Raymon Llull: la sorprendente vida del

Publicado: Viernes, 12 de Diciembre de 2008 22:46 por Ernesto Milá en ESOTERISMO

Infokrisis.- Allí donde se producía alguna gran convulsión de su tiempo, allí iba Llull a proponer soluciones y examinar desde cerca el problema; allí donde se avecinaban grandes conflictos, Llull era capaz de intuirlo y ofrecer su mediación; donde la ciencia de su tiempo estaba atascada, Llull juzgaba que bien valía aprestarse a darle un impulso. Todas estas actividades dejaron innumerables huellas en documentos y registros reales e inquisitoriales, que permiten trazar la biografía de este hombre sorprendente que concitó adhesiones y despertó recelos e incluso odios eternos. Pero a pesar de la abundancia de fuentes, algo brumoso e impreciso, como un hálito de misterio envuelve la vida de este hombre providencial...

EPISODIOS MITICOS

    Llull había nacido en Mallorca entre el 1233 y el 1235. El "Directorio de los Inquisidores" dice de él que era "catalán, mercader, oriundo de Mallorca, era laico, fantasioso, impérito, que había escrito unos cuantos libros en lengua catalana vulgar, porque era totalmente ignorante de la gramática". Quien le dedicó estas líneas -el inquisidor Nicolau Eimerich- evidentemente no le tenía mucha simpatía. Lo único que hay de cierto en estas informaciones es su lugar de nacimiento y la profesión de sus padres que pudieron darle una desahogada situaciones económica. Como San Ignacio de Loyola, durante su juventud fue un aventurero de pocos escrúpulos, perseguidor de mujeres y amante impenitente.

    Emprendió su camino de Damasco al quedar prendado por la belleza de una noble genovesa, Ambrosia de Castello a quien asedió. Es célebre su irrupción a caballo en una iglesia para depositar a los pies de su amada un madrigal. Tras este episodio, Ambrosia aceptó recibirlo en sus habitaciones y teniéndolo con él empezó a desnudarse, no para satisfacer los ímpetus del joven Llull sino para mostrarse un seno carcomido por un cáncer. El mismo Llull contó el episodio explicando como retrocedió horrorizado. En sus oidos quedaron grabadas las palabras de la dama: "Miralos bien Raimundo; contempla la fealdad de este cuerpo que ha conquistado tu afecto. ¿No harías mejor consagrando ese amor a Jesucristo?".

    Se retiró a meditar y pensó que el ejercicio de la lírica trobadoresca podría calmar su angustia; pero la poesía no logró serenarlo. Se le apareció una cruz y la rechazó; y aun hubo de aparecer tres veces más la visión para que comprendiera su vocación. A partir de ese momento Llull decide entregar su vida "a señores que no se corrompan jamás" y el único que conoce así es Dios. Quiso ratificar esta decisión mediante una acto que demostrase lo muy atrás que había quedado su disipada vida anterior. Y peregrinó a Santiago de Compostela. Llull sitúa este viaje en 1267, cuando contaba treinta y tres años... Demasiado simbolismo para no tomar esta peregrinación como una alegoría, que habían utilizado ya otros muchos hermetistas, como Nicolás Flamel o Basilio Valentino.

    Llull aportó varias innovaciones a la alquimia: ideó un recipiente de destilación llamado "pelícano" y un "sello hermético" para cerrar los recipientes en el interior de los cuales se cuece el compuesto filosofal. Estas aportaciones son descritas ampliamente en su "Elucidación del Testamento" uno de los tratados alquímicos que se le atribuyen. En otro tratado llamado "La Clavícula" describe todo lo necesario para la realización de la Gran Obra, lamentablemente, siempre en lenguaje alegórico o simbólico: "Hemos llamado Clavícula a esta obra porque sin ella es imposible comprender los demás libros nuestros, cuyo conjunto cubre el Arte entero y porque nuestras palabras son oscuras para los ignorantes", son sus primeras frases. Y advierte también en la introducción "Tened cuidado de revelar este secreto a los malos, no lo comuniqueis sino a vuestros amigos íntimos, aunque no deberíais revelarlo a nadie, porque es un don de Dios que con él hace un  regalo a quien le parecce bueno. El que lo posea, tendrá un tesoro eterno".

