Hubo un hombre llamado Meyrink… que dejó una huella indeleble

Publicado: Lunes, 17 de Diciembre de 2007 11:31 por Ernesto Milá en CULTURA


Infokrisis.- Tras el cierre del número 3 de la revista IdentidaD he podido disfrutar de un pequeño lapso de tranquilidad que he utilizado para releer la obra de un autor, como mínimo, “anómalo”: Gustav Meyrink. A ello concurrieron dos circunstancias, la lectura del tomo I de “Introduzione alla Magia” recopilada por el Grupo de Ur, a caballo entre los años 20 y 30, y la reordenación de mi biblioteca en la que las obras de Louis Pauwels han ocupado durante años un lugar destacado. En la famosa obra de Pauwels, elaborada codo a codo con Jacques Bergier, “Le matin des magiciens”, se reproduce lo que los autores titulan “Un admirable texto de Gustav Meyrink”. Ese mismo texto es el que 35 años antes el Grupo de Ur había utilizado para sus estudios sobre el mundo mágico. 

La obra de Meyrink en castellano 

Se trata de uno de los fragmentos más maravillosos en la historia de la literatura europea que forma parte de la novela de Meyrink “El Rostro Verde” (edición española en Ediciones Sirio, Málaga 1989, págs. 204-211) y que empieza así: “La llave que abre nuestra naturaleza interior está oxidada desde el Diluvio, se llama Velar; Velar lo es todo…”. Leí este texto a los 15 años y ya entonces me impresionó. Lo volví a leer en francés en la celda 21 de la cárcel parisina de La Santé donde residí durante el verano de 1981 en tanto que perseguido político y me volvió  impresionar.

Lo he recordado muchas veces en las que me he sentado ante un muro blanco para practicar el Zen y ha sido, para mí, de mucha más ayuda que los cursos del tres al cuarto que se imparten en seudo-dojos de pago. En los primeros años 70, algunos intuíamos que la obra de Meyrink contenía algo que estaba ausente en cualquier otro novelista del siglo, incluidos Borges y el mismo Kafka. Afortunadamente, en 1970 recibí un catálogo italiano de Edizioni di Ar que ofrecía toda la obra de Meyrink en aquella lengua que hube de aprender para familiarizarme con Julius Evola y con el propio Meyrink. Solamente en 1972 apareció en Tusquets Editores, El Golem, la primera obra traducida a la lengua española. Hoy,  a ese libro, semidestrozado, le sigo considerando la mejor novela de mi biblioteca, después de El Quijote, el Romancero español y las grandes epopeyas clásicas.

Hubo que esperar luego a que Planeta publicara en 1987 “El Dominico Blanco”, otra de las grandes novelas de Meyrink que en el 2000 sería reeditada por Abraxas en nueva traducción. La misma editorial había publicado en 1986 El Ángel de la Ventana de Occidente. Y, finalmente, Siruela publicó en 1996 una recopilación de cuentos del mismo autor.

Hoy estos libros están agotados y varios de estos títulos se saldaron en su momento. No hay lugar para Meyrink entre la literatura-basura de nuestro tiempo. Honor para él que supo hacer de la literatura un vehículo de acceso al mundo mágico. 

El estilo de Meyrink.

Hay brillantez en la redacción de sus novelas y mucho más en sus temáticas. Como en la obra de todo autor existen obras “mejores” (El Golem y El Dominico Blanco) y obras “menos buenas” (El Ángel de la Ventana de Occidente y El Rostro Verde), pero todas, óigase bien, todas, son absolutamente imprescindibles porque, en su conjunto, forman un corpus doctrinal de enorme profundidad.  

El viejo maestro Julius Evola dedicó al “sistema” de Meyrink uno de sus últimos artículos en el diario Roma del 7 de julio de 1972. No es un análisis literario, sino de los contenidos esotéricos e iniciáticos de sus novelas, apenas cuatro folios que demuestran que casi 45 años después de haber conocido la obra de Meyrink en el marco de los trabajos del Grupo de Ur, Evola no había olvidado su contribución a la reformulación del esoterismo occidental. 

