Hemos tratado ya sumariamente la ética mercantil y la usura como manifestaciones de la judaidad; ahora, en lo que concierne al plano más propiamente histórico, mostraremos como, durante la Edad Media, los judíos,  aprovechando un hábito multisecular del comercio (51) se insinuaron en los poros de la sociedad feudal, en los intersticios de esta donde "ni el oro en general, ni la moneda de oro misma (...) habían cesado jamás de circular" (52). en estos intersticios, los judíos cultivaron estas formas prehistóricas de capitalismo  capitalismo comercial y usurero  que produjeron a la larga, efectos mortales sobre la estructura económica feudal. Véase como Marx ilustra la destrucción de al economía feudal operada por el judaismo: "El capital usurero, bajo la forma en que se apropia en realidad de la plusvalía de los productores directos sin cambiar el modo de producción (...) empobreció este modo de producción, paralizó las formas productivas en lugar de desarrollarlas y perpetuó al mismo tiempo esta situación lamentable (...). De un lado la usura minó y convulsionó de esta forma la riqueza y la propiedad de la antigüedad feudal, de otra destruyó lentamente y arruinó la propiedad de los pequeños campesinos y de los pequeños burgueses, es decir, todas las formas donde el productor aparecía aun como propietario de los medios de producción (...). La usura centraliza los patrimonios monetarios, allí donde los medios de producción son fraccionados. No modifica el modo de producción, pero se engancha a él como un parásito y lo vuelve miserable. Lo sangra, lo debilita y obliga a la reproducción, a proseguir en condiciones cada vez más miserables. De ahí el odio popular contra el usurero" (53). El antisemitismo es visto  según la interpretación marxista de un judío, sin embargo no privado de una relación, incluso parcial, con la realidad  como la expresión de una "primordial y nebulosa oposición de clase al capitalismo, bajo la forma tangible de la circulación,l contra la que se enfrenta inmediatamente el antiguo trabajador libre desposeído y el pequeño burgués que desciende, con angustia y furor, por los círculos infernales de la proletarización" (54).

Es de justicia, en consecuencia, que los explotadores hayan sido, de tanto en tanto, duramente golpeados, aun cuando no fueran jamás definitivamente aplastados. "Es lógico  sostiene Jacob Tritemius  que pequeños y grandes, doctos y personas simples, príncipes y campesinos, hayan estado todos llenos de rencor contra los judíos usureros, y yo apruebo todas las medidas legales tomadas para proteger al pueblo de esta explotación. ¿Es justo que un pueblo extranjero que se ha establecido entre nosotros haga la ley y domina, no porque tiene mas valor y virtud, sino solo por el miserable dinero, acumulado de todas partes y por todos los medios, hasta parecer que la posesión sea para este pueblo el bien supremo? Es justo que deba engordar impunemente gracias al trabajo del campesino y del artesano?" (55).

Mientras que Europa se aprestaba a hacer su entrada en la época mercantil, descubría que los judíos podían ser útilmente empleados en las actividades capitalistas; eran de hecho "aventajados" por su condición de desarraigados, disponían de una amplia red de contactos en los centros urbanos de toda Europa, y poseían una experiencia consumada en materia financiera (56). Schutzjuden, "judíos protegidos", fueron llamados en Alemania estos judíos que, en virtud de su actividad de precursores, entraron, con derechos diversamente garantizados, al servicio de reyes, príncipes y duques. Así, en tiempo de Cromwell (57) y de Carlos II, los judíos pudieron volver a Inglaterra, de donde habían sido expulsados en 1290; así, en la época de Luis XIV regresaron a Francia. La lista de los aristócratas que pasaron de los ghettos de Ratisbona, Munich y Praga y de la yeshivah a los salones de las cortes es larga y sorprendente. Ex vendedores ambulantes se convirtieron en mercaderes en la escena internacional y proveedores de artículos de lujo, como lo habían sido, en la Edad Media, sus antepasados. Traficaban con sedas y encajes, armas y municiones. Aprovisionaban las fábricas de oro y de plata y manejaban mercados con cifras enormes  (58). Es evidente que estos "judíos de corte" no se limitaron, en numerosos caso, a ser consejeros financiaron, haciéndose, de hecho, con el poder político. La carrera de Joseph Süss Oppenheimer es ejemplar (59). Europa Occidental, que contaba en torno a cuatrocientos mil judíos (60) en la segunda mitad del siglo diecisiete, estaba madura para la Revolución Francesa.

Notas fuera de texto:

(51) M. BLOCH, Lavoro e tecnica nel medievo, Bari 1959, pág. 104.

(52) K. MARX, El Capital, trad. it., Roma, 1956, III 2, pág. 302.

(53) R. FINZI, Op. cit., pág. XXIII.

(54) J. JANSSEN, Die allgemeinen Zustände des deutschen Volkes beim Ausgang des Mittelalters, Friburgo, 1887, vol. I, pág. 404 405.

(55) "En mi libro sobre los judíos (Die Juden und das Wirtschaftsleben, 1911), creo haber demostrado que su importancia particular en la historia económica debe ser buscada en el impulso dado por ellos a esta forma de desarrollo económico que he llamado comercialización de la vida económica, y de haber por esto contribuido a acelerar el tránsito de la época del capitalismo inicial ("Frünhkapitalismus") con la del gran capitalismo ("Hochkapitalismus")... La creencia de que entre los judíos existe una inclinación particular hacia el capitalismo fue provocado, además de las condiciones que tienen en común con los herejes y los extranjeros, su gran dispersión en el mundo entero, la riqueza y las aptitudes técnicas que poseen ya cuando comienza el primer desarrollo capitalista y que habían amplificado mediante el ejercicio de la usura" (W. SOMBART, Il capitalismo moderno, trad. it., Florencia, 1925, pág. 219 220).

(56) Cromwell ¿era de origen judío? Este rumor fue referido también por la Histoire d'Oliver Cromwell del abate Raguenet (París, pág. 322).

(57) A. EBAN, Op. cit., pág. 223; W. SOMBART, Op. cit., pág. 219 220.

(58) Süss el judío (1698 1738) se convirtió en primer ministro del gran ducado de Würtemberg en tiempo de Carlos Alejandro. Ahogó al pueblo bajo el peso aplastante de la imposición fiscal y privó de todo contenido político real a los organismo representativos. Su brillante carrera terminó en el patíbulo.

(59) España estaba entonces tranquila: la expulsión de 1492 fue seguida, durante dos siglos, de un éxodo lento y continuo de marranos (NdA). Pero los tiempos cambian también en España, si se juzga por lo que refiere Lectures Françaises, nº 230, junio de 1976: "La reina de España ha asistido el viernes 28 de mayo al oficio del Shabat de la sinagoga de Madrid, después de la comida ritual: desde 1492, ningún soberano español había puesto los pies en una sinagoga". De hecho, desde 1969, el gobierno franquista había reconocido la existencia de la comunidad judía de España y autorizado la construcción en Madrid de la primera sinagoga desde el siglo XV. A lo que hay que añadir que es en la capital española donde se reunió del 4 al 7 de diciembre de 1976, la rama europea del Congreso
Mundial Judío (NdT).

(60) Cit. en: BENTWICH, op. cit., pág. 47.

(c) Por el texto: el autor [desconocido, se agradecerían datos]

(c) Por la traducción: Ernest Milà

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