Edgar Neville, el maldito (I de V): La Torre de los Siete Jorobados

Publicado: Martes, 18 de Marzo de 2008 20:03 por Ernesto Milá en CINE

Infokrisis.- Casi en la cuna oí hablar por primera vez de Edgar Neville. Es un nombre pegadizo que tiene poco de castellano, seguramente por eso me llamó la atención. Luego, en mi juventud, el nombre desapareció y no hubiera vuelto seguramente a recordarlo, de no ser porqué hace quince años TV2 repuso La Torre de los Siete Jorobados, una extraña película dirigida, precisamente, por Neville. En los últimos días he logrado encontrar en emule la mayor parte de filmes de Neville, verlos ha supuesto sintonizar con algo que existe dentro de mí. Quizás en eso radica la maestría de los grandes directores que consiguen que cada espectador interiorice sus filmes y los haga suyos. Este es mi pequeño homenaje a Neville.

La afirmación madrileña de Neville

Creo saber que es lo que interesó a Neville de la novela de Emilio Carrere, La Torre de los Siete Jorobados, para llevarla al cine: el Madrid extraño que fue y ya no es, el Madrid del pasado, de un tiempo indefinido entre mediados del XIX y el advenimiento de la República, un Madrid en blanco y negro con escala de grises.

Cuando he visto recientemente las películas de Neville he experimentado la misma sensación que cuando escuché por primera vez la rapsodia para un concierto de Emmanuel Chabrier titulada España. Chabrier había recorrido España en 1882 anotando en su cuaderno las impresiones sorprendentes que la había causado la alegría de vivir de nuestro pueblo. Su Auvernia natal era tan diferente de nuestra España decimonónica que no dejó de sorprenderle. Al año siguiente, el edulcorado público parisino pudo oír esta rapsodia que, en junto a la Verbena de la Paloma, pintan el alma española de la época con singular maestría. Las composiciones posteriores de Chabrier ganarían en sofisticación técnica, pero perderían en espontaneidad y rotundidad. Siempre, cuando he estado lejos de mi país y sentido la morriña propia del emigrante, la España de Chabrier y la Verbena de la Ploma de Bretón me han ayudado a no perder el alma de mi pueblo.

Las películas de Neville nos ponen en contacto con un Madrid tradicional, premoderno, un Madrid mágico, soterrado, pobre, casi miserable, pero digno, alegre y confiado. Una de sus últimas películas, Mi Calle, exaspera esta tendencia que ya se adivinaba en La Torre de los Siete Jorobados. Entre ambas películas median quince años y ambas me confirman en la casticidad de Neville, paradójica todavía más a tenor de su nombre y apellidos. De hecho cuando en 1947, filma Nada, basado en la estremecedora y torturada novela Carmen Laforet (primer Premio Nadal en 1944), la acción transcurre en Barcelona, pero apenas hay nada que recuerde a la Ciudad Condal. Salvo el claustro de la Universidad de Barcelona, fácilmente reconocible, el resto de escenarios –incluido el Barrio Chino- remite al mismo Madrid que pintó en tantas películas. Y es que Neville fue madrileño y, no por haber ejercido como diplomático y viajado de Hollywood abandonó ese casticismo madrileñista que siempre le adornó.

Vale la pena insertar un comentario, justo aquí. Neville ha sido considerado falangista y franquista. Lo era –más falangista que franquista, a decir verdad- y resulta absurdo negar la evidencia, aunque sea precisamente esa evidencia y el culto a lo políticamente correcto practicado hoy, que la obra de Neville es desconsiderada y haya pasado al olvido. Más adelante insistiremos en las opiniones políticas de Neville y en sus ideas estéticas, baste decir ahora que su cine, y sus gustos, son los propios del régimen: madrileños en esencia. Esto no es condenable sino que explica algunos rasgos del franquismo, un régimen forjado esencialmente en Madrid y que muy frecuentemente estuvo de espaldas a la especificidad de su periferia. No es que fuera una conspiración anticatalana o antivasca, es que Neville era castizo y fue en la áspera meseta y en su centro, Madrid, en donde surgieron los grandes intelectuales y artistas del régimen, con las excepciones que pueden aparecer ahora en nuestra mente y que son eso, precisamente, excepciones.

