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Infokrisis.- Del 24 de diciembre al 3 de enero hemos estado en la ciudad de Barcelona observando si la opinión que nos habíamos forjado a 450 kilómetros distancia era exagerada o respondía a la realidad. Barcelona ha dejado de funcionar. La ciudad que languidece entre el Besós y el Llobregat que un día ambicionó ser una “ciudad fashion” cuyo modelo era New York… va camino de convertirse en un pobre remedo de Marsella. Esta es la crónica de nuestras últimas cuatro horas en Barcelona. A poco de irnos, nuevamente las infraestructuras de cercanías dejaban de funcionar…

10:30 horas.- Hay que darse prisa. Hubo un tiempo en el que vivíamos a poca distancia del centro de Barcelona, hoy seguimos viviendo en el mismo lugar, pero incomunicados. Las obras de la Plaza de Lesseps (que duran ya casi cuatro años) han colapsado toda la zona norte. Zanjas, hormigoneras, pasos provisionales, accesos cortados impiden acercarnos al metro de Lesseps. Pero hay algo peor: justo delante de nuestro portal tenemos una parada de autobús… Algo completamente inútil porque ayer, hoy y mañana viernes, hay huelga de autobuses y los servicios mínimos solamente cubren hasta las 9:30. Así pues hay que ir a la estación de Sans en taxis.

11:15 horas.- Después de un trayecto plagado de dificultades, finalmente conseguimos que un taxi nos acerque a la Estación de Sans. Y digo bien: “que nos acerque”. De hecho, los andenes están separados entre 300 y 400 metros del lugar al que el taxi puede aproximarse como máximo. Desde allí hay que salvar obstáculos inimaginables junto con el equipaje, para penetrar en la estación. Además el día anterior llovió, así que ese trayecto está repleto de baches llenos de agua.

11:25 horas.- Una vez dentro de la estación, por costumbre, miramos al reloj que indica la hora oficial de RENFE. Algo completamente inútil. El reloj situado junto a las taquillas se paró hace días a las 12:01 y desde entonces no ha vuelto a funcionar. Allí sigue donde lo dejamos, clavado en esa hora. No hay otro reloj visible en toda la estación; por lo demás, a nadie se le ha ocurrido desmontar el reloj, taparlo o poner un cartel de no funciona. Allí está a la vista de todos para que todos piensen que son las 12:01…

11:30 horas.- Los trenes de cercanías han vuelto a funcionar (unas horas después, cuando ya habíamos abandonado la estación, volvían a quedar paralizados por un nuevo fallo técnico), pero eso no es óbice para que por los altavoces se anuncie una u otra vez que el tren “con destino Cervere ha sido suprimido excepcionalmente”. ¿Suprimido? Un mero eufemismo para decir que algo ha fallado y que el caos de las infraestructuras sigue vivo y activo. Los viajeros que aspiren a ir a Cervere deberán coger un tren con destino a Granollers y allí hacer trasbordo.

11:45 horas.- preocupado porque a poco para salir mi tren con destino a Cartagena nadie indica de qué vía partirá se me ocurre preguntar en la ventanilla de información. Un solo funcionario da la cara a una cola de airados viajeros concentrados al otro lado del cristal con las más inverosímiles quejas. Cuando llega mi turno apenas es capaz de informarme de que mi tren lleva una hora de retraso. Y añade: “Viene de Francia”… excusa destinada a crear la sugestión de que el retraso no se ha generado en Catalunya, sino en Francia.

11:55 horas.- busco algún lugar en donde sentarme para esperar. Intento que esté cerca de alguna de las pantallas planas recién estrenadas situadas en toda la estación. La mayoría de bares que hubieron en otro tiempo han cerrado o bien se han puesto a un precio prohibitivo y ni siquiera hay camareros que tomen nota de la comanda y la sirvan, así pues hay que ir a la barra, esperar que el camarero de turno tenga ganas de atenderte después de haber cobrado y llevar la consumición a la mesa. Los cafés van a 1’75 €. Nadie parece quejarse a pesar de que son de ínfima calidad y que hace falta temer imaginación para adivinar el aroma del café. Hubo un tiempo en el que hasta eran comestibles. Las mesas, por lo demás, están literalmente asquerosas, contienen generaciones de tazas y vasos de plástico vacíos, restos de bocadillos y bollería industrial que a los sufridos consumidores les han resultado incomestibles y en algunas zonas del suelo el zapato se queda literalmente pegado por bebidas de cola derramadas. Aquello no anima a quedarse así que opto por comprar una revista y esperar en el andén que me corresponda. En eso que noto la vejiga a punto de explotar.

