Infokrisis.- Las sociedades que ríen son sociedades sanas. Las sociedades que solamente ríen son sociedades estúpidas y las sociedad que desconocen la risa son sociedades enfermas. La risa es a la sociedad lo que las proteínas al cuerpo. Sin ellas, la vida es, sino imposible, sí al menos difícil y sin alicientes. Siempre ha existido en las producciones televisivas de Chicho un impulso innegable hacia el humor incluso en sus obras más dramáticas.

Historias para no dormir estaba precedida de una pequeña presentación en la que el propio Chicho explicaba de qué iba la obra que seguiría. En uno de los episodios, por ejemplo, en el titulado El Tonel (versión libre de El Barril de Amontillado de Poe), por ejemplo, tras explicar dramáticamente que TVE había reducido su presupuesto para la seria, afirmaba, aún con mayor dramatismo, que el director, los guionistas y realizadores, habían renunciado a su sueldo para poder sacar adelante la seria. Cuando tras esta dramática alocución, la cámara se alejó podían verse a Chicho y a dos realizadores cubiertos solamente con el tonel que daba nombre al episodio y que, al mismo tiempo, era el símbolo de los que lo habían perdido todo. Presentaciones de este tipo fueron inseparables de la serie que ha aterrorizado a más españoles. El humor no puede ir separado del terror, so pena de que éste termine causando una angustia insuperable. El humor, sobre todo el humor, y, si se nos apura, un humor inteligente, es lo que estaba en la intención de Chicho a la hora de pensar en los espectadores.

Esa necesidad de humor estuvo en el origen de Un, dos, tres… responda otra vez, el concurso de mayor seguimiento televisivo en España y uno de los programas que fue capaz de superar la barrera de las diez temporadas en antena. El programa llegaba después de una larga gestación y, en realidad, algunos de los elementos que contenía estaban presentes en creaciones previas de Chicho.

Era inevitable que Los tacañones (codiciosos y desagradables miembros del jurado que intentaban avasallar a los concursantes) eran la reproducción de las miembros de la Liga contra la Frivolidad. Sus trajes austeros eran idénticos a los que lucía Emilia Gutierrez Caba, Margot Cottens y demás narradoras de Historias de la Frivolidad. Por lo demás, una de las protagonistas de La Residencia, Paloma Hurtado, una de las alumnas colaboracionistas que dictaban su ley entre las internas, volvía a colaborar con Chicho cuando, tras la muerte de Valentín Tormos (el primer tacañón), el pintoresco jurado cambió de sexo y se convirtió en las tacañotas. En realidad, aquel núcleo colaboracionista de La Residencia ya prefiguraba lo que luego sería, en clave de humor, el jurado de Un, dos tres…

El concurso aunaba tres elementos presentes en la vida humana: la cultura, el esfuerzo físico y la suerte y era, en definitiva, una dramatización de la vida. La cultura estaba representada por las preguntas iniciales que daban nombre al concurso. Hoy hubiera sido imposible realizar un concurso con aquellos contenidos: el nivel cultural medio de la población ha descendido hasta extremos alarmantes. En los años 60, al menos, el Bachillerato unificaba los conocimientos del alumnado y le dotaba de un bagaje cultural no desdeñable situado, en cualquier caso, a años luz del que provee la enseñanza media actual. Las preguntas iban dirigidas al intelecto. No siempre eran fáciles. Su dificultad era creciente y contestarlas suponía aunar memoria, imaginación, conocimientos y serenidad. No era fácil destacar sobre otros concursantes. Se premiaba al que más conocimientos poseía.

En la segunda parte se trataba de plantear esfuerzo físico. Para afrontarlo había que estar en buena forma. Pocos obesos estuvieron en condiciones de imponerse, si es que alguna vez lo hicieron. ¿Discriminatorio? Si tenemos en cuenta que por un lado el ministerio de sanidad alerta constantemente sobre los riesgos de obesidad y si tenemos en cuenta que en programas televisivos del género de Tardes con Patricia más parece un muestrario (o “monstruario”) de obesos, veremos que la contradicción es palmaria entre un riesgo sobre el que se alerta –la obesidad- y la “comprensión” del obeso que debe tener si lugar en la sociedad. El resultado es que, cuando dos vectores apuntan en sentido contrario, cuando la publicidad del ministerio apunta contra la obesidad y cuando programas de TV “normalizan” al obeso, ambos se anulan. Todo estaba más claro cuando se estrenó Un, dos, tres… Era preciso gozar de forma física envidiable para imponerse. Y lo que era más importante: era preciso ser una pareja.

