Debió ser hacia finales de la primavera de 1978 cuando se produjo en Madrid una ruptura en el interior de Fuerza Nueva. No era la primera, ni fue tampoco la más importante, pero sí la más numerosa porque el partido perdió buena parte de su base juvenil en Madrid, casi todo el servicio de orden –la Sección C- e incluso la delegación de Valladolid al completo. Algo así como dos años antes, cuando Blas abrió las puertas de la sede del partido a Monseñor Lefevre para que oficiara allí una misa de rito tridentino, los católico-vaticanistas de la cúpula, dieron el portazo. Y, poco después, tras el asesinato de Yolanda Ruiz y la detención –injustificada por lo demás- de David Martínez Loza, jefe de la seguridad del partido, muchos cuadros madrileños que habían participado en la campaña electoral que llevó a Blas obtener su acta de diputado en 1979, a la vista de que juzgaron “riesgos insuperables” en la militancia y albergaban las más serias dudas sobre que la actitud del partido en caso de que ellos mismos se vieran envueltos en episodios extraños de ese tipo, abandonaron discretamente el partido, sin escindirse, sin alharacas, por la puerta pequeña y yéndose a su casa para no volver más.

Los escindidos de Madrid debieron ser unos 300 y una cifra algo menor en Valladolid. En general, era todos bastante jóvenes, quizás con una edad media de 21-22 años, si bien entre los escindidos se encontraban Pepe de las Heras, hasta ese momento secretario general del partido y Juan Ignacio González, jefe de la Sección C. No hicieron gala de excesiva imaginación cuando, una vez fuera de los altos muros del partido, llamaron a la nueva formación “Frente de la Juventud”, prescindiendo de la “N” de “nacional” cuyo copyright pertenecía a Graells. No creía en aquel momento ser un lince si juzgaba en la época que en España no había espacio para un Frente Nacional de la Juventud radicado en Barcelona y un Frente de la Juventud radicado en Madrid. Además, a mediados de 1978 ya me había convencido de que el FNJ tenía un techo bajo-bajísimo y que, a pesar de los esfuerzos reiterados y diarios de la militancia, la verdad es que ni habíamos aparecido en la prensa con la frecuencia suficiente, ni crecíamos a velocidad de pandemia, ni siquiera de progresión aritmética y si bien había altas, también había gente que desaparecía sin dejar señas tras unas semanas o meses de frenético activismo. Así pues, en mi óptica –y creo que en la de cualquier persona con dos dedos de frente y mucho más con frentes de dos dedos de espesor- desde el momento en que tuvimos noticia de la constitución del FJ madrileño lo normal hubiera sido coger el primer puente aéreo y pactar la creación de una nueva organización unitaria que, de partida habría tenido en torno a 600 militantes. Pero, como ya he dicho en otras ocasiones, la lógica no rige para la extrema-derecha.
 
Graells le tenía verdadero pánico a una “fusión”, eso implicaría que dejaría de ser líder indiscutible y gran timonel y, seguramente sería desbordado por gente mucho más brava, menos calienta asientos y con más prestigio entre la militancia. Contemplaba, no sin cierta preocupación, que era más posible que tíos echaos p’adelante se entieran entre sí, que no que lo hicieran con alguien que si algo le faltaba precisamente era historial activista y episodios que confirmaran que no sólo pensaba con la cabeza sino también con los testículos. Así que durante ocho meses eludió por todos los medios plantear la cuestión de tomar simplemente contacto con los escindidos madrileños. Pero llegó el verano y con el calor los desplazamientos a Madrid. Así que ocurrió lo inevitable. Madrid, la capital del Reino, la meca de la ultra recalcitrante, la mayor reserva humana del franquismo sociológico y del nacional-catolicismo impenitente, registraba en los veranos peregrinaciones que Santiago de Compostela hubiera envidiado en el siglo XIII.

Sin ir más lejos, el verano anterior un grupo de cuatro militantes del FNJ habíamos acudido a Madrid a un episodio singular por muchos motivos. El numerito es, en sí mismo, muestra de cómo se “conspiraba” en Madrid y de la naturaleza de los prolegómenos del 23-F. Verán…

Se puso en contacto con nosotros un viejo amiguete, Joaquín Soro, un ex divisionario veterano, pequeñito y peleón, maño por más señas –por tanto más peleón- que ostentaba el cargo de presidente de la Confederación de Combatientes de Catalunya. Era el jefe de la tropa de policías armados que asedió el convento de los capuchinos de Sarriá, cuando la memorable capuchinada del 68. Y suerte que no le dieron carta blanca para desalojarlo a la brava. Era, por lo demás, un tipo simpático, sencillo, accesible y que no iba de jefe carismático. Nos había ofrecido el local de la Hermandad de la División Azul en los balbuceos del FNJ. Falangista de pro, para Soro, no existían grandes problemas ideológicos. Se había educado en las doctrinas “antisubversivas” traídas de EEUU en los años 60 y había recibido el cursillo habitual que el SEDEC impartía a todo aquel que se dejaba, sobre cómo combatir a la “subversión”.

