos en España estaban formados por unos cuantos diplomáticos de países islámicos, algunos empresarios procedentes de esos mismos países, algún que otro “converso” español, entre los que abundaba gente con pasado izquierdista (el promio Mansur Escudero)… y los islamistas de la ultraderecha celtibérica. Hasta aquí, la convivencia era franca, las discusiones demostraban un interés en llegar a un conocimiento exacto y a una práctica correcta de la religión islámica y, ciertamente, por lo que ví y conocí en aquella época (años 80 y hasta mediados de los 90), el clima cultural en esos centros era sofisticado e incluso agradable. Luego llegó la inmigración masiva y arruinó todo este mundo feliz y erudito.

A partir de 1996, el islamista español llegado de la ultraderecha (unas decenas en toda España) empezaron a encontrarse incómodos en los “centros de oración”. Los recién llegados tenían poco que ver con los islamistas ideales que hasta ese momento habían conocido, en general gentes de un alto nivel cultural y adquisitivo. Muchos de los nuevos islamistas evidenciaban un primitivismo en el que lo religioso estaba más próximo a lo supersticioso que a lo “tradicionalista”, las discusiones eruditas sobre sufismo o sobre el sentido de tal o cual haddith del Profeta fueron sustituidas por una práctica de estricta observancia en la que todo se justificaba con el proverbial fatalismo islámico: “Alá lo quiere”… En pocos meses, a partir de 1996 se evidenció un fenómeno que algunos ya intuimos desde 1990 cuando Barcelona se llenó de albañiles marroquíes trabajando en las obras de la ciudad olímpica.
La mayoría de “islamistas” ultras se retiraron de los centros islámicos y regresaron a la cerveza y a los tacos de jamón que jamás debieron abandonar. Los que se quedaron, habitualmente, eran especialistas en “marginalidades varias”, gentes que ya desde muy jovencitos llevaban en la sangre la noble aspiración de “epater le bourgeois” y, cuando ya no quedaban vías para sorprenderlo, se reafirmaron en su fe cerrando los ojos a la realidad de un país que empezaba a afrontar un proceso de islamización y pérdida de identidad que a algunos se nos aparecía ya como repugnante.

Hacia 2005 publiqué en Infokrisis un artículo visceral y no excesivamente meditado sobre los destrozos que la obra de René Guénon había causado en muchos amigos y camaradas, llevándolos por los horizontes más insospechados e incluso desviándolos del eje de todo pensamiento “tradicional”: el intento de llegar al eje de uno mismo mediante una práctica, contra más simple mejor. Sorprendentemente, a los pocos días, empecé a recibir correos de los lugares más insospechados de gente que había llegado a las mismas conclusiones: Guénon es una catástrofe a la hora de dar desembocaduras a sus teorías. Ese artículo sigue colgado en Infokrisis sin modificaciones y ahí puede consultarse [véase el link].

La inmigración, como todo lo masivo, ha alterado esquemas ideológicos aparentemente perfectos: la ultra ha solido camuflar un antisemitismo de baja cota con la adhesión a la causa palestina; se ha arrojado en manos de regímenes islamistas antieuropeos solo porque odiaban más a los judíos mucho más de lo que se sentía atraídos hacia la identidad europea. Mientras el islamismo era algo que se circunscribía al otro lado del Estrecho, aquí a este lado, se podía ser islamista y ultra de pro sin grandes conflictos interiores, pero cuando la inmigración masiva trajo a un millón de islamistas procedentes del Magreb, el Shael, el África negra y Paquistán, ninguno de los cuales parecía ser doctor en teología islámica, sino fieles de a pie procedentes de sociedades primitivas y subdesarrolladas, todo el esquema se derrumbó.

Gustavo Morales, uno de los pro-hombres de la Falange Auténtica por algún motivo terminó trabajando en la Embajada iraní en Madrid, redactó la consiguiente obra sobre la revolución de Jomeini y terminó su contrato de mala manera hacia principios de los 90, en un tiempo en el que yo todavía mantenía relaciones con esos medios. Morales, al menos, tuvo el buen gusto de no islamizarse pero si de convertir a las formación por las que pasó al pro islamismo político. Manolo Caracuel, delegado de CEDADE en Granada, luego pasado a Democracia Nacional,  mantuvo siempre relaciones preferenciales con Libia, aunque era demasiado cachondón para asumir el islam sin reservas mentales. El primer número de la revista semanal que antiguos militantes de CEDADE de esa provincia realizaron hacia 1986, mostraba en su primera página toda la solidaridad de la que eran capaces de expresar hacia la causa de la revolución islámica. Hubo ultras en todas las manifestaciones de apoyo a las intifadas palestinas y no faltaron reparto de bofetadas con los ultraizquierdistas que estaban en las mismas posiciones “anti-imperialistas”.