Dice Evola: “Meyrink es un autor verdaderamente único en su género. Decir que escribía “novelas” no es absolutamente exacto. Si en ellos lo sobrenatural tiene una parte importante, el todo no se reduce a lo fantástico como en la obra de Lovecraft o de Hoffman”.

A diferencia de estos autores, a los que cabría añadir al Jorge Luis Borges atraído por la cábala hebrea, especialmente en su relato El Aleen, Meyrink hace algo muy distinto a novelas: en su conjunto crea un propio sistema iniciatico.  Hay que ser muy cautos con esta palabra.

La iniciación parte de un concepto anterior y superior: la existencia de dos mundos separados, el mundo de lo físico y el mundo de lo metafísico, el mundo que es materia y el que está más allá de la materia; la iniciación sería el puente que uniría ambos mundos y que permitiría a la naturaleza humana, básicamente material o “espiritual” (pensamiento y voliciones), pasar al mundo superior. Hay distintos “modelos” iniciáticos en función de las distintas tradiciones, pero todos parten de la idea de muerte-resurrección. Muerte para el hombre-viejo ligado solamente al mundo de la materia y resurrección de un hombre-nuevo alterado antológicamente en su esencia interior, no como concepto sino como realidad perceptible. Esto y no otra cosa es la iniciación. 

El problema que se plantea es que, estando la iniciación ligada a tradiciones concretas, y dado el panorama de destrucción de las formas tradicionales propias de Occidente a partir del Renacimiento, parece como si se hayan cerrado las puertas, restando solamente tres formas residuales de iniciación: la doctrina de los sacramentos de la Iglesia Católica, convertida en una liturgia que parece haber perdido la memoria de sus orígenes, la iniciación masónica de la que resulta muy discutible si ha existido transmisión regular a partir del momento en que se forma la Gran Logia de Londres en 1717 que ya entonces carece de “regularidad iniciativa” en relación a las antiguas corporaciones; y, finalmente, los restos de las corporaciones medievales que solamente subsisten en Francia en el fenómeno del “compagnonage” [al que hemos dedicado un par de artículos en infokrisis]. Así pues, el panorama es desolador: la masonería y el catolicismo son discutibles en tanto que sistemas iniciáticos y en cuanto al compagnonage está vinculado a un país (Francia) y al ejercicio de unas pocas profesiones, estando también hoy extremadamente desfigurado. No es raro que desde el siglo XIX, algunos occidentales hayan vuelto la mirada hacia Oriente.

El resultado no ha sido menos catastrófico y quienes han cometido la imprudencia de seguir el ejemplo de René Guénon vinculándose al Islam o quienes se han sentido atraídos por el budismo tibetano desembarcado en los años 70 en Occidente, han sufrido vicisitudes que casi entran en el terreno de lo atrabiliario más que de lo iniciático. En cuanto al Zen, la única suerte es su simplicidad y la ausencia de rituales que requieran la pertenencia a una “escuela iniciática”. Por no hablar de los destrozos causados por innumerables sectas que, a partir de la Sociedad Teosófica y de sus distintas ramificaciones y escisiones, llevaron a generaciones de “espiritualistas” occidentales a vías muertas, si no a las peores desviaciones. Meyrink las conoció. En su juventud se vinculó a la Sociedad Teosófica y al espiritismo.

Abandonó pronto la primera y quedó horrorizado por lo que vio en las sesiones espiritistas a las que frecuentemente ataca en sus novelas, en especial en el capítulo de El Dominico Blanco titulado “El Rostro de Medusa”.  Meyrink experimentó en sí mismo el cierre de las vías iniciáticas en Occidente. Conoció, desde luego, el khabalismo hebreo, practicó alguna forma de hinduismo y conocía también las técnicas del yoga.

