En 1976 tenía 24 años, a pesar de rondar el entorno de Fuerza Nueva, por aquello de las contradicciones, me sentía más revolucionario que Bakunin en los mejores momentos de su exilio romántico o como Lenin en Suiza me atraía la ciencia insurreccional entre una visita a la Hermandad de Alféreces y un paseíllo por el local de Falange; pura contradicción y delirio, sin embargo, me nutría de Jünger leído en italiano y devoraba Las Olímpicas de Montherland la Nieve de Primavera del recién suicidado Mishima así como los textos de la nueva derecha francesa que caían en mis manos. Releía a Thiriart, que sustituyó ventajosamente a las obras completas de José Antonio que hacía tiempo habían dejado de ser un libro de cabecera. Nietsche me atraía, pero era incompatible con Evola y Guénon que, ya por entonces se habían convertido en mis autores de culto. la revista Elements  y Nouvelle Ecole publicadas en París por Benoist y su círculo nos abrían perspectivas doctrinales extraordinariamente amplias: Paretto, Mosca, Burnharm, Weber, Ruyer, Lupasco, Rougier...  que alternaba con una novelita de Drieu, un delicado poema de Brasillach y el mecagoentodo de Celine. Empezaba a escribir Había acabado ha principios de 1976 un trabajo de síntesis realizado a partir de un cursillo de formación de cuadros que nos organizó Delle Chiaie y cuyo título era Minimanual de la Luha Política. Ese sería mi primer “libro” con una tirada de 7 ejemplares…

En realidad no tenía siquiera intención de editarlo, pero Ángel Ricote, por aquel tiempo co-propietario de una imprenta, realizó y encuadernó una pequeña tirada. para los íntimos El libro estaba dedicado a “Alfredo y a sus camaradas de Avanguardia Nazionale que, aún en el exilio siguen estando en pie”. El texto, incluía dos anexos sobre la guerrilla urbana y la guerrilla rural que no estaban incluidos en el curso dado por Delle Chiaie, pero que desarrollé por mi cuenta. Eso me llevó a familiarizarme con las doctrinas marxistas. Leí a Carlos Magihuela, a Abraham Guillén y a todo lo que pude reunir sobre los tupamaros uruguayos. Hice otro tanto con lo que pude coger de La Tacuara argentina, de la experiencia de la OAS y, cómo no, del fascismo revolucionario. Estudié el desarrollo de la revolución de octubre de 1917 y de la larga marcha de Mao, me leí sus escritos militares y los del general Giap; el Ché me decepcionó a pesar de que aprendí toda su trayectoria (quién me iba a decir que años después yo mismo escribiría una biografía del Ché y recorrería los lugares en los que se había desarrollado su última y estrafalaria aventura); me procuré el muy escaso material que en aquel momento utilizaban las fuerzas armadas como textos ilustrativos de operaciones psicológicas. Y, claro está, acabé estudiando a Fanon y al FLN argelino, eso me llevó directamente a ETA. Era como regresar a casa. En febrero de 1976 me tenía por un especialista en estas materias y no creo que fuera una exageración considerarme así por mucho que mi formación en este terreno hubiera sido la de un autodidacta. Los conocimientos adquiridos en esa época me sirvieron de mucho en los años de exilio.

Debió ser más o menos en esos meses cuando me llamó Juan Bosch, a quien había conocido justo el día que el módulo espacial despegó de la luna. Estábamos en Lleida en un bar hablando con Bosh y con un tal Alaiz, ambos de la Guardia de Franco, cuando se dio la cuenta atrás para el despegue. El desfase de la señal de radio hizo que el minúsculo módulo diera la sensación de que no despegada durante un largo y eterno segundo. Bosch en aquel momento llevaba el pelo largo lo que le daba un extraño aspecto de indio cherokee, eso sí, sin plumas. Hicimos buenas migas e ingresó en el PENS cuando vino a Barcelona a estudiar. La disolución del PENS hizo que cada cual se fuera por su lado, pero durante un tiempo mantuvimos algún vínculo. En ese momento me invitó a dar un curso sobre “guerrilla urbana” a un grupo de chicos jóvenes que había reunido en torno suyo y que funcionaban con el peregrino nombre de Juventud Española en Pie, JEP por más siglas. Yo  en la época iba en plan misional dispuesto a enseñar el camino, la verdad, la luz y la vida política, así que accedí. La charla tuvo lugar en un local propiedad de Alberto Royuela que ya en aquel momento destacaba como subastero. Uno de los hijos de Royuela formaba parte de JEP. Había otros “figuras” de la época: Castillón que luego va por la vida firmando como “Valentín de Armas” en un intento de decir “que no soy yo, que es Valentín” y que, tras este breve paréntesis haría durante los siguientes cuatro años un recorrido paralelo al mío, Carlitos Oriente, el menor de la saga, y unos seis u ocho más, algunos de los cuales eran pintorescos en el sentido más desmadrado y atrabiliario de la palabra. Alguno estaba inmerso en la más profunda de las confusiones mentales y daba la sensación de ser una bomba de tiempo. En las semanas siguientes, efectivamente, se demostraría que esa intuición era correcta.

