El fenómeno Rosa + Cruz (III de IV). La práctica R+C

Publicado: Domingo, 31 de Agosto de 2008 01:06 por Ernesto Milá en ESOTERISMO

Infokrisis.- La práctica rosacruz es lo que justifica la existencia de una doctrina rosacruz y de una organización del mismo nombre. La práctica rosacruz se manifiesta a través de dos técnicas: la meditación y la alquimia. En este tercer capítulo explicamos algunas líneas básicas de la alquimia rosacruz y de las técnicas de meditación propias de esta corriente espiritual. Así mismo se pasa somera revista a una tercera manifestación de la práctica rosacruz que tiene a la medicina como desembocadura.

 

Capítulo III

La práctica Rosa Cruz

 

Estas enseñanzas son teóricas y no dicen gran cosa respecto al proceso iniciático o a las prácticas necesarias para convertir la doctrina en técnica operativa. Pero la doctrina “rosa cruz” no es una mera teoría desvinculada de cualquier forma de práctica. La existencia de una forma de ascesis se percibe ya en los templarios y en su ceremonia de admisión en el “capítulo secreto” de la Orden.

Se pedía al candidato que escupiera a la cruz. Este gesto no debía de ser entendido como una blasfemia sino como el rechazo a una religiosidad que era mero culto exterior y la exteriorización del deseo de ir más allá. A esto seguía la ceremonia propiamente dicha, la iniciación. De esta ceremonia se sabe muy poco, apenas testimonios fragmentarios y, a menudo, incomprensibles, dan cuenta de ella. Se trataba de una ceremonia de orientación gnóstica en la que el templario recibía el “bautismo del fuego”. Esto puede deducirse de las actas de acusación de los inquisidores cuando afirmaban que los templarios adoraban a un ídolo llamado “Baphomet”. En realidad, no se trataba de un ídolo sino de un ritual: el “baphos” (bautismo) “metheos” (fuego). Esto producía un renacimiento interior, tal como el que hemos explicado anteriormente. De ahí que los templarios fueran, así mismo, acusados de “quemar recién nacidos”. Como en todas las formas de gnosis de lo que se trataba era de transmitir una “influencia espiritual” de maestro a discípulo. Sobre el desarrollo de la ceremonia en sí, no sabemos absolutamente nada. Quienes pasaron por ella, nunca hablaron sobre su contenido. Y lo mismo puede decirse de las ceremonias practicadas por los verdaderos “rosa cruces”.

Ahora bien, se sabe que, con posterioridad a la ceremonia, el templario era encerrado en una pequeña cámara, aislado del mundo exterior, y allí debía “meditar”. En las capillas templarias esa cámara solía estar situada sobre el “árbol de la vida”, una columna central de la que partían los nervios de la bóveda circular, remedando una palmera oriental. Así pues, se sabe que, de alguna manera, el templario actualizaba en su interior la fuerza espiritual que acababa de recibir. Así pues, las técnicas de meditación entraban en juego.

Por otra parte, a partir de Paracelso y de los “rosa cruces” del siglo XV, se empieza a percibir que el movimiento está íntimamente relacionado con la tradición hermética y la práctica de la alquimia. En el siglo XVII y XVIII, proliferan las escuelas de alquimia “rosa cruz” que alcanzan sus más altas cotas con Michel Maier[i] y Karl von Eckhartshausen[ii]. En ambos se percibe que no estamos hablando de alquimia en estado puro, sino de una mezcla entre una forma de mística que toma los metales y sus combinaciones en un sentido alegórico de las diferentes transformaciones del alma y una práctica química en el laboratorio. La inspiración procede, indudablemente, de los textos alejandrinos y de la tradición alquímica medieval.

Así pues, vamos a intentar resumir estos dos canales a través de los cuales se exterioriza la práctica “rosa cruz”: la práctica interior y la práctica en el laboratorio. Bien entendido que, en el fondo, los textos alquímicos nos están hablando, al mismo tiempo, de dos cosas: práctica interior y práctica sobre los metales[iii]. Cuando los manifiestos rosacrucianos cargan contra los “sopladoras”, no están previniendo contra la práctica de la alquimia en el laboratorio, sino contra la insensata persecución de oro mediante la práctica de la alquimia de laboratorio divorciada de la práctica interior. Así pues, vamos a dividir esta parte de nuestro estudio en dos partes: 1) el sistema de meditación “rosa cruz” y 2) la alquimia “rosa cruz”. Ambas formas de práctica corresponden a dos tipos humanos diferenciados: el primero se adapta a los caracteres contemplativos y el segundo a aquellos en los que el gusto por la acción priva sobre la contemplación.

1. El sistema “rosa cruz” de meditación

En sí mismo y tal como ha llegado hasta nosotros a través de textos rosacrucianos tardíos (von Eckharshausen, por ejemplo), es relativamente simple y se diferencia muy poco de otros sistemas de meditación procedentes de horizontes geográficos y temporales muy alejados.

Básicamente, el sistema consiste en tomar conciencia de los tres elementos que están presentes en la naturaleza humana, el cuerpo físico, el espíritu y el alma. No hay ninguna dificultad en comprender a que se están refiriendo cuando aluden al “cuerpo físico”, está formado por cuatro elementos, fuego (sangre y músculos), tierra (huesos), aire (pulmones) y agua (humores corporales), a lo que se une la “vitalidad” a modo de “quintaesencia”. Este cuerpo físico no se diferencia del de cualquier otro ser vivo y animal superior, sino por que dispone de otros dos elementos, más sutiles: un espíritu (el flujo mental, los pensamientos, las voliciones) y el alma (que es el “átomo crístico” al que nos hemos referido al aludir a la doctrina “rosa cruz”).

Ahora bien, estos tres elementos están relacionados jerárquicamente: el más “bajo” es el cuerpo, el más alto, naturalmente, el alma y entre ellos, existe el espíritu compuesto por una materia más sutil e intermedia entre los dos anteriores. Pero el “alma natural” se siente atraída por el cuerpo físico tal como Newton concibió que dos masas astrales se atraen, una a otra. Además, este proceso tiene otras dos consecuencias indeseables: contra más atracción experimenta el espíritu hacia el cuerpo físico (esto es, hacia el mundo material), más se aleja del alma y, en segundo lugar, contra más atracción experimenta, más tiende a “densificarse”. Desde el punto de vista “rosa cruz”, en el momento del nacimiento, el “espíritu” no existe como tal. Es, solamente, a partir de los primeros días de vida cuando el recién nacido se va sumiendo en el mundo de la dualidad y aprende a distinguir direcciones, medidas, pesos, valores y, más adelante, moralidad y ética.

A partir de ese momento, el espíritu, aparece primero y tiende a densificarse progresivamente. En el momento de la muerte, cuando se produce la ruptura del compuesto humano, cesa de existir el cuerpo físico, como la leña termina agotándose en una hoguera, mientras que el espíritu, como las brasas de esa hoguera, siguen existiendo, durante un período más o menos largo. La extinción de tales brasas era lo que los egipcios conocían como “segunda muerte” y les horrorizaba mucho más que la muerte del cuerpo físico que, en el fondo, suponía apenas un instante de crisis.

La larga agonía del “espíritu”, desprovisto de un cuerpo físico sobre el que hipostatizarse, está contemplada en la teología católica con el nombre de Purgatorio y es también el Hades de la mitología clásica[iv]. A medida que el “espíritu”, deja de tener como soporte el cuerpo físico, va perdiendo energía y fuerza e inicia un proceso de autodisolución perfectamente estudiado en el Libro Tibetano de los Muertos y en el Libro de los Muertos egipcio, hasta finalmente, ir perdiendo progresivamente el principio de individuación y convertirse en lo que René Guénon llamó “larvas psíquicas”[v].