LLULL Y LOS "NOBLES DE LA ROSA"

    Toda la actividad de Lull en relación a la alquimia está envuelta en el misterio. Y sin embargo corren aun entre los coleccionistas unas monedas acuñadas, según se dice, con oro obtenido por Lull en una memorable transmutación en la Torre de Londres.

    Para Lenglet de Fresnoy, autor de la muy celebrada "Historia de la Filosofía Hermética", Llull se desplazó a Londres en 1312 llamado por el rey Eduardo de Inglaterra. Como veremos, en esa época, el místico defendía la idea de una nueva cruzada y viajó con la intención de pedir financiación para dicho proyecto a los reyes de Inglaterra y Escocia. Ambos monarcas alegaron falta de medios económicos para justificar su negativa a participar en la operación.
 
    Llull prometió facilitarles la suma que pidieran y para ello instaló en la Torre de Londres su laboratorio hermético. A los pocos días estuvo en condiciones de operar la transmutación obteniendo una extraordinaria cantidad de oro con la que se acuñaron unas monedas conocidas como los "Nobles de la rosa". Lenglet de Fresnoy añade que "Todos aquellos que han examinado esas piezas, tan curiosas y buscadas en Inglaterra, reconocen que son incluso de un oro más perfecto que el de los Jacobos y otras modenas antiguas de oro de este tipo. Hay incluso una inscripción que los distingue y que muestra que las piezas fueron hechas por una especie de milagro". La inscripción dice así: "De la misma forma que Jesús había pasado invisible por entre los fariseos, así el oro alquímico pasa inadvertido entre vosotros".

    La existencia de los "Nobles de la Rosa" es incontrovertible, así como la presencia de Llull en Inglaterra; todo lo demás está envuelto en la leyenda. Ciertamente buena parte del centenar de tratados alquímicos atribuidos a Llull es manifiestamente falso y entre las suspicacias que despertó en el Gran Inquisidor Nicolau Eimeric no figura la práctica de la alquimia, pero si se alude, en cambio, a la práctica de la nigromancia. Efectivamente, la acusación aparece en el tratado acusador de Eimeric titulado "Fascinació de los lul.listas" escrito con posterioridad a la muerte de Llull. En otra obra análoga, el "Directorio de los Inquisidores" se acusa a Llull de haber divulgado obras "obtenidas mediante arte diabólica, porque no le había sido comunicada por los hombres, ni por el estudio humano". Tanto la acusación de nigromancia, como la alusión a las artes diabólicas, eran frecuentemente eufemismos que los inquisidores utilizaban para evitar hablar del noble arte de la alquimia que inmediatamente suscitaba el favor popular y la posibilidad de apoyos de la nobleza.

LA ESCUELA LULIANA


    Llull tardó siete años en apaciguar su espíritu, luego emprendió su viaje real o imaginario a Santiago como inicio de una serie de desplazamientos por las grandes orbes del mundo conocido. En 1265 regresa a Palma de Mallorca con un bagaje cultural envidiable.

    Nuevamente encontramos un episodio en la vida de Llull que es imposible dilucidar lo que tiene de realidad y de símbolo. Un esclavo árabe de su propiedad se reveló; blasfemó de Cristo e hirió a Llull. Luego se suicidó. Llull entró como terciario en la orden franciscana y meditó en la soledad del monte de Randa, situado en el centro geométrico de Mallorca. En el lugar donde hoy se encuentra el santuario de Nuestra Señora de Cura se hallaba la cueva elegida por Llull para retirarse en 1273 durante ocho días; fue allí donde tuvo su primera iluminación de la que saldría el "Ars Magna". Concentrado en sí mismo, de repente alzó la vista hacia el árbol que le cubría con su sobra y pudo ver en las hojas las letras ordenadas que comprondían su obra capital. Durante cuatro meses, volvió a tener visiones angélicas y con ellas la revelación de toda la ciencica de su tiempo. Estas visiones le acabarían otorgando el título de "Doctor Iluminado".

    El rey Jaime de Mallorca se interesó por esta obra y facilitó los medios para la puesta en marcha del Colegio de Miramar, escuela de misioneros y traductores especializados en llevar la palabra de Dios a los países dominados por el Islam. Trece franciscanos fueron sus primeros alumnos. Llull pretendió crear instituciones de este tipo por toda la cristiandad, convencido de que era posible convertir a los musulmanes mediante la argumentación.