12:10 horas.- Hace 10 minutos, mi tren debería haber salido y heme aquí en plena estación de Sans con un carrito repleto de maletas a la búsqueda del lavabo. En una estación de casi cuatro hectáreas de superficie solamente hay un lavabo (el que ha existido siempre desde principios de los 70). Desde tiempo inmemorial ese lavabo olía a mierda rancia acumulado. Ahora hemos mejorado, solamente huele a pis añejo. Y no hace falta penetrar en el lavabo, huele desde las inmediaciones. Para colmo no hay posibilidades de dejar las maletas resguardadas ni tampoco de entrarlas en el urinario. A la vista de los tipos que merodean por la estación no tengo la menor duda de que perder de vista un segundo las maletas equivaldría a que desaparecieran. Así pues, renuncio a vaciar la vejiga y opto por ir directamente al andén que me corresponde… y que no está indicado en lugar alguno, a pesar de que hace 10 minutos que debería haber partido mi tren.

12:15 horas.- Finalmente me explican que el tren para Cartagena partirá de la vía 11 y que hay una “sala de espera”. Allí que voy. Hubo un tiempo en el que la estación de Sans era diáfana desde un extremo podía verse lo que ocurría en el lugar opuesto. Eso es un recuerdo como diría Ruíz Zafón, “de la Barcelona de los 70 que fue y ya no será jamás”. La estación está parcelada como un corral: allí para las ovejas embarazadas, allí para las lactantes, en el otro lado para las esquiladas, más lejos para las que tienen parásitos, etc. Aquí otro tanto, solo que las rústicas divisiones están hechas con acero y vidrio. Cada una de estas divisiones es accesible a condición de pasar las maletas por radiología, esto es, por el aro. Y eso que hago. Dos maletas y dos bolsas de mano. Una segurata de acepto andino me grita con poca educación que “la cartera también”. El tipo que había antes se atasca y en apenas unos segundos dentro de la caja de los rayos X se produce el colapso. Para colmo los seguratas hablan entre ellos y apenas miran el contenido. Casi mejor por que justo en el momento en el que dejé una de las bolsas de mano en la cinta recordé que en su interior llevaba un cuchillo Gerber de doble filo, diseñado para ser lanzado. El instrumento ideal para secuestrar el tren… Nadie la hace caso, por supuesto.

12:30.- Nadie informa de la situación, ni de cuando aparecerá el tren. A las 12:30 las modernas pantallas planas todavía informan de que el TALGO con destino Cartagena saldrá a las 12:00. En ningún lugar se alerta de que lleva retraso, ni de cuanto es ese retraso, ni mucho menos a qué hora aparecerá. Para colmo, la pomposamente llamada “sala de espera” es apenas un reducido espacio en el que nos encontramos unas 250 personas con apenas 40 plazas de bancos, incómodos por lo demás y con las filas tan pegadas unas a otras que es imposible pasar con un carrito. Los funcionarios que deberían informar –un 40% sudamericanos- apenas repiten con evidente desgana lo que les han dicho que repitan, que es como no decir nada. Por los altavoces los mensajes son en catalán, al parecer si las disculpan se piden en catalán el usuario catalán parece más predispuesto para aceptarlas. Todo esto genera una contradicción: estamos en plena “construcción nacional de Catalunya”, a pesar de que buena parte de los funcionarios de RENFE sean extranjeros. Por cierto, algunos programas de TV3 –“la nostra”– vienen subtitulados en castellano y árabe. En castellano por los andinos, por supuesto. En la Catalunya multicultural definida como “nació” nunca se ha hablado menos catalán que ahora y nunca los Jordis estuvieron tan mermados ante los Mohameds, o los Wilson andinos.

