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Infokrisis.- Presentamos a continuación algunas conclusiones que se imponen sobre la experiencia de los Uturuncos. Dichas conclusiones explican el por qué el movimiento fue limitado y resaltamos el hecho de que se trató de una guerrilla precursora de otros movimientos posteriores. Así mismo, se insiste en las diferencias entre la experiencia uturunco y las guerrillas que en aquel momento tenían lugar en Argelia (el FLN) que constituían un modelo para los peronistas argentinos, quieres, por otra parte desconfiaban de la experiencia castrista hasta que Willian Cooke marchó a Cuba.

1.1.7. Algunas conclusiones

La mayoría de los estudiosos sobre el movimiento de los “Uturuncos”, procedentes de la izquierda, atribuyen el escaso impacto de esta guerrilla a su total extrañeidad a la clase obrera y a los trabajadores organizados en el sindicalismo peronista. Sin embargo, en posteriores esquemas guerrilleros, argentinos e iberoamericanos, volverá a repetirse esta ausencia de las clases trabajadoras y un protagonismo de los sectores juveniles e intelectuales y de las clases medias e incluso de los hijos de la alta burguesía.

Por otra parte, la escasa incidencia de los Uturuncos contrasta con el impacto que tuvo en el interior del peronismo. Cuando el peronismo fue desalojado del poder en 1955, la dirección de la resistencia estuvo en manos de grupos activistas, muy alejados de lo que hasta ese momento habían sido las jerarquías gubernamentales. La resistencia peronista se articuló en los “Comandos” clandestinos y en las organizaciones sindicales. En los tres primeros años de resistencia, ambas estructuras actuaron de manera coaligada. Veían a la antigua estructura gubernamental del peronismo como deslegitimada para seguir manteniéndose al frente de la organización; además, la propaganda gubernamental tendía a denunciar lo que habían sido sus excesos y corruptelas. En esos tres años, el peronismo pasó a ser dirigido por líderes surgidos de las fábricas y fue, más que nunca, un movimiento gremial en manos de gremialistas. La evolución de los “Comandos” fue distinta. Estos se configuraron como organismos de agitación, localizados en los barrios (no en las fábricas). Fueron estos “Comandos” los que impulsaron las campañas de atentados y sabotajes.

Cuando Arturo Frondizi resultó elegido presidente del país, los sindicalistas fueron los primeros en entender que el período insurreccional quedaba atrás y que no podían resignarse eternamente a aportar las masas a un nuevo proyecto subversivo conspirativo destinado a retornar a Perón a la presidencia del país. Por otra parte, los “Comandos” nunca estuvieron en condiciones de disponer de una dirección única y de una estructura orgánica centralizada. Sus operaciones terroristas de mayor importancia se extendieron hasta 1960, cuando el gobierno puso en marcha el “Plan Conintes” para la represión y desarticulación del terrorismo. Se habían logrado extender a casi todas las capitales de provincia y era allí en donde cometían sus atentados.

A partir de 1957 surgió una nueva componente del peronismo, liderada por los antiguos dirigentes del ala política. A pesar de que su estrategia (el frentismo con otras fuerzas de oposición) era opuesta a la oficialista sostenida por Cooke, Perón nunca los censuró. Muchos de estos eran dirigentes provinciales que veían peligrar sus escaños si se mantenían dentro de la estrategia insurreccional. Fueron los primeros en abandonar el insurreccionalismo de Cooke, antes incluso que los sindicatos. Pero se trataba de un grupo heterogéneo formado, de un lado, por los que disponían de una base electoral propia que querían aprovechar en cuantas convocatorias electorales se celebraban (este grupo recibió el nombre de “neo-peronista”), de otro lado, los que no contaban con base electoral propia, se limitaron a cuestionar el liderazgo de Cooke. El grupo de dirigentes políticos estaba convencido de que el progresivo retorno a la normalidad les devolvería el control de la totalidad del peronismo organizado que no habían estado en condiciones de mantener durante los años de clandestinidad y estrategia insurreccional.

