Tenía decidido quedarme una temporada en España, intentar resolver el problemilla legal de la manifestación ilícita de junio de 1980 y esperar órdenes. Pasar una frontera tras otra con media docena de pasaportes arreglados era incómodo y peligroso. En cierta ocasión en aeropuerto de El Prat de Llobregat varios policías se pasaron uno a otro mi pasaporte. Me veía detenido, sin embargo, todo el problema estribaba en que ese mismo día vencía el visado. Afortunadamente no repararon en que la falsificación y era torpe y el sello de caucho impreso sobre la foto tenía forma apepinada en lugar de formar un círculo perfecto. En otra ocasión, atravesé la frontera de Le Perthus utilizando solamente una funda de pasaporte que no contenía nada dentro. En otra más el tipo de la foto no era yo, sino alguien que ni remotamente se me parecía. De todas formas, las entradas y salidas de España a Francia y viceversa la realizaba a través del Pirineo por la ruta que había descubierto y que fui perfeccionando hasta finalmente no tener que andar más de 500 metros entre que me dejaba un coche en una lado de la frontera y cogía otro más allá de la alambrada. En una ocasión la situación alcanzó los límites del surrealismo. Retornaba de Argentina y un par de camaradas me esperaban en la salida de internacional de Orly. Había logrado pasar la frontera con un pasaporte italiano a nombre de "José Antonio Olivera, nacido en Milán y residente en Barcelona", de profesión “empresario”. Me encontraba a pocos metros de la puerta de salida cuando advertí que los camaradas que me esperaban acababan de dar media vuelta, desapareciendo. Por mi parte, oía detrás de mí a alguien que gritaba un nombre al que no atendí. El infarto me rondó cuando una mano recia detuvo mi hombro: era el gendarme de la aduana. En ese momento lo único que pensaba es en mi próxima frase: “Me declaro prisionero político y no tengo nada que decir” o quizás aquella otra de “No hablaré si no es en presencia de mi abogado”. Decididamente no sabía cual sería más oportuna. Sin embargo, el gendarme estaba demasiado sonriente como para practicar una detención. “¿Es usted empresario de Milán?”, me preguntó sin abandonar su sonrisa. “Ejem… sí” le respondí con todo el aplomo que era capaz de reunir en aquel angustioso trance. “Es que yo canto ópera…”. En una fracción de segundo pasé de la angustia más absoluta a ver la luz: por algún motivo, este gendarme asociaba “empresario de Milán” a “empresario del Bel Canto”. Le tuve que aclarar que no era empresario de ópera, sino de import-export. El gendarme puso cara de tristeza y entonces se me ocurrió que no podía dejar las cosas así: “no soy empresario de ópera, pero tengo un amigo quesí lo es…”. Y recuperó la luz en su mirada. El gendarme, en horas libres, se dedicaba a ejercitarse en el noble arte de Pavarotti y Carreras, era un aficionado y solamente cantaba ópera delante de su sufrida esposa, pero no abandonaba la idea de dedicarse profesionalmente. Quedé con él unos días después en plenos Campos Elíseos para que me diera algunos casettes con grabaciones suyas para hacérselas llegar a “mi amigo el empresario del bel canto”. Logró llamar la atención  de la clientela activando el casette con sus gorgoritos a dos pasos de la sede de Aeroflot. Era uno de esos tipos excelentes, ingenuos y con un carácter extraordinariamente jovial que uno conoce por esos mundos de Dios. En varias ocasiones sentí escrúpulos de jugar a esa pantomima solamente para lograr que la próxima vez que tuviera que cruzar la frontera redujera los riesgos a cero. Así fue, en efecto. El día antes de retornar a Iberoamérica le llamé: “Mañana me voy, si estás de guardia –sabía que iba a estar de guardia- te agradecería que me acompañaras para evitar las colas y de paso tomamos una última copa”. Atravesé la aduana francesa con varios kilos de documentación bajo el brazo, precedido por el gendarme: “C’est mon ami”, dijo al  encargado del control de pasaportes. ¿Quién me iba a detener? Luego, en el avión tuve ocasión de reflexionar: me sentí odioso por haber engañado a una buena persona. De tanto en tanto pienso en aquel tenor aficionado y no puedo evitar cierta caída en mi autoestima.

