Infokrisis.- El espionaje suele ser banal e incluso aburrido, al menos en la vida real, sin embargo en el cine gana enteros convirtiéndose en una profesión apetecible e incluso glamorosa. Cuando entre 1934 y 1936 Alfred Hitchcock filmó cuatro films de espionaje (El hombre que sabía demasiado, El agente secreto, Sabotaje y Los 39 escalones) estaba sentando las bases del cine de espionaje. Setenta y dos años después (72 es el número sagrado de la khabala, 72 son los nombres de dios y 72 son los “compañeros de Seth”, así que parece haber algo mágico en este ciclo) se estrena el remake cinematográfico de Superagente 86. Decididamente vale la pena darle un repaso rápido al cine “de espías”. ¿Real como la vida misma?

 

Nada es lo que parece

Hay mucho mito rondando los asuntos del espionaje. En esto del espionaje se liga tanto como en cualquier otra profesión. Aquí como en otras profesiones, como decía aquel, se folla mucho lo que pasa es que siempre follamos los mismos. Por lo general, salvo alguna ingenua imperdonable o alguna aventurera viciosa, las mujeres no parecen encontrar nada particularmente glamoroso en el espía medio. He conocido a algunos que tenían menos sex-apel que el oso Yogui. Conocí uno –durante un tiempo hombre de la CIA y más tarde “agente libre”- que si no follaba al menos una vez al día se sentía mal. Así que cuando declinaba el día, daba igual lo que estuviera haciendo la cuestión era que buscar mujer se convertía en su principal obsesión muy por delante de cualquier otra obligación. Incluido el espionaje. Para colmo era de aquellos que habían aprovechado el curso básico de espionaje, así que cuando nos tocaba compartir habitación en cualquier hotel, era francamente molesto que durmiera con la luz encendida como para indicar a posibles enemigos que estaba en vela y despierto. No solamente no estaba en vela y dormido sino que además roncaba. El que quedaba permanentemente en vela era yo.

En el otro lado, el KGB no daba tipos mucho mejores. A principios de los 80, cuando aún se vivían los últimos coletazos de la Guerra Fría, el sueño de todo miembro de la “comunidad del espionaje” era conseguir que algún funcionario del otro bando desertara. Mi problema es que no estaba en ningún bando, pero conseguir que desertara un funcionario del aventajado del KGB era una tentación demasiado apetitosa. Era un tipo joven y guapete que solía tener éxito con las secretarias de prensa de la Presidencia de cierto país iberoamericano. Era, por supuesto, el corresponsal de la Pravda moscovita. Una buena noche coincidimos en un lupanar –nos habíamos visto y observado en el edificio de la Presidencia- y con la confianza que da unas copas de más y la complicidad de terminar el mismo burdel tuvimos una conversación. “¿Qué tal te va en el KBG?”, le pregunté. Y puso cara de perplejidad. ¿Cómo era posible que yo supiera que él era el hombre del KGB en la capital? Sencillo, le expliqué: el responsable de la antena de la CIA –cuya hija era una mina de información dada su desmedida afición a la cocaína- es el agregado de prensa de la embajada americana; lo sabe todo el país; de la misma forma que todo el mundo sabe que los corresponsales de Pravda son los enlaces del KGB allí donde se encuentren. Se tranquilizó. En los días que siguieron aprendí mucho sobre el KGB y su entrenamiento. Pero supe algo más: estaba colado por una secretaria de prensa de Presidencia. La conocía y sabía que se trataba de una mujer de alto voltaje, así que empecé a preparar su deserción. Obtuve para él garantías del gobierno de que recibiría una concesión de tierras particularmente generosa y una dotación económica por las “molestias”. Todo estaba ultimado: la boda con la chica, la tasación de las confidencias y el título de propiedad de la concesión. Era jueves y le llamé para quedar el sábado en el hall del Sheraton. No acudió. Llamé a la embajada pero no me supieron dar cuenta de dónde estaba. Me llegué a su apartamento pero allí no había nadie. El lunes la voz anónima de la embajada soviética me informó que el corresponsal de la Pavda había sido llamado urgentemente a Moscú. Al parecer alguien había detectado que estaba a punto de desertar; supongo que debió acabar en la taiga siberiana. El nuevo corresponsal de Pravda, por lo demás, era el clásico funcionario troquelado según los moldes del KGB: corpulento y tosco, con la cabeza embutida en el tronco y que se esforzaba permanentemente por poner cara de mala hostia.

El espionaje es asín... Hay mucha literatura en torno al tema, de ahí que el cine de “espías” sea quizás uno de los que más separan de los modelos reales. A fin de cuentas, el “Callahan” de Harry el Sucio es posible que exista en alguna ciudad norteamericana y por qué no iba a existir algún sujeto similar al Capitán Alatriste en la España del XVII, hasta los personajes de Toy-story se parecen a los juguetes reales… pero no así los espías cinematográficos.

Dejando aparte algunas cintas en las que se traza la historia del grupo de espías de Oxford que ficharon por los comunistas en los años 30 y siguieron entre 30 y 40 años trabajando para Moscú (los Philby, los Malean, y demás) o raras películas que reproducen algunos episodios históricos (Operación Cicerone, por ejemplo o la serie protagonizada por Sam Nelly, Reilly, as de espías) el resto de películas de este género están particularmente desenfocadas. Pero se trata siempre de biopics que intentan reconstruir episodios históricos concretos y, por tanto, el guión está acotado por los márgenes de verosimilitud.

Tres tendencias tres

No queremos ser exhaustivos en este breve artículo, pero sí recordar tres tendencias que están presentes en el cine de espionaje y que se repiten invariablemente:

- el modelo de espía glamoroso, aventurero, erotómano y situado a medio camino entre el común de los mortales y cualquier miembro de la legión de los super-héroes. El arquetipo de todos ellos es, sin duda, James Bond.

- el modelo cómico, chapucero, incapaz de dar una a derechas, grotesco, ridículo y permanentemente metepatas. Jhonny English de Rowan Atkinson pertenecería a este tipo, pero el modelo por antonomasia es el Superagente 86, Maxwell Smart. Otro modelo sería Flint agente secreto, interpretado por James Coburn. Y otro más: Austin Powers

- finalmente, existirían algunos raros casos de películas en las que el guión pretende ser honesto y describir como es, verdaderamente, la vida del espía y de dónde ha salido. Las primeras películas de este género intentaban reproducir lo más fielmente posible cómo eran las cosas (así lo intentó Hitchcokc en sus cuatro películas dirigidas en los años 30) y luego debió llegar Harry Palmer para volver por el mismo sendero.

Ciertamente, hay otras películas inclasificables en algún subgénero. Los valores de la cinta Los 3 días del cóndor a nadie se le escapan y el intento de de Sydney Pollack de dar verosimilitud al protagonista introduciendo personajes secundarios (el asesino a sueldo lorenés interpretado por Max von Sydow o el cuadro de la CIA encarnado por Cliff Robertson) no logran evitar la sensación de que un analista timorato que solamente lee novelas difícilmente se convertirá en un agente operativo eficiente y espabilado. En esta película el papel representado por Robert Redford (“Turner”) es único en la historia del cine de espionaje y diferente a cualquier otro, por tanto no es a excepciones en lo que nos vamos a centrar.

Nos vamos a centrar en los tres modelos descritos anteriormente y que se pueden resumir así: el “fantasma”, el “matao” y el “real”, o si se prefiere, el “modelo James Bond”, el “modelo Maxwell Smart” y, finalmente, el “modelo Harry Palmer”.

De James Bond se han filmado hasta la fecha la nuevamente cabalística cifra de 22 películas (como 21 son los arcanos del tarot más la carta del “loco”) a lo largo de un dilatado ciclo de 46 años. Para los que tenemos algo más de 50, la figura de James Bond ha recorrido prácticamente toda nuestra vida casi desde que tenemos uso de razón, cuando éramos menores y ya deseábamos ir a ver el portentoso bikini con el que Ursula Andrews salía de no sé que playa. Muy por delante va el Superagente 86 con 200 episodios, si bien de apenas 20 minutos que cubrieron también nuestros recuerdos de adolescencia entre 1965 y 1970, habiendo sido repuestos en varias ocasiones. Sin embargo, de Harry Palmer apenas se han filmado seis episodios, con una interrupción de casi 20 años entre los cuatro primeros (segunda mitad de los sesenta) y los dos últimos (en 1995 y 1996).

Como vemos no faltan elementos de juicio.

© Ernesto Milá – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com

 

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