En 1959, durante el momento álgido de la guerrilla, los sindicatos peronistas volvieron a una lucha exclusivamente gremial, instando al gobierno a que les devolviera el control de la CGT que había sido intervenida desde el inicio del gobierno militar. Hasta ese momento habían apoyado el insurreccionalismo, pero a partir de ahora ya no estaban dispuestos a apoyar una lejana guerrilla desarrollada en Tucumán.

Los “Comandos”, por su parte, si bien se entusiasmaron con la experiencia de la guerrilla peronista, eran perfectamente conscientes de que, por sí misma, no iba a estar jamás en condiciones de derribar al gobierno, si no se contaba con el apoyo de algún militar peronista que, finalmente, diera un golpe de Estado. Los “Comandos”, en realidad, no eran una guerrilla rural; la mayor parte de sus acciones tuvieron lugar en capitales departamentales o en Buenos Aires. Pero la sublevación del general Iñiguez (noviembre de 1960) fue un fracaso sangriento y la represión emanada del el “Plan Conintes” terminó por desalentarlos.

Apenas existen testimonios sobre la guerrilla de los “Uturuncos” y no por que tuvieran una menguada militancia, sino porque muchos de sus integrantes, en los años posteriores, pasaron a ejercer cargos políticos e incluso gubernamentales y pretendían cubrir con el velo del silención aquellos años en los que apenas eran otra cosa que jóvenes radicales que recurrían sistemáticamente a la dinamita, la pistola y el atentado. Solamente el “comandante Puma” asumió su aventura quizás porque, de retorno del presidio, decidió dedicarse a su familia y renunciar a sus ambiciones políticas.

Gracias a Serravalle sabemos que, en su origen, la primera guerrilla argentina surgió de una reflexión interna sobre el fracaso de la estrategia insurreccional. No era una copia de la Revolución Cubana como algunos han pretendido y debió mucho más al ejemplo del FLN argelino –que Abrahám Guillén había estudiado mejor- que a cualquier otro. En el período guerrillero, no estaba claro que Castro fuera algo más que un católico bienintencionado que quería derribar a una dictadura, mientras que, desde el principio, el FLN argelino fue siempre una fuerza “anti-imperialista” que estaba llevando a cabo una “guerra de liberación”. Para colmo, la prensa oficialista argentina realizaba comparaciones entre Batista y Perón, alineándose con Castro que habría logrado derrocar al “tirano”. Además, existía la impresión, al menos en esos primeros momentos, de que los EEUU habían cambiado la alianza con Batista por otra con Castro. Así pues, en los primeros momentos de castrismo, desde Argentina ni siquiera estaba clara su componente anti-imperialista. A esto se añadía el hecho de que tampoco los castristas veían con excesivos buenos ojos al peronismo. El Ché, en tanto que argentino, conocía bien lo que era al justicialismo. Lo consideraba una revolución de las clases medias que sólo accidentalmente había logrado el apoyo del proletariado organizado en los sindicatos. Los castristas jamás consideraron a Perón como un revolucionario, aunque siempre lo tuvieron por un líder anti-yanki. Y así seguirían las cosas hasta que Cooke llegó a Cuba. Los castristas descubrieron el enorme potencial popular del peronismo y los inmensos vacíos de su ideología que ellos podían cubrir especialmente desde que asumieron el comunismo como doctrina oficial del régimen.

