El Frente de la Juventud fue, sin ningún género de dudas, el grupo más agresivo de la ultraderecha en la transición. No se piense que estaba formado por descerebrados y vertebrado por líderes toscos o brabucones o simplemente por esbirros de tal o cual servicio policial. Los dos personajes más representativos en Madrid eran, sin duda, Pepe de las Heras, un antiguo veterano de las Defensas Universitarias, pasado luego a Fuerza Nueva, y Juan Ignacio Rodríguez que si nos tuviéramos que remontar a su primera militancia adolescente habría que decir que perdió la virginidad política –arrastrado por sus amigos de la época- en el Partido Comunista Obrero de España de Enrique Líster que, al parecer siempre estuvo bien acompañado (ya he contado que otro de los próximos al muy estalinista ex jefe del Quinto Regimiento en sus últimos años fue otro querido camarada).
 
El resto de militancia había hecho sus primeras armas en Fuerza Nueva y, por tanto eran jóvenes o muy jóvenes. Todos, sin excepción, echaos p’adelante y todos, incluidas las hembras de tronío, con  alta puntuación en el ranking virtual establecido por el cojonímetro. Por sus propias características no había lugar para cobardones en el seno del Frente de la Juventud. Para los que veníamos de haber aguantado unos años a alguien que podría ser definido como miedica entre los miedicas, y rajado entre los rajados, era todo un contraste encontrar a gente de mirada directa, carcajada insolente, choque de manos franco y entre cuyas costumbres no existiera la del retroceder ante nada. Todo eso se ha valorado siempre en las sociedades tradicionales de las que sentíamos formar parte. Juan Ignacio era un tipo que inspiraba confianza desde el primer momento en que lo conocías, daba la sensación de ser todo sinceridad y era de los personajes más directos y carusmáticos que he conocido. No creo exagerar si digo que era el mejor entre todos nosotros y, sin duda, el mejor que circulaba en aquella época en la ultra. Ya se sabe que los amados de los dioses mueren jóvenes.

A pesar de ser un tipo sincero, directo y sin complicaciones, era también alguien que tenía un instinto político para más desarrollado de lo normal. Con su afectuosidad características era difícil darse cuenta de la importancia de sus silencios, con sus comentarios que incitaban a menudo a la carcajada sobre tal o cual anécdota no se solía percibir que en el fondo de su personalidad maniobraba evitando exponer a sus camaradas bajo riesgos innecesarios. Ambos, tanto Pepe Las Heras como Juan Ignacio fueron extraordinariamente criticados por el partido al que habían servido lealmente en los años anteriores, Fuerza Nueva. De los mentideros de nacional-catolicismo surgieron contra ellos ataques que excedían con mucho lo calumnioso y que demostraban que, a fin de cuentas, un católico podía mentir a placer a la vista de que un arrepentimiento a tiempo le redimiría de cualquier hijoputez anterior que hubiera cometido. No era que un bel moriré honorase toda una vida sino que lo que se sostenía implícitamente en esos medios era que una vida de calumnias sería a la postre redimida por los santos oléos en el momento del espiche. Sobre Pepe Las Heras se dijo por activa y por pasiva que era “agente del Cesid” y sobre Juan Ignacio que “trabajaba para el Cesid”. En el Cesid les constaba que ni uno ni otro estaban en nómina, pero tendían a pensar que ambos trabajaban para la policía y que, por extensión, todo el Frente hacía otro tanto. Créanme que era así. Lo cierto es que Pepe conocía a todo lo que valía la pena conocer del Madrid ultra incluidos los servicios que estructuó Carrero Blanco, el SEDEC. Ya he dicho en otra ocasión que todos los que estudiamos en aquella época, y éramos anticomunistas (y en esto incluso a democristianos y socialdemócratas) antes o después fuímos contactados –y los que se dejaron, formados- por el SEDEC. No era por tanto raro que Pepe, que procedía de una estructura anterior, las Defensas Universitarias madrileñas, creadas antes de que el SEDEC existiera y que fueron sustituidas por la AUN (Acción Universitaria Nacional) en el curso 1969-70, hubiera conocido a capitancetes de esta organización que luego debieron pasar al CESID. Ahora bien, “conocer a” no quiere decir “trabajar para”. Pepe Las Heras no trabajaba para nadie más que para el partido al que había entregado su lealtad, durante unos años Fuerza Nueva, y tras la ruptura, el Frente de la Juventud. Y lo mismo cabe decir de Juan Ignacio al que le unían vínculos de amistad pre-políticos con el comisario Marín, uno de los implicados en la muerte del etarra Arregui en las peores semanas previas al 23-F.