En un momento dado de mi charla sobre la “guerra de guerrillas” les expliqué que una de las tácticas era la llamada “interdicción” que consistía en hostigar reiteradamente al enemigo en una zona determinada para obligarle a huir de ella e impedirle toda implantación posterior. Y eso lo dije a cuento de la guerra del Vietnam y de la metodología utilizada por el Vietcong, sólo a título ilustrativo. No le di mucha importancia a esta parte de la conferencia que, sin embargo, se quedó grabado a fuego en la mente de Bosch. Unos días después uno de los asistentes a la charla vino a verme: “Deberías de ver a Bosch, está preparando una “interdicción” en las Ramblas y me temo que vaya a acabar mal”. En efecto, podía acabar mal. Bosch tenía en la época la mala costumbre de integrar a gente joven ofreciéndoles una sobredosis de activismo frenético en la que las acciones ilegales -que piadosamente podríamos llamar terrorismo de baja cota-, tenían una parte importante. Habían incendiado a cócteles molotov una barraca de mendigos, uno de ellos lanzó artefactos explosivos contra la librería PPC que estuvieron a punto de convertir en una tea a toda la manzana de casas con vigas de madera situada entre las calles Canuda y Santa Ana, dado que a pocos metros del incendio se encontraba un depósito de carburante de una panadería. Ese mismo individuo, que actuaba por su cuenta y para el que el JEP era sólo el grupo en el que contaba sus “hazañas” de psicópata clínico, lanzó otro artefacto explosivo contra la Sala Villarroel. La cosa iba in crescendo y, sorprendentemente, aunque toda la extrema-derecha barcelonesa sabía quien protagonizaba esos episodios, la policía no actuaba fulminantemente. Ni siquiera lo hizo cuando Bosch irrumpió en el local de los jóvenes del PSC-Reagrupament en calle Canuda apenas a 100 metros del local utilizado por Fuerza Nueva en esa época (el del SEU) en un episodio singular que vale la pena recordar porque pudo acabar aún peor de cómo lo hizo.

Esa tarde día había quedado en la zona con Augusto Cauchi, un exiliado italiano al que  introduje en España unos meses antes. Se trataba de hacerle un pasaporte y era necesaria una foto, así que quedé en llevarle al estudio de fotografía de un amigo que nos hacía trabajos de este tipo. Justo cuando estábamos a la altura de Canuda-Ramblas nos cruzamos a Bosch que iba acompañado de otros dos (o quizás tres) chavales muy jóvenes. “¿Cómo tú por aquí?” y me contestó, muy sonriente, algo que no terminé de entender: “Es que voy a ver a los del PSC para que me devuelvan unas fotos que tienen nuestras”. Ambos íbamos con prisa en direcciones opuestas así que no me paré, pero subsistió durante unos segundos la duda: “¿Qué coño me habrá querido decir? Creo que no lo he entendido bien”. Cauchi y yo seguimos con no nuestro, hicimos las fotos, esperamos que nos las revelaran, destruimos los negativos y regresamos Rambla arriba. Me despedí de él en Plaza de Catlaunya y regresé al local de Fuerza Nueva. Era de noche y algo parecía haber ocurrido unos metros más allá, frente a lo que podría ser el local del PSC. Y la cosa debía ser grave porque allí estaban bomberos, policía, ambulancias, en fin, y sobre todo mucha gente alarmada y buena parte con cara de susto y ese aspecto ausente que se le queda a la gente que ha sufrido un bombardeo o que ha sobrevivido de rasqui a una explosión nuclear. Me acerqué. Del portal del edificio hasta la ambulancia el suelo estaba tachonado por gruesas gotas de sangre. “Pobre noi, li han clavat un tir a boca de canó” lo que venía a ser algo así como que a un chaval le habían pegado un tiro enlos morros. Y entonces recordé a Bosch y la existencia de una pistola Astra del 9 mm, la tradicional "sindicalista", con cañón de puro, que él afirmaba con una seriedad pasmosa que había pertenecido a Durruti.

Volví al local de Fuerza Nueva y me encontré a uno de los chavales que habían acompañado a Bosch en la primera parte de su aventura. En síntesis, resultó que uno de los clásicos “enteraos” que frecuentaban la extrema-derecha de Barcelona en la época, un tal Blanco, individuo de copiosa humanidad y aspecto tan orondo como marmóreo era su rostro (por lo de la dureza), les había explicado a los chicos del JEP que los jóvenes del PSC-Reagrupament habían elaborado un fichero sobre la extrema-derecha barcelonesa. Entonces entendí porqué Bosch me había explicado en nuestro breve encuentro que “iba a buscar unas fotos”. Visiblemente azorado, el “superviviente” me comentó que el tal Blanco les comentó que habitualmente apenas había nadie en el local, así que se pusieron los pasamontañas, llamaron al local y alguien les abrió. El efecto de los pasamontañas, en lugar de acongojar, suscitó bromas y adivinanzas: “Home, tu ets el Papitu, oi?”, a lo que Bosh argumentó aquello tan clásico de “Manos arriba, gilipollas”. Y el otro que nada, que se creía que todo era una broma.  Es lo malo que tiene ir a esos saraos encapuchado que luego no hay quien te tome en serio. “Vinga, collons, Papitu no fotis mes…”. A la tercera comprobó que no era Papitu y que de broma nada. Entraron en el despacho en el que, efectivamente, tal como Blanco les había explicado, apenas se encontraban presentes cuatro jóvenes del PSC. El problema es que, interiormente el local conectaba a través de una escalera con un piso superior en el que se estaba celebrando una asamblea casi de masas. Como ir a comprar un huevo y salir con doce docenas. Al oír los ruidos y las voces anómalas en el piso inferior empezaron a descender todos los asistentes. Bruscamente, los 4 se transformaron en 40. Los chavales jóvenes que acompañaban a Bosch se lo pensaron mejor y, sobre la marcha, dejaron correr el asunto. En cuanto a Bosch y a su pistola sindicalista, los encañonó a todos, pero, claro, cuarenta son muchos para amedrentar, así que cuando uno de ellos intentó abalanzarse sobre él, Bosch apretó el gatillo. Milagro del buen Dios porque, una bellota de 9 mm largo es suficiente como para volar una cabeza reventar un cráneo y dejar un surtidor de sangre. Afortunadamente el tiro tocó al cuello del joven socialista con una trayectoria que dejó la yugular a su derecha por no más de dos milímetros. Con todo, las heridas en cuello y cabeza son espectaculares y dejaron el reguero de sangre que había visto en el portal.