El peronismo jamás fue una doctrina homogénea. Dentro de sus muros, cabía de todo. La inmensa personalidad carismática de Perón, atenuaba cualquier contradicción que pudiera surgir. Especialmente durante sus dos primeros períodos de gobierno y hasta su derrocamiento. A partir de entonces y hasta su retorno, a pesar de que Perón siempre fue indiscutible –solía decir, “Yo soy Perón, así que a mí nadie me va a explicar lo que es el peronismo”- resultó innegable que el movimiento estuvo dividido en tres corrientes: la rama sindical, la rama política y la rama activista, a partir de 1962 identificada con la izquierda. Los intereses de cada una de estas ramas eran diversos y en sus últimos tres años de vida, resultaba evidente que el Perón avejentado y con la salud quebrantada, ya no podía ejercer como moderador de los enfrentamientos entre las tres corrientes.

A fuerza de enviar jóvenes peronistas a Cuba, un sector de las Juventudes Peronistas empezaron a sostener tesis pro-castristas y a pensar que solamente la guerra de guerrillas podía abrir el camino a la insurrección armada de masas y a la guerra popular prolongada, dos conceptos típicamente marxista-leninistas… que, finalmente, lograrían algo tan absolutamente alejado del marxismo-leninismo como restituir al general Perón en el poder como paso previo para realizar una revolución socialista en la República Argentina. A medida que se van sucediendo las distintas experiencias guerrilleras de los años 60, el grueso del activismo armado peronista se fue decantando hacia la extrema-izquierda y sosteniendo posiciones cada vez más incoherentes con el sentir real del propio Perón. Pero, como veremos, hubo una excepción: la “Tacuara”.

En el fondo “Tacuara” se encuentra en el centro de todas las corrientes activistas y radicales de la Argentina de los años 60. Es, un movimiento nacionalista, pero también tiene una componente peronista, luego evoluciona hacia el izquierdismo marxista más rabioso… pero en ese mismo momento también realiza los atentados antisemitas que lo caracterizarán como un movimiento neo-nazi; son católicos inspirados por el padre Meinville, pero algunos de sus militantes se interesan, primero por Castro y, a partir de él, por el marxismo… y, finalmente, terminan en el trotskysmo y en el ERP.

Cuando alguien se siente ganado en su juventud por una ideología tan etérea y ambigua como el peronismo, a medida que va ganando madurez política, pueden ocurrir tres cosas: o que abandone los ideales de juventud, o que se convierta en un político al que le interesa más una etiqueta y una sigla en tanto que facilitan el escaño parlamentario y el poder… o bien que intente completar las lagunas de esa ideología mediante un ejercicio intelectual que no siempre llega a buen puerto. Pasar del peronismo a la extrema-izquierda es una pirueta intelectual que evidencia sólo lo permeable y maleable de los cerebros de aquellos muchachos peronistas. Nada más.

Cuando Guillén, un grupo de intelectuales bonaerenses y seguramente Cooke, asumen que Perón solamente puede volver después de un largo progreso de guerra de guerrillas, en realidad no saben muy bien de qué están hablando. Buenos Aires está situado en una zona geográfica completamente diferente a Tucumán, la única zona del país en donde podía desarrollarse una guerrilla rural. Tucumán es una región selvática. El intelectual que desde Buenos Aires proclama la necesidad de “Subir a la montaña”, no puede hacerse una idea exacta de lo que suponía acceder a una selva tupida e insalubre. Además, no tienen clara la estrategia que para ellos se reduce a una palabra “guerra de guerrillas”.

En aquel momento, el castrismo acababa de instalarse en el poder y todavía no había surgido la corte de exegetas que iban a examinar en los seis años siguientes, al dedillo, la experiencia de Sierra Maestra. El maoísmo no logró interesar a los militantes de izquierdas sino hasta la segunda mitad de los años sesenta, coincidiendo con el inicio de la revolución cultural y de la Primavera de Praga. En cuanto al trotskysmo era, pura y simplemente, nada, y así seguiría siéndolo hasta 1968. Faltaba todavía una fermentación intelectual para que una experiencia guerrillera pudiera ser explicada. Los “Uturuncos” ni siquiera sabían lo que era el “foquismo” (debían de pasar por Cuba para enterarse del concepto original y de su crítica), tampoco entendían que hubiera que “ganarse al pueblo” por que partían de la base de que “el pueblo es peronista”. Ignoraban que la “guerra de guerrillas” se desarrollaba en áreas rurales… mientras que, en realidad, todos sus miembros pertenecían a las clases medias urbanas. Abrahám Guillén y, tras su senda, Carlos Marighela, reflexionando sobre todo esto llegarán a algunas conclusiones (… a posteriori) sobre las diferencias entre “guerrilla rural” y “guerrilla urbana” que, aprovecharán especialmente los “tupamaros” uruguayos.