Soro, ya fallecido, nos explicó que en Madrid se estaba “moviendo algo” y que la Confederación contaba con nosotros. A esas alturas yo no era muy optimista, ni sobre las posibilidades de la Confederación, ni mucho menos en sus análisis sobre la situación política que, a la vista de lo publicado diariamente por El Alcázar eran extremadamente simplistas, miopes e iban, siempre, inevitablemente, por detrás de la realidad, yo diría incuso, años luz por detrás del día a día político de la transición. Por lo demás, “Madrid” era, como he dicho, Meca de todas las conspiraciones y Edén de todos los conspiradores; allí, la ultra de la periferia iba al centro desde el que se impartían órdenes. Debo decir que, en lo personal, nunca confié en lo que se movía en Madrid y que hoy puedo afirmar más alto pero no más claro, que si la ultra es un cero a la izquierda en España –y lo seguirá siendo durante décadas- es simplemente porque en el centro madrileño es un pozo de confusiones, un areópago de ineficacias y una fábrica de [malas] ideas, todas ellas formuladas en aras de la “unida unida” y del “arriba epaña”, a lo que en aquel momento se añadía el “viva la polissía” y aquel otro grito impagable de “ejército al poder”, sin olvidar el “Tarancón al paredón” que siguió gritándose incluso años después de que Tarancón fuera jubilado por Roma.
 
En aquella época ya intuía todo esto e incluso se lo había comentado a Soro y otros dirigentes de la Confederación de Combatientes. Comprendían mi escepticismo pero la triste realidad era que todos ellos habían seguido el consejo que dio Franco a uno de sus colaboradores: “Hágame caso, no se dedique a la política”. Los de la Confederación, sostenían por ejemplo, la peregrina idea de que ellos de política nada, que lo suyo era patriotismo a secas, sin adjetivaciones políticas… lo que les daba la posibilidad de apostar a la vez por Alianza Popular, o por la ultra sin experimentar la más mínima sensación de tener el corassón partío.

En esa ocasión lo que nos proponía Soro era que un grupo de cuadros del FNJ participáramos en Madrid en un cursillo que nos ofrecía la Confederación. En ese momento, era perfectamente consciente de que la Confederación carecía de gente suficientemente preparada como para ofrecer cursillos de capacitación política, a la vista de que ellos mismos eran la muestra más fehaciente de incapacidad. El alojamiento y los gastos de estancia los cubría la Confederación, así que, en el peor de los casos, aquello era la posibilidad de pasar una semanita en la capital del reino. El curso resultó ser uno de los episodios más estrafalarios y despiporrantes a los que asistí durante toda la transición.

En principio, fuimos cinco los “cuadros” políticos del FNJ. Nos alojamos en el Colegio Mayor Antonio Ribera que, en otro tiempo había sido un pequeño edificio de apenas dos plantas y que ahora era una gran torre en la Ciudad Universitaria batido por el sofocante sol del verano madrileño. La confederación, al parecer, lo había comprado como “inversión” y para ofrecer un servicio a los hijos de sus miembros. Asistimos solamente militantes de la ultra periférica, de aquellas regiones que, por algún motivo, parecían conflictivas: Catalunya, Euzkadi y… Canarias. No me pregunten por qué Canarias era entonces el paradigma del independentismo. Acaso porque un pequeño grupo de activistas teledirigido desde Argelia por Antonio Cubillo y que respondía al nombre de MPAIAC habían puesto algunos petardos. Si la peligrosidad política de un grupo pretendidamente terrorista se mide por la onda expansiva de sus bombazos, el MPAIAC era poco menos que una formación insignificante, pero en sus devaneos por la Organización de la Unidad Africana, Cubillo se había hecho acreedor de que Martín Villa –a la sazón ministro del interior- le enviara a un exparacaidista que le propinara unas cuentas puñaladas que, si bien no acabaron con su vida, lo mermaron para siempre y fueron el desencadenante de su prematuvo fallecimiento no hace mucho. Se trataba, claro está, de que un par de “mojás” (puñadalas en el cheli versión taleguera) hicieran pensar que, el jefe in pectore del independentismo canario había sido apuñalado por delincuentes comunes en lugar de por un confite de las alcantarillas del Estado que ya entonces gozaban de una salud envidiable. Las anécdotas que podría contar sobre Cubillo son interminables y quizás las más jugosas son dos: en cierta ocasión, intentó ponerse en contacto con el Partido Carlista que se pretendía “autogestionario y federalista”, en busca de apoyos para su causa. Dio a llamar al Château de Lignieres pensando que allí hablaría con Carlos Hugo de Borbón, sin embargo el teléfono lo descolgó su hermano, Sixto (sí, también los príncipes y las altezas reales descuelgan los teléfonos). Cubillo, durante un buen rato pensó que “S.A.R. le prince de Bourbon-Parma”, con el que hablaba era Carlos Hugo, se despachó a gusto atacando al “fascismo” y a los esbirros de la Internacional Negra que dispararon sobre el “pueblo carlista” en Montejurra. Sixto, antes de colgar, le dio el consiguiente chorreo al pobre Cubillo pocos días antes de las “mojás”. ¿Quién me iba a decir que años más tarde trabaría cierta amistad con uno de los responsables del MPAIAC en Fuerteventura que coqueteó durante un tiempo con Democracia Nacional antes de horrorizarse con el nivelazo político del Canduela recién elegido presidente de la formación?

