Infokrisis.- Rodríguez Braun y compañía, economistas mediáticos siempre a punto de saludarse como liberales y de celebrar las virtudes nunca evidenciadas del todo del liberalismo económico, sostienen que nunca ha existido una economía verdaderamente liberal y que siempre el mercado ha estado condicionado por los Estados. En el momento en que se dé vía libre para una economía en la que el Estado ni participe, ni regule, ni siquiera opine, entonces asistiremos a una verdadera vida económica liberal hecha de progreso, crecimiento ilimitado y bienestar generalizado para todos. Pero, oh maldición, mientras el Estado intente regular algo, la pureza  virginal del liberalismo de estricta observancia se corromperá y cualquier crisis será posible.

El gran problema de los economistas liberales es que, fundamentalmente, son periodistas o profesores universitarios, se ganan bien la vida y jamás descienden al terreno de la economía real y de la praxis liberal. Si lo hicieran, si descendieran a lo real, les ocurriría como a los empresarios de formación liberal ansiosos, no de que el Estado no intervenga, sino de que el Estado acuda en su ayuda tantas veces cuanto haga falta y que el Estado regule el mercado en beneficio suyo.

Resulta pues que el liberalismo, presentado como panacea, como antaño el comunismo, jamás se ha experimentado de manera pura y cristalina, y, por tanto, jamás ha podido dejar constancia de su valor real... Pero, de la misma forma que el GULAG estaba en Marx, pero solamente salió a la superficie como lo peor del stalinismo, las crisis cíclicas anidaban en el pensamiento de los primeros liberales, precisamente, porque cuando se teorizó el liberalismo la psicología era una rama del saber muy atrasada –de hecho, todavía hoy sigue atrasada- en relación a otras ciencias. Por tanto, no es raro que lo peor del liberalismo salga a la superficie con las grandes crisis… y se mantenga más discretamente en situación de pujanza económica (pero no desaparezca del todo, como no desaparecieron durante la pujanza aznarista, los contratos basura, la precariedad laboral, las diferencias salariales abismales, las malas condiciones de trabajo y la inseguridad laboral rematada por unos sindicatos que debían fidelidad a ese Estado que le extendía cheques a fin de mes.

Si los primeros liberales hubieran sabido algo de psicología habrían previsto que un mercado libre, completamente libre, es inviable porque en el ser humano de mentalidad e instinto depredador, anida el afán de lucro y de máximo beneficio con el mínimo esfuerzo y en tiempo más breve posible. Y si hubieran sabido lo que era el devenir histórico y leído la crónica de la decadencia, habrían percibido que desde el Siglo XV, los “valores”  son un concepto cada vez más superficial y se viven con menos intensidad. Y últimamente, incluso, un arcaísmo para la mayoría que no solamente desconoce el concepto de “valores éticos”, sino que además ni siquiera es capaz de imaginar que pudieran existir.

5. Frente a liberalismo, ¿socialismo?

Existen tantos conceptos de socialismo, posiblemente, como socialistas. Decir socialismo es no decir nada, a menos de que vaya  acompañado de alguna coletilla, socialismo marxista, socialismo nacional, socialismo democrático, socialismo fabiano, socialismo revolucionario, socialista moderado, socialismo libertario, socialismo independentista, etc., con todas las mezclas, variantes y tonalidades posibles. Lo dicho, existe un socialismo a medida de cara persona, y el corte del socialismo depende de quien lo usa.

Tiene gracia que en la última campaña electoral norteamericana, el candidato republicano acusara a su oponente de ser ”socialista” simplemente por intentar la “redistribución de la riqueza”, algo, como mínimo ambiguo a menos que se explique cómo diablos hacerlo, cosa que Obama jamás hizo. Así mismo, los economistas teóricos liberales españoles consideran que una mayor intervención del Estado en economía es un rasgo característico del socialismo… si bien, como antes hemos dicho, los liberales prácticos –los empresario- no duda en pedir al Estado que intervenga: en ocasiones para defender a la industria local mediante políticas proteccionistas y, últimamente, para que el Estado regule el mercado laboral y las modalidades de contratación.

Y este es el drama que esta crisis va a ser aprovechada por la clase política para favorecer el que el Estado pueda intervenir más en la economía y en la regulación de los mercados. ¿Y eso qué implica? Pues algo tan simple como que la partitocracia quiere extender sus garras mucho más allá de donde le ha constreñido la plutocracia económica en los últimos setenta años. ¿Acaso lo hacen para crear un mundo más justo? Por Dios, no seamos ingenuos y recordemos una vez más a Leo Strauss: “Ningún político hace nada que perjudique a sus intereses” lo que puede leerse también en negativo: “Ningún político hace algo que no convenga a sus intereses”. Si el Estado decide intervenir en economía es precisamente porque en el juego de pesos y contrapesos –no salidos en absoluto de Montesquieu, sino de los compromisos entre los distintos sectores de poder- la clase política organizada en el sistema partitocrático (un escuálido régimen de partido único organizado en dos tendencia: centro-derecha y centro-izquierda) aspira a mejorar sus posiciones en relación a la plutocracia.

Hoy, en el marco partitocrático en el que nos encontramos –en absoluto democrático a menos que creamos en Papa Noel y en las virtudes paragnostas de la Bruja Lola y de la Aramís- cuando el Estado habla de “intervenir los mercados” y “regular la banca” hay que echarse a temblar: simplemente aprovechan la crisis de prestigio de la clase financiera y empresarial, para reforzar el suyo y, aun comiendo de la mano del capital por un tiempo, aspiran a poder elegir el tipo de pienso que les sirven.

Un Estado partitocrático, contra más débil, mejor. Más aún: en un Estado en el que la partitocracia se ha adueñado de todas las esferas del poder, absolutamente todos los niveles administrativos viven de la explotación del ciudadano, mediante la fiscalidad, mediante la coacción, mediante abusos administrativos y mediante un sistema de multas y tributación que asfixia, especialmente a las clases medias. En el fondo, la partitocracia sabe que enfrentarse a los plutócratas es complicado y peligroso. Si los medios de comunicación, en lugar de apoyar a los dos grandes, deciden apoyar a un tercero, el negocio de los dos grandes partidos puede derrumbarse. Se puede disputar algunos fragmentos de poder con el gran capital y con el dinero… pero siempre dentro de unos límites y sin restar beneficios al capital. Los beneficios de la partitocracia solamente pueden extraerse sangrando a las clases trabajadoras y, en especial, a la sufrida clase media. Ese es el “socialismo”, el único socialismo posible en los próximos años.

© Ernesto Milá – infokrisis – infokrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com

 

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