Evola resalta que su temática estaba próxima de la doctrina hinduista del anâtmâ que niega la existencia de un Yo en el ser humano. Esta doctrina fue incorporada al budismo de los orígenes y Evola cita al respecto un fragmento de El Rostro Verde:  “¿Usted cree que todos aquellos que están circulando ahora mismo por estas calles, poseen un Yo? No poseen nada. Son poseídos en cada momento por un fantasma que desempeña en ellos el papel de un Yo”. Liberarse de ese “fantasma del yo” es la finalidad de toda doctrina iniciática y está presente casi de manera obsesiva en la obra de Meyrink hasta constituir la médula de El Dominico Blanco y de El Golem.  

Meyrink, desengañado por los distintos sistemas iniciáticos degenerados o que llegaban a Europa en pésimas condiciones de transmisión, o simplemente que eran verdaderas doctrinas caricaturescas (teosofismo, neorosacrucianismo y ocultismo en general), decidió elaborar su propio sistema, dándole coherencia y homogeneidad. Este sistema está presente en sus novelas y es lo que el “último Evola” en Cabalgar el Tigre (1966) llama “vías autónomas hacia la trascendencia”, algo que para René Guénon constituía una herejía.  Así pues, las obras de Meyrink contienen un verdadero método iniciático y no pueden ser leídas como simples relatos imaginativos, más o menos brillantes y más o menos literariamente perfectos, sino que es preciso percibir en ellos su dimensión trascendente y transfiguradora.  

La técnica utilizada por Meyrink para transmitir estos conocimientos es crear una atmósfera angustiosa (el gueto de Praga en El Golem y la “casa de la última farola” en sus últimos capítulos), la vivienda del aristocrático barón en la que vive el protagonista de El Dominico Blanco, el Salón de Artículos Misteriosos de Chidher el Verde, en El Rostro Verde, etc. Luego crea una trama casi onírica o completamente onírica y va alternando capítulos en los que la trama novelesca va avanzando, con otros donde aprovecha para fijar las bases de su teoría iniciática.

Éstos son inseparables de aquellos, resulta imposible entender el desenlace de sus novelas desatendiendo de las contribuciones teóricas que, por lo demás, están perfectamente integradas en la narración.  

Meyrink, el hombre de Praga 

Había nacido el 19 de enero de 1868 –a las 13:30 para quienes quieran establecer su carta astral- en el hotel Blauer Bock de la Mariahilfer Strasse, en Viena y su verdadero nombre era Gustav Meier. Su padre, el barón Karl Warnbüller von und zu Hemmingen, ministro en Güttemberg, jamás lo reconoció. En cuanto a su madre, un actriz teatral, Maria Wilhelmina Adelheyd Meier, jamás consiguió entenderse con ella. Pronto cambió su apellido por el de Meyrink que utilizaría para firmar sus obras, pero también en su vida civil. Es difícil valorar si este origen –hijo bastardo de un noble y de una corista- le influyó en su peculiar psicología, lo que sí es cierto es que en todas sus novelas aparecen guiños a lo que fue su vida personal y su origen. Es frecuente, por ejemplo, que aparezcan figuras de nobles ancianos, actrices fracasadas, prostitutas portuarias.

De todos ellos, quizás, el que sale mejor parado es el padre adoptivo del protagonista de El dominico blanco, “barón Bartalömeus von Jöcher, farolero honorario”. Por el contrario, los nobles que aparecen en El rostro verde son personajes ridículos y de hábitos anómalos. Sea como fuere, al alcanzar la fama, la familia del padre le autorizó a utilizar su apellido, gesto que Meyrink declinó con orgullo. La madre permanecía poco tiempo en el hogar, así que Meyrink convivió en la mayor parte de su infancia y adolescencia con sus abuelos en la ciudad de Hamburgo. Cuando fallecieron éstos, se vio obligado a acompañar a su madre en las distintas giras que hizo por centroeuropa. Eso le llevó a Munich de Baviera, nuevamente a Hamburgo y finalmente a Praga en 1883 donde su madre trabajó en el Teatro Alemán. Luego, incorporada a otras compañías, dejaría a su hijo adolescente de apenas 17 años solo en Praga. Meyrink permanecería en esa ciudad durante 20 años y la absorbería por todos sus poros tal como demuestra la descripción precisa y lúgubre que realiza del gueto judío en El Golem

