De aquel primer viaje para contactar con el Frente de la Juventud recuerdo que todo fue como la seda. Nos recibió Beatriz K., nos encontramos con Pepe Las Heras y Juan Ignacio y no se nos ocurrió discutir ni las condiciones de nuestra integración en el partido (la camaradería nos eximía de formalismos y discusiones estratégicas, de la misma forma que cuando los hermanos empiezan a discutir de herencias algo va mal en la familia). Concretamos algunos proyectos a realizar inmediatamente. Yo me encargaría de la revista “Frente” que hasta entonces era un pequeño folleto fotocopiado en tamaño cuartilla de 12 ó 16 páginas. Estuvimos viendo la posibilidad de realizar algunos carteles de relanzamiento del Frente y de solidaridad con los camaradas presos. Hablamos de la situación de nuestro sector político: Juan Ignacio, tras su salida de Fuerza Nueva, siempre se sintió mucho más próximo a la Primera Línea de Falange que a cualquier otro grupo, acaso porque éstos practicaban un activismo que rivalizaba en desmesura con el nuestro. Y digo en nuestro, porque a esas alturas ya estábamos implicados hasta las trancas en la vida del Frente. De hecho, en noviembre de 1980, sólo unas semanas antes de su muerte, Juan Ignacio propuso la integración del Frente de la Juventud en la Primera Línea de Falange. Cuando dos camaradas de la dirección madrileña del Frente me fueron a ver a París, les transmití mi oposición a este proyecto y en los días siguientes elaboré en la distancia otro alternativo: el Frente de la Juventud debía transformarse en un partido que dejara atrás esa sempiterna obsesión por lo juvenil e intentara crear un polo extraparlamentario en condiciones de realizar con Fuerza Nueva el “juego de las partes”: nosotros asumiríamos el quemarnos en la pira del activismo desenfrenado, asumiríamos la posibilidad de tener una mala imagen y de hacer el trabajo sucio, mientras que al partido de Blas le correspondería la imagen pulcra de partido moderado con vocación parlamentaria al estilo de lo que estaba haciendo en ese momento el MSI. La tarea del Frente, en los momentos previos a su transformación, no podía ser otra mas que la de ir recogiendo a descontentes que fueran saliendo de Fuerza Nueva y de FE-JONS y constituirse como el verdadero polo activista de la ultraderecha. En los meses previos al asesinato de Juan Ignacio, entre noviembre y diciembre de 1980, estaba claro que “algo iba a ocurrir”, todos los militantes de la dirección del Frente de Madrid experimentaban la intuición de que se aproximaba un momento de mutación radical y que las cosas, a partir de ese momento, ya no serían como en los tres años anteriores. Era una sensación oscura, apenas una intuición que incluso se dejaba sentir en la lejanía del exilio en donde yo me encontraba ya en ese momento.

Pero en aquel primer viaje a Madrid en 1979 nada de todo esto podía preverse. La aventura primaba por encima de la necesaria estrategia política. La camaradería entre “guerreros” era mucho más importante que las sesudas discusiones sobre como alterar el curso de la transición. Al menos en aquel primer viaje de teoría se habló poco, de análisis político lo justo y las copas, francachelas y desmadres varios allanaron el camino. En la noche quedamos para tomar unas copas en unos bares alejados de la sede. Uno de los camaradas madrileños se puso de paquete en la moto para guiarme. Salimos a escape por la calle Velázquez y ya en el momento de arrancar me dio la sensación de que la punta de ver la punta de un pie por la rabadilla del ojo izquierdo. Tres manzanas más adelante me detuve en un semáforo en rojo y pregunté al “paquete” hacia dónde había que tirar. Sorprendentemente detrás no había nadie. A lo lejos, tres manzadas antes, era posible ver, a la altura de Claudio Coello a un grupo de gente en medio de la calle: eran los camaradas que estaban recogiendo al “camarada-paquete” caído al dar gas a la moto. Veintisiete años después de aquel episodio, cuando me llamó en los días previos al veinticinco aniversario de la muerte de Juan Ignacio, todavía recordaba aquel episodio que terminó con jarras cerveza chocando hasta la intoxicación etílica o poco menos.