    Intentará que el Papa Honorio IV aprobara su sistema de formación de misioneros, pero el día en que puso el pié en Roma -el 3 de abril de 1287- el papa acababa de morir y Llull se retiró a París. En la Sorbona disputó con Duns Scoto del que llegaría a ser gran amigo. El canciller de la Universidad, Bertaud de Saint Denis le permitió enseñar sus teorías. De esa época data el "Libro de las Maravillas". Luego en Montpellier escribió el "Arte Inventiva" y el "Arte Amatoria". Buena parte de esta producción parece de corte oriental; ya por entonces Llull era un perfecto conocedor de la literatura árabe; había leído los texos sufíes y la poesía musulmana y encontró en ellas inspiración y técncias precisas.

    Pasó por Montpellier e incluso es posible que hubiera conocido personalmente a Arnau de Vilanova. Contrariamente a Arnau, Llull no cree en la venida inminente del Anticristo -contra el que, por lo demás, escribe un opúsculo- pero, ambos coinciden en la necesaria reforma de la cristiandad que, como veremos, pasaba por la organización de una nueva cruzada y de la conversión de los infieles. Difunde estas tesis en los medios universitarios y entre los franciscanos espirituales. Pero, poco a poco, se va conveniendo de que en esto existe demasiada teoría y que es preciso predicar con el ejemplo.

    Tras una crisis interior decidirá desplazarse a Barbaria (Túnez) para predicar entre los infieles su "Arte". Estaba convencido de la infalibidad de su método, obtenido por revelación divina. Algunos historiadores opinan que Llull buscaba desesperadamente el martirio. No lo conseguiría ni en este viaje ni en otros dos posteriores. A la expedición a Túnez seguiría otra en 1301 a Chipre y Armenia y una siguiente a Bugia. No hubo martirio, ni tampoco resultados positivos; los años siguientes serían  igualmente parcos en éxitos... tanto para Llull como para la cristiandad.

LLULL Y LA ORDEN DEL TEMPLE

    El siglo XIII no terminó bien para la cristiandad. San Juan de Acre fue ocupado por los musulmanes y la pérdida de Tierra Santa en 1291 constituyó un verdadero trauma para la cristiandad. En su momento todavía no se advirtió, pero aquella derrota constituía el fin de una forma de concebir el mundo y entrañaría, por eso mismo, la crisis de las Ordenes Militares.

    El período que va de 1291 hasta 1307, año en que son detenidos los templarios, está marcado por la búsqueda de un culpable de la derrota. Los reyes, por lo demás, habían perdido de vista, en su gran mayoría, los objetivos heroicos y el espíritu de las cruzadas, les interesaba mucho más ordenar sus reinos, doblegar a la nobleza feudal e iniciaban visiblemente un proceso de concentración de poder que debería culminar un par de siglos después con la constitución de los primeros estados nacionales. Los reyes eran los primeros en necesitar un culpable a quien señalar y si, por lo demás, podían requisar sus fondos y llenar con ello sus arcas, mucho mejor. Durante estos quince años, particularmente en Francia, la Orden de los Caballeros Templarios fue el chivo expiatorio al que se responsabilizó de todas las desgracias de la cristiandad. Tampoco los Caballeros Teutónicos, ni los Hospitalarios se vieron libres de críticas y acosados por papas y reyes. Sin embargo, iban a ser los templarios, las verdaderas víctimas de este triste episodio que prefigura la historia moderna de Europa.

    En los primeros años del siglo XIV se hizo evidente que la política templaria no coincidía para nada con la de Felipe el Hermoso rey de Francia. Este, por lo demás estaba endeudado desde el 1300 con los templarios que le habían prestado cien mil libras para costear su corte. Felipe debió refugiarse en la Torre del Temple de París hostigado por sus súbditos. En esos años los templarios se habían manifestado partidarios de limitar el poder real en beneficio de las instituciones feudales, religiosas y corporativas. Felipe comprendió pronto que su suerte personal estaba ligada a la de estos caballeros cuya tutela jamás lograría sacudirse. Así que decidió exterminarlos con la complicidad y adquiescendia del papa Clemente V, pues tampoco el papado veía con buenos ojos el poder templario y se había hecho eco de los rumores que corrían sobre extrañas ceremonias y ritos iniciáticos aprendidos en Tierra Santa por el contacto con sectas musulmanas. Desde 1179 llegaban acusaciones del clero contra la orden, pero su valor en el combate y la copiosa sangre templaria derramada en defensa de la cristiandad había acallado todas estas fabulaciones.