Pero, a partir de 1996, toda esta corriente de simpatía hacia las revoluciones islámicas se hizo más difícil de mantener. El panorama en la calle había cambiado: ya no eran manifestaciones de españoles acompañados por algunos palestinos quienes desfilaban contra el sionismo… sino una masa ingente de rostros llegados de otras tierras, hablando otras lenguas, sin la sofisticación de los medios islámicos originarios, los que constituían la mayoría de asistentes, entre los cuales, los étnicamente españoles se buscaban como intentando reconocer a alguien de los suyos. Y para colmo, entre los pocos rostros pálidos que se reconocían, más del 50% resultaba ser ultraizquierdista… Cuando la invasión de Gaza, ya quedó claro que algunos sectores de la ultra empezaban a ver todo esto de la solidaridad con los palestinos como un berenjenal en el que no se les había perdido gran cosa. Sí, los sionistas eran muy malos y, además, se les caía el moco, vale, bien, pero es que los inmigrantes islamistas eran de lo más intranquilizadores y, para colmo, a esas manifestaciones acertaba a acudir el grueso de las fuerzas pro-inmigracionistas… [ver a este respecto]

En la actualidad, si alguien en la ultra se manifiesta a favor de la causa palestina no es ya por identidad ideológica (quedan en la ultra cuatro gatos postrándose hacia la Meca y rechazando los taquitos de jamón, el morcón de Burgos y el rioja, que pueden ser considerados a título de excentricidad) sino solamente por antisemitismo más o menos recubierto por la patina de antisionista que a algunos se les antoja más presentable. Salvo alguna que otra ominosa web dedicada a reproducir malamente los comunicados de la embajada iraní eludiendo considerar la realidad del país, la “revolución islámica” ha dejado de interesar a la ultra…

Y miren por donde yo fui uno de los instigadores de esta corriente. Es hora de volver al primer congreso del Frente de la Juventud. Por insondables caminos había conocido a unos “estudiantes islámicos” justo en el momento en el que los “estudiantes islámicos” había ocupado la Embajada norteamericana en Teherán. Uno de ellos, sirio de nacionalidad, había pasado una temporada en mi casa y junto a otro, iraní-iraní, asistió como representante de su organización (los “estudiantes islámicos”) al congreso. Cuando tomó la palabra hubo un equívoco que a algunos nos hizo pensar. El iraní explicó que se había sentido identificado con nuestro lema: “Dios – Patria – Justicia”. Esto tenía gracia porque era el lema de Fuerza Nueva y así se lo recordó el auditorio con cierto grado de cabreo. El lema nuestro era: “Patria – Justicia – Revolución”, que tampoco era manco. “Dios” se había caído de la terna como rechazo al nacional-catolicismo que hubo que sorportar durante el tránsito por el piñarismo. Poco después, cuando al salir de misa, Blas Piñar, divisó frente a la parroquia una mesa de propaganda del Frente de la Juventud, salió disparado, presa del furor divino, derribó el solito la mesa gritando “Dios, Patria, Justicia”. Los chavales jóvenes del Frente allí presentes no daban crédito. Tampoco era para responder la agresión, en el fondo era Blas, y los chicos del Frente estaban educados en que no era el “enemigo principal”, sino un compañero de viaje.

En aquel parlamento del iraní me empecé a plantearme si no estaríamos apoyando a la opción equivocada. No era baladí el hecho de que el “estudiante islámico” se hubiera identificado con el lema de Fuerza Nueva, eso equivalía a decir que los obispos –ayatolas de lo católico- deberían modelar el futuro de España tal como habían hecho en Irán… Una visión dantesca y terrorífica. Unos meses después llegué a París justo cuando el Parti des Forces Nouvelles, socio francés de Piñar en el seno de la “eurodestra”, había convocado una manifestación a favor del nuevo régimen islámico iraní. Debían ser unos 300 los asistentes, no muy entusiastas por cierto, los que se manifestaron. Pero a poco que uno penetrara en sus filas, podía percibirse que no había siquiera unanimidad entre los manifestantes, muchos de los cuales hubieran preferido vitorear al Sha y, mucho más a la hermana de éste, Ashraf Pahlavi, conocida como “la pantera negra”, mucho más beligerante y decidida que su hermano y que en la época mantenía contactos en Francia… con el mismo PFN. Contradicciones no son precisamente lo que le falta a la extrema derecha europea.