En su juventud se interesó por el ocultismo convencional y el espiritismo. Sus biógrafos cuentan que intentó suicidarse a los 24 años, pero justo en el momento en el que, tras haber escrito su testamento y varias cartas a sus seres queridos, estaba preparando la pistola, alguien lanzó bajo el quicio de la puerta un folleto ocultista de orientación espiritista que cambiaría su vida. El título de este opúsculo era sintomático: La vida que vendrá.

A partir de este momento y a lo largo de toda su vida se inicia el sendero espiritual de Gustav Meyrink que le llevaría por senderos erróneos –espiritismo, seudorosacrucianismo, teosofía- y, más adelante, por fuentes más directamente conectadas con la verdadera espiritualidad: khábala, budismo, zen... para terminar con una interpretación esotérica del cristianismo muy evidente en algunos fragmentos de su novela El rostro verde. En el momento en el que la Golden Dawn consiguió atraer a la crema de la intelectualidad europea, Meyrink ingresó en sus filas.  

No está claro –al menos no en las biografías que hemos consultado siempre en lengua extranjera- el por qué se separó del ocultismo convencional y se introdujo en el mundo de la tradición esotérica. Da la sensación de que fue de una etapa hacia la siguiente, más que “progresando”, rompiendo con la anterior y rectificando el tiro hasta reconstruir un sistema, en cierto sentido, muy parecido al del helenismo de los primeros siglos de nuestra era, y en concreto extremadamente similar a la doctrina de Plotino.  Lo cierto es que en todas sus grandes obras proliferan las puyas contra el espiritismo del que abomina y denuncia como una gran falsificación y del teosofismo y de sus prácticas sectarias.  

Un año antes de intentar suicidarse (1892), Meyrink ingresó en la sociedad teosófica fundando la logia de Praga junto al famoso escritor Julius Zeyer. Era demasiado joven como para poder advertir la formidable patraña seudo-espiritualista y el inextricable galimatías ocultista creado por la Blavatsky.

Llama la atención que muchos hombres de amplia cultura e inteligencia, que aceptaron inicialmente el mensaje del teosofismo, terminaron muriendo prematuramente en medio de agudas depresiones que destruyeron su sistema inmunológico o, simplemente, les llevaron directamente al suicidio. Recordamos, por ejemplo, el caso de Montoliu y Togores, fundador, junto a Josep Xifré Hamel, de la Sociedad Teosófica en España que murió prematuramente tras obsesionarse con prácticas mediúmnicas y por la confusión mental subyacente en el corpus doctrinal de ese grupo ocultista.

Como hemos visto, Meyrink “solamente” intentó suicidarse.  En esa ciudad concluyó su bachillerato y luego estudios de economía y comercio. Tuvo distintos trabajos relacionados con esta profesión y se especializó en comercio internacional y negocios de exportación. Casualmente conoció al sobrino nieto del poeta alemán Christian Morgenstern con quien fundo su banco, Meier&Morgenstern.

En ese tiempo, la personalidad de Meyrink era francamente frívola y recuerda mucho a los años de juventud del arquitecto catalán Antoni Gaudí. Ambos fueron dandys, amantes del lujo y las comodidades, de la buena vida e incluso dotados de un carácter soberbio y altivo. A diferencia de Gaudí, Meyrink destacó como deportista e incluso alcanzó éxitos internacionales como regatista. Se convirtió en una adicto al ajedrez, especialidad en la que también destacó. Se dice que fue el primer propietario de un vehículo que cruzo Praga y era un maestro en esgrima y tiro. 

La banca privada creada por Meyrink le proporcionaba un aceptable nivel de vida, pero le desagradaba extraordinariamente ese trabajo. En sus obras, los comerciantes, negociantes y funcionarios son tratados de una manera despectiva. La cambalachería del viejo Wassertrum, el repelente personaje con labio leporino de El Golem, es la traslación simbólica de todas las insatisfacciones que le proporcionó su trabajo. Sea como fuere, en un momento dado, la banca quiebra y Meyrink termina en la cárcel completamente arruinado.  