    A principios del siglo XIV se vivía otro clima muy diferente. En esos momentos Ramon Llull aparece en escena. Escribe una misiva al papa Nicolás IV titulada "De qué manera se podrá recuperar Tierra Santa" que contiene una propuesta audaz ya que no original. En efecto, desde mediados del siglo XIII, Federico II había propuesto un plan de unión de las tres principales órdenes militares. Llull lo recupera cincuenta años después y considera que solamente la fusión podría crear una punta de lanza lo suficientemente aguerrida como para que la cristiandad pusiera de nuevo pies en Tierra Santa. El Temple, los Hospitalarios y Teutónicos deberían aliar sus fuerzas en la "Orden del Espíritu Santo".

    Llull se desplazó a Chipre para entrevistarse con Enrique II, rey de los Santos Lugares que permanecía en esa isla, último reducto del Reino Latino. No obtuvo nada de lo que pedía, ni apoyo para su proyecto, ni tan siquiera permiso para marchar en busca del misterioso reino del Preste Juan en la ruta hacia Oriente. En Famagusta fue recibido por el Gran Maestre del Temple, Jacques de Molay, quien tras acogerle le negó igualmente cooperación. Molay no pensaba que su orden pudiera ser liquidada solo tres años después, se veía maestre de la organización militar más poderosa de su tiempo, con 30.000 combatientes, 9.000 emcomiendas y miles de toneladas de metales preciosos en sus arsenales.

    Ramón Llull no se rinde. Está persuadido que la cristiandad va a derrumbarse y es preciso preparar la llegada del Reino del Divino Paráclito, ese Espíritu Santo, cuyo nombre quiere que sea el de la Orden Militar nacida de la fusión de las otras tres. Llull marchará a entrevistarse con Jaime II de Aragón en 1305; para él ha escrito "Liber de Fine" que el rey remitirá a Clemente V. Débil y temeroso, el papa tiene conocimiento de la conspiración que Felipe el Hermoso está urdiendo contra los templarios y pretende encontrar una salida en la fusión de las órdenes militares. La lectura del documento de Llull inspirará una misiva a los maestres de las tres órdenes en donde les sugerirá seguir el consejo de Llull. Pero la carta quedará sin respuesta durante muchos meses y cuando De Molay se digna contestar, la negativa, educada y correcta en su forma, es radical en su fondo. El 13 de octubre de 1307 la suerte está hechada para los templarios que son detenidos en todas las encomiendas situadas en territorio francés.

    Pero tampoco este descalabro para la caballería medieval indujo a Llull a la pasividad o la renuncia a su proyecto; antes bien, volvió a escribir al papa para pedirle la celebración de un concilio que tratara sobre la disolución de la Orden y reconsiderara, a la luz de los nuevos acontecimientos, su proyecto de reconquista de Tierra Santa y fusión de las órdenes militares. Llull, sin entrar en la legitimidad de las acusaciones de Felipe el Hermoso contra la Orden, admite que los intereses templarios se han trasladado a Occidente, después de la pérdida de Acre y Jerusalén y considera que aquí entran en contradicciones con las distintas monarquías nacionales en formación. La única solución al problema consiste en unificar esfuerzos, aprovechar el legado templario y sus riquezas, para impulsar una nueva cruzada. Ingenuamente escribe al rey de Francia su memorial "Liber de natali pueruli parvuli Christi Iesu", pidiendo apoyo para su proyecto.  El Rey quiere la destrucción de la Orden y su oro. Otro tanto harán, con mayor o menor rapacidad, todos los reyes de la cristiandad. Llull intentará inútilmente salvar su proyecto en el Concilio de Vienne.

    Morirá un año después de que Jacques de Molay y los altos dignatarios del Temple fueran quemados en una pequeña isla del Sena, tras Notre Dame de París, cuyas torres jamás acabarían los canteros medievales como protesta por la ejecución de quien tanto les ayudó.

© Ernest Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com

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