Volviendo al curso, como digo, las cosas no fueron bien desde el principio. Se nos insistió en que todo aquello era clandestino e incluso el militar en activo que parecía ser el capitoste mayor del dislate utilizaba un alias para eludir llamar la atención del CESID. Ni que decir tiene que todos conocíamos su nombre verdadero,  su cuerpo, su graduación y su destino. Y como aquello era de un clandestino que tiraba de espaldas, lo primero era presentarse ante la asamblea con nombres, apellidos, formación político de pertenencia y lugar de origen. Los cuatro primeros fueron vascos: “Me llamo tal de tal y soy de Arrigorrieta, soy de Falange… ¡y español!”. Y al decir “español”, el resto aplaudía enfervorizado. Si no lo hacías te miraban mal. Al quinto que salió con la cantinela, Soro tuvo que interrumpir: “Hombre, en principio todos somos españoles así que no vale la pena que insistáis en algo que se da por sentado… y otra cosa, no aplaudaís o no acabaremos nunca”. Una ruidosa ovación cerró sus palabras y el siguiente insistió: “Me llamo tal de tal y vendo de la Palma, soy de la Confederación… ¡y español!”. Era evidente que con este personal iba a ser imposible hacer gran cosa. Pero el problema, sin embargo, no eran las bases, sino los “coordinadores” del cursillo. Gente rara, sin duda alguna.

El militar en activo en cuestión, no era una mala persona, sino –como es habitual- alguien que se estaba jugando su carrera y se había embarcado en algo para lo que no servía. Sí, porque a fin de cuentas de lo que se trataba era de crear una organización con gente que perteneciera a las demás organizaciones y que supusiera una especie de “centro político” de decisión de toda la ultra de cara al golpe militar que en esos momentos se prevía como para pasado mañana. La candidez de todo aquel personal clamaba al cielo. Si bien el militar en cuestión –que por la edad deberá estar hoy más que jubilado- parecía un hombre desinteresado y patriota, en el sentido de que para él lo primero era el “servicio a España”, incluso en los recovecos más marginales de la ultraderecha, el que parecía hombre dinámico del asunto, un tal Marin de extracción carlista, suscitaba las mayores sospechas. Primero porque, así de entrada, daba la sensación de no tener ni puta idea del terreno que pisaba, simplemente la confederación le había habilitado un presupuesto y él se lo pateaba de la manera más inútil posible.

Pronto, fue éste Marín el que abrió el fuego de las charlas. Pidió un voluntario que dibujara bien y me faltó tiempo para salir como impulsado por un resorte en la rabadilla. Había en la sala una impensa pizarra en la que debía de dibujar el “esquema organizativo” de la estructura clandestina en la que se nos proponía ingresar.  Aquel esquema era lo más alejado posible del que el "Coronel Mathieu" de La Bataille d'Argel de Godard, presentaba a sus oficiales. Con sólo verlo advertí la completa falta de conocimientos de este tipo sobre lo que es la clandestinidad y, lo que era peor, sobre lo que era una organización digna de tal nombre. Algo así como una cuarentena de recuadros, flechas en todas direcciones y una cúspide en la que no hacía falta ser un lince para saber que se situaba él mismo, componían un organigrama más complicado que un tratado sobre astrofísica de venguardia. Yo había sido educado por Delle Chiaie y por el master en marketing y publicidad que había realizado unos años antes, en la idea de que, para ser efectivo, un organigrama debe de ser más simple que el mecanismo de un botijo y aquello para lo que me falta pizarra para trasladar, era justo lo contrario. A los cinco minutos de haber empezado la charla me sumí en otros pensamientos porque no valía la pena perder ni cinco minutos más en aquella payasada. Lo realmente impresionante es que alguien en la Confederación (que había aportado hasta no hacía mucho ministros, miembros del consejo de regencia y del consejo de Estado, procuradores en cortes y consejeros del movimiento a titiplé) hubieran considerado que el autor del desaguisado hubiera tenido capacidad para trazar el organigrama de un puesto de castañas. Y ahí lo tenía, dando un cursillo con aires de suficiencia, como queriendo decir, “yo si sé de qué va esto de la política”.