No hay mal que por bien no venga, así que, a partir de 1902, para sobrevivir, empieza a realizar traducciones de Dickens y a colaborar en distintos medios de prensa, especialmente en la revista satírica Simplicisimus. Su primer cuento, publicado en  esta revista, se titula El soldado caliente. Luego aborda la composición de pequeños cuentos fantásticos. Poco a poco, se irá familiarizando con el noble arte de la escritura a la que irá trasladando sus experiencias interiores. Evola dice de Meyrink que “más que crear personajes y sus andanzas, los “veía””. Se nutrió de Kafka, a quien conoció personalmente después de una florida correspondencia. Y sintió una especial predilección por la obra de Thomas Mann con quien también mantuvo un abundante intercambio epistolar. 

El incidente que generó la ruina económica de Meyrink y de la banca Meier&Morgenstern es confuso, pero parece que cuando todavía no estaba casado con la que luego sería su segunda mujer, alguien la insultó públicamente y Meyrink retó a un oficial del ejército austriaco, pero éste se negó a batirse en duelo alegando el carácter bastardo de Meyrink. No sólo eso, el ofensor se las dio de ofendido y denunció a Meyrink por ultraje al honor. Meyrink fue juzgado y condenado, pero, el denunciante y sus amigos de la casta militar emprendieron una campaña contra el banco Meier&Morgenstern, acusando a Meyrink de estafa. La policía lo detuvo, registró el banco. No se encontraron pruebas y en el juicio fue absuelto por el delito de estafa, pero fue nuevamente arrestado al fallar el tribunal la sentencia por delito de honor favorablemente a la parte demandante. Cumplió quince días de prisión y, cuando salió, la Banca Meier&Morgenstern se había, literalmente, evaporado. 

Esto le generó un profundo desasosiego que se refleja también en los capítulos en los que el protagonista de El Golem, Athanasius Pernath, resulta detenido y termina encarcelado. Los niveles de angustia de este episodio superan en nuestra modesta opinión los alcanzados por Kafka en su obra El Castillo. Ambos compartieron un espíritu antiburocrático y consideraron siempre las instituciones burguesas como absolutamente paralizantes.  

Sus cinco grandes novelas son escritas en un período relativamente corto, cuando su militancia ocultista ha quedado muy atrás. El Golem aparece en 1915, El rostro verde un año después, La noche de Walpurgis al siguiente y El dominico blanco cuando ya ha terminado la Primera Guerra Mundial (en 1917) y El ángel de la ventana de occidente en 1927. Estabilizada su posición económica y abandonadas las privaciones de sus años de adolescencia, se casó con Hedwig Aloisia Certi, un matrimonio que resultaría nefasto y que le hizo profundamente infeliz. También aparecen algunas pinceladas de este matrimonio fracasado y especialmente de Aloisia en la figura desagradable de Aglaja en El Dominico Blanco

Su segundo matrimonio con Philomene Bernt, con quien casó en 1905, le hizo padre de dos hijos, Sybil Felizata (nacida en 1906) y Harro Fortunat (1908). Mientras se encontraba esquiando en los Alpes, Harro sufrió un grave accidente a los 22 años que le dejó inmovilizado en una silla. Dos años después terminó suicidándose, en 1932. Su padre le sobrevivió pocos meses, falleciendo en el 7 de la Himbselstrasse de Starnberg el 4 de diciembre del mismo año.

Su amada esposa le sobreviviría 32 años, falleciendo en 1964. En el primer tercio de siglo la fama de Meyrink como autor fue extraordinaria.

Su obra El Golem impulso al expresionismo cinematográfico alemán a ocuparse de este mito en la famosa película de Paul Wegener en 1920 que, sin adentrarse en la narración de Meyrink, describe con extraordinaria precisión el mito rescatado por Meyrink en el capítulo V de su novela aparecida cinco años antes.  

