MILICIA: introducción a la obra de próxima aparición

Publicado: Martes, 24 de Junio de 2008 11:23 por Ernesto Milá en MILICIA

Infokrisis.- Publicamos la introducción  la obra Militia, próxima a aparecer.En las 300 páginas de este libro se contesta a tres preguntas esenciales: ¿para qué fue creada la milicia? ¿a que leyes obedece? y ¿cuál es el futuro de la milicia en el siglo XXI? En su conjunto, esta obra supone un repaso a la tradición guerrera y un intento de recuperar una forma de ser para nuestro momento histórico.

 

M I L I T I A

 

Introducción

Los hermanos luchan y se dan muerte,

los sobrinos carnales quebrantan la estirpe;

malo es el mundo;

tiempo de espadas, tiempo de sangre,

se quiebran los escudos,

tiempo de viento, tiempo de lobos,

hasta que acabe el mundo:

nadie quiere ser indulgente con el otro.

Edda. Poema de los dioses. Poema de la pitonisa

 

En esta obra no vamos a glosar un mundo feliz, sino al mundo que ha sido siempre, y que volverá a ser. Un mundo que hemos olvidado en Europa y que apenas lo tenemos como un espectáculo lejano y distante: el mundo como conflicto. Enst Jünger recordó en un libro que la guerra era “nuestra madre” y tenía mucha más razón de la que incluso él –miembro de la legión extranjera francesa, luego de las tropas de asalto durante la I Guerra Mundial, más tarde oficial de la Wermacht en la Segunda y siempre, hasta sus 102 años, escritor de talento– pretendía tener. 

En realidad, si ha existido evolución y el ser humano ha podido sobrevivir frente a otras especies mucho mejor adaptadas biológicamente a un entorno hostil, ha sido gracias a que fue la única que aprendió a manejar armas. Las armas han sido nuestras eternas compañeras desde que un hombre primitivo, tomó una mandíbula de herbívoro como puñal y un fémur de gacela como porra. De otra manera nos habríamos extinguido. El arma fue la cristalización física de nuestro instinto de supervivencia. Con el tiempo, se hizo evidente que algunos seres humanos estaban mejor dotados para el manejo de las armas y el combate y de ahí surgió la casta guerrera; formada por los defensores de la comunidad, procuraba alimentos cazando o defendía las cosechas. La creciente complejidad de la civilización y la ampliación de las comunidades, fueron los elementos que modularon esta casta y la transformaron en milicia.

Desde el principio, la milicia fue capaz de dotarse de unos valores que la diferenciaban de las dos otras castas. Y el primero de todos fue entender que lo comunitario estaba por encima de lo individual. La terrible verdad de esta casta fue desde el principio asumir que el guerrero no es nada y su comunidad lo es todo; la casta guerrera, en su terrible simplicidad, aprendió pronto a dar y a recibir la muerte. La defensa de la comunidad así lo exigía. Horacio Cocles, sólo con su espada, cierra el puente que da acceso a Roma y muere luchando contra los bárbaros, pero sus compañeros, aprovechan su sacrificio para destruir el puente y cerrar las puertas de la ciudad al invasor. El 29 de mayo de 1453, durante el asedio a Constantinopla, en la puerta de San Romano, los turcos logran penetrar en el recinto amurallado. El Emperador Constantino se despoja de sus insignias imperiales y carga codo a codo junto al noble castellano Francisco de Toledo y sus soldados que recibían órdenes, vitoreaban a Dios y blasfemaban en nuestra lengua. Fue la última carga cristiana en defensa de las libertades bizantinas. Gracias a ella, algunos civiles consiguieron huir del exterminio que les esperaba. Ejemplos como estos son frecuentes. No es solamente el cinematográfico Forrest Gump, uniformado de marine de los EEUU, quien retrocede hasta la zona batida por los morteros del Vietcong para salvar uno tras otro a sus compañeros, es Leónidas y sus trescientos espartanos bloqueando las Termópilas para permitir que las ciudades griegas se preparen para afrontar la invasión asiática, es aquel humilde soldado que fue Miguel de Cervantes, debilitado por la fiebre que pide situarse en el esquife de su galera en Lepanto, es Harald Hardrada luchando en el Puente de Stanford hasta la muerte para “conquistar veinte pies de tierra inglesa”, es la legión extranjera francesa masacrada en Camerón, o la Guardia napoleónica que “muere pero no se rinde”, o, más simplemente responde con un sonoro “mierda” a la oferta de rendición, son los soldaditos españoles en Baler, los “últimos de Filipinas” cumpliendo la orden de resistir hasta más allá del deber y lo racional, son los submarinistas de la Xº Flotiglia MAS hundiendo buques ingleses en la bahía de Suda, en Alejandría y Gibraltar, son los Tercios de Flandes en el sitio de Mastrique o la carga enloquecida de Gerard de Ridefort al frente de sus templarios en San Juan de Acre, rememorada en Balaclava en la Guerra de Crimen por la Brigada Ligera, son los últimos defensores del Berlín destruido que luchan sin esperanzas, fieles a su juramento de “honor y lealtad” en abril de 1945… es toda una teoría de heroísmo ininterrumpido que, finalmente, termina constituyendo lo que hemos llamado, la “tradición guerrera”, el objeto de este estudio. Porque en esto reside la grandeza de la milicia: si bien el guerrero sólo tiene valor en tanto que encuadrado anónimamente en una unidad de combate, es decir, como ente comunitario, finalmente, la figura del “héroe” emerge de forma natural y conquista un valor y una personalidad que puede figurar por derecho propio junto al científico o al asceta. Hubo un tiempo en el que el “héroe” a través de su esfuerzo y de la “prueba del combate” conquistaba la inmortalidad, como Hércules había conquistado la suya a través de sus “doce trabajos”. Aparentemente, resulta paradójico que muchos de quienes aceptan el anonimato de una formación de combate, destaquen como héroes, simplemente, cumpliendo con su deber.