En realidad, descendiendo a un terreno menos poético para la militancia y el activismo, hbía que decir que entre los “Patriotas Autónomos” y el Frente de la Juventud, existió en aquellos primeros momentos la clara noción de que era precisa una “joint venture”. Nosotros superábamos la crisis ocurrida con el desmadejamiento del FNJ y ellos sumaban militantes capaces de dar algo de coherencia teórica al grupo. Ese era el cometido que ya entonces asumía regularmente en los grupos en los que militaba: elaborar documentos, carteles y revistas. Y a esa tarea me dediqué con entusiasmo. Existían limitaciones económicas, pero no excesivas… Juan Ignacio me había transmitido el “pedid y se os dará” en la medida de las posibilidades. Salieron unos cinco o seis números de “Frente” con el mismo formato y los mismos grafismos que el antiguo “Patria y Libertad” del FNJ, indicando cierta continuidad y también registrando ciertas mejoras a la vista de la experiencia acumulada. En cuanto a los carteles fueron, con mucho, los mejores que había impreso la ultraderecha en aquella época, entre otras cosas, porque me beneficiaba de los contactos previos que tenía con organizaciones hermanas europeas y que me posibilitaban el que tomara ideas y elementos gráficos que había dado buenos resultados en Europa. Por lo demás, como realizaba el trabajo en aquella época y cómo lo realizo hoy, no puedo por menos de sentir cierto vértigo: en 1979 todavía se maquetaba cortando y pegando galeradas a mano, a poco que te despistaras, algunas columnas quedaban inclinadas, había que calcular mucho para igualar columnas y para colmo carecíamos de máquina para la fotocomposición, lo que nos obligó durante unos números a utilizar una máquina de escribir normal justificando los textos a ojímetro. Cada número de “Frente” se convertía en una verdadera odisea, angustiosa, artesanal… y mucho más desde que inicialmente, salvo en un período de mi vida, no había trabajado en prensa. Y esta experiencia se había limitado a un trabajo juvenil en los talleres de La Vanguardia. Tuve que descubrir, poquito a poco, los pequeños trucos del oficio, hacerme mi propia mesa reflectante, gastar ingentes cantidades de dinero en letraset, consumir fotocopias y fotocopias hasta obtener los efectos gráficos que pretendía. En fin, una odisea que hoy es sustituida por un ordenador de apenas un mega de RAM y con un par de programas de diseño gráfico y autoedición moderadamente sencillos de manejar. Y de ahí a la imprenta a través de FTP. Hace treinta años incluso transportar los originales al polígono industrial donde se encontraba la imprenta suponía una odisea.

Volvimos a Barcelona entusiasmados por lo que habíamos visto. El paquete ni siquiera notó la estrechez del sillín y llegamos en una sola tirada a BCN superando la media de 150 por hora. Personalmente experimentaba una especie de borrachera de la velocidad. Y era curioso experimentar como en aquella conducción suicida, mi consciente se había inhibido completamente, y me guiaban algo más profundo que llegó a asustarme: no era el cerebro el que conducía sino algo diferente, un impulso interior, lúcido, inefable, que no dejaba lugar al error, que permitía alcanzar los 170 por hora en algunos momentos, esquivando a otros vehículos de la autopista sin que el cerebro apareciera en escena para imponer prudencia, refrenar velocidad o calcular si cada adelantamiento era más o menos suicida. Era otra cosa: había algo de salvaje e instintivo en aquella forma de conducir que nunca antes se había apoderado de mí, pero sería demasiado simple atribuirlo a entusiasmo o al efecto de las cervezas de la noche anterior. Era otra cosa: era la lucidez absoluta del aquí y del ahora, la sensación de que algo profundo conducía por mí, impulsaba las caderas a un lado o a otro para facilitar los giros, un impulso supra-racional que retorcía el gas hasta más allá del límite del motor, de un impulso ajeno por completo a las neuronas que movía mi pie cambiando marchas a una conveniencia que no era juzgada por consideraciones de conducción. Supongo que esa misma sensación es la que cualquier piloto de carreras experimenta o a la que tiende a vivir en la pista de competición. Por entonces no practicaba ni yoga, ni zen, así que ese estado de arrobamiento mental no tenía nada que ver con técnicas que empecé a ensayar dos años después en la cárcel parisina de La Santé, sino con un estado mental específico. No creo que fuera nada que otros motoristas no han sentido antes, pero sí fue la primera vez en la que, conduciendo, eludí cualquier otra consideración  surgida de mi cerebro y fui uno con la máquina y uno con la ruta. Creo recordar que solamente paramos en Zaragoza para saludar a los camaradas de por allí.