13:15 horas.- Después de una interminable espera, anuncian que el tren llegará a las 13:20, así pues hay cinco minutos para chequear los billetes y bajar a los andenes. ¿Chequear los billetes? No se pudo hacer antes. En absoluto. Y en cuanto a bajar a los andenes apenas hay una escalera mecánica por la que, en la confusión y con la precipitación, una señora de cierta edad cae literalmente como una piedra provocado un parón en el mecanismo de la escalera. Siempre queda el ascensor en el que estoy obligado a bajar a causa del carrito de las maletas. Hay unas 400 personas que pugnan por llegar al andén, pero este objetivo solamente parece accesible para los elegidos. En el único ascensor que da acceso a los andenes apenas caben una persona con un carrito y dos personas con maletas y equipaje de mano. Nada más. Para colmo las puertas se atascan y se precisa otra funcionaria para que las empuje manualmente.

12:25 horas.- Finalmente logro llegar al andén… pero el tren anunciado para las 13:20 todavía no ha llegado. Me indican más o menos por donde tendré acceso al vagón número 9. El andén es estrecho y, para colmo, 75 cm de pavimento desde la vía han sido cubiertos con un material que no permite que los carritos ni las maletas sobre ruedas se deslicen. Llegar al lugar donde debería parar el vagón 9 se convierte en otra aventura. Las pantallas del andén están averiadas y uno tiene la sensación de estar completamente perdido entre cientos de personas en la misma situación. Hay que recordar que el viaje no es precisamente barato y que en los últimos tres años esta misma ruta ha experimentado un 60% de incremento en la tarifa.

13:30 horas.- Por supuesto y, tal como podía preverse, desde el principio el vagón 9 para entre 40 y 50 metros de donde me habían indicado. Dentro, a pesar de viajar en 1ª, no funcionan ni los cascos de audición, el monitor de TV que me toca tiene el tubo catódico gastado y apenas muestra sombras (aunque el siguiente ni siquiera funciona) y para colmo la calefacción está averiada y aquello parece una sauna maloliente. El vagón-restaurante, para colmo, está alejado seis vagones, trayecto que me permite recorrer los distintos lavabos de cada vagón a la búsqueda de uno que no esté excesivamente asqueroso. Y, efectivamente, hay uno, a título de excepción, en el último vagón.

Algunas conclusiones

Llegué a mi destino a las 18:20. Al salir de la provincia de Barcelona, se logró aminorar algo el retraso.

El día antes había tomado unas copas con un amigo residente en Sitges cuyo padre fue durante muchos años funcionario de RENFE. Comentando la situación de las infraestructuras me decía que hace ya dos años y medio su padre le había alertado sobre los perjuicios que la gente que tenía que venir cada día a Barcelona en tren de cercanías iban a sufrir con la llegada del AVE. Si un funcionario de a pie de RENFE era perfectamente consciente de lo que iba a ocurrir ¿cómo fue que nadie hiciera nada por evitar el caos que finalmente se produjo a partir del mes de junio y que dura todavía en el momento de escribir estas líneas?

La estación de Sans está sobresaturada. Los accesos a la estación mucho más. Había otras rutas y otros finales de trayecto pero, por algún motivo, se eligió el peor de todos. Nadie duda de que los problemas acaban de empezar. Cuando el AVE esté en funcionamiento veremos lo que ocurre. Un tren lanzado a 200 km por hora no es un ninguna broma. En El Carmelo la ciudad de Barcelona tuvo la certeza de que cierta clase política a cambio de un 3% es capaz de autorizar los proyectos más “changos” realizados de la manera más desaprensiva. Ahora los barceloneses están divididos en dos: los que piensan que el AVE terminará por derribar las torres de la Sagrada Familia y discuten en los bares sobre este tema y aquellos otros que no tienen la más mínima duda de que esas torres caerán pero prefieren refugiarse en el silencio.

Barcelona es una ciudad en crisis total. Va a costarle mucho levantar cabeza. La ciudad se vuelve día a día cada vez más inhabitable, agresiva y hostil. Hace unos años la gente empezó a irse de BCN ante los precios de la vivienda, cada día volvían para acudir a los trabajos. Ahora el ideal de la ciudadanía es irse a vivir fuera de BCN y encontrar trabajo fuera de la Ciudad Condal. De aquí a 20 años solamente quedarán en BCN jubilados y moros. Como en Marsella. Lo hemos dicho otras veces: Marsella es el destino de Barcelona, la ciudad fashion que quiso ser y no fue se habrá convertido en la ciudad fracaso que no quiso ser y fue.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

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