Si hoy concursos como éste serían imposibles es porque nuestra sociedad ha perdido la noción de “normalidad”. Un, dos, tres… era un concurso para gentes “normales”, cuando estaba claro lo que era la normalidad y dónde  residía. ¿Y hoy? ¿Competirían parejas gays con parejas heterosexuales? ¿y parejas lesbianas? ¿Estarían de competir en un todos contra todos? ¿No sería la existencia misma de un programa de este tipo una odiosa muestra de sexismo y una oprobiosa forma de discriminar a miembros y miembras? ¿Y cómo podía tener lugar una prueba física si implicaría la eliminación de los obesos? ¿habría que pensar en imponer medidas de discriminación positiva a los concursantes menos dotados o menos hábiles en el manejo de la cultura o del deporte? Preguntas que dejamos con puntos suspensivos por incontestables e informulables dentro del marco de lo políticamente correcto.

Pero la vida es también suerte y la tercera parte del concurso hacía planear este factor sobre las cabezas de los concursantes. Era inútil que los concursantes hicieran utilizar su lógica o su capacidad deductiva. En esta parte, el sentido común estaba completamente ausente y dependía de la habilidad del presentador (Kilo Legard, Mayra Gómez Kemp, Jordi Estadella, etc.) llegar, literalmente al huerto a los concursantes. Si estos obtenían el coche o el apartamento en Torrevieja (esta ciudad alicantina le debe a Chicho su boom inmobiliario) era cuestión de suerte y de su habilidad para practicar el escepticismo absoluto. Era también –como la vida misma- un problema de intuición. Había algo en algunos concursantes que indicaba que tenían su intuición más desarrollada. Suerte sí, pero pasada por el tamiz de la intuición. Como la vida misma.

Nada de todo esto ha sido posible integrar en concursos posteriores. Pasa palabra, por ejemplo, es un mero concurso de preguntas y respuestas como Saber y Ganar (eterno concurso de la TV2) o como tantos otros. La TV parece haber tendido hacia la especialización antes que hacia la integración. ¿Qué apostamos? o Gran Prix ambos presentados por Ramón García, apuntan a la fuerza física especialmente y otros como el Juego de la Ruleta tienen que ver sobre todo con la suerte. Desde Un, dos, tres… no hemos vuelto a encontrar un concurso que integre cultura-esfuerzo físico-suerte/intuición y probablemente no lo volveremos a encontrar jamás. Si los concursos son perífrasis simbólicas del estado de las sociedades, habrá que reconocer que la sociedad española de los 60-70 estaba más integrada que la sociedad española treinta años posterior.

Se suele contar que el programa había tenido un precedente en Argentina, Un, dos… Nescafé, realizado por el propio Chicho en el que las parejas de concursantes debían ir respondiendo alternativamente. A esta primera parte se le añadió otra inspirada en un concurso presentado por Kilo Ledgard en Perú, Haga negocio con Kiko, basado en una subasta en la que el presentador ofrecía regalos ocultos o dinero en mano. Ambas partes fueron unidas por la tercera que seleccionaba a los concursantes en función de sus cualidades físicas. El denominador común de estas partes fue lo que podríamos llamar un “ofensor del concursante”, Don Cicuta, los Tacañotes, luego feminizadas, verdadera parte negativa del concurso que remitía a las historias de terror que tanta fama habían otorgado a Chicho. Pero también había una parte positiva: las azafatas, seis hermosas chicas seis, con falta minimal y escote máximal que recordaba lo que era la belleza y que no debía de ser sinónimo de tontería. Muchas de estas azafatas destacaron luego en el teatro y en el cine español Finalmente, cada programa estaba presidido por un tema: el circo romano, el mar, las aventuras en África, los viajes espaciales, que tenían que ver, frecuentemente, con temas de actualidad y que eran paradigma de esa edición del concurso en torno al cual giraban decorados, preguntas, etc. La buena o mala suerte estaba representada por Ruperta, Clotilde, el Chollo, una calabaza en definitiva.