La experiencia guerrillera de los “Uturuncos” apenas duró un año, pero sus consecuencias se prolongaron durante las dos décadas siguientes. Era el espejismo de la “guerrilla” como posibilidad de derrocar a un gobierno y a sus estructuras represivas. Se ha dicho: “Los Uturuncos abrieron una puerta”; y así es, en efecto. Los “Uturuncos” perciben la limitación de los “comandos” e intentan especializarse en el enfrentamiento contra el régimen que había expulsado a Perón. No hay preparación previa, no hay siquiera estrategia más allá del vago recurso a la “guerrilla”, tan solo se experimenta la tenue sensación de que es preciso ser más duros en la lucha contra quienes han derrocado a Perón, que es preciso pasar del cóctel molotov al explosivo, del revolver de principios de siglo a la ametralladora. Ya no se trataba de “hacer política” más o menos radical, sino de “hacer la guerra”. El compromiso que se requería de los militantes era diferente y no todos estaban dispuestos a asumirlo. Es más, ni siquiera todos los que estaban dispuestos a asumirlo estaban en condiciones físicas de hacerlo. Además de valor, se requería preparación física. Pero había un problema: para que una guerrilla sea efectiva y pueda prolongar su actividad, además de “guerrilleros”, precisa “organización”. Los guerrilleros pueden morir o ser capturados, pero durante el tiempo que permanecen en activo precisan avituallamiento, municiones, información, contactos exteriores y sobre todo una red de apoyos y contactos. Los “Uturuncos” no tenían nada de todo esto, justo por que pensaban que bastaba con que “todo el pueblo de Tucumán sea peronista” para compensar todas estas carencias.

Cuando se crea el Comando de Operaciones de Resistencia, dirigido por el general Iñiguez, y se produce el golpe de la comisaría de Frías, es evidente que los “Uturuncos” no tienen capacidad para diseñar su propia estrategia, sino que sirven a una estrategia diseñada por éste general retirado… estrategia que, en realidad, los “Uturuncos” perdidos en la montaña desconocían (puesto que era una reedición de la estrategia conspirativa). Si el COR coordinaba (o intentaba coordinar) las distintas iniciativas de la resistencia armada peronista, no parece claro que tuviera la intención de iniciar una guerra de guerrillas. Así pues, el fracaso de los “Uturuncos” se explica por muchos motivos, pero el menor de todos ellos no es desde luego, el haber ido al monte sin la visión de un plan de conjunto. Lo que ellos creían que iban a hacer (una guerra de guerrillas) no era lo que Iñiguez estaba dispuesto a coordinar (apenas quería hacer otra cosa que un golpe cívico-militar convencional). Y en cuanto a Cooke, parece que no fue hasta su periplo cubano cuando estuvo en condiciones de entender plenamente lo que significaba la idea de la “guerra de guerrillas”. Así pues, si el caso de los “Uturuncos” puede ser considerado como episodio histórico de interés no es por la importancia en sí del movimiento, sino porque abrió una puerta, por la que transitarían otras experiencias en los años 60 y 70. Lo que empieza en la selva de Tucumán, termina en el asalto al cuartel de la Tablada conducido por Gorriarán Merlo el 23 de enero de 1989. En torno a 25.000 personas murieron en estas aventuras.

(c) Ernesto Milà - infokrisis - infokrisis@yahoo.es


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