Años después, en las noches locas ibicencas conocería a Leila Pahlevi, la “princesa triste”, hija del Sha. Era una mujer curiosa de ojos extraordinariamente expresivos, tan hermosos como tristes, delgadez extrema, acompañada siempre por un rufián del que no pude aclarar de qué país árabe procedía, que era, a la postre, su camello. Apenas comia, incluso en los mejores restaurantes y pubs de la isla siempre pedía lo mismo: una taza de agua caliente. Se ha dicho que no pudo soportar el exilio en el que se encontraba desde que tenía 9 años. Yo creo que sus problemas eran mayores y su carácter depresivo acentuado por el consumo de fármacos y seguramente de algunas drogas habituales en la isla, abrieron el camino hacia su tumba. Subsistirá la duda si se suicidó o murió de alguna sobredosis. Creo, sinceramente, que todo el problema de Leila consistió en ir con malas compañías. Lo que pude ver en su entorno eran personajes irrevelevantes deseosos de fotografiarse junto a la “hija del Sha”, algunos de ellos fortunitas del exilio dorado iraní o bien rufianes como el que he aludido que llevaban en la cara escrito a fuego su condición de delincuente lombrosiano. Lo irrelevante del exilio iraní le produjo más vacío aún que le muerte de su padre o la lejanía de su tierra. Ese vacío fue llenado por camellos sin escrúpulos. A ambos sectores me refiero cuando hablo de “malas compañías”.

Pero en 1979, las relaciones del Frente de la Juventud con los estudiantes iraníes eran todavía prometedoras. Pocos días después empezamos a recibir propaganda del régimen islámico. Desde Canarias me llegaron dos cajas de biografías de Jomeini, libritos por los que tuve que pagar tasas de aduana… por increíble que pueda parecer, cualquier envío llegado de las islas debía de pagar alguna tasa; bonita forma de integrar a Canarias en “las Españas”. Luego llegaron más ejemplares de folletos editados por la embajada iraní en los que, más que de política, se hablaba de religión. Uno de ellos tenía título prometedor: “La poligamia en el Islam”. Su lectura fue muy instructiva para mí: ¿poligamia? Sí, pero solo hasta cuatro esposas y siempre que se las pueda mantener… Poco después, ya en el exilio parisino, supe que el famoso concepto de Banca Islámica que rechazaba el cobro de interés y que tanto me había atraído, era un bluf. Bastaba con eludir la prohibición colocando al frente de la banca a un cristiano. Así la banca iraní seguía cobrando intereses como la banca judía o la Caja de Ahorros de Bobadilla… Otro mito que se me cayó. Huibo otro camarada que se fue unos años a Irán por aquello de comprobar si aquello era la Jauja de los revolucionarios o el bluf que a algunos nos empezaba a parecer. El diagnóstico de este camarada fue demoledor: corrupción, drogas y muermo. Ese era el “Irán revolucionario”. A decir verdad, la corrupción es propia de todos los regímenes del Tercer Mundo entre los que por el momento se sitúa Irán si bien con la coletilla de “país en vías de desarrollo”. Sobre la droga es el tributo de estar geopolíticamente situado en la ruta de la Seda hoy convertida en ruta de la heroína que transita a toneladas desde el Irán post-talibán hasta la Albania pro-americana, pasando por el “corredor turco de los Balcanes”, todo ello con la bendición de los EEUU, no en vano esa heroica debilita a Europa. Pero lo dedl muermo era lo más imperdonable y se debía sólo a los oficios de la “revolución islámica”.