El concurso sobrevivió más de diez años, en un medio en el que tres temporadas se consideran un éxito. Cuando en 2004 el programa fue resucitado las fórmula se había convertido en inadecuada. Si antes las parejas eran parejas de “amigos y residentes en…”, “novios” o “matrimonios” y a nadie se le había ocurrido algo diferente a que fueran heterosexuales, en el tardío revival era inevitable que existiera una apertura hacia el mundo gay.

En buena medida el programa había sido resucitado por impulso de Luis Larrodera, joven presentador aragonés que recordaba las últimas temporadas del concurso y convenció a Chicho de presentar un nuevo proyecto.  A pesar del buen hacer que Larrodera demostró entonces y que posteriormente le han consagrado como presentador de concursos, el programa, tras una buena acogida inicial, fue perdiendo audiencia y se canceló tras 19 emisiones. Los diez años que habían transcurrido antes de su reaparición no habían tenido en cuenta que la sociedad española había cambiado extraordinariamente. El nivel cultural del país ya no estaba para muchos trotes.

Una reflexión sobre el papel de la televisión en la sociedad

No es la intención del presente artículo entrar en un análisis profundo sobre la vida y la obra de Chicho Ibáñez Serrador, sino simplemente recordarlo. Pro sería bueno antes de concluir reflexionar sobre el papel de la televisión en la sociedad.

¿A qué podía deberse el que cuándo existía una sola televisión en España y cuando las libertades políticas estaban disminuidas, existiera una televisión más creativa que en la actualidad? Simplemente, se debe a que el “liberalismo” no funciona. El exceso de oferta, lejos de multiplicar la calidad del producto, lo que contribuye es a aumentar los precios de la publicidad que lo acompaña.

Mauricio Carlotti que si sabe de algo es de la televisión de los 90 en adelante, lo dijo hace tiempo: “Yo vendo publicidad… lo que pasa es que estoy obligado a poner programas para que la gente la vea”. Se hubiera podido decir más alto pero no más claro. Las televisiones privadas no iban a competir con la pública en calidad, sino en publicidad. No iban intentar dar los “mejores” programas, sino aquellos atrajeran una audiencia cada vez más masificada y aculturizada especialmente a partir de que en los años 80 el Ministerio de Educación permitiera la degradación de la enseñanza. Una persona madura de 40 años se educó ya en la EGB y en el BUP de los años 80, por tanto, su nivel cultural es inferior al que otorgaba el diploma de reválida de 6ª solamente diez años antes. Esa persona, si no se ha interesado por la cultura no habrá podido evitar tener un déficit de conocimientos.

Las TV privadas, venden publicidad y solamente les interesan los ingresos procedentes de la publicidad. Pero eso implica que para poder obtener más ingresos deben, necesariamente, tener más audiencias. Y por ello deben adaptarse al nivel cultural de la población: si éste es bajo, las televisiones deben estar como mínimo en la media. Y ya se sabe lo peligroso que es hablar de medias en lo que a cultura de masas se refiere. Gustav Le Bon ya dicho hace más de 100 años que el nivel medio de una masa, no se sitúa en la media aritmética, sino en su nivel más bajo de la masa.