La cosa se complicó luego cuando el pobre Soro, clase pasiva con el grado de coronel, nos dio, a primera hora de la mañana, un tostón sobre cómo combatir a la subversión comunista. Cabe decir que en ese momento, el PCE ya empezaba a desmigajarse: había estallado su crisis en el País Vasco y en el Ayuntamiento de Madrid, perdía militancia y simpatizantes a goteo en beneficio de un PSOE esquelético pero que ofrecía mejores posibilidades de medrar. Y lo mismo ocurría con la extrema-izquierda que se desleía como un azucarillo en el jarabe del PSOE. Además, el problema es que Soro nos estaba ando la conferencia que a él le habían dado hacía algo más de 10 años, cuando era un brillante mando de la policía armada, esto es, cuando era una especie de sable del poder. Soro –y como él muchísimos funcionarios del antiguo régimen- no había advertido que la característica de la transición fue el tránsito del poder del franquismo al no-franquismo. En 1978 ya no eran poder, sino “oposición”, pero seguían manejando textos de cursillo y esquemas mentales de cuando eran todavía “poder”. Así que a los cinco minutos de empezar su conferencia, el propio Soro dudaba de que sus palabras sirvieran para mucho y terminó explicándonos el miedo que pasó en la estepa rusa cuando, pepinazo, pepinazo viene, los ruskis les hicieron pasar las de Caín. En los cuatro días de cursillo, la charla de Soro siempre fue la primera. Debía comenzar a eso de las 9:00. El primer día asistimos casi todos, el segundo faltó un 30%, el tercera el absentismo superó el 50% y en el último ni siquiera los más concienciados aguantamos aquella pérdida de tiempo y preferimos visitar el Madrid castizo y saludar a algunos camaradas de por allí. Además, en otro Colegio Mayor había una fiesta convocada por chicas norteamericanas y la asistencia era obligada. Fue en aquel momento cuando me convencí de la superficialidad de la mujer norteamericana y de la inviabilidad de aquella sociedad. Las chicas bailaban como si fueran chers-leaders, sus conversaciones eran del rollo dos y dos son cuatro y si hubiéramos pasado a las restas no nos hubieran podido seguir. Opté por irme a un pub con otro camarada, donde había chicas con fama de casquivanas. Lo eran pero también estaban próximas a la tercera edad. Así que opté por regresar al Colegio Mayor. En los pasillos de nuestro piso se oía un lúgubre sonido que salía de la habitación de un camarada del FNJ bautizado por todos, unánimemente, como “el Cabra del Santo Cristo” dado que aquella localidad andaluza había sido el fatal escenario de su nacimiento. El único sonido similar a los ronquidos inhumanos de “el Cabra” –años después lo supe- era una piara de cerdos avanzando hacia el matadero. Puedo jurar que pensar en un ronquido similar es absolutamente imposible. Su suegro nos había alertado al respecto, advirtiéndonos que, para colmo, era una especie de marmota y que no debíamos tener piedad a la hora de despertarlo. Y, de hecho, no había manera. Entrar en su habitación era introducirse en un escenario dantesco. Dormía a la desesperada, en el calor de la noche madrileña, en pelotas, desparramando su abundante humanidad por toda la superficie de la cama. En sí mismo, el espectáculo ya era lamentable y mucho más cuando advertían que no había forma de que cesara en sus ronquidos ni arrojándole agua a la cara, ni siguiendo el consejo de su suegro de despertarlo a hostias. En dos mañanas nos dimos por vencidos y el muchacho siguió roncando hasta mediodía con unos gruñidos que produjeron una indeleble impresión en nuestros tímpanos. Algo inhumano, queda dicho.
 
Los ronquidos de “el Cabra” contribuyeron a hacer más insoportable aquel cursillo ya de por sí infumable. Entre los tipos curiosos que asistieron merece destacarse un canario al que llamábamos “el Cazador” y que, efectivamente lo era. Tocado con un sombrero Indiana y con un chaleco propio de cazador titulado, desde el primer momento se definió como tal y nos explicó la forma de acechar a los elefantes. En realidad, el cazador, en sí mismo, constituía él solito una plaga ecológica que había  medio despoblado África de proboscídeos. Alardeaba de haber cazado como a 600 él solito y sin ayuda de nadie. Nos explicaba que el mejor lugar para darles era sobre la trompa y entre los ojos. Guiaba safarís y era el de mayor edad entre los presentes. Poco importaba de lo que se hablara con él o del tema que se tratase en el cursillo, inevitablemente sabíamos que cuando tomaba la palabra siempre iba a terminar con un símil de cazadores y elefantes despanzurrados. Decía, por ejemplo: “… eso que planteas no es correcto, cuando tienes que cazar a un elefante, lo mejor es estar quieto y esperar que el elefante cargue contra ti”, ante lo cual, Marín, que no parecía haber cazado más que moscas o alguna perdiz, le respondía diplomáticamente: “sí, pero es que el elefante ya marcha a la carga… así que hay que hacer algo… tal como os estoy proponiendo”. En realidad, Marín solamente parecía proponer una “organización de organizaciones” en la que él estuviera al frente y que le evitara el pesaroso y siempre difícil reclutamiento de afiliados. En otras palabras: como estar por encima de Fuerza Nueva, de las Falanges, del FNJ y de la Confederación, siendo un cero a la izquierda y teniendo por toda bendición los dineros de Girón y sus cofrades. El “concepto” era tan inútil como suicida y tan ingenuo como infantil, pero era una de las respuestas de la ultraderecha ante la infernal cadencia con que se sucedieron los años de la transición.

En algún momento, le dije a Marín lo que pensaba de todo eso: “El problema no es diseñar una organización, dejando aparte que una organización contra más simple, mejor, el problema es definir primero la estrategia y en función de ella una organización adaptada para ejecutarla”. Por supuesto, el “ponente” no entendió nada y siguió con lo suyo explicando que cada departamento de su florido y selvático organigrama tendría su “piso franco”. Los ojos de uno de los nuestros se iluminaron. Se trataba de “el Virilo”. “El Virilo” era un tipo curioso de uno noventa de alto, barba florida y voz engolada, empleado de la Telefónica, era falangista de toda la vida y le echaba bemoles a la vida; su fama de ligón trascendía a su organización, el Círculo Cultural Eugenio d’Ors presidido por Roberto Ferruz. Era un tipo algo castizo, escéptico, irónico y desconfiado por naturaleza, capaz de formular la pregunta clave: “Entonces, si lo he entendido bien, se trata de que cada departamento tenga su propio piso franco”. Cuando Marín le contestó con un rotundo y scueto  “sí”, no me costó mucho entender la expresión de satisfacción de “el Virilo”: allí tendría un tranquilo lugar para practicar el noble arte del ligoteo sin tener que pagar una pensión o hacérselo dentro de un vehículo allá por la Rabassada o en el espigón del puerto.

