Pero, si en estos episodios de la "guerra oculta", el judaismo permanece más o menos en la sombra, con la Internacional y la Comuna  (71) salió al descubierto sin ningún pudor. Dejemos la palabra a un judío: "Es Marx quien da el impulso a la Internacional con el manifiesto de 1847, elaborado por él y Engels; no puede decirse que "funda" la Internacional, tal como han afirmado los que consideran siempre a la Internacional como una sociedad secreta dirigida por judíos, pues fueron muchas las causas que llevaron a la constitución de la Internacional, pero Marx fue el inspirador del mitin obrero celebrado en Londres en 1864, y en el consejo general solo se encuentra a Karl Marx, secretario para Alemania y Rusia y a James Cogen, secretario para Dinamarca. Muchos judíos afiliados a la Internacional jugaron más tarde un papel durante la Comuna, donde encontraron a otros correligionarios [(en la nota): Neumayer, Fribpourg, Loeb, Haltmayer, Armand Levi, Frankel, otro Cohen, Ph. Coenen].

En cuanto a la organización del partido socialista, los judíos contribuyeron directamente. Marx y Lassalle en Alemania, Aarón Liberman y Adler en Austria, Dobrojanu Gherea en Rumania, Gompers, Kahn y Lion en EE.UU. fueron los directores o iniciadores. Los judíos rusos deben ocupar un lugar aparte en este breve resumen. Los jóvenes estudiantes, apenas evadidos del ghetto, participaron en la agitación nihilista; algunos  entre ellos varias mujeres  sacrificaron su vida a la causa emancipadora, y junto a estos médicos y abogados israelitas, es preciso situar a la masa considerable de refugiados artesanos que fundaron en Londres y Nueva York importantes aglomeraciones obreras, centro de propaganda socialista e incluso comunista, anarquista (...). En general, los judíos, incluso revolucionarios, han mantenido el espíritu judíos y si bien han abandonado toda religión y toda fe, no han sufrido menos, atávica y educativamente, la influencia moral judía (...). Marx, era descendiente de un linaje de rabinos y doctores, heredó toda la fuerza lógica de sus antepasados; fue un talmudista lúcido y claro, que no se veía bloqueado por las minucias simples de la práctica, un talmudista que hizo sociología; y aplicó sus cualidades nativas de exégeta a la crítica de la economía política. Estuvo animado de este viejo materialismo hebraico que sueña perpetuamente con un paraiso realizado sobre la tierra y lleva siempre la lejana y problemática esperanza de un edén tras la muerte; pero no fue solo un lógico, fue también un revolucionario, un agitador, un agrio polemista y tomó su don del sarcasmo y de la invectiva, allí donde Heine lo había tomado: en las fuentes judías" (72) .

Las ideas de Marx, unidas al oro de los banqueros judíos americanos (73), fueron las armas con las que la democracia usurera internacional abatió la autocracia zarista. Parece que Lenin, "el asceta incorruptible de la idea pura" (74), se "dió cuenta solo en los últimos días de su existencia de haber trabajado para Israel  (75) y de haber contribuido a realizar un programa que, probablemente, no era el suyo" (76). De hecho, más que la obra de Lenin y de los mujiks rusos, la revoluciòn bolchevique fue "en gran parte una obra del pensamiento judío, del descontento judío, de los planes judíos cuyo fin era crear un nuevo orden en el mundo. Lo que, en medio del pensamiento judío, del descontento judío, de los planes judíos fue así extraordinariamente realizado en Rusia deberá, por la fuerza del alma judía, convertirse en realidad en otros países". Así escribía el 1 de septiembre de 1920 "The American Hebrew", el más importante órgano judíos de los Estados Unidos. Y el "Times" de Londres declaraba, el 29 de marzo de 1919, que "veinte o treinta comisarios que dirigen el aparato central del partido bolchevique, no menos del 75% son judíos; entre los oficiales subalternos el número de judíos es inmenso". Y el judío M. Cohen confirmaba incluso en el "Kommuinist" de Khadrkov (12 de abril de 1919): "Sin exajeración, se puede decir que la gran revolución socialista rusa ha sido hecha por judíos (...) que no solo han guiado sino que guían aun ahora la causa de los Soviets que han conservadpo en sus manos" (77). Y el judío A.S. Rappaport: "Los judíos en Rusia, unánimememnte,  son los responsables de la revolución bolchevique". La lista de reivindicaciones judaicas a propósito de la revolución bolchevique podría continuar; por nuestra parte, observaremos que los más ilustres revolucionarios de 1917, a parte de Lenin, eran casi todos judíos (78). Judíos eran Trotsky (verdadero nombre: Bronstein), Kamenec (Rosenfeld), Litvinov (Filkenstein), Radex (Sobelson), Steklov (Nachamkes), Martov (Zederbaum), Goussiev (Drappkine), Soukhanov (Ghimmer) y decenas más (79). Porcentajes muy elevados de judíos caracterizaron los principales organismos revolucionarios: 77,2% del Consejo de Comisarios del pueblo eran judíos, 76,7% del Comisariado de Guerra, 81,2% del Comisariado de Asuntos Exteriores. Encontramos porcentajes análogos en los Ministerios de Finanzas y de Enseñanza, mientras que en otras partes se llega incluso al 100% (80). Pero la primera guerra mundial no significó solo la eliminación del zarismo y la instalación de un régimen judío en Rusia; correspondió también a la demolición de los Imperio Centrales. En suma, "la causa de la guerra fue el deseo de cambiar la estructura interna de la sociedad en general y de hacer avanzar con un gran salto el probreso de la subversión mundial" (81) .