En las aduanas andinas, las cosas son bastante diferentes; basta que uno vaya bien vestido y mejor peinado, muestre ostentosamente alguna revista en otro idioma (solía recurrir a Le Monde Diplomatique hasta que terminé aficionándome a su lectura), o haya entablado amistad con alguna chica de buen ver, para que los aduaneros no reparen en ti o te pregunten sólo si tienes algo que declarar. Es preciso mirarles a los ojos y sonreír lo justo. Y sobre todo, aplomo, mucho aplomo. La documentación falsa es un engorro para todo militante clandestino. A fuerza de cruzar una y otra frontera y que no ocurra nada, uno tiene tendencia a pensar que sus problemas han terminado. Sin embargo, él no es quien dice su pasaporte que es. El pasaporte otorga solamente una falsa personalidad que no tiene nada que ver con la personalidad real. Con el tiempo y a fuerza de pasar fronteras, la tensión se va relajando y el militante clandestino tiende a confiarse. En cierta ocasión tres militantes del Frente de la Juventud se fueron exiliados a Paraguay, dos de ellos con pasaporte  italiano recién “armado”. Les dije unos días antes que, Paraguay no era un lugar saludable; ellos argumentaban que era el “más anticomunista” de todos los regímenes suramericanos. Era cierto, pero también lo era que Stroessner y sucesores controlaban todo el contrabando del país y que si las cuentas no le salían por un kilo que le faltase era capaz de montar una operación policial en todo el país buscándolo. Por otra parte, en Asunción se encuentra la centra de la CIA para Iberoamérica. Es, además, un país muy pequeño en el que cualquier europeo recién llegado llama la atención. Bolivia, que entonces era gobernado por la izquierda, era, con todo, mucho más seguro. No me hicieron caso y aterrizaron en Asunción. Menos de un año después, cuando estaban comiendo, se rompieron puertas y ventanas irrumpiendo una unidad especial de policía. Recibieron una paliza allí mismo y otra en la jefatura de policía. Sobrevivieron de puro milagro, pero permanecieron un año en la cárcel sin que nadie se dignara explicarles los motivos. La seguridad paraguaya pensó, inicialmente, que se trataba de activistas de ETA. Y les dio más fuerte. Así son las cosas en aquel remanso de paz que es Asunción de Paraguay. Todo había ocurrido porque al cruzar la frontera paraguaya con los pasaportes italianos creyeron que sus problemas habían quedado atrás y no era así, especialmente, cuando apenas sabían decir "spagethi" en la ñengua de Dante.

No extrañará a nadie que después de tres años de atravesar fronteras en estas condiciones, terminara por estar harto. Así que en octubre de 1983 regresé con la intención de presentarme en la Audiencia Nacional. Llegué hacia finales de octubre y quise pasar unos días con la familia. Luego la navidad quedaba cerca y  opté por presentarme después de las fiestas. Fue entonces cuando me encontré con Fermín Bocos de Interviú. A la salida de la reunión, en plena calle Pelayo, pisé una mierda de perro, caí y me hice trizas el codo. Cuatro días después me operaban en el Hospital Clínico de Barcelona extrayéndome media cabeza del radio. A pesar de encontrarme todavía en clandestinidad, suponía que no existiría ningún hilo entre la red hospitalaria y la jefatura de policía, así que no había riesgo. Pero luego, todo se torció. Y vale la pena recordar cómo y por qué, o quizás mejor cómo y a causa de quién.

Estar en la lista de busca y captura implica que tu nombre está en una base de datos. No quiere decir que la policía te busque afanosamente, sino que si te encuentra, sin saber quien eres, y comprueba tu identidad, sale en ese momento el “marrón”. Dicho de otra manera, alguien que está mucho tiempo en clandestinidad y al que no se le busca por motivos muy especiales, solamente puede ser detenido por la policía en dos hipótesis: o por que casualmente le piden la documentación o porque virtualmente le traicionan. A mí me ocurrió lo segundo.

El 15 de febrero de 1983, la policía aparecía por el lugar donde me encontraba utilizando a mi mujer como escudo humano. En efecto, tras ella aparecían una docena de policías pistola en mano que la ponían por delante no fuera a ser que yo respondiera a tiros a la detención. Lo único que se me ocurrió decirles es: “Mira que sois exagerados”. Habían pasado las navidades, había dejado atrás los efectos de la amputación de parte de la cabeza del radio, estaba iniciando la recuperación y, había encontrado todo este problema un motivo para retrasar unos días mi presentación ante la Audiencia Nacional. Unas semanas antes, Luis Pineda, un antiguo camarada del Frente de la Juventud madrileño me había presentado a un fiscal de la Audiencia Nacional, amigo de su familia, el cual, tras la barra de un pub me explicó mi situación: “Te buscan por una manifestación ilegal. Es casi un chiste en este país en donde ETA asesina un día sí y otro también. Preséntate y el fiscal que le toque el asunto no tendrá inconveniente en dejarte en libertad”. Y se atizó otro copazo. El problema era que no iba a tener ocasión de presentarme voluntariamente. Primero la navidad, luego la rotura del codo y la consiguiente operación. Pero, realmente, la culpa de que la policía me localizara en Barcelona la tuvo Carlos Blasco que seguía empeñado en reconciliarme con Ramón Graells.

Vale la pena poner en antecedentes sobre el origen de la disputa con Ramón Graells, pero para ello hay que aludir a algunos antecedentes: Fuerza Nueva, el Frente Nacional de la Juventud....