El advenimientos del nacional-socialismo perjudicó a la obra de Meyrink, demasiado inspirado por la khábala y con una propensión a presentar personajes hebreos en su obra. Los militantes comunistas no desconfiaban menos de Meyrink, que había descrito con singular precisión el asalto al Palacio de Invierno de San Petersburgo en 1917, en su novela La noche de Walpurgis. La novela, compuesta en 1921 en medio de las insurrecciones comunistas que asolaron Alemania y tuvieron sus prolongaciones en Austria, evidencia en el episodio del asalto a los palacios de Malá Strana lo peligroso de los movimientos de masas surgidos de los estratos más irracionales de la personalidad e incontrolables en el momento en que se ponen en marcha.  Peor le fue a la obra de Meyrink bajo el comunismo. Difícilmente podía considerar la administración comunista como “amigable” a un autor que enfatizaba el dominio del alma, algo que el materialismo histórico condenaba. No se volvió a editar a Meyrink hasta finales de los años 60. En esa noche oscura de treinta años, solamente Carl Gustav Jung aludió al autor capaz de describir la angustia del gueto de Praga. Al caer el comunismo, su obra completa se volvió a editar en Praga, la ciudad a la que tanto amó. 

Las ideas de Gustav Meyrink 

Las fuentes de Meyrink son múltiples y se fueron enriqueciendo a medida que su visión se liberó de los prejuicios ocultistas. Realizó incursiones en las distintas formas de budismo, se interesó por la masonería y, por supuesto, por la khábala, conoció formas de hinduismo y el resultado de todas influencias positivas fueron las temáticas de sus cinco grandes novelas. Se discute todavía hoy si Meyrink fue iniciado en algunas de estas escuelas.

Evola fue el primero en plantearlo en el artículo que hemos mencionado en el diario Roma: “Es posible que Meyrink hubiera recibido una iniciación en sentido propio. A primera vista, en su juventud, un impulso hacia lo sobrenatural le había llevado a interesarse en algunas formas espurias de ocultismo y el mismo espiritismo, del que, sin embargo, se separó decididamente pronunciando luego severos juicios. Luego, gracias a contactos sucesivos con hinduistas y con ambientes cabalísticos encontró “la vía” y estuvo en condiciones de formular una concepción global de la vida con orientación mágica e iniciática de alto valor artístico por su claridad y autenticidad, difícilmente encontrable en novelas de este tipo”. Estamos de acuerdo con Evola en que las dos influencias de Meyrink fueron la khábala y el hinduismo que, de forma natural, le llevó al budismo. Ahora bien, da la sensación de que Meyrink, extrajo de las enseñanzas que había recibido y de sus experiencias personales unas consecuencias que traslada a sus obras y que le llevan a definir una “vía autónoma hacia la trascendencia”.  

Esta vía está basada en seis principios fundamentales (y muchos otros secundarios que se integran o desprenden, incorporados a los argumentos): 

1)     La consideración del Yo como una máscara ilusoria. En algunas novelas de Meyrink el tiempo es literalmente devorado y el autor genera una nebulosa espacio temporal que se superpone a los rasgos de unos personajes que cambian con facilidad y están, en muchos casos, reducidos a la dimensión extrema de espectros. Para Meyrink, la existencia es pura ilusión y el yo una construcción artificiosa y variable que puede adquirir distintas formas incluso personales (un psiquiatra definiría al maestro Athanasius Pernath, protagonista de El Golem, como una personalidad múltiple, cuando en realidad, sumergido en el mundo onírico proyecta un ego con distintas irisaciones ).  