Era en Madrid en donde el régimen tuvo su mayor acumulación de intelectuales y artistas. Y ellos estaban bien arraigados en el casticismo, ¿podía exigírseles otra cosa? ¿alguien tiene derecho a demandarlo? De la misma forma que el arte de Gaudí es inseparable de la luz del Empordà, la estética de Neville lo es del Madrid situado entre dos siglos. Y, a fin de cuentas, es mucho más madrileña que española, de la misma forma que la alegría de la España de Chabrier o de La Verbena de Bretón, son más madrileñas que españolas.

La Torre de los Siete Jorobados, una película extraña

Estrenada en 1947, La Torre de los Siete Jorobados es, en cierto sentido, arcaica en relación a su tiempo. Remite al expresionismo alemán que había hecho fortuna veinte años antes. De hecho, algunos diseñadores de los decorados procedían del cine alemán y ya habían trabajado para el expresionismo. Hay algo gótico en aquella película que haba el mismo lenguaje del Doctor Mabusse o del Gabinet del Doctor Caligari: espectros, acción subterránea, seres deformes, lo onírico y lo criminal mezclado con la inocencia y lo objetivo, hacen de ésta una de las mejores películas de cine fantástico español

La idea partió de la lectura del libro del mismo nombre publicado por Emilio Carrere. Precisamente, la película se estrena el año de la muerte de Carrere. Éste, por su parte, había recibido influencia de los poetas simbolistas franceses, también le atrajo la obra de Heine y del polifacético Henri Murger. A principio de siglo Rubén Darío constituía su norte estético.

A partir de 1907 a colaborar con la colección El Cuento Semanal de Eduardo Zamacois de la que mi abuelo había legado a mi madre varias decenas de ejemplares. A partir de ese momento Carrere se especializa en personajes surgidos de los bajos fondos madrileños, marginales de todos los pelajes, subproletarios torturados por la vida delincuentes y artistas hermanados en tabernas y problemas. En definitiva todo el submundo madrileño de la época.

Y todo esto, naturalmente, le lleva a interesarse por las supersticiones populares. Era cuestión de tiempo que contactara con los medios teosóficos y con el espiritismo más conspicuo. Trabo una buena amistad con Mario Roso de Luna, el más brillante y exuberante de los teósofos españoles, aunque también uno de los más desmadrados. En casa del compositor Ricardo Corral realizó también prácticas espiritistas.

Por supuesto, con estos antecedentes no podía asumir sino un socialismo mítico, más utópico que científico y más ácrata que partidista. Si no se adhirió al anarquismo fue por la mala costumbre de esta corriente de recurrir al pistolón y a la bomba. Sus andanzas por los barrios bajos le llevan a convertirse en jugador impenitente.

La inesperada herencia de su padre –que jamás vivió con él, ni nunca lo reconoció- le llevó como el burlanga que era a quemar más fondos, comprarse un piso y un automóvil y, de paso, hacerse monárquico. Evidentemente, evolucionaba, pero no se detuvo aquí. En 1935, no sólo era anti-republicano sino también redactor del Informaciones, en la que defendió entusiásticamente a Mussolini. Después de la guerra colaborará con los carlistas de Evaristo Casariego y coqueteará con el régimen franquista que se dejó querer por él.

La obra de Carrere ha sufrido por esto dos olvidos: el primero del propio franquismo que no hizo nada para salvar su obra, especialmente porque esta contenía “elementos mágicos” (procedentes de su etapa teosófica y espiritista) y un segundo olvido a partir e 1975 cuando todos los que habían sido “autores del régimen anterior” pasaron al índice.