De la religión a la experimentación

Hacia septiembre de 1977 fui expulsado de Fuerza Nueva. ¿Motivo? Haberme casado por lo civil. En aquellos años éramos raros los que no subíamos al altar. Casarse por lo civil implicaba entonces visitar la parroquia por última vez y solicitar al sacerdote un dramático “certificado de apostasía”. Cuando lo tuve en mis mano experimenté una sensación de proximidad hacia Juliano el Apóstata, emperador que me habían intentado hacer odiar mis muy progresistas curas escolapios, pero por el que siempre he sentido admiración, sino devoción. Realmente, la entrevista con el sacerdote fue menos tensa de lo que hubiera pensado: “¿El certificado de apostasía? Sí, hijo, ahora mismo te lo hago” y el mosén añadió no sin cierto aire de desesperanza y comprensión: “Si es que tal como está la Iglesia de nada os va a servir a los jóvenes”. Eso mismo pensaba yo.

En octubre 1966 los escolapios nos hacían asistir diariamente a misa a primera hora de la mañana, en solemne rito tridentino; las únicas canciones que cantábamos eran en gregoriano. Ese mismo curso escolar cambiaron el emplazamiento del altar para que el cura pudiera decir la misa frente a su público y en cuanto a música sacra, salimos malamente damnificados cuando cambiaron el gregoriano por la Misa Luba, los espirituales negros y el kumbaya. Aquello era lo que los escolapios entendían por acercar la misa al “pueblo de Dios”. Entre eso y el “darse la paz”, el culto católico había dejado de ser una mera manifestación exterior para convertirse en una expresión de demagogia social. De la nada a la más absoluta miseria.

Yo fui uno de los que ese curso dejé de ir a misa y dejé de creer, primero en el Dios de la biblia y luego en cualquier otro Dios. Al menos, el budismo no te obliga a creer en un dios personal y a medida que vas progresando en su senda te va siendo cada vez más claro: se empieza con el “no hay Dios” personal, se pasa del “Buda era un hombre como tú”, al “Buda histórico nunca existió” y se concluye, “por muchas veces que Buda haya nacido, no te va a servir como no nazca en tu interior”. La conclusión es bonita, pero mucho más que bonita, educativa y con desembocaduras terribles: no hay dios al que agarrarse, no hay clavos ardiendo en los que confiar, no hay otras vidas tranquilizadoras, no hay esperanza para desesperados, no hay anestesias para el espíritu.

Lo entendí en cierta ocasión en que meditando experimenté una sensación extraña: la del despertar. Realizar aproximaciones a ese estado sería demasiado ambicioso para este pobre plumífero, especialmente cuando ya Borges lo definió en su relato El Aleph, o con Arthur Koestler en su El Cero y el Infinito como “conciencia oceánica”, o, finalmente, Aldous Huxley demostró haber llegado hasta él en Las puertas de la percepción. Yo sentí esa misma sensación en aquellos meses de clandestinidad mientras practicaba zen. Entendí por qué Evola había titulado su estudio sobre el budismo La doctrina del despertar. O por qué Gustav Meyrink –bendito Meyrink y bendita su obra- escribió en sus mejores páginas de El rostro verde que “velar lo es todo”. Estar en vela es estar despierto. Cuando esos momentos de ruptura con la conciencia ordinaria se producen, se experimenta la sensación muy vivida y auténtica de “estar despierto”. Hay que ser muuy precavidos ante este tipo de experiencias, los textos zen alertan sobre estas experiencias de trascendencia que, a la postre, pueden resultar falsas y ser, en última instancia, nuevas manifestaciones del ego que se resiste a perder protagonismo. En cualquier caso, si el "despertar" es remotamente parecido a lo que yo experimenté habrá que fecilitarse porque si en aquel momento experimenté alguna sensación definible, ésta era la de una felicidad sin límites, sin posibilidades de expresarla con pobres palabras ni de encerrarla en definiciones racionales.