Por otra parte, en aquella época todo era extremadamente confuso y era muy posible que hubiera gente dentro del aparato de seguridad del Estado que jugara con dos y hasta con tres barajas e incluso con ases de la baraja francesa y española en la manga por lo que pudiera resultar. Para muchos funcionarios de un cuerpo de seguridad del Estado, lo normal era cobrar del suyo, de otro que requería su colaboración y hacer juegos personales intentando quedar bien con todos incluso con aquellos a los que espiaba, provocaba o simplemente engañaba. Eso explica muchas de las confusiones que se produjeron, especialmente en Madrid –capital de todo el empastre de servicios interactuando con ultras, militares golpeteros y para colmo amigos de la guardia civil montando festivales a go-gó. Y todo esto con un Blas que si lo oías parecía que el país quedaría descalabrado de un momento a otro por el separatismo, los comunistas de carné y los “lobos con piel de cordero”, peores que ellos, que eran los del PSOE. Asistir a uno de esos mítines, con la parafernalia de los años treinta redivida, con una retórica inflamada de patriotismo ultramontano, henchida de fervor católico más allá del papismo y saturada de escatología y catastrofismo, era una experiencia inolvidable. Luego, claro está, como el discurso no terminaba con la definición de estrategias (es muy probableme que Blas no tuviera claro jamás qué quería decir la palabra “estrategia” en política) la gente salía alarmada y dispuesta a hacer cualquier cosa para “salvar a España”. Por eso en torno a Fuerza Nueva ocurrieron tantos y tantos incidentes violentos: quien conoce la estrategia de su partido, sabe cómo actuar en cualquier momento, quien cree que esto se hunde, no tiene tiempo de plantearse qué hacer, sino de hacerlo a la voz de ya, guiado por su  propio entender. Así que los chavales salían de un mitin ultra, veían a un melenudo y le daban matarile. Pasaban ante la sede del PSOE y creían que allí se había instalado alguna cheka dirigida por el mismísimo Andropov. Sucedieron episodios bochornosos y trágicos en los años que mediaron entre las segundas elecciones democráticas y el 23-F.

En ese momento ya se habían cerrado los pactos de la transición que implicaban –lo ignorábamos entonces- el acoso y derribo de los restos de la ultraderecha y el impiderles formar una opción política a la derecha de Alianza Popular. Así pues, existieron maniobras provocadoras contra la extrema-derecha desde el arranque mismo de la transición hasta los días antes de las elecciones de 1982 que dieron la victoria al felipismo. Es difícil establecer cuando terminó la transición: realmente debería ser con la aprobación de la constitución de 1978, oficialmente con el golpe-trampa del 23-F y realmente con las elecciones que entronizaron a Felipe González. A partir de ese momento se inician los “años de la corrupción”, más tarde la “pasada por la derecha” y luego el “quinquenio negro” en el que estamos. A eso se pueden reducir los últimos 30 años en la vida de España y en eso ha consistido la tragedia de este país sin remedio y sin esperanza.