La constante densificación del espíritu, tiene, además como consecuencia el que el ser humano ignora o vive de espaldas al tercer elemento de su síntesis: el alma. Como ya hemos visto, el alma es el resto último de nuestra naturaleza originaria que, desde la Caída adámica, de impregnar la totalidad de nuestra naturaleza, terminó reduciéndose a un “átomo crístico” latente y olvidado. A diferencia del catolicismo, los “rosa cruces” creen que el hecho de que el ser humano disponga de un alma “eterna e inmortal” no es importante. Dispone de ella, si, pero vive de espaldas a ella. De hecho, ni siquiera tiene conciencia de que exista: la atracción que el espíritu experimenta hacia el mundo material, le hace ignorar su naturaleza más profunda.

Pero existe una solución radical para reconocer y reconquistar nuestra naturaleza originaria: ir disolviendo, poco a poco, nuestro espíritu, eliminar progresivamente la influencia que ejerce sobre él el cuerpo físico, y, finalmente, “rectificarlo”, hasta conseguir que exista una posibilidad de contacto entre el cuerpo físico y el alma. Entonces el ser humano habrá desplazado el eje de su existencia, de lo contingente a lo trascendente. Tal es el plan de “trabajo” interior que nos proponen los textos “rosa cruces”.

En la práctica el proceso se desarrolla en varias fases. La primera de todas ellas consiste en tomar conciencia de los procesos que se desarrollan en la mente y que nos separan de nuestra verdadera naturaleza. Dichos procesos son, fundamentalmente, tres:

1) vivimos en un estado de conciencia disminuido en el que apenas tenemos conciencia de nosotros mismos. Raras veces a lo largo del día tenemos conciencia de ue existimos. Nuestro ego es cambiante e inestable, ni siquiera es único: “Mis yos son legión”, está escrito en el Evangelio. Esta multiplicidad es propia del cerebro dual que utilizamos en la vida cotidiana y que impide nuestra identificación con la unidad.

2) vivimos un proceso de identificaciones que nos inducen a ser cualquier cosa, salvo nosotros mismos. Ignoramos quienes somos en realidad, pero no nos cuesta identificarnos con el protagonista de una película, deseamos tener la fortuna o el físico de nuestro amigo, deseamos ser algo muy diferente a lo que somos, nos identificamos incluso con cualquier cosa que momentáneamente nos atraiga y, ese camino nos lleva a una alienación de la personalidad: no somos nosotros mismos, sino que pasamos a ser aquello con lo que nos identificamos.

3) vivimos en la dinámica del devenir en lugar de en la del “ser”. Frente a la quietud del “ser” que ha encontrado su centro, conoce su naturaleza, habitualmente estamos inmersos en la corriente del devenir, del flujo constante de acontecimientos y experiencias egóticas que nos dan una percepción irreal de nosotros mismos. En una rueda, el cubo permanece fijo, pero el círculo exterior se mueve a velocidad endiablada. En ese símbolo el “ser” se sitúa en el centro de la rueda, mientras que el “devenir” se identifica con la periferia y con el movimiento de la rueda.

Así pues, para tomar conciencia de nosotros mismos, la “rosa cruz” propone detener, en primer lugar, el proceso de identificaciones constante que se genera automáticamente y nos sitúa fuera de nuestra propia conciencia; en segundo lugar, saltar de la corriente del devenir a la estabilidad del ser; y, finalmente, nos propone el camino del “despertar”. Todos los esfuerzos que realicemos tendrán ese objetivo: el “despertar”, noción que se confunde con la del avivamiento del “átomo crístico” o de la “conciencia del corazón” a las que hemos aludido[vi].

Para ello es preciso detenernos, sentarnos y meditar. El primer ejercicio de meditación es simple. Basta con observar los procesos de nuestra mente. Sentados en una posición cómoda, intentaremos no pensar en nada. Al cabo del rato podremos observar como, sobre la pantalla que es nuestra mente aparecen mil y una ideas contradictorias que se van superponiendo unas a otras y que indican el estado de agitación natural de nuestro cerebro. No hay que preocuparse, simplemente se trata de observarlas y luego dejar que se vayan superponiendo y eliminando unas a otras. Mientras eso ocurre, se recomienda regularizar la respiración. No se trata de que ocurran maravillas en estos pocos minutos que dedicaremos inicialmente a la meditación, se trata, simplemente, de realizar un trabajo preparatorio que nos sitúe en el atrio del Templo del Saber. Bastará para ello realizar unas respiraciones profundas utilizando el diafragma como fuelle, el aire entrará y saldrá de manera natural de nuestro interior.

Algunos recomiendan realizar un simple ejercicio de visualización previo: al iniciar las respiraciones, imaginaremos que una corriente de luz blanca, extremadamente pura, penetra con el aire que se introduce en nuestros pulmones, recorre las fosas nasales, desciende hasta los pulmones y de ahí a los alvéolos pulmonares, desde donde se expande por todo nuestro flujo sanguíneo y llega a todos los rincones de nuestro cuerpo. Visualizaremos este proceso que nos permitirá vernos invadidos por la Luz. Luego expulsaremos el aire de nuestro organismo mediante la presión natural ejercida por el propio diafragma contra los pulmones. Es ese proceso visualizaremos el aire que abandona nuestras fosas nasales como un humo negruzco y sucio que se aleja de nosotros. Bastará con realizar en tres ocasiones este proceso de visualización en inspiración y expiración, para situarnos en una actitud favorable para lo que sigue.

Y la siguiente fase es también muy sencilla. A lo largo de unos minutos –pocos, apenas 5 en los primeros momentos y hasta 30 en fases más avanzada- intentaremos, simplemente, no hacer nada, simplemente dejar que nuestra mente se serene. La posición más recomendable es, sin duda, la de sentarnos en una posición cómoda. Procuraremos mantener la columna vertebral erguida. Casi inmediatamente nos daremos cuenta de que la columna tiende a relajarse y a inclinarse. En las primeras ocasiones rectificaremos la posición conscientemente, pero al cabo de una semana, no más, notaremos una sensación nueva: no hará falta que nuestra voluntad rectifique la posición de la columna, hay algo en nosotros, algo que todavía no conocemos, que opera tal rectificación autónomamente, sin que medie el concurso de nuestra voluntad. Es señal de que vamos avanzando.

En esa posición no deberá preocuparnos la abundancia de imágenes mentales, sugestiones, recuerdos, fantasías, que invaden nuestra mente. Basta con no hacer nada. Tienden a desaparecer al cabo de unos minutos. Podemos iniciar estos ejercicios en una hora en la que podamos inhibirnos de nuestras preocupaciones, preferentemente en un estado de neutralidad interior (sin que experimentemos sensación de apetito, y cuando ya hayamos hecho la digestión), basta con cinco minutos iniciales, incrementados en un minuto diario hasta poder dedicar a estos ejercicios de meditación, entre 30 y 60 minutos al día.

Para aumentar la estabilidad de la mente, se recomienda tomar un punto de referencia. Por ejemplo, una parte del cuerpo o también la sensación que produce el aire al entrar y salir de la nariz. Lo importante es que nos agarremos a esta sensación para situarla en el lugar central de nuestra mente e impedir que cualquier otra sea ocupada por ella. Se trata de dejar a la mente atada para que aflore, de la serenidad interior, una nueva forma de percepción.

