El arte de la quietud. La sabiduría de imitar a las estatuas

Publicado: Sábado, 07 de Febrero de 2009 11:13 por Ernesto Milá en ESOTERISMO

Infokrisis.- Otro artículo rescatado del olvido y publicado en 1997 en el suplemento de El Mundo de Catalunya, "Saber MAS". El artículo estaba ilustrado con imágenes de los mimos-estatua que aparecían en las Ramblas de Barcelona. Doce años después, otros mimos los han reemplazado y el artículo conserva toda su actualidad.


Las Ramblas barcelonesas son el permanente escenario en el que los más variados artistas muestran sus habilidades. Pintores, dibujantes, malabaristas, mimos, conjuntos de música, solistas, exhiben su arte a cualquier hora y fecha del año, gratuitamente o por las pocas monedas que usted quiera darles. Una buena parte de estos artistas se limitan a no hacer nada. Son las estatuas vivientes. Algo mucho más difícil de lo que parece...

METAFISICA DE LA QUIETUD

Las distintas tradiciones de oriente y occidente muestran una sorprendente unanimidad al exaltar los valores de la quietud. Se diría que hacen de ella un grado de perfección. Desde Demócrito de Abdera, el movimiento es considerado como la calidad del no-ser, mientras que la quietud lo es de un estado de la plenitud interior y, por consiguiente, del ser.

"Nadie se baña dos veces en el mismo río" había dicho el ingenioso presocrático; contemplando el mundo y la naturaleza, Demócrtico observó cual era la característica del universo manifestado, el movimiento, mientras que los dioses, allí en lo alto, en el Olimpo, ocupaban un lugar inmóvil ; en torno a ellos giraba todo.

Los alquimistas medievales observaron la movilidad de una gota de mercurio, su absoluta inestabilidad, el nerviosismo con que se mueve ante la más mínima alteración, y la compararon a la movilidad de la mente, perpetuamente agitada por pensamientos, deseos, pasiones. Vieron, sorprendidos, que el color del mercurio, es el mismo que el de la Luna y que también nuestro satélite tampoco se ve libre de los continuos cambios de forma.

Aquellos antiguos alquimistas, pensaron que la naturaleza del mercurio, de la mente y de la Luna eran similares. En su machismo antropológico, asimilaron la Luna a la mujer, pues el ciclo menstrual de una y el mes lunar tenían una duración similar y, por otra parte, se achacaba a la mujer los mismos cambios de carácter que al satélite.

Frente a la movilidad de este paquete simbólico, ellos erigieron como valor supremo, la estabilidad. El Sol situado en el centro del universo era inmóvil, impasible a los cambios, no necesitaba manifestarse mediante un ir y venir, le bastaba con mostrar su resplandor y obligar a que todo girara en torno suyo. Percibían que el Sol estaba presente en un metal apreciado desde la antigüedad, no por su valor dinerario, sino por ser considerado de su misma naturaleza, el Oro.

Los taoistas chinos, aun sin contacto con los sabios occidentales, llegaron a parecidas conclusiones. Establecieron que todo lo manifestado tenia dos componentes, yin y yang, el principio femenino cambiante y móvil y el masculino, estable e inmóvil.

El mundo clásico, había asimilado de la cultura egipcia, el concepto de "omphalos", el centro del Mundo, el lugar inmóvil en torno al cual giraba todo el globo. Por lo mismo, miraron las estrellas y vieron que la Polar indicaba el Norte, en torno a ella, giraba toda la esfera celeste.

LA QUIETUD A TRAVES DE LOS SIGLOS

Todas estas civilizaciones clásicas no se conformaron con glosar las virtudes de la quietud, también quisieron llevarla a la práctica. Si la virtud estaba en la quietud y el error en el movimiento, se trataba de llevar al ser humano aquella estabilidad interior que percibían en el cosmos. A partir de aquí, unos y otros fueron descubriendo las virtudes de la meditación.