En cierto sentido este tipo de experiencias tienen cierta similitud con los efectos de las drogas psicodélicas. A fin de cuantas, la "psicodelia" etimológicamente no es más que  la "manifestación del alma" (de ψυχή, "alma", y δήλομαι, "manifestar"). Si bien es cierto que la definición es algo abusiva, lo cierto es que las drogas psicodélicas proporcionan efectos que trascienden la racionalidad y, utilizando la expresión de Huxley, "abren las puertas de la percepción". Harina de otro costal es lo que tú hagas con las drogas y si las drogas son los suficientemente fuertes como para abatirte o viceversa. Crowley llamaba a las drogas "el alimento de los fuertes" y ciertmaente lo es: consumirlas y sobrevivir, implica "ser fuerte". Consumirlas y ser arrastrado por ellas, equivale a ser como una mierda bien aplanada, pero sin el como. El problema es que la droga psicodélica implica insertar algo exterior al individuo que genera una reacción química en su cerebro. Por mucho que Castaneda y su Don Juan lo plantearan de otra forma, la triste realidad es que en una reacción química no hay nada de espiritual ni por asomo. Castaneda y su "vía del guerrero" sedujo a muchos de mi generación. Algunos se quedaron en la cuneta, incluso en nuestro ambiente político. Recuerdo, con especial cariño a uno de ellos: era noble de España, neurótico obsesivo y, en tanto que tal, coleccionista. Había pertenecido a Fuerza Nueva en sus últimos tiempos y a Juntas Españolas más tarde. Acompañado por un título de nobleza, afortunado él, no tenía que vivir para trabajar. Florensá, era un gran lector y estaba escribiendo una obra que debería revolucionar el mundo en el que se movía: Metafísica del Coleccionismo. Él y su grupo habían leído a Castaneda y decidieron experimentar con drogas. El canuto primero, luego la búsqueda de marihuana cada vez más fuerte. Y más tarde la heroica. En el viaje sin retorno, su madre le pagó primero las dosis para evitar que tuviera que delinquir. Así se fueron varios millones del patrimonio familiar. Luego vivieron las curas de desintoxicación. Los altibajos. Las recuperaciones momentáneas seguidas de caídas cada vez más profundas. Finalmente me vino a ver un día. Fue al lavabo y estuvo allí durante más de media hora. Bruscamente reparé que hacía rato que permanecía dentro del lavabo y era evidente lo que estaba haciendo. "¿No se te ocurrirá colocarte, verdad?", le pregunté intuyendo la respuesta: "¿Se nota mucho?". Sí, se notaba demasiado. Pensé en llamar a su madre para darle la mala noticia de que su hijo volvía a meterse caña, pero aquella tarde estaba muy ocupado. Florensá se despidió de mí sacando fuerzas de flaqueza y en su rostro era visible una extraordinaria amargura y la sensación de haber fracasado en la vida. Carlos Castaneda y esa ficcion maligna que inventó -su "Don Juan Matos"- estaban en el origen de su derrumbe. El fin de semana no me acordé de Florensá. Pocos días después me comunicaron que había muerto aquel mismo día en que lo ví por última vez. Pocas horas antes le habían comunicado que estaba infectado con el VIH. Eran los tiempos en los que resultaba habitual que los toxicómanos compartieran jeringuillas. Después de ver se fue a un bingo de la Meridiana, y en lavabo se inyectó una sobredosis de gran pureza. Se había suicidado y cabía recordar aquellas palabras de Ginsberg en su "Ahullido": "He visto a las mentes más lúcidas de mi generación destruidas por la droga, arrasadas por la locura". Florensá era una de las mentes más creativas que he conocido.

A partir de estas experiencias, a nadie le puede extrañar que no sea muy condescendiente con las drogas, ni con los que proponen su legalización. La droga, la psicodélica, abre ciertas puertas, muestra que más allá del mundo racional y sensitivos, existe otra realidad. Para activar esa percepción hay que consumir drogas, por tanto lo que se genera es un estado de dependencia. Y nunca es bueno depender de algo. Es como aquel usuario de un peep-show que sabe que mientras siga colocando monedas en la ranura, la chati de turno seguirá contorsionándose más o menos sicalípticamente, pero en el momento en que deje de hcerlo, la cortinilla le vedará seguir viendo las formas de sus sueños. No hay nada como el sexo en vivo, sin cortinilla y sin tragamonedas. No hay nada como estar retozando directamente con la chati. Por lo mismo, lo que puede percibirse a través de la droga ni tiene nada que ver con la espiritualidad, ni con búsqueda alguna, salvo que no sea la pura búsqeuda viciosa. Sin embargo, las prácticas tradicionales permiten prescindir de la moneda y de la cortinilla y, por así decirlo, tomar el cielo por asalto. Pero aún así, en los primeros pasos de la práctica de la meditación es frecuente la aparición de visiones, los llantos o las risas incontenibles, las experiencias extrañas, ante las que los maestros y los textos clásicos alertan: no hay que fijarse en ellas, no hay que agarrarse a ellas, no hay que buscarlas, sino simplemente dejarlas pasar y considerarlas como el necesario entremés de lo que vendrá luego, pero, en modo alguno, confundirlos con el plato principal.

Aquella tarde estaba leyendo un volumen publicado por Editions Copernic, la editorial francesa vinculada a la nouvelle droite, sobre Julius Evola. Me había atascado en un frase del Canon budista Palí: "Consideró el Nirvana como Nirvana y habiendo considerado el Nirvana como Nirvana pensó: "Nirvana", se identificó con el Nirvana, pensó como el Nirvana. Se dijo: "El Nirvana es mío" y se regocijó en el Nirvana. ¿Y esto por qué? a causa de su ignorancia te digo". El mismo texto en otra traducción no pierde su enigmático sentido: "Considerando la extinción como extinción, aquel que vive la extinción y experimentando la extinción, aquel no conoce la extinción"<br /><br />. No hay forma de interpretarlo y era un fragmento interesante porque, solamente en este texto Evola hubo encontrado un sentido a la vida. Después de la Primera Guerra Mundial, tras sus experiencias como poeta y pintor dadaísta, no conseguía encontrar un sentido a este tránsito por la vida y pensó en el suicidio. Le salvó precisamente este texto hinduista. En caso de atasco, lo mejor es pegarse un polvo. Luego las cosas se ven con más calma. No es una frivolidad. Para que la meditación opere efectos benéficos es preciso, en primer lugar no buscar nada, situarse en una situación de completo abandono de sí mismo, y en segundo lugar poder vencer fácilmente la tiranía del cuerpo, dicho de otra manera, el cuerpo debe estar debilitado. Un polvo en ayudas siempre es un polvo en ayunas y tiende a agotar el cuerpo. Otros logran ese mismo estado mediante “maceraciones” y ayunos. El polvo es, desde luego, mucho más reconfortante.

