PRESIDENCIALES FRANCESAS: ESTERTORES DE LA Vª REPUBLICA

Publicado: Viernes, 20 de Abril de 2007 02:56 por Ernesto Milá en VARIOS
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Infokrisis.- Francia es el enfermo de Europa a principios del siglo XXI, tal como se dijo de Turquía a finales del XIX. Pero hay un paralelismo entre ambas enfermedades. Turquía moría de islamismo. Francia también. Después de la intifada de noviembre de 2005, estas elecciones llegan con una izquierda en crisis, multidividida y con un partido socialista huérfano de liderazgo. La derecha no está mucho mejor: Sarkozy es el “candidato americano”. Y luego está lo políticamente incorrecto.

De 2002 a 2007, cinco años perdidos en la historia de Francia y de Europa

En 2002 se produjo la mayor convulsión que ha registrado la política europea en la posguerra. Después de 55 años de que el poder en Europa Occidental fuera gestionado por los vencedores, ese año, un partido “políticamente incorrecto”, que algunos habían dado por desahuciado tres años antes, lograba pasar a la segunda vuelta de las presidenciales.

En estos cinco años, los grandes debates de la política francesa han sido: la Constitución Europea y la entrada de Turquía como tema añadido, la inmigración, las Zonas Urbanas de Exclusión y su tratamiento, las relaciones con los EEUU y el debate identitario. A lo largo de estos debates, la izquierda ha demostrado que tenía muy poco que añadir, salvo la cantinela de los derechos humanos, la integración y el sempiterno derecho de asilo.

Pero la derecha tampoco ha sabido aportar gran cosa. Si bien Chirac y Villepin demostraron un saludable deseo de independencia en relación a los EEUU durante la crisis de Irak, y si bien la Constitución Europea fue batida, lo cierto es que la derecha ha demostrado una inmensa habilidad para ralentizar el proceso de construcción europea.

La derecha, horrorizada por la intifada de noviembre del 2005, no ha sido capaz de dar una solución más allá de la que en los años 70 ya había propuesto… Georges Pompidou: la “integración”. Lo que va de Pompidou a Chirac son treinta y cinco años de fracaso de la integración, un largo periplo en el que la derecha no se ha convencido todavía de que la propuesta es inviable. Lo inviable tiene tendencia a fracasar…

Mientras una izquierda debilitada y una derecha repetitiva seguían con sus discursos, la situación social en Francia terminaba pudriéndose. El hedor fue percibido por toda Europa cuando los que habían nacido para ser “integrados”, terminaron demostrando el fracaso de esa política en las hogueras del noviembre francés.

La crisis de la izquierda francesa

Cuando el Front National de Jean Marie Le Pen alcanzó un 16% de los votos en la primera vuelta, los socialistas lloraron amargamente. Su líder, Lionel Jospin, jamás volvería a la política activa. Derrotado de forma bochornosa por Le Pen, el Partido Socialista no volvería a recuperar jamás la iniciativa política, a reconstruir un rastro de liderazgo, ni mucho menos a entender lo que pasaba en Francia.

Y lo que pasaba era que Francia estaba cambiando. El “paraíso europeo de las libertades” estaba pasando de ser un país “de izquierdas” a ser un país “de derechas”. ¿Motivo?: la izquierda hace años que ha dejado de producir ideas. La izquierda más novedosa apenas se limita a defender “otro modelo de globalización”, pero es incapaz de dar respuestas a las grandes cuestiones del actual momento histórico: Europa, relaciones atlánticas, globalización, inmigración, límites del liberalismo, modelo de Estado, etc.

Y lo que es peor: la izquierda da respuestas distintas a las mismas cuestiones. Dentro del partido socialista coexisten distintas “sensibilidades” (eufemismo para aludir a distintos grupos de intereses), el trotskysmo tiene también distintas opciones difícilmente comprensibles para la sociedad francesa; y en cuanto a los distintos grupos antiglobalización y alternativos, las posiciones oscilan entre los anarquistas puros y duros y los “partidarios de otra globalización”.