Al día siguiente la prensa unánimemente clamó contra la “violencia fascista” y no hubo departamento e prensa de la oposición democrática que no exhibiera su más violento comunicado contra la agresión. Y la policía como si nada. Bosch ni siquiera fue interrogado por el asunto, a pesar de que era imposible, repito, literalmente imposible, que la policía no se hubiera enterado de quien había protagonizado el episodio. Cabe decir que sobre Blanco y sobre alguno más que componía el JEP corrían serias sospechas de que no eran trigo limpio. Algunos creíamos en la época que se debía a que eran pequeños delincuentes, estafadorcillos del tres al cuatro o simplemente chivatillos a cuenta de vaya usted a saber quien.

No recuerdo si antes o quizás después de ese episodio, hablé con Bosch sobre lo de la “interdicción” en las Ramblas. En esa conocida vía barcelonesa, entre la fuente de Canaletas y la calle Canuda, solían situarse hacia eso de las 19:00 horas decenas de militantes de partidos de izquierdas que, si bien aun no estaban legalizados, tampoco les obstaculizaba nadie la difusión de su propaganda. Colocaban sus mesas, repartían sus revistas y hostigaban a todo fascista que apareciera por allí. En el primer cuatrimestre de 1976, Canaletas fue “zona roja”. Bosch lo que planteaba era colocar un cancarrazo de goma-2 en la zona para que la zona quedara “interdicta” para la izquierda. Lo que implicaba unos cuantos muertos o acaso varias docenas… Y no era el caso. Aunque yo no tuviera nada que ver con el JEP, ni mucho menos con plantear el atentado, era evidente que, una vez cometido el crimen les preguntarían quién les había enseñado eso de la “interdicción” y ya estaríamos otra vez con situaciones policiales incómodas. Cuando hablé con él, ya se le había pasado lo de la “interdicción” y su cerebro ya estaba maquinando otras orgías activistas.

Bosch era un tipo valiente que jamás no daba marcha atrás aunque se le cayera el mundo encima; eso, el ir “con dos cojones”, el “tenerlos cuadrados”, o “dos cojones como dos melones”, se valora mucho en el universo ultra; con todo, algunos de sus razonamientos eran completamente excéntricos. Yo lo tenía por un exaltado, imprevisible e incontrolable. Durante la época del PENS, habíamos colocado en varias ocasiones carteles en el patio de Ciencias del edificio de la Universidad en la plaza del mismo nombre. Bosch, en cierta ocasión, él solo asumió la tarea sentándose ante el cartel con una bolsa de El Corte Inglés entre las pierdas en la que era visible un contundente morgenster, una de esas armas medievales compuestas de mango de madera, cadena y bola de hierro con pinchos. A pesar de que en alguna ocasión había manifestado mis más serias dudas de que en caso de pifostio aquel artefacto sirviera para algo, lo cierto es que su mera imagen con los pinchos sobresaliendo entre los pliegues de una bolsa de plástico, era demoledor. En esto de la violencia, como en el erotismo, a veces es más efectivo amagar que en enseñar, insinuar mucho más que exhibir. Para algunos emotivos izquierdistas de Ciencias (Bosch estaba en Exactas) aquella bolsa contenía una ametralladora y para otros un pistolón. La intención de Bosch, con todo, no era ofensiva: quien osara arrancar el cartel se iba a encontrar con la bola empotrada en su frente. Por supuesto nadie se movió aquella tarde.

He de decir sobre esto que la izquierda universitaria adolecía de poco democrática: colocar un cartel que no fuera marxista o anarquista en un recinto universitario, implicaba en esa época y desde 1967 un inevitable reparto de hostias. Ellos actuaban amparados en su número y achacaban nuestro valor a que teníamos el apoyo de la policía. No era así. A mi me habían detenido demasiadas veces como para algún gilipollas pudiera verme como “apoyado por la policía” y en cuanto a Bosch si no lo habían detenido es porque lo estaban preparando para presentarlo como chivo expiatorio en lo que luego fue el Caso Papus.

En abril de 1976, la izquierda tomó la mala costumbre de intentar asaltar un día sí y otro también el local de Fuerza Nueva en la calle Canuda. Y la policía, como era habitual, no hacía nada para impedirlo. Entonces ocurrió el “jueves negro”, la mayor paliza colectiva que haya recibido la extrema-izquierda en Barcelona, a partir de la cual, para siempre y durante dos  generaciones renunciaron a hostigar el local y cualquier otro en el que se mudara Fuerza Nueva. Aquella represalia tuvo un efecto psicológico duradero, algo así como un trauma psicológico que desencadenaba una reacción de pánico. Más que trauma, para muchos de ellos, aquella noche, lo que sufrieron fue un traumatismo.