Zaragoza era un lugar curioso. Existía un pequeño grupo del FNJ que estaba a punto de pasar al Frente de la Juventud. Como ocurría con todo grupo que realiza poco nivel de actividad militante, el grupo había pasado a ser una especie de peña de amiguetes que terminaban mirando con cierta desconfianza a algún eventual recién llegado. Y acababa de llegar uno de estos al que su primo, Manolo Bonilla, llamaba “el Comandante Cero” a la vista de que solía vestir tres cuartos militar y boina negra. El grupo era de esos entrañables que, con el paso del tiempo, han seguido más o menos mantener su cohesión vincular y los lazos de amistad a pesar de las vicisitudes de la vida. “El Comandante Cero”, por supuesto, desapareció de escena a la vista de que no terminaba de encajar con el resto y el Frente de la Juventud tampoco llegó muy lejos en mañilandia. Volvimos en otras ocasiones en aquel período a Zaragoza y acudieron incluso camaradas de Asturias y Navarra que luego terminarían integrándose en el Frente de la Juventud. También en Valencia se pudo implantar a un grupo activista que sustituía al grupo de Tormo, como siempre obsesionado por los uniformes, los correajes paramilitares y sin entender que esa no era la línea del Frente. Andalucía fue la zona que estuvo más huérfana de militancia frentista. Allí la presión de Fuerza Nueva era asfixiante e incluso en las primeras elecciones regionales, el partido movilizó a todas sus fuerzas convencido de que podría obtener algún resultado que no llegó y que, por lo demás, tampoco podía llegar a la vista de que el partido seguía sin advertir sus carencias dramáticas: objetivos, estrategia, programa…

En Barcelona, el Frente debía movilizar en aquella época por encima de 50 militantes de partida, incluidos chivatos, infiltrados y confidentes, que de todo había, pero que fieles a la teoría del limón, si uno de estos elementos quería realizar su trabajo entre nosotros ya sabía que le tocaba palmar activismo como el que más. El activismo esta vez se convirtió en frenético. Nada de reposo, nada de meditación, nada de haraganería, o de eso que suelen hacer los infiltrados, llegar tarde a las reuniones, llevarse sólo un ejemplar de todos los papeles que se distribuyen e irse antes de acabar con cualquier excusa. Si querían vender sus confidencias sobre el frente que asumieran el hecho activista y se esforzaran, que a fin de cuentas, en un cartel pegado sobre un murio no deja consancia de si lo ha colocado allí un chivatillo o un abnegado activista. En Sabadell, un camarada fue detenido colgando carteles, no llevaba el DNI encima y camino de la comisaría abrió la puerta y saltó del coche policial escapando ante el asombro de sus custodios. Se realizó una campaña contra la revista Interviu que obligó a los kiosqueros a colocarla en lugares no visibles lo que facilitó el que de una semana a otra su venta cayera el picado,  más de un 50%. Un kiosquero recalcitrante se llevó el consabido cóctel molotov. No nos habíamos olvidado de Vinader y de los asesinados a raíz de los dos artículos que publicó en aquella revista con las declaraciones de aquel desaprensivo ex policía nacional. Nos enfureció particularmente el que la Cadena Zeta publicara una nota en la que afirmaba que “ETA no necesitaba las informaciones Interviu para establecer sus objetivos”. Así pues nosotros, en la primera página de Frente colocamos la dirección de Vinader añadiendo que ese dato era una minucia a la vista de que “los guerrilleros de Cristo Rey” (organización que sabíamos inexistente) deberían tener un servicio de información suficientemente desarrollado como para que aquella modesta publicación no les dijera nada nuevo... Era como darle a Zeta de su propia medicina. El mismo día en que apareció ese número de Frente, el apartamento de Vinader  en Sant Gervasi fue asaltado por desconocidos. La hybris activista proseguía y estaba a punto de alcanzar su climax.