La Torre de los Siete Jorobados, publicada en 1924, es pura literatura gótica, casi diríamos “mágica”. Tanto es así que cuando Neville la adaptó, eliminó personajes, pero sobre todo desterró el papel que la magia y el ocultismo tenían en la edición original de la novela y si lo hizo no fue porque no considerase que éste era uno de los elementos más atractivos del relato, sino porque la censura de la época, ya controlada por el nacional-catolisimo (el Eje estaba perdiendo la guerra, Serraño Suñer había sido destituido y los nacional-católicos habían sustituido a los nacional-sindicalistas por conveniencias del guión franquista) jamás hubiera permitido una alusión teosófica o espiritista. Hay en La Torre de los Siete Jorobados, algo de terror, mucho de ficción, bastante de cine policiaco, pinceladas de leyenda urbana y todo ello bajo el común denominador del casticismo.

La película es hoy objeto de culto para todos aquellos cinéfilos españoles que aprecian el cine elaborado en nuestra tierra. En el curso 2002-2003, Ana Rosa García Cabezón elaboró una tesis doctoral sobre esta película en su curso de doctorado sobre Modernidad y Tradición en los umbrales del cine sonoro. Hemos conocido la existencia de esta tesis después de visualizar la obra de Neville y nos llama la atención el que su autora coincide plenamente con nuestros puntos de vista.

¿Por qué eligió Neville la obra de Carrere para realizar una película? Es simple, ambos son almas gemelas: nocturnidad, casticismo, arraigo en el Madrid antiguo, bohemia… Neville, por lo demás, había vivido su infancia y juventud en Madrid

¿De qué va la película? Basilio Beltrán (Antonio Casal) es un jugador supersticioso de escasa fortuna, fundamentalmente una buena persona –en la novela es un perfecto imbécil- que tiene la costumbre de acariciar la chepa de los jorobados para obtener una buena suerte que jamás llega. En una de las partidas de ruleta un misterioso y siniestro personaje que solamente puede ver él le indica los números a los que tiene que apostar, ganando siempre. Es Robinsón de Mantua, un espectro, que convence a Basilio para que descubra a su asesino en la novela y en la película preocupado por la vida de su sobrina Inés (que no aparece en la novela). El muerto ha vuelto para que Basilio, presentado como “sensitivo”, pueda proteger a su sobrina. La temática espiritista es evidente. Los jorobados constituyen una peligrosa organización criminal dirigida por el “doctor Sabatino” (encarnado por Guillermo Marín uno de los mejores actores de la postguerra). Sabatino es un personaje culto y educado, marcado por su deformidad física y que ha decidido crear una organización criminal compuesta por los que son como él y escondida en cuevas y pasadizos situados bajo Madrid, cuya salida a la superficie es la torre que la nombre a la película.

Cuando la trama se traslada a los subterráneos y a la torre siniestra se diría que estamos viendo un filme expresionista. El propio Sabatino evoca en sus gestos y en su mirada al Nosteratu de Mornau o al Doctor Caligari de Robert Wiene. Sabatino, en la novela es un brujo y nigromante, factores de su personalidad que han desaparecido en la película, pasando a ser un jorobado resentido con la sociedad que le despreia y que, impulsado por eso se dedica a la falsificación. Sólo muy discretamente conserva el rasgo otorgado por Carrere de hipnotizador.

Es, así mismo, una de las primeras y mejores películas del cine negro español que tanto atraía a Neville, no en vano construyó otras dos –Domingo de Carnaval y, particularmente, El crimen de la calle Bordadores- que inauguran este genero en nuestro país. Es posible que Neville, amante y seguidor del expresionismo alemán siguiera el ejemplo de Fritz Lang (ver los artículos sobre Lang y el expresionismo alemán en Infokrisis) y realizase excursiones en el género negro que el director alemán inicia con M. el Vampiro y con muchos filmes de su etapa americana.

Hay cierto simbolismo en la película. Mientras que en la novela, los subterráneos apenas aparecen y la “torre” se eleva hacia el cielo, Neville se ha visto influido, no sólo por el expresionismo alemán, o por novelas de género como Misterios de París de Eugene Sué, sino también por los descubrimientos arqueológicos que tienen lugar en los años inmediatos de la postguerra, cuando Madrid empieza a reconstruir las heridas que ha pasado en la guerra civil y al removerse tierras, aparecen rastros arqueológicos nuevos que contribuyen a reemprender los estudios históricos sobre el origen de Mantua Carpetana, la actual Madrid.