En ese momento, la dirección de la rama juvenil de Fuerza Nueva en Barcelona estaba a cargo de Juan Masana, un veterano de CEDADE. Ramón Graells, después de su paso fugaz por el Círculo José Antonio había recalado también allí. Y, por mi parte, empezaba a frecuentar el partido. Entonces empezaron los intentos de asaltos a la sede. La extrema izquierda que había acampado en Canaletas, cada tarde se manifestaba delante del local de Fuerza Nueva, lanzaba bolsas de pintura, piedras e intentaba linchar a simpatizantes del partido. Ocurrió un lunes y también al martes siguiente, el miércoles volvió a ocurrir y para el jueves decidimos que había que dar un escarmiento a la vista de que ni siquiera el Gobierno Civil, requerido por la dirección del partido y para evitar males mayores, se había dignado colocar un coche patrulla delante de la puerta del local. Los asaltos al local se estaban convirtiendo en tradición. Era evidente que, ya en ese momento, se estaba aplicando la política de dejar que los extremismos opuestos se matasen entre sí, algo que unos pocos entre nosotros empezábamos a percibir claramente. No era la mejor forma, desde luego, de que la democracia diera sus primeros pasos en nuestro país. Si no se garantiza la libertad de expresión de todos es que no todos tenían lugar bajo la democracia. En aquel momento ignorábamos que los pactos de la transición preveía el aislamiento de los extremistas y que la prensa y las fuerzas democráticas harían la vista gorda ante el evidente y reiterado intento de lanzarnos unos contra otros.

En el mismo local de Fuerza Nueva nos reunimos Masana, Bosch, Graells y yo. Había que disuadir de una vez y para siempre a la extrema izquierda de seguir con sus ataques al local: lo que terciaba era un escarmiento de los “tirando a inolvidables”. Cada uno reunió a sus propios efectivos en apenas una hora; recuerdo perfectamente lo que planteé: no más armas que palos, nunchakus y barras de hierro, de objetos arrojadizos solamente tornillos de ferrocarril unidos por una tuerca y en el espacio entre ambos un poco de pólvora, mejor ir con casco de motorista y refuerzos en pecho, espalda y hombros. Sobre todo que no apareciera ni una sola pistola -e hice especial mención a la pistola sindicalista de Bosch porque a esas alturas ya me lo conocía-, ni se disparase contra nadie, represalia, sí, pero moderada, lo justo para disuadir de futuras agresiones.

Elegimos el jueves porque esa tarde estaba convocada una manifestación ilegal de grupos de ultraizquierda a lo largo de las Ramblas. Suponía que la policía cargaría contra la manifestación en las mismas Ramblas, y esta se dispersaría hacia las calles adyacentes. Así pues, estaríamos apostados en esas pequeñas calles, en grupos de 6 u 8 y sería allí en donde enseñaríamos las uñas, los dientes y la mala hostia. Otro grupo se quedaría en el local defendiéndolo de posibles ataques. Las cosas se sucedieron más o menos como estaba previsto. Estaba por Petrixol y la Plaça del Pí, con un grupo, cuando empezaron a oírse las sirenas de la policía. Casi al mismo tiempo empezamos a percibir que había comenzado la dispersión del grueso de manifestantes. Apenas unos segundos después empezaron los choques que se generalizaron en toda la parte izquierda de las Ramblas. En la plaza del Pi lanzamos los primeros tornillos que explotaron. Era evidente que la extrema-izquierda no había visto jamás nada parecido. Al golpearse contra el suelo, la pólvora que estaba comprimida entre los tornillos opuestos y la tuerca, explotaba y cada uno salía disparado. No mataban, pero al que le tocaban podía darse por satisfecho si no se le rompía un brazo, una pierna o una costilla. Luego estaba el sonido seco, como un disparo, el chispazo de la pólvora que no se diferenciaban mucho de los de un  revolver.

La estrechez de Petrixol, por algún motivo, me recordó la batalla del Puente de Stanford, donde murió Harald Hardrada el vikingo que hubo conquistado diez pies de tierra inglesa. Pero aquí no había ningún heroico vikingo que cerrara el paso del puente con su hacha a todo el ejército de Harold en Sajón. La estrechez de la calle hacía que con tener a cuatro militantes  a cada lado, dieran fuerte y flojo a todos los ultras de izquierda que pasaban corriendo. Ninguno de ellos volvería a asaltar el local. Ahí ya ocurrió algo que no me gustó. Era la época en que la oposición democrática solía lucir un adhesivo con el escudo de la Generalitat. Bosch se encaró con uno que portaba este adhesivo: “Quítatelo, mamón”, le gritó. Y el pobre chaval era evidente que hacía esfuerzos por quitárselo pero que se le había quedado agarrado al chaquetón de piel. Para colmo cometió el error de sonreír  nerviosamente como diciendo: “Je...Que putada, el jodido no se quiere desprender”. Bosch le atizó un estacazo en plena frente y luego otro y otro más cuando el hombre ya estaba visiblemente fuera de combate cayéndose sobre su propia sangre. No fue agradable, e iba mucho más allá de lo que procedía: una simple represalia. Con golpes como esos podíamos enviar a alguien al tanatorio y era perfectamente consciente de las consecuencias que aquello podía tener. Le advertí que no se pasara. Lo que le había ocurrido a Bosch es lo que cuentan las sagas nórdicas de los antiguos guerreros germánicos, los Wildesheer, que en combate parecían enloquecer, su tótem era el lobo y se comportaban como tales, con un furor que nada ni nadie eran capaces de contener, era como un estado de posesión: como si una fuerza de la naturaleza, la ira, se hubiera apropiado del guerrero. Recibían el nombre de "la orda salvaje de Odín". Bosch parecia su más acrisolada encarnación. Pero, claro, explícale esto de los Wildesheer y del “furor sagrado y salvaje” a un juez de guardia o al interesado mientras un energúmeno le está partiendo la cara.