No hay partido que se precie que no convoque antes o después un congreso. El Frente de la Juventud no lo había convocado hasta entonces pero a partir de ese momento era urgente realizar lo más parecido a una asamblea nacional que presentara en sociedad a los nuevos militantes y a los grupos locales que se estaban integrando en la organización. Dado que el local del Frente era pequeño para albergar una asamblea de este tipo, hubo que recurrir al Centro Cubano que tenía la ventaja de la proximidad al local y de los mojitos que siempre podían elevar el tono de las discusiones. Me tocó a mí hacer las ponencias. Aquellos escritos eran todavía juveniles, pretenciosos y aureolados de cierto maximalismo, pero, mentiría sino reconociera en ellos cierta voluntad de configurar un partido que se pareciera al máximo posible con los grupos extraparlamentarios italianos que eran, para nosotros, el modelo a seguir, al margen de que en aquel momento estaban reciendo una oleada represiva que mantenía a unos doscientos activistas en las cárceles. Por lo demás, desde el punto de vista formal eran documentos “correctos”: un análisis de la situación política española en la que se insistía en los problemas y desajustes que estaba llevando a cabo la transición, en la cada vez más catastrófica situación económico-social, en la denuncia de los mitos de la transición que por entonces ya estaban completamente perfilados, y en la oscuridad que se percibía en el horizontes. España, contrariamente a lo que la mitología posterior, ha querido imponer, estaba muy mal en aquella época. El terrorismo etarra ni siquiera merecía las primeras páginas de los diarios y había noticias de asesinatos de dos o tres guardias civiles que aparecían en páginas interiores, siempre en las de la izquierda, en la parte inferior y sin apenas titulares. Ahora bien, bastaba con que un vecino del cuñado del primo de un amigo de Blas Piñar, le diera una hostia a un rojillo como para que el caso se presentara como una “intolerable agresión fascista”. Y luego estaba el descoyuntamiento autonómico que se adivinaba en el horizonte, los inicios del café para todos, y las declaraciones de una clase política que dos años después de estrenar democracia eran incapaces de utilizar un lenguaje que fuera más allá del tópico exigido por un marketing político común que, por lo demás, sigue en vigor. En aquel informe político denunciaba que el país había entrado en la vía de la liquidación, pero, leer aquella ponencia, al margen de algunas expresiones “iniciáticas” (el recurso a las “fuerzas nacionales” por las que entendíamos los partidos patrióticos y las organizaciones más o menos ultras), el ver a UCD solamente como “franquistas vergonzantes” en lugar de percibirlo como areópago de ambiciones desmedidas y de no haber percibido a tiempo que Carrillo había vendido al PCE tras su visita al Consejo de Relaciones Exteriores o que el marxismo se preparaba para entrar en el basurero de la historia), a pesar de todos estos errores de apreciación, insisto en reivindicar aquellos textos como los más lúcidos que fue capaz de emitir la ultra en la transición. Me encargué también de la ponencia de estrategia. Era más difícil porque se trataba de elaborar una línea y, no sólo eso, sino que la base militante la asumiera y la siguiera. Y eso era prácticamente imposible. Insistí en los tres puntos que ya había elaborado para el FNJ:

-    Gobierno dimisión (sentir cierta conmiseración por el triste destino de la familia Suárez y por el estado de postración mental en la que se encuentra el expresidente en el momento de escribir estas líneas no es suficiente para olvidar que en su gestión política al frente del país fue un oportunista de pocas ideas, capaz solamente de ejecutar un plan que le vino impuesto por los poderes fáctivos internacionales)

-    Gobierno de “salvación nacional”, formado por técnicos y expertos (algo que hoy vuelve a ser necesario y que lo es siempre que las crisis económico-sociales tienden a confirmar que las “élites políticas” son brillantes en el reparto de la riqueza, pero absolutamente inútiles para gestionan situaciones de precariedad).