Meditar, básicamente, consiste en sentarse, con las piernas dobladas y la espalda erguida, realizando el vacío mental. Entonces observamos que en nuestro cerebro hay movimiento continuo. Las prácticas ancestrales de meditación nos dicen que no debemos de preocuparnos por ello, que dejemos que nuestros pensamientos fluyan hasta que el mismo cansancio les obligue a detenerse, aconsejan que no fijemos la atención en las imágenes que aparecen sin cesar en nuestro cerebro. Cuando hayamos logrado detener el flujo mental, entonces podremos entrar en contacto con espacios más profundos y auténticos de nuestro Ser y tendremos una percepción directa y objetiva de la naturaleza exterior, de nosotros mismos y del Cosmos. Habremos despertado.

El yoga enseña esta vía. El Zen hace de ella una filosofía de vida. Pero también en climas más próximos al nuestro encontramos rastros de esta sabiduría. La oración católica debe realizarse en estado de total recogimiento interior, frecuentemente arrodillados, en total calma y concentración. Los musulmanes y, en especial, el sufismo, preconizan el cese de todo movimiento para vivir la experiencia de lo divino. Los judíos, los sábados apenas pueden realizar unas pocas actividades codificadas, el resto de la jornada deben pacificar su espíritu y detener su cuerpo. En la tradición nórdico-germánica, Wotan decide morir en el Roble del Destino para redimir a la humanidad. Su quietud en el árbol sagrado, como la de Cristo en la cruz, son signos de trascendencia. Buda permaneció años meditando, sin moverse ni una pestaña bajo la higuera, hasta que alcanzó la iluminación. Los antiguos faraones escuchaban, hieráticos, las peticiones y consejos de sus ministros, en estado de profundo arrobamiento; luego decidían que convenía hacer.

QUIETUD Y MUERTE

La primera característica de un organismo muerto es la ausencia de movimiento. Las antiguas tradiciones querían recalcar muy bien este aspecto: se trataba de morir para el mundo y nacer para la trascendencia. El hombre que, en su quietud, meditando, imitaba el estado de muerte, no hacía sino generar las condiciones para que se manifestara un alma más auténtica y profunda que, como el alma de los muertos, quedaba liberada tras el cese de la vida física.

Los alquimistas decían enigmáticos que el "muerto debe morir para que el vivo salga de la cárcel", entendían por uno y otro el hombre atraído por el mundo de lo contingente y su naturaleza más profunda, prisionera en el devenir de lo cotidiano. Varias herejías medievales y los gnósticos de Roma, consideraban que el alma estaba encerrada en una prisión tenebrosa y que solo la muerte podía liberarla. Pero cuando hablaban de muerte no aludían a la putrefacción de los tejidos orgánicos, sino a la detención de su flujo; querían crear, mediante sus prácticas, condiciones simbólicas similares a las que se producen al fallecer un ser.

COMO ROCA EN EL OCEANO

¿Qué piensan las estatuas vivientes de las Ramblas? Joseph Luburic huyó de la guerra civil yugoslava y el destino lo trajo a Barcelona. Aprovechando sus estudios de teatro y mímica se ganó la vida, primero en Barcelona y ahora en París, como estatua viviente. Tiene particular predilección por disfrazarse de payaso. Le gusta que los niños sonrían y se sorprendan. Le irrita que lo fotografíen sin dejarle alguna moneda. Para él, imitar a una estatua, es algo más que un medio de vida, es un estilo.

"Los que hacemos este trabajo cumplimos una tarea educativa -nos dice en su casi correcto castellano-. La vida ciudadana tiene una dinámica enloquecedora; cuando estoy en las Ramblas sin moverme, ajeno al tiempo, veo miles de personas y vehículos yendo de un lugar a otro; son gentes que se ven devoradas por el tiempo. Tienen prisa por llegar a sus trabajos, prisa por conocer la ciudad que visitan, la vida se les escapa como el agua entre los dedos. Yo, en mi quietud, detengo el tiempo, venzo al tiempo y soy el recordatorio para los que me ven, que la inmovilidad es necesaria para sobrevivir... y si además alguien me echa unas monedas, mejor que mejor".