Queda, por supuesto, el Partido Comunista. En realidad, los comunistas murieron en tres ocasiones: cuando Georges Marchais perdió la mitad de los votos del PCF en 1981, cuando cayó el Muro de Berlín en 1989 y cuando Rober Hué quedó reducido a un 3’5% de votos en 2002. Queda enterrar el cadáver, de lo que se encargará la actual candidata presidencial, Marie George Buffet, el mismo día del recuento.

La izquierda estuvo viva mientras aportó ideas. Esas ideas han contribuido en buena medida a hacer del mundo moderno un infierno. Hoy, ni siquiera aporta ideas, tan solo justificaciones para tener pequeños espacios de poder.

La fractura de la izquierda efecto de la crisis

La izquierda tiene muy pocas posibilidades de triunfar en Francia; no solamente la izquierda se ha fracturado, sino que globalmente ha perdido importancia. Y, además, está en recesión. No se puede proponer eternamente la integración de la inmigración y seguir manteniéndolo… aun a pesar del evidente fracaso de esta política.

La izquierda francesa –y la europea, por extensión- ha hecho algo peor que no renovar su discurso: lo ha mantenido a pesar de su estrepitoso fracaso. Encerrada en su gueto, la izquierda francesa está separada de la sociedad real por un grueso muro hecho a base de progresismo y culto a lo políticamente correcto.

Abandonada por las clases trabajadores, la izquierda ha ido buscando “bolsas de electores” alternativas. Y es aquí en donde ha cometido su gran error: lo ha encontrado en las minorías sexuales, en las minorías étnicas, en los antiglobalización, en los okupas… es decir, en grupos sociales excéntricos en relación a las tendencias centrales de la sociedad. Esto ha aumentado la distancia con la propia base social originaria de la izquierda: la clase trabajadora.

Es un viaje sin retorno. Cuando Segolène Royal lo ha advertido en el curso de la campaña ha iniciado un enloquecida carrera para pronunciar la palabra “identidad” más veces en menos tiempo. El problema es que su mensaje no suena creíble. Todo lo que la Royal proclama ya ha sido puesto en práctica por Zapatero… sólo que la izquierda francesa no tiene un grupo PRISA detrás capaz de cubrir sus vergüenzas.

¿Y la derecha? ¿Qué hace la derecha?

Sarkozy es un raro ejemplo de aventurero político sin muchos principios. No es otra cosa que un neo-conservador a la americana. Como un Jano bifronte, alterna el autoritarismo con la liberalidad. Mira más al otro lado del Atlántico y a Israel que a Francia. Su llegada al poder podría suponer una rectificación de la política exterior francesa en relación a los EEUU.

Si la izquierda francesa ha perdido el contacto con sus orígenes y se recrea en un mar de tópicos, la derecha está viendo desfigurado su perfil. El autoritarismo de Sarkozy, a la postre, es torpe. Lo demostró durante las jornadas de noviembre de 2005, excitando con sus declaraciones a los revoltosos, sin estar preparado para afrontarlos. Lo había demostrado antes induciendo a los círculos islámicos a federarse en una sola organización subvencionada con cargo a su ministerio… que inmediatamente constituida cayó en manos de los islamistas radicales.

La ideología de Sarkozy no solamente no es diferente de la de Wolfowitz o Rumsfeld, sino que algunos lo han definido como “el candidato americano”. Él mismo se ha preocupado de proclamarlo. Así pues, en la derecha, la buena noticia es que “hay ideas”. La mala, que son ideas poco europeas.

El fenómeno Le Pen 2.0.

Dejando aparte la desdibujada candidatura de Bayrou, centrista de estricta observancia, cuyas posibilidades de pasar a la segunda vuelta son escasas, el candidato que se sale de la norma es Le Pen. A nadie se le escapa que ésta es la última vez que Le Pen se presenta a una campaña electoral. A pesar de que los años no perdonan, el líder bretón sigue en forma.