Poco después abordé la meditación tal como venía haciendo en los últimos meses: primera adoptando una posición cómoda, luego regulando la respiración, finalmente pasando revista a cada parte de mi cuerpo, luego inhibiéndome de cualquier pensamiento, en definitiva, unos prolegómenos de 20 minutos acabados los cuales me envolvió una increíble sensación de negrura. Cuando se cierran los ojos siempre se sigue percibiendo algún tipo de tonalidad o color. En esta ocasión un negro más negro que el negro era lo único que alcanzaban a ver mis ojos. Luego la sensación de caída vertiginosa, más tarde el percibir discos cortantes que venían hacía mí y literalmente me rompían. Y, bruscamente, la convicción de que “dentro de mí no hay nadie”. Habitualmente dentro de uno pugnan por aparecer distintos yos: vemos una película y nos identificamos con el prota, leemos un libro y nos inhibimos de la realidad en un proceso de identificaciones con personas, situaciones o estados. Es lo que los marxistas llaman “un proceso de alienación”. Nos alienamos cuando dejamos de ser nosotros mismos, para ser otra cosa. O como decía el diablo en el Evangelio: “Mis yos son legión”. Hay un yo valiente, otro yo conservador, otro lúbrico, otro festivo, otro generoso, otro ególatra y muchos más hasta lo incontable; todos ello se van superponiendo uno tras otra, con una formidable cadencia van asumiendo el control de nuestro Ego, por eso somos capaces de las mayores heroicidades y cinco minutos después de las vilezas más miserables; por eso somos capaces de decir una cosa y pensar otra; por eso la individualidad está hecha por múltiples vectores orientados en direcciones diferentes y contradictorias y que, finalmente, se anulan. Cuando se tiene la convicción de que, al menos en situación de meditación profunda, se ha superado momentáneamente todo este ciclo de contradicciones y conflictos internos, cuando, en definitiva, “dentro de mí no hay nadie”, es cuando empieza a ser posible percibir el mundo con objetividad, tal cual es, lo único  que a fin de cuentas, vale la pena en este tránsito.

La fe es un impulso emotivo y sentimental, irracional, que nos ayuda a vivir. Tenemos fe en la existencia de un dios todopoderoso que premia a los buenos y castiga a los malos. Tenemos fe en el más allá, en la vida eterna, en el perdón de los pecados, en la resurrección de los muertos, en la compasión de Dios, en la Trinidad y en los Santos… y eso hace que, a fin de cuentas, eludamos plantearnos cualquier problema sobre la trascendencia, simplemente porque tenemos fe en que nuestra “fe” es la fe verdadera. y la vida feliz que no conocemos ahora la conoceremos en el futuro a la diestra de Dios Padre. Además sirve, sobre todo, para mantener la cohesión y el orden social. Todo exoterismo es, a fin de cuentas, el intento de dar una sanción superior a un sistema de creencias que garanticen la estabilidad social. Si esa es la única forma para asegurar que no nos matemos unos a otros, para que no nos robemos sistemáticamente, bienes, propiedades y mujeres de prójimo a prójimo, para que no hagamos de la mentira una tradición, hay que reconocer que la religión es un invento genial. Más aún, si la religión sirve como puerta para que muchos entren en la vía del esoterismo, esto es, en la vía de la experiencia interior, el invento es, simplemente, genial, y útil para todos. A fin de cuentas el ateísmo puro y simple lleva a un nihilismo absoluto. No hay Dios. Vale, no hay Dios. No hay alma. Bueno, pues no hay alma, total para lo que la utiliza la mayoría de la gente que ni se ha enterado que la tiene, ni sabe para qué sirve, ni ha leído el folleto explicativo sobre su modo de empleo. ¿Qué no hay más allá? ¿y eso qué puede importar para los que no aspiramos más que a vivir el aquí y el ahora? De acuerdo, no hay nada de todo esto, la religión es una ficción ad hoc y nada más. ¿Cómo convencemos a la peña de que no mate, no robe, no mienta y, en general, no sea borde? ¿Mediante la coacción y la ley, vendiendo una ética que ni siquiera quienes lo venden respetan? ¿mediante la educación para la ciudadanía? Amos, anda... Mejor una ficción que, en general, se ha mostrado útil a lo largo de la historia, que la racionalidad que nos proponen ateos, agnósticos, librepensadores y positivistas que, no es que cree monstruos, sino que, de natural, ya tiende a ser montruosos.