2)     El estado normal de existencia como similar al sueño. La existencia del ser humano “normal” (esto es, no iniciado) es un estado de vida inferior y desnaturalizada, similar al sueño. Así pues, no solamente nuestro propio mundo interior y nuestra existencia están ligadas al sueño sino que también nuestra forma de percibir es completamente onírica y subjetiva. Aceptar esto y percibirlo supone, en la práctica, relativizar la experiencia de la existencia y las vicisitudes de la vida. Si Meyrink crea un clima absolutamente onírico y demencial en sus obras, especialmente en El dominico blanco y en El Golem, es precisamente porque sus protagonistas viven en sueños y desarrollan su vida entre durmientes. Y, de la misma forma que en el sueño no existe ni espacio ni tiempo, en los relatos de Meyrink todo transcurre en una sugerente oscuridad que genera una actitud emocional de angustia y desesperación, disipadas en los momentos de mayor oscuridad por los fragmentos contrapuestos que contienen una clara y luminosa enseñanza de alta sabiduría. En esos momentos, no es el ser dormido quien habla, sino el que se mantiene en vela, el que está despierto. 

3)     La necesidad de buscar la trascendencia dentro del ser humano. Los autotitulados “maestros espirituales” decepcionaron a Meyrink mientras permaneció en los conventículos ocultistas. De ahí que siempre sugiera “buscar en el interior” lo que no existe fuera o lo que tiene una existencia problemática. Meyrink desconsidera la idea de un dios personal y exterior y se siente mucho más partidario de un dios interiorizado que solamente se trata de revivir. No es, pues, como en el caso de Loew el rabino de Praga que en el siglo XVI creó el homúnculo y le insufló vida en forma de Golem, sino al contrario: se trata de encontrar esa “llave de la vida trascendente” que está “oxidada desde el diluvio” e insuflarle vida. Así ese “átomo” divino se convierte en dios y no es que anide entre nosotros, sino que se identifica con el “que ha despertado”. 

4)     La equiparación entre el despertar y el “segundo nacimiento”. Es la temática central de El rostro verde. En parte, esta es también la base del sistema de Gurdjieff. Meyrink afirma que “el sendero que conduce a la vida eterna es delgado como el filo de un cuchillo”, pero puede recorrerse a condición de no mirar a otros sino de mirar dentro de uno mismo (“El que mira a los demás, pierde el equilibrio y cae”). Familiarizado con el Antiguo Testamento, Meyrink considera el sendero espiritual como la trayectoria que va de Adán a Cristo, de la caída primordial y de la pérdida del sentido de la verdadera espiritualidad, al nacimiento de un Dios en el portal de Belén “que no está sino en tu corazón”. Meyrink insiste mucho en esta idea hasta llegar a comparar al negro bantú que aparece en esta novela el papel de “rey Baltasar”. Existen en las novelas de Meyrink algunas pinceladas escatológicas y apocalípticas. Meyrink está persuadido de que se avecina el nacimiento de un “tiempo nuevo” en el que la humanidad sufrirá las convulsiones de un parto. No explica ni cuándo se producirá ese “adviento”, ni cuándo aparecerá la figura del “salvador” de la humanidad, simplemente apunta esta hipótesis. En un punto de El rostro verde, Meyrink alude al Souquiant de las tradiciones africanas: “Un hombre que puede cambiar de piel es un Souquiant. Vive eternamente. Un espíritu, Invisible. Sabe hechizar todo”. Cuando alguien es poseído por éste Souquiant renace, deja atrás la piel vieja como hace la serpiente y se revista de una piel renovada. Dice más adelante: “Sabe que el verdadero segundo nacimiento es esto: que tú seas uno conmigo y reconozcas que yo, tu guía hasta el árbol de la vida, has sido tú mismo”