-    Disolución de las instituciones surgidas tras el 10-N-75 (y en esto debo decir que ya por entonces el parlamento era una asamblea de mediocres oportunistas que luchaban por lo suyo sin mucho recato;, y aun así, había muchas más personalidades brillantes de la que hoy calientan las bancadas del hemiciclo; en el antiguo régimen existía un principio que aún hoy considero interesante: la “democracia orgánica”. Desprestigiada por que bajo el franquismo nunca fue capaz de apurar sus potencialidades, el hecho era que en el parlamento (y no digamos en el senado), los representantes públicos en lugar de ser elegidos en función de su pertenencia a la lista de tal o cual partido, deberían ser elegidos por los “cuerpos intermedios” de la sociedad: sindicatos, universidades, asociaciones, ONGs, corporaciones locales, colegios profesionales y demás grupos que componen lo esencial de la sociedad civil. Yo creo que, a la vista de los últimos 30 años de democracia inorgánica (o partidocracia, o plutocracia), al menos en lo que se refiere al senado, habría que empezar a pensar en convertirlo en una “cámara orgánica de la sociedad”, en lugar de cómo pretenden algunos giliflautas, en “cámara de las autonomías”, como si el diputadillo de a pie no representara a su propia autonomía).

Intenté presentar la estrategia de la “fractura vertical dentro del sistema” en términos poco comprometidos. Pero era claro que el Frente de la Juventud se declaraba implícitamente por el golpismo. Y había algo más: no solamente nos declarábamos a favor de la “fractura vertical”, sino que estábamos dispuestos a colaborar con quien sostuviera la misma orientación.

Debieron asistir unos 100 congresistas. Entre ellos estaba Luis Pineda que sostuvo con una obstinación digna de mejor causa, una teoría curiosa: defendió que, así como que en plena ortodoxia marxista, la contradicción entre burguesía y clase obrera debería de cristalizar en una síntesis en la que la clase obrera fuera hegemónica, Luispi sostenía que deberíamos de hacer lo posible porque la síntesis final fuera patriótica. En aquel momento estudiaba COU y empezaban a ser palpables los destrozos de la nueva ley de educación. En el curso de aquella magna asamblea lo que saqué en conclusión es que la extrema-derecha no se ha hecho para debatir sino para batir el cobre. Uno de los camaradas asturianos lo decía con una serenidad pasmosa: “Ernesto, hay que batir el cobre”. Y por batir el cobre entendía trabajar políticamente, realizar más activismo y convertir ese activismo en el eje de gravedad del partido. No me debía de convencer de algo que ya estaba convencido, así que, a fin de cuentas, el Primer (y único) congreso del Frente de la Juventud, sirvió para dar un basamento teórico al activismo. El Frente de la Juventud debía ser, tal como el pelo púbico es un receptor de aromas, un polo activista y dejémonos de más hostias y complicaciones: “¿Dónde está el enemigo? ¿allí? Pues a por ellos y maricón el último”. ¿Para qué complicarse más la vida? Sin embargo, hacía falta algún documento sobre el que apoyar el activismo y eso fue lo que salió del primer congreso.