Un buen día, debió ser hacia 1987, a poco de extinguir mi condena a prisión por manifestación ilegal, cuando me presentaron a un grupo de pasradanes, guardias de la revolución iraní, que habían salido con la vista descalabrada de la Primera Guerra del Golfo, cuando un Saddam apoyado por todo Occidente, les roció con gases químicos. Recalaban en la clínica oftalmológica del Doctor Puigvert y de paso multiplicaban contactos en la Ciudad Condal con los medios islámicos y pro-islámicos. Estábamos en un bar de la Avenida Pearson cuando pedí una cerveza, y los dos iraníes otras dos, eso sí, sin alcohol; “la religión, ya sabes” me dijo uno. Ya sabía, lo que no sabía y me enteré entonces era de la sutil diferencia entre “cerveza sin alcohol” y “cerveza 0’0 de alcohol”. La otra, al parecer tiene un 0’5% de alcohol lo que basta para situarla en el índice de lo prohibido por el islamismo. Cuando trajeron las cervezas sin alcohol, pasaron todavía un buen rato mirando si era 0’0% ó 0’5%... y entonces a mí me asaltó la duda de si valía la pena tomar en serio a una religión que influyera incluso en los clientes de un bar y si todo aquello no pasaba de ser una superstición dictada acaso por la necesidad de Mahoma de disciplinar a un sustrato étnico caótico y primitivo mediante la sanción superior de la  improbable figura de un Alá, último de los dioses creados por el hombre que les dijera lo que estaba autorizado y lo que no. Casi todo en la religión islámica es mero formalismo a efectos de disciplina social: que si lavarse, que si no comer alimentos que se pudren demasiado rápidamente bajo el calor del sol, que si evitar un alcohol que puede ganar voluntades excesivamente débiles, que si la guerra santa para quemar adrenalina y extender el patrimonio, que si cuatro esposas y no más que el follar con cierta variación siempre es bueno, que si distribuir algo de la riqueza entre los necesitados, que si la política guiada por la religión…Para colmo, se me ocurrió leer un libro titulado "El pensamiento político de Jomeini" que, en realidad, era una recopilación de frases del ayatolah. Hubiera sino mas agradable leer páginas en blanco que no la síntesis de ideas peregrinas y/o primitivas que encontré. ¿Qué puede pensarse de un pensamiento político que entre otras lindezas recomienda no mear en las tapias de los cementerios...?

Todo esto parece muy alejado de las grandes especulaciones upanishádicas, de  la noble simplicidad del budismo palî o de la esencialidad minimalista del Zen, del culto iranio zoroástrico primo hermano de las sagas del norte, por no hablar de la concepción clásica greco-latina de lo sagrado, del dios considerado como fuerza de la naturaleza, del estoicismo que muestra el camino de la austeridad o de la teología católica que, a fin de cuentas, fue capaz de generar productos como la mística renana, alumbrar a nuestras grandes figuras del siglo de Oro o a gigantes de la embergadura de San Bernardo de Claraval. Incluso en los momentos en los que expresaba mi solidaridad y buscaba la colaboración con los regímenes islámicos debo reconocer que, a pesar de sentirme siempre atraído por todas las “escuelas tradicionales”, he experimentado el Islam como algo completamente ajeno a mí y al patrimonio cultural en el que me sitúo.

Por lo demás, en aquel infausto encuentro con los pasradanes me ocurrió otra cosa no menos lamentable. Después de dos horas de conversación me dí cuenta de que solamente habíamos hablado de “lo suyo”. Ni les interesaba un pito lo que ocurría en España, ni mucho menos en Barcelona, ni preguntaban nada sobre la sociedad o las costumbres españolas, no demostraban absolutamente ningún interés por nada que no fuera lo suyo, hablar sobre lo suyo y dar la barrila sobre lo suyo. Y entonces, mientras me estaban hablando del último discurso del ayatolah Jamenei ante el Parlamento iraní y con lo malo que era Saddam Husseim, de repente pasé revista mentalmente a lo que había hablado con palestinos en España, en distintos países iberoamericanos o en Oriente Medio: con todos ellos sólo había hablado de lo suyo, solamente se habían sentido interesados por lo suyo, siempre me habían largado un discurso lastimero –lo que en el lenguaje cheli, versión taleguera, se conoce como “currarse la página de la pena”- y nunca, absolutamente nunca, se habían interesado por encontrar lugares comunes con un europeo. Nunca les había interesado saber nada de Europa, sagrada tierra sobre la que se encontraban ellos y bajo la que nosotros tenemos enterrados a generaciones de nuestros antepasados, nunca habían perseguido nada que no fuera movido por el interés hacia "su" causa., seguramente porque consideraban que el Islam era el no va más de las relevelaciones, de los sistemas socio-religiososo y que todo está en el Islam, no hay nada fuera del Islam que valga la pena ser considerado, ni nada que puera interesar a un fiel de Ala. Por lo mismo se quemó la Biblioteca de Alejandría. El expolio, lo justificó Omar con aquella chorradita telecomandada en la que sostenía que si el contenido de la biblioteca decía lo mismo que el corán, en este libro estaba mejor dicho y por tanto lo otro sobraba y si decía lo contrario del Corán, merecía arder.