Todo esto parece difícil de comprender en nuestros días. Hemos podido oír a ministros de la defensa explicar con una seriedad pasmosa que “prefieren morir a matar”, aun cuando, evidentemente, ni estén dispuestos a arriesgar un pelo en uno u otro sentido. Hemos podido oír a demagogos que nos explicaban que la pobreza en el mundo se debe solamente a los gastos armamentísticos. Hemos oído a pacifistas que jamás han conocido ni estado en condiciones de imaginar las destrucciones los campos de batalla, abominar de los desastres de la guerra, sin calibrar lo que está en juego en los conflictos y eludiendo el hecho de que hay “paces” mucho más crueles y criminales que los conflictos. Con demasiada frecuencia “paz” no es sinónimo de “normalidad”. Hemos visto a terroristas kosovares transformados en bandidos de butrón y palanqueta en nuestro propio país, vulgares chorizos del tres al cuarto. Hemos visto a jóvenes antimilitaristas negarse, no sólo a aprender a manejar un arma (lo cual podría ser compresible), sino incluso a realizar la antigua “prestación social sustitutoria” (lo cual resulta una intolerable muestra de egoísmo, insolidaridad y mezquindad). Hemos visto como cualquier humorista del tres al cuarto se cuidaba mucho de no ofender a los islamistas a la vista del percal que cortan, pero no tener el más mínimo inconveniente en multiplicar, semana tras semana, ironías y burlas innobles hacia las Fuerzas Armadas. Hemos visto la miseria de una época, en definitiva.

Hoy la milicia no tiene buena prensa en nuestras sociedades. Muchos la consideran algo inútil y se preocupan de asignarles las tareas más absurdas en los lugares más alejados del planeta en los que nuestra defensa nacional no tiene nada que ganar. Militares muertos en el Yakolev-42, enviados otros a Haití al mando de oficiales marroquíes (nuestro adversario geopolítico), otros enviados a morir en Afganistán o en Palestina (¿qué diablos se nos habrá perdido allí?) después de regresar de Iraq (¿que se nos perdió allí? ¿por qué tuvieron que ir a morir en defensa de nada algunos de nuestros muchachos?), fragatas escoltando a portaviones americanos en misiones de bombardeo a la frontera sirio-iraquí, aviones españoles bombardeando infraestructuras yugoslavas por encargo de la OTAN -esto es del presidente norteamericano- navíos de la armada enviados a rescatar pateras y cayucos y a vigilar las inmersiones subacuáticas de la esposa de Zapatero; nuestros muchachos tiroteados en el Congo y en Haití; atravesando campos minados en Afganistán; aviadores y aparatos españoles vigilando los cielos de los Países Bálticos (si, de los Países Bálticos, dado que estos países carecen de cazas para asegurar la integridad de su espacio aéreo); desembarcando en las cálidas playas del Líbano para interponerse entre el Ejército judío y la milia de Hizbullá… No puede extrañar que con tareas de este tipo, nuestras Fuerzas Armadas no sean “comprendidas” por la sociedad, de hecho, ni siquiera en la propia milicia se comprenden acaso por que son incomprensibles. Esta dispersión de “misiones” sin que exista la más mínima coherencia entre sí, ni la más mínima pauta estratégica, sino impulsada por conveniencias políticas, consideraciones electorales o ensoñaciones humanitarias ignorantes, es muestra del despiste del gobierno español en materia de Defensa.