A lo largo de la historia del arte y de la civilización, distintos símbolos han ido confirmando las palabras de Joseph Luburic. El símbolo de la roca batida por los vientos y las tempestades, que desafía el tiempo y la naturaleza desencadenada en su contra y sobrevive; la isla bienaventurada, situada en medio de los mares, como contrapunto a la superfluidez de las aguas, allí a donde van a parar los inmortales, aquellos que han roto la rueda del destino, la isla de Avallon donde Arturo y los héroes del ciclo del Grial van a gozar de las mieles de su triunfo, el Jardín de las Hespérides, situado en el centro del universo y donde el héroe clásico conquista los frutos de la inmortalidad. La montaña es otro símbolo de quietud, como también lo es el trono, elevado unos peldaños sobre el resto de los mortales y ocupado por un rey inmortal o por un faraón "osirificado", es decir, que ha sido investido de la misma naturaleza que Osiris, el dios del Sol.

Un altivo Don Quijote, un mandarín mecánico que tiende un caramelo al niño cuyo padre deposita unas monedas, un payaso sonriente y colorista, la estatua dorada de Colón, con el globo del mundo en una mano y los mapas que auguran su navegación en otra, un centurión romano con un cepillo en el casco y muchos y muchos personajes más, de mirada perdida y actitud hierática, nos observan desde las barcelonesas Ramblas. Distraen a los vecinos y turistas; hoy forman parte del paisaje urbano barcelonés. Pero también nos surgieron un estilo de vida, unos valores que hoy parecen periclitados. Son un canto a la serenidad; durante unas horas se han apeado del mundo. Nos recuerdan que nosotros también debemos poner serenidad a nuestras vidas.
 
[recuadro fuera de texto]

TRIUNFO Y TRAGEDIA DE TANCREDO LOPEZ

Tancredo Lópéz en su niñez conoció muy bien lo que era el hambre. Como a tantos diestros, la necesidad le impulsó a ponerse delante de un toro, pero no destacó como matador. Un día el miedo le dejó paralizado, pero milagrosamente el toro no le tocó.

En un principio no hizo mucho caso del episodio, pero años después, un torero mejicano, de apodo Orizabeño, le comentó un episodio similar y Tancredo López dedujo que la quietud despistaba al animal. Voluntariamente repitió la proeza de quedarse estático ante el toro. Había nacido una suerte herética en la tauromaquia: el tancredismo y un dicho que se haría popular y que indicaría la frialdad de quienes se hacen los indiferentes a pesar de las alusiones, hacerse el don Tancredo.
Tancredo López no tuvo mucha suerte en la vida. En 1898 se encontraba en Cuba practicando esta especialidad cuando debió huir, a prisa y corriendo, ante la inminente capitulación española. Fue un milagro que pudiera eludir el bloqueo americano de la época. Durante unos años logró mantenerse en el candelero practicando la suerte que le haría famoso. Habitualmente se quedaba estático en el interior del ruedo, subido en una silla. No siempre el toro permanecía indiferente; muy amenudo corneaba al sufrido Tancredo López que aguantaba estoico, seguramente pensando lo mismo que, posteriormente, "el Gallo" popularizaría: "Más cornadas da el hombre". Murió olvidado de todos en el hospital de Valencia, su tierra natal, el 12 de octubre de 1923.

La necesidad impulsa a unos a la acción y a otros a la contemplación. Tancredo López, en cambio, debió comerse su miedo, mientras esperaba la envestida del toro. 

(C) Ernest Milà - infokrisis@yahoo.es - http://infokrisis.blogiacom - prohibida la reproducción de este artículo sin indicar procedencia.

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