En este panorama lo único que le faltaba a la ultra eran dirigentes poco hábiles y un vacío absoluto en el sitial de los estrategas. Eso fue lo que tuvimos y por eso la ultraderecha ni pesó entonces, ni la resaca de la época le permitirá volver a pesar jamás. En un partido de “derecha nacional”, “a la Europea”, gentes como Juan Ignacio o Pepe Las Heras, hubieran llegado lejos, tenían la suficiente energía interior como para imponerse a la bandada de catolicarras tan piadosos como falsos, a los cobardones oportunistas sin escrúpulos que nunca faltan en estos pagos y a la mediocridad general propia de todo partido en democracia, y todo esto con una ventaja: eran buenas personas, la traición no entraba en sus planes y vender a un camarada era para ellos el peor de los delitos que les hubiera abochornado a sí mismos. Por eso, soporté y soporto mal que se hable de ellos como “chivatillos”, como “agentes de presidencia” y como “parapoliciales”.

El membrillo que movió al mundo

Debió ser hacia finales de 1977 cuando Blas Piñar había dado un mitin en Logroño. Por esa época el tesorero del partido, don Ángel Ortuño, un antiguo consejero de La Papelera Española proponía la compra por 100 millones de la época del antiguo edificio de esta empresa, un viejo caserón como sede del partido. Se trataba a todas luces de una compra desmesurada. Ni el partido era tan grande, ni precisaba una sede tan faraónica. Ambos episodios, el mitin de Logroño y la sede, interactuaron para que la Sección C, parte de Fuerza Nueva, la delegación Vallisoletana y el secretario general del partido terminaran dejando plantado a Blas.

En Logroño ocurrió un episodio de “gran calado” nunca jamás aclarado que estuvo en el arranque la guerra de guerrillas interior. Como solía ocurrir en ese partido de tintes muy formalistas y burgueses, cuando Blas acudía a dar algún mitin, la delegación le solía obsequiar con algún presente de interés regional. En Logroño le obsequiaron, claro, con un membrillo. Un fenomenal, esplendoroso y suculento membrillo. En la vorágine de esas situaciones, Blas y su esposa perdieron de vista el dichoso membrillo. Era normal, a fin de cuentas no se trataba de dar un discurso patriótico enarbolando un membrillo ante el auditorio, ni tampoco dejar a la vista de la platea el membrillo sobre la mesa presidencial. Así que se lo dieron a un chaval y el membrillo desapareció. Ya desde esa misma noche, en la capital riojana, el membrillo dio que hablar. Al parecer, Doña Carmen Gutierrez de Piñar y alguna otra dama ilustre del partido achaban a los de la Sección C infidelidad en la custodia del membrillo. Sea como fuere, Pepe las Heras y Juan Ignacio, años después de este chusco episodio me juraban y perjuraban que no tenían ni la más remota idea de lo que se había hecho con el membrillo. Y no hay motivo para descreer sus afirmaciones.

El episodio del membrillo menoscabó el concepto que la cúpula del partido tenía en los muchachos de la Sección C. A partir de entonces, fueron colocados en el índice y vistos como gentes de poco fiar que anteponían el buen yantar a la lealtad debida al “caudillo del Tajo”. Sí, por que en aquellos años (entre 1972 y 1979) circulaba una leyenda dentro del partido. Una profecía mariana de dudoso origen –que luego pertenecería al magma ultramontano que terminó dando origen a la secta de El Palmar de Troya- consideraba a Blas Piñar poco menos que “el elegido” por la providencia, para salvar a España –“nacerá un caudillo al pie del Tajo que salvará a España y a Europa…”, Blas era toledano, ergo…- la profecía no se expresaba ni en la revista ni en las reuniones del partido, pero sí circulaba, especialmente en los ambientes madrileños y mucho más a nivel del entorno más próximo a los Piñar. Como se podía intuir a un “caudillo” elegido por la providencia no se chuleaba un membrillo así como así.