“Defensa” es asegurar la integridad territorial de la nación, algo fundamental en estos momentos en los que diariamente nuestras fronteras se ven asaltadas por oleadas de inmigrantes inintegrables e innecesarios; hoy entran riadas de inmigrantes, mañana esas mismas rutas pueden ser recorridas por millares de terroristas y saboteadores. Pero, al parecer la integridad del espacio aéreo letón –no amenazado por nadie- es más importante para nuestras autoridades. “Defensa” no es enviar sistemáticamente a nuestros militares como turistas armados a los cuatro rincones del planeta. Y, además, con riesgo de morir. “Defensa” es asegurar la integridad territorial y la seguridad de una Nación. Algo que los últimos ministros de Defensa ignoran por completo, atrincherados en la ecuación “milicia = ONG en uniforme”.

Ante semejantes misiones, cumplidas con dignidad, frecuentemente con heroísmo y siempre con disciplina, podemos entender la distancia con que la incomprensión con que la sociedad española contempla hoy a sus Fuerzas Armadas. Pero no siempre fue así, ni siquiera en la actualidad debería ser así.

España fue civilizada por las Legiones Romanas. España alcanzó una mínima forma de Estado independiente con un pueblo guerrero, los visigodos. España volvió a ser gracias a ocho siglos de combates contra el Islam. España se convirtió a su vez en Imperio civilizador en América (justo es recordar que España civilizó, no masacró, por mucho que les pese a los Evos Morales del subcontinente que no encuentran mejor excusa a su pobreza actual que una colonización que terminó hace casi 200 años y que duró, efectivamente, apenas algo más de 250 años) gracias a sus “conquistadores” y gracias a los Tercios de Flandes pudo evitarse durante un siglo la fragmentación de Europa hasta la Paz de Westfalia, cuando las galeras de Juan de Austria ya habían contenido a los otomanos. Y así sucesivamente. Parafraseando a Goethe, podría decirse que somos enanos sobre hombros de héroes.

Queremos aportar algo para paliar el alejamiento que unos sienten hacia las fuerzas armadas, o incluso para desmontar la sobreactuación hostil de pacifistas cuya banalidad argumental y ceguera analítica resulta exasperante. Incluso aspiramos a aportar algunos argumentos a aquellos que sienten necesaria la presencia de las Fuerzas Armadas en la sociedad del siglo XXI. El razonamiento que planeará a lo largo de estas páginas es que una sociedad que renuncia a defenderse de los posibles ataques que puedan surgir del exterior o del interior, es una sociedad que ya está vencida y derrotada. Una sociedad de esclavos.

El lector no deberá perder de vista algo que frecuentemente solemos olvidar, a saber: que el conflicto ha sido el estado natural de la humanidad y que solamente desde 1945, y solamente en Europa Occidental, hemos vivido sesenta años de paz. Pero no existe ninguna garantía de que esa situación se prolongue hasta el infinito. Más bien, todo induce a pensar que, lamentablemente, esta situación tendrá, mal que nos pese, un fin y que corremos el riesgo de que cuando eso ocurra no estemos dispuestos para los retos que se nos presenten. Conflicto de civilización, agotamiento de recursos energéticos e hídricos, configuran un futuro poblado de densos nubarrones. Tal es el panorama.