La religión es un sistema casi perfecto y extremadamente simple: ayuda a mantenerse en pie gracias a lo irracional. El problema es doble: evidencia un bajo perfil espiritual y en segundo lugar, si por cualquier motivo, se pierde la fe, luego ya no hay forma humana de recuperarla. Además, contrariamente a sus pretensiones, la historia enseña que los sistemas religiosos no son eternos, nacen, crecen, evolucionan, declinan y mueren para ser sustituidas por otros. Es la rueda del zodiaco, hasta ahora no hay religión algura que no haya nacido de la combinación de símbolos zodiacales. Como si se tratara de un plano para orientarse en lo que vendrá. Desde hace 100 años se habla de la decadencia de Piscis-Virgo, signos antagónicos de los que se ha extraído lo esencial del cristianismo. Nos dicen quienes entienden de esto que viene Acuario-Leo, la polaridad siguiente y  que gobernará durante los próximos 2.125 años, lo cual no es poco. Acuario, la humanidad; Leo, la jerarquía. Quizás sea cierta la última profecía de la pithya de Delfos: "Un día Apolo volverá y será para siempre". Para un tipo cuya vida dura en la mejor de las hipótesis 100 años, 2.125 pueden ser considerados "siempre". La trascendencia está en cualquier parte, puede ser vivida en la soledad y en la estabilidad de una sesión de meditación y también en un ferrocarril metropolitano a una hora punta. La ventaja del paganismo clásico es que recomendaba la naturaleza salvaje como expresión directa de la trascendencia y como forma más accesible para alcanzarla. Haga montañismo, vaya con frecuencia a la montaña y lo comprobará. Creo que el viejo paganismo volverá y que determinadas formas de ecología y determinados deportes pueden ponernos en la pista de la trascendencia mucho más que todos los sacramentos y las docenas de iniciaciones del budismo tibetano.

A pesar de estar tonsurados, de haber recibido la iniciación sacerdotal y vestir hábito, los escolapios que tuve constituyeron para mí verdadera máquinas para hacer perder la fe a sus alumnos. Nunca más la recuperé. Hice esfuerzos por restablecer un vínculo con la fe que había ayudado a vivir y a morir a mis padres, con la fe de mi linaje, con la fe que había caracterizado a mi pueblo a lo largo de la historia. A falta de lecturas en La Santé, le pedí al cura de la prisión un ejemplar de la biblia en castellano y tuve con él unas cuantas conversaciones. Casi lo consigue, pero no, la fe es como la virginidad, una vez verdida no hay pegamento que te la re-ligue. La lectura de la Biblia tan sólo me sirvió para apreciar las pocas páginas de El Cantar de los Cantares, algunos de cuyos versos me había repetido tantas veces mi padre durante la infancia: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad”. Ni los salmos, ni las peripecias de los judíos yendo y viniendo por el desierto, ni el puteo del que fueron objeto por su dios, causaron en mí la más leve emoción. Intenté recuperar la fe de mis antepasados, pero no lo conseguí. Había hecho bien en abandonarla oficialmente cuatro años antes cuando solicité a aquel simpático sacerdote diocesano el “certificado de apostasía”. A fin de cuentas, el honor es más importante que la fe y el honor se pierde cuando lo que se hace no está en consonancia con lo que se piensa. Blas Piñar no lo vio así y me expulsó del partido. A decir verdad, Blas pensaba justo lo contrario de lo que yo pensaba en esa época en materia religiosa. Una buena dosis de realismo me hubiera simplemente ahorrado entrar en Fuerza Nueva a la vista de que el partido y su líder eran no solo católicos, sino católicos a machamartillo. ¿Por qué entré? por que había una tarea política por hacer yaunque su resultado no tuviera nada que ver con la Iglesia, si era cierto que, en mi primer contacto con Fuerza Nueva percibí rápidamente que, aun habiendo gente con una fe acrisolada, la inmensa mayoría vivía la religión con una indiferencia completa, y el nivel medio de práctica religiosa se situaba en un escalón quizás ligeramente más alto a la media de la sociedad española de la época, pero, en cualquier caso, bastante bajo.

Existía una contradicción creciente entre las gentes que llegaban a Fuerza Nueva atraídas, más que por los méritos del partido, por las dificultades y desajustes generados en la transición y por la sensación de que aquel período era duro y, en comparación con el cual, el franquismo era un ideal. En esto radicaba el drama del partido:  de un lado en que existía una contradicción entre los intereses y motivaciones de las bases del partido y los de la dirección, y de otro en que a medida que los desajustes de la transición fueran desapareciendo y el sistema entrara en su fisonomía definitiva, esto es, a medida que el franquismo quedara atrás, el partido iría perdiendo "tirón". Lo mismo ocurrió con el Movimiento Social Italiano a partir de los años 90: este partido tuvo como sustrato a los partidarios y simpatizantes de la República Social Italiana. Lo esencial de su electorado había salido de ahí y cuando empezó a mermar, por el paso de la dama de la guadaña, no tuvo más remedio que renovarse o morir. Fini optó por la senda de la renovación y en eso está. Fuerza Nueva hubiera podido seguir el mismo camino con el paso del tiempo de no huber tenido esa percepción tan particular  y excéntrica del franquismo como nacional-catolicismo y supeditase la acción política a la creencia religiosa.