Cuando experimentemos una sensación de estabilidad difícilmente descriptible y notemos que cada vez aparecen menos sugestiones capaces de desestabilizar y alterar la neutralidad de nuestros pensamientos, será hora de intentar otro ejercicio.

Empezaremos a tomar conciencia de nosotros mismos. Bastará para ello que, después de la preparación previa, con las visualizaciones que recomiendan los textos, y tras unos minutos de estabilización de la mente, pasemos revista a las distintas partes de nuestro cuerpo. Podemos empezar con el pelo. Nos sorprenderá advertir que habitualmente no notamos el pelo; hasta que notemos sensación de que tenemos pelo, no deberemos pasar a nuestra frente. Allí deberemos tomar conciencia de que “tenemos frente”, deberemos experimentar la sensación de “notar nuestra frente” y, sólo cuando lo hayamos hecho pasaremos a las orejas, y así sucesivamente hasta completar una ronda por todas las partes de nuestro cuerpo.

Estos ejercicios, inicialmente, son agotadores y evidencian porqué el cerebro consume unas energías que nos van fatigando a lo largo del día. El cerebro consume más energía que cualquier otra parte del organismo. De hecho, basta con dormir unas horas –es decir, basta con reducir al mínimo la actividad cerebral- para reponer energías. Y, por eso mismo, intentar calmar al dragón desbocado que supone nuestro cerebro requiere paciencia, constancia y determinación. Pero eso no podrá impedir que, realmente, en los primeros días, acabemos fatigados. Se trata, simplemente, de domar un caballo salvaje, o al “dragón” al que aludían los alquimistas.

Estamos todavía en una fase de preparación que nos ayudará progresivamente a tomar conciencia de nosotros mismos, serenar nuestra mente e inhibirnos de los procesos cerebrales. En la práctica, lo que estaremos haciendo es desactivar el poder condicionador del cerebro que cierra el paso a nuestra verdadera naturaleza. En tanto que órgano dual, solamente puede darnos acceso al mundo dual. Pero el mundo de la verdadera espiritualidad, está en otra parte. Para acceder a él, para presenciar sus maravillas, precisamos de otros órganos. Von Eckhartshausen escribe: “Varias fuerzas pueden dormir en nosotros para las cuáles no tenemos órganos y que, por consiguiente, no pueden actuar. Estas fuerzas durmientes no pueden ser despertadas, es decir, que podemos organizarnos a nosotros mismos, de modo que estas fuerzas se vuelvan activas en nosotros. El órgano es una forma en la cual una fuerza actúa (...). Organizarse para la acción de una fuerza quiere decir, simplemente, dar a las partes una forma o situación tal que la fuerza pueda actuar en ellas (...). Del mismo modo que, para un hombre que no tiene órganos, ojos para la luz, la luz no existe en realidad, mientras que aquellos que tienen este órgano gozan de ella, así, muchos hombres no pueden gozar de algo de lo cual otros pueden gozar. (...) Sólo aquello para lo cual tenemos un órgano se vuelve sensible para nosotros”[vii].

De ahí que el sistema “rosa cruz” tiende a transferir la conciencia (que habitualmente anida en el cerebro y que nos permite asimilar y entender el mundo dual) al “corazón”. No se trata de un giro poético, sino de avivar la “intuición intelectual” que abre el paso a una comprensión brusca, súbita e iluminadora. Repetimos: se trata de transferir la conciencia del cerebro al corazón. Sólo de eso. Es evidente que no se trata del “corazón”, mero órgano de bombeo del flujo sanguíneo, sino del despertar del “átomo crístico” al que hemos aludido. Es él quien “percibe” en esta nueva etapa de nuestra vida.

La primera fase de la meditación, debe tener por fin, el aminorar el lazo que une el flujo cerebral con el cuerpo físico. Sin esta fase previa no puede avivarse la “inteligencia del corazón”, ya en la segunda fase[viii]. Si tenemos en cuenta que los procesos de nuestra personalidad egótica se generan en el cerebro, a medida que vayamos restando protagonismo a la mente, disminuiremos la dependencia completa de nuestro ser del mundo de la dualidad. Irá creciendo, casi sin advertirlo, la “inteligencia del corazón”, el nuevo órgano que nos permitirá introducirnos en el mundo de la espiritualidad.

Si recordamos el Evangelio, sabremos que Juan Bautista es, finalmente, decapitado. Él es el primero de una larga serie de mártires que aparecen en los pórticos de nuestras catedrales, con la cabeza cortada y bajo el brazo, inexplicablemente sonrientes. Y es que, el episodio de la decapitación de Juan Bautista, supone la extinción de la conciencia dualista.

Por eso, cuando los antiguos “rosa cruces” declaraban que las letras R y C, serían “su único símbolo de reconocimiento”, estaban reproduciendo en ellas, el episodio de la muerte de Juan Bautista. Las letras R y C, iniciales de la “rosa cruz”, son también las dos letras griegas que forman el monograma de Cristo y también el símbolo de la decapitación: “Los Rosa Cruces son unos “decapitados”; tienen la Inteligencia del Corazón y es por ello que se reconocen entre sí. Ya que, en efecto, la letra R (resh) es en hebreo el jeroglífico de la cabeza (ר), mientras que la letra C (Qôf) es el jeroglífico del hacha (ק) de la cual ha conservado hasta la forma”[ix].

Creemos que con lo dicho hasta aquí se entiende el concepto de meditación “rosa cruz”. Ir más allá excedería el marco de esta obra e, incluso, no sería pedagógico. Resulta imposible multiplicar, sin antes aprender a sumar. Baste decir que el “despertar de la conciencia del corazón” es la fase inicial e imprescindible de la práctica “rosa cruz”. Pasemos ahora a la alquimia “rosa cruz”, no sin antes realizar una pequeña alusión a la medicina de la fraternidad.

2. La medicina “rosa cruz”

No cabe la menor duda de que algunos “rosa cruces” practicaron formas de alquimia tradicional que sintonizaban perfectamente con sus teorías. Esto sale a la superficie con el lanzamiento de “Las Bodas Químicas de Christian Rosenkreutz” de Andreae, en el que se nos habla, simplemente, del proceso alquímico y de las fases de los trabajos bajo la alegoría de un “matrimonio”. Pero también estaba presente en la Rosa Cruz Histórica y en figuras como Arnau de Vilanova.

La biografía de Arnau de Vilanova no deja lugar a dudas de que se interesó por la tradición hermética y la alquimia[x]. Un maravilloso cuadro de Josep María Sert expuesto actualmente en la "Sala de la Ciencia Catalana" del Ayuntamiento de Barcelona, nos muestra a Arnau tomando el pulso a un enfermo y acariciando con la otra mano la panza de una retorta alquímica. Sert se hizo eco de la tradición que ligaba indisolublemente el nombre de Arnau de Vilanova al noble arte de la alquimia. Michel Maier, alquimista y rosacruz alemán del siglo XVII en su tratado "Symbola aureae mensae" cita un texto de Johan Andreae en el que alude a una transmutación de plomo en oro realizada por el mismo Arnau de Vilanova: "En vida nuestra, hemos recibido en la curia Romana al Maestro Arnau de Vilanova, médico y teólogo supremo (...). Era también gran alquimista que había fabricado varillas de oro, las cuales no presentaron ninguna dificultad a dejarse someter a todas las pruebas". Giovanni Francesco Mirandola, añade en su "Tratado sobre la Fabricación del Oro", que las láminas fundidas por Arnau nada tenían que envidiar al oro extraído de las minas de Aruzzo. Estos testimonios prueban que existió una tradición renacentista que consideraba a Arnau como uno de los grandes alquimistas medievales, si bien es cierto que entre el centenar largo de obras firmadas por Arnau de Vilanova de las que se tiene constancia, muchos son tratados de alquimia, si bien es cierto que buena parte de ellos son apócrifos[xi].       