Al menos, antes, cuando la televisión estatal no tenía competencia, era completamente independiente de la publicidad. Si entraba servía para sanear el presupuesto, si no entraba, tampoco era una tragedia, simplemente los presupuesto generales del Estado cubrían el agujero. ¿Injusto? No exactamente, por que aquella televisión de los orígenes cumplía una función social imprescindible: formaba y divertía. Ciertamente no informaba o al menos no informaba con libertad. Pero la información no lo es todo. Y, por lo demás, en aquella España en blanco y negro quien quisiera estar bien informado lo conseguía sin dificultad. Los programas de Radio Praga – Estación Pirenaica deformaban la realidad tanto como el Telediario. Y en cuanto a Radio Tirana o a Radio Pekín, las cosas no eran muy diferentes. En cuanto a los programas en castellano de la BBC eran ciertamente más fiables… pero no siempre. La ventaja de aquella televisión es que nadie se llamaba a engaño: los informativos difundían noticias enfocadas desde el interés del régimen. Pero, esta no era toda la televisión, ni siquiera la que tenía más seguimiento por parte del público. Los programas de Chicho están ahí, en el recuerdo y en P2P para que podamos, por nosotros mismos, hoy, en 2008, comprobar su calidad.

Hoy nadie se preocupa por formar a la ciudadanía. Se nos entretiene con programas y concursos de perfil bajo, que hace treinta años hubieran sido considerados como concursos aptos para ignorantes. Se nos “echan”  culebrones como se arrojan desperdicios a los cerdos para que se alimenten. Y, para colmo, la información es sesgada, existen debates pero cada tertuliano defiende una opción concreta dentro de cada cadena que asume la defensa o el ataque contra tal o cual opción política. En lenguaje militar se dice que más vale un mal mando que muchos mandos buenos… lo que trasladado a términos televisivos y ligeramente alterado equivaldría a decir que más valía una televisión que formara y divirtiera que varias televisiones que compiten en zafiedad.

La irrupción de las televisiones privadas no ha servido para ofrecer una mejor calidad de contenidos. De hecho, lo que ha ocurrido ha sido todo lo contrario: desde las MamaChico de los primeros tiempos de Tele 5, hasta la ristra de talk-shows, es difícil decir cuál es peor y cuál cumple mejor su función de profundizar en la bastardización de las masas.

Eternamente gracias, Chicho

Si hoy Chicho está ausente de televisión no es sólo porque está en edad de jubilación, sino porque no hay lugar para él en la moderna televisión. Las nuevas generaciones no habrán tenido la ocasión de oír su peculiar acento, ni de ver sus programas estremecedores unos, desternillantes otros, pero que siempre mantuvieron un nivel de calidad que hoy no tiene –no puede tener- lugar en las televisiones generalistas.

Nos ha llegado el macutazo de que Chicho no anda bien de salud. Le deseamos pues una rápida recuperación. No creemos que tenga dificultades económicas así que puede permitirse una tercera edad tranquila y reposada. Le vamos a sugerir algo: que se introduzca en la red, que viaje por la red, que vea las enormes posibilidades formativas y de ocio de la red. Seguramente tendrá algo que decirnos.

O quizás es posible que no tenga ganas. Todos tenemos derecho al descanso y no vamos a ser nosotros quienes exijamos a Chicho un esfuerzo de sus “pequeñas células grises” (como ponía en boca de Hercules Poirot su genial creadora Agatha Christie). Hay proyectos que ya no tienen cabida en las televisiones generalistas, pero que quizás sí sea posible adaptar a Internet.

Pero hay algo en lo que sin duda Chicho nos podría ayudar: a recuperar sus programas, sus películas, sus series. Para ello están los sistemas de intercambio de archivos. Hay mucho de Chicho en estas redes, pero no todo. Queremos suponer y suponemos que la SGAE le pasará a Chicho su parte alícuota del canon digital.

Seguramente la satisfará saber a Chicho que La Residencia sigue “bajándose” constantemente de la red, que sus Historias para no dormir, siguen siendo buscadas por jóvenes y no tan jóvenes y que en youTube fragmentos de sus vídeos están presentes registrando audiencias altas, sino altísimas. Estas obras despiertan mucho más interés que la mayoría de películas del cine español actual, intimistas y aburridas, sosas y sin rastros de creatividad con la que nos salpica ese cine agonizante por subvencionado y previsible por progre.

Chicho debería echarnos una mano y poner sus archivos a disposición del público interesado en su obra. Este artículo era hasta aquí un agradecimiento. En este último párrafo es casi una súplica.

© Ernesto Milà rodríguez – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com

 

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