Había en el Frente de la Juventud un trasfondo sexual indudable. Recuerdo que en cierta ocasión Juan Ignacio vino a Barcelona y, claro está, terminamos tomando jarras de cerveza en la Plaza Reial. Uno de los camaradas –aquel que saltó del coche de la policía sabadellense en marcha- tenía mal beber y le arreó una colleja de impresión a uno de esos tipos barbudos que quintaesenciaban el estilo de los independentistas de la época. Peor fue la segunda que llegó cuando ya me había preocupado por refrenar su agresividad. En aquella ocasión le expresé a Juan Ignacio mi interpretación hermenéutica sobre el símbolo que utilizaba el Frente de la Juventud. Era, a la sazón, un triángulo invertido formado por la siglas “F” y “J”, coronado por una llama más bien amazacotada, lejanamente inspirada en la del MSI y todo ello dentro de un óvalo. Se me antojaba que el triángulo invertido era el símbolo del pubis femenino, acentuado por el hecho de que el palo ascendente de la “J”, indicaba a las claras, la ubicación exacta de la raja femenina. Para colmo, la llama era el símbolo inequívoco del fuego masculino que, en la forma de semen hirviente, terminaba depositado en la vagina femenina. Todo ello, dentro de un óvalo parecía encerrar dentro de sí la concepción del mundo de la que era partícipe el Frente: todo lo que vale la pena en la vida es la tensión dialéctica entre lo masculino y lo femenino, entre el follador y lo follado… La interpretación ocasionó en primer lugar unos ojos de sorpresa por parte de Juan Ignacio (bien es cierto que  llegaba cuando apurábamos la segunda jarra de cerveza) y luego una estruendosa carcajada que no desmentía mi interpretación hermanéutica que, aun hoy sigo sosteniendo. Juan Ignacio me explicó que aquel símbolo había surgido del de los “artilleros de la Sección C”, aquellos que lanzaban cohetes contra el adversario a través de tuvos de PVC en los enfrentamientos callejeros. Lo cierto es que nadie cuestionaba este símbolo que el Frente de la Juventud siguió manejando hasta su disolución y del que me reafirmo en la interpretación hermanéutica que di en aquella memorable velada de camaradería en la Plaza Reial.

El local del Frente estaba situado en uno de los lugares más caros de Madrid. Y había que pagarlo todos los meses. Luego estaba el esfuerzo de propaganda: carteles, revistas, pins, panfletos que eran caros de producir. Y, finalmente, las fianzas que depositar para liberar a los camaradas detenidos, desde aquel que le había dado una hostia fortuita a un rojo, hasta aquel otro que con un cuchillo de monte había rajado de arriba a bajo a un pobre chaval que esperaba en la cola de un cine de la Gran Vía. En esto el Frente de la Juventud fue la antítesis del principio que regía en los medios piñaristas: mientras que estos no ayudaban ni siquiera a sus propios camaradas presos, no fuera que les terminaran dando mala imagen, (algo incomprensible a esas alturas que se preocuparan de la imagen cuando ya de por sí era catastrófica con sus mesnadas de adolescentes uniformados, pero enfin...)  para el Frente de la Juventud bastaba con que alguien hubiera terminado en la cárcel para que mereciera el arrullo de la solidaridad militante. La que luego sería “señora de Pineda” se encargaba de coordinar la solidaridad con los presos (y alguno de ellos le escribía cartas en las que reproducía párrafos enteros de José Antonio Primo como si hubieran nacido de su propia pluma). Como en la legión, nadie preguntaba por qué coño tal o cual camarada había terminado en la cárcel: ya fuera por un palo en un super, por una agresión gratuita, por siete abogados apiolados en Atocha, o por que lo habían trincado colocando carteles del Frente, cualquier camarada encerrado era objeto de solidaridad. Se había pasado de un extremo a otro: de negar cualquier forma de solidaridad militante con presos, tal como era la práctica piñarista, a la de solidarizarse incluso con el caco Bonifacio si éste en un momento de su infancia perteneció a la OJE. Ni tanto, ni tan calvo, o como decía el Buda: si una cuerda no está tensa no suena, si se tensa demasiado, se rompe. En Fuerza Nueva no sonaba, en el Frente a fuerza de tensarla, se rompió y a muchos nos cogió en mala situación.
 
© Ernesto Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar procedencia.

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