Arnau es importante en la historia de la alquimia; no en vano fue el primer "filósofo por el fuego" que dividió la "obra filosofal", necesaria para alcanzar la transmutación de los metales, en fases o "regímenes", costumbre que luego seguirían todos los alquimistas posteriores a él. En el capítulo titulado "Práctica de la obra" incluido en su libro "El camino de los caminos" escribe: "... todos los cuerpos deben ser llevados a la materia prima para hacer posible la transmutación"; y en las páginas siguientes define por vez primera las cuatro etapas de este proceso: disolución, limpieza, reducción y fijación, estando cada uno de estos "regímenes" sometido a un elemento: agua, tierra, aire y fuego, respectivamente.

En el curso de sus escritos alquímicos Arnau cita frecuentemente a Morieno y Geber, alquimistas árabes, lo cual coincide perfectamente con su conocimiento de la cultura islámica. Sus tratados, escritos en Montpellier, sobre "Del húmedo radical" y la "Filosofía Natural", son incuestionablemente suyos y evidencian su saber hermético y su conocimiento de la práctica operativa en el laboratorio alquímico. Se le tiene como descubridor de algunos compuestos químicos. Poco antes de morir escribió una fórmula que decía conducir inefablemente a la piedra filosofal: "Coge tres partes de limaduras de plata pura, tritúralas con una parte de mercurio hasta que resulte de ello una materia pastosa; cuécelo a fuego lento con una mezcla de vinagre y sal y sublímalo todo", fórmula para la obtención del bicloruro de mercurio. Así mismo se le tiene por descubridor del ácido sulfúrico, el nítrico y el clorhídrico... En aquella época no existía la química tal como la entendemos hoy. Otro tanto puede decirse del ejercicio de la medicina[xii], fronteriza con la magia y el hermetismo, un campo en el que Arnau destacó con luz propia.

El concepto que tenía Arnau de la ciencia médica entroncaba directamente con el saber hermético de su tiempo. Percibía en todas las cosas un "spiritus" que se manifestaba de distintas maneras, algo así como la fuerza vital que nos mantiene en pié y activos. Ese "spiritus" equivale, en su concepción, a una forma de energía capaz de ser transmitida de un ser a otro, mediante un proceso de sanación o bien susceptible de ser mermada por distintos factores que generarán enfermedad. La posibilidad que el "médico" tiene de influir sobre el "spiritus" deriva de la estructura misma del cosmos. El hombre no puede influir sobre lo que es superior a él -Dios, los ángeles, etc.- pero sí sobre aquellas fuerzas "elementales" que se sitúan debajo suyo en la escala jerárquica. Captar y reconducir la fuerza de estos principios "elementales" de la naturaleza es la tarea del médico. Esta concepción fue completada con otra derivada de su admirado Galeno. Arnau era contrario a la prescripción sistemática de fármacos; consideraba que aquel fármaco que servía para una persona era inocuo con otra. El tratamiento de la enfermedad debía ser personalizado; cada médico tenía necesariamente que establecer un vínculo personal y único con su paciente, si quería hacer honor a su juramento hipocrático. El tratamiento debía ser pues personalizado y esto por tres motivos que hacen de Arnau, un adelantado a su tiempo. En primer lugar por que cada déficit de "spiritus" responde a una problemática concreta que tiene que ver con el sujeto como tal, con su comportamiento moral, su estilo de vida y su actividad; toda enfermedad es, pues, la manifestación de un desarreglo más profundo. En segundo lugar, porque el médico debe penetrar en el conocimiento de la enfermedad a través de la "experiencia"; esto le ha valido a Arnau el ser considerado como un precursor del empirismo, pero más bien, cuando se refiere a "experiencia" Arnau aludiendo a la "intuición mística" esto es a prescindir de todo apriorismo y situarse con una mixtura de amor, caridad, unión con Dios y vacío interior, ante el paciente, estado de conciencia en el que aparecerá la "intuición mística". Finalmente, Arnau es un precursor de los tratamientos psicológicos: considera que la fuerza de voluntad y la convicción del paciente en su curación, le conducirán inexorablemente a ella. Para Arnau la curación puede ser, en el fondo, autocuración.

Arnau, médico de poderosos, no utilizó su influencia para alcanzar fama y poder, sino antes bien, aprovechó su privilegiada situación para difundir sus ideas espirituales sobre el fin de los tiempos y la necesaria reforma de la cristiandad.

La medicina “rosa cruz” que aparece por primera vez con Arnau y alcanzó su paroxismo con Paracelso[xiii], parece derivar de la alquimia. Es, en realidad, una forma de espagiria (alquimia que utiliza vegetales en lugar de minerales). En las obras de Paracelso esta línea “rosa cruz” queda perfectamente descrita. La medicina tenía un importante papel en la “rosa cruz” que salió a la superficie en el siglo XVII. En el Capítulo III de la “Fama Fraternitatis”, por ejemplo, se mencionaban los “signos de reconocimiento” que facilitarían el que unos “rosa cruces” reconocieran a otros de su hermandad; el primero de todos tenía que ver con el ejercicio de la medicina: Prohibición de ejercer profesión alguna excepto la curación de enfermos a titulo benévolo”[xiv].

La Alquimia Rosa Cruz

Paul Sédir ha negado la importancia de la alquimia en el fenómeno “rosa cruz”. No estamos de acuerdo. El hecho mismo de que entre algunos de los precursores más conocidos, como Arnau, Llull y Paracelso, la alquimia se encontrara entre sus preocupaciones centrales o el que Andreae describiera en sus “Bodas Químicas” las distintas fases de los trabajos en el laboratorio y, finalmente, el que Michel Maier construyera las mejores láminas de alquimia en sus trabajos, todo ello resulta altamente significativo para contradecir las palabras de Sédir[xv]. Finalmente, el mito que el “Elías Artista”[xvi] ocupa dentro de la temática “rosa cruz” es igualmente ilustrativo del interés de este fenómeno por la alquimia.

Además, a partir del siglo XVII, buena parte de círculos alquimistas están vinculados, de una u otra manera, a las distintas corrientes “rosa cruz”, algo que no ocurría en períodos anteriores. Es fácil suponer el motivo. La doctrina “rosa cruz” con sus incursiones constantes en el hermetismo alejandrino y con una práctica interiorizada que enfatizaba la “metanoia” (recuérdese: el cambio radical de conciencia) como si se tratara de una transmutación, que utilizaba una serie de símbolos relativos a la “luz” (por tanto, al oro resplandeciente), debía, finalmente, interesar a los adeptos al Arte Regio, es decir, de la alquimia. Para colmo, los antiguos alquimistas, encontraban un eco de su operatoria con el Azufre, el Mercurio y la Sal, en la trilogía “rosa cruz” compuesta por Cuerpo, Espíritu y Alma.

En este sentido, los alquimistas que aparecen a partir del siglo XVII, son, sin excepción, sospechosos de tener algún vínculo con la “rosa cruz”, o bien de estar inspirados por ella, tanto por los clásicos de la alquimia. Es probable que la fusión entre “rosa cruces” y alquimistas se empezara a operar con Cornelio Agrippa, ya en el siglo XVI, hasta Althotas, maestro del Conde de Cagliostro, Gichtell, discípulo de Böheme, Glauber, Helvetius, Henkel, etc. Y, por supuesto, Newton, que brilló con luz propia.

La alquimia, era, desde luego, algo más que una química simbólica o el precedente de la química. Era, fundamentalmente, una “ciencia sagrada” y, en tanto que tal, un sector de la “rosa cruz” que siempre se situó en la vanguardia del saber científico de su tiempo, se interesó por ella.

Quizás sea este el lugar adecuado para señalar los dos rostros del noble arte de la alquimia: de un lado, sobre una serie de minerales que los libros canónicos consideran próximos al oro y, de otro, sobre el propio alquimista. Estas dos facetas de la alquimia son inseparables y constituyen el mayor misterio del Arte desvelado en la séptima plancha del "Liber Mutus", aquella en la que Saturno aparece devorando a su hijo en medio de un brasero, mientras que en la parte inferior pueden verse los dos operadores, hombre y mujer, concentrados ante el atanor. La alquimia amputada de su parte operativa se convierte en mística y si, por el contrario, se le restan los aspectos de trabajo del alquimista sobre sí mismo no pasa de ser metalurgia supersticiosa.

Los textos herméticos están repletos de alusiones veladas y símbolos que suponen dramatizaciones de estados interiores y experiencias espirituales del alquimista, como de procesos químicos que suceden en el interior del “huevo filosofal” (recipiente de vidrio con la materia prima y el “primer agente”, situado en el interior del atanor). Para poder sistematizar –en la medida de lo posible- una exposición de la alquimia “rosa cruz”, será preciso fijar una serie de términos, algo todavía más necesario en la medida en que los nombres no corresponden a los conceptos que tenemos ahora de los metales aludidos:

-           Azufre: no tiene nada que ver con el producto químico del mismo nombre. Representa el “principio masculino” y activo. Corresponde al principio trascendente presente en los seres humanos y en los metales. Es el alma de la que antes hemos hablado. El color amarillo del Azufre hace que sea tomado como símbolo del “sol” o del “alma”[xvii].

-           Mercurio: tampoco tiene nada que ver con el metaloide del mismo nombre, aunque existe una estrecha relación entre sus propiedades físicas y lo que representa simbólicamente. Se le considera el “principio femenino” (tiene el color de la Luna, el astro femenino caracterizado por sus constantes cambios) y pasivo (carece de luz propia y refleja la luz que le llega del sol). Es el símbolo del espíritu al estar en permanente mutación y carecer de forma propia. Corresponde al “espíritu” de la meditación “rosa cruz”.

-           Sal: es el equivalente al cuerpo físico y a sus partes constitutivas. Su notación es Ө, un círculo con una línea horizontal en el interior, indicando caída. El “cuerpo” físico, como la “sal” de los alquimistas es el elemento característico del estado de la humanidad con posterioridad a la caída adámica.

Ahora bien, será preciso, a partir de ahora, tener presente todo lo que hemos dicho en la introducción a la práctica de meditación de la “rosa cruz”, por que ahora, vamos a tener que repetir casi lo mismo, solo que apoyados por el simbolismo químico y la práctica en el laboratorio. Veamos.

El alquimista “rosa cruz” prestará particular atención a la idea de “caos”. Tras una memorable transmutación habida el 15 de enero de 1648, Richthausen fue nombrado "Barón del Caos"[xviii]. Los alquimistas en su laboratorio no pretendían otra cosa que ordenar el Caos, reproduciendo la obra de la Creación, tal como fue descrita en los primeros versículos del Génesis, cuando "la tierra era algo sin forma y vacío; la oscuridad cubría el abismo y sobre las aguas se movía el Espíritu de Dios"[xix].

Fulcanelli, en "Las moradas filosofales", abunda en este supuesto explicando que "los cuatro elementos están encerrados, confusos y desordenados"  y añade que "los antiguos lo compararon al caos de la Creación, donde los elementos y los principios se encontraban confundidos, entremezclados y sin posibilidad de reaccionar unos sobre otros"[xx]. Este alquimista contemporáneo -aun cuando no tuvo nada que ver con la “rosa cruz”, maneja frecuentemente textos de hermetistas de esta corriente- cita, finalmente, un texto clásico, atribuido a Basilio Valentino, para recordarnos como representó simbólicamente su materia bajo la figura del mundo que contenía en sí los elementos de nuestro globo hermético o microcosmos,  reunidos "sin orden, forma, ritmo, ni medida".

La acepción común de Caos, confusión, desorden, vale también para el hermetismo. La diferencia radica en que éste Caos está presente en el microcosmos del hermetista al iniciar sus trabajos como lo estuvo en el Cosmos al comienzo de la creación. En su interior se contienen los cuatro elementos (Fuego, Tierra, Agua, Aire), los tres mundos (Divino, Intermedio y Material, o bien Azufre, Mercurio y Sal) y los dos principios (Activo y Pasivo, o si se prefiere, Sol y Luna, Oro y Plata, etc.) que conforman la Unidad.

Hortulano anota al respecto: "La piedra surge de una masa confusa que contiene en sí a todos los elementos" y  añade: "...lo mismo que el mundo ha surgido de un caos confuso, la piedra ha surgido también de la misma forma"[xxi].

La labor hermética, en su primera fase, ha sido llamada también "el arte de la separatoria", pues de separar los distintos elementos que confluyen en este caos, y ordenarlos según una ley de armonía, es de lo que se trata. En esa confusión inicial se encuentra nuestra Materia Prima.

Son varios los textos que enigmáticamente subrayan que este caos es neutro, "activo" y "pasivo", dicen de él que "es macho y hembra a la vez". "El Cosmopolita", tras definir el caos como "mezcla y  confusión", dice de él que "constituía la materia del Universo antes de obtener forma" y explica que se trata de "un compuesto agitado de agua y fuego vivificante" añadiendo que es la "materia que contiene a todas las formas en potencia"[xxii].

La "Novena Clave" de Basilio Valentino[xxiii] muestra, en su parte inferior, a un hombre y una mujer, cuyos cuerpos están en posición horizontal y las piernas en línea vertical, componiendo una cruz griega evocadora del modelo “rosa cruz”, en cada uno de los extremos de la cual encontramos los símbolos de los cuatro elementos y en la parte superior, tres serpientes.

En el único Caos genesíaco están contenidos los cuatro elementos de la naturaleza, las tres partes del ser humano y los dos principios, activo y pasivo. La sucesión numérica 1 + 2 + 3 + 4 = 10, define la totalidad del ciclo de lo manifestado. Nos limitaremos ahora a examinar la dualidad. Principio activo, expansivo, masculino, dominante y principio pasivo, compresivo, femenino, dominado, están inmersos en este caos, contrarrestándose uno a otro; de ahí el carácter neutro del conjunto.

En la "Novena clave" del ya mencionado libro de Basilio Valentino, los personajes no están coronados y sus cuerpos se encuentran en oposición, desnudos y sin otros atributos que los que corresponden al "fuego" y al "agua", a lo masculino y a lo femenino. La obra de la creación -el arte de la separatoria- todavía no ha comenzado. Habrá que remitirse a la "Sexta Clave"[xxiv] del mismo texto para comprobar como el elemento masculino y el femenino, separados y presentados ahora como el "rey" y la "reina", cooperan en la realización de la obra. Son múltiples los textos que repiten el simbolismo de la pareja real. El caos está ya ordenado y la primera fase de la obra, consumada.

El Caos primordial suele representarse en los viejos tratados de Alquimia “rosa cruz” con la imagen de un círculo vacío. Este círculo, a la vez principio y fin, activo y pasivo, contenedor de todas las cosas y del poder de la generación, se simboliza también mediante el Ouróboros, la serpiente que se muerde la cola, recurso de origen gnóstico. Junto a estas representaciones se suele añadir la leyenda "Todo en uno". El vocablo "Universo" deriva de Uno. El "uno" era la totalidad, y la totalidad se concebía como sagrado y se contemplaba como tal; no en vano, en inglés "wholly" (totalidad) deriva de "holly" (sagrado).

Pero el caos primitivo también ha recibido otros apelativos, todos ellos igualmente ciertos y precisos, pues no en vano, lo que es el "Todo" puede ser llamado de casi todas las formas. Unos lo han llamado "nuestro Saturno": Saturno, dios maléfico por excelencia, astrológicamente está asociado al planeta del mismo nombre y al plomo. Su opacidad hace que se le atribuya el color negro y ello abre la posibilidad a decenas de asociaciones: el caos es la "gallina negra", también el "Dragón negro", las "rosas  negras", las tinieblas y la noche, poéticamente se ha aludido a él llamándole "sombra cimeria"[xxv]; pero quizás sea más simple adjetivarlo solo con la palabra "muerte"...

La lectura prolongada de los textos canónicos de la alquimia demuestra que son voluntariamente engañosos y hábiles en confundir al observador poco avisado. Cuando un hermetista nos habla de Caos, no podemos hacer mucho caso de la palabra en sí, debemos ver que atributos le siguen o preceden, debemos, en fin, examinar el contexto en el que se incluye y la intención precisa de cada autor, en cada momento concreto. Así pues, si bien en algunos autores, la palabra "Caos" aparece aislada y sin más precisiones, en otros textos se acompaña de una indicación no desdeñable, "Caos primitivo" -caos que entra en el orden de explicaciones que hemos expuesto hasta ahora-, en otros, "Caos de los filósofos"[xxvi]. Entre ambos conceptos existe una diferencia fundamental. Así mismo, el "caos de los filósofos" expresa una idea que aparece también bajo diferentes apelativos, aparentemente contradictorios, pero perfectamente acordes con los conceptos simbólicos del Arte: si se le llama "Saturnia vegetal", y no simplemente Saturno, es por que en él se ha individuado un principio animado -el vegetativo-, si se le conoce como "Tierra Santa" y no como "Tierra" es para expresar en aquella una actividad que está ausente en ésta. Otros textos dicen de él que es el "hijo" o "Niño de Saturno", es decir, una emanación del primer caos. También lo han apodado "leche de la virgen", para aludir a su poder generador y fructificador. Trabajar sobre el "Caos primitivo" es preparar el "Caos de los filósofos". Filaleto dice de éste último que "de él se saca el Mercurio tintóreo que contiene el oro místico"[xxvii].

El "Caos primitivo" existe como tal en la mayoría de los humanos. El hermetista y sólo él, lo advierte en sí, dentro de sí, en torno a sí. Y decide afrontar el milagro de la obra hermética: toma conciencia de ese caos, medita sobre él, se instruye sobre su composición; de sufrirlo quiere pasar a dominarlo; poco a poco, va percibiendo que todo lo que precisa -la energía desconocida que opera la transmutación alterando la estructura atómica de los elementos- está incluido en ese mismo caos y empieza a distinguir sus partes, primero con dificultad, luego elige la que le interesa, la destaca de las otras. El "Caos primitivo", inconsciente, es sustituido por el "caos de los filósofos", consciente y verdadera materia prima.

En el caos están comprendidos todos los aspectos del cosmos, desordenados y mezclados, entre ellos el oro. Fulcanelli explica: "El oro filosófico, cubierto de  impurezas, rodeado de espesas tinieblas y cubierto de tristeza y duelo, debe ser considerado como la verdadera y única materia prima de la obra, al igual que sucede con el Mercurio, de donde ese oro invisible, miserable y desconocido, ha nacido"[xxviii]. A continuación, citando a otros maestros del arte, pasa a recordar los epítetos que lanzan contra la envoltura que rodea al oro filosófico: Valentino le llama estiércol y abomina de él,  otros lo califican de "baba del dragón", "vil y preciosa" al  mismo tiempo. Lo describen como "de color negro y olor cadavérico", "bodrio grasiento y pimentado que recubre su solución".

En el Caos reside la semilla del oro, tal es la firme convicción que ha animado a los hermetistas de todos los tiempos. Al hablar de la caída de Adán ya hemos referido como el "espíritu de Dios" se fue retirando progresivamente hasta quedar reducido a una chispa en el interior del ser humano, que éste no percibe en condiciones normales y que se ve incapacitado para pasar de la potencia al acto. Tal es el principio activo, inhabilitado por las impurezas que lo bloquean. Este proceso de retracción de la llama divina a su mínima expresión en el microcosmos humano, se repite también en la materia. Algunos minerales, en sus yacimientos, contienen en potencia, la "naturaleza" del oro: es preciso, también, purificarlos. Pero, de la misma forma que, no en todo lo que tiene vida animal, late la chispa divina, tampoco en todo mineral está presente la cualidad áurea. Unos minerales, enseñan los alquimistas, están más próximos al oro que otros. Perderíamos el tiempo si intentáramos realizar comparaciones tomando como referencia los números atómicos de los distintos elementos; estos carecen de importancia para la obra hermética y sólo han entrado en consideración por investigadores modernos a la búsqueda de una explicación racional y científica para la transmutación metálica; en cambio, las indicaciones de los artífices son relativamente claras y el mismo Fulcanelli las resume "[la estrella de seis puntas] subraya las propiedades de esta sustancia que el Creador  marcó con su sello". Pues bien, solamente existe un mineral que, tras ser fundido, se solidifica, sin experimentar el efecto de retracción que es normal para los otros; éste, al enfriarse, rompe su superficie con una figura geométrica perfecta, la estrella de seis puntas. Se trata del bisulfuro de antimonio, también conocido como "régulo [=reyezuelo] de antimonio". Extraído de la mina, el bisulfuro de antimonio, contiene también el "espíritu de vida" anunciada por esta peculiar estrella que aparece en su superficie. Todos los hermetistas que se han referido a ella, lo han hecho comparándola a la estrella de los "Magos de Oriente" que señaló el nacimiento del Niño-Dios.

Como hemos visto, la alquimia “rosa cruz” nos habla de la triple constitución del ser humano e identifica cada una de sus partes -cuerpo, alma y espíritu- con alguno de los metales emblemáticos del Arte. El cuerpo físico, soporte del Ego y receptáculo de la personalidad es asimilado, en su materia grosera, al Plomo. El espíritu, en tanto que bagaje mental y volitivo, equivale al Mercurio, pues más que ningún otro metal, es cambiante, carece de forma, el suyo es el tono de la luna y su cualidad, la variación y la movilidad extrema. En cuanto al alma, presencia divina en estado de latencia en el interior del cuerpo, su carácter ígneo y su calidad abrasiva, lo asimilan al Azufre, pero también al Oro por la luminosidad que despide.

La obra hermética y concretamente la llamada "Vía Húmeda", la más frecuente, consiste en operar sobre el “Mercurio”, transformándolo, estabilizándolo primero y fijándolo luego. Así la tendencia del Mercurio a identificarse con los elementos materiales y lunares de la naturaleza -esto es, mutables- se invierte; debilitado en su poder y neutralizado en su capacidad de seducción, muere. Lo que renace luego es otro Mercurio más próximo a la naturaleza del Azufre y con el que se puede combinar para restablecer, tras la ruptura inicial de las partes –por eso la alquimia fue llamada el "arte de la separatoria"-, una nueva unidad, pero así como la anterior estaba orientada hacia lo bajo, esta lo será a los mundos superiores.

La primera fase de los trabajos, “la obra al negro”, consiste en romper la “continuidad del mixto”: separar la Sal del Mercurio (el cuerpo del espíritu) y operar sobre éste. En el momento en que se logra “separar” ambos elementos se produce en el recipiente alquímico el color negro. El alquimista, siente que le falta el suelo bajo los pies en una experiencia similar a la muerte. Todos los textos clásicos explican que esta parte de la obra es la más difícil y todo lo demás “es juego de niños y trabajo de mujeres”.

A partir de ese momento se trata de “rectificar el Mercurio”, y convertirlo de su forma “lunar” en una forma “solar”. La alquimia “rosa cruz” da como notaciones de estas dos formas del mercurio estos símbolos: en el primero, el del Mercurio “originario”, sobre la cruz de los cuatro elementos, figura el círculo del caos y, sobre ambos, el símbolo lunar; en el segundo, el del Mercurio “rectificado” o “andrógino”, sobre la cruz de los cuatro elementos y el símbolo del caos, aparece el signo de Aries, el primer signo del Zodíaco y “jefe de la manada”. Esta purificación del Mercurio se realiza –en la “vía húmeda”- mediante la repetición constante del “solve et coagula” que los hermetistas definen enigmáticamente como “disolución del cuerpo, coagulación del espíritu”. De forma más clara, toda la operación consiste en separar el espíritu del cuerpo, es decir, el Mercurio de la Sal, y una vez en estado libre, irlo depurando progresivamente y “quemándolo”. No olvidemos que el Mercurio “originario” es, fundamentalmente, energía mental. Por medio de algún procedimiento desconocido que no explica ningún texto alquímico, esa energía era transferida del espíritu, aislado y separado del propio alquimista, al recipiente hermético y era esa energía la que generaría –en la segunda fase de los trabajos- la “obra al blanco” en la que el compuesto mineral que bulle en el interior del atanor ha adquirido una coloración blanquecina y lechosa que ha dejado atrás el “negro más negro que el negro” de la primera fase de los trabajos. Lo que se obtiene entonces es el famoso “Mercurio rectificado o andrógino” que será utilizado en la fase siguiente en el crisol para operar la transmutación metálica.

Ahora, de lo que se trata es de recomponer la unidad del compuesto originario. Para ello, en primer lugar, es preciso multiplicar la “fuerza” de la mezcla anterior. Esta se hará reconstruyendo la unidad entre el “mercurio rectificado” y el Azufre. El grado de pureza de aquel, hará que éste lo reconozca y, en virtud del principio hermético según el cual “lo semejante se une a lo semejante”, estará en condiciones de formar una nueva síntesis en condiciones de operar algunos efectos físicos sorprendentes, atribuidos a la “Piedra Filosofal”.

La transmutación del plomo en oro será la “prueba del nueve” de que los trabajos han alcanzado la culminación. Así mismo, el alquimista verá renovado su ser y alcanzará la “vida eterna” o la “eterna juventud”. Estamos ante símbolos, naturalmente. La depuración del Mercurio (esto es, del espíritu), le evitará lo que los egipcios llamaban “segunda muerte” y lo reintegrarán en la trascendencia, directamente, en el momento del agotamiento de su cuerpo físico.

Tal es, en síntesis, el proceso de la alquimia “rosa cruz”. Esta técnica, iniciada con Arnau de Vilanota y continuada con los grandes alquimistas del Renacimiento y del los siglos XVII y XVIII, ha estado unida, inevitablemente al movimiento “rosa cruz”. Degeneró y, acaso se perdió, cuando el movimiento “rosa cruz”, así mismo, degeneró. Al lector atento, no se le escapará el paralelismo entre meditación “rosa cruz” y alquimia “rosa cruz”. Son dos caminos que llevan al mismo fin, dos vías para dos caracteres humanos diferentes. Cuando los “rosa cruces” aludían a “alquimia” estaban refiriéndose a práctica en el laboratorio con productos químicos, en absoluto a una vaga “alquimia espiritual”. Para referirse a una práctica interiorizada sin contacto con los carbones del laboratorio, existía la meditación “rosa cruz”. Será bueno, no confundir uno con otro procedimiento. Confusión que es frecuente en los medios rosacrucianos contemporáneos.

(c) Ernesto Milà - infokrisis - infokrisis@yahoo.es - htpp://infokrisis.blogia.com


Notas a pie de página:

[i] “La fuga de Atalanta de Michel Maier”, op.cit.,

[ii] “La Nube sobre el Santuario”, Karl von Eckhartshausen, Visión Libros, Barcelona 1978, como muestra de un libro de especulaciones místicas y “Tratado práctico de Alquimia Rosa-Cruz” de Karl von Eckhartshausen, Ediciones Roca, SA, México DF 1986, como muestra de un texto clásico de alquimia operativa.

[iii] Indudablemente la mejor exposición sobre la alquimia clásica y el hermetismo tradicional que podemos recomendar sin ningún tipo de reserva mental a nuestros lectores es “La Tradición Hermética” de Julius Evola, (op.cit.), con sus dos partes: la simbólica y la práctica.

[iv] Este tema impulsó a algunos grupos neo-rosacrucianos del siglo XIX a plantearse la posibilidad de mantener el espíritu en vida, después de la muerte del cuerpo físico. En el interior de la Goleen Dawn, por ejemplo, se trabajó el tema de la “magia póstuma” que nuestro amigo Luis García Chapinal ha tratado brillantemente en su obra “Vampirismo, entre la realidad y la leyenda”, Luís García Chapinal, Éride Editorial, Madrid 2000, especialmente el Capítulo VIII “Bram Stoker, Drácula y la Goleen Dawn: como se gestó la figura del Príncipe de las Tinieblas”, págs. 145-156. Así mismo el Capítulo I (“Comprensión del vampirismo de acuerdo a dos mitos: energía vital e inmortalidad”), es recomendable en el mismo orden de ideas.

[v] Véase a este respecto “El Error Espirita”, de René Guénon, Editorial, CS Ediciones, Buenos Aires 1989.

[vi] Von Eckhartshausen escribe citando el Evangelio de San Lucas (Cap. II:34): “El ojo interior del hombre es la razón, potentia intellectiva mens. Si ese ojo interior del hombre es iluminado por la luz divina, es entonces el verdadero sol interior, por el cual todos los objetos vienen a nuestro conocimiento. Mientras que la luz divina no ilumine este ojo, nuestro interior vive en las tinieblas. La aurora de nuestro interior comienza cuando esta luz se levanta. Este sol del alma ilumina nuestro mundo interior intelectual, del mismo modo que el Sol exterior ilumina el mundo exterior. Así como, a la salida del Sol exterior, los objetos del mundo visible se nos vuelven poco a poco visibles, así, a la salida del sol espiritual, los objetos espirituales del mundo espiritual o razonable vienen a nuestro conocimiento. Así como la luz exterior nos ilumina por el camino de nuestra peregrinación, la luz interior nos ilumina por el camino de la salvación (...) ¡Qué gran destino tiene el hombre en su interior!”. “La Nube sobre el Santuario”, op.cit., págs. 13-14.

[vii] “La nube sobre el Santuario”, op.cit., págs. 14-15.

[viii] A este respecto Von Eckhartshausen escribe: “La simplicidad coloca al corazón en una situación conveniente para recibir con pureza el rayo de la razón; y éste organiza al corazón para la percepción de la Luz” (“La Nube sobre el Santuario”, op.cit., pág. 15. Hay que decir que la alusión a la “razón” no supone la aceptación del concepto cartesiano, para Von Eckhartshausen no hay más razón que la que procede de la “inteligencia del corazón”.

[ix] “La Gnosis de san Juan”, op.cit., pág. 82-83.

[x] En un manuscrito que el bibliógrafo francés Poirier atribuye a Arnau se describe el proceso de rejuvenecimiento que deben seguir aquellos adeptos que han alcanzado la eterna juventud; estos afortunados alquimistas deberán periódicamente untarse "dos o tres veces por semana con el meollo de la cañafístula. Cada noche antes de acostarse pondrán en la cabeza un sinapsismo compuesto por azafrán oriental, pétalos de rosas rojas, esencia de sándalo, acíbar y ámbar, todo ello disuelto en aceite de rosas a lo que se añadirá un poco de cera". Esto puede parecer extraño e ingenuo, pero no lo es tanto si tenemos en cuenta que algunos de los tratados alquímicos atribuidos a Arnau suponen una renovación en las concepciones herméticas y orientaron el trabajo futuro de generaciones de alquimistas hasta llegar a Fulcanelli. Este, en efecto, considerado como el gran alquimista del siglo XX, cita en sus dos obras -"Las moradas filosofales" y "El misterio de las catedrales"- textos de Arnau.

[xi] Los teólogos católicos actuales tienden a considerar que cualquier obra firmada por Arnau, por el mero hecho de tratar de alquimia, es automáticamente apócrifa. Pero esto dista mucho de ser evidente; en las obras incuestionablemente escritas por Arnau se perciben igualmente ecos de la vieja alquimia, aunque traten de medicina o escatología; por lo demás, algunas, como "El camino del camino" o el "Gran Rosario", siendo aceptados como escritas por él, tocan directamente aspectos alquímicos. En "El camino del camino" puede leerse en la introducción: "Aquí da comienzo este tratado somero, breve, sucinto y útil para quien quiera comprenderlo. Los indagadores hábiles encontrarán en sus páginas una parte de la piedra vegetal que han ocultado con celo de otros filósofos". El libro fue remitido a Benedicto XI en 1303.

[xii] Bonifacio VIII fue el gran protector eclesiástico de Arnau de Vilanova, mientras gobernó la cristiandad. A pesar de haber atacado al papado con una violencia irrespetuosa inusitada para la época, Bonifacio VIII lo salvó de las garras de la Inquisición y se limitó a llamarlo a Roma y reprenderlo, suave y amorosamente. No en vano Arnau le había curado de una litiasis renal crónica. Llegado a Roma en agosto, Arnau confecciona un talismán que ostentaba el signo del león, correspondiente a ese mes. Mientras lo "magnetizaba", iba recitando salmos y versículos de la Biblia; colgado el amuleto en la región lumbar del Papa, tardó muy poco en hacer efecto y disolver sus cálculos renales. El Papa olvidó las altivas palabras que Arnau pronunciara meses antes: "La infalibilidad del Papa está tan garantizada como la de sus diagnósticos"...

[xiii] En esta pequeña obra no estamos en condiciones de exponer los principios de la medicina de Paracelso que, sin embargo, están resumidos en su “Catecismo Alquímico”, subtitulada “De los Planetas y los Metales, La Piedra Filosofal y La Estrella Flamígera”, Aureolus Philippus Theophrastus Bombastus von Hohenheim, Editorial Edicomunicación, Barcelona 1993.

[xiv] A título de curiosidad, mencionamos el resto de signos de reconocimiento: “2. Prohibición de obligar a llevar hábitos especiales reservados a la hermandad: Por el contrario, deberían adaptarse a las costumbres locales: 3. Obligación para cada hermano de presentarse el día C. en la morada del Espíritu Santo, o de explicar los motivos de su ausencia; 4. Obligación para cada hermano de buscar una persona de valía que pudiera sucederle en caso necesario; 5. Las letras R. C. deberían servirles de sello, sigla y emblema; 6. Durante un siglo la hermandad tenia que permanecer secreta”.

[xv] «Histoire des Rose Croix», Paul Sédir, Editions Traditionelles, París 1973.

[xvi] En 1608, el alquimista Banedict Figulos, en la Thesaurinella chymica aurea tripartita, dedica al emperador Rodolphe II, protector y amante de la alquimia, una elegía al también alquimista Jean-Baptiste de Seebach, en la que profetiza la llegada de “Elias Artista” y dice: “Entonces Cristo establecerá sobre la Tierra una nueva era”. En cuando a Paul Sédir, escribe en su obra “Histoire des Rose Croix”, op.cit., Capítulo II: “Elías Artistas” es el Ángel de la Rosa Cruz. Nadie puede saber que es, incluso aquel sobre el cual descansa. Todo lo que puede decirse es que es una fuerza atractiva y armonizante y que tiende a reunir a los individuos en un solo cuerpo homogéneo”. Y Stanistas de Guaita explica: “Elías Artista es infalible, inmortal, inaccesible, a las imperfecciones como a los ridículos de los hombres de carne y hueso que se ofrecen para manifestarlo. Espíritu de luz y de progreso, se encarna en los seres de buena voluntad que lo evocan. (...) Elías Artista no es la Luz, pero, como San Juan Bautista, su misión es dar testimonio de la Luz de gloria, que debe irradiar de un nuevo cielo sobre una tierra de nuevo iluminada”. Desde el punto de vista alquímico, “Elías Artista” es el primer agente que modifica la estructura de la materia prima.

[xvii] René Guénon en “La Gran Tríada” (Editorial Obelisco, Barcelona 1986, pág. 102) recuerda que en griego, la palabra “theion”, que designa el Azufre, al mismo tiempo significa “divino”. Y añade: “[el Azufre] es esencialmente un principio de actividad interior, que se considera que irradia a partir del centro mismo del ser”.

[xviii] Citado por Atorene en “El Laboratorio Alquímico”, Luís Cárcamo Editor, Madrid 1989, pág. 89.

[xix] Génesis, I: 5.

[xx] “Las Moradas Filosofales”, Fulcanelli, Editorial Plaza & Janés, Barcelona 1969, págs. 150 y 386.

[xxi] Citado por Julius Evola, en “Tradición Hermética”, op.cit., pág. 40-41.

[xxii] “Carta Filosófica” de El Cosmopolita, texto incluido en la recopilación “Cuatro Tratados de Alquimia”, op.cit., págs. 24-28.

[xxiii] “Alquimia y ocultismo”, selección de textos de Víctor Zalbidea, Victoria Paniagua, Elena Fernández del Cerro y Castro del Amo, Barral Editores, Barcelona 1973, pág. 193.

[xxiv] “Alquimia y ocultismo”, op.cit., pág. 181.

[xxv] “La Tradición Hermética”, op.cit., pág. 140.

[xxvi] “Cuatro Tratados de Alquimia”, op.cit., págs. 24-28.

[xxvii] Una muy buena traducción de esta obra puede leerse en “La Tabla Redonda de los Alquimistas”, Manuel Algora Corbi, Editorial Luis Cárcamo, Madrid 1980, “La Entrada Abierta al Palacio del Rey Cerrado”, págs. 231 y sigs.

[xxviii] “Las moradas filosofales”, op.cit., pág. 473.

 

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