Debía ser a esos de las 8:30 cuando todos los que estábamos entre Puertaferrisa y la Plaza del Pi nos reagrupamos. Envié un mensaje a la sede: subiríamos por las Ramblas, intentando barrer a toda la gente de extrema izquierda hacia la parte superior y era cuestión que en cuanto estuvieran ya comprimidos entre Canaletas y Canuda, la gente que estaba en el local cargara a lo salvaje para dar la puntilla final. Era una forma de enseñar las uñas y de decir: “Nos habéis asaltado el local durante tres días seguidos. Ahora nosotros somos martillo y vosotros yunque. La próxima vez que os acerquéis ya sabéis lo que ocurrirá”. Así lo hicimos.
 
Lo sorprendente no fue que lográramos dejar prácticamente vacía las Ramblas a nuestra espalda, desde el Pla de l’Os, sino que apenas logramos reunir a una fila de una decena de militantes. El problema es que cada vez que nos aproximábamos más a la Plaza de Catalunya, la perspectiva se complicaba. Existe un desnivel en las Ramblas y cierta suave pendiente que hace que a medida que dejas atrás el mar, subas unos pocos metros de altitud. Desde nuestra perspectiva –íbamos ascendiendo por las Ramblas- era visible que en la parte superior de las avenida empezaban a estar apretujadas varios miles de personas. Nosotros les estábamos barriendo hacia arriba y en la Plaza de Catalunya, los furgones policiales les impedían el acceso al Eixample. Puede parecer extraño que apenas una decenas de ultras consiguiera arrinconar a una masa tan considerable, pero quizás se entienda mejor si añado que la minoría numérica se compensaba con un grito estremecedor que íbamos coreando: “Nosotros fascistas, somos terroristas”, ante lo cual nadie se llamaba a engaño. Nos habían gritado tantas veces esa frasecita en segunda del plural, que cuando la pronunciamos en primera, desencadenó un efecto de shock en la competencia: “hostias, que estos son fascistas de verdad y terroristas y además vienen a por nosotros… si lo dicen ellos mismos será verdad”. Y, a todo esto, los que estaban dentro del local al mando de Graells, ni cargaban ni lo harían nunca. Logramos repescar a algunos descolgados, pero nunca fuimos más de 15 los activistas decididos a rematar la faena.

En un momento dado, la policía lanzó en la parte superior de las Ramblas un bote de humo y como si se tratara del detonante que implosiona y hace estallar la masa crítica de una bomba nuclear, todo ese gentío compacto de extremistas de izquierdas estalló y bruscamente vimos como una marea humana se venía hacia nosotros, pero no en actitud agresiva, sino simplemente huyendo de un puto y miserable bote de humo. Nos pasaban por los lados y no teníamos nada más que agitar el nunchaku a un lado y a otro para saber que en cada golpe alguno se llevaba su ración. Ni siquiera teníamos que correr, nos bastaba estar parados repartiendo a diestro y siniestro. Identificamos a algunos de los que habían participado el asalto y corrimos tras ellos por la calle Elisabets. Había uno de los que más se habían caracterizado en su agresividad antifascista que me pasó por el lado, salí corriendo tras él, pero el jodido parecía que se lo llevara el diablo. Para colmo, entre el casco de motorista, la cazadora y las protecciones que llevaba bajo la cazadora (alfombras de goma de los coches para proteger los hombros), no podía correr con soltura suficiente y el tipo se me escapaba. Intentaba darle con el nunchaku pero el palo silbaba a centímetros de su espalda, y lo peor era que en unas zancadas más y me faltaría el aire. Así que no se me ocurrió nada mejor que gritarle con voz tranquilizadora: “¡Déjalo que ya no nos siguen!”. Cuando jugaba al futbol solía susurrar a los delanteros contrarios: “Taconazo, tacozano” y, casi siempre daban el taconazo pensando que les requería la pelota uno del mismo equipo. En esta ocasión, el tipo se paró en seco cuando oyó que alguien le decía que el peligro estuviera conjurado. Al tercer golpe, el palo del nunchako saltó por los aires. En mi fervor pedagógico he de decir que mientras le daba fuerte y flojo le explicaba los motivos: “Como volváis a acercaros por el local de Fuerza Nueva os vais a llevar más”. Y el tipo me decía contorsionándose de dolor: “Vale, vale, pero que ya vale, joder”. A otro de nuestros camaradas, también en aquella escaramuza, le ocurrió algo inexplicable que demuestra el daño irreversible que hacen los porros en el cerebro. En medio de la trifulca reconoció al que el día anterior había visto arrojando una piedra contra el local. Se fue tras el y lo enganchó y el otro provocándole mientras recibía una lluvia de golpes: “Faixista, que ets un faixista” que dicho un acento cerrado de las comarcas de Girona sonaba todavía más antifascista; la frasecita, escupida en forma de ofensa no hacía nada más que aumentar la furia de nuestro camarada cuyo estado de cabreo iba in crescendo. Otro reaccionó mejor con gritos de “no me mates, por favor, no me mates” desarmando al agresor que no se le ocurrió nada mejor que arrojarle una bolsa de basura con cabezas de marisco absolutamente pútridas de la cervezería Baviera Muchos de nosotros experimentábamos un sentimiento de piedad al ver a unos tipejos, el día anterior, agresivos y ululantes, convertidos en corderillos asustados.

