Infokrisis.- En sta segunda parte del estudio abordamos dos cuestiones vitales: el "daño" que cualquier conspiración ejerce sobre una parte de la población y que define a las mentes capaces de planificar operaciones de este tipo como, pura y simplemente, enfermos mentales, y en segundo lugar las conspiraciones como etapa final en la degeneración de las democracias. Analizamos las tres fases de esta degeneración.

5. El “daño” a terceros como eje de la conspiración

En la conspiración la idea de dañar a un tercero es esencial para otorgarle ese carácter. En la conjura, no está necesariamente presente. Es más, el hecho de conjurarse o juramentarse no es ni siquiera negativo, sino que lleva implícita cierta dosis de idealismo: antes hemos aludido a algunos oficiales de Marina juramentados para hacer pagar a los asesinos de Carrero Blanco su crimen. De no haber existido el crimen de Carrero no se hubiera producido el de Beñarán Ordeñana, por lo tanto, eso implica que no asesinan al etarra para exteriorizar un impulso asesino, ni mucho menos gratuitamente, sino como acto de venganza por una muerte anterior, o más bien de “justicia” expeditiva. En otros casos, los conjurados se ponen en marcha porque creen legítimamente que su acción es necesaria para defender, no sus intereses, sino los de su nación, los de su pueblo, los de su comunidad, aunque esta defensa a ellos pueda causarles algún prejuicio, o incluso costarles la vida.

La conjura deja presuponer cierto grado de idealismo que nos guardaremos de defender pero que, sin embargo está ahí. En el siglo XIX abundaron las conjuras de todos los signos que acarrearon desgracias para muchos de sus protagonistas, patíbulos, pelotones de fusilamiento y pérdida de bienes. La historia del carbonarismo francés y la figura de Blanquí, el eterno conjurado –estuvo presente en casi una decena de conspiraciones todas las cuales, sin excepción, acabaron mal y dieron con sus huesos en la cárcel- salpican la historia del XIX francés. Al margen de los métodos blanquistas y de un idealismo casi ingenuo o, quizás con más propiedad, absolutamente infantiloide, lo que menos puede decirse de Blanquí es que sus conjuras no le beneficiaron materialmente. Lo mismo les ocurrió a la mayoría de socialistas utópicos del XIX. El factor ideológico es importante en las conjuras porque es el que justifica los compromisos personales adoptados en función de un proyecto político por el que se está dispuesto a dar la vida.

En las conspiraciones el elemento ideológico está completamente ausente. El conspirador aspira a beneficiarse del proyecto por puro egoísmo y sin que medie ningún tipo de consideración doctrinal o moral. Precisamente lo que está presente es justamente lo contrario: una ausencia de moral y de principios casi patológica. Y este es el verdadero fondo de la cuestión porque quien es capaz de diseñar un 11-M o un 11-S esa persona está muy enferma. Su enfermedad tiene un nombre: es un psicópata. Sabe que su acción va a matar a mucha gente, pero no le importa porque no siente absolutamente ninguna empatía con sus vecinos, con otros ciudadanos, incluso ignora el más mínimo respeto a la vida humana. Como enfermo que es, piensa que se lo merece todo y no tiene absolutamente ninguna justificación por el sufrimiento ajeno. Es más, lo que busca es precisamente situaciones de máximo terror para que sus planes de beneficio personal, lucro y poder, salgan adelante.

Una vez cometido el atentado no tendrá el menor inconveniente en mentir descaradamente y dejar que los chivos expiatorios cumplan su papel al que han sido llevados mediante provocaciones, embustes y elaboración de pruebas falsas. No le importará tampoco que inocentes –o al menos inocentes de la conspiración en sí, aun cuando no de delitos menores o de delitos pasados- vayan a parar durante largos períodos de tiempo a las cárceles, aun a sabiendas de que está arruinándoles la vida. Sabe que tendrá que mentir ante los medios de comunicación para anunciar tal o cual aspecto de la versión oficial y sabe que tendrá que mentir durante mucho tiempo. A todas las personas con una moral “normal” nos cuesta mentir en los pequeños detalles de la vida cotidiana, sin embargo el psicópata no experimenta el menor empacho en mentir cuantas veces sea y no importa cuántas veces al día, ni aun en el caso de que sus mentiras acarreen consecuencias nefastas para terceros.

Sí, porque el verdadero fondo de la cuestión de las conspiraciones es que causan dolor y sus “autores intelectuales” son psicópatas… psicópatas que están ocupando cargos de mucha responsabilidad y poder en las sociedades occidentales. Algo está fallando y es precisamente el que gente que debería estar encerrada con varias camisas de fuerza, sin embargo, está al frente de departamentos de la seguridad, ocupando los más altos puestos del poder político o dirigiendo el poder económico. En un mundo competitivo como éste, sin duda, el que mejor se ha adaptado a él ha sido el psicópata sabedor de que contra menos prejuicios tenga, contra menos empatía tenga y contra más oriente todos sus esfuerzos en la persecución de sus intereses, cueste lo que cueste y caiga quien caiga, mucho mejor.

Hay dirigentes políticos, económicos, policiales, militares, tanto en el poder como en la oposición que están dispuestos a defender sus intereses personales con tanta contundencia que son capaces de pactar con otros igualmente trastornados como ellos la muerte de decenas de personas si ello les ayuda a avanzar un paso en la conquista de beneficios personales.

6. El arte conspiratoria como signo de desintegración de un sistema

El desarrollo de conspiraciones como el 11-S o el 11-M solamente pueden desarrollarse en países con democracias enfermas. La nuestra, como diría la canción de Dylan, “muere y agoniza, aun cuando apenas acaba de nacer”. De hecha, el que este tipo de conspiraciones homicidas se desarrollen con absoluto cinismo en el seno de las democracias más avanzadas –y no así en cambio en países atrasados del Tercer Mundo cuyas sociedades apenas dan valor a la vida- nos permite afirmar que el conspiracionismo (es decir, la práctica conspirativa en las líneas de actuación que ha adquirido tras el 11-S) se sitúa en el límite extremo del proceso de degeneración de las democracias.

Esto proceso, como las transformaciones del espíritu que describió Nietzsche en su Así habló Zarathustra, se desarrolla en tres fases:

1) la democracia se convierte en partitocracia

2) la partitocracia se convierte en plutocracia

3) la plutocracia se convierte en dictadura

En efecto, cualquier forma de democracia implica participación de la población en las tareas de gobierno mediante elecciones libres. Ahora bien, para poder obtener éxitos –esto es, para poder gestionar el poder- la clase política se organiza en estructuras artificiales improvisadas en función de tópicos (tópicos conservadores de centro-derecha o tópicos progresistas de centro izquierda). De ahí salen los partidos políticos. Así pues no estamos hablando de “representación democrática directa”, sino de a través de los partidos políticos que son esas piezas que se interponen entre el elector y el ejercicio del poder. Cuando existían opciones ideológicas –y por tanto programáticas- claras, las fronteras entre los partidos eran igualmente, se sabía lo que cada cual defendía con nitidez y se sabía donde empezaba y donde terminaba el margen de maniobra de un partido.

Pero esto dura, inevitablemente, poco especialmente en un mundo en el que se ha relajado hasta desaparecer toda tensión ideológica y a fin de cuentas el resultado de una elección está completamente desvinculado de los contenidos que presenta cada opción e incluso de la reflexión crítica que pueda hacerse sobre la gestión pasada de los candidatos. En 2004 el PSOE ganó solamente gracias a que alguien sembró con 192 cadáveres su ruta hacia el poder. En 2008 volvió a ganar gracias a un ex concejal asesinado providencialmente gracias al cual ZP se hizo perdonar su política de mano tendida a ETA y gracias a una mentira mil veces repetida (la inexistencia de crisis económica). Porque, en definitiva, cuando aparecen los partidos políticos aun sin ningún principio ideológico de razón suficiente, lo que ocurre es que la fidelidad al programa queda sustituido por la complicidad entre los afiliados al partido.

Ya no se trata de llevar a la práctica un programa político ambicioso y un proyecto de sociedad, sino que se trata de ganar el poder: el poder por el poder, para gestionarlo, para beneficiarse de sus mieles, por autosatisfacción, por su erótica, por lo que sea. En ese momento preciso el interés de partido se coloca por encima de cualquier otro interés.

Probablemente desde los años 80 cuando el felipismo entró en su lenta agonía, era el tiempo para que los dos partidos mayoritarios hubieran tenido el valor de asumir sus responsabilidades y pactar una “gran coalición”. Ni fue así ni ninguna de las cúpulas de los partidos lo propuso aun cuando el país se estaba cayendo a jirones a base de políticas antiterroristas miserables y erróneas, a base de corrupción generalizada, pelotazo, paro galopante, reconversiones industriales traumáticas y crisis económicas sincopadas.  Cada partido pensaba que en la elección siguiente vencería o que, al menos contaría con los votos de la calderilla nacionalista para imponerse sobre su rival. Dado que las dos alas del arco parlamentario (la derecha-derecha y la izquierda-izquierda) se iban desleyendo como un azucarillo hinchando los efectivos del centro-derecha y del centro-izquierda, al final nuestro sistema político fue progresivamente entrando en pleno raquitismo y reduciéndose todas las opciones a dos estatales y dos regionales, con lo que el infamante apelativo de “banda de los cuatro” les cuadra.

Pero cuando eso ya se había percibido –hacia mediados de los 80- y cuando ya se sabía que la palabra de los partidos y su fidelidad a no se sabía bien qué principios era tan peligroso como Michael Jackson en una guardería, la democracia, sin que lo percibiéramos –entonces se hablaba todavía de “joven democracia española” añadiendo un mucho de boato y pomposidad- nuestra democracia había dejado de ser tal para convertirse en partitocracia (o partidocracia, como prefieran).

En la partitocracia los intereses de los partidos están por encima de cualquier otra cosa. Y los intereses de los partidos, no lo olvidemos, se confunden con los de sus cuadros dirigentes. Niveles de dirección hay muchos en los partidos y, afortunadamente para ellos, la elefantíaca administración española ofrece cargos prácticamente a todos los militantes, sino en un nivel será en el otro, y si no como asesores, y si no, simplemente obteniendo buenas canonjías o dicasterios. Hay casos extremos como el del Partido Socialista de Andalucía en el que el número de cargos electos socialistas y el número de militantes van prácticamente a la par. El militante sin cargo es una figura en extinción, casi un absurdo anacronismo.

Si alguien había creído que la partitocracia es el mal absoluto de la democracia, que se vaya olvidando. Aún existen  peldaños que llevan a realidades más sórdidas, bajando pasito a pasito hasta el infierno de las conspiraciones asesinas.

El primer paso era –por utilizar la fraseología nietzscheana- “de cómo la democracia se transforma en partitocracia” monstruos que avasalla y miente. El segundo paso ahora va a ser “de cómo la partitocracia se transforma en plutocracia”, vampiro cósmico-político que amenaza con robarnos las entrañas mismamente. Sí, porque llegado a un nivel de concentración partitocrática (y en España se ha producido un nivel mucho mayor que en cualquier otro lugar europeo, pues no en vano el efecto coordinado de la Ley d’Hont, de las listas cerradas y bloqueadas, el hastío de la población por elecciones constantes que visiblemente solamente sirven para instalar bajo el sol del bienestar y la abundancia a los cargos electos, todo esto ha contribuido a que el divorcio País Oficial – País Real se vaya ampliando) éste termina transformándose en plutocracia.

Plutocracia es literalmente “poder del dinero” (del griego πλουτοκρατα, gobierno de los ricos). ¿Qué ha ocurrido? Es fácil entenderlo: cuando no hay tensión ideal en una democracia, la relajación va abriendo paso a la partitocracia y cuando las cúpulas de los partidos están instaladas en el poder y perciben que los grandes negocias solamente pueden hacerse a su sombra, se inicia una colusión entre el poder económico y el poder político que ahoga toda democracia.

El zapaterismo, buenos rollos aparte, sonrisas ingenuofelizotas al margen y declaraciones populistas a tutiplé, no es más que la forma más extrema y directa de plutocracia que se ha atrevido a adentrarse en terrenos en los que ningún otro partido hubiera tenido ni la indecencia de la impudicia de instalarse. El que un amiguito del alma de ZP, como Pablo Sebastián que, sin duda tendrá otras cualidades, pero no el arte del buen gobierno, el que un colaborador estrecho de Sebastián hay terminado como asesor de la patronal de la construcción y pocos días después el gobierno haya abordado ese plan absurdo e ignorante de “comprar suelo a las constructoras” (¿y por qué no compran sellos en el estanco de la esquina que se queja de que con la crisis la gente no consume?) y el que el gobierno ZP haya querido estar presente desde el principio en la reordenación del sector energético en España, autorizando por lo demás subidas de precios desaprensivas, indica todo ello hasta qué punto el poder de la partitocracia no se limita solamente a “estar” en el poder, sino que también quiere “tener” beneficios y los quiere ya. Esos beneficios emanan de la santa alianza entre poder económico y poder político. Pero mientras que en la etapa partitocrática el poder político permanecía todavía con iniciativa ante el poder económico, en la fase siguiente el poder económico es el que hace y deshace a su antojo en beneficio de las clases económicas dirigentes y del partido en el poder. Dicho de otra manera, la clase política come de la mano de la oligarquía económica, gobierna por y para ella con la excusa de que si la economía funciona nos beneficiamos todos… algo que parece difícil que este país digiera después de casi veinte años de trabajo precario, contratos basura y salarios de miseria en tiempo de vacas gordas.

No es raro que Zapatero se rodee de verdaderos patanes en los distintos ministerios. Hoy sabemos y que Solbes es una mediocridad y que su único mérito fue aprender a hacer pasillos en Bruselas. Sabemos que Sebastián va a “pillar” y sirve sólo para “pillar”, cualquier profecía que haya será propia de la bruja Lola antes que de un técnico y en cuanto a las ministra de cuota puede ser definidas casi sin excepción como las tontas del bote, tontas no por lo de mujer sino por lo de cuota. Zapatero jamás colocará a ministros con personalidad, iniciativa y conciencia de servicio… justamente porque si lo hiciera correría el riesgo de que hablaran claro y de que denunciaran desde dentro lo que muchos vemos desde fuera: que, a pesar de su rostro afable y de sus modales soft, de sus devaneos y talantes, de su culto a las minorías y a los mariconeos, el zapaterismo es a la oligarquía del dinero lo que la luna al sol, en efecto, el zapaterismo orbita en torno al billete de 500 euros como un mosquito lo hace en torno a una fuente de luz.

No es por casualidad que la España del zapaterismo se iniciara con la conspiración del 11-M. Era casi obligado. Es difícil saber si Zapatero es consciente de lo que ocurrió el 11-M e incluso si es consciente de que el texto de las sentencias es papel mojado mientras no estén claros todos los extremos del mayor atentado que se ha cometido en Europa desde el final de la II Guerra Mundial. Claro está que Zapatero no es ningún lince en nada más que en propia promoción, pero es difícil leer la prensa todos los días, mirar al mundo, y no entrever una mano negra en el diseño de aquellos atentados. La formación cultural, política y humana de Zapatero es de muy baja cota, hasta el punto de que se ignora completamente que tenga alguna afición o algún interés cultural. De Felipe se sabía lo de los bonsáis y del Guerra que le gustaba Malher y leía a Gertrud Stein… Zapatero es un páramo cultural todo él. Da la sensación de que antes de ocupar el poder solamente tuvo tiempo para trabajarse el camino hacia el poder, y una vez en el poder, no tiene más resuello que para sobrevivir en él. Así pues, ni piensa ni tiene tiempo para pensar. Pero esta es otra historia. Lo cierto es que en este tipo de conspiraciones como las del 11-M y del 11-S circulan en niveles subterráneos. Es difícil que Bush o ZP supieran algo de lo que se cocía entre bastidores. Ambos, por lo demás, son demasiado tontos como para intuir el fondo de la cuestión, pero lo suficientemente inteligentes como para saber que no deben preguntar nada y que hay temas sobre los que no se puede ni hablar en familia. Por tanto no es raro que hayan elegido colaboradores todavía más limitados que ellos. Ahí están las ministras de cuota que ni dan la talla como ministras ni como mujeres. Lo mismo cabe decir del equipo de gobierno de Bush formado en parte por neoconservadores –los únicos que realmente tenían un proyecto por disparatado que fuera: reordenar el mapa de Oriente Media, liberar a Israel de cualquier riesgo y asegurarse el suministro de petróleo- y luego por una patulea de ilustres ignorantes a la americana.

Antes hemos aludido a la complejidad de una conspiración, ahora podemos añadir que las conspiraciones solamente pueden realizarse desde el ejercicio del poder o al menos cuando parte de sus programadores están bien situados en al escala del poder y preparan su transición de unas a otras manos. Al conspirador moderno le interesa obtener el máximo beneficio económico posible en el mínimo tiempo, esto les hace chocar ocasionalmente con el poder político que precisa un poco de prudencia y de mano izquierda para hacer digeribles sus decisiones. De hecho, el responsable del poder político en una plutocracia no pasa de ser el chico de los recados y así hay que a Zapatero, como un chico de los recados con ideas propias. Y esas ideas propias son precisamente lo que más alarma genera en la plutocracia pues corren el riesgo de generar situaciones de desequilibrio y choques con retroceso.

Pero hay una fase siguiente de degeneración del sistema democrático y es cuando la plutocracia para impedir que se investiguen sus corruptelas, sus manejos y sus crímenes, empieza a ir ahogando a todos los poderes del Estado y de la Sociedad. Es la tercera fase de la pendiente de la decadencia muy avanzada en el momento actual en los EEUU y de la que también se encuentran algunos síntomas en España.

La esencia de la democracia es un sistema de pesos y contrapesos para evitar que un solo poder haga y deshaga a su antojo. Si no existe esa división de poderes la democracia es pura ficción al margen de los procesos degenerativos que haya abordado. En España ya es preocupante que el poder legislativo sea una caja de resonancia del poder ejecutivo y que el poder judicial baile al son del ejecutivo y éste a la música de las originalidades, las excentricidades y los exotismos de ZP y de las maniobras orquestales del poder económico.

Ahora bien, si además de esto existe una amenaza a las libertades generada con la excusa de la “lucha contra el terrorismo”, como está ocurriendo en los EEUU, esto ya es mucho más grave. La primera intención de la administración Bush tras la legitimación del 11-S se evidenció en el Acta Patriótica -¡redactada por John Ashcroft meses antes de que se produjeran los ataques!- que capacitaba a las fuerzas de seguridad del Estado para interceptar correspondencia privada, comunicaciones, realizar registros y detenciones preventivas cuando la seguridad nacional “estuviera en juego”. Luego se aprobó la doctrina del “ataque preventivo” contra cualquier país del que se supusiera que podía emanar un peligro para la cacareada seguridad nacional. Noción flexible donde las haya. Guantánamo no es solamente la muestra de que EEUU ha entrado en una deriva problemática en cuestión de libertades, también cientos de ciudadanos fueron arrestados “preventivamente” después del 11-S, pasando incluso tres años en prisión sin juicio y son conocer los cargos en su contra. Sin olvidar a los detenidos en Guantánamo que llevan siete años siete a la espera de juicio y de que se formulen acusaciones contra ellos. Si esto no es algo parecido a una dictadura habrá que crear una nueva palabra para calificarlo.

El problema es el siguiente: una conspiración –que solamente puede diseñarse desde los aledaños del poder o desde el mismo poder- precisa vulnerar la ley y, por tanto, se expone a ser denunciada en un marco democrático formal. Por tanto, una vez la democracia ha degenerado en partidocracia y esta en plutocracia… queda la etapa final: impedir que se investigue para lo cual hay que evitar… que se pueda investigar. Y si se investiga a fondo, hay que evitar que los datos obtenidos puedan llegar a juicio. Y si llegan a juicio, se trata de que se reflejen en la sentencia a gusto del consumidor, es decir, a gusto de quien ha diseñado la “versión oficial”. Esto es lo que estamos viendo en España desde hace cinco años, cuando resulta evidente que la versión oficial no se sostiene y sectores enteros de las empresas periodísticas se niegan a publicar la más mínima duda razonable sobre la “versión oficial”.

Porque de lo que se trata es de que una conspiración no solamente tenga éxito, sino que nunca nadie pueda llegar hasta el fondo de la cuestión. Para ello una creciente manipulación de los distintos poderes del Estado y del sistema de comunicaciones, es inevitable. De ahí que hayamos dicho que en el último nivel de degeneración del sistema democrático, cuando la corrupción ya se ha generalizado, y la plutocracia domina cómodamente, empiecen los recortes a las libertades, recortes brutales y sin recato al estilo que los practica la administración norteamericana y recortes selectivos, de guante blanco, basados en la coacción, en la zanahoria y el palo, como realiza la administración ZP.

© Ernesto Milá – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.eshttp://infokrisis.blogia.com

 

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