Para colmo, por tosca que fuera la reflexión estratégica del partido, empezaba a haber divergencias. Pepe Las Heras, por su posición, era perfectamente consciente de que comprar una sede faraónica, desmesurada y de difícil mantenimiento, iba a suponer un lastre para el partido que tampoco nadaba en la abundancia. Por otra parte, ni AP, ni UCD, ni el PSOE, tenían en aquella época edificios de esa magnitud a pesar de que por sus dimensiones les correspondían. Pepe y Juan Ignacio estaban a pie de obra en la vida del partido, tenían las más altas responsabilidades militantes y eran, sin lugar a dudas, los que estaban más cerca de los militantes de base. Sabían por ejemplo que el partido crecía mucho menos en el Barrio de Salamanca que en los barrios populares y que era allí en donde se necesitaban sedes. La administración cabía perfectamente en los locales de Núñez de Balboa. Con los 100 millones que costaba la nueva sede se podían comprar más de 40 locales de barrio y convertirlos en centros de expansión del partido. Así pues las estrategias eran dos: la de la fantasía “ostentórea” de la cúpula y aquella otra del realismo de las bases: por que, a fin de cuentas, en los barrios eran en donde se votaba, era en los barrios era de donde salían los candidatos y no en cúpulas perdidas en profecías y en consideraciones místicas, escatológicas y milenaristas que siempre han sido malas amigas de la política real. Era cuestión de tiempo que ambos puntos de vista terminaran por chocar. Y si a eso añadimos el episodio del membrillo, la suerta estaba echada…

Ganó Ortuño, aquel santo varón valenciano que le colocó el edificio a Blas, seguramente con la coletilla de que Dios proveería. Aquello fue un error de dimensiones incalculables que se pagó en los años siguientes, no solo con la escisión sino con un partido enfeudado en su sede desmesurada y con cada vez menos contacto con los problemas de la España real. Se reformó todo el edificio. Los chicos de la Sección C propusieron que en los sótanos se creada un corredor de tiro. Naturalmente, el centro orgánico de la sede era la capilla. Cada tarde un pánfilo infante con la casulla propia del monaguillo de posguerra, puntillas y puñetas incluidas, recorrían los largos corredores de la sede, agitando la campanilla y llamando a la misa de 20:00 horas. Si alguien quería hacer carrera dentro del partido, debía posar en las primeras hileras de bancos. No hacerlo equivalía a hacerse sospechoso de la falta de fe necesaria para el proyecto político-religioso del caudillo del Tajo. Decenas de despachos hacían que incluso los “jefes de línea” tuvieran el suyo a pesar de lo irrelevante de su cometido (la responsabilidad de 30 militantes), y dado que no tenían una misión clara, ni línea política, el despacho se convertía en un local de maledicencias, macutazos e ineficacias varias y, por supuesto, miradas lánguidas, manoseos y algún que otro aquí te pillo aquí te mato. Se colocó una lápida en el hall en honor al “primer caído de Fuerza Nueva de Madrid”, del que se decía que había sido víctima de un “atentado rojo” durante la campaña electoral del 79. Se trataba, en efecto, de uno de los militantes más fieles a Blas al que, colgando carteles, un coche se lo llevó por delante. Luego resulto que el “atentado rojo” no lo había sido tanto y que el volante homicida estaba en manos de otro simpatizante del partido que aquella desgraciada noche se había metido más cubatas entre pecho y espalda de los que podía soportar.

Fuerza Nueva no tenía suerte con las lápidas. En Madrid había un militante al que todos llamábamos “el marmól”, no en vano se dedicaba al lúgubre oficio de cincelar lápidas de cementerio. Se le encargó “al mármol” una lápida en honor de Blas en el que tenía que poner aquella frase de José Antonio Primo que decía: “La vida no vale la pena si no es para quemarla al servicio de una empresa grande”. Y “el mármol” afrontó el pedido con el entusiasmo que correspondía a un esforzado militante del partido, sólo que una semana después al traer la lápida, su falta de preparación política e incluso cierto déficit cultural le había inducido a poner por conveniencias de la disposición de las letras: “La vida no vale la pena si no es para quemarla al servicio de una fábrica grande”. Al parecer la "m" de empresa ocupaba demasiado. Y “el mármol” extrañado ante la reacción iracunda de los presentes se escudaba confuso: “pero, vamos a ver, ¿no es lo mismo una “empresa” que una “fábrica””… anécdota chusca pero real que precedió sólo unos meses a la gran ruptura.