Lo raro era que aquella fiesta duraba ya hora y media y la policía no salía de la Plaza de Catalunya. Los ultras de izquierda volvieron a reagruparse poco después en torno a Canaletas, pero ya estaban muy mermados y muchos de ellos lucían completamente descalabrados; apenas quedaban unos 200. Estábamos unos a un lado de las Ramblas y los otros a otro, ya era tarde y aquello tenía que terminar.

Unos minutos antes había enviado a unos camaradas a “montar” unos cócteles molotov (colocar la bolsa de potasa con adhesivo para que al arrojarse reaccionara con el sulfúrico y prendiera, utilizábamos este sistema de ignición que nos evitaba los consabidos accidentes por ignición de la gasolina a base de mechero que solía crear problemas a la extrema-izquierda) frente a la Iglesia de Santa Ana a la que se llegaba a través de un callejón. Lamentablemente, a esas horas -ya eran las 22:00- la salida del callejón estaba cerrada con candado y solamente podía accederse por la plaza de Catalunya. La situación era tensa con los dos grupos frente a frente. No sabíamos en realidad qué hacer, cuando el irresponsable de turno volvió a gritar aquello de “¡Fascistas asesinos!”, lo más inoportuno para un momento así. Ni ahora ni entonces, me considero particularmente violento, soy –y era también en la época– un tipo tranquilo de los que cuesta mucho sacar de sus casillas. Y de los que estábamos en el mismo bando, pongo la mano en el fuego por la mayoría, salvo algún “venao” o algún otro psicopatón (que de todo hay), la inmensa mayoría gustábamos de la vida tranquila, y algunos, incluso, bucólica. Pero en la literatura clásica el pastor de rebaños, el poeta de los claros de luna y el joven rústico que guía su yunta de bueyes pueden convertirse en guerreros cuando se trata del deber y el deber, entonces, era que no hubiera más ataques contra la sede. Por lo tanto, de no haber salido aquella voz emboscada e insultante, seguramente nada más hubiera ocurrido, salvo la tensión de dos grupos que se contemplan y se odian. Al oírla, creo que fue Masana el primero en salir como una exhalación al grito de “A la carga”, los demás cargamos intentando ser los primeros en alcanzar el contacto físico. Esa era la actitud a adoptar en los cuerpo a cuerpo. Apenas diez minutos después, la acera derecha de las Ramblas estaba llena de ambulancias recogiendo a los heridos.

Tuvo lugar uno de esos episodios que se recuerdan como grotescos y que dan la medida del personal con el que se movía la extrema-izquierda. Un grupo de rojillos había salido corriendo por la acera del Banco Central en Plaza de Catalunya. Les perseguimos y, mira por donde, vimos que se habían metido por el callejón de Santa Ana del que sabíamos que la salida estaba cerrada con candado. Dejamos de correr y nos limitamos a avanzar inexorablemente con paso calmo, gritándoles alguna frase ilustrativa para generar el clima psicológico apropia: “Os vamos a hacer migas”, tampoco había que esforzarse mucho. Se habían escondido entre los setos del callejón. Primero salió una parejita encantadora a la que dejamos pasar. Eran demasiado encantadores para ser peligrosos. Pero había un tipo que teníamos identificado como asaltante del local y que no aparecía. De repente, en la ventana de un primer piso, lo vimos colgando y aporreando los vidrios hasta romperlos. Era él. Se había encaramado sobre un kiosco de flores y de ahí, en un salto simiesco alcanzó la reja de la ventana desde donde se zarandeaba en el vacío a unos cuatro metros del suelo. La visión de aquella especie de mico nos causó cierto alborozo. Sabía que “el Suizo”, uno de los nuestros, llevaba una pistola de fogueo, así que le grité: “Suizo, mátalo”. Y “el Suizo” le empezó a disparar balas de fogueo que el otro tenía por balas de tomo y lomo Me dirigí al sujeto: “Tíranos el DNI, la próxima vez que alguien intente asaltar el local de Fuerza Nueva iremos directamente a por ti”. El tipo lo entendió perfectamente, tanto que lanzó toda la cartera para evitar tener que buscar el documento y arriesgarse a caer. Y allí que lo dejamos.

Lo curioso fue que este individuo se quedó allí no fuera a ser que la fiera fascista, taimada y traidora como pocas, volviera cuando hubiera descendido de su pobre asidero. Ni siquiera nos planteamos volver la vista atrás, aquel asustado tipo valía menos que una prenda apolillada el día de las rebajas en Humana,. Quien si apareció por allí fue la policía, llamada por los propietarios del balcón alarmados porque alguien les estaba destrozando los vidrios. Y allí lo encontraron ejerciendo lo que la policía tomó por la vieja técnica del encalomo, habitual en los choros viejos. Subir por una pared a pelo o a lomos del socio y entrar a robar en una vivienda. Tras tranquilizarlo y lograr que bajara, la policía le pidieron la documentación y el tipo, claro, no le tenía encima. Se lo llevaron a comisaria y resultó ser un delincuente habitual de esos que tan frecuentes eran en la extrema izquierda de la transición. El remate de la historia es que esa última parte la sabemos gracias a Masana que, esa misma noche resultó detenido y encerrado en la misma celda que el tipoe en cuestión: “Esos fascistas, son pero que muy jodidos –le decía a Masana- al próximo que vea lo mato”. Luego le explicó como en los días anteriores él mismo había arrojado piedras sobre el local de Fuerza Nueva. El individuo se merecía todo lo que había pasado, el situarse al borde de partirse la crisma, el pasar tres días en los calabozos, el estar al borde de la ambolia cuando "el Suizo" le disparó y, suerte tuvo que lo ridiculo de sus peripecia nos excitara más la carcajada que el "furor de la orda sagrada de Odín". Los hay que ni siquiera se han enterado de que han vuelto a nacer.