La crónica de la vida de las naciones ha permitido grabar a fuego esta ley en la historia de la humanidad: los pueblos que renuncian a defenderse son pueblos que sucumben a sus vecinos; la vida de los pueblos está regida por la ley de la competencia, el débil es dominado por el fuerte, mediante la guerra o la política (entendemos a la política como la “continuación de la guerra por otros medios”); el débil alimenta al fuerte a costa de sus recursos; esto fue cierto en las sabanas africanas hace medio millón de años en la aurora de la humanidad y sigue siendo cierto en nuestros días. La condición humana tiene aspectos problemáticos y desagradables, pero no podemos esconder la cabeza y pensar que un día desaparecerán el instinto territorial, el instinto de agresividad o el instinto de supervivencia; o creer que algún día desaparecerán las constantes geopolíticas que condicionan las conductas de los gobiernos; o que mecanismos tan complejos como las sociedades modernas pueden seguir funcionando eternamente con energías fósiles que, día a día, van agotándose y pensar que de ahí no van a surgir tensiones futuras.

Entiéndasenos bien. Educar para la democracia es bueno. Lo sabían en las ciudades griegas. Atenas fue la cuna de la democracia, pero Atenas no dudó en tomar las armas en defensa de sus libertades y ni uno solo de sus ciudadanos pensó disponer de razones suficientes para eludir el compromiso. El impulso de Alejandro Magno llevó a las ciudades griegas hasta las puertas de Afganistán. Tanto en la Grecia Clásica como en la Roma Republicana y en los primeros tiempos de la Roma Imperial, solamente podían ostentar cargos públicos los que habían pasado por las legiones. Hoy esto sería difícil, sino imposible. La Educación para la Ciudadanía (la antigua Formación del Espíritu Nacional rediviva por ZP) se convierte en un fin en sí mismo y se amputa la parte complementaria del programa: en ocasiones es preciso defender la democracia y las libertades que la acompañan de manera decidida, contra adversarios interiores y exteriores, con las armas en la mano. Unas cuantas páginas de esta obra van a estar dedicadas a aludir a las relaciones no resueltas entre democracia y milicia. Es falso -y falsamente tranquilizador- el lugar en el que la democracia ha situado a las FFAA en los países occidentales: a su servicio, es decir –no nos engañemos- al servicio del partido que está en el poder, al servicio de la plutocracia, esto es, del poder del dinero. Y dadas las frecuentes oscilaciones políticas, se corre el riesgo –como ya ha ocurrido- de hoy defender A y mañana defender no-A. Bien, esto puede ser aceptable y legal, en tanto que constitucional, pero no es legítimo: las FFAA no pueden reducirse al papel de convidados de piedra, y frecuentemente convertidas en pim-pam-pum de antimilitaristas y pacifistas para mayor gloria de la libertad de expresión; una libertad, por cierto, que, a su vez, los miembros de la milicia no pueden ejercer sin menoscabo de sus hojas de servicio. Negar que existe una contradicción fundamental entre la estructura jerárquica, unitaria y disciplinada, las FFAA, y la estructura igualitaria, polimorfa y liberal de la sociedad política, es negar la realidad y refugiarnos en tópicos tranquilizadores. Se acepta que las FFAA tienen que estar al servicio del poder político –lo cual parece razonable-, pero se olvida que ese poder político no es unitario y que, frecuentemente en apenas seis meses puede cambiar y adoptar medidas contradictorias que afecten a las FFAA de manera radical: “ir a Irak”, “volver de Irak”, “enviar fragatas a Irak”, “ir a Afganistán”, “ir más a Afganistán”. “ir a Kosovo”, “volver o no volver de Kosovo, pero no creer en Kosovo independiente hoy, aunque quizás si creer en Kosovo independiente mañana”… Y, al parecer, el hecho de que la Constitución sitúe a las FFAA a las órdenes del gobierno de turno, hace superfluo cualquier explicación y discusión sobre la naturaleza de las misiones encomendadas. Por lo demás, lo hablado en el parlamento, tanto en este terreno como en cualquier otro, es un diálogo de sordos cansino y repetitivo. Creemos, en definitiva, que a pesar del consenso entre medios de comunicación, partidos políticos de derecha e izquierda, y grupos económicos, todavía no se ha situado a las FFAA en el papel que les corresponde en las democracias occidentales. Y, tarde o temprano, va a hacer falta revisar esta situación