Este no es un análisis a posteriori: era el que un grupo de camaradas hacíamos a principios de 1976. Se imponían dos líneas de trabajo: intentar que el eje de la "derecha nacional" (esto es de lo que hoy se llama "patriotismo social" y "derecha no liberal") no basculara tanto en torno a Blas Piñar y procurar que el partido adoptara una línea "más política" y "menos religiosa". Y fue en función de estas consideraciones como algunos camaradas que manteníamos contactos informales fuimos ingresando en Fuerza Nueva a lo largo de 1976.

En Fuerza Nueva

Había ingresado en Fuerza Nueva año y medio antes, hacia mayo de 1976. Asistía a una especie de acto en el antigua local del SEU de calle Canuda, tomé la palabra aludiendo al divorcio creciente entre el papel del rey asignado por Franco y el que había adoptado una vez muerto, me aplaudieron y, como en la época uno era sensible a estos halagos, me afilié. Escribía habitualmente en el semanario Fuerza Nueva (que había comprado ocasionalmente desde los 15 años) y era conocido entre la delegación de Barcelona por los artículos, pero no personalmente.

Hacia mediados de 1970, por iniciativa de Javier Antoja se había constituido en Barcelona el grupo Fuerza Joven, rama juvenil de lo que entonces era un círculo informal que rodeaba a Blas Piñar. Deberían ser no más de 15 jóvenes que disponían de un despacho en el local de la Hermandad de Alféreces Provisionales de la Gran Vía. Allí estaba también la ciclostil en la que editaban un boletín mensual o poco más. Repartían algunos panfletos y, sobre todo, acudían a los mítines de Blas. Todos ellos eran católicos tirando a ultramontanos y todos ellos sin duda bienintencionados pero con muy poca experiencia política. Había algunas chicas de buen o de buenísimo ver. En llegando a la Semana Santa una de ellas me llamó, era encantadora en todos los sentidos. Me invitó a quedar con ella. Lamentablemente era para que la acompañara a una procesión en el barrio de Sans. En aquel tiempo, prácticamente todas las parroquias hacían su procesión particular. Abría el cortejo la cruz y detrás alguna imagen particularmente notable de la iglesia, luego seguían las autoridades de riguroso uniforme: el jefe local del movimiento, el jefe de la Guardia de Franco, y así sucesivamente. En uno de estos saraos devotos conocí a Javier Gracia portando una cruz extraordinariamente grande y de aspecto pesado. Me dio la sensación de estar a punto de herniarse por el esfuerzo. De no ser por las cuerdas que ataban los brazos a derecha e izquierda, se le hubiera venido abajo el Cristo, la cruz y el INRI.

Aquel era un grupo formado por gente encantadora, pero era muy heterogéneo, la prueba es que pocos años después cada uno de ellos había adoptado un rumbo diferente. La hermana de Antoja era wagneriana y la tenía vista por los pagos de CEDADE. Otro, ya fallecido prematuramente, solía ir con camisa azul incluso dentro del local y terminó en la Falange Auténtica. Curro, pasó al PENS, como ya he dicho, y unos años después me lo encontré en un corredor de metro vendiendo Combate, la revista mensual de la Liga Comunista Revolucionaria. Antoja, tras un par de años de coordinar el grupo se retiró casi completamente de la actividad política y no tuvo protagonismo alguno en Fuerza Nueva durante la transición. De la rubia encantadora no volví a tener noticias tras la procesión, la supongo casada o recasada con familia numerosa.

El local de los Alféreces provisionales era un amplio entresuelo dominado por una enorme sala para casi un centenar de personas y un bar anexo para otro tanto. El resto eran despachos ocupados por las Hermandades de Ex Combatientes de las que, sin duda, la de Alféreces era la más poderosa. A unas ocho manzanas de allí, se encontraba un discreto quinto piso, en la misma Gran Vía, sede de la Hermandad de la División Azul, mucho menos influyente, pero mucho más militante. La primera institución estaba gerenciada por falangistas moderados, alejados de gesticulaciones revolucionarias y que, habían tenido su parcela de poder bajo el franquismo: allí se encontraban afiliados muchos concejales y ex concejales del ayuntamiento de Barcelona. Algunos pasaron a Alianza Popular, otros a UCD y sólo unos pocos a Fuerza Nueva. Los divisionarios, en cambio, más broncos y activistas, pasaron en bloque a Fuerza Nueva que aportó lo esencial de los altos mandos del partido en Barcelona.