Esto ocurría entre 22:15 y 22:30. Los incidentes que habían empezado hacia las 8:30 se prolongaron hasta las 11:00 en la calle Pelayo, y sólo en ese momento la policía empezó a disolver a los grupos fueran del bando que fueran. Bosch resultó detenido en la propia calle Pelayo y si no recuerdo mal le ocuparon la famosa pistola sindicalista de Durruti, esa que me había jurado y perjurado que no le acompañaría en el trance. El espectáculo que se daba en la parte superior de las Ramblas en la acera derecha era, literalmente, dantesco. Un reguero de gente apoyada contra los edificios, sentados en el suelo, sanguinolentos, esperando las ambulancias. Nos deshicimos del casco y pasamos con la moto por delante. Uno de ellos se aguantaba la oreja que apenas seguía adherida a su cabeza gracias a un hilillo de carne, mirando el infinito y diciendo: “Están locos, están locos, uno de ellos me atacó con un hacha”. Efectivamente, no era Harald Hardrada el del Puente de Stanford, pero sí era uno de los muchachos de Bosch que, exagerados ellos, decidió entrar en liza blandiendo un hacha de aizkolari.

Con la moto bajamos al hospital de Can Ruti cerca de las Drassanes, para ver si alguno de los nuestros había resultado herido. Por increíble que parezca, ni uno solo se llevó siquiera magulladuras. Uno de los bedeles del hospital, veterano de la División Azul, cuando nos vio aparecer sonriendo nos dio el parte de bajas: “¿Qué coño habéis hecho? En dos horas han ingresado a 80 personas descalabradas”. El saldo final era pues de 80 personas en el hospital (seguramente la cifra se debió incrementar con los que aún estaban tirados en Canaletas) y dos detenidos entre nuestra gente. El local de Fuerza Nueva nunca más volvió a ser atacado.

Masana tras su detención abandonó la actividad política en Fuerza Nueva y poco después se casaría con una militante del partido, siendo sustituido al frente de Fuerza Joven por Ramón Graells. Bosch siguió como siempre y su militancia acabaría mal apenas unos meses después como veremos en otro lugar. Así fue el “jueves negro” de abril de 1976, poco antes de la Semana Santa. No hubo en ello gran cosa de heroico; hoy estos incidentes no pasarían de ser considerados como una “lucha de bandas”. Para la mayoría de los que participaron fue casi un rito de iniciación en el que unos jóvenes a los que la política solo llamaba accidentalmente, realizaron su aventura iniciática en las Ramblas de Barcelona, como los jóvenes africanos van a cazar un león para saber que han dejado atrás la infancia y han entrado en la juventud. en uno de esos "ritos de tránsito" que con tanto detalle describe la antropología étnica. Para saber, en definitiva, que son hombres. En Occidente estos ritos de paso ya están olvidados, pero como decía Caro Baroja, cuando a lo iniciático se le cierra la puerta, entra por la ventana. Hoy, generaciones de jóvenes como aquellas van a gritar a los estadios y a armar bronca, forman parte de tribus urbanas. Nosotros, también tuvimos nuestras “tribus urbanas”, les llamábamos “Fuerza Joven”, “Joven Guardia Roja”, “Juventudes Falangistas”, “Juventud Comunista Revolucionaria”… A fin de cuentas, todos, nosotros y los de enfrente, lo único que queríamos era demostrarnos a nosotros mismos que habíamos abandonado los cuidados de papá y mamá y podíamos ser considerados hombres. La política era sólo accesorio, un pegote de la época. Para algunos, el episodio nos sirvió para demostrar que teníamos valor, o que otros, aunque valientes eran unos “venaos” y otros, francamente cobardones, incluso tirando a caguetas, que de todo tiene que haber.

En la transición ocurrieron decenas de episodios como éste. Cada remesa de militantes quería vivir, al menos una vez en su vida, la prueba del choque con el adversario, el enfrentamiento en el que deberían mostrar obligatoriamente su valor o simular que lo tenía. Si lo he traído a colación es porque fue el más violento de todos ellos. A veces he pensado que este episodio tenía su paralelismo en las narraciones de trifulcas entre comunistas y nazis que jalonaron  Alemania desde noviembre de 1918 hasta el 30 de enero del 33, del día de la rendición del Reich en la Primera Guerra Mundial al momento del desquite en la que Hitler llegó al poder. Pero, apenas hay comparación posible. En aquellos momentos se luchaba por Alemania; eran dos formas de concebir el futuro para el mismo país las que se enfrentaban en las calles de Berlín o de Munich y las dos estaban defendidas por gente que había surgido de las mismas trincheras de la guerra. De regreso a sus ciudades, en la paz, ni unos ni otros supieron, pudieron o quisieron integrarse en la vida civil. Habían conocido la camaradería del frente, la exaltación de las cargas a la bayoneta y la lotería inmisericorde de los obuses. Bolcheviques y nazis, cada uno aportó de manera muy diferente soluciones para llevar aquella camaradería del frente a la vida civil: o la "lucha de clases", o la "comunidad del pueblo", conceptos ambos que, a fin de cuentas, no eran sino antiburgueses. No había pues, ninguna similitud entre las peleas de cervecería entre bolcheviques y hitlerianos y nuestras peleas de adolescentes. Era fácil percibir que ni entre los militantes de ultraizquierda, ni la gente que estaba a nuestro lado existía nada profundo, como máximo, la búsqueda de una "prueba" que indicara al adolescente que se estaba haciendo un hombrecito. No puedo ver nada “heroico” en todo aquello.