Al mismo tiempo, el subterráneo sugiere tinieblas, mal, angustia y esa desesperación que habían vivido los madrileños durante tres años de guerra en los que el frente de combate estaba prácticamente a la puerta de sus casas. Neville figuró entre los vencedores, pero llama la atención que, aun a pesar de haber realizado filmes de propaganda política por encargo de Franco, nunca encontramos ni un reproche, ni un gesto de revancha, ni siquiera una sombra de odio hacia los vencidos. Él, que fue falangista, presenta en una de sus películas la estremecedora escena del falangista muerto en una refriega abrazado al anarquista y en su última película, no tiene inconveniente en presentar al republicano como amigo del marqués a cuya ayuda acude cuando vienen a buscarle los milicianos, desapareciendo ambos en la vorágine de las sacas y los fusilamientos. Parece absolutamente increíble que Neville, algunos de cuyos amigos habían muerto en la contienda y que apoyó sin fisuras a Franco, nunca quisiera realizar ajustes de cuenta históricos, ni mucho menos evocar pretendidas “memorias históricas”, sino que tuvo claro la necesidad de superar el conflicto.

Está claro que en aquella época existía angustia y pobreza, y esa miseria moral y espiritual que Neville logra transmitirnos en La Torre de los Siete Jorobados. Hay que decir que la película apenas estuvo siete días en cartel y pasó desapercibida para una crítica que empezaba a mirar a Hollywood y había adoptado como norma desconsiderar la producción española. Los críticos consideraban que solamente podían ser benévolos –y más que benévolos, entusiastas- de los filmes de carácter histórico que entonces proliferaban y gozaban del favor del régimen (Alba de América, Jeromín, Los Últimos de Filipinas, Agustina de Aragón, etc.), filmes con los que el régimen intentaba popularizar sus temas favoritos (el Imperio y la independencia nacional, los valores de heroísmo y patriotismo, etc.). Neville era hostil a este cine y, o bien su película no fue entendida en la época, o bien los críticos no se atrevieron a aludir a la obra de un escritor maldito y de un cineasta que iba camino de serlo.

Cincuenta años después…

¿Por qué hemos empezado nuestro estudio sobre Neville a partir de una película que en su tiempo no gozó del favor del público? Hay una explicación. La primera es que cuando la vimos nos llamó profundamente la atención, hay en todo artículo un elemento subjetivo que no podemos evitar. Ahora bien, una parte del cine español conoce perfectamente la obra de Edgar Neville; no lo confiesa porque en la industria del cine española reconocer los méritos de alguien que hubiera tomado partido por el bando nacional, es, simplemente, una herejía de consecuencias incalculables para su carrera profesional.

Ahora bien, la influencia de Neville y de esta película en concreto, es fácilmente visible en una obra como El Día de la Bestia de Alex de la Iglesia en la que el tipismo cañí encarnado por Santiago Segura y el ambiente surrealista que le rodea, la sordidez de los espacios nocturnos en donde ha de nacer el anticristo, y, sobre todo esa escena final en la que los protagonistas se encuentran bajo la estatua del Ángel Caído en el Parque del Retiro madrileño.

Me resultó inevitable establecer los paralelismos entre ambas películas, así que volví a ver La Torre de los Siete Jorobados hace poco, 15 años después de descubrirla por primera vez. Ya entonces me sorprendió que la película, arcaica en su elaboración y limitada en su presupuesto, conservaba toda su frescura y su ritmo seguía estimulando al espectador a llegar hasta el final. Es una película que no ha quedado superada por el tiempo. Hace poco volví a ver Tacones Lejanos de Almodóvar. Lo lamento, pero me aburrió. Y es que la diferencia entre el buen cine y el cine intrascendente radica en que el interés que despierta el primero no pasa jamás, mientras que el otro no resiste un segundo visionado. El cine de Neville pertenece a la primera categoría y más de medio siglo después de realizado a conservado su aroma y su frescura.

© Ernesto Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.es – http//Infokrisis.blogia.com

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