Me dieron varias versiones de los momentos previos de la escisión, incluida una con reparto de bofetadas en el interior del local de Fuerza Nueva en la que los receptores máximos fueron los pobres chicos de Fuerza Joven cuyo pecado era no entender nada de lo que pasaba. Indudablemente, el cuadro que he pintado de Fuerza Nueva es incompleto y estoy seguro de que algún valor deberían encarnar los miembros del partido, pero no me pregunten cuál era. Soy perfectamente consciente de que peco de subjetividad, pero no me lo reprochen. Dos personas han hecho imposible –y tal es la tesis que va subyaciendo a medida que repaso todos estos episodios- la existencia de un partido de la derecha nacional en España. Uno es Blas Pilar. Otro Antonio Tejero. Ni uno ni otro se han creído obligados jamás a realizar autocrítica de su gestión en aquellos años, como máximo Blas ha redactado unos gruesos volúmenes de sus memorias en donde demuestra la minuciosidad propia del notario, a menudo intrascendente y en toda aquella caterva de datos y de referencias exactas en fecha y hora, lo que se deja sentir es la ausencia de una autocrítica global y sincera. Ya sé que a Blas, la palabra “autocrítica” le abre ronchones y le produce escoceduras, decantándose por aquella otra que está más próxima a su fe, la de “examen de conciencia”. Pero un examen autocrítico (por que eso es, en el fondo) de este tipo implica, le llames como le llames, reconocer los propios errores, las propias limitaciones y las carencias de un partido que, a fin de cuentas, todo él fue un completo disparate, empezando por lo doctrinal.
 
Blas tomó la parte por el todo, desconociendo que Franco fue el pragmatismo personificado y que su régimen fue un permanente adaptacionismo a las condiciones siempre cambiantes de un mundo en continua mutación, Blas, como decía, se identificó con el nacional-catolicismo que fue el norte ideológico del régimen tras la derrota de Stalingrado y hasta el abrazo con Eisenhower. En ese período de unos 13 años, Franco dejó atrás el “falangismo imperial” anterior de 1943 que le había servido para establecer puentes con el Eje y precedió al desarrollismo opusdeista que inauguraría una nueva etapa en la vida del régimen tras la bienvenida a mister Marshall. El gran error político de Blas fue extrapolar ese período de 13 años a un ciclo de 40 y terminaron presentando su versión personal y subjetiva del franquismo como la única aceptable... cuando ya ni siquiera el Vaticano aceptaba en política nada más que la democracia cristiana. A partir de ahí, era imposible interpretar cualquier evolución del régimen posterior a la muerte de Franco… que implicaba explicar por qué el propio Carrero Blanco –que no era precisamente un liberal cualquiera- ya propuso en vida una evolución del régimen hacia la democracia limitada.