Pero hay otra diferencia y quizás sea la más importante. En el curso de sus riñas de cervecería, hitlerianos y bolcheviques estaban haciendo la historia. A nosotros, en cambio, los titiriteros de la transición, jugaron con nuestra juventud, con nuestras esperanzas e ilusiones: no hicimos historia, nos metieron en una "historia" que no era la nuestra. Aquella noche, hacia las 21:00 empecé a preguntarme porqué diablos la policía no estaba interviniendo. De un momento a otro alguien podía matar a alguien. No era tan simplón como aquellos a los que llevábamos media hora calentando y que pensaban en su esquematismo simplón que “la extrema-derecha y la policía eran cómplices”. Luego supimos porqué la policía no había intervenido: se trataba, una vez más, de dejar que la extrema-derecha y la extrema-izquierda se deshicieran mutuamente. Era la estrategia de los “extremismos opuestos” que incitan a las buenas gentes, moderadas, timoratas, sin ganas de complicación, ansiando el orden y la estabilidad, a situarse bajo el paraguas protector del Estado.

Nos dejaron solos para que nos matáramos entre nosotros, y cimentar con cada gota de sangre las etapas de la transición: “Lo veis: son extremistas, se matan entre sí; para huir de ellos, deberéis echarnos en brazos nuestros, vendernos vuestras almas y aceptar entusiásticamente el sistema que os proponemos, de un partido único a un bipartidismo, de una ausencia de libertades a una libertad que tendréis aunque apenas la utilicéis, mientras ellos se matan, nosotros os damos destape, pan y música ¿qué más queréis? ¿qué otra cosa creéis que merecéis. No lo dudéis: tendréis libertad, amnistía, estatut d'autonomia y carné del paro”. Y España entera aceptó este programa.

Murió mucha gente en aquellos años, algunos eran de los nuestros y a otros muchos los mataron los nuestros y los asesinos pagaron casi todos con largas penas de cárcel,. La transicion destruyó muchas vidas y a la vista de lo que hay no estoy muy seguro de que tanta sangre derrmada haya valido la pena, especialmente porque la inmensa mayoría, sino todos, murieron sin saber por que.

Esa extrema-izquierda que había corrido aquella noche como conejillos asustados, de un lado a otro de las Ramblas, que fueron incapaces de articular una defensa contra un pequeño grupo decidido a pararles los pies a pesar de que el día ante se sintieran crecidos hasta llegar al hall del local de Fuerza Nueva, no era habitualmente inofensiva. En Euzkadi estaban asesinando a nuestros militantes, en la universidad habían expulsado y agredido a tal o cual estudiante tenido como “fascista”. Cuando estalló la bomba de la Cafetería California 47 y sólo media hora antes, la policía encañonaba a los militantes del Frente de la Juventud y los cacheaba apoyados frente a la misma cristalera que saltaría poco después con todo lo que había dentro, entendimos que había en ciertas franjas de la extrema-izquierda un ansia homicida dirigida contra nosotros y que era sólo un poco más desagradable que ese oportunismo sin escrúpulos del que hacían gala sectores amplísimos de la izquierda democrática que cinco años después daría lugar a unos de los períodos más corruptos en la historia de España: el felipismo. No en vano, entre 1979 y 1981, el PSOE fue integrando al Partido del Trabajo, a la Organización Revolucionaria de Trabajadores, a amplios sectores del ex FRAP, a la gente de la Organización de la Izquierda Comunista, a los de Bandera Roja. A muchos de ellos los habíamos conocido en la universidad y sabíamos de lo que podían ser capaces en el gobierno. Hace unos años, justo cuando estalló el Caso BOE, enésima muestra de la corrupción socialista, me encontré a un antiguo camarada de aquella época. No sé por qué salió a relucir el “jueves negro”. Le comenté que seguramente aquel día habían pagado algunos justos por pecadores y él me respondió: “es posible, pero no te olvides que a muchos corruptos de hoy, al menos nosotros les dimos unas cuantas hostias por anticipado, las que merecen y que ni el Estado ni nadie les va a dar jamás. Impartimos justicia por anticipado”. Me quedé pensando que quizás mi antiguo camarada tenía razón.

A 33 años de aquellos incidentes no veo en ellos nada profundo, muy poco de política, demasiado entusiasmo juvenil manipulado por los hacedores de la transición. Lo dicho, no hubo en todo aquello nada heroico. 

Tras el “jueves negro” vino la Semana Santa y luego mi vinculación a Fuerza Nueva aumentaría en los meses siguientes.

© Ernesto Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar procedencia.

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