5)     La mujer y el sexo como puertas de acceso a la trascendencia. Esta temática aparece en casi todas las novelas de Meyrink, alcanzando sus más altas cumbres en El Dominico Blanco (en la figura trascendente de Ofelia) y en El Ángel de la Ventana de Occidente. Meyrink alude a la “unión con la mujer” para reconstruir el andrógino primordial. Esa mujer debe ser “especial”, y estará en sí misma dotada para la relación trascendente. Para Meyrink lo masculino y lo femenino no estarán solamente en relación de polaridad, insuficiente para aproximar a ambas partes a la trascendencia y que, como máximo puede alcanzar las cotas del amor romántico y exaltado que se conoce en cuanto se conoce la sonrisa de una mujer. Lo que propone Meyrink va mucho más allá del nivel más elevado del amor profano. Se trata de alcanzar con la mujer una tensión espiritual y un antagonismo reales y similares a las que mantienen los protagonistas de El Ángel de la ventana de Occidente. En esta novela, uno de los personajes contrapone relaciones sexuales en las cuales la polaridad latente se eleva al grado máximo para convertir la relación erótica en extrema y destructiva. En el momento del orgasmo deberían diluirse los rasgos de la personalidad y generarse una situación similar a la muerte que abriría a una nueva vida y a un renacimiento (temática propia de El Rostro verde, en especial). Esta forma de sexualidad no tendría apenas nada que ver con el “eros animal procreador”, simple traslación del instinto de supervivencia o con el “amor plebeyo” experimentado habitualmente y que aparece en El rostro verde en la figura de la guarra del puerto. Meyrink alude a la “muerte que viene de la mujer” y alude a una serie de postulados que seguramente conoció durante sus pesquisas por el yoga tántrico.  

6)     La orden iniciática. En los últimos capítulos de “El dominico blanco” se evidencia que su padre espiritual, el barón Von Jöcker, pertenecía a una vieja orden iniciática cuyos miembros se reconocían “por el apretón” (una forma particular de estrechar la mano). Esta hermandad iniciática sería el equivalente real a la “aurea catena” inmaterial que une a los iniciados más allá del espacio y del tiempo. Esta hermandad estaría formada por “los que han despertado” o por “los que velan” y a ellos correspondería el control de los destinos de los hombres. Pero estas influencias no han sido traídas de la lectura de las obras teosóficas, supuestamente inspiradas por los “mahatmas” (o “guías ocultos del universo”)  con los que la Blavatsky se vinculada a fin de cubrir sus obras de una patina de infalibilidad. La idea de la existencia de una “aurea catena” procede de la tradición occidental y está presente en todas las grandes tradiciones del mundo indo-europeo tal como René Guénon puso de manifiesto en su obra sobre El Rey del Mundo. A diferencia de Guénon que consideraba imposible abordar una vía de trascendencia sin lo que él llama una “iniciación regular”, Meyrink (con Evola) coinciden afirmando que “es preciso tener un guía, pero éste sólo puede surgir del reino del espíritu”. 

Una obra a rescatar, ya 

Toda la obra de Guenón está incorporada en Internet. No importa que sus obras impresas no se hayan reeditado desde principios de los años 90. Buena parte de la obra de Evola, de Schuon, de Coomaraswamy, etc, son así mismo accesibles en formatos digitales. Nada parecido ocurre con la obra de Meyrink.  Hasta ahora parece que nadie haya decidido invertir 40 ú 80 horas en digitalizar sus textos y pasarlos por OCR (¿algún voluntario?).

Existen, eso sí, unas pocas páginas en castellano dedicadas a la obra de este autor y la correspondiente nota en Wikipedia. Pero basta recurrir a cualquier motor de búsqueda para percibir que se trata de un autor en vías de desaparición de los catálogos editoriales.  Y eso es malo, o muy malo, porque en estos tiempos de “rebajas espirituales por fin de temporada” y a falta de verdaderos maestros espirituales, la “vía autónoma hacia la trascendencia” que describe Evola en Cabalgar el Tigre, es uno de los pocos resquicios que quedan para experimentar el verdadero sentido de la trascendencia.Basta simplemente un ordenador, un scanner, un programa de reconocimiento de caracteres y un programa de tratamiento de textos, o bien un convertidor en PDF. Y sobre todo, falta tiempo.

No quisiera concluir este breve tributo a la obra de Meyrink sin solicitar de los lectores su esfuerzo para poder disponer en el tiempo más breve posible de la obra de Gustav Meyrink digitalizada y puesta gratuitamente al servicio de todos los buscadores.  

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es  

 

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