Todavía asistió otro personaje curioso, con mucho, el más interesante que cayó por allí. Se trataba de un norteamericano del que en aquel momento sabía solo que había aparecido por el diario El Alcázar con el manuscrito de un libro sobre la División Azul, escrito en comandita con un historiador español. Se trataba de Lewis Abraham Tambs, por entonces profesor de historia en la universidad de Wacco, Texas. En aquel momento no sabía que mi camino y el de Tambs se cruzaría no muchos años después en Bolivia  y poco después en Colombia,. A La Paz, de tanto en tanto enviaba al cotidiano El Diario, artículos en los que expresaba sus particulares ideas sobre geopolítica. Tambs llegó a ser durante la administración Bush-hijo uno de los gurús inspiradores de la política de la administración en relación a Iberoamérica. A él se debe una parte sustancial de los llamados “Documentos de Santa Fe”. Mucho, antes, durante el gobierno de Bush-padre, Tambs había sido embajador de choque en Colombia. Algo me dice que fue él quien inventó el término "narco-guerrilla". Me he preguntado muchas veces qué diablos hacía en aquel cursillo deleznable un experto norteamericano en geopolítica… y en subversión. Hay una respuesta, claro está.

Tambs tenía el aspecto de misionero mormón (rubio, pelo corto, delgado, mofletes carnosos, camisa de manga corta y corbata estrecha y de nudo ínfimo) pero también de “agente de campo de la CIA”. ¿Lo era? No hace falta ser de la CIA para tener ese aspecto. En EEUU hay una docena de servicios de información y Tambs podría pertenecer a cualquier otro.  O a ninguno. También existen agentes de grupos de influencia, funcionarios a sueldo del Departamento de Estado o de cualquier institución privada. ¡Vaya usted a saber!

Marín nos lo presentó a cuento –cómo no– del libro sobre la División Azul pero, sorprendentemente, nos dijo que iba a hablarnos de geopolítica. En aquel caluroso verano madrileño, en aquel curso peripatético e inútil, por primera vez oí hablar de “geopolítica”, una ciencia auxiliar de la política sobre la que desde entonces he ido leyendo todo lo que ha caído en mis manos. Había valido la pena soportar los sofocantes calores madrileños para ser iniciado en geopolítica por un peso pesado como Tambs. Éste alardeaba de haber estado en los principales focos de tensión iberoamericana en los años 70: había asistido al desmantelamiento de los “tupamaros” uruguayos, lo que era el "Plan 24 horas", explicaba con todo lujo de detalles como los Ford Falcón negros iban y venían por las calles de la República Argentina pescando a guerrilleros peronistas y trotskos. Contaba en primera persona el golpe de Estado de Chile, aportando algunos detalles que tomé al vuelo. También contaba con un lujo desusado de detalles la peripecia del Ché en el Altiplano. que luego confirmé in situ y en la Sección 2ª del Estado Mayor del Ejército Boliviano. No había duda de que conocía todos estos episodios muy directamente. En aquella época hacía más de siete años que conocía la historia de las guerrillas urbanas y rurales iberoamericanas y era perfectamente consciente de que delante de mí, tenía a un testimonio vivo de aquellos episodios. Tambs, nunca he albergado ninguna duda, estaba en esos escenarios de tensión sin duda a causa de su dominio del castellano y de su conocimiento muy en profundidad de la política iberoamericana. Y si estaba en aquel caluroso verano del 78 mariposeando en la periferia de la Confederación, no me cabe la menor duda de que era para cumplir otra misión. No creo que fuera un agente operativo, pero sí un analista: observaba, analizaba, informaba de la situación real. Si estaba allí en un ambiente golpista era, sin duda, para valorar las condiciones en las que se estaba llevando a cabo la transición española.

Se había dotado de la “tarjeta de visita” adecuada: su libro sobre la División Azul. Era evidente que se trataba de una cobertura que le iba a facilitar el acceso a unos medios que vivían más de cara al pasado que al presente. No me dio la sensación de conocer  particularmente en profundidad el tema. Cuando uno de nuestros camaradas le explicó que su padre había estado en la División Azul, Tambs solamente preguntó “¿En qué batallón?” y luego, acto seguido, pasó a otro tema evidenciando pocas ganas de hablar sobre su libro… Además, Tambs había adoptado voluntariamente el aspecto exterior de un agente de la CIA, lo suficiente como para que los medios de la Confederación y, en concreto, Antonio Izquierdo, el director de El Alcázar le abrieran las puertas empezando por las más reservadas… incluido el curso para golpistas titulados en el que Soro y la Confederación nos habían embarcado. Por algún motivo, la ultraderecha ha sido siempre o muy pro-americana o muy anti-americana. Izquierdo era de los muy pro-americanos en la creencia de que había que servir al emperador del mundo para que nos protegiera de los malvados comunistas. Para él, como para muchos otros conservadores y no solamente ultrillas, la CIA era la garantía de ayuda anticomunista. Estos verdaderos analfabestias políticos no se habían enterado todavía de que los EEUU no, solamente no eran el “gran aliado” de los golpistas españoles, por el pequeño hecho de que la transición había sido estimulada precisamente desde Washington… pero, dado que El País había proclamado que el golpe de Pinochet era cosa de la CIA, la ultra carpetovetónica aspiraba a que también aquí se acordaran de realizar ejercicios anticomunistas avanzados. En aquellos años, para los dirigentes ultras, cualquier norteamericano anticomunista era un santón y un gurú que merecían ser seguidos incluso cuando solicitaban arrojarse por el precipicio.