En cierta ocasión, algunos miembros del PENS habíamos quedado citados en el local. Al lado nuestro había llegado un negro (aunque lo políticamente correcto es llamarlo subsahariano, el color de su piel legitima a llamarlo negro con toda la propiedad del mundo y sin rastro alguno de hostilidad, discriminación o racismo). Era habitual de la Hermandad de la Legión. Pidió una cerveza, el cantinero se la sirvió y debió caer algún fragmento de vidrio del cuello de la botella en el interior del vaso, porque al beberse de un trago el contenido, inmediatamente dio signos de que se estaba ahogando o lo que era peor, de que algo le estaba poniendo en un trance apurado. El cantinero llamó a la ambulancia y ahí quedó todo. Sin embargo, corrió el rumor en la Hermandad de que los del PENS habían “apalizado a un negro”. Entre episodios como éste y los asaltos a las librerías firmados por el PENS pero realizados por gente próxima a la Guardia de Franco, empezábamos a tener una fama tan endiablada como falsa.

El idilio entre la Hermandad de Alféreces y Fuerza Nueva no se prolongó excesivamente. Las hermandades de ex combatientes sostenían la curiosa e increíble teoría de que ellas “no eran políticas”. Bajo el franquismo, nadie era “político”: el ejército se declaraba apolítico, la policía gustaba presentarse como una institución profesional, en la Iglesia nadie quería ver nada político o que supusiera un apoyo al régimen, la educación era, por supuesto, apolítica, como apolítico era también el Frente de Juventudes, la OJE y el sindicalismo vertical. Y ya, en el colmo del desenfoque, el propio Movimiento Nacional de FET y JONS no era un “partido”, sino la “comunión” de todos los españoles en los ideales del 18 de julio… Había gente que todo esto incluso se lo creía. Fuerza Nueva, que sí era “política”, tuvo que cambiarse del local de los Alféreces al del SEU (que hacía 15 años que no existía, salvo el restaurantillo para estudiantes de pocos recursos que siguió abierto hasta que murió con Franco).

Era 1976 y, como joven que todavía era, me tocaba estar en la rama juvenil de Fuerza Nueva. Desde que Antoja se retirara a la vida privada, el partido no había conseguido cristalizar un grupo juvenil. Ahora se trataba de reconstruirlo e impulsarlo. Había una buena base militante de en torno a 50 personas y media docena de cuadros algo fogueados. Con todo, no me hacía excesivas ilusiones –quien se las hace no deja de ser un iluso- sobre el futuro del partido. De hecho, conocía a Blas Piñar desde 1970. Lo fui a ver junto con Enrique Molina otro dirigente del PENS en Badalona, a unas “jornadas” que organizaba la revista Fuerza Nueva en el Valle de los Caídos. Le preguntamos como veía la situación política y, aun sin lograr recordar exactamente sus palabras, recuerdo, sí, que salimos tirando a decepcionados. Para colmo, el entonces jefe de Fuerza Joven que si no recuerdo mal era Fernando Abollado, cuando le preguntamos sobre estrategias de lucha contra el comunismo, nos explicó con una seriedad pasmosa que “el comunismo es el brazo ejecutor del diablo contra la cristiandad”, respuesta que aumentó todavía más nuestro escepticismo en relación a Fuerza Nueva. Había gente, pero muy heteróclita y, poco aprovechable políticamente. Con esa impresión indeleble volvimos a Barcelona. Manteníamos en esa época contactos con José Luis Jerez, que nos había sido presentado por Della Chiaie que era redactor de la revista semanal.

En los años que siguieron y a la vista de los discursos que oíamos en mítines de Blas y de las columnas de la revista aumentó nuestra sensación de que aquel grupo aspiraba sobre todo a realizar una tarea pastoral y a difundir mucho más el catolicismo que pensamiento político alguno, por más que para ellos el catolicismo fuera, en sí mismo, una definición política. En aquellos momentos, la Iglesia de Paulo VI también se había declarado –para variar- apolítica. De hecho, todavía creo que Blas Piñar eligió una vía errónea a la vista de sus creencias más profundas. Probablemente le hubiera cuadrado mejor formar algo parecido al Movimiento Neo-Catecumenal de Kiko Argüello o a los Legionarios de Cristo, o si se nos apura mucho, a la asociación Familia, Trabajo y Tradición creada en Brasil por Plinio Correa de Oliveira. En todos estos grupos, nadie se llamaba a engaño: el carácter religioso aparecía por encima de todo y, desde luego, muy por encima de su aspecto político. Esto le hubiera permitido a Blas Piñar contar con un fuerte movimiento de matriz religiosa que en pocos años y a la vista del verbo fogoso de Blas, hubiera podido ser hegemónico entre los grupos católicos y, sobre todo, hubiera dejado libre el espacio político para opciones menos marcadas desde el punto de vista religioso.

En aquella época, yo había advertido sobre esta deriva del partido. Envié algún informe a Madrid en el que recordaba que en un partido político obligado a actuar en un marco democrático lo que cuentan son los votos y que la adscripción de Fuerza Nueva al catolicismo tradicionalista nos reducía, en el mejor de los casos a disputar un 5% del electorado que se identificaba con esa opción. Sostenía que el partido debería defender una ética y una moral, mucho más que una religión concreta. Pero esa, ni era la opción mayoritaria dentro del partido, ni siquiera la admisible. De ahí, primero mi puesta en el índice y luego mi expulsión.

Vale la pena introducir aquí una breve interpolación sobre Montejurra 76.

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