En los peores momentos de la “intifada en Eurabia” (los disturbios provocados en los suburbios franceses por inmigrantes e hijos de inmigrantes en el otoño de 2005), los alcaldes de algunas poblaciones pidieron la intervención de las FFAA para restablecer el orden. En los EEUU, ante la presión migratroria del sur, la Guardia Nacional ha sido enviada para resguardar la frontera de Río Grande y evitar que millones de inmigrantes fuercen la legalidad del Estado. Ante cualquier catástrofe natural solamente las FFAA (y no la mayoría de ONGs generosamente subvencionadas) están en condiciones de prestar ayuda. Lo vimos durante la inundación de Nueva Orleáns, pero también en nuestro territorio, ¿podemos olvidar que las costas gallegas fueron el destino de miles de voluntarios al verse invadidas por el chapapote, pero que, solamente la crisis amainó con el desplazamiento de unidades militares a esa zona o que los incendios que asolaron Galicia en el verano del 2006 solamente fueron extinguidos tras la llegada de unidades militares? ¿Hubiera sido tan penosa la participación española en el conflicto de Irak si se hubiera consultado preceptivamente el criterio de las FFAA para sellar nuestra intervención o bien para certificar nuestra retirada y hacer una cosa u otra con criterios estratégicos y no por conveniencias políticas mal definidas? Un presupuesto bajo -sino ridículo- de Defensa ¿puede bastar para asegurar las tareas de protección e integridad del territorio nacional? Lo que es “políticamente correcto” en la sociedad ¿debe serlo también necesariamente en las FFAA? ¿Tienes sentido el que a una milicia a la que se exigirá el sacrificio supremo en el momento de la verdad, cobre sueldos que impidan la formación de una familia, por debajo de cualquier otro cuerpo funcionarial, tal como está ocurriendo con nuestros soldados profesionales? ¿Puede asumirse como normal el hecho de que habitualmente se elijan ministros de defensa a boleo y solamente entre hombres de confianza del poder político –por aquello de que para el poder político, de las FFAA solo cuentan, en buena medida, la “información militar”– y mujeres embarazadas –por aquello otro de la imagen “rompedora” que pretende un gobierno que no es más que imagen– sin el más mínimo conocimiento de la milicia, de la defensa nacional o de los armamentos y el estilo militar? A ningún gobierno se le ocurriría nombrar ministro de agricultura a alguien que lo ignorara todo sobre el campo, o ministro de economía a un licenciado en historia, o de sanidad a un autor teatral y así sucesivamente; sin embargo, cualquiera segundón o cualquier hembra de cuota, ya que no de tronío, vale para ministro de defensa, con tal de que sea “de confianza”. No puede extrañar que la transición del ejército de leva al profesional fuera un desastre y que, a partir de ahí, esté resultando muy difícil mantener lo que queda de las FFAA. En esta obra diremos algo sobre tales cuestiones.

Y hablaremos, sobre todo, de valores. Miren: estamos persuadidos objetivamente de que tenemos ante nosotros un futuro sobre el que se ciernen sombras amenazantes. La tranquilidad y el bienestar de las últimas décadas han operado un efecto narcotizante y deletéreo sobre el espíritu de las poblaciones y las clases dirigentes occidentales. Pero esto no durará siempre. El mero hecho de que exista la posibilidad de una crisis futura debería obligar a actuar en consecuencia. A fin de cuentas, gobernar es también prever. No solamente nuestras FFAA no están en condiciones de asegurar un conflicto de corta duración, sino que nuestra propia población se desplomaría moralmente ante la mera posibilidad de ese conflicto. Nuestro sistema educativo ha formado a promociones de jóvenes dotados de valores “finalistas” fuertemente arraigados. La paz, el progreso de los pueblos, la fraternidad universal, la solidaridad intercultural, la tolerancia, la ayuda al desarrollo, se han enseñado en las escuelas y han impregnado a nuestros jóvenes. Lamentablemente estos valores humanistas, idealistas, difusos, abstrusos y confusos, no han estado acompañados por la transmisión de valores “instrumentales” que deberían de guiarles en el día a día, en lugar de inspirarles solamente un venturoso y radiante futuro utópico. Esfuerzo personal, espíritu de sacrificio, autocontrol, fidelidad a la palabra dada, valor, capacidad de análisis y objetividad, conciencia de sí mismo, constancia, valor de la memoria, etcétera, al estar ausentes de los programas de enseñanza se convierten en la madre de todos los fracasos sociales posteriores. Tenemos adolescentes educados en la tolerancia, pero incapaces de ayudar a sus padres en las tareas domésticas, capaces de solidarizarse con las víctimas de cualquier catástrofe natural en Papuasia o en las Galápagos, pero incapaces de esforzarse en los estudios o comportarse con corrección y educación en el hogar. Los hay que predican la multiculturalidad y la tolerancia, pero se muestran incapaces de autocontrolarse en las relaciones con sus padres, con sus hermanos o con sus compañeras. La educación actual es una educación chusca e inútil, capaz sólo de fabricar tontos en serie. Lo lamentamos, pero creemos que no vale la pena utilizar un lenguaje más sofisticado ni razonado para describir al actual sistema educativo español. El que quiera comprobarlo que acuda a las puertas de un colegio público o hable con los profesores.