La duda de estas elecciones es precisamente si Le Pen pasará o no a la segunda vuelta. Si lo hace será gracias a su “voto oculto” (los ciudadanos que en las encuestas no dicen la verdad y niegan que van a votar a Le Pen) y a los que declaran que aún no han decidido su voto.

La histeria que depara la izquierda hacia el Front National tiene su razón de ser: hoy el partido de Le Pen es el “partido obrero de Francia”. En los barrios obreros es donde está afirmando sus feudos electorales más consistentes y es entre las clases populares en donde obtiene sus apoyos más sólidos. Pero hay un problema…

El Front National, hasta ahora, no ha sido capaz de estar presente en la sociedad civil, sigue sin tener fuerza en los sindicatos; sus militantes, simpatizantes y votantes no están organizados. Mientras las estructuras organizativas del Front no lleguen a los barrios y el partido siga siendo una etiqueta electoral, su influencia no irá mucho más allá de donde ha llegado hoy. Los incidentes de noviembre, en buena lógica, deberían haber culminado en la organización de redes de autodefensa en los barrios asaltados por los revoltosos, o en la formación de círculos diversificados que supusieran estructuras de desarrollo del partido.

El verdadero misterio de estas elecciones es si Le Pen pasará o no a la segunda vuelta de las elecciones. Si pasa, el misterio vuelve a ser si la izquierda francesa volverá a llamar –como ya hizo en 2002- a votar a la derecha… para aislar a la extrema-derecha. Precisamente esa decisión supuso el gran trauma para la izquierda: en efecto, Chirac tuvo el poder gracias a los votos de la izquierda. Si se volviera a repetir este drama, la izquierda sufriría un nuevo trauma insuperable.

El Front National ya ha vencido

Hay partidos que gobiernan y otros que resultan vencedores morales porque han impuesto sus propios temas en la campaña electoral. Si hoy se habla en Francia de “identidad”, de “delincuencia”, de “inmigración” y de “políticas sociales” es, simplemente, porque todos los partidos intentan no perder el paso con el eje del discurso lepenista. La habilidad del Front National ha consistido en romper los tópicos de la política francesa, dejar de hablar de grandes valores y de teorías progresistas y tocar sólo los temas que están en la mentalidad del ciudadano medio francés. El resto de partidos, si no querían quedar en ridículo, se han visto obligados a ir a remolque y situarse en un plano en el que se mueven mal: el de la realidad tal como es percibida por el ciudadano medio.

Así pues, cuando Segolène Royal habla interminablemente de la “identidad francesa”, o cuando Sarkozy enmascara su discurso proamericano con alusiones autoritarias, ambos lo que están haciendo es, simplemente, intentar evitar la sangría de votos hacia el lepenismo, que ya había hablado hace veinte años de estos mismos temas: defensa de la identidad francesa, restablecimiento de la idea de autoridad, orden y jerarquía, y contención de la inmigración masiva. De no haber existido el lepenismo, los partidos tradicionales franceses seguirían empeñados en tocar “grandes temas” (la fuerza nuclear francesa, Francia “tierra de asilo”, el papel de Francia en la política internacional, etc.).

Poco importa quién gane (Sarkozy tiene todos los puntos a causa de la derechización de la sociedad francesa que, también, en gran medida se debe al Front National); lo esencial es que todo gira en torno a los temas impuestos por Le Pen. Los grandes partidos, Segolène, Sarkozy, Bayrou, se mueven mal en el terreno impuesto por Le Pen (y por la sociedad francesa). Una cosa es hablar de los temas que preocupan en la sociedad francesa y otra muy diferente aportar las soluciones que se precisan. Le Pen juega en casa. Los otros no. Lo que en el primero –guste o no- es coherente, en los otros es un ejercicio de oportunismo.

Le Pen no se volverá a presentar en el 2012… la cuestión es si la V República existirá en esa época. Y todo induce a pensar que, al menos en su actual configuración, no.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

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