Notas fuera de texto:

(71) Es interesante señalar que la "revolución proletaria" comunera respetó escrupulosamente las propiedades judías; ni una sola de las 450 casas de los Rothschild fueron incendiadas.

(72) B. LAZARE, L’Antisemitisme, reedición "Documentos y Testimonios", La Librairie Française, París 1969.

(73) Sobre las financiaciones judeo mericanas a los bolcheviques, ver el artículo de P. Saint Charles, Banquiers et Bolcheviks, publicado en H. COSTON, La haute finance et les revolutions. La Librairie Française, París 1963. Ver además los documentos publicados como apéndice de esta obra. Por nuestra parte, recordaremos que Trotsky se casa con la hija de Giovotovsky, un socio de los banqueros Warburg.

(74) MALINSKY y DE PONCINS, Op. cit., pág. 243.

(75) De haber trabajado para el Rey de Prusia se habría, evidentemente, dado cuenta... Pero Alemania pagó cara su miopía, aunque en definitiva se debería decir de fue el Rey de Prusia quien trabajó para Lenin.

(76) Un escritor francés, Henri Guilbeaux, que fue amigo de Lenin y compartió sus ideas, escribió en un libro titulado, nada menos, Lenin no era comunista (Lénine n’etait pas communiste) que la revolución de 1917 dirigó en su realización de la forma como había sido concebida por Lenin. Guillbeaux afirma que Lenin admitía haber sido un instrumento involuntario del judaismo internacional; "los judíos  escribe Guilbeaux  han podido explotar la obra y la inteligencia de Lenin contra su verdadera voluntad y su verdadero pensamiento" (cit. en G. DE ROSSI DELL’ARNO, L’Ebraismo contro l’Europa, Roma 1940, pág. 28). Esta conciencia tardía explicaría el atentado que el judío Kaplan cometió contra Lenin; y explicaría también su muerte, que parece haber sido preparada por el judaismo soviético, quizás por el mismo Trotsky. Sobre esto, ver las actas del proceso Rakovsky (Rakovsky organizó la "oposición de izquierda", es decir, la oposición judeo trotskysta contra Stalin), parcialmente publicados en Stalin, Trotsky y la alta finanza, "Quaderni del Veltro", Ferrara, 1974.
    Sobre el "candor en relación a las fuerzas ocultas" manifestado por Lenin, ver, además, La guerre occulte, cit.; cáp. XVII

(77) A.S. RAPPAPORT, The pioneers of the russian revolution, Londres 1918; pág. 250.

(78) "Yo no creo que se exagere cuando se afirma que el comunismo y la revolución soviética han sido la obra de una mayoría judía. Con excepción de Lenin, los principales jefes revolucionarios han sido judíos. Se señala que Cicerine, uno, un puro ruso, fue reemplazado por su subordinado Litvinov y que la influencia de rusos como Bujarin (quien, sin embargo, fue definido como judío por el "Jeweish Chronicle" del 9 de octubre de 1953, NdA) o Launatchiarsky no puede ser comparada al poder de Trotsky o Zinoviev, el dictador de la ciudadela roja (Petersburgo, NdA) o al poder de Krassine o de Radek, estos últimos ambos judíos. En las instituciones soviéticas, la preponderancia de judíos es siempre sorprendente. Los procesos extraordinarios contra los combatientes contra revolucionarios han sido hechos solo por judíos y, en numerosos casos, por judías. Un caso similar se repite en Hungría durante el breve período del terror de Bela Kun. Lo mismo ocurrió en Alemania, especialmente en Baviera..." (WINSTON CHURCHILL, Zionism towards communism, "Illistred Sunday Herald", Londres, 8 de noviembre de 1920).

(79) Una lista de altos comisarios del pueblo ha sido publicada en el libro de monseñor Jouin, Le peril judéo maçonique. De esta lista, resulta que sobre los 48 altos comisarios en 1919, 41 eran judíos...

(80) Cfr. la obra citada de Jouin, Tomo II, pág. 19 y La guerre occulte.

(81) La guerre oculte, cit. pág. 123.

(c) Por el texto: el autor [desconocido, se agradecerían datos]

(c) Por la traducción: Ernest Milà

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