Si a esto unimos que esta posición era sostenida ostentando un rigorismo católico desusado en la sociedad española de la época (la Conferencia Episcopal en aquellos años no tuvo más que dos o tres monseñores que coincidieran con la visión del catolicismo de Fuerza  Nueva) se entiende el fracaso del “blasismo”. El último servicio que Blas hubiera debido aportar a su grey era la autocrítica: “me he equivocado en esto y en lo otro, así que ya sabéis por donde no tenéis que andar”. En lugar de decir esto, echó la culpa de un fracaso que a él le correspondía en primer lugar, responsabilizando del destrozo a la Iglesia, a la patronal y al ejército… Sin comentarios. Y para colmo, disolvió el partido. E hizo aún algo peor: lo volvió a reconstruir un lustro después, exactamente con la misma fisonomía de lo que había fracasado. Pero aún hizo algo todavía más imprevisible: a la vista del éxito (Blas debió olvidar nuestra tesis estratégica sobre la “fractura vertical dentro del sistema” cuando le decía: “contra más tiempo pase, más atrás quedará el franquismo y menos política se podrá hacer con la etiqueta franquista”), disolvió su segundo partido. Y no contentos con esto, cuando la generación familiar siguiente de los Piñar volvió a creer que la provindencia les había investido la santa misión de salvar a España, no dudaron en reconstruir otra sigla de fortuna (AES en este nuevo salto mortal) con la bendición de Blas que, en el fondo, era exactamente lo mismo que las dos siglas anteriores. A la tercera va la vencida, debieron pensar y, o el espíritu santo demuestra de una jodida vez su eficacia o bien espero que estos santos varones terminen por comprender que en la lucha política más vale creer en los análisis de un buen secretario general que en los buenos oficios del espíritu santo y de las otras dos ramas de la Trinidad.
Los chicos de la Sección C, que eran hombres de su tiempo, jóvenes que estaban creciendo con la transición y que no asociaban el franquismo más que a algunos recuerdos de su adolescencia, no podían sino terminar chocando con aquellos poderes fácticos anidados en el entorno de Blas y que hacían de Fuerza Nueva, el partido menos democrático de la España democrática, en la que el “congreso” se sustituía por la “reunión de delegados” y estos los elegía la cúpula en función de criterios tales como la fortunita personal, la fila de bancos en donde se sentaba el susodicho en sus visitas a Madrid o, simplemente, el tamaño del membrillo o del regalo recurrente. También había nepotismo (el cáncer de Andalucía volvió a serlo en Fuerza Nueva con la saga de los Del Nido controlando la totalidad del aparato), cierto desenfoque ingenuo-oportunista (un tal Cutillas fue nombrado gran capitoste de Fuerza Joven simplemente por el hecho de que su padre era propietario de una de las constructoras más activas en la época, que cotizaba para AP, pero del que Blas nunca perdió la esperanza de que podría terminar recibiendo sus fondos si el vástago de los Cutillas pasaba a ser jefe de Fuerza Joven con el único mérito –y lo puedo asegurar- de ser hijo de su padre) y un completo desmadre que, al menos, la energía y el prestigio militante de los Juan Ignacio o de los Pepe Las Heras, y sus experiencias políticas pasadas, habían contenido. Fue precisamente cuando estos se largaron asqueados del partido, cuando la olla de grillos alcanzó su máximo apogeo y todo terminó por descontrolarse: aparecieron extraños “grupos de acción” (los 4+1) en algunos locales que terminaron creando más problemas que otra cosa y cuyo episodio emblemático fue el asesinato de una pobre chica trotskista, Yolanda González, cuatro político del PST, una escisión de las Juventudes Socialistas.
 
Estaba en París en 1978 cuando pude leer una noticia publicada en Le Monde: “Los ultras asaltan la facultad de Derecho de Madrid”. Se mezclaba al Frente de la Juventud, a la Primera Línea de FE-JONS y al Frente de la Juventud, indiscriminadamente. En realidad, el asalto –que efectivamente se produjo- fue capitaneado por Fuerza Joven y más en concreto por el que en la época era uno de los yernos de Blas, en un intento de jugar la carta activista, no fuera a ser que los del Frente de la Juventud se quedaran con ese sector militante… el problema era que el Frente no aspiraba a tener buena imagen de cara a unas elecciones, y en cambio Fuerza Nueva debía de haber cuidado mucho más este aspecto. Digámoslo ya: si Fuerza Nueva tuvo una imagen catastrófica durante toda la transición, fue por méritos propios tanto como por el enfangamiento de que fue objeto por parte de los medios fieles a los pactos de la Transición. Cuando en un partido existe desmadre organizativo, la formación de los militantes se reduce a cero, no hay programa, no hay estrategia y solamente unos cuantos dirigentes de prestigio activista frenan a las bases y les imponen autocontención, cuando esos dirigentes faltan, las compuertas que impedían que la olla de grillos saltara por los aires y el partido se convirtiera  en un problema para sus propios militantes. Esto ocurrió al producirse la escisión del Frente de la Juventud. Los que se quedaron y los que emergieron luego carecían de “prestigio militante”, entre “nipotes”, entre hijos de papá colocados estratégicamente para sablear al papá y entre gentes que desconocían lo que era el activismo. Algunos creían que con una carta de Blas en el bolsillo iban a obtener inmediatamente el respeto de las bases –por definición difícilmente controlables-. Todo esto hizo que en los meses que precedieron al Caso Yolanda y que llegaron hasta la disolución del partido, el desmadre orgánico, la indisciplina de las bases (mucho más peligrosa en la medida en la que estaban fanatizadas por el verbo inflamado de Blas, pero carecían de salidas y propuestas estratégicas), terminaran actuando en sinergia y sepultando a un partido que pudo ser y no fue.

También para los militantes de la Sección C, para Pepe Las Heras, para los camaradas que se fueron en aquel momento, abandonar la nave piñarista constituyó una liberación. Blas, hasta entonces respetado, a pesar del episodio del membrillo, se convirtió en objeto de risotadas y chascarrillos. El partido ni siquiera había sido capaz de darles un  programa de gobierno, un paradigma de sus propuestas. Desde la modestia del FJ hicimos todo lo posible para dotar al medio ultra de un remedo de programa basado en tres puntos: “Gobierno dimisión”, “Gobierno de salvación nacional compuesto por técnicos y expertos” y “Disolución de las instituciones creadas desde 1977”). Era poco, ni siquiera era creíble, pero bastante más de la catarata de juicios catrastrofistas y a la tendencia escatológica inherente al piñarismo que jamás cristalizaron en ningún programa comprensible. Lo sorprendente no es que los dirigentes no lo redactaran, lo realmente impresionante es que la base militante de Fuerza Nueva jamás se lo exigiera, ni delegado provincial alguno se plantara obligando a Blas a elaborar algo parecido.

Lo primero que los escindidos hicieron fue proverse de un local. Debía de estar cerca de la antigua sede de Núñez de Balboa, en el Barrio de Salamanca, en plena “zona nacional”, a cientocincuenta metros, para colmo, de donde Carrero había saltado por los aires. Para más INRI, el local estaba a tres pisos de distancia del Centro Cubano de Madrid en donde se pregonaba -con razón- que se servían los mojitos más ricos de Madrid. Y doy fe de que era así. El último piso del edificio que debió ser de los construidos por el propio Marqués de Salamanca, no era tan “noble” como los cuatro inferiores. El techo era bajo, hacía mucho calor en verano y un frío graciar en invierno. Era pequeño y tosco. Mal decorado y peor amueblado. El retrere era ominoso. El escritorio más moderno debía datar del “bienio negro” o acaso de la dictadura de Berenguer. No había ascensor, así que llegabas con la lengua fuera. Dentro siempre había camaradas que iban y venían, muchos de uniforme como resaca del fuerzanuevismo del que procedían. De tanto en tanto se oía un ruido seco, como si una pistola cayera al suelo y cuando te volvías resultaba que era, efectivamente, una pistola –a la sazón habitualmente alguno de los revólveres Arminius del 38 del que, luego lo supe, se había comprado una treintena- de frío acero se había estrellado contra el parqué. Habían chicas, muchas y majas. A algunas las recuerdo como las chicas más majas de Madrid. Y en todos los sentidos: buenas camaradas, agradables, afables, educadas y de formas rotundas o que siempre, en todos los casos, albergaban alguno o muchos encantos.

¿Cómo no íbamos a afiliarnos al Frente de la Juventud? Tenía lo que buscábamos: hybris activista, jefes enérgicos y con prestigio militante alejados del nacional-pacatismo blasista o del no-te-muevas-que-es-peor de Graells, mujeres bravas y militantes que no dudaban en ir a donde nadie en la ultraderecha se había atrevido a llegar. ¿Cómo los autotitulados “Patriotas Autónomos” no íbamos a afiliarnos a un grupo que era lo que para nosotros constituía el “ideal” adrenalínico que requeróia nuestra insultalte y agresiva juventud? Algunos experimentábamos en aquella época la necesidad de quemarnos de una vez por todas y para siempre por un ideal. El Frente de la Juventud no dio esa posibilidad.

© Ernesto Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar procedencia.

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