Entonces, mientras los pasradanes miraban si la cerveza era 0’0 o 0’5% de alcohol, recordé que al día siguiente de conocer al jefe de los estudiantes palestinos de Barcelona, él mismo personaje se entrevistaba con la cúpula aún clandestina del PSUC y al día siguiente con la de Bandera Roja. Ni siquiera tenían el “pudor ideológico” de distinguir quien figuraba más cerca de ellos en lo doctrinal, ni les interesaba un pimiento: todo consistía en vender el propio producto  a no importa quien como el mormón de turno o el testículo de Jehová asalta a cualquiera que se pone a su alcance en plena calle vendiéndole las lindezas de su fe. Será humanamente comprensible, me dicen, por aquello de que los palestinos llevan como 70 años puteados. Es posible, pero, dejando aparte, que los “estrategas” palestinos nunca han sido capaces de elaborar más que la estregia de la metida de pata permanente, lo peor es que esa sempiterna y lastimosa cantinela es, cómo diría yo… simplemente aburrida, ni siquiera partía ni ayer ni hoy, de un análisis global objetivo  ni hundía sus raíces en la causa última del problema. Todo se reducía a explicar lo malos que son los judíos. Y cuando ya estabas convencido de que son más malos que la quina, te insisten todavía en que hoy son más malos que ayer y hoy lo son menos que mañana. Este mismo discurso lo he oído en tres continentes. Afortunadamente, desde mediados de los ochenta, he tenido tendencia a informarme sobre la naturaleza del conflicto palestino en fuentes independientes y creo haber entendido el fondo de la cuestión, pero no ha sido gracias a ningún palestino que a fuerza de contar desgracias lo único que han logrado ha sido perder la perspectiva del problema. Quizás sea lo normal, porque la situación de tres generaciones de palestinos que no han vivido un año de normalidad, es como para volver tarumba a cualquiera. Pero eso no les exime ni mucho menos les justifica de su increíble tendencia a “curarse la página de la pena”, ni mucho menos a ser unos pelmazos con “lo suyo”.
 
Las conclusiones que saqué y las posiciones que sostengo ahora sobre esta materia, me alejan completamente de las que adopté desde 1979 y hasta principios de los noventa. El problema palestino es irresoluble y no es un problema de Europa. Tuve que reformular mi posición cuando estalló el problema de Gaza, lo que me valió el infamante sambenitiño de "pro-sionista", lanzado por todos aquellos que tienen tendencia a ocultar su antisemitismo de baratillo bajo la patina de la "causa palestina". [por ahí he dejado mis consideraciones sobre el asunto en forma de artículos en infokrisis. Véase el link correspondiente]. Es un problema de los EEUU y de su minoría judía (a fin de cuentas, Israel es casi otra estrella de la Unión) y de los Países Árabes. Así que las soluciones son tres: o los palestinos exterminan a todos los judíos, o los judíos siguen puteando eternamente a todos los palestinos o… las partes se sientan a negociar. Ellos tienen la elección. No nosotros. Y en cuanto al Islam baste decir que es una religión ajena a lo que ha sido siempre Europa, llegada en otro tiempo manu militari a España y frenada en seco en Poitiers, y hoy retornada con la inmigración. ¿Y los regímenes islámicos? Irán no es más que una potencia de tamaño medio que busca afirmar su hegemonía regional en la zona. Nada más. ¿Y el Islam? Es la religión tradicional propia de los países árabes; por lo demás, un agnóstico como yo ¿qué quieren que les diga sobre el Islam? No considero que el Islam deba ser considerado como una “religión” normal y corriente en pie de igualdad con el catolicismo, no solo porque  en su concepción lo político y lo religioso están inextricablemente ligados, sino por que, a pesar de saber abandonado la religión de mis padres, estoy agradecido a que el catolicismo les hubiera dado, a ellos y a mis antepasados, fuerzas y fe para vivir y para morir. El catolicismo es la religión tradicional a esta parte del Estrecho. El islam lo es  en la otra parte. El bosque no está allí donde gobierna el desierto.

A fin de cuentas, la aparente superficialidad y frivolidad que he manifestado en relación a palestinos e islamistas tachándolos de "aburridos y pelmazos", no es más que una exteriorización deliberadamente fatua a efectos de llamar la atención sobre un rechazo más profundo y casi instintivo: el islam es la religión del desierto, surgida de la contemplación de un paisaje monótono, monocorde, sin matices; cualquier religión europea es hija de la frondosidad de los bosques, de los dioses situados en altas cumbres nevadas, de dioses que caminan junto a los hombres. Lo que el monoteísmo islámico tiene de radical y absoluto, incluso en el cristianismo se relativiza con las tres personas de la trinidad, los santos, los apostoles, los miles de altares paganos que con un leve toquecillo de nada pasaron a ser altares de santos  cristianos que encarnaban los mismos valores de una ciudad, de una cofradía, de un pueblo. El aburrimiento monocorde irreprimible que genera todo lo islámico, su formalismo, es hijo del desierto. Y esto, colegas, esto es Europa.

© Ernesto Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar procedencia.

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