Mi análisis de la época –confirmado con el paso del tiempo– dio como resultado el que Tambs estaba allí simplemente para informar sobre las redes golpistas del momento, sobre si eran serias o no, sobre si valía la pena establecer puentes con ellas porque pudieran jugar algún papel en el futuro o si se trataba de unos pobres diablos capaces solamente trenzarse la cuerda con la que ellos mismos se ahorcarían o bien suceptibles de ser manipulados por unos o por otros. ¿Qué importaba si trabajaba para cualquiera de los servicios de inteligencia norteamericanos, para instituciones privadas o para el Departamento de Estado (como creí durante un tiempo)? Lo realmene importante es que estaba allí para realizar una instantánea del golpismo en el verano de 1978.

Al hablar con él era fácil percibir que intentaba mirarte detrás de los ojos: oía la pregunta que le formulabas, la reconvertía en lo que a él le interesa y veía tu reacción. Igual que el comandante Cortina, Tambs era un cajón en el que podía intuirse un doble, triple, cuádruple o séxtuple fondo. Dado lo escuálido de la extrema-derecha en aquel momento (la Alianza Nacional del 18 de julio apenas había obtenido 150.000 votos sólo un año antes en junio de 1977), no hacía falta trasladar a ningún analista desde Texas para advertir que ese sector carecía de capacidad para jugar un gran papel en el futuro… salvo por el hecho de que en los poderes fácticos, especialmente en las Fuerzas Armadas, sí existía una amplia corriente de opinión contraria a la forma en la que se estaba haciendo la transición y que, con el tiempo, podrían jugar algún papel. Desde Washington se sabía lo que desconocía la ultra, a saber, que un golpe de Estado es una operación político-militar y Tambs, con seguridad, lo que estaba encargado era de establecer una instantánea del golpismo en aquel momento y bucear sobre sus relaciones con grupos políticos.

Le hice algunas preguntas a Tambs sobre Brzezinsky y sus concepciones geopolíticas, sobre la Comisión Trilateral y su definición del Nuevo Orden Mundial que no le inmutaron. Atribuir algún peso en la Administración a la Trilateral era “conspiranoico” y fantasioso. Para él, lo único claro aquel verano de 1978 era que la administración Carter retrocedía ante una ofensiva generalizada (y así seguiría en los próximos dos años) promovida por Moscú. Nicaragua estaba madura para caer y las guerrillas se enseñoreaban de América Central. Irán estaba a punto del desplome. Los rusos se preparaban para acometer su marcha inexorable hacia los mares cálidos del Sur, planificando la futura invasión de Afganistán, los gobiernos comunistas en África ocupaban el espacio dejado por los colonialistas portugueses. Para colmo, los efectos de la guerra del Vietnam habían demostrado que la política interior norteamericana pesaba mucho en la elección de una política exterior. Fue el peso de la opinión pública norteamericana lo que determinó la retirada de Vietnam y la huida hacía apenas año y medio desde el terrado de la embajada USA en Saigón. Tambs preveía que esos obstáculos proseguirían en el futuro por lo que el sistema de seguridad mundial debería de contar con “aliados regionales” que garantizaran la contención del expansionismo soviético en los distintos escenarios mundiales. Para determinar qué países podían jugar ese papel, Tambs aplicaba las leyes de la geopolítica: las naciones transoceánicas como Brasil o India tenían todos los números para jugar el papel de gendarmes regionales. Años después, cuando a poco del golpe de Estado en Bolivia de julio de 1980, Tambs se puso en contacto con El Diario, el artículo que envió (que ocupaba una página densa y apretada Times en cuerpo 7 del diario) reproducía este mismo orden de ideas. El artículo fue leído por muchos militares… los mismos que habían golpeado unos días antes contra la presidenta constitucional Lidia Gueiler, tras haberse negado a aceptar las asignaciones realizadas por la Embajada Norteamericana que trabajaba –cómo no- contra el golpe militar.

El equívoco era este: ya a principios de los años 70, los EEUU no buscaban instaurar gobiernos militares salvo en situaciones excepcionales. Ya entonces se mostraban propensos a admitir sólo a gobiernos democráticos de centro derecha o bien de centro izquierda. Sólo Moscú, esto esto, los Partidos Comunistas, les incomodaban. Habían entendido que los militares iberoamericanos son frecuentemente nacionalistas y, el haber sido formados en la Escuela de las Américas por el Southern Command, no era el elemento determinante ni les había vacunado de tentaciones populistas; la ideología determinante para los militares iberoamericanos era el nacionalismo. En Chile, es rigurosamente cierto que la CIA financió las huelgas de mineros de El Teniente y las huelgas de camioneros… para imponer un  gobierno en el que la Democracia Cristiana desplazara a los comunistas. Si un sector de las FFAA no se conformó con esto y siguió llamando a Frei “el Kerensky chileno”, no fue por instigación de la CIA… sino del SNI (Servicio Nacional de Información) brasileño. Los militares brasileños que detentaban el poder estaban muy influidos por las concepciones geopolíticas y aspiraban a ser la potencia determinante el Iberoamérica. Ciertamente no era una nación transoceánica, pero estaban en camino de serlo: la carretera transamazónica cumplía ese papel, como el hecho de que hasta Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia, se utilizara el cruzeiro brasileño, y, por lo demás, la instauración de un gobierno “amigo” en Chile, las otorgaba el rango de nación transoceánica virtual con aguas en el Atlántico y en el Pacífico, aislando de paso a Argentina, el gran rival geopolítico do Brasil... ¿Hay que recordar que Pinochet había formado lo esencial de sus concepciones geopolíticas en la escuela militar brasileña?

Por otra parte, resultaría injusto olvidar que todos los gobiernos militares norteamericanos fueron condenados con mayor o menor énfasis por los EEUU, incluso por la administración Reagan. Viví esa época en Bolivia antes y después de la subida de Reagan al poder.  Algunos tenían la esperanza de que Reagan, en nombre de la "lucha anticomunista mundial," establecieran relaciones de amistad con el gobierno militar boliviano. Lo que ocurrió fue justamente lo contrario: durante los primeros años del gobierno de Reagan, los EEUU completaron el cerco diplomático y lanzaron al mercado grandes reservas de estaño y de cobre que mantenían almacenadas desde la II Guerra Mundial, para hundir el precio de esos minerales de los que dependía la economía boliviana. Para colmo, los EEUU trataron de erradicar el cultivo de la coca con la excusa del narcotráfico (el término “narcoguerrilla” definía a todo aquel que se oponía a la presencia asfixiante de los EEUU como potencia neocolonial en la zona; ese término se nos llegó a aplicar a nosotros, incluso por gente como Lyndon Larouche que nos conocía bien y sabía perfectamente que era falso), cuando en realidad, los intereses de los EEUU eran muy diferentes: se estaban haciendo pruebas para cultivar hoja de coca en territorio norteamericano y ensayos farmacéuticos para sintetizar un compuesto químico que debería sustituir a la coca boliviana en fármacos y bebidas refrescantes. Esa coca era más cara que la cultivada en Bolivia (y como todo invento norteamericano, seguramente, produciría cáncer…), por tanto era necesario destruir la industria boliviana de la coca y, poco importaba, que se tratara de un alimento natural de los habitantes del Altiplano y de un cultivo tradicional en el país. Nosotros sosteníamos en Bolivia que el Estado debería de crear una “Empresa Nacional de la Coca” que centralizara la totalidad del comercio de coca en el país y evitara que una sola hoja fuera derivada hacia el narcotráfico y encarrilada por el Estado hacia la farmacopea o las bebidas refrescantes. Esta actitud –y la influencia que teníamos en el gobierno militar- estuvo en el origen de nuestras desgracias en aquel país.

El cursillo terminó tan peripatéticamente como había empezado. El militar en activo nos recibió en un oscuro despacho situado en la planta baja, bajo la oquedad de una escalera. Todos, los cursillistas, uno a uno, pasamos para tener una conversación privada con él. Le dije lo que pensaba: el nivel había sido muy bajo, sino bajísimo, para crear un modelo organizativo era preciso establecer antes el modelo estratégico, Marín tenía menos capacidad y conocimientos políticos que una estatua de  corcho del Gran Buda, el nivel medio de los cursillistas era bajo o bajísimo y ninguno actuaría sin permiso de la organización a la que pertenecían y si eso era así, hubiera valido más la pena, hablar primero con los dirigentes de cada grupo en lugar de arriesgarse a que alguien considerara que se estaba intentando robar a sus militantes. El hombre –que me pareció un pobre hombre– empezó primero a justificarse, luego a pedir consejo y finalmente a decir que ya nos veríamos más adelante. No nos volvimos a ver jamás. Aquel curso no tuvo continuidad. La fabulosa estructura clandestina con decenas de pisos francos era una locura y como locura quedó. La gente que luego se escindiría de Fuerza Nueva, envió a algunos observafores para establecer qué diablos se pretendía con aquella patochada. Nadie se tomó aquello en serio que, a la postre, servía solo para que alguien se pateara el presupuesto asignado por la Confederación.

Habíamos pasado una semana de calor asfixiante. Habíamos visitado a algunos camaradas madrileños. En casa de Isidro Palacios asistimos a una pequeña reunión en la que participó un individuo enorme con aspecto de bombona de butano que ponía mala cara cada vez que yo me refería a Fraga Iribarne no precisamente para glosarlo. Cuando Palacios –que ya por entonces tenía la idea de una revista sofisticada de ambiciones culturales– nos despidió, nos dijo casi confidencialmente que se trataba del hijo de Fraga.

Salvo anécdotas de este tipo, aquella semanita fue inolvidable por el calor y la estupidez que vimos ante nosotros. Entonces nos negábamos a valorar algo que era escandalosamente manifiesto: nosotros éramos jóvenes, pero estábamos en el mundo real; por el contrario, quienes nos habían llevado a Madrid y habían organizado el cursillo estaban viviendo en mundos imaginarios en los que ellos creían que todavía eran alguien (jefes de ejércitos, de compañías de policías armados, de masas populares oceánicas que vitoreaban al antiguo jefe del Estado, de miles de militantes enfervorizados), cuando en realidad ya no eran nada y no advertían que en pocos años todas esas masas se orientarían hacia opciones  más creíbles, el franquismo sería historia, solo historia y nada más que historia. Ya lo era en el veráno de 1978. Pero había algo peor: no es que existiera un “mando perdido” sino que empezaba a ser consciente de que el gran problema era que existían muchos mandos a cual más inútil. Si la ultraderecha no dio entonces la talla –cuando disponía de medios ingentes, de simpatías innegables en sectores populares y de miles de militantes– era porque carecía de dirigentes que entendieran lo que era la política en un marco democrático, que fueran capaces de establecer estrategias y realizar análisis y, sobre todo, que creyeran en lo que estaban haciendo.

Yo entonces era joven, y a decir verdad, era de los que no creía mucho en todo aquello. Había algo que me indicaba que el camino emprendido no era el correcto y que no había dirigentes capaces de enderezar aquel petardo en el que se había convertido la extrema-derecha. Lo más juicioso en aquel momento hubiera sido irse a casa o irse de España. De hecho ésta segunda posibilidad era la que más me atraía. Un antiguo miembro de la OAS que luego moriría en el curso de un atentado firmado por los GAL, Jean Pierre Cherid, me había dicho en cierta ocasión en que dormí en su casa en Madrid cuando le pregunté si había vuelto a Francia: “No, Francia es como una de aquelles mujeres a las que se ha amado mucho y que en un momento dado te engaña. Entonces lo único que se puede hacer es darle la patada y olvidarla”. La verdad es que yo expermentaba en aquellos años una sensación similar. No es que me “doliera España” (me dolía mucho más el cálculo renal) como tenían tendencia a decir los falangistas, la lectura de Jean Thiriart y lo esencial de la doctrina expuesta por Julius Evola, me habían hecho inmunes a las exageraciones nacionalistas. Para mí todo nacionalismo era, en aquellos años, el individualismo de los pueblos quintaesenciado. Siempre fui poco nacionalista y desde principios de los 70 me consideré, primero hijo de una patria imposible que era Europa y luego de una patria improbable que era, como nos había dicho Evola, “el lugar donde se combatía por la idea”. Por algún motivo, en ningún país del mundo en donde haya estado he experimentado la sensación de moriña y siempre, a despecho de la distancia, jamás he tenido sensación de extraneidad ni nostalgia por la lejanía. [años después escribiría un artículo para una conocida revista que sintetizaba algunas ideas tradicionales sobre el viaje como hecho iniciático y el viajero como modelo de vida, anda por este link]

Siempre consideré por lo demás, que el momento clave en el que había tenido que irme lejos o, en cualquier caso, separarme de toda la locura seudo política que había conocido, fue a finales del verano de 1977, cuando Blas me expulsó de Fuerza Nueva, pero mi vi embarcado en una dinámica que yo no había creado, pero que otros estimularon esgrimiendo como excusa el que me habían irradiado del partido, para satisfacer su necesidad de contar con una grey. Me ví envuelto en una aventura que no deseaba y ahora todo el problema era ver cómo se podía liquidar con el mínimo de destrozos. Los errores se pagan y yo lo he pagado, no vale la pena lamentarse. Por lo demás, lo que seguía contando para mí en ese momento era la aventura, su posibilidad y su potencialidad para afectar al núcleo de lo humano. Me era indiferente en nombre de que se realizara la aventura, pero no estaba dispuesto a perder más tiempo en cursos absurdos y en iniciativas estúpidas.

Volviendo de Madrid, tuve la conciencia muy clara de que el FNJ se había convertido en algo aburrido, rutinario y sin perspectivas. Cuando volví a visitar la sede del FNJ, recuerdo que ví una mancha de humedad en el techo del despacho del presidente y un pensamiento afloró a mi mente: “Sé como he llegado hasta aquí, lo que no sé es como me iré de aquí”. De la misma forma que todo lo que sube baja, de todo lugar donde se entra, se sale de una forma u otra. Solamente no se sale de la caja de pino. En ese momento tuve la certidumbre de que aquella experiencia empezaba a estar agotada y todo el problema era como se lo transmitía a la gente. Por que me daba la sensación de que había contraído responsabilidades que no deseaba: de alguna manera era el referente para varias decenas de militantes que me tenían como “dirigente”. No podía irme a casa por las buenas, ni desaparecer rumbo a cualquier otro país como me pedía el cuerpo. Y ese ha sido, a fin de cuentas, el problema: que no me sentía con cuajo para dejar colgado a la militancia. En esto he mejorado: actualmente me cuesta muy poco enviar a la mierda a no importa quien. Lo dicho: a la vejez, viruelas.

© Ernesto Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar procedencia.

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