Pues bien, estamos persuadidos que, ante las crisis que intuimos en el horizonte, va a ser preciso, lo antes posible, rectificar los valores educativos que hoy transmite nuestro maltrecho y peripatético sistema de enseñanza. ”Educar para la ciudadanía” (sea lo que sea, si es que es algo) en lugar de “Educar el carácter” (por que el carácter y el estilo que forma, lo son todo), es evidenciar una ceguera que hace tiempo se ha instalado entre las autoridades del ministerio. Los valores “finalistas” trasmitidos por el sistema educativo han mostrado con creces su nulo impacto (por no decir su impacto negativo) y su ineficacia. Nunca la escuela ha estado tan postrada, ni ha cumplido tan escasamente su función formadora del carácter. De la escuela moderna no salen personalidades sólidas sino una mayoría de individuos coriáceos que se desmadejan a la primera dificultad.

Hace falta encontrar valores de reemplazo, capaces de constituir el armazón interior de los individuos para hacer frente a las crisis que se avecinan. Un par de generaciones pueden resultar demolidas y hundirse moralmente el día en que pidan una “pizza” y nadie conteste al otro lado del teléfono, pueden caer en la desesperación y la crisis interior más absoluta si encienden la TV y solamente aparecen canales muertos, o si la discoteca de la esquina se ha cerrado y nadie sirve “perica”, “costo” o “rulas” y no hay energía para alimentar sus focos, la intensidad de sus decibelios o los ritmos sincopados sin fin… Y no digamos si a gente educada en el actual sistema de valores se le pide que “dé algo” por su comunidad: “¿Y a mí que coño me importa? ¡yo, a lo mío! ¡anda y que le den pol culo a la comunidad!”.

La cuestión de fondo es: cuándo se ha llegado tan lejos en el proceso de demolición de la cohesión social y comunitaria ¿cómo se puede remontar el bache para forjar un nuevo modelo educativo capaz de insertar valores en condiciones de afrontar a las crisis que vendrán? La política de paños calientes ya ha dado todo lo que podía dar. Y solamente se nos ocurre una respuesta: recurrir a los valores que todavía hoy se enseñan en las academias militares.

En esta obra vamos a repasar algunos de estos valores y lo vamos a hacer, en ocasiones, repasando la historia de los cuerpos de elite, mientras que en otras aludiremos al valor metafísico y transfigurador de tales valores. Por estas páginas van a desfilar los legionarios romanos, los hoplitas de Esparta, los templarios de Tierra Santa, los mosqueteros y los tercios de Flandes, los samurais, la Legión Española y otros cuerpos de élite similares. De ellos deduciremos valores y actitudes ante la vida. Por otra parte, aludiremos específicamente, cuando convenga, a tradiciones militares que han recorrido transversalmente, más allá de las limitaciones de espacio y tiempo, la vida de los guerreros.

Nuestra intención es reivindicar -sin medias tintas, ni sumisiones a lo políticamente correcto- a la milicia y al espíritu militar. Créanme: en los años que vendrán, va a ser preciso que algunos de nosotros, especialmente las jóvenes generaciones, entiendan y vivan como propios los valores militares porque de ello van a depender demasiadas cosas. Esperemos estar en condiciones de saber transmitirles estos planteamientos.

Ernesto Milà

